Siempre que se produce un atentado en nombre de Alá pienso en Abu
Nuwas. Incluso ahora que el zarpazo terrorista que todos temíamos (aunque queríamos pensar que no se produciría) ha sangrado el corazón de Barcelona. ¡Tantos muertos, tantos heridos, tanta impotencia, tanta tristeza!
Abu Nuwas era un poeta persa partidario del vino y la sensualidad, que vivió entre los siglos VIII y IX. Durante el califato abásida, la severa cultura musulmana convivía no sin tirantez con otras tradiciones culturales. Abu Nuwas fue tan famoso que incluso aparece en los cuentos de Las mil y una noches. Considerado un clásico, tiene (o tenía) una escultura dedicada en Bagdad, en la que aparece alzando una copa de vino. Su poesía fue muy célebre en el mundo árabe, pero me temo que ahora está prohibida en muchos de aquellos países, como el cruasán en Irak (fue inventado por los pasteleros de Viena para celebrar la derrota del asedio de los turcos sobre la ciudad: de ahí la forma de media luna).
Durante siglos, Abu Nuwas fue incluso estudiado en la escuelas árabes, aunque se censuraban sus versos homoeróticos y satíricos contra el Ramadán y en favor del vino. Publicados en castellano por Cátedra, uno de sus poemas suena así: “Siéntate junto al narciso, deja atrás las espinas, / túmbate al lado del mirto, olvídate de las zarzas, / y por la mañana empieza a beber el vino. /¡Que ninguna prohibición te lo impida! / Quien combate los placeres que el vino acompaña / vive una extenuante vida de aflicción”.
Abu Nuwas describe a los perseguidores del vino como “los cuervos negros de la división”. Y sugiere que no son las creencias o las ideas las que causan división, pues tan sólo divide quien quiere imponer sus creencias a los demás. Los rigoristas de su época no se conformaban absteniéndose de beber vino, tal como el Corán prescribe: pretendían que el vino fuera prohibido a todo el mundo. Este es el cuervo que separa: el que exige obediencia, el que impone su verdad, si es necesario violentamente. Como ven, Abu Nuwas ya previó en el siglo VIII la evolución malhumorada y impositiva del islam, que ahora está llena de exigencias sorprendentes: en las relaciones diplomáticas se da por hecho que, en presencia de musulmanes, no se puede servir vino.
En el mundo actual, tan mezclado, es de sentido común aceptar que ninguna ideología y ninguna religión pueden aspirar al predominio. Es de sentido común, pero una parte muy significativa del islam (y no sólo la violenta) no lo acepta. Y aquí está el problema. ¿Qué hacer para favorecer que los creyentes islámicos (serán cada vez más entre nosotros) incorporen a su pensamiento la primacía de la sociedad civil sobre la religiosa? ¿Tratándolos con paternalismo políticamente correcto y repitiendo de nuevo que el terrorismo islamista y la religión de Mahoma no tienen nada que ver? ¿O tratándolos como adultos, esto es, vigilando que no se les discrimine por sus creencias, pero a la vez cuestionando sus creencias como se cuestionan en democracia todas las otras religiones e ideologías?
ANTONIO PUIGVERD, viernes 18 de agosto La Vanguardia
El columnista de un gran periódico a veces no se diferencia mucho de un gánster. En Sweet Smell of Success (Chantaje en Broadway, 1957), J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) cuenta con el apoyo de sesenta millones de lectores. Su columna en The New York Globe forja o arruina reputaciones. J. J. Hunsecker es narcisista, autoritario y egocéntrico. Se codea con senadores, empresarios, estrellas de cine y teatro. Aficionado a las palabras grandilocuentes, invoca el patriotismo y la ética, pero sus artículos se abastecen de chismes, calumnias y venganzas personales. Sidney Falco (Tony Curtis) es su agente de prensa, un joven sin escrúpulos que sueña con llegar a lo más alto. Su única preocupación es no defraudar a Hunsecker para algún día ocupar su lugar. Cuando Hunsecker le encarga que rompa el idilio entre su hermana Suzie (Susan Harrison) y un guitarrista de jazz, Falco recurre a las artimañas más sucias, desencadenando un drama de consecuencias imprevistas.
