01 AM | 05 Ene

el huevo de la serpiente

 Gloria Benito

El huevo de la serpienteIntercalada entre las líneas de crédito que presentan la película encontramos una imagen inquietante, que aparecerá ligeramente modificada al final de la narración, donde cobrará un alto contenido simbólico respecto al sentido del título y el significado global del filme. Se trata de un plano en blanco y negro tomado desde una perspectiva superior en  suave picado, de un grupo de personas que se mueven a cámara lenta inclinadas por un ligero balanceo, agobiadas por una cierta indolencia y un cansancio infinito.

Sugieren el agotamiento de una sociedad oprimida y anestesiada por el desánimo que les roba las fuerzas y la energía necesarias para levantar la cabeza y salir del grupo o empujarlo hacia delante, hacia cualquier objetivo. Esta sociedad sin rumbo ni esperanza sirve de marco en que se desarrolla la historia de unos personajes que parecen no poder escapar a un destino terrible, cuyo germen se gesta en los años 20 en el Berlín de la República de Weimar.

Abel Rosemberg (David Carradine), trapecista del circo del señor Hollinger, se ve obligado a permanecer en Berlín debido a la lesión de muñeca sufrida por su hermano Max, que junto a su esposa Manuela forma parte del trío de acrobacia del programa circense. Abel y Max son judíos norteamericanos de Filadelfia a donde emigraron sus padres cuando ambos eran niños y buscaban una vida mejor que la que podía ofrecerles la Alemania de principios de siglo.

Eso explica que Abel sea a la vez protagonista y observador de aquella sociedad enferma de muerte y desolación, como un viajero que contempla los dolorosos acontecimientos que le tocará vivir entre la indiferencia y el estupor, desde la frialdad de la distancia y la intensidad de la angustia.

El nacimiento del nazismo retratado por Bergman

El maligno veneno social: los espacios

La primera vez que el espectador oye hablar de envenenamiento es en la secuencia donde Abel le entrega a Manuela la carta apenas legible, escrita por Max antes de su suicidio. El cabaret donde trabaja su cuñada es un espacio de un mundo inferior habitado por putas, enanos y maricas.

El veneno es una incógnita en estos momentos iniciales de la historia, pero ya hemos percibido el rasgo común de los espacios a través de los cuales se desplaza el protagonista: el deterioro de las fachadas de paredes desconchadas, las calles oscuras y pobremente iluminadas, mojadas por una lluvia pertinaz y constante, por una niebla helada e impregnada de olores húmedos y acres.

El huevo de la serpienteLa suciedad de los exteriores llenos de escombros y basuras se proyecta también en los interiores de burdeles, pensiones y prisiones, donde el óxido de barandillas y barrotes se mezcla con el polvo que hace el ambiente irrespirable. Las plazas y callejones siempre están mojadas y brillantes por la luz de las farolas, envueltas en una amenazadora semipenumbra que anuncia un agujero oscuro al final del viaje nocturno y alucinado de Abel, en el que éste va percibiendo la acción lenta e inexorable del veneno que se ha infiltrado en todos los rincones de la sociedad alemana.

Son muchas las películas que han relatado y relatan, con mayor o menor fortuna, el nacimiento del nazismo y los sufrimientos del Holocausto. En este caso, Bergman lo hace con su particular estilo y huye de la anécdota para penetrar en el interior de los personajes y extraer de su circunstancia aquello que explique su sufrimiento.

Para ello, somete a la sociedad y a sus criaturas a un incisivo y profundo análisis que permita comprender al director y a los espectadores las causas que originaron este terrible periodo de la historia europea. Y lo hace desde el principio, mediante un guión donde diálogos e imágenes se articulan para exponer un universo cerrado y perfecto en el que todo, lo interno y psicológico junto a lo externo y social, forma parte de una narración sin fisuras, donde todo está atado y bien atado.

El primer atisbo del síntoma que aqueja a la sociedad berlinesa lo encontramos en la comisaría a la que ha acudido Abel, convocado por el inspector Bauer (Gert Frobe, Los crímenes del doctor Mabuse, 1960) para ser interrogado respecto al suicidio de su hermano. Tras la visita a la morgue, otro viaje al inframundo en el que el protagonista ha tenido que mirar a víctimas de envenenamiento, ahogamiento y suicidio, ambos conversan sobre el estado de las cosas.

El primer atisbo del síntoma que aqueja a la sociedad berlinesa lo encontramos en la comisaría a la que ha acudido AbelLa indiferencia de Abel («Qué importa nada, mañana todo desaparecerá»), contrasta con el discurso del inspector, que hace un resumen de la depresión económica, la imparable inflación y el posible golpe de estado de un tal Hitler. Sus palabras reflejan el pensamiento de Bergman y su diagnóstico inicial: es el miedo lo que ha infectado a la sociedad y a las personas («Todos tienen miedo y yo también… el miedo no me deja dormir… nada funciona bien excepto el miedo»).

