12 PM | 20 Sep

LA MUJER DEL CHATARRERO

Un episodio en la vida de un chatarrero

Danis Tanovic se dio a conocer con En tierra de nadie (No Man’s Land, 2001), película por la que logró el Oscar a mejor cinta de habla no inglesa. Tras su prometedor inicio, se embarco en un periplo europeo sin demasiada fortuna (Triangle, El infierno…), hasta que hace poco retornó a su patria con la muy interesante Cirkus Columbia. Tres años más tarde nos trae La mujer del chatarrero, la reconstrucción de la angustia de una familia gitana que no tiene el dinero para pagar una operación y que se ven excluidos de la seguridad social.

El estilo documental, con cámara al hombro y rehusando la luz artificial, nos remite a los primeros trabajos de su director, curtido como cámara en la sangrienta guerra civil que asoló Bosnia a inicios de la década de los 90. De igual modo el cineasta huye de la dramatización de la historia ciñéndose a los hechos tal como sucedieron, o lo que es lo mismo, manda a paseo la construcción dramática del guión sin importarle el peaje que sufre el espectador medio al enfrentarse con una cinta como la presente.

Para entendernos, lo que intenta es manipular lo menos posible la historia, evitando los adornos narrativos y procurando mirar la historia desechando los prejuicios y formas que puedan identificarse con el cine social más tramposo, más llamativo o fácil de empatizar. Al cineasta le basta saber que hay un componente de injusticia en la ya de por si patética administración bosnia (podría pasarme horas insultando a los gobernantes del país, en serio) y tratar lo acontecido con la mayor sensación de realidad posible, usando como actores a todas las personas reales que participaron en los acontecimientos que se cuentan.

Un episodio en la vida de un chatarrero

Así pues, con largos planos sostenidos seguimos a nuestro protagonista, un gitano que recoge chatarra de donde sea en pleno invierno balcánico para reunir la suma de 1.000 KM (500 euros) con los que pagar la sencilla operación que salvaría la vida a su mujer. Las acciones no son nada del otro mundo, y en todo momento parece huirse del suspense.

Cine de denuncia social sin artificios ni mensajes bien intencionados de pacotilla, aunque para ello renuncie en parte al lado emocional de la historia, que habría que mencionarse, alcanza sus mejores momentos cuando captura el espíritu de un hogar pobre y sencillo, pero lleno de amor.

Sin embargo, aunque de ideas claras y con ganas de destruir ciertos esquemas repetidos del llamado cine de denuncia (realmente, el tono huye precisamente de dicho “género” en buena parte del metraje), el relato no consigue alzar el vuelo, cosa que en ocasiones está a punto de lograr al mostrar la solidaridad entre vecinos o el amor que desprenden los personajes entre ellos. Las formas de su cineasta están ahí y se entiende su huida del tratamiento más amarillista y su búsqueda por capturar la sensación de realidad, y aunque no se hace pesada, pues apenas dura una hora y cuarto, sí que queda la sensación que podrían explotarse más los conflictos.

Se queda en un retrato intimista de una familia gitana, idea central de la cinta y su director por encima de la denuncia, que parece que es lo único que han visto algunos. No es una mala peli, ni mucho menos, pero un servidor esperaba más de alguien que ha demostrado tener una mirada privilegiada y crítica sobre su país y sus ciudadanos.

DE LA CRÍTICA APARECIDA EN EL BLOG «cine maldito»

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01 PM | 19 Sep

TRILEROS

No se lo ttrilerosomen en serio. Es una farsa cuyo único resultado será el de romper una sociedad para seguir alimentando a la casta política y aledaños, que llevan manejando este país desde el día aquel que un individuo gritó desde el balcón de la Generalitat : “En adelante, de ética y moral hablaremos nosotros”. Es decir, él. Y añadió: “no lo dudéis, el de hoy es un acto histórico”. Y vaya si lo fue, mientras las masas arrogantes y ensoberbecidas en su ceguera fascistoide, jaleaban “¡Pujol president! ¡Catalunya independent!”. Sucedió un miércoles, 30 de mayo de 1984. La familia que roba unida permanece unida.

Han pasado treinta años de aquello que inició el llamado oasis con abrevadero. “¿Papá, tú estuviste en la plaza Sant Jaume aquella inefable tarde? ¿Llevabas la cartilla de ahorros de Banca Catalana? ¿Y prometiste que aún aumentarías tus ingresos ante aquel rey del cinismo y la doblez? Pues si es así, papá, mejor que metas la papeleta de los tuyos en el lugar obligado de los idiotas, el culo”.

