09 PM | 10 Jul

POR UN REFERÉNDUM DUAL

Los referendos no son buenos ni malos. Los hay disgregadores, como los plebiscitos presidenciales, el Brexit o los que arruinaron al Estado de California con consultas populistas de expansión del gasto público y contracción de los impuestos. Y los hay que, por el contrario, favorecen el pactismo, como los celebrados en Suiza o Uruguay. Tal y como señala el politólogo David Altman, Suiza y Uruguay son los países que más consultas populares organizan en sus regiones y, en lugar de ser los países más radicalizados, son los más consensuales.

Lo que determina si un referéndum socava o apuntala una democracia es quién lo promueve. Los referendos polarizadores tienen un solo emprendedor político. Este puede ser un conservador como Cameron o un izquierdista como Tsipras, un movimiento socialista caribeño o uno popular catalán. Todos comparten el mismo problema: responder  o no a una sola propuesta.

El sentido común nos dice que las consultas sí-no son más claras, pero esconden una oscura perversidad. Porque, como la opción del  (al Brexit, a la independencia de Cataluña, etc) se construye sobre muchos hipotéticos si (si nos dejan estar en el mercado común, si quedamos fuera de la UE, etc), a la hora de la verdad lo que se discute es cuánto nos gusta la situación actual.

El resultado de estos referendos dicotómicos depende pues del siempre volátil termómetro del enfado social. Políticos ventajistas, o salvapatrias bienintencionados, intentarán capitalizar el descontento ciudadano generado por una crisis política o económica para elevar la temperatura con críticas desmesuradas y pescar en río revuelto para su causa antisistema. En reacción, los partidarios del sistema se defenderán también con argumentos hiperbólicos sobre las catastróficas consecuencias de dejar votar al pueblo. El corolario es una fuerte polarización social.

Ese efecto es independiente de si la consulta se celebra o no. Por ejemplo, aunque no se pongan las urnas, Cataluña ya está fracturada en dos bandos.

La solución pasa por facilitar un referéndum dual. Es decir, una consulta iniciada por dos emprendedores políticos que actúan el uno de contrapeso al otro porque derivan su legitimidad de fuentes opuestas.

Es lo que ocurre en Suiza o Uruguay. Estos países permiten una participación ciudadana activa tanto para proponer iniciativas legislativas como para someter a referéndum las del legislador. Pero, para evitar un saqueo del debate político por parte de minorías altamente motivadas, el legislador tiene la opción de hacer una contrapropuesta, que también se añade a la pregunta de la consulta.

A su vez, para que los representantes políticos no descuarticen la iniciativa popular con una contraoferta que divida al “enemigo”, los referendos consensuales pueden incluir una doble pregunta. Primero se decide sobre si el statu quo debe cambiar o no (una disyuntiva que favorece a los impulsores de la propuesta popular). Y después se enfrenta la concreta iniciativa popular a la contrapropuesta del legislador (un dilema que favorece a éste).

De esta forma, un referéndum potencialmente centrífugo se convierte en centrípeto. Los adversarios políticos se ven forzados a acomodar la opinión del otro en sus propuestas para evitar una derrota humillante. Si los movimientos populares saben que su invitación rupturista acabará contraponiéndose a una respuesta estratégica de los partidarios del continuismo, serán más cautos en sus peticiones; y viceversa.

Esto es lo que debemos lograr en España: transformar el enfrentamiento binario en un acuerdo plural. Eso quiere decir rechazar un referéndum polarizador, como el propuesto por la Generalitat, y sentar las bases de uno consensual en el que haya una secuencia de preguntas —separadas en el tiempo— sobre la estructura territorial del país.

Para ello, las Cortes Generales deberían permitir, primero, una consulta no vinculante en Cataluña sobre si sus ciudadanos desean un cambio en el modelo territorial o no. En el caso de existir una amplia respuesta afirmativa, se abriría un proceso participativo en el que se verían obligados a posicionarse hasta los más escépticos, como Ciudadanos y el PP.

