03 PM | 25 Dic

SACRIFICIO

Sacrificio

Offret, Andrei Tarkovski.

Por  Joaquín Juan Penalva

Sacrificio, cartelPara alguien a quien le guste el cine, descubrir al realizador ruso Andrei Tarkovski puede suponer un nuevo bautismo en el séptimo arte; como afirma Ángel Sobreviela, «se tiene la sensación de estar asistiendo al redescubrimiento del cine; como si la historia del cine pudiera comenzar de nuevo con películas como El espejo Sacrificio«. Y es que, no en vano, las películas de Tarkovski han estado, hasta fechas muy recientes, al alcance de muy pocos. En cierto modo, Sacrificio (Offret, 1986), su último largometraje, estrenado el mismo año de su muerte, supone una excepción, pero también una buena forma de descubrir toda su filmografía, que consta de ocho largometrajes, un documental y dos cortos. El de Sacrificio es el único guion que Tarkovski escribió sin la colaboración de otro coguionista, quizás porque se trataba de un proyecto personal largamente acariciado que finalmente pudo llevar a cabo en Suecia, en la isla de Gotland, en el mismo lugar donde Ingmar Bergman pasaba largas temporadas. Aunque no lo parezca, Sacrificio es una película sobre el fin del mundo, sobre cómo ese acontecimiento inesperado puede despertar la fe en un personaje como Alexander (Erland Josephson), antiguo actor convertido en intelectual y crítico de arte. Como bien señala Rafael Llano, «Tarkovski evita toda distensión geográfica y temporal de la acción: en Sacrificio, todo sucede en apenas doce horas alrededor de una dacha a unos mismos personajes. La narración respeta escrupulosamente, según Tarkovski, las leyes clásicas de la dramaturgia».

Toda la acción se enmarca en un mismo lugar, y el metraje empieza y acaba en un mismo espacio, junto al lago. Según la interpretación de Carlos Señor, la película se abre con un travelling lateral porque, en ese momento, predomina lo terrenal, mientras que, al final, en un largo plano‑secuencia, vemos cómo la cámara enfoca de cerca el mismo árbol que salía al principio y recorre su tronco y sus ramas secas hacia arriba, en un claro movimiento ascendente que enlaza con la dimensión espiritual del film. El descubrimiento de la fe es el tema principal de la película, algo que no debe extrañar, pues el cine de Tarkovski es fundamentalmente religioso y espiritual, pero de una forma no excluyente, pues admite otras lecturas desde un perspectiva no creyente.

Offret, SacrificioNadie ha fotografiado la luz escandinava como Sven Nykvist, el director de fotografía de Bergman, que es capaz de captar las noches blancas como nadie, y que, en Sacrificio, ha logrado acompañar ese presagio del fin del mundo con una continua degradación del color, ausente casi por completo de algunos planos. Sin duda, el tándem Tarkovski-Nykvist ha funcionado a la perfección en su única colaboración, y eso a pesar de que al director ruso le gusta mucho mirar directamente a través de la cámara, algo que a los directores de fotografía no les suele gustar.

En cierto modo, Sacrificio, dedicada a su hijo, con el que, tras su exilio, únicamente pudo reencontrarse al final de su vida, es una suerte de legado espiritual, un auténtico testamento fílmico en el que Tarkovski va recopilando elementos dispersos a lo largo de toda su filmografía: la música (El violín y la apisonadora), la guerra (La infancia de Iván), los iconos (Andrei Rublev), otros mundos (Solaris), el desastre nuclear (Stalker), lo espiritual (El espejo) y la crisis de fe del mundo contemporáneo (Nostalgia).

Sacrificio, fotogramaSacrificio es una película sobre la ausencia de la espiritualidad en nuestro mundo, un largometraje lírico, una parábola poética en imágenes. Si Eisenstein, en El acorazado Potemkin (1925), situaba al ser humano frente a la Historia, Sacrificio lo sitúa ante Dios. Tarkovski captura la vida como un reflejo, como un sueño. Como todas sus películas, Sacrificio es una exploración sobre la conciencia humana, tal como afirma Carlos Tejeda en la monografía que le ha dedicado al director de Solaris. El suyo es un cine trascendente, filosófico, religioso en el sentido más amplio del término. Como afirma el propio Tarkovski, «es imposible una película en la que en sus planos no se advirtiera el flujo del tiempo». Para conseguirlo, utiliza planos muy largos, en los que se nota fluir el tiempo, ya que los personajes desfilan por delante de la cámara, que se mueve con ellos, que los deja salir de plano, que se acerca, que se recrea, en fin, hasta lograr planos‑secuencia de más de diez minutos.

