plurinacionalidad
La plurinacionalidad está siendo muy ridiculizada en prensa y redes, de hecho cada día que pasa alguien me reprocha la deriva (dicen) que está tomando el PSOE. La ignorancia de quienes critican así es tan atrevida como irresponsable. La unidad y cohesión del Estado no se logra a base de reforzar la mitificación de la indisoluble unidad de la nación española como única. Tuve la osadía de dar una “conferencia” en la Casa de la Juventud, único local municipal disponible en aquellas fechas, con el sugerente título “El Dret a Decidir”. Poner el título en catalán tenía evidentemente su intención. Por ahí anda colgado para quien lo quiera leer.
Conviene recordar que en el artículo 2 del proyecto constitucional se libró el principal y decisivo combate por la Autonomía de Cataluña, y es legítimo proclamar, como muy bien señala González Casanova, que el PSC rebatió en todo momento el error dogmático de gran parte de la derecha sobre su confusión entre Nación y Estado. Los socialistas defendieron la soberanía de las comunidades autónomas como la parte alícuota de la soberanía estatal, reconocieron de forma implícita el origen histórico del derecho a la autonomía de las regiones y nacionalidades, y se reconoció ese derecho en la misma Constitución (a diferencia de la de 1931).
Hoy ya es unánime que el último punto del ya referido artículo 2 pretendió aguar el protagonismo de la palabra “nacionalidades” y su integración solidaria en el Estado mediante el inciso: “La indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. La frase (que suena cuartelera) parece ignorar que la palabra “Nación” es sinónima de Estado y que todo Estado, más que tener, es una unidad indisoluble en sí misma mientras no se sustituya por otro tipo de organización política. Por otro lado, si hay una “patria” común de todos los españoles, tiene que dividirse entre ellos para ser patria de cada uno. El referido artículo termina con la afirmación de que “la Constitución se fundamenta en la unidad de España”. El grupo socialista catalán (“Cuarenta años de federalismo socialista catalán”, González Casanova, página 42) presentó una enmienda que invertía el fundamento constitucional y que decía así: “La Constitución fundamenta y garantiza la unidad de España, el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. ¿Podría hoy ser ésta una modificación constitucional para luego ser votada?
Cuando se habla de estos temas, es decir el problema catalán, se quiere ignorar que una parte importante de la población, concretamente los socialistas, fieles a su tradición federalista, han teorizado en sus escritos y en su acción política intentos constantes de construir no un Estado propio catalán, sino un Estado español apropiado y apropiable para Cataluña. Nuestro amigo Fernández Tapias nos decía el otro día a los que le seguimos que, desgraciadamente, siglos de centralismo borbónico y décadas del españolismo rancio inculcado durante la dictadura franquista ciegan mentes y bloquean voluntades para abordar la realidad plurinacional de nuestro Estado y lograr una verdadera construcción federal.

Cuando salimos el viernes de ver la película Tony Edrman, que tenía mucho que comentar, desviamos la conversación inevitablemente al tema catalán. Convendría recordar algunas cosas, sobre todo a algunos que no vivieron políticamente aquellos días y abogan por un referéndum, legal dicen ahora, y que lo ponen como ejemplo de democracia.
El 21 de enero de 2006, el presidente Zapatero y Mas, por entonces líder de la oposición, se reúnen en el palacio de la Moncloa para cerrar un acuerdo sobre el Estatut, objetivo primordial de Maragall (primer gobierno de izquierdas que presidía la Generalitat). Hacía tan sólo cuatro meses que el Parlament había aprobado el texto por amplia mayoría, sin contar con el Partido Popular. Dos meses después de la reunión secreta entre Mas y Zapatero, el Congreso de los Diputados aprobaba el texto modificado, y el día 10 lo aprueba el Senado. El siguiente paso era la convocatoria de un referéndum, que se celebró el 18 de junio de 2006. Pidieron el voto en contra la CUP, ERC, Ciudadanos y el PP. El 31 de julio, Federico Trillo presentó recurso de inconstitucionalidad, haciéndose pública la sentencia el 28 de junio de 2010. Al cabo de pocos meses de la aprobación del Estatut se celebraron elecciones autonómicas en Cataluña, el 1 de noviembre de 2006, y a pesar de ser Mas el candidato más votado, el socialista Montilla accedió a la Presidencia en virtud de un pacto con Esquerra Republicana e Iniciativa per Cataluña. “Fets i no paraules”, había sido el lema de la campaña de Montilla. Menos discusión y más gobierno.