Tras un prudencial periodo de negociaciones, las fuerzas políticas representadas en las Cortes harían una propuesta de relación territorial con Cataluña, que podría incluir un pacto fiscal y algunas delegaciones de competencias, pero también devoluciones y obligaciones. Y es que ninguna iniciativa que incluyera sólo cesiones tendría posibilidades de generar consenso en todo el país.

Llegado ese momento, nos encontraríamos ya en condiciones de plantear un referéndum dual en todo el territorio nacional. Es decir, un referéndum en el que el statu quo se enfrente tanto a la propuesta popular (la independencia que proponen los soberanistas) como a la propuesta del legislador (la reforma territorial acordada en las Cortes).

La pregunta se podría articular de distintas formas. Podría ser una pregunta con tres respuestas (la situación actual frente a las dos alternativas), tal y como planteamos con Alberto Penadés en El arte del referéndum (EL PAÍS, 08/09/2014). Una pregunta así permitiría satisfacer la preferencia mayoritaria de los catalanes que no es ni el contexto presente ni la independencia, sino una opción intermedia.

Otra alternativa sería una doble pregunta: ¿Quiere que se cambie el Estado de las Autonomías?  o no. Y, en caso afirmativo: ¿Quiere esta reforma del Estatuto de Autonomía o quiere iniciar un proceso de reforma constitucional agravado que regule un proceso de separación para Cataluña? En este caso también los votantes tendrían una opción intermedia de consenso.

Tanto con un diseño como con otro, un referéndum dual sobre la estructura territorial de España desactivaría la opción rupturista. El referéndum favorecería un pacto consensuado sobre la cuestión de fondo porque cada una de las partes actuaría de forma táctica. Si sabes que no vas a arrollar en las urnas, abandonas las posiciones maximalistas y te conformas con reescribir el marco de convivencia.

Los constitucionalistas deben entender que permitir referendos de estas características es la mejor fórmula para salvar el orden constitucional de tempestades políticas presentes y futuras. Porque la alternativa realista a un referéndum dual no es la paz social, sino un referéndum polarizador de  o no a la independencia de Cataluña que, si no llega en 2017, lo hará en 2019 o en cuanto el país entre en el próximo ciclo recesivo.

Y los soberanistas deben asumir que las votaciones claras —de  o no— son las que más confunden, porque no trazan líneas de entendimiento sino fronteras internas.

Un mal referéndum, se celebre o no, nos separa. Uno bueno nos unirá.

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09 PM | 25 Jun

FRANTZ

El escritor Anatole France dijo: «Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento». Tras mostrar las sesiones de una tenebrosa bella de tarde en ‘Joven y bonita‘ y reformular los valores familiares en ‘Una nueva amiga‘, François Ozon ofrece su mirada más delicada y elegante en un auténtico juego de espejos en el que la redención, la mentira y reconciliación parecen ir de la mano. Realizada como una joya de orfebrería llega ‘Frantz, drama histórico protagonizado por Pierre Niney y Paula Beer y que se alzó con el premio Marcello Mastroianni a la mejor actriz revelación en el 73º Festival de Venecia.

Frantz

La Primera Guerra Mundial ha llegado a su fin, pero eso no ha impedido que Europa haya quedado dividida y los odios y las crispaciones sigan aún latentes en los ciudadanos, especialmente en los alemanes. Cerca de la frontera vive Anna, una joven que va todos los días a llorar sobre la tumba de su prometido, Frantz, que murió durante la contienda. En una de esas visitas, la bella muchacha se encuentra con un extraño joven francés que deja flores bajo la lápida de su difunto novio. El caballero, Adrien, resulta ser un antiguo amigo galo que conoció a Frantz antes de la Gran Guerra. Sin embargo, no todo parece lo que es.

Los escrúpulos de la culpa

Rodada en un magnífico blanco y negro, Ozon parece romper estéticamente con sus anteriores filmes. Sin embargo, la elegancia y solemnidad mostrada recuerdan a ‘8 mujeres‘ y ‘Swimming Pool‘. De hecho, ‘Frantz’ se trata de su mejor largometraje desde la espléndida ‘En la casa‘ y el culmen de las habituales inquietudes del cineasta, la pérdida del ser amado, la superación del duelo y el uso de la falacia como forma de continuar hacia delante. En ese sentido, el realizador muestra su propio sello, en el que se siente la esencia del creador de ‘Gotas de agua sobre piedras calientes‘ y ‘Amantes criminales‘.