J. J. Hunsecker es una parodia de Walter Winchell (1897-1972). Al igual que la temible Louella Parsons, Winchell trabajó para Randolph Hearst. Fue de los primeros en denunciar la agresiva política exterior de Hitler, pero después de la guerra se identificó con las tesis del macartismo. Creador de la «gossip column» (columna de cotilleos), utilizó un lenguaje coloquial y sensacionalista. En su programa de radio, recurrió al sonido de un telégrafo para producir la ilusión de estar siempre al filo de la noticia. J. J. Hunsecker es un villano más refinado. Cuando aparece por primera vez bajo una iluminación cenital, sus ojos son dos huecos negros que adquieren un carácter particularmente inquietante gracias a un suave contrapicado. Alexander Mackendrick caracteriza al personaje con técnicas de cómic, acentuando los rasgos de un rostro endurecido por unas gafas con una montura negra, que se confunde con unas cejas de ogro. J. J. Hunsecker parece un monstruo de novela gótica, pero se expresa como un cínico acostumbrado a los duelos verbales. Está a medio camino entre el condotiero renacentista y el telepredicador familiarizado con los debates televisivos.
Sidney Falco es un superviviente nato, que se mueve como pez en el agua en un Broadway sombrío, que evoca la atmósfera de las películas expresionistas. La fotografía de James Wong Howe (Picnic, 1955) nos muestra un Nueva York nocturno y canalla, donde se trafica con la ambición, el miedo y la esperanza. La música de The Chico Hamilton Quintet, combinada con una excelente banda sonora, donde destaca el tema «The Street», nos acerca al mundo de los locales donde el jazz aún no había sido desplazado por el rock y el pop. En esa época, el baterista Chico Hamilton –que más tarde compondría la banda sonora de Repulsión (Roman Polanski, 1965)– mantiene un estilo clásico, que evoca las big bands de jazz, pero con un tono menos salvaje. Basaba en la novela de Ernest Lehman, Sweet Smell of Success apenas supera los noventa minutos para narrar algo más de cuarenta y ocho horas.
La brevedad del arco narrativo contribuye a producir un clima asfixiante, donde los personajes se enfrentarán con sus propios límites. Nadie quedará indemne, salvo el corrupto policía que trabaja para J. J. Hunsecker, un esbirro que parece extraído de un cuento infantil de terror, pero que introduce uno de los elementos esenciales del cine negro: la connivencia entre la ley y el crimen. Sweet Smell of Success se inscribe en la época del cine negro tardío. Lejos de su ingenuidad inicial, el género ya no maquilla la realidad. Los gánsteres y los policías compiten en degradación moral. Al igual que en The big Heat (Los sobornados, Fritz Lang, 1953), la corrupción se ha extendido por todo el tejido social. El crimen organizado ya no tiene un rostro. John Dillinger, Clyde Barrow y Bonnie Parker pertenecen al pasado. Ahora, los gánsteres son hombres respetables, que controlan la política y los medios de comunicación. J. J. Hunsecker se comporta como un capo mafioso y Sidney Falco es su muñidor. Falco no es un matón, pero su forma de anudarse la corbata y comprobar su aspecto frente a un espejo, recuerda al Pequeño César (Edward G. Robinson) de Hampa Dorada (Little Caesar, Mervin LeRoy, 1931), cuando se prueba por primera vez un esmoquin, ironizando sobre su aspecto para no dejar al descubierto su desmedida ambición.
