08 PM | 19 Jul

Metarrealismo en Angelopoulos

teoUn artículo reciente de Petros Márkaris recordando a Theo Angelopoulos y la realidad actual de los refugiados nos ha llevado a visionar nuevamente: “El paso suspendido de la cigüeña”, una profunda, a mi juicio, meditación sobre la historia contemporánea. ¿Cuántos helicópteros buscando polizones en el mediterráneo desde que Angelopoulos rodó su película allá por el 1.991? Nos duelen las imágenes y es inevitable la emoción, con la música de Eleni Karaindrou y el saxo de Gargaref.

El periodista, antes de iniciar el reportaje nos recuerda a Dante: “no olvides que otra vez, ha llegado el momento de viajar. El viento arrastra muy lejos tus ojos”. No se puede forzar mejor el límite de lo real cuando un joven recluta al pasar revista el coronel dice  “Sólo me asusta el sonido del ruido por la noche” ¿algún militar de frontera diría esas palabras al paso de un superior jerárquico?

Si doy un paso más… y el coronel acompaña al periodista a unos arbustos, al lado del rio, de donde parte una música lejana, una balsa cruza una cinta de casete con los sonidos de una vieja canción: “el amor es una luna llena, trato mi cuerpo con locura, y sueño contigo”

La “sala de espera” llena de kurdos, albaneses, polacos, iraníes…, se amontonan en espera de un mundo mejor a “otro lugar”. Hay una escena memorable, en una película que he visto recientemente de Eugene Green que a la pregunta a un refugiado  ¿Cuándo has salido de Irak? Éste le responde: “soy caldeo cristiano y me fui de Irak hace 1.300 años”. No hace tantos años que  se fueron los personajes que, a modo de fotografías de Walter Evans, nos muestra Angelopoulos  en una larga toma de los compartimentos de un tren a ninguna parte, mostrando familias de refugiados con sus trajes típicos y sus miradas silenciosas.

“La desesperación en el fin de siglo” es el título del libro del político que huye del parlamento y que juega un papel significativo y desconcertante en la película. El periodista, después de una relación amorosa  rodada en silencio y con miradas de más de 70 segundos pero que parecen una eternidad, lee el final: “¿Cuáles son las palabras clave que podríamos utilizar para que un nuevo sueño colectivo se hiciera realidad? Sueño y realidad, con el único sonido del agua del rio, es la boda a distancia con una toma de cámara y secuencias sólo al alcance de los grandes. Iñaqui me sugería que el final de la película podía haber sido el final de la boda cuando todos los invitados se suben a un camión, que va desapareciendo lentamente  por un camino  y el padre (Mastroniani) abraza a su hija tiernamente. No le puede faltar razón, pues el libro “Imagen y Contemplación” de Andrew Horton dedicado al cine de Angelopoulos, tiene en la portada una fotografía de ese plano. A mí me parece más potente la iconografía bizantina del final, con esa conexión con la crucifixión, ese sacrificio que hacen esos hombre voluntarios de amarillo (iconos de Theo) que subidos a un poste como estilitas, llenan de comunicación a los hombres simbólicamente por medio de la colocación del teléfono. Si la película hubiera terminado cuando el reportero estaba sólo junto al rio o como el final “Iñaqui”, evocaría las escenas de la boda a la orilla del rio, pero habría excluido los otros grandes temas que transitan por la película. Al ver a los hombres de amarillo subidos a los postes, tanto el periodista como nosotros, somos trasportados más allá de nosotros mismos, de él mismo. Esa imagen final, leo a Horton, tiene fuerza como contacto, comunicación extendida, que nos hace recordar los cuerpos ahogados de los refugiados. El “mito” de cruzar la frontera es fundamental en la película, de ahí la importancia del plano final, concienzudamente elaborado por Angelopoulos, en el que nos muestra al periodista acercándose al rio mientras la cámara lo cruza. En una toma inversa, nosotros pasamos al otro lado de la frontera, casi como si nos estuvieran invitando, a ir más allá.

FÉLIX ALONSO

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03 PM | 17 Jul

EL 18 DE JULIO DEL 36

juan negrínDurante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.

Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.

La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.

La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.

La guerra civil abrió las puertas al abismo en España. No trajo la Paz sino la Victoria y una larga dictadura

El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.

En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.

El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: 1º) Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). 2º) Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. Y 3º) En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.

Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: 1º) El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. 2º) El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).

Recordar hoy aquel 18 de julio de hace 80 años que abrió las puertas al abismo en España no sólo quiere dar a conocer mejor lo que fue una inmensa carnicería que traumatizó a una sociedad. También supone ejercitar una obligación de profilaxis cívica apuntada dos milenios atrás por Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.