Frantz

Aparte, Ozon sabe traer a la memoria el alma antibelicista de ‘Remordimiento‘, el drama dirigido por el gran Ernst Lubitsch en 1932, que a su vez está basado en la pieza teatral ‘El hombre al que asesiné’ de Maurice Rostand. No obstante, Ozon se aleja de la mirada de Lubitsch para acercar el relato a la suya propia que se torna en el bando derrotado, el alemán. Ahí entra en juego la fuerza interpretativa de Paula Beer, un verdadero descubrimiento. Llamada ya la nueva Romy Schneider, la actriz es contención, dignidad y entrega. Todo mostrado con una innata delicadeza que hace que sea imposible no pensar en la mítica ‘Sissi emperatriz‘.

La generosidad del alma

Como partenaire de Beer está un magistral Pierre Niney, que vuelve a demostrar porque es el mejor actor de su generación. El intérprete transmite una hipnótica fragilidad, que atrae gracias a su intensa mirada. El galán conquista pero es la heroína la que lleva la batuta del juego amoroso. En medio, está un cúmulo de embustes y medias verdades que provocan que surja un dilema: ¿Es legítima la mentira para poder seguir hacia delante y curar las heridas personales? Una vez más, Ozon deja caer un interrogante para que sea el público el que decida.

Frantz

Realizada con una majestuosidad que, hasta ahora, Ozon no había mostrado.‘Frantz’ es su gran obra maestra, un auténtico juego de espejos donde dialogan el amor verdadero, la mentira piadosa y el miedo a los nacionalismos, tristemente de actualidad lo último. Una grandiosa alhaja que demuestra la transversalidad de uno de los realizadores más arriesgados del panorama europeo. Ozon abre y cierra con grácil elegancia el telón de un relato evocador, libre y sublime. Un gentil canto sobre la libertad, la reconciliación, la alegría y el perdón. Una obra maestra.

Nota: 9

Lo mejor: La fotografía, sus protagonistas, el guión, la realización y el montaje.

Lo peor: Compararla con la versión de Lubitsch, es la misma fuente pero con un sentido completamente diferente.

CARTELERA. POR Vicente Pizarro

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11 PM | 18 Jun

Toni Erdmann

EL DRAMA DISFRAZADO

Nos podemos plantear la historia de un padre preocupado por el bienestar de su hija. Y podemos plantear que está dispuesto a intervenir en la vida de ella. Y podemos plantear el desarrollo como una comedia… Y podríamos ver, por ejemplo, Es por tu bien (Carlos Therón, 2017), una película en la que tres padres tratan de borrar a los respectivos novios de la vida de sus hijas, en el estilo de las comedias americanas contemporáneas.

Toni Erdmann, sin embargo, se mueve en parámetros radicalmente distintos. En primer lugar porque, aunque sea nuestra primera tentación, no podemos etiquetarla como comedia. En segundo lugar, por su densidad argumental. Y todo ello se debe a las sucesivas capas que su directora, Maren Ade, ha trazado, tanto desde el guion como de la puesta en escena. De hecho la cinta arranca con un tono de comedia grotesca, con la entrega de un paquete a domicilio y la recogida por parte de un individuo que se dedica a bromear con el repartidor, hablando de paquetes bomba y adquiriendo una doble personalidad. Pero Maren Ade no duda en integrarnos en una historia realista. Y, pese a los toques de humor, podemos entender que no estamos en una comedia al uso. Inmediatamente después de reírnos con la humorada absurda de Winfried Conradi, veremos que no es un personaje alegre sino un hombre triste y solitario, que vive con un perro viejo y ciego, un profesor de música que es abandonado por su único alumno particular, que cuida de una madre dependiente, y cuya ex mujer le tolera pero no le mantiene al día de temas tan íntimos como la fiesta de cumpleaños de su hija. Para contarnos todo ello Maren Ade introduce en un relato que se mantiene fiel a los códigos de la realidad la distorsión propiciada por el humor absurdo. Winfried, que ha optado por maquillarse como un zombi al igual que sus alumnos va de la celebración escolar a la fiesta familiar sin quitarse la pintura del rostro. Winfried, mediante la broma y la simulación, está tratando de evitar la tristeza que le envuelve. No será hasta que vea a su hija, una elegante y seca ejecutiva agresiva, que opte por desmaquillarse. Y entonces entendemos que no estamos en una comedia y que Winfried es un personaje tremendamente triste.