Falco no carece de sentido del humor, pero sabe que posee un físico agraciado, gracias al cual puede engañar y manipular a las mujeres. Ni siquiera es capaz de enamorarse. Las mujeres sólo son un medio para conseguir sus fines. Como dice J. J. Hunsecker, «Falco tiene cuarenta caras y ninguna es agradable». Hunsecker no necesita adoptar diferentes identidades, pues su megalomanía lo mantiene encadenado a su hiperbólico yo. J. J. no soporta que sus conocidos no lean su columna. Deletrea la palabra «democracia», pero se comporta como un déspota. Adora Broadway, pero contempla la ciudad como un teatro construido para el halago de su vanidad. No pretende ser honesto: «Desde hace treinta años, mi mano derecha ignora lo que hace mi mano izquierda». No oculta su desprecio por la debilidad: «Odio a los perdedores». Mackendrick no excusa al resto de los columnistas. Todos comparten la misma filosofía vital. «No me interesan las emociones humanas», confiesa un compañero de profesión que acepta propagar una calumnia a cambio de una aventura sexual. Falco le prepara un encuentro con una camarera que ha perdido su trabajo. Mackendrick emplea un recurso muy sencillo para mostrar su vulnerabilidad: la chica se ha descalzado un pie y cojea mientras busca un zapato que no aparece.
La corrupción no afecta sólo a las personas. The New York Globe utiliza como reclamo publicitario unas gigantescas gafas. El periódico es el ojo que escudriña todos los rincones. No se limita a proporcionar información. Si sus intereses lo justifican, inventa la noticia. Nueva York no falsea menos la realidad. Broadway es la avenida de los treinta y nueve teatros. Sus carteles luminosos aparecen continuamente en la pantalla, pero su resplandor sólo agrava la penumbra moral de una ciudad, donde prosperan el arribismo y la hipocresía. Hunsecker explica a Falco que su vida apenas difiere de la de un preso: «Estás en la cárcel de tu avaricia y tus pecados». Falco no es libre, pero Hunsecker también vive encerrado. Su celda es un horrible tabú, disfrazado de amor fraternal. Su amor hacia su hermana es un incesto que se emboza bajo una despótica sobreprotección. El visón de Suzie es el lazo de un cazador que desuella a sus víctimas. Hunsecker no escribe. Hunsecker fija el punto de mira, apunta y dispara. Su éxito se basa en la cantidad de piezas abatidas. Su columna se levanta sobre infinidad de vidas destrozadas.
Alexander Mackendrick (1912-1993) es un director exquisito, extremadamente perfeccionista. En su etapa inglesa hizo comedias admirables (The Man in the White Suit, 1951; The Ladykillers, 1955) y, en su breve carrera en Hollywood, nos dejó una notable y atípica película de aventuras (A High Wind in Jamaica, 1965), pero su forma de trabajar exasperó a los productores, que dejaron de financiar sus proyectos. Sweet Smell of Success fue un éxito, donde se apreciaba su estilo meticuloso, poético, innovador. Apuntaré varios ejemplos. Suzie y su novio Steve se separan en un encuadre en el que la profundidad de campo se concierta con un breve solo de saxofón. El policía corrupto aparece al pie de unas tenebrosas escaleras, un poderoso contrapicado que evoca las piruetas expresionistas, prescindiendo de cualquier pretensión naturalista. La caída de Falco comienza con un plano que lo reduce a un punto insignificante en el apartamento de J. J. y finaliza en un fugaz encuadre, donde sólo parece un pelele, casi un muñeco de trapo o un patético golem. La secuencia de una paliza se elude con dos planos yuxtapuestos: un primer plano de la víctima y un plano detalle de los platillos de la batería de Chico Hamilton. Un pequeño travellingnos muestra toda la degradación moral de Falco cuando acepta el encargo de destrozar la vida del novio de Suzie. Una maldad que no está exenta de culpabilidad y cierta fragilidad. Falco sabe que es un juguete en manos de J. J., pero su futuro depende de él y no puede negarse.
Alexander Mackendrick consigue grandes interpretaciones de Tony Curtis y Burt Lancaster. Tony Curtis gesticula como un gran comediante en los planos medios, explotando todos los matices de su personaje. Burt Lancaster se mueve con rigidez porque toda su vida es una impostura, una mentira sostenida por sesenta millones de lectores hambrientos de inmundicia. Cuando las cosas no resultan como esperaba, ni siquiera logra cerrar la puerta de su apartamento. El final es esperanzador, sin concesiones al sentimentalismo. La hermana de Hunsecker se ha liberado del visón y ha emprendido una vida propia, donde ya no hay espacio para él. En Broadway amanece y la luz ya no procede de los letreros luminosos. Los seres humanos que desfilan por sus calles no interpretan un papel. Sólo intentan vivir, sorteando la angustia, el desamparo y la desnudez.