Sacrificio, de Andrei TarkovskyTodo el cine de Tarkovski tiene que ver con esa idea de «escribir en el tiempo», de «esculpir en el tiempo», de crear el tiempo necesario sobre la pantalla: «El ritmo cinematográfico está determinado no por la duración de los planos montados, sino por la tensión del tiempo que transcurre en ellos». El sacrificio al que se refiere el título es el del propio protagonista, Alexander, que ofrece todo cuanto tiene a Dios, a un Dios al que ha hablado por vez primera. En ese fuego purificador que aparece al final arde toda su vida anterior, pero poco importa, pues el mundo vuelve a caminar y se ha salvado gracias a un solo hombre, que ahora, en consecuencia, debe cumplir la promesa hecha a Dios y renunciar a todo, incluso a su hijo.

Al cabo, eso es lo que encontramos en Sacrificio, un viaje por el interior de un ser humano, por su espiritualidad recién descubierta. La última escena -el niño que recupera el habla, el árbol seco, el agua del lago, la luz del sol…- cierra una de las filmografías más insólitas de la historia del cine, pero, al mismo tiempo, más coherente e innovadora.

http://www.elespectadorimaginario.com/pages/junio-2011/criticas/sacrificio.php

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03 PM | 17 Dic

Carlismo (artículos de Enric Juliana en la Vanguardia

Está surgiendo un nuevo carlismo en Catalunya. Un carlismo que reivindica su legitimidad histórica frente a las decisiones políticas y jurídicas de un régimen que considera falsamente liberal. Es el carlismo de Carles Puigdemont. Un carlismo que impregna y da alma a Junts per Catalunya, el vector con un mayor ritmo ascendente en las encuestas.

Escribo estas líneas con evidentes ganas de provocar, puesto que toda mención al carlismo sigue provocando espasmos nerviosos en este país. El carlismo aún llama la atención.

Hay dos referencias de la historia política española que han sido caricaturizadas hasta la extenuación: el federalismo y el carlismo. El federalismo ha quedado asociado al grotesco grito de “¡Viva Cartagena!” El federalismo, según el viejo canon oficial español, conduce al cantonalismo disgregador. Con el federalismo vuelven los reinos de taifas.

El carlismo también es feo. El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras.

Carles Puigdemont conoce de cerca el carlismo. Su pueblo natal, Amer, fue centro de operaciones del general Ramón Cabrera en 1848 durante la guerra dels matiners(segunda guerra carlista, que tuvo como escenario principal Catalunya). Los matiners(madrugadores) combatieron en ocasiones en compañía de partidas republicanas. Carlistas y republicanos se volvieron a encontrar juntos en la Solidaritat Catalana de 1906-09, amplísima coalición electoral que puso en crisis a los partidos dinásticos y significó el despegue de la Lliga Regionalista. . No es ningún secreto que durante el mandato de Jordi Pujol los mayores porcentajes de voto nacionalista se registraban en las comarcas de vieja tradición carlista. Aquellas comarcas son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI.

La tozudez del carlismo. Esta curva, si no la cogemos bien, nos lleva de nuevo al tópico y a la caricatura: una Catalunya rural, egoísta y cerrada sobre sí misma, versus una Barcelona cosmopolita.

Algunos defensores del carlismo acuden a Carlos Marx en busca de auxilio: “El carlismo no es un mero movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales; es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares…”, habría escrito en 1854.

Hay otros estudiosos que ponen en duda la veracidad de esta elogiosa cita.

Evocar el carlismo en el actual momento de Catalunya es como pulsar las teclas más graves de un viejo órgano en una iglesia vacía y dormida. Las notas, probablemente desafinadas, despiertan fantasmas del pasado. Al fondo de la nave, una silueta femenina. Alzada, orgullosa y severa. Es Cayetana Álvarez de Toledo, liberal combatiente, que musita: “Boinas, boinas, boinas. Todos los enemigos de España llevan boina”.

El carlismo aún levanta muchas pasiones. Lo he podido comprobar esta semana a raíz de un artículo breve sobre el carlismo de Carles Puigdemont, publicado el pasado lunes. Comentarios encendidos en las redes sociales, artículos de réplica, más de una sonrisa cómplice, algunas miradas ceñudas y las palabras de un viandante anónimo, ayer por la mañana: “Con lo del carlismo se ha quedado usted corto”. Hay una tecla grave que resuena, sí.A los carlistas resistentes no les gusta mucho que se escriba con ironía sobre su fe. Ni que sea una ironía suave. El orgullo carlista es una delicada taza de porcelana. “El carlismo es hermoso–escribe Jesús María Aragón en la página web del Partido Carlista–; el carlismo es hermoso para quien va más allá de la imagen deformada que de él promueve su más acérrimo enemigo, el liberalismo. El carlismo es hermoso porque promueve la autogestión en todos los órdenes de la vida (…)”.E