Winfried juega en Toni Erdmann el papel equivalente a la brillantísima Gitti de Entre nosotros (Alle anderen, Maren Ade, 2009), una joven que trata de tirar adelante una pareja en base a una energía desbordante y un humor imparable. En aquel, largometraje anterior de Ade, la directora empleaba una estrategia semejante siguiendo a una pareja durante unas breves vacaciones en las que los motivos de crisis, la desidia por parte de él, la evitación de los problemas por parte de ella y el aburrimiento para ambos, iban surgiendo imparablemente y a los que ella se enfrentaba con juegos y humoradas. Maren Ade desarrolla la estrategia en Toni Erdmann hasta romper todos los límites. Winfried, preocupado por Ines, la visita inopinadamente en su trabajo en Bucarest. No consiguiendo conectar con ella a nivel emocional, y viendo su estresada vida (lejos de la imagen bucólica de triunfadora) a caballo de conferencias telefónicas, reuniones con superiores y equipo, entrevistas tensas con los clientes y salidas como cicerona con la pareja del Director general, Winfried decide adoptar una doble personalidad y reaparecer como Toni Erdmann, un personaje imposible, grotesco, que va infiltrándose en la vida personal y profesional de Ines hasta conseguir distorsionar los parámetros de la realidad cotidiana.

Podríamos pensar en Lord X, el personaje creado por Nestor Patou para evitar que su adorada fulana ejerciese como prostituta con otros hombres (Irma la dulce, Irma la douce, Billy Wilder, 1963). Y, en cierto modo, así es. Erdmann, el personaje, adquiere progresivamente tal consistencia como persona que acaba no sólo infiltrándose en la vida de Ines Conradi sino que se introduce en su mundo profesional, intercambiando opiniones con sus colaboradores y clientes. Sin embargo, Maren Ade va más allá de la divertida, inocente comedia de Wilder. Erdmann consigue poner en entredicho no tanto la vida de su hija Ines sino a todo el sistema. Entre bromas y medias verdades veremos cómo un magnate trata de cerrar una fábrica y despedir a la plantilla mediante argucias y como otra empresa elabora un plan de (supuesta) mejora para justificarlo, asumiendo la culpa. Ines Conradi es como el Ryan Bingham de Up in the Air (Jason Reitman, 2009). Son creadores de excusas, proveedores de buenas razones, promotores del cinismo necesario para que el sistema económico siga funcionando. La economía prosperará, Rumanía construirá fábricas más modernas y lucirá resultados, pero parte del país quedará en el paro y algunos empresarios engrosaran su cuenta de beneficios sin quedar en evidencia, gracias a la intermediación de empresas y personajes como las de Ines Conradi.

Toni Erdmann, personaje, llega a tirar todo ello en cara de su hija, desequilibrándola sin conseguir tranquilizarla. Toni Erdmann, película, nos lo muestra en un desconcertante equilibrio entre su auténtica identidad como drama y el lenguaje de comedia que emplea en la mayor parte de las escenas. Alternando con las salas de reuniones, las discotecas y restaurantes de lujo, Maren Ade nos muestra, como de pasada, los callejones de Bucarest y sus miserias, las barracas en las que malviven sus trabajadores o sus parados. Alternando con las presentaciones impolutas de Ines, vemos como se establece un paralelismo entre las relaciones de poder entre empresas y las existentes entre sus trabajadores. El Director general exige a Ines la elaboración de planes estratégicos, pero la humilla obligándola a acompañar a su amante a unos almacenes. Ines demanda puntualidad y precisión a sus colaboradores pero les recuerda que son sus subordinados y que, cuando es preciso, deben incluso ofrecerle su ropa para evitar manchas (literales) en la imagen de su superior.