En enero de 2007, Vicenç Villataoro, director del diario “AVUI”, director de la Corporación Catalana de Radio y TV, diputado y fundador de Convergencia, publicó un revelador panfleto de urgencia titulado “L’engany” (El engaño), en el que sostenía que aquel nuevo tripartito podía suponer un peligroso punto de inflexión: “Una propuesta que supone la abolición del eje nacional como eje político significativo y la consagración de la confrontación entre derechas e izquierdas como relato central de la política catalana”.
En febrero, Patricia Gabancho daba a conocer un ensayo de notable éxito, “El preu de ser catalans” (El precio de ser catalanes), y cuyo subtítulo dejaba claro de que iba el tema: “Una cultura mil-enaria en vies d’extinció” (Una cultura milenaria en vías de extinción) En abril, Alfons López Tena (que había sido vocal del CGPJ) presentó un trabajo que estuvo en la lista de los más vendidos en Cataluña: “Catalunya sota Espanya. L’opresió nacional en democracia” (Cataluña bajo España. La opresión Nacional en democracia). Ferran Mascorell, emblema del maragallismo cultural en el Ayuntamiento de Barcelona, empezó a publicar artículos culminando en El Pais con “Nous y vells catalanismos” (Nuevos y viejos catalanismos); su tesis era que el catalanismo histórico había quedado obsoleto y que, si no lograba refundarse, “Cataluña seguirá desdibujando su personalidad, perdiendo peso específico en España y muy probablemente también en el mundo. Luego pasaría a ser consejero con Mas.

El Dret a decidir por tanto empezó a circular después de la conferencia de Mas, en la legislatura de Montilla (y esto hay que resaltarlo), que ofreció el 20 de noviembre del 2007 con el título “El catalanisme, energia i esperanza per a jun país millor” (El catalanismo, energía y esperanza para un país mejor). Decía entonces:
“Muchos de los que votamos a favor del referéndum del Estatut lo hicimos conscientes de que representaba un salto hacia adelante en el autogobierno, pero de ninguna manera significaba una estación final del trayecto en el largo camino de Cataluña hacia el autogobierno y las libertades nacionales”, fijando a continuación cual era la siguiente estación política para el catalanismo: el derecho a decidir. Seguía: “El derecho a decidir de los catalanes hunde sus raíces en las convicciones y en las creencias más genuinamente democráticas”.
Afirmó aquella noche que “el derecho a decidir de un pueblo es el ejercicio de democracia en estado puro. ¿A que demócrata le da miedo esto? ¿A qué persona con principios democráticos sólidos y bien fundados le puede molestar que la democracia se manifieste con naturalidad? Si Cataluña es una nación, y lo será mientras los catalanes quieran, y no es simplemente un derivado o un subproducto constitucional, tenemos derecho democrático a decidir lo que más nos conviene como pueblo”. Lógica transparente, toda vez que Cataluña se convierte en Nación, la democracia garantiza per se la posibilidad de votar sobre todo lo que afectase.

Esto se proclamó en 2007 y la sentencia del Tribunal Constitucional fue el 28 de Junio del 2.010. La sentencia que supuso un varapalo para Trillo y el Partido Popular, se convirtió en el principal argumento para el sector independentista. Hubo muy pocos artículos declarados inconstitucionales y no se quiso ver que incluso en el fundamento jurídico número 12 se reconocía a Cataluña como una nación dentro del Estado.
El 10 de julio centenares de miles de personas se manifestaron bajo el lema “Som una nació. Nosaltres decidim” (Somos una nación. Nosotros decidimos). Desde entonces, con la colosal agitación de Omnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana, no ha cesado. Recordemos que Montilla fue zarandeado en esa manifestación. No han parado de incrementarse los apoyos, pero hay dos cuestiones que sí me gustaría resaltar: por un lado, que la sentencia fue un varapalo para el PP y se convirtió en el principal argumento ‘indepe’, y que el famoso Derecho a Decidir, fue puesto en funcionamiento antes de que se produjera la famosa sentencia.