ENRIQUE MORADIELLOS, catedrático

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03 PM | 05 Jul

EL SABOR DE LAS CEREZAS

El sabor de las cerezas es la película que consolidó la reputación como cineasta del director iraníAbbas Kiarostami. Obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1997. Es una película incómoda, lenta y difíel saboar de las cerezascil. Casi puede leerse como una extensa alegoría: el viaje interior de un extraño personaje que ha decidido suicidarse y busca a alguien que le ayude a ser enterrado dignamente, para evitar ser devorado por perros y aves carroñeras. El paisaje general que Kiarostami elige para reflejar el alma del protagonista es la periferia de una gran ciudad, a mitad de camino entre una mina abandonada y un vertedero.

Ahora, imagina lo siguiente: un extraño te pide que lo entierres tras su suicidio a cambio de una buena cantidad de dinero. ¿Cuál sería tu respuesta?

¿Ves ese agujero? Ese agujero que hay ahí. Ahora escucha con atención. A las seis de la mañana, ven aquí y llámame dos veces: “¡Señor Badí, Señor Badí!” Si contesto, coge mi mano y ayúdame a salir de ahí. Hay 200.000 tomans en el coche. Cógelos y vete. Si no te contesto, echa 20 palas de tierra sobre mí. Entonces coges el dinero y te vas. (…)

Al soldado adolescente a quien se dirige en primer lugar sólo se le ocurre echar a correr. Resulta interesante la paradoja de que el muchacho a quien están entrenando para matar en la guerra huya aterrorizado ante una misión bastante más sencilla.

Otro de los interlocutores del solitario suicida es un seminarista. Naturalmente, sus prejuicios religiosos le impiden cumplir los deseos del protagonista. Éste, por el contrario, argumenta que si Dios es bueno y no quiere ver sufrir al hombre habrá puesto en sus manos una solución para que pueda abandonar este mundo. El suicidio es un don divino, la puerta de atrás que garantiza la bondad de Dios. En cualquier caso, la conclusión es que los sermones y discursos religiosos son inútiles para ayudar al hombre que experimenta verdaderamente el dolor y la tragedia de la vida.

– He decidido librarme de esta vida. ¿Por qué? No le ayudaría saberlo y no quiero hablar de ello. Si se lo contara no lo entendería. Bueno, no es que no pueda entenderlo, pero no puede sentir lo que yo siento. Puede simpatizar, entender, mostrar compasión. ¿Pero sentir mi dolor? No. Comprende mi dolor, pero no puede sentirlo.Por eso le pedí que fuera un verdadero musulmán y me ayudara. ¿Podrá?.

– Sí, le entiendo. Pero el suicidio es una opción equivocada. Desde que los Hadiths, nuestros doce imanes y el Corán hablan del suicidio afirman que el hombre no debe matarse a si mismo. Dios confía al hombre su cuerpo pero el hombre no debe atormentar ese cuerpo. Le entiendo, pero el suicidio, visto desde todos los ángulos…

– Estoy de acuerdo, pero te dije que no necesitaba una lección.  Si la necesitara habría acudido a alguien con más experiencia, con sus estudios terminados. Estoy pidiendo únicamente un poco de ayuda.

– Mi mano imparte la justicia de Dios. Lo que usted quiere no sería justo.

– Sé que el suicidio es un pecado mortal. Pero ser infeliz es también un gran pecado. Cuando no eres feliz dañas a otras personas.  ¿No es eso también un pecado? Cuando haces daño al prójimo, ¿no es eso un pecado?. Haciendo daño a tu familia, tus amigos… a tí mismo.(…)

– Tiene razón, hacer daño a la gente cercana a ti es también un gran pecado.

– Yo creo que Dios es misericordioso y tan grande, que no quiere ver a sus criaturas sufrir. Tan grande, que posiblemente no quiere forzarnos a vivir. Por ello concedió al hombre esta solución. ¿Nunca había pensado en el sentido de todo esto?.

– He pensado en ello, pero no de la misma forma que usted.

– De todas formas,esta conversación no nos llevará a ningún lado. No es éste el momento ni el lugar.

Por fin, el protagonista encuentra a un viejo sabio capaz de ayudarle. Pero antes de prometerle su ayuda le cuenta su historia. Él también quiso suicidarse un día y fue al campo con una cuerda para ahorcarse. Tuvo que subir al árbol para atarla con fuerza y mientras estaba arriba probó una cereza y luego otra y otra… Y llegaron unos niños que le pideron que moviese el árbol para que cayesen más cerezas. Y lo hizo. Y volvió a casa con un cesto de cerezas y, a pesar de sus problemas, entre él y su mujer se las comieron todas. La vida, le dice, es demasiado corta como para renunciar a un amanecer… Salió en la noche para ahorcarse y volvió hecho otro hombre gracias a una cereza. Todos tenemos problemas, le dice. Pero el suicidio no es el remedio. La solución está en un cambio interior, en recuperar la capacidad para poder ver la maravilla de cada efímero instante de vida. Sin embargo, a pesar de su intenso amor a la vida, o quizás precisamente por eso,  el viejo sabio le promete que le ayudará a ser enterrado dignamente.