El lúcido análisis de Bauer se completa con la mención de la necesidad del trabajo diario de la gente corriente para compensar el caos, y la irónica mención a las borracheras de Abel como evasión de la realidad («¿Usted se emborracha todas las noches? Eso también es respetable»).

En este instante se plantean las líneas temáticas que estructuran la historia, las claves que explicarán las acciones y conductas de todos los personajes: el reconocimiento del miedo que destruye a los hombres y la ausencia de acciones para combatirlo. También se produce ahora la infección de Abel, que hasta el momento se había mostrado distante y lejano ante lo que le rodeaba. A herr Hollinger, su jefe, le había dicho que sólo tenían problemas los estúpidos, fueran o no judíos («Yo no seré estúpido y no tendré problemas»), pero ahora siente crecer dentro de sí la desconfianza y, poseído por un terror incontrolable, se lanza fuera del despacho en una huida por escaleras y pasillos  que forman un laberinto infernal sin salida.

Antes había  transformado su miedo en las odiosas palabras: «sé por qué hace esto, porque soy judío». A partir de este momento, Abel asistirá a los terribles acontecimientos que sucederán entre el 3 y el 11 de noviembre de 1921: los primeros linchamientos y humillaciones de judíos, la indiferencia policial ante los desmanes, asaltos e incendios, la pérdida de recursos para sobrevivir, la pobreza, el hambre, la enfermedad y la muerte. Una voz en off explica que el 6 de noviembre todo estaba impregnado por «el olor acre del temor e imperaba la desolación, el sufrimiento y la desesperanza. Todas las cosas y las personas estaban afectadas de un envenenamiento interno que les llevaba al espasmo, a la nausea«.

El espacio responde a esta visión pesimista y sin futuro

Bergman nos remite así al abandono y dolor existencialistas que constituyen una constante en la concepción de los personajes de la mayor parte de su obra cinematográfica y teatral. El espacio responde a esta visión pesimista y sin futuro. Abel persigue a Manuela a través de solares abandonados, escombros, sucios charcos, oscuros pasajes e inquietantes pasillos, por patios abandonados llenos de desperdicios en descomposición.

El final de tan angustioso itinerario es una casa escondida en el interior de un laberinto como una trampa sin salida. También son oscuros y laberínticos los caminos del archivo de la clínica Santa Anna, donde va a trabajar Abel gracias al favor de un conocido de la infancia y actual investigador médico, el doctor Vergerus.

La ciencia prenazi sabe de otro veneno que afecta a la sociedad y no se trata del miedo que la paraliza sino de la diversidad y la diferencia de los seres humanosEsta semipenumbra de los espacios contrasta con el brillante blanco de los laboratorios donde Vergerus (Heinz Bennet) realiza sus experimentos con seres humanos. Pero el acceso a este siniestro lugar es descendente como el de los burdeles, y la luz no impide que el espectador sea consciente de que el viaje de Abel es a los infiernos. El blanco representa la asepsia y frialdad de la razón y la ciencia reflejadas en el impasible rostro del científico que recita su escalofriante discurso perfectamente argumentado.

La ciencia prenazi sabe de otro veneno que afecta a la sociedad y no se trata del miedo que la paraliza sino de la diversidad y la diferencia de los seres humanos. Su fundamento, como dice Vergerus, es considerar al «hombre como una deformidad, una perversión de la naturaleza«, y su eugenésico objetivo es moldear la forma básica humana, una vez definida. Éstas son las terribles palabras del fanático y maligno doctor: «liberamos las fuerzas destructoras y controlamos las productivas. Exterminamos lo inferior y aumentamos lo útil».

He aquí, según Bergman, la incipiente y destructora combinación de virus infecciosos que engendraron el nazismo: depresión económica y social, miedo generalizado, indiferencia ante la injusticia y fanático sueño de una sociedad y un hombre  perfectos. El director, a través de las palabras de Vergerus, explica el porqué del título de la película: «Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado».

Unos personajes tratando de subsistir en la miseria y la oscuridad

Abel, la angustiosa apatía

En este filme, la historia se construye alrededor de un personaje, Abel Rosenberg,  protagonista antiheroico cuyos comportamientos son el paradigma de una sociedad destruida y vencida. Abel es parte del paisaje, forma con él un todo, pues refleja como individuo los conflictos sociales que le rodean a la vez que contribuye a incrementarlos.