Ríanse, ríanse, que en el festival de la estupidez aún hay espectáculo para rato. Porque no estamos en manos de un loco y un par de bobos, sino de gente aviesa que no sólo nos ha llevado la cartera sino que nos quieren garantizar seguir haciéndolo por mor de la patria de la estafa que ellos representan. A cantar todos, mientras reímos: ¡qué gran inversión la de embargar las sedes de Convergència!

¿Se han dado cuenta que si leen los discursos transcritos por los medios de comunicación autóctonos, incluida TV3%, no hay nadie tan agudo, sensible, tierno, corazón de oro –de oro de verdad y de muchos quilates– como ese hombre que el destino nos legó bajo el imperativo de heredar el poder de la familia más tramposa que conoció la Catalunya reciente? Que un hijo se aprovechara, en fin, está en las inclinaciones de todo clan. ¡Pero todos, empezando por la primera dama, la floristera, “és massa”! Ríanse, ríanse, que esto aún va a dar mucho juego. Todo el mundo habla de nosotros, hasta Obama, dice orgiásticamente el hombre de la mandíbula de hierro. O César o nada.

Él no será nada, pero nos dejará una sociedad abierta en canal. Porque la capacidad del político en el que se dan las mismas cantidades de ambición que de descaro, rodeado de una troupe de aduladores de seminario, los destrozos que causa el naufragio son irreparables durante décadas. El acoso real a los disidentes empieza a adoptar en Catalunya esa fórmula que la dictadura cubana denomina, con desfachatez, “actos de repulsa”. No hay violencia física, basta con el aislamiento, el insulto y la amenaza. Los periodistas tenemos una responsabilidad silenciándolos, porque pronto seremos nosotros las víctimas en esta sociedad cada día más dividida y con unos niveles de agresividad que no se detectarán en los barrios altos pero sí en aquellos donde pasar de la extrema izquierda a la extrema derecha consiste en una leve evaluación de intereses. Estamos alimentando el huevo de la serpiente, algo insólito desde hace más de medio siglo en Catalunya. Y por supuesto, la culpa es del otro, del que no se adapta a “nuestro natural patriotismo, pacífico y conciliador”.

No creo que en la historia de la democracia en el mundo haya un precedente como el de las elecciones autonómicas del 27-S. Se lo cuento para que se enteren, porque yo, que soy paciente y masoquista lector de periódicos, no he conseguido hasta ahora nadie que me lo explicara. Convocan elecciones autonómicas, que aseguran van a ser plebiscitarias, y lo hacen empezando la campaña en el día que el patriotismo de cartón piedra festeja, el 11 de septiembre, a uno de los cobardes más notables de la Catalunya contemporánea, Rafael Casanova. Ya me gustaría a mí saber cuándo se enteró Arturo Mas, aquel chico que jamás en su vida se “metió en líos”, de quién era el tal Casanova. Su padre no debió de ser, porque él sí estaba metido en líos muy beneficiosos para su pecunio.

Convoca elecciones en una fecha que no sólo favorece sus intereses sino que rompe con una tradición de la que el president Mas no tiene ni idea. (Mandíbula de cemento armado, acaba de publicar con su firma, un artículo en Libération de París, evocando al presidente fusilado, Lluís Companys. ¿Quién habrá sido el amanuense que lo redactó? ¡Qué carajo sabe Mas de Companys y de la historia de Catalunya, de la que ha estado ausente hasta que le dieron la oportunidad de hacerse un nombre y una fortuna! ) Y por si fuera poco, las votaciones del 27-S coincidirán con “un puente” en Barcelona, el de la Mercè, que llevará a la parte más reacia a su espectáculo, la metropolitana, a desdeñar este juego de trileros, chapitas y bolitas de papel.

Lo normal es que el candidato que quiere ser presidente encabece la lista de su partido y más aún si se trata del presidente de la Generalitat. Pues no, mire usted por donde el desprestigio, las implicaciones judiciales de él y de su familia, y su falta de vergüenza reiterada, obligan a encontrar unos colchones que alivien la caída y que cubran esa parte grosera de su política: la de ejercer de Rajoy en Catalunya y además capitanear el partido más corrupto de la política española, en franca competición con los populares. Fíjense en el detalle: el president de la Generalitat, que aspira a seguir en el cargo, se coloca a resguardo, en el puesto número 4. Algo inédito, porque no se trata de una coalición ni nada que se le parezca sino de un contubernio entre tres trepas y un avispado logrero de la política.