– Le contaré algo que me ocurrió a mí. Fue justo después de casarme. Teníamos todo tipo de problemas. Estaba tan harto que decidí acabar con todo. Una mañana, antes del amanecer, guardé una cuerda en mi coche. Lo tenía decidido, quería matarme. Salí hacia Mianeh. Fue en 1960. Llegué a las plantaciones de cerezos. Paré allí, estaba aún oscuro. Tiré la cuerda alrededor de un arbol, pero no encontré el lado opuesto.  Lo intenté una y otra vez, pero no hubo manera. Así que subí al arbol y até la cuerda con fuerza. Entonces sentí algo suave bajo mis manos. Cerezas, cerezas deliciosamente dulces. Me comí una, luego una segunda y una tercera. De repente, me di cuenta que el sol estaba saliendo sobre la cima de la montaña. ¡Menudo sol, menudo paisaje, todo verde! En ese mismo instante, escuché a los niños saliendo hacia la escuela. Se paraban a mirarme. Me pidieron que agitara el árbol,  las cerezas caían y se las comían. Me sentí feliz. Recogí algunas cerezas para llevarlas a casa. Mi mujer seguía durmiendo, cuando se despertó, también comió cerezas, y las disfrutó. Había decidido matarme y volvía a casa con cerezas. Las cerezas me salvaron la vida, una cereza me salvó la vida.

– Comió cerezas,  y su mujer también, ¿y todo se arregló?.

– No, no fué así, pero yo cambié. Después de aquello, me fue mejor, pero yo había cambiado mi forma de pensar. Me sentía mejor. Todos los hombres de la tierra tienen problemas en su vida. Es así. Hay mucha gente en la tierra. No existe una familia  sin problemas. No conozco tu problema, si lo supiera podría explicarme mejor. Cuando vas a ver a un médico, le dices donde te duele. Perdóname, no eres turco ¿verdad?, ¿lo eres? Voy a contarte un chiste. No te ofendas. Un turco va a ver a un médico. Y le dice: “Cuando me toco el cuerpo con este dedo, me duele. Cuando me toco mi cabeza, me duele, toco mis piernas, me duelen. Me duele la mano, la barriga”. El doctor le examina y le dice: “Tu cuerpo está bien, pero tu dedo está roto!” Mi estimado amigo, tu mente está enferma pero no hay nada malo contigo. Cambia tu perspectiva. El mundo no es de la forma en que lo ves. Tienes que cambiar tu perspectiva y cambiar el mundo.

¿Qué te parece el razonamiento del viejo sabio?  ¿Cómo crees que termina la película? ¿Se suicida el protagonista? ¿Cumple el viejo taxidermista la promesa de enterrarlo?

 

Espero tus comentarios.

 

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02 PM | 02 Jul

RUEGO A LOS DIOSES QUE HABITAN EL BOSQUE SAGRADO

las vacaciones

Ayer Félix decidió hacernos reír. Con Les vacances de M. Hulot, Jacques Tati, 1953. Siendo como es un tipo muy dado a tomarse las cosas a la tremenda, imagino que no servirá de precedente y habrá que esperar otro año hasta que ponga de nuevo una de risa. En todo caso el ojo certero del programador quedó una vez más acreditado. Se propuso que riéramos y reímos.

Por la película de Tati desfila un plantel de personajes estrafalarios, de algún modo fuera de época, en el que parece adivinarse como el germen de la CECA (Comunidad Económica del Carbón y el Acero). Británico, alemanes, franceses, y otros de origen incalificable conviven en un hotel de playa en una armonía desternillante donde los naipes propios pueden hacer jugada en la partida del vecino; o se organizan pic-nics, bajo espíritu y maniobra rigurosamente marciales. (Esos cuatro coches avanzando como en misión de reconocimiento, con el comandante en el vehículo de vanguardia, prismáticos al pecho y mapa en la mano). Y Tati. Un larguirucho voluntarioso y cortés, con una capacidad ilimitada para lleva el desparrame allá por donde pasa. ¡Qué facilidad tiene este hombre para meterse en el propio centro del embrollo sin proponérselo! De ese modo acaba recibiendo el pésame, como un familiar más, en un entierro desconocido; o en un refugio de montaña por la simple casualidad de haber intentado ayudar a cargar una mochila sobre los hombros de una señorita desconocida. Y más. Y todo ello con una parquedad de gestos, con un comedimiento facial que se diría de cartón. De hecho, a mi entender, solo actúa de cintura para abajo: con el modo de caminar. Bueno, también logra que actúen por él su pipa y su sombrero. Y además está el despliegue de efectos especiales. Como cuando se mueve el bote de pintura al compás de las olas para que esté, o no esté, al alcance del pincel de nuestro hombre, según convenga a la carcajada del respetable.