En la primera secuencia se muestra como una simple silueta, tan húmeda y oscura como el callejón delimitado por el contraluz de un arco. Es un hombre indiferente, débil y pasivo que se deja llevar y que no es capaz de conseguir dinero, casa o trabajo para sobrevivir, ya que depende de las iniciativas y dinero de Manuela. Su reacción ante el miedo creciente que le va invadiendo es la evasión y la huida. Primero, corre para ponerse a salvo de los hombres negros que humillan y apalean a los judíos, después entra en un cabaret, una taberna o un café para beber hasta caerse desmayado o dormido. Se opone a los proyectos de su cuñada para afrontar juntos la adversidad y luchar contra el infortunio. Nunca hace nada pues es un personaje apático y pesimista.

La historia se construye alrededor de un personaje, Abel Rosenberg,  protagonista antiheroico cuyos comportamientos son el paradigma de una sociedad destruida y vencidaSu depresión le lleva a mirar u otro lado, a acostarse con prostitutas y a agarrar con fuerza la botella. Ante cualquier petición de acción respecto a un proyecto siempre dice lo mismo: «es imposible«. Sus conductas son el modelo para aquellos que no quieren reconocer el problema que tienen ante sus ojos y no quieren ni pueden reaccionar. Abel está atrapado en un bucle que le lleva de la visión alucinada e indolente de la realidad al alcohol, y vuelta a empezar una y otra vez.

Sin embargo, tiene conciencia de su angustia, aunque no haga nada para evitarla y salir de ella, y así lo expresa ante la insistencia de Manuela: «Despierto de una pesadilla y descubro que la vida es más cruel que el sueño«. Su carácter de víctima le lleva a huir por las escaleras de la comisaría y a gritar su miedo, pero no hay agua para calmar su sed, como vemos cuando está en su celda y saca la mano entre los barrotes para mojar sus manos en el grifo que gotea.

Su relación con Manuela es igualmente pasiva y es incapaz de concederle lo único que ésta le pide: un poco de ternura. Cuando ella le dice que sólo desea que le abrace, él lo intenta pero se separa enseguida. Ella le ruega que al menos se quede a su lado y él sabe que no puede. Lo único que le mueve a actuar es la curiosidad por descubrir lo que ocurre en los archivos y en los laboratorios de la clínica. Entonces se mueve, corre, pega y mata movido por el ansia de saber, aunque la realidad que le muestra Vergerus sea aterradora.

Cuando descubre que sus sufrimientos y los de su hermano y cuñado son el resultado de los despiadados experimentos que llevan al ser humano hasta el límite de la crueldad y la locura, su rostro refleja el horror del conocimiento y la desesperación por la ausencia de soluciones para enfrentar la descomposición moral de la sociedad. Una voz en off nos dice que, tras la destrucción de la clínica y la detención de sus responsables, Abel desaparece y no se sabe nada más de él. Y entonces se acaba la película.

David Carradine, protagonista del filme

Manuela, la víctima

La cuñada de Abel representa la figura maternal cuya conducta es la contraria a la de éste. Manuela se enfrenta a la desgracia de una forma activa y acepta cualquier trabajo para sobrevivir a los pequeños instantes de la vida cotidiana. No se hace demasiadas preguntas porque su interés se centra en encontrar la energía suficiente para comer y vivir un día más. Cuida de Abel y comparte con  él techo y recursos con la fuerza de los que conservan una ingenua confianza en el futuro y creen conocer los medios para salir del túnel. Parece poseída de una especie de caridad cristiana que le lleva a justificar el haberse acostado con Hans Vergerus «por compasión«.

La cuñada de Abel representa la figura maternal cuya conducta es la contraria a la de ésteMediante este personaje, Bergman se adentra en el análisis de dos aspectos del ser humano que son una constante en su obra: la soledad y la culpa. Manuela se siente sola y demanda una comprensión y una ternura que le son negadas. Cuando demanda perdón por su culpa al sacerdote católico que se muestra indiferente a su dolor, sólo lo consigue si ella perdona a su vez y es castigada a irse sin consuelo pues no sabe si la oración que reza servirá para algo. La duda, la falta de fe en un dios ausente y alejado de los hombres incrementan el sufrimiento de este personaje que acaba por aceptar su inevitable soledad.

Cuando Abel, impotente para ayudar y entregarse, le niega sus abrazos y su consuelo, Manuela permanece quieta y febril, entre la vigilia y el soñar despierta con los recuerdos de una infancia feliz. El primer plano de su rostro suplicante y angustiado ante la mirada fría del sacerdote se transforma ahora, ante el abandono de Abel, en un rostro que va descendiendo derrotado para entregarse a la agonía y a la muerte.

