11 PM | 19 Oct

Wong Kar-wai

Icono de la posmodernidad

Films de Wong Kar-wai
Imagen de Wong Kar Wai con los carteles de sus películasAunque nacido en Shangai, Wong Kar-wai (1958) emigró con su familia a Hong-Kong cuando él tenía cinco años y se dice que pasó tantas horas como pudo en los cines, con su madre, para aprender el cantonés que se habla en la entonces colonia británica. Se graduó como diseñador gráfico y se formó en la televisión como guionista, trabajo que ejerció hasta mediados de los 80.

Pese a formarse en un cine tan comercial como el hongkonés, Wong Kar-wai ha conseguido consolidarse como un verdadero poeta de la imagen y, junto con su inseparable director de fotografía, el australianoChristopher Doyle, en una excepción en el panorama cinematográfico actual, logrando una revisión postmoderna y oriental de movimientos como la Nouvelle Vague, lo que le ha llevado a ser reconocido por críticos y festivales de todo el mundo. Su estilo, muy visual y con bastante margen a la improvisación -pese a su pasado de guionista- nos acerca a personajes llenos de contradicciones, siempre solos aunque estén rodeados de gente. Sus historias, llenas de melancolía, muy deudoras de Antonioni o Godard, han cosechado un éxito rotundo de crítica (otra cosa es el público) casi desde su primera película.

Su primer largo As Tears Go By (Wong gok ka moon, 1988) es un thriller al estilo de los de John Woo, pero más estilizado. Su segunda película Días salvajes (A Fei zheng chuan, 1990), un drama sobre un joven sin rumbo en la década de los 60, le permitió fijar su estilo con escenas elípticas sobre la memoria y la melancolía de personajes marginales. La película fue un fracaso comercial, pero es considerada por la crítica como una de las mejores de Hong Kong, un equivalente cantonés de Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, Nicholas Ray, 1955). También fracasó en la taquilla su primer acercamiento a las artes marciales, Cenizas del tiempo(Dung che sai duk, 1994) (1), con pocas escenas de acción para el gusto del público.

Días salvajes - Cenizas tiempo - Chunking Express - Ángeles caídos
Fotogramas de Días salvajes, Cenizas del tiempo, Chunking Express y Ángeles caídos

Pero fue Chungking Express (Chong qing sen lin, 1994), una película rodada en dos semanas, la que lanzó a Wong en Occidente y le valió encendidos elogios de Cahiers du Cinema o de directores como Tarantino. Bajo la apariencia de un triángulo amoroso, esta historia de soledades y búsquedas, marca una definición en el estilo del director, un estilo que se volverá más contemplativo en sus siguientes películas, Ángeles caídos (Duòluò Tiānshǐ, 1995), Happy Together (Chun gwong cha sit, 1997) y Deseando amar (Fa yeung nin wa, 2000) (2). Esta línea culmina con 2046 (2004) (3), en cierto modo una secuela futurista de las peripecias amorosas de los protagonistas de Días salvajes y Deseando amar, en la que destacan el uso de movimientos de cámara muy lentos, la iluminación de interiores y, como en todas las películas de su autor, el uso original de la música.

Happy Together - Deseando amar - 2046
Fotogramas de Happy Together, Deseando amar y 2046

Posteriormente, el director rodó una película en los Estados Unidos My Blueberry Nights (2007), ya sin la fotografía de Doyle, un film en el que destaca una cuidadísima puesta en escena. Tras participar en variosproyectos colectivos (como Eros) (4), volvió a China para un nuevo proyecto sobre artes marciales, The Grand Master (2011), sobre el maestro del mítico Bruce Lee.

Dicen algunos críticos que Wong Kar-wai lleva haciendo la misma película (5) desde 1988, que su cine está formado por bocetos y ensayos de esa película inacabada, y es que lo que es importante en el cine del realizador hongkonés es el camino, al que cuesta poner un final. Romántico y manierista, acostumbrado a mezclar los géneros y a presentarnos historias de alienación y soledad bajo la apariencia de films policiácos o de aventuras, Wong transmite siempre mucha verdad en un producto fílmico que funciona más como espejo o eco que como discurso. Un cine, que ya no se hace hoy.