rafael narbona
Por Javier Moral
Uno de los temas más frecuentes en el cine de la Nouvelle Vague fue el amor, pero siempre desde una particular óptica. Así, observamos en estas películas unas relaciones pasionales y poco ortodoxas, en las que la razón juega por momentos con el más absoluto surrealismo. François Truffaut fue uno de los principales exponentes del grupo en lo concerniente a este cine romántico. Algunos de sus primeros y más destacados trabajos bajo este patrón fueron El amor a los veinte años (1962), La piel suave (1964) o Besos robados (1968), todas ellas precedidas por la inmejorable Jules et Jim (1961).
Esta última fue la tercera película del director francés, tras Los cuatrocientos golpes (1959) y Tirad sobre el pianista (1960). Supuso, además, la segunda adaptación literaria de Truffaut, en este caso de la novela homónima de Henri Pierre Roché, con el que volvería a trabajar en la conversión al celuloide de Las dos inglesas y el amor (1971), otro de sus muy valorados dramas románticos.
Jules (Oskar Werner) y Jim (Henri Serre) son dos escritores que comparten una gran amistad. Jim tiene éxito con las mujeres, mientras que Jules no sale de un fracaso sentimental para entrar de lleno en otro. Pero todo parece cambiar cuando Jules conoce a Catherine (Jeanne Moreau), una atractiva mujer, cuya aparición desafiará la fuerte unión que existe entre los dos amigos. Partiendo de este triángulo, conformado por dos actores desconocidos y una actriz consagrada tras el estreno, Truffaut construye una historia en la que el tema principal es el constituido por el conflicto entre la amistad y el amor. Su postura personal acerca de este enfrentamiento sentimental quedará clara en el inquietante desenlace.
El film sitúa en la segunda década del siglo XX un romance extravagante, que gira en torno a una enfermiza obsesión, donde existe un derroche de amor no correspondido, un planteamiento muy repetido en el cine posterior. Con esta base tan sólida, Jules y Jim llega a convertirse en una auténtica reflexión, bella y cruel al tiempo, profunda e inteligente -la película está llena de razonamientos explícitos-¬, que va mucho más lejos de lo perceptible con los sentidos, para apelar a un racionalismo olvidado.
Este juicio truffautiano sobre la convivencia imposible y excluyente entre el amor y la amistad inquebrantable, llevados al límite, al borde del abismo existencial, parece poner de manifiesto una concepción machista de las relaciones humanas. Es ciertamente contradictorio que el director francés, desde su atalaya de independencia y alternatividad en lo que al cine respecta, pudiera caer en un prejuicio que hoy sentenciamos tan caducado. La mujer es presentada como una arpía manipuladora de anhelos turbios, que nunca enfoca con claridad su objetivo. Tan sólo deja fluir el instinto en pos de lograr aquello que más y mejor le satisfaga en cada momento. Por supuesto, este comportamiento visceral tiene consecuencias, en forma de víctimas. Los señores, tan perdidamente enamorados que consienten cualquier perrería de su caprichosa amante, muestran una deportividad inverosímil y un compañerismo tan exageradamente cortés que su íntima amistad se encuentra bien cerca del roce homosexual. Mientras, ella se escuda constantemente en errores que achaca a los dos desgraciados para justificar su venganza, que no es sino la satisfacción transitoria de un efímero y placentero antojo.
Incluso, el análisis del cartel promocional de la cinta más difundido define con precisión los roles de los protagonistas: tan sólo una figura, la de Catherine que, como ella misma asegura a Jules y Jim, ahora es capaz de reírse, siendo antaño una persona dominada por la seriedad. La imagen muestra una de estas carcajadas contenedoras del efecto ilusorio de la repetida mofa de la mujer hacia la pareja de colegas. La pasión domina los actos de éstos y la despreocupación, mucho más fuerte -hasta el punto de apoderarse del tono de la obra- los de aquélla. El corazón se ha sublevado al seso en todos ellos, las hormonas se han disparado. Por ello, las idas y venidas de una Catherine despojada de toda reacción natural humana sugieren el planteamiento de un oportuno debate: ¿cuándo busca sexo y cuándo necesita amor y comprensión?