Y como hicieron tamaña operación sin que la opinión pública catalana dijera ni pío –la opinión pública catalana desde que se retrató en el Palau de la eminente familia Millet está un tanto de capa caída y se limita a la conspiración gastronómica; es decir, comer bien sin decirlo a quién–. Pues fue muy fácil, primero buscaron a un izquierdista de “familia bona”. Aquí los exjóvenes izquierdistas son como las setas, surgen apenas deja de llover. No conozco otro lugar donde las convicciones de los radicales de izquierda puedan cambiar gracias a un teléfono. Sugiero que el próximo ensayo de hombre tan experimentado como Xavier Rubert de Ventós debería orientarse hacia el valor de la llamada telefónica en el sistema de principios de la intelectualidad catalana. Como Gila: “¿Es el enemigo? Necesitamos que nos ayuden prestándonos a alguno de los suyos, porque andamos muy mal de personal leído”. Ocurrió con Ferran Mascarell, procedente de la fecunda cantera de oportunistas que fue el PSUC, rama Bandera Roja, ¿ya saben?, los que eran partidarios de la lucha armada y barrer a los reformistas. Iba para candidato a alcalde socialista y una oportuna llamada del presidente Mas lo convirtió en fidelísimo convergente. Lo más posmoderno de la política catalana consiste en ser compañero de viaje en clase preferente.

Esta vez se obró el milagro con un eurodiputado de Iniciativa, Raül Romeva, del que ni siquiera los suyos tenían en valor. Se repitió la llamada de Gila y allá se fue. La oportunidad de su vida. Imagínense el juego de trileros. Usted ve como la bolita de papel entra en la chapa de Romeva, o de las responsables históricas independientes de las organizaciones más dependientes de Catalunya, Òmnium Cultural y ANC. Y mientras usted contempla perplejo las tres chapitas, el experto le dice que el papelito está en otro sitio, en el dominio del president, organizador de la timba, que al ser el cuarto no tiene chapa. Cualquier votante a esto lo llamaría una estafa. Aquí los plumillas de postín mediático lo denominan “suma de voluntades soberanistas”. Con un pacto secreto, sobre el que nadie, en nuestros medios de abrevadero, ha exigido una explicación.

No estamos al borde del abismo, estamos en el límite de la estupidez. Bastaría con escuchar al de la primera chapa, Raül Romeva: “Catalunya será el principal aliado que tendrá España en el mundo”. ¡Bravo! Como el más clásico de los pasodobles taurinos, “En er mundo”.

gregorio moran en la vanguardia del día 19 de septiembre 2015

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08 PM | 17 Sep

NACIÓN/FICCIÓN

De esto trata lanación votación. No de que Escocia sea una nación, ya somos una nación: ayer, hoy y mañana (…) En realidad trata (y esta es la cuestión) de romper todos y cada uno de los vínculos con el Reino Unido”. Así comienza el discurso con el que el ex primer ministro Gordon Brown irrumpió hace un año en la campaña para el referéndum escocés, contribuyendo a cambiar el rumbo favorable a la independencia que registraban las encuestas. No pone en duda que Escocia sea una nación —lo da por supuesto— sino que serlo justifique la ruptura con los demás ciudadanos del Reino Unido. Y dedica el resto de su discurso a valorar lo mucho que comparten todos ellos.

El debate suscitado por las declaraciones de Felipe González en las que admitía ser partidario del “reconocimiento de la identidad nacional de Cataluña” remite a esa cuestión. Lo que cuenta no es la definición como nación sino qué consecuencias políticas se pretenda extraer de ese reconocimiento. Desde finales del siglo XIX, los nacionalistas han dado por supuesto que esa condición implica el derecho a tener un Estado propio. Es el llamado “principio de las nacionalidades”, de imposible aplicación dado que en el mundo hay varios miles de lenguas y categorías étnicas susceptibles de ser catalogadas como naciones o nacionalidades. En Europa, más de 200.