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03 PM | 15 Oct

EL CAPITALISMO DEL EGO ENGENDRA MOSTRUOS

Sobre el homo oeconomicus,la ideología neoclásica o neoliberal está todo dicho, si bien no por parte de todos. Ya el poeta favorito de Alemania, Goethe, predijo en 1832 en su drama Fausto el dominio universal del dinero… ¡Y en verso! Sin embargo, a comienzos del siglo XXI tenemos que añadir algo esencial, nuevo y original: el Fausto digital, o más exactamente: el atrevimiento y ceguera fáusticos del capitalismo del ego.

Frank Schirrmacher, coeditor delFrankfurter Allgemeine Zeitung,describe en su libro de reciente aparición, Ego, cómo la implantación de este “nuevo” egoísmo ha ido adquiriendo carácter normativo y, tras la guerra fría, ha sellado la victoria de la teoría de la elección racional hasta en los detalles más nimios del mundo de la vida; incluso en el alma digital del homo novus. Hasta el concepto sartriano de “mala fe” se queda demasiado corto, puesto que presupone la libertad de elección.

Los economistas afirman, naturalmente, lo de siempre: se trata solo de modelos. La del homo oeconomicus no es más que una hipótesis. Pero en el drama real, de desenlace abierto, en el que todos somos participantes y espectadores, víctimas y cómplices, lo que está en juego es cómo el homunculus oeconomicus —un ciborg, un androide, una figura artificial, a medio camino entre la máquina y el hombre— se ha escapado de los “laboratorios frankensteinianos de Wall Street”. Esa narración dramática también extrae su potencia de la brutal sencillez con la que se reacciona a la complejidad extrema del mundo: 1/0, sí/no, conectar/desconectar: es decir, los hombres actúan con códigos informáticos de acuerdo con las leyes de los economistas.

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Nadie cree ya en nada, solo en lo que uno quiere. De ahí se deriva la desconfianza de todos frente a todos, de la que el mal se alimenta en todas partes. Aquí tenemos la paradoja: en un momento histórico en el que las instituciones del Estado de bienestar, los mercados financieros y la relación con el entorno natural sufren una crisis fundamental, surgen las “egomónadas”. Su funcionalidad no solo estriba en ocultar frente a otros las consecuencias de la propia acción. Más bien han de interpretarse como estrategias de evitación del riesgo en un mundo de riesgos globales: como una sociopatología del capitalismo del ego.

La política de ahorro con la que se responde a la crisis financiera es percibida como injusta

La crisis financiera y europea solo abre una primera perspectiva de esta ceguera del Fausto digital. Los mercados financieros no son más que los primeros mercados automatizados. Pero les seguirán otros. La comunicación social, los grandes datos, los servicios secretos, la manipulación de los consumidores, a quién se considera un terrorista, las universidades en la barahúnda reformista neoliberal, las relaciones amorosas digitalizadas, el choque de las religiones mundiales en el espacio digital, etcétera.

¿Qué tiene de novedoso el Fausto digital? En la Edad Media los alquimistas intentaban transformar en oro los metales innobles. Los actuales “alquimistas de los mercados” (Schirrmacher) transforman hipotecas tóxicas, de alto riesgo, en productos de primera clase, calificados con notas tan altas que incluso pueden ser adquiridos por los fondos de pensiones. ¿Puede uno comprar una casa sin dinero y gastar además un dinero inexistente? Sí, puede, replican los malabaristas financieros, esos neoalquimistas de bancos mundiales demasiado grandes para caer.

Ante nosotros se abre el nuevo mundo de la manipulación digital del alma. Innumerables agentes digitales, con frecuencia completamente estúpidos, están tan fascinados con sus ideas que no se dan cuenta en absoluto de cómo, a partir de los ingredientes de egoísmo, codicia y capacidad de engañar, surgen monstruos. Entre ellos, monstruos políticos. La política de ahorro con la que Europa responde en este momento a la crisis financiera desencadenada por los bancos es percibida por los ciudadanos como una monstruosa injusticia. Son ellos quienes tienen que pagar con la moneda contante de su existencia por la ligereza con la que los bancos han pulverizado sumas inimaginables. Sin embargo, quienes se dedican a entender al capital, los hermeneutas de los monstruos, han desarrollado un lenguaje curiosamente terapéutico. Los mercados son “tímidos” como cervatos, afirman. No se dejan “engañar”. Pero los verdugos económicos, denominados “agencias de calificación de riesgos”, que también rinden tributo a la religión terrenal de la maximización del beneficio, basándose en las leyes del capitalismo del ego emiten juicios que alcanzan a Estados enteros en el corazón de su ser económico: a Italia, España o Grecia.