POR UN REFERÉNDUM DUAL
Los r
eferendos no son buenos ni malos. Los hay disgregadores, como los plebiscitos presidenciales, el Brexit o los que arruinaron al Estado de California con consultas populistas de expansión del gasto público y contracción de los impuestos. Y los hay que, por el contrario, favorecen el pactismo, como los celebrados en Suiza o Uruguay. Tal y como señala el politólogo David Altman, Suiza y Uruguay son los países que más consultas populares organizan en sus regiones y, en lugar de ser los países más radicalizados, son los más consensuales.
Lo que determina si un referéndum socava o apuntala una democracia es quién lo promueve. Los referendos polarizadores tienen un solo emprendedor político. Este puede ser un conservador como Cameron o un izquierdista como Tsipras, un movimiento socialista caribeño o uno popular catalán. Todos comparten el mismo problema: responder sí o no a una sola propuesta.
El sentido común nos dice que las consultas sí-no son más claras, pero esconden una oscura perversidad. Porque, como la opción del sí (al Brexit, a la independencia de Cataluña, etc) se construye sobre muchos hipotéticos si (si nos dejan estar en el mercado común, si quedamos fuera de la UE, etc), a la hora de la verdad lo que se discute es cuánto nos gusta la situación actual.
El resultado de estos referendos dicotómicos depende pues del siempre volátil termómetro del enfado social. Políticos ventajistas, o salvapatrias bienintencionados, intentarán capitalizar el descontento ciudadano generado por una crisis política o económica para elevar la temperatura con críticas desmesuradas y pescar en río revuelto para su causa antisistema. En reacción, los partidarios del sistema se defenderán también con argumentos hiperbólicos sobre las catastróficas consecuencias de dejar votar al pueblo. El corolario es una fuerte polarización social.
Ese efecto es independiente de si la consulta se celebra o no. Por ejemplo, aunque no se pongan las urnas, Cataluña ya está fracturada en dos bandos.
La solución pasa por facilitar un referéndum dual. Es decir, una consulta iniciada por dos emprendedores políticos que actúan el uno de contrapeso al otro porque derivan su legitimidad de fuentes opuestas.
Es lo que ocurre en Suiza o Uruguay. Estos países permiten una participación ciudadana activa tanto para proponer iniciativas legislativas como para someter a referéndum las del legislador. Pero, para evitar un saqueo del debate político por parte de minorías altamente motivadas, el legislador tiene la opción de hacer una contrapropuesta, que también se añade a la pregunta de la consulta.
A su vez, para que los representantes políticos no descuarticen la iniciativa popular con una contraoferta que divida al “enemigo”, los referendos consensuales pueden incluir una doble pregunta. Primero se decide sobre si el statu quo debe cambiar o no (una disyuntiva que favorece a los impulsores de la propuesta popular). Y después se enfrenta la concreta iniciativa popular a la contrapropuesta del legislador (un dilema que favorece a éste).
De esta forma, un referéndum potencialmente centrífugo se convierte en centrípeto. Los adversarios políticos se ven forzados a acomodar la opinión del otro en sus propuestas para evitar una derrota humillante. Si los movimientos populares saben que su invitación rupturista acabará contraponiéndose a una respuesta estratégica de los partidarios del continuismo, serán más cautos en sus peticiones; y viceversa.
Esto es lo que debemos lograr en España: transformar el enfrentamiento binario en un acuerdo plural. Eso quiere decir rechazar un referéndum polarizador, como el propuesto por la Generalitat, y sentar las bases de uno consensual en el que haya una secuencia de preguntas —separadas en el tiempo— sobre la estructura territorial del país.
Para ello, las Cortes Generales deberían permitir, primero, una consulta no vinculante en Cataluña sobre si sus ciudadanos desean un cambio en el modelo territorial o no. En el caso de existir una amplia respuesta afirmativa, se abriría un proceso participativo en el que se verían obligados a posicionarse hasta los más escépticos, como Ciudadanos y el PP.
Tras un prudencial periodo de negociaciones, las fuerzas políticas representadas en las Cortes harían una propuesta de relación territorial con Cataluña, que podría incluir un pacto fiscal y algunas delegaciones de competencias, pero también devoluciones y obligaciones. Y es que ninguna iniciativa que incluyera sólo cesiones tendría posibilidades de generar consenso en todo el país.