Michael Ignatieff, el intelectual canadiense autor de varias obras sobre conflictos étnicos, dedicó seis años de su vida a tratar de llevar sus ideas a la política práctica como diputado y líder del Partido Liberal. En plena campaña por ese liderazgo, un periodista le preguntó a quemarropa si consideraba que Quebec era una nación. “Por supuesto que lo es”, respondió, dando por establecido, como ha explicado en su libro de memorias Fuego y cenizas (Taurus. 2014), que eso no significa derecho a convertirse en un Estado independiente puesto que varias naciones “pueden compartir un Estado”. “Lo que yo rechazaba no era el orgullo sobre la nacionalidad sino la insistencia en dotarse de un Estado y la creencia en que los quebequenses debían elegir entre Quebec y Canadá”, lo que siempre “habían rechazado porque sentían lealtad hacia ambas”.

En la Transición democrática, cuando libertad y autonomía eran dos caras de lo mismo, muchas personas que en absoluto podrían ser consideradas nacionalistas admitían con naturalidad que Cataluña era una nación. Pero hacia finales de los noventa, tras los últimos traspasos de competencias, sectores nacionalistas catalanes y vascosvieron en la reclamación de soberanía la posibilidad de prolongar su agenda de reivindicaciones (y sus carreras políticas).

Desde entonces, para que fuera posible una reforma constitucional que reconociera a Cataluña como nación sería necesario encontrar una formulación que dejara claro que no existe vinculación entre ese reconocimiento y un hipotético derecho de secesión. Y tampoco con la pretensión de que si Catalunya y Euskadi son naciones, España no puede serlo.

(Un nacionalista vasco radical de la generación de los años treinta, Manuel Fernández Etxeberria, Matxari, publicó en los sesenta un libro titulado De Euskadi nación a España ficción).

PATXO UNZUETA, en EL PAIS, 17 de septiempre 2015

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09 PM | 13 Sep

MI TÍO JACINTO (1956, Ladislao Vajda)

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Aunque un título como EL CEBO (1958) haya adquirido ya la condición de clásico de nuestro cine –pese a resultar una coproducción- o el descomunal éxito de MARCELINO PAN Y VINO (1955) supusiera uno de los más grandes de la historia del cine español, lo cierto es la obra del húngaro Ladislao Vajda (1906 – 1965) sigue manteniéndose en la sombra del semi olvido, aspecto en el que todos hemos contribuido por activa o por pasiva, y en el que tampoco hemos de olvidar la decadencia con la que cerró su filmografía. Una obra que se extiende en más de cuarenta títulos, de los cuales puede decirse que prácticamente la mitad de ellos fueron rodados en la España franquista en la que refugió, a partir de 1943. Entre ellos, no me gustaría dejar de destacar el brío aventurero mostrado en CARNE DE HORCA (1953), o la destreza con la que se elevaba de los convencionalismos de guión que planteaba TARDE DE TOROS (1956), que se erige como una de las crónicas más valiosas de cuantas se han rodado de temática taurina. Pero junto a la mencionada EL CEBO, si hubiera que destacar un título entre el conjunto de su obra –aunque de ella posea muchas lagunas-, no dudaría en destacar MI TÍO JACINTO (1956); segundo de los tres títulos que filmó con el protagonismo del mejor –quizá el único realmente genuino- niño prodigio que brindó el cine español; Pablito Calvo. Este protagonizó el ya señalado MARCELINO, PAN Y VINO y en 1957 cerraría su trilogía con la también estimulante fábula UN ANGEL PASÓ POR BROOKLYN. De ellas, es probablemente en el título que comentamos, donde se aúna con mayor perfección su condición de producto al servicio de un pequeño que contempla con ojos despreocupados el entorno que le rodea. Al mismo tiempo, se erige como una demoledora crónica sobre las miserias vividas en ese Madrid de los años cincuenta, en donde junto a su aspecto casticista parecen no haberse dejado detrás las consecuencias de una posguerra que aparece vigente en todos y cada uno de sus fotogramas.