“Cada hombre tiene que convertirse en el mánager de su propio yo(Schirrmacher). Ya ha pasado el tiempo en el que los empresarios eran empresarios y los trabajadores, trabajadores. Ahora, en el nivel del capitalismo del ego, ha surgido la nueva figura social del “empresario de sí mismo”: es decir, el empresario descarga la coerción de autoexplotación y autoopresión sobre el individuo, que tiene que aceptar con entusiasmo esta situación, porque ese es el hombre enteramente nuevo que ha nacido en el nuevo mundo feliz del trabajo. El empresario de sí mismo acaba siendo el “cubo de la basura” de los problemas irresueltos de todas las instituciones.

Y, sin embargo, la “individualización”, entendida en un sentido sociológico, es mucho más que eso, es “individualismo institucionalizado”. El proceso de individualización en este último sentido no se refiere únicamente a una ideología social, o a una forma de percepción del individuo, sino que hace referencia a instituciones centrales de la sociedad moderna, como los derechos civiles, políticos y sociales fundamentales, dirigidos todos ellos al individuo. De ahí surge una generación global, interconectada de forma transnacional, que ha de ensayar cómo volver a armonizar individualismo y moral social y cómo conjugar la libertad de arbitrio y la individualidad con una existencia orientada a los otros.

Sindicatos, partidos políticos, iglesias, se están convirtiendo en jinetes sin caballos

Muchos jóvenes ya no están dispuestos a ser soldados en la ejecución de las instrucciones jerárquicas en las organizaciones sociales, ni a renunciar a tener voz propia siendo previsibles peones de un partido. Antes al contrario, las instituciones —sindicatos, partidos políticos, iglesias— se convierten en jinetes sin caballos. La agitación anticapitalista que existe en el mundo probablemente tenga que ver con ambas cosas: el choque de la individualización de los derechos fundamentales con la mercadotecnia del yo que sigue reglas económicas transparentes.

El riesgo de colapso, cada vez más palpable, también ha despertado el sueño de una nueva Europa.

Vivimos en una época en la que ha ocurrido algo que hasta no hace mucho parecía inimaginable, esto es: que los fundamentos del capitalismo global —antes considerado racional, pero que ha terminado siendo irracional— se han hecho completamente políticos, es decir, cuestionables, e incluso políticamente modificables. Existen versiones radicalmente distintas del futuro de Occidente, donde entretanto tiene lugar casi una guerra fría civil: ¿se quiere un capitalismo regulable, que busque un equilibrio con los movimientos sociales y esté abierto a las cuestiones del clima, o se apuesta por la autorregulación del capitalismo globalizado del ego y por más intervenciones militares, de modo que se intente mantener la cohesión nacional aplicando el esquema de amigo/enemigo? Ese es el núcleo del conflicto.

Los riesgos globales son una especie de recordatorio colectivo forzoso de que el potencial de aniquilación al que nos hemos expuesto incluye nuestras decisiones y nuestros errores. Estas impregnan todos los ámbitos de la vida, pero al mismo tiempo abren nuevas oportunidades de transformación del mundo. Es la paradoja en virtud de la cual los riesgos globales dan aliento a la acción. En ello estriba la opción europea: plantear sistemáticamente la pregunta de qué alternativas hay al capitalismo digital del ego. La pregunta de cómo, mediante una Europa distinta, es posible más libertad, más seguridad social y más democracia.

Ulrich Beck es sociólogo y profesor de la London School of Economics y de la Universidad de Harvard. Su último libro publicado en España es Una Europa alemana, Paidós 2012.

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06 PM | 12 Oct

LA VIDA DE ADÈLE

adèleIntimidad

Como cada mañana, Adèle sale de casa camino del instituto. Mientras corre hacia el autobús, se ajusta unos vaqueros que le quedan un poco bajos de tiro. En clase, entre el tedio y el tímido interés, leen a Ponge y a Marivaux, hablan del vicio natural y de unas sensaciones —la pérdida, la necesidad, el arrepentimiento— que todavía no han incorporado en sus vidas, que apenas empiezan a intuir. Todo hasta ese momento son miradas furtivas, palabras gruesas, jugar distraídos con algún mechón de pelo o consumir entre amigos el primer cigarrillo del recreo. Un universo de gestos adolescentes que Abdellatif Kechiche filma incansablemente, desde la barbilla de Adèle manchada de salsa de tomate durante una de las cenas familiares hasta su cuerpo, dormido e inocente, acostado de cualquier manera sobre la cama deshecha. La ternura del cineasta, que otorga tanta importancia al análisis de Antígona como a una merienda en un kebab, se corresponde con esa época de inseguridades en la que nos encontramos a medio camino de todo, cuando empezamos a atisbar el significado de algunas palabras.