Maren Ade, afortunadamente, no se conforma con ello y en un brillantísimo giro de guion lleva el absurdo al clímax. Un absurdo propiciado a nivel de tono por la escalada llevada a cabo por Toni Erdmann, testigo de la acción y agente de cambio en la vida de Ines, y desencadenado por el azar, por una invitada llegada un poco antes de lo esperado, tal vez en el momento adecuado… La fiesta de equipo se transforma en un desafío insólito, en un rechazo nudista a lo establecido, en una pequeña revolución que dinamita las relaciones interprofesionales, destapa literalmente las vergüenzas y culmina con un acto de amor. Maren Ade, finalmente, emociona con una obra tan insólita como revulsiva, tan triste como hilarante.

Coherentemente, hay un epílogo. Un epílogo en el que Ade nos ofrece una bofetada final. Las formas han cambiado, son más suaves; pero no hay lugar para el humor o la ilusión. La vida sigue. La vida sigue igual.

MIRADAS DE CINE

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10 PM | 12 Jun

14 de junio, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

TARDES PARA EL DIÁLOGO.

 

Socialdemocracia II ¿Cuáles son los valores éticos sobre los que debe renacer?

 

La próxima sesión será la última de la temporada. Con ella nos despediremos hasta septiembre. Y si no hay inconveniente, continuaremos debatiendo sobre la Socialdemocracia.

El repaso histórico de la sesión anterior permitió censar y acordar los logros más relevantes alcanzados por este sistema/ideología en los países donde ejerció el gobierno durante la segunda mitad del siglo pasado. Pero también se llegó a la conclusión de un cierto agotamiento del mismo, traducido en la pérdida de apoyos electorales de los partidos que lo representan, y en una evidente desnaturalización de los conceptos ideológicos que la han sustentado durante su época gloriosa.

Sin embargo parece que no todo está perdido y la realidad nos muestra como un anhelo, en la calle, por conseguir que renazca esa forma política de entender y solucionar los problemas de la mayoría, que posibilitó avances sociales y cuotas de bienestar y seguridad desconocidos con anterioridad.

Durante el debate uno de los contertulios lanzó una pregunta que me pareció extraordinariamente atinada (¡Eduardo, Dios te bendiga!): ¿puede relanzarse la socialdemocracia sobre la plataforma de valores éticos nuevos? Creo que la búsqueda de respuestas a esta cuestión es más que suficiente para que dediquemos la siguiente tarde al asunto.

Además, en la de mayo nos quedamos ayunos, por ausencia, de la opinión de algunos de los más conspicuos debatientes (y conspicuas, claro) sobre un universo tan candente y tan de actualidad.

Por todo ello considero que la discusión no está agotada y que el segundo miércoles de junio bien valdrá la pena que sigamos buscando ángulos de enfoque nuevos y diferentes que apunten con curiosidad y criterio a ese concepto tan versátil, complejo y, a veces, pervertido, que venimos llamando SOCIALDEMOCRACIA.

Os espero.