Jules y Jim también puede acoger una sugestiva lectura ideológica. Como gustaban los autores de la Nouvelle Vague, París vuelve a ser el centro de la acción. La diferente nacionalidad de los protagonistas sirve para acreditar el encaje de otras localizaciones y, de manera no poco forzada, el acontecimiento de la Gran Guerra. La victoria del bando aliado contribuye a un mal disimulado encumbramiento glorificador de Francia con el acompañamiento del himno, desfiles del ejército (combinadas con imágenes documentales de la contienda),… incluso, los dos amigos muestran una instantánea predilección por Catherine: esa mujer generadora de todo tipo de quebraderos de cabeza era la única francesa del trío femenino que les fue presentado. Al lado de esta grandilocuencia de lo galo, sobresale la paradoja de un sutil hermanamiento con los americanos en la lucha, pero no en el cine, puesto que, del negocio industrial impuesto por Hollywood, pretendía desligarse la vanguardia francesa.
El cine de Truffaut, pese a su sello original de inconfundible personalidad, porta una serie de rasgos comunes a las películas de los realizadores de su grupo. No es necesario llevar a cabo un examen exhaustivo de Jules y Jim para distinguir algunos de estos «elementos comunes o de influencia generacional». Una de las evidentes analogías la conforma el cúmulo de licencias y estilismos renovadores de la forma que, como se deduce de los ejemplos ofrecidos a continuación, no son más que señales que llaman la atención hacia un enunciado. El rostro de Catherine se congela subrayando, como comentábamos antes, la vivacidad que ha cobrado desde el primer encuentro con el par de pretendientes, con anterioridad sabido mustio y sombrío. Otro recurso de innovación formal común a la Nueva Ola lo constituyen los rótulos, como el impreso que acompaña y recalca la sentencia de Jules acerca de no compartir el amor de Catherine con Jim.
Por supuesto, no faltan las obligatorias referencias artísticas. Las incesantes menciones al teatro o a la literatura predominan en el círculo de bohemia pedantería en el que se mueven los personajes. Truffaut habla en este contexto de ese vacío repentino que ciega la inspiración del artista. Es posible que el amor aliente la imaginación, pero también puede provocar lo contrario, la más absoluta sequedad mental. Los dos escritores experimentan una relación tan intensamente artificial que sienten una increíble envidia sana hacia el otro. Ninguno parece saber con certeza lo que precisa para rellenar sus carencias y, sin embargo y curiosamente, se declaran felices.
Un narrador omnisciente, al estilo de Jean-Luc Godard apuntilla la información del triángulo amoroso para el espectador, como ocurría en Banda aparte. Es fácil hallar otras similitudes entre las dos cintas. Ambas son visualmente muy poderosas, y es que guardan un nexo fotográfico: Raoul Coutard. En cuanto a la trama, la obsesión de los dos novelistas por una mujer les hace generar una conducta irracional (en el pueblo se conoce al grupo como «los tres locos»; esto mismo pasaba en la de Godard, con los dos gángsteres seducidos por aquello que, para cada uno de ellos, representaba la ingenuidad de Odile. Finalmente, las dos películas definen su «filosofía de autor» poniendo en los labios de su fémina protagonista las estrofas de una canción: en Banda aparte, Odile entonaba un canto desesperado sobre la soledad y el conformismo social; en Jules y Jim, es Catherine la que canturrea una alegre composición sobre la infidelidad rodeada por tres de los hombres con los que mantiene relaciones sexuales. Sin embargo, en el film de Truffaut, la música – de Georges Delerue- goza de una fuerza superior, incluso, a la de las imágenes, bañando y transformando, como si de un personaje añadido se tratara, el significado de lo que hubiera supuesto un silencio cortante, por otro lado, también empleado aquí magistralmente con un significado propio.