La película se inicia con presteza, mediante la inútil búsqueda que un cartero realiza para un novillero que atiende al nombre de Jacinto. La carta circula por diversas direcciones –lo que nos indicará la decadencia vital que ha ido sufriendo el personaje-, hasta que en el estafeta de correos se logre detectar su dirección; una chabola situada en los suburbios de Madrid. Pese a la ligereza que pueda suponer conocer dicho emplazamiento, no dejará de ser un interesante punto de partida para conocer a los dos seres que protagonizarán la acción. De un lado Jacinto (Antonio Vico), un hombre al que se le supone un pasado en la fiesta taurina, pero al que el alcohol ha sumido en un estado de lamentable decadencia, al que acompaña su sobrino Pepote (Pablito Calvo), que con su ingenuidad y encanto se encarga de cuidar a su único familiar. Muy pronto Vajda nos mostrará el carácter fantasioso del pequeño, cuando con la llegada de una inesperada lluvia utilice un juego que tiene para formar una especie de balsa… que inundará la chabola en la que ambos viven. De inmediato atisbaremos la vida cotidiana de estos dos seres perdidos y marginales de la sociedad, que pasan sus días en el entorno del rastro madrileño. A partir de ese encuentro, Vajda desplegará con su deslumbrante técnica –que apenas se aprecia, ya que se encuentra al servicio de la historia narrada-, el hecho de que la carta a Jacinto obedece al error de un empresario taurino que lo había incluido en una charlotada. La realidad es que la ausencia del hombre que tenía previsto, en realidad proporcionará al decadente protagonista la posibilidad de retornar a los ruedos… pero para ello tendrá que alcanzar las trescientas pesetas con las que pueda alquilar el traje de luces que le brinda el dueño de la tienda de ropa vieja (Juan Calvo). En realidad, el nudo central de MI TÍO JACINTO, se centra en la búsqueda de esa ingente cantidad de dinero para poder cumplir con el encargo y, con ello, obtener un pago de mil quinientas pesetas. Y es desde ese punto de partida, desde donde comprobaremos toda una amplia galería de seres destinados al timo, al engaño del respetable, y por otra parte honrados ciudadanos que no dudan en picar en estas pequeñas estafas, convencidos con ello de haber logrado algún beneficio económico. Lo cierto es que la visión que se nos ofrece de ese Madrid castizo es demoledora, acentuando dicha visión la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Enrique Guerner, y la agudeza de un guión en el que no se desaprovecha la oportunidad de las situaciones situadas en un primer plano, para introducir aspectos secundarios que subrayan ese estado de miseria vivido en aquel entorno, de lo cual será un ejemplo palmario el dictado a sus superiores que ofrece el inspector (José Marco Davó), de las lamentables condiciones que sufren sus dependencias –se llegan a citar hasta sus aseos-, mientras atiende la detención de Jacinto y la decisión del pequeño de llevarlo al tribunal de menores.

Y es que en realidad, MI TÍO JACINTO es una película de aparente “guante blanco”, pero que contiene una “bola de acero” dentro. Desde ese presunto prisma de crónica de un neorrealismo tardío a la española, sus fotogramas en ningún momento abandonan esa sórdida crónica de una España en donde la miseria, el trapicheo, el estraperlismo y la carencia de medios, son moneda corriente en su vida diaria. Cierto es que en ella no se ausentarán aspectos divertidos –como el momento en el que el estafador José Isbert es pillado por un agente cargado con los relojes falsos que porta en su pechera, o el previo en el que Pepote discurre corriendo a poner en hora los relojes de un viejo dueño de tienda que se encuentra durmiendo, cuando dan las campanadas de las doce del mediodía-. Pero incluso en instantes en los que puede aparecer el apunte amable y divertido, en ellos aflora el tinte dramático –la secuencia en que Pepote tiene que hacer de toro ante una pandilla de chavales para sacarse unas perras y ayudar con ello a su tío a obtener esas trescientas pesetas que aparecen como inaccesibles-. En otras comprobaremos la clásica picaresca española –los timos con los falsos relojes de marca que efectúa Gila, o esas guías falsificadas que permitirán que incautos acaudalados compren presuntas y fraudulentas obras de arte-. Todo ello queda desplegado con inusual acierto por un Vajda en estado de especial inspiración, dentro de un espacio temporal que abarca unas pocas horas, para lograr ese objetivo cada vez más inalcanzable; el alquiler del traje de luces que permita a Jacinto cumplir el compromiso que le otorgue una nada desdeñable cantidad de dinero y, sobre todo, el retorno de su dignidad como persona –algo que expresará muy bien el actor de forma interiorizada en los instantes en que va a desarrollar su faena-. Una corrida en la que el director húngaro incidirá de nuevo y de manera muy especial en su vertiente sórdida y decadente, llegando a contagiar al espectador de los esfuerzos sobrehumanos realizados por este, que fructificarán en una serie de pases jaleados por el público. De nada valdrán ante las cogidas que recibirá, la ayuda de esos tristes payasos contra los que pretenderá luchar Jacinto y, finalmente, la presencia de esa cruel e inoportuna lluvia que anulará la posibilidad de regeneración de un hombre acabado, al que solo esperará el ayudante de la tienda del ropavejero –encarnado por el popular “Tip”-, quien se situará al lado del protagonista con la única intención de recuperar el traje prestado.