Y los gags. ¡Qué decir de la cabeza del niño asomando por entre los radios del volante del autobús!

Félix, haznos reír con más frecuencia, que fuera de la sala Negrín ya hay mal rollo para aburrir. De todos modos, y mientras te decides, que los dioses habitantes del Bosque Sagrado (ya sabes, Hollywood: bosque sagrado) bendigan tu herejía cinematográfica.

ALFONSO PELAEZ

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12 PM | 01 Jul

Queridísimo amigo Teo

teo

Petros Márkaris

 

«El escritor griego evoca los acertados presagios del cineasta Teo Angelopoulos, fallecido hace cuatro años, sobre la crisis de los refugiados.»

Han pasado cuatro años desde tu fallecimiento y esta es la primera vez que siento la necesidad de escribirte. Estoy seguro de que tú entenderás mejor que nadie lo que tengo que decirte.

A lo largo de los últimos meses, mientras sigo el drama de los refugiados, mi pensamiento vuelve una y otra vez a tu película El paso suspendido de la cigüeña. Recuerdo lo que me dijiste cuando hablábamos del guion: que la emigración sería el gran problema de nuestra época. Tu pronóstico resultó acertado.

Antes de escribirte esta carta volví a ver El paso suspendido. Mientras avanzaba la película recordaba su estreno y cómo mirábamos atónitos el drama de los migrantes. Tu augurio fue acertado aunque la odisea de las personas que relata la película parece una caricia si lo comparamos con la tragedia que viven los refugiados de ahora.

Volví a escuchar al protagonista de la película preguntarse a sí mismo: “¿Cuántas fronteras tenemos que cruzar hasta llegar a casa?”. Y volví a ver al periodista quedarse con el pie suspendido sobre la línea fronteriza y decir que, si lo apoyaba en el suelo, se encontraría en otro país.

Teo, ninguna de las dos cosas pueden pasar con los migrantes de ahora. A tu protagonista le sobraría la pregunta “¿cuántas fronteras tenemos que cruzar?” porque todas las fronteras están cerradas desde Macedonia hasta Austria. Y el periodista se quedaría con el pie suspendido en Idomeni, en la frontera con Macedonia.

Tu protagonista, además, debería desprenderse de la esperanza de llegar alguna vez a casa. Con excepción de Alemania y de Suecia, ningún país de Europa central y del norte quiere ofrecer a los migrantes no ya una casa, sino siquiera una tienda de campaña.

En esta tragedia, la imagen que produce el mayor sobrecogimiento, en el sentido aristotélico del término, son los niños. Los niños que fueron separados de sus padres o que los perdieron y ahora vagan solos por los campamentos improvisados.

A estos niños no los encontramos en El paso suspendido de la cigüeña, sino en aquella otra película tuya: La eternidad y un día. Son “los niños de las fronteras”, a los que el espectador ve trepar por las alambradas en uno de los planos de la película. Vallas… Alambradas… Muros… Cercamos nuestras fronteras con los mismos materiales que antaño utilizábamos para vallar nuestros jardines.

Por lo demás, por supuesto, existe el espacio Schengen, el orgullo de la Unión Europea, que permite a todos los europeos circular libremente en la fantasía de una supuesta confederación. Solo que desde hace algunos meses el espacio Schengen está cerrado en muchos puntos. Los únicos que protestan son los empresarios. Afirman que el cierre de Schengen aumentará los costes de transporte. Su argumento es el único que convence, porque en esta Europa cuentan los costes y el dinero. Las personas no cuentan, especialmente si son migrantes.

No es que no haya en todos los países ciudadanos europeos que se preocupan por los migrantes, pero son una minoría, una especie de guardia de honor de los valores europeos.

Europa ha conocido muchas etapas en su historia: la época del Renacimiento, la era de la Revolución Industrial, la Revolución Francesa, la Ilustración. Nuestra época pasará a los anales de la historia como “la era de la hipocresía”.

Amigo Teo, te echo mucho de menos. Al mismo tiempo, sin embargo, me consuela pensar que no vives este periodo ruin. Sé cuánto te haría sufrir.

Tu amigo, Petros.

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