Pedro Puig me recomendó (siempre recomienda buenas cosas) la exposición de Carsten Höller en el Centro Botín en Santander. Los martes reservan para utilizar el Psyco tanque, así que allí que me fui; me pusieron un albornoz y en pelota viva me introduje en un tanque lleno de agua saturada de sal de epson, un artilugio al que se accede por una escalera .A los poco minutos el grado de relajación era máximo, conseguía oír los sonidos de mi propio cuerpo, el corazón, los pulmones…, pero no llevaba ni diez minutos cuando los sonidos del cuerpo se transformaron en voces de una reunión que había tenido el día anterior para “desatascar” el proyecto colectivo que nuestra asociación presentó a los presupuestos participativos, y que pretendía colocar a nuestro pueblo en el centro del pensamiento crítico durante dos meses. Ya lo conocéis se denominaba “Proyecto Nietzsche” un diálogo con la cultura occidental. No entramos con buenos ojos desde el principio, el primer reproche que se hizo en la reunión (que me llegaba estando en el agua) con los más altos responsables municipales, lo podíamos titular:
1.- No puede ser que una asociación que presenta un proyecto tenga representantes en el Grupo Motor (lo de grupo motor lo puede explicar mejor que yo Begoña, y a buen seguro que lo hará)
Me considero mironiano pero sin los recursos literarios de Gabriel Miró. No paso de hacer escritos de “protesta”, así que al oír en boca de responsables políticos el primer palo en la rueda, le mandé a María José, responsable de participación ciudadana el siguiente escrito, allá por el mes de enero:
“Mari Jose, para tu tranquilidad y de Blanca en relación a las dudas sobre si yo puedo ser elegido miembro del grupo motor Y poder presentar proyectos, teniendo en cuenta que firmé como Presidente del Colectivo Rousseau, me complace remitirte estas líneas para poder disipar las mismas al respecto:
Toda asociación es una pluralidad de personas organizada unitariamente para la consecución de un determinado fin permitido por la ley, tal y como precisa el art. 35 del Código civil (C.c.) cuando distingue las que tienen por finalidad repartir las ganancias y que, en consecuencia, persiguen un fin de lucro, y aquéllas en las que no se da el fin de lucro, como el Colectivo Rousseau, asociaciones estas últimas que se encuentran reguladas por el art. 22 de la Constitución (C.E). y por la Ley Orgánica 1/2002 de Asociaciones.Las asociaciones se rigen a sí mismas, formando su propia voluntad, esto es, las asociaciones se regulan por sus propios estatutos y por los acuerdos válidos adoptados por sus órganos rectores que son la Asamblea general, integrada por todos los socios, y la Junta directiva. En efecto, el art. 37 Cc establece que «la capacidad civil de las corporaciones se regulará por las leyes que las hayan creado o reconocido; la de las asociaciones, por sus estatutos;…«. Y lo confirma el art. 7.4 de la Ley 1/2000, de 7 de enero, de Enjuiciamiento Civil que dispone que “por las personas jurídicas comparecerán quienes legalmente las representen«. De estos artículos resulta fácil deducir que las personas jurídicas no pueden actuar por sí mismas en la vida jurídica, pues han de ejercitar sus derechos por medio de personas físicas, las cuales son, a estos efectos, un representante u órgano de la persona jurídica.Por ello, el art. 35.2 (C.c.) dispone de forma rotunda que «Son personas jurídicas…Las asociaciones de interés particular, sean civiles, mercantiles o industriales, a las que la ley conceda personalidad propia, independiente de la de cada uno de los asociados«. En conclusión, la voluntad del Colectivo Rousseau es independiente de la voluntad de cada uno de sus asociados y no puede confundirse, por ejemplo, esa voluntad con la mía propia cuando actúo como Presidente, es decir, como mero representante u órgano de esta asociación.
Espero haberte dado los suficientes argumentos para zanjar el problema, que como era lógico no figura en ningún lugar por escrito, como yo suponía.
Nuestro proyecto, si es elegido lo será, desde luego, porque es bueno, en ningún caso por un capricho personal mío.”
Terminaba la nota invitando a una proyección de Bill Viola, en nuestra sala habitual, que curiosamente es la atracción de éste año en Bilbao.