AP

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01 PM | 11 Jun

MAGNOLIA

 Magnolia es una película que se sale fuera de lo común. Cada “pétalo” impregna un olor que será difícil de olvidar. Las nueve historias que llenan el metraje están perfectamente entrelazadas, dando la sensación de que, en realidad, vemos una sola película. Además, Paul Thomas Anderson juega limpio desde el principio, ya que, desde la gran puesta en escena inicial, nos da dos pistas. En la primera nos advierte de que no sólo en las películas se dan los encuentros casuales o las raras coincidencias, sino de que en la realidad todo puede ocurrir. Y la segunda, más que una pista, es una sinopsis global o presentación de lo que será el resto del metraje. Anderson hace un gran trabajo, tanto con el guión como con la dirección. En el primero primero de los casos hay que decir que hila de manera muy fina los nueve textos, dándoles sentido y uniéndolos de una manera sólida, coherente. Y, lo mejor de todo, le da múltiples puntos de vista a cada historia que cuenta, ofreciendo la posibilidad de hacer diferentes lecturas. En cuanto a dirección se refiere, hace gala de una buena diversidad de planos, lleva un buen ritmo y nos transporta de historia en historia sin que nos demos cuenta. Hace que cada diálogo y cada escena sean necesarios y tengan bastante peso en el metraje. La fotografía también desempeña un papel de peso, nunca varía de tono y ayuda a conectar las diferentes situaciones, además de ser bastante elegante, sobria y atrayente. Otra variable que se puede destacar es la difícil labor que ejerció haciendo el montaje de tantos kilómetros de celuloide, ya que cada historia fue rodada casi independientemente de las demás, y el resultado final mezcla perfectamente toda esta amalgama de escenas paralelas. Y como gran película que es, obra maestra para más de uno, viene aderezada con una excelente banda sonora que nos guarda una grata sorpresa casi al final del metraje. En definitiva, Anderson sigue manteniendo el gran nivel que demostró con su anterior film, Boogie Nights. Resulta realmente difícil destacar alguna interpretación del excelente elenco de actores que componen Magnolia. A primera vista llama mucho la atención el cambio de registro que experimenta Tom Cruise con su papel. Lo borda, saca a la palestra sus cualidades interpretativas y demuestra a más de uno que no sólo está ahí por su cara bonita. Su rol es realmente complicado, sobre todo teniendo en cuenta el cambio dramático que experimenta. Otro papel destacable es el de Julianne Moore, que repite nuevamente con Anderson y, esta vez, con matrícula de honor, llevando al límite cada momento que aparece en pantalla. A la misma altura quedan los demás actores, cada uno con su porción de protagonismo. Philip Seymour hace de carne y hueso a un simple enfermero, Philip Baker Hall emula a la perfección a un presentador de televisión que ya está de vuelta, Jeremy Blackman realiza un “prodigio” de actuación, William H. Macy da credibilidad a su extravagante papel, John C. Reilly se transforma en un convincente policía, Jason Robards (recién salido de un coma) nos sigue dando buen cine con su brillante interpretación de un enfermo decrépito, Melora Walters logra con buena nota un papel complicado. Y complicado es buscar alguna fisura o laguna en cualquiera de las interpretaciones, porque en esta película no hay un actor principal o alguien que destaque por encima del resto. Resulta extraño pero se podría decir que todos los papeles son secundarios y principales a la vez, otro logro más de Anderson, que además corrobora con las siguientes palabras: “no hay ningún papel estelar. Todos los personajes son iguales, simples porciones de las vidas que vivimos actualmente”. Y es que Magnolia es vida, amor, lazos familiares, perdón, segundas oportunidades, casualidades, encuentros y el lado oscuro de la sociedad. La sensibilidad de Anderson hace que pasemos del patetismo a la compasión, sin buscar la lágrima fácil pero encontrando un gran dramatismo y emotividad en cada diálogo y en cada plano. Siempre es fiel a su eslogan, que repite varias veces durante el metraje: “podemos dejar el pasado, pero el pasado no nos deja”. Esta frase la deja clara en cada personaje que nos presenta y además, no le falta razón. Y es que cada uno tiene su tormento interior y de alguna manera necesita ser perdonado o perdonar. Lástima que a Anderson sólo le hayan premiado con un Oso de oro (que ya es bastante) y la academia se limitase a nominarla para tres categorías. Sí, la película puede resultar excesiva, tanto en el fondo como en la realización, y esto a algunos les podrá molestar. A mí no, cuando se está ante una obra de esta magnitud los defectos dejan de tener importancia. Con una película que llega a lo más hondo de una forma tan sincera no creo que tenga importancia si Anderson ha querido abarcar demasiado, si el exceso raya en lo soportable, si el final seudo-positivo es lo que tocaba o si es un film desparejo.

Blog El lado oscuro. Aula de Cine

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