La adolescencia de Adèle comienza a esfumarse cuando descubre su intimidad, esa que ya no puedes compartir así como así, con la misma franqueza con la que dejas caer lo que piensas alrededor de tu grupo de amigos. Su esporádica relación con Thomas es tan frontal como fugaz, apenas unas líneas de texto o un borrón en su diario personal. Kechiche la observa, atento a ese instante en el que, tarde o temprano, Adèle tiene que empezar a buscar su lugar en el mundo. Un instante, como un parpadeo en la imagen, donde nada vuelve a ser lo mismo. Mientras se dirige a una cita en un parque de Lille, Adèle se cruza con Emma, una muchacha de pelo azul que pasea en dirección contraria con su novia. De repente, algo se rompe por dentro, estalla y arrasa con todo. Muere la adolescencia, nace lo íntimo; la necesidad y el deseo. Todo aquello que Adèle escribía en su diario explota en la imagen, como una búsqueda compartida: el pelo de Emma surca su barbilla mientras las manos acarician su vientre, sus pechos, sus muslos… toda ella.

Del sueño a la realidad median solo unos pasos, los que separan el muro de hormigón del instituto del árbol donde la espera Emma, de ese árbol plantado en mitad del cemento a ese otro que sirve de cobijo en su primer encuentro. En una hermosa escena, Kechiche muestra a través de la comida, un almuerzo frugal sobre la hierba, las emociones de sus criaturas: la glotonería infantil de Adèle, la franca sensibilidad de Emma, las dificultades para emprender ese primer paso, el deseo que empieza a arder en la boca del estómago… esa combinación de sensaciones que disparan la mirada de Adèle hacia la piel de Emma, el fino vello de sus brazos que despunta con los rayos del sol, los ojos entornados por el calor del mediodía. Tantas sensaciones, tan apelotonadas en su interior, que no ve el momento de sacarlas, de compartirlas y encontrar a alguien que las entienda, que conozca su intimidad y sea, también, parte de ella.

Si algo describe la vida de Adèle es el implacable discurrir del tiempo. La incertidumbre de no ser capaz de retener eternamente un momento. Eso es lo que parece animar al primer encuentro sexual entre Adèle y Emma, la entrega completa de cada palmo de sus cuerpos, de ellas mismas, de sus impulsos, como una fuerza centrípeta que las arrastra hasta el centro de su necesidad. Kechiche lo filma todo, desde el puro frenesí hasta la última caricia, como quien recopila fragmentos, imágenes o detalles antes de que acaben siendo pasto del recuerdo. La mirada del cineasta ha cambiado: ahora es menos tierna, más severa y responsable. Empieza a intuir que Adèle crece y ya no la puede acompañar de la misma manera, como cuando la observaba sentada junto al marco de la ventana. Los sentimientos son cada vez más complejos, menos pueriles; no basta con entregar tu cuerpo, también hay que saber cómo entregar tu alma, cómo lidiar con lo que ganas y con lo que pierdes, con las aspiraciones de realización personal y con el apasionamiento de exprimir cada segundo de esa intimidad compartida.

vidadeadele

Uno nunca está preparado para la tristeza o la soledad. Quizá por eso se entiende mejor el hiperdetallismo de las escenas de sexo entre las dos chicas cuando Kechiche las elimina totalmente de la progresión dramática de su filme. Ya no van a volver a repetirse, como todo aquello que ha sucedido hasta el momento, porque lo cierto es que el tiempo ha avanzado silenciosamente y ni siquiera Adèle es la adolescente tímida de hace unas escenas, ahora convertida en maestra de preescolar. Ella se resiste, claro, quién no lo haría ante lo bueno de la vida, pero sabe que solo aumenta una herida interna que no ha detenido su hemorragia. De golpe, Emma es cada vez más un recuerdo del pasado; la cámara incluso tiembla al pensar que tal vez no vuelva a cruzarse en la vida de Adèle. Sin necesidad de cortes bruscos o separaciones cronológicas, Kechiche pone en escena con la misma naturalidad la unión y la ruptura, como sentimientos fugitivos de una vida que nunca se detiene. Más bien, añade matiz tras matiz, gesto tras gesto, en una acumulación condenada a olvidar aquello que la precede.