Otro reproche que me llegó en forma de sonido estando en la psyco tanque, es el de:
2.-A ti no te ha importado nada la participación ciudadana
Esta sí que es gorda, resulta que hemos entregado al Ayuntamiento (a la Alcaldesa con copia a la concejala) un documento de mejora que encima está colgado en nuestra web www.colectivo-rousseau.org
Pero es que además se da la circunstancia que el reglamento de participación vigente lo presentó, como ya me he referido en un artículo de prensa, Concha García, a la que conozco de cerca, en aquellos años responsable del área en el ayuntamiento por el PSOE.
El último número de SISTEMA, revista del ámbito socialista, se hace una valoración de la participación ciudadana tomando como referencia el informe CLEAR de la Unión Europea, que también remití a los responsables municipales.
Dos reproches que no se sostienen, como tampoco se sostienen los constantes palos en la rueda que no van poniendo.
Casi cuando me iba a bajar me llegaron, unos ruidos en forma de soberbia, pero me tuve que salir ya que recomiendan estar sólo quince minutos. Cuando regrese a la consciencia y me ponga a pensar seguro que me vienen los últimos momentos de la reunión de forma nítida. Pero eso será para otra ocasión.
El proyecto votado se tambalea, no sé si tendremos fuerza en el pueblo las asociaciones para que se cumpla lo comprometido. De momento en el último pleno no oímos nada alentador.
No estaba entre mis intenciones escribir sobre la situación en Cataluña. Imaginaba que un lector habitual estaría ya saturado y poco se podía añadir a lo ya dicho. Cambié de opinión a partir de varios artículos que me han conmovido y que parecen exigir cierto grado de compromiso. Basta citar los de Màrius Carol, de Xavier Vidal-Folch y el sensible y rotundo de Isabel Coixet. No podemos callar aunque estemos en pleno agobio veraniego y tengamos la sensación de que vivimos entre camellos pero sin ninguna experiencia de beduinos. Los artículos son un llamamiento a la responsabilidad y dejan una agridulce sensación de que estamos en un callejón de difícil salida a la que nos han llevado los talibanes que nos gobiernan y sus jaleadores, ¡que no supimos desenmascarar a tiempo!
Conozco a Màrius Carol desde hace años; fuimos amigos durante algún tiempo y luego dejamos de serlo. Punto. Me es indiferente que sea el director de este periódico, porque a lo que voy es a que su artículo del sábado –“Turbulencias”- me conmovió y al tiempo me lleno de zozobra. “Cuesta entender lo que está pasando, dice…Quedan días y veremos más cosas que no sorprenderán al mundo, pero sí que nos dejarán sin palabras a los catalanes”. No es una amenaza sino un desconsuelo que pretende aliviar una cita del socorrido Gaziel, que acaba en una frase inexorable: “El separatismo es una ilusión morbosa que encubre una absoluta impotencia”.
Escrito todo esto por quien tiene muchas razones para conocer la situación mejor que yo, no deja de inquietar y de obligarnos a postergar otros textos para asumir lo que se nos viene encima. Cuando el tiempo pase, nadie querrá asumir nada, y repetirán, como en antiguas épocas, “ yo era un disidente al que nadie quería hacer caso”. Los “nadies” en Cataluña se cuentan por miles y kilos de desvergüenza. Como en el resto de España, más o menos. Los muchachos de la CUP, más ignorantes que jóvenes, han cometido una patochada que les define. Un cartel de Franco para desprestigiar a quienes rechazan el referéndum. No hay dictador en la historia de España que haya convocado tantos referéndums como Franco y con un avasallador parecido con este en cuanto a las manipulaciones.
Entre el pasado sábado y éste ha ocurrido algo sumamente grave, dentro de las diversas gravedades de un proceso condenado al fracaso. No como dicen los fantasmas llamándolo “choque de trenes” sino a la ruptura brutal de la sociedad civil ¡No seamos petulantes, aquí no se trata de un choque de trenes, sino del enfrentamiento entre un expreso antiguo y apolillado, frente a un tranvía conducido por reclutas del servicio de transportes! Humildad por favor, abandonemos de una maldita vez el pujolismo de los delincuentes de altura y admitamos que somos un tranvía con aspiraciones de tren bala japonés.
Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los mossos d’Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquin Forn, –podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses
políticos-. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña “Freedom for Catalunya”…Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d’Esquadra es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina.
Estamos en manos de un personal que bordea la ley, y que lo hace con el ánimo de no sólo de incumplirla, sino de imponer la suya, que no es otra que ir a la ruptura y provocar un conflicto no sólo cívico sino violento. Necesitan algún muerto que sirva de símbolo a la asonada. En ocasiones pienso que estamos rememorando las guerras carlistas a los que son tan agradecidos gran parte de estos fanáticos del enfrentamiento. “Un muerto salvaría a Cataluña”, es el lema escondido entre los conspiradores de esta farsa.
Baste decir que Artur Mas confiesa a los suyos que llegará el momento oportuno de ocupar los edificios estratégicos de Barcelona. Seamos serios, con un líder de mando único como Joaquín Forn, eso obligaría a situaciones sin salida y de alto riesgo para vidas y haciendas, no sólo para la ciudadanía pastueña que ve el panorama como si no fuera con ellos.
Nunca se hizo tan evidente, desde los tiempos del franquismo, el dilema de estar con el poder o contra el poder. Y aquí entramos los plumillas. Los fondos destinados a diarios como ‘Ara’, ‘Punt Diari’, TV3, que superan Canal Sur de Andalucía o el canal de Madrid, que ya es decir, cantidades de todos modos exorbitantes que pagamos todos los ciudadanos, desde Cádiz a Girona, y donde sobreviven 7 directivos de TV3 con salarios superiores a los 100.000 euros, podrán parecer una nadería frente a las estafas reiteradas del PP, pero describen un paisaje. Cobrando eso, ¡cómo no voy a ser independentista! ¡Qué simples somos cuando decimos que esos medios no los ve ni los lee nadie! Se equivocan y por eso estamos donde estamos. El columnistatertuliano podrá ser despreciado, y lo merece, pero crea opinión. En muchos casos es su única fuente de información. Son los Jiménez Losantos del Movimiento Nacional catalán. ¿Acaso el viejo “Arriba” del franquismo, o ‘Pueblo’, o las agencias gubernamentales las leía alguien? Pero estaban ahí, presentes, supurando la bilis contra el enemigo. Ayer como hoy. Son una especie de diarios virtuales, anónimos, a los que los idiotas echan una ojeada que les basta para saber por dónde va la cosa. Perdónenme que eche mano de la memoria, mi pariente más querida. ¿Se acuerdan del exilio de Joan Manuel Serrat en México durante el franquismo? ¿Qué cosas venenosas no se dijeron y tanto en los medios de Barcelona como en los de toda España? ¿Quieren que les haga un repaso de las cartas al director en la prensa catalana? Por cierto, que entonces esa bazofia se firmaba; ahora los canallas son anónimos.
Mi viejo amigo el nacionalista vasco Iñaki Anasagasti inventó el feliz término de la “Brunete mediática” para designar ese macizo de la raza castizo de la pluma y la palabra, que embiste contra todo lo que ni le gusta ni entiende. Habría que recuperar ahora los Nuevos Medios del Movimiento Nacional catalán. Te crujen por una disidencia, por una opinión que no sea la de las instituciones corruptas de la Generalitat. ¿Se han fijado en el interés reiterativo en las fotos de Pujol hecho un pimpollo, como si apenas hubiera salido del juzgado o de la Generalitat? Un intocable. Casi siciliano, entre Toto Riina y Berlusconi. Se ha iniciado su recuperación. Los edecanes de antaño
reivindican al Padrino. “¡Hizo tanto por nosotros!” Tanto, tanto que se convirtieron en una familia de comisionistas.
Nos vamos al carajo, señoras y caballeros, pero la diferencia entre Patria y Patrimonio se mantendrá intacta. Es lo que suele ocurrir con este tipo de contrarrevoluciones pletóricas de banderas, que siempre están pensando en el mañana. El presente siempre queda para los sicarios y los tontos inútiles
GREGORIO MORAN