Demoledora visión de una sociedad que no sabe emerger de una miseria y unos comportamientos sociales ligados a la picaresca, MI TÍO JACINTO no deja de auspiciar aspectos amables, pero en última instancia se erige como una película de enorme crueldad, de la que solo con la fantasía de su protagonista ante su sobrino –relatándole una faena que en realidad no se ha producido-, intentará sublimar un estado de decadencia moral de casi imposible evasión. Ni que decir tiene, que unido a la pericia narrativa y técnica desplegada por un Vajda que parece transmitirnos casi los aromas de ese rastro en donde se traduce un trasunto de la picaresca española, en la que tampoco se ausenta su vitalismo y también la presencia de ciertos personajes positivos –la amable vendedora de sellos- una vez más cabe destacar un impresionante reparto de característicos, entre los que no me gustaría dejar de resaltar a un extraordinario José Marco Davó, Juan Calvo o Mariano Azaña, encarnando a ese cerillero comprador de las sobras de tabaco que tanto Jacinto, Pepote como muchos otros, van recogiendo por las calles para obtener unas míseras perras. En definitiva, nos encontramos con un exponente que se erige por derecho propio, como un pequeño clásico del cine español de los cincuenta

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08 PM | 13 Sep

SI PUDIERA ROGAR, TE ROGARÍA

tomás luis de vitoria

En una entrevista que le hacían al actual portavoz del PP en el ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial  en un periódico local allá por el 2003(El Telégrafo) éste decía lo siguiente: NADIE MERECE MAS QUE ALBERTO RUIZ GALLARDON QUE PONGA SU NOMBRE EN EL AUDITORIO”. El grupo socialista le reprochaba en un pleno de primeros de diciembre de aquel año que esas declaraciones se enmarcaban en el contexto  de “baja calidad democrática”, rogando que no se pusieran el  nombre de edificios públicos a personas que desempeñaran actividades en esos momentos, mostraban su preocupación para que lo público se convirtiera en propaganda política, al tiempo que hacían la propuesta de que se llamara TOMAS LUIS DE VITORIA.

El argumento para dar el nombre a Tomás Luis de Victoria se basaba en varios presupuestos: el nacimiento en un pueblo cercano, (Sanchidrián); que  su música traspasó las fronteras del renacimiento polifónico, para anunciar ya la expresividad barroca; y que el padre agustino Samuel Rubio trabajó en poner al día muchas de sus composiciones. Algunas como el Offictium defunctorum, compuesta con motivo de los funerales de la emperatriz María de Austria, en el monasterio de las Descalzas reales, hija mayor del emperador Carlos V y su esposa Isabel de Portugal, es una de los más vibrantes músicas que uno puede escuchar en los días otoñales que se avecinan. Así pues, el nombre tenía todos los ingredientes, música polifónica a la altura de Palestrina, serrano, estudiado por un agustino de prestigio y una composición para una hija de Carlos V, cuyo hijo Felipe II, iba a tener la feliz idea de hacernos el Monasterio. No sabemos qué pasó pero el nombre del auditorio pasó a llamarse simplemente Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, seguramente a Gallardón no le pareció bien que usaran su nombre.

Viene a cuento todo esto por la moción conjunta que presentaron todos los partidos para solicitar poner  nombre al Auditorio. Nadie puede poner en duda a ésta alturas la calidad personal y musical de la mezzosoprano Teresa Berganza, y me parece bien la propuesta, pero la moción me suscita algunos comentarios después de ver la entrevista a Manuel Castells que le realizó Pablo Iglesias en su programa “otra vuelta de tuerca”. La pregunta es obvia: ¿ha sido una decisión tomada de abajo hacia arriba utilizando las redes de participación e implicación política? O por el contrario ha sido una decisión tomada a la vieja usanza. ¿Se tenía que haber abierto un debate público? A nosotros, pero claro no somos nada como muy bien decía Jorge Riechmann en un poema dedicado a Manuel Sacristán, nos parece que es mejor dar el nombre a los que murieron para que nada nos tengan que agradecer ni ofrecer.

Otro comentario que me suscita la moción es la falta de referencias políticas que tienen algunos concejales, en éste caso los del PSOE, que al menos podían haber planteado que sus compañeros, en su día, presentaron una alternativa, e incluso haberla defendido.

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