Llegado ese momento, nos encontraríamos ya en condiciones de plantear un referéndum dual en todo el territorio nacional. Es decir, un referéndum en el que el statu quo se enfrente tanto a la propuesta popular (la independencia que proponen los soberanistas) como a la propuesta del legislador (la reforma territorial acordada en las Cortes).
La pregunta se podría articular de distintas formas. Podría ser una pregunta con tres respuestas (la situación actual frente a las dos alternativas), tal y como planteamos con Alberto Penadés en El arte del referéndum (EL PAÍS, 08/09/2014). Una pregunta así permitiría satisfacer la preferencia mayoritaria de los catalanes que no es ni el contexto presente ni la independencia, sino una opción intermedia.
Otra alternativa sería una doble pregunta: ¿Quiere que se cambie el Estado de las Autonomías? Sí o no. Y, en caso afirmativo: ¿Quiere esta reforma del Estatuto de Autonomía o quiere iniciar un proceso de reforma constitucional agravado que regule un proceso de separación para Cataluña? En este caso también los votantes tendrían una opción intermedia de consenso.
Tanto con un diseño como con otro, un referéndum dual sobre la estructura territorial de España desactivaría la opción rupturista. El referéndum favorecería un pacto consensuado sobre la cuestión de fondo porque cada una de las partes actuaría de forma táctica. Si sabes que no vas a arrollar en las urnas, abandonas las posiciones maximalistas y te conformas con reescribir el marco de convivencia.
Los constitucionalistas deben entender que permitir referendos de estas características es la mejor fórmula para salvar el orden constitucional de tempestades políticas presentes y futuras. Porque la alternativa realista a un referéndum dual no es la paz social, sino un referéndum polarizador de sí o no a la independencia de Cataluña que, si no llega en 2017, lo hará en 2019 o en cuanto el país entre en el próximo ciclo recesivo.
Y los soberanistas deben asumir que las votaciones claras —de sí o no— son las que más confunden, porque no trazan líneas de entendimiento sino fronteras internas.
Un mal referéndum, se celebre o no, nos separa. Uno bueno nos unirá.
FRANTZ
El escritor Anatole France dijo: «Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento». Tras mostrar las sesiones de una tenebrosa bella de tarde en ‘Joven y bonita‘ y reformular los valores familiares en ‘Una nueva amiga‘, François Ozon ofrece su mirada más delicada y elegante en un auténtico juego de espejos en el que la redención, la mentira y reconciliación parecen ir de la mano. Realizada como una joya de orfebrería llega ‘Frantz‘, drama histórico protagonizado por Pierre Niney y Paula Beer y que se alzó con el premio Marcello Mastroianni a la mejor actriz revelación en el 73º Festival de Venecia.

La Primera Guerra Mundial ha llegado a su fin, pero eso no ha impedido que Europa haya quedado dividida y los odios y las crispaciones sigan aún latentes en los ciudadanos, especialmente en los alemanes. Cerca de la frontera vive Anna, una joven que va todos los días a llorar sobre la tumba de su prometido, Frantz, que murió durante la contienda. En una de esas visitas, la bella muchacha se encuentra con un extraño joven francés que deja flores bajo la lápida de su difunto novio. El caballero, Adrien, resulta ser un antiguo amigo galo que conoció a Frantz antes de la Gran Guerra. Sin embargo, no todo parece lo que es.
Los escrúpulos de la culpa
Rodada en un magnífico blanco y negro, Ozon parece romper estéticamente con sus anteriores filmes. Sin embargo, la elegancia y solemnidad mostrada recuerdan a ‘8 mujeres‘ y ‘Swimming Pool‘. De hecho, ‘Frantz’ se trata de su mejor largometraje desde la espléndida ‘En la casa‘ y el culmen de las habituales inquietudes del cineasta, la pérdida del ser amado, la superación del duelo y el uso de la falacia como forma de continuar hacia delante. En ese sentido, el realizador muestra su propio sello, en el que se siente la esencia del creador de ‘Gotas de agua sobre piedras calientes‘ y ‘Amantes criminales‘.

Aparte, Ozon sabe traer a la memoria el alma antibelicista de ‘Remordimiento‘, el drama dirigido por el gran Ernst Lubitsch en 1932, que a su vez está basado en la pieza teatral ‘El hombre al que asesiné’ de Maurice Rostand. No obstante, Ozon se aleja de la mirada de Lubitsch para acercar el relato a la suya propia que se torna en el bando derrotado, el alemán. Ahí entra en juego la fuerza interpretativa de Paula Beer, un verdadero descubrimiento. Llamada ya la nueva Romy Schneider, la actriz es contención, dignidad y entrega. Todo mostrado con una innata delicadeza que hace que sea imposible no pensar en la mítica ‘Sissi emperatriz‘.