Uno de los hombres de Puigdemont, el historiador Agustí Colomines Companys, persona siempre cordial, ha dedicado al asunto un largo artículo en la publicación soberanista El Nacional. Introduce un concepto ingenioso para referirse a la lista Junts per Catalunya: “carlismo juntista”. Carlismo, de Carles. Juntista, en referencia al nombre de la candidatura y a la tradición de las juntas liberales. Dice Colomines: “El carlismo juntista pretende abrir una nueva etapa en Catalunya y quiere aprovechar la invasión españolista para crear una nueva realidad política sin las rémoras maliciosas del pasado que destruyeron CDC, por ejemplo”. Interesante observación. El “carlismo juntista” serviría, entre otros objetivos, para lavar los pecados de la corrupción. La segunda refundación de CDC. Adiós, PDECat. Ahí está la clave. El gen convergente, verdaderamente, es indestructible. Puede llegar a superar a la Democracia Cristiana italiana.

Jorge Dioni López, periodista zamorano, agudo observador de la política española y entrañable amigo, me hace llegar el siguiente comentario: “Me interesa la analogía con los tiempos actuales. El carlismo adquirió popularidad en la medida que era una reacción contra un liberalismo que imponía cambios económicos drásticos y nuevas miserias. El vapor y la industria frente al antiguo orden agrario. Ahora también estamos ante la irrupción de una nueva economía que destruye viejas seguridades y genera nuevos proletarios a jornal: conductores, repartidores y precarios de la más distinta especie. Mucha gente vuelve a tener ganas de ir a la contra”.

El escritor Josep Navarro Santaeulàlia lo ve de otra manera: “¿Carlismo? No analice desde tópicos decimonónicos. Hay un porcentaje más alto de licenciados y de gente que habla inglés y viaja por el mundo, usuarios de nuevas tecnologías y empresarios modernos, en ciudades como Olot, Figueres y Banyoles, que no en l’Hospitalet o Santa Coloma de Gramenet”. El intelectual noucentitsta Gabriel Alomar abogó por una Catalunya-ciudad igualitaria. En la Catalunya-ciudad del siglo XXI parece que aún hay clases.

El carlismo provoca. Efectivamente, los dos millones de votantes soberanistas no llevan boina, trabuco y una cantimplora de ratafía atada al cinto. El carlismo es una nota grave que despierta la memoria de viejas rebeliones. “El recuerdo de las generaciones muertas puede llegar a oprimir como una pesadilla la conciencia de los vivos”, escribió Carlos Marx.

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05 PM | 10 Dic

Democracia

democracia

No pude participar en las elecciones a la Secretaría General de los socialistas gurriatos, ya que me esperaba una función de teatro a la que tenía muchas ganas de asistir; me estoy refiriendo al texto de Michel Frayn basado en hechos reales ocurridos en los años 60 y 70 en la República Federal Alemana, y que describe con mucha precisión el auge y caída de Willy Brandt y del funcionario Gunter Guillaume, convertido en poco tiempo en asesor personal y que más tarde fue descubierto como espía. La compañía era la misma que nos sorprendió en el montaje sobre la historia de Rusia “La costa de la utopía”, dirigida por Alexei Borodin. Mi amigo Cosme me recuerda con mucha frecuencia las excelente 10 horas que pasamos en ese montaje.
A los más jóvenes hay que recordarles que Willy Brandt fue proclamado canciller de la República Federal Alemana en 1969. Era el primer socialdemócrata que ocupaba ese cargo después de la Segunda Guerra Mundial, y uno de los sueños de éste político, muy querido en España, era la “Ostpolitik”, la reconciliación del Este y el Oeste. En 1974 tuvo que dimitir porque su asistente personal, Günter Gillaume, resultó ser un espía del otro lado del telón de acero. En el descanso me encontré con una paisana (¡qué casualidad!) que se dedicó en su día a la política municipal. Hablamos del sentimiento que produce la traición de las personas en las que más confías, de los sentimientos que podía tener Guillaume hacia Brandt y, en fin, de que la política se sigue moviendo por intereses que descubiertos y puestos al desnudo en el teatro nos causan necesariamente desafección.
El sábado por la mañana, el profesor Félix Recio terminaba el ciclo “Marx Hoy” que ha organizado el Colectivo Rousseau, hablando de Foucault, con un análisis de la “Parresía”, sobre el hablar con sinceridad, con el decir verídico, con la libertad de palabra, con la verdad del discurso y de la vida, con la necesidad de luchar contra los autoengaños. La democracia exige “Parresia”, hablar claro en la asamblea y frente al poderoso. Me han parado por la calle y me han cuestionado la utilidad de esas conferencias; la respuesta es bien sencilla: las conferencias, al igual que muchas de las actividades que estamos realizando, incluido el curso sobre Nietzsche, tienen por objeto, ni más ni menos, que decir verdad a todo el mundo a través de las interpretaciones críticas. ¿Dicen la verdad nuestros políticos locales? ¿Se dijeron las verdades en la asamblea socialista?

Félix Alonso

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