Cuando todo acaba resulta inevitable magnificar cada momento, por muy minúsculo que sea, de la historia. No te lo explicas, como no se lo explica Adèle, que desesperada concierta un esperpéntico reencuentro con Emma en el que no puede más que aceptar el peso de la realidad. Quizá recuerda ese primer sueño adolescente donde imaginaba su pelo azul recorriendo el cuerpo desnudo, o su entrega absoluta en un ardor amoroso que la propia Emma reconoce que no ha vuelto a sentir en ese grado. En el fondo, lo que Adèle siente es su intimidad vulnerada, perdida en el corazón como en aquella discusión sobre Marivaux en el instituto. ¿Arrepentimiento? No, solo la sensación, algo jodida, de descubrir que la vida la componen muchos más elementos, no solo ese. Quizá el azul del cabello de Emma sea el color más cálido, pero no el único. En eso también consiste la madurez, en percibir el inmenso abanico de aspectos que la componen, donde lo sentimental es uno más de los engranajes, no el único, que le dan cuerda.

Lo que hace de La vida de Adèle un filme hermoso es el trato con que Kechiche observa, mira, acompaña o refleja a sus protagonistas. Más que una historia de amor es una historia de obligaciones y compromisos, los que contraemos con nuestra vida adulta. A ratos apasionada, a ratos irregular, Adèle se balancea entre la adolescente que se sube el pantalón de tiro bajo y la maestra que enseña a sus alumnos la gramática y el dictado. También la película nos enseña otra clase de gramática, tan emocional como urbana, en la que los sentimientos deben aprender a convivir con los deseos. En la que es inevitable sentirnos atrapados en la misma agonía de Adèle, esa que en algún momento de la película solo pide un poco más de Emma, un arañazo al tiempo que impone su separación definitiva. Un poco más, un poco más, un poco más, un poco más, un poco más… y todo termina. La intimidad queda huérfana, sin aquello que compartíamos. ¿Quién, pues, reparará el alma de los amantes tristes?

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08 PM | 10 Oct

DOBLETES

GEMMA BRIOMientras leo el sugerente libro de Marco Revelli: “posizquierda”, con una pregunta que todos nos hacemos: ¿Qué queda de la política en un mundo globalizado? me escapo a Madrid, para demostrarme que hay vida detrás de las polémicas podemitas con Eugenio, y me hago un doblete mañanero consistente en, por un lado, la exposición de Bonnard  con su montón de cuadros con huellas de felicidad doméstica, y por otro, la del fotógrafo Josef Koudelka. En ésta hay una fotografía de la estatua de Lenin encima de una barcaza bajando el Danuvio, que me recuerda la película” La Mirada de Ulises”, de Angelopoulos, miro la fecha y descubro que el director griego se tuvo que inspirar en el fotógrafo de Moravia. Fotografía y cine unidos.

El sábado en la Piedra Oscura, nos  imaginamos las últimas horas de la vida de Rafael Rodríguez Rapún, secretario y amigo íntimo de Federico en la Barraca, un canto de amor que me obliga a leer los poemas del amor oscuro.(Un dirigente de la caverna rebuzna nuevamente en el Senado). Y el domingo otro doblete, por la mañana búsqueda del perro perdido de Alex en el monte de Abantos (Alex siempre presente) y por la tarde una obra de la catalana Gemma Brió, una historia muy personal que relata los quince días de vida de su hijo y cómo pasan, ella y su pareja, desde la explosión de felicidad de la noticia del embarazo, hasta la dolorosa certeza de que lo mejor que le puede pasar a su hijo es que muera. Barcelona, el hospital del Vall d’hebrón, el de prematuros, la ambulancia…. (Recuerdos de mis 25 años, y de Jordi, también siempre en el pensamiento). Pregunté por Gemma, y no pudo atenderme porque tenía una función (también doblete) a los pocos minutos, pero le trasmití a José Luis Alonso, allí presente, que me había evocado muchos recuerdos la obra, en mi etapa catalana, la he puesto un Facebook, que me ha contestado amablemente.

Me refugio por la noche en la música de Jospin Desprez, y antes de acostarme miro el ordenador por si tengo una nueva misiva de mi compañero de comunión.

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