La generosidad del alma
Como partenaire de Beer está un magistral Pierre Niney, que vuelve a demostrar porque es el mejor actor de su generación. El intérprete transmite una hipnótica fragilidad, que atrae gracias a su intensa mirada. El galán conquista pero es la heroína la que lleva la batuta del juego amoroso. En medio, está un cúmulo de embustes y medias verdades que provocan que surja un dilema: ¿Es legítima la mentira para poder seguir hacia delante y curar las heridas personales? Una vez más, Ozon deja caer un interrogante para que sea el público el que decida.

Realizada con una majestuosidad que, hasta ahora, Ozon no había mostrado.‘Frantz’ es su gran obra maestra, un auténtico juego de espejos donde dialogan el amor verdadero, la mentira piadosa y el miedo a los nacionalismos, tristemente de actualidad lo último. Una grandiosa alhaja que demuestra la transversalidad de uno de los realizadores más arriesgados del panorama europeo. Ozon abre y cierra con grácil elegancia el telón de un relato evocador, libre y sublime. Un gentil canto sobre la libertad, la reconciliación, la alegría y el perdón. Una obra maestra.
Nota: 9
Lo mejor: La fotografía, sus protagonistas, el guión, la realización y el montaje.
Lo peor: Compararla con la versión de Lubitsch, es la misma fuente pero con un sentido completamente diferente.
CARTELERA. POR Vicente Pizarro
Toni Erdmann
EL DRAMA DISFRAZADO
Nos podemos plantear la historia de un padre preocupado por el bienestar de su hija. Y podemos plantear que está dispuesto a intervenir en la vida de ella. Y podemos plantear el desarrollo como una comedia… Y podríamos ver, por ejemplo, Es por tu bien (Carlos Therón, 2017), una película en la que tres padres tratan de borrar a los respectivos novios de la vida de sus hijas, en el estilo de las comedias americanas contemporáneas.
Toni Erdmann, sin embargo, se mueve en parámetros radicalmente distintos. En primer lugar porque, aunque sea nuestra primera tentación, no podemos etiquetarla como comedia. En segundo lugar, por su densidad argumental. Y todo ello se debe a las sucesivas capas que su directora, Maren Ade, ha trazado, tanto desde el guion como de la puesta en escena. De hecho la cinta arranca con un tono de comedia grotesca, con la entrega de un paquete a domicilio y la recogida por parte de un individuo que se dedica a bromear con el repartidor, hablando de paquetes bomba y adquiriendo una doble personalidad. Pero Maren Ade no duda en integrarnos en una historia realista. Y, pese a los toques de humor, podemos entender que no estamos en una comedia al uso. Inmediatamente después de reírnos con la humorada absurda de Winfried Conradi, veremos que no es un personaje alegre sino un hombre triste y solitario, que vive con un perro viejo y ciego, un profesor de música que es abandonado por su único alumno particular, que cuida de una madre dependiente, y cuya ex mujer le tolera pero no le mantiene al día de temas tan íntimos como la fiesta de cumpleaños de su hija. Para contarnos todo ello Maren Ade introduce en un relato que se mantiene fiel a los códigos de la realidad la distorsión propiciada por el humor absurdo. Winfried, que ha optado por maquillarse como un zombi al igual que sus alumnos va de la celebración escolar a la fiesta familiar sin quitarse la pintura del rostro. Winfried, mediante la broma y la simulación, está tratando de evitar la tristeza que le envuelve. No será hasta que vea a su hija, una elegante y seca ejecutiva agresiva, que opte por desmaquillarse. Y entonces entendemos que no estamos en una comedia y que Winfried es un personaje tremendamente triste.

Winfried juega en Toni Erdmann el papel equivalente a la brillantísima Gitti de Entre nosotros (Alle anderen, Maren Ade, 2009), una joven que trata de tirar adelante una pareja en base a una energía desbordante y un humor imparable. En aquel, largometraje anterior de Ade, la directora empleaba una estrategia semejante siguiendo a una pareja durante unas breves vacaciones en las que los motivos de crisis, la desidia por parte de él, la evitación de los problemas por parte de ella y el aburrimiento para ambos, iban surgiendo imparablemente y a los que ella se enfrentaba con juegos y humoradas. Maren Ade desarrolla la estrategia en Toni Erdmann hasta romper todos los límites. Winfried, preocupado por Ines, la visita inopinadamente en su trabajo en Bucarest. No consiguiendo conectar con ella a nivel emocional, y viendo su estresada vida (lejos de la imagen bucólica de triunfadora) a caballo de conferencias telefónicas, reuniones con superiores y equipo, entrevistas tensas con los clientes y salidas como cicerona con la pareja del Director general, Winfried decide adoptar una doble personalidad y reaparecer como Toni Erdmann, un personaje imposible, grotesco, que va infiltrándose en la vida personal y profesional de Ines hasta conseguir distorsionar los parámetros de la realidad cotidiana.
Podríamos pensar en Lord X, el personaje creado por Nestor Patou para evitar que su adorada fulana ejerciese como prostituta con otros hombres (Irma la dulce, Irma la douce, Billy Wilder, 1963). Y, en cierto modo, así es. Erdmann, el personaje, adquiere progresivamente tal consistencia como persona que acaba no sólo infiltrándose en la vida de Ines Conradi sino que se introduce en su mundo profesional, intercambiando opiniones con sus colaboradores y clientes. Sin embargo, Maren Ade va más allá de la divertida, inocente comedia de Wilder. Erdmann consigue poner en entredicho no tanto la vida de su hija Ines sino a todo el sistema. Entre bromas y medias verdades veremos cómo un magnate trata de cerrar una fábrica y despedir a la plantilla mediante argucias y como otra empresa elabora un plan de (supuesta) mejora para justificarlo, asumiendo la culpa. Ines Conradi es como el Ryan Bingham de Up in the Air (Jason Reitman, 2009). Son creadores de excusas, proveedores de buenas razones, promotores del cinismo necesario para que el sistema económico siga funcionando. La economía prosperará, Rumanía construirá fábricas más modernas y lucirá resultados, pero parte del país quedará en el paro y algunos empresarios engrosaran su cuenta de beneficios sin quedar en evidencia, gracias a la intermediación de empresas y personajes como las de Ines Conradi.
Toni Erdmann, personaje, llega a tirar todo ello en cara de su hija, desequilibrándola sin conseguir tranquilizarla. Toni Erdmann, película, nos lo muestra en un desconcertante equilibrio entre su auténtica identidad como drama y el lenguaje de comedia que emplea en la mayor parte de las escenas. Alternando con las salas de reuniones, las discotecas y restaurantes de lujo, Maren Ade nos muestra, como de pasada, los callejones de Bucarest y sus miserias, las barracas en las que malviven sus trabajadores o sus parados. Alternando con las presentaciones impolutas de Ines, vemos como se establece un paralelismo entre las relaciones de poder entre empresas y las existentes entre sus trabajadores. El Director general exige a Ines la elaboración de planes estratégicos, pero la humilla obligándola a acompañar a su amante a unos almacenes. Ines demanda puntualidad y precisión a sus colaboradores pero les recuerda que son sus subordinados y que, cuando es preciso, deben incluso ofrecerle su ropa para evitar manchas (literales) en la imagen de su superior.

Maren Ade, afortunadamente, no se conforma con ello y en un brillantísimo giro de guion lleva el absurdo al clímax. Un absurdo propiciado a nivel de tono por la escalada llevada a cabo por Toni Erdmann, testigo de la acción y agente de cambio en la vida de Ines, y desencadenado por el azar, por una invitada llegada un poco antes de lo esperado, tal vez en el momento adecuado… La fiesta de equipo se transforma en un desafío insólito, en un rechazo nudista a lo establecido, en una pequeña revolución que dinamita las relaciones interprofesionales, destapa literalmente las vergüenzas y culmina con un acto de amor. Maren Ade, finalmente, emociona con una obra tan insólita como revulsiva, tan triste como hilarante.
Coherentemente, hay un epílogo. Un epílogo en el que Ade nos ofrece una bofetada final. Las formas han cambiado, son más suaves; pero no hay lugar para el humor o la ilusión. La vida sigue. La vida sigue igual.
MIRADAS DE CINE