Max es un personaje en la sombra, casi en off. De él solo percibimos su figura al fondo de una habitación, recostado en un camastro y con la cabeza apoyada en una pared manchada por la sangre. Su suicidio es el desencadenante de la historia, el comienzo de todo.

Bergman rodó en Alemania su personal visión de la ascensión del nazismo

La razón y la locura

Hay dos investigadores en esta película: el inspector Bauer y el doctor Vergerus. El primero se mueve por la necesidad de saber, de conocer las causas de los crímenes, los orígenes del mal. Cree haber encontrado las respuestas a las muertes y a la situación política que vive Alemania. Cuando al fin suelta a Abel y le recomienda marcharse con el circo, se permite hacer un pronóstico sobre su país que resulta muy irónico si tenemos en cuenta los terribles sucesos que acontecieron durante el régimen nazi: «lo de Hitler fue un fiasco descomunal. Subestimó la fuerza de la democracia alemana».

Ingmar Bergman y Sven Nykvist, su director de fotografíaEl doctor Vergerus representa la sinrazón de una utopía científica fundamentada en unos argumentos nacidos del fanatismo. Sus investigaciones son los antecedentes de los experimentos eugenésicos del nazismo al servicio de la pureza de la raza. No le preocupa su muerte, pues sabe que otros continuarán su trabajo en un futuro cercano. Su discurso sí es premonitorio y lúcido respecto a lo que vendrá. «Es lógico» -dice mientras comenta la imagen del grupo que vimos al comienzo del filme- «ellos no pueden hacer una revolución. Están temerosos, derrotados, humillados.

Sus palabras demuestran que los locos son los únicos que saben lo que sucede y por eso se adueñarán del mundo y lo controlarán. Vergerus le explica a un espantado Abel que en diez años aparecerá una generación cuyo idealismo e impaciencia desplazará al odio de los cansados e indecisos, pondrá su valor al servicio de una nueva sociedad y «habrá una revolución… y nuestro mundo se hundirá en sangre y fuego». Su discurso es uno de los más inquietantes y perturbadores de la filmografía de Bergman, que seguramente se identifica con su personaje-testigo al escuchar las últimas palabras del doctor:

-«Puedes contarlo, nadie va a creerte».
-«Cualquiera puede ver el futuro: es como el huevo de la serpiente».

Pero lo contó. Y nosotros le creímos. Lo hizo con la colaboración de Sven Nykvist, cuya fotografía dota a la película de una luz cercana a la poesía de las sombras de los condenados a los infiernos en la tierra. Y con esa cámara que encuadra a los personajes y los sigue con delicadeza hasta los lugares que habitan para mostrar el interior de sus almas. Hombre y paisaje fundidos en lentos planos-secuencia, del exterior de las calles al interior de los conflictos universales del ser humano. Una obra perfecta.

Ingmar Bergman
Compártelo:
02 PM | 03 Ene

LA FE DE TARKOVSKI

 

 

Sacrificio. La última película de Tarkovski, comienza después de recrearnos con el  cuadro de Leonardo da Vinci: “La adoración de los reyes magos”, con una secuencia inolvidable en la que un padre, Alexandre, protagonista de la película, le va diciendo a su hijo lo siguiente mientras riegan un árbol seco: “ven aquí, ayúdame hijo mío, ¿sabes? Érase una vez un hombre viejo que vivía en cierto monasterio. Su nombre era Pamve. Plantó un árbol seco en ésta colina, justamente como lo hicimos nosotros, y ordenó a su discípulo, un monje llamado Kolov…, le ordenó que regara este árbol cada día hasta que brotara la vida…Cada día por la mañana llenaba el cubo de agua y subía a la colina, regaba el árbol, y por la tarde, cuando ya había oscurecido, regresaba al monasterio, y así siguió durante tres años. Un agradable día escaló la colina  y vio que su árbol estaba completamente repleto de flores”.

Rafael Llano, en su estupendo libro sobre el genial director, nos dice que el árbol representa la fe en la simbología de la película . Pues bien, coincidió que el mismo día que celebrábamos el aniversario de su muerte en Paris, después de manifestar en repetidas ocasiones que no quería volver a Rusia, tuve una reunión con algunos concejales para informar sobre el desarrollo de los presupuestos participativos, en mi condición de miembro del grupo de seguimiento. Mi  informe sobre “EL PROYECTO NITZSCHE EN SAN LORENZO DE EL ESCORIAL” se basó precisamente en la fe que tuvimos y en la insistencia para superar todas las dificultades que nos hemos ido encontrando en el camino, Tarkovski fue en definitiva nuestra guía para llevar a buen puerto un proyecto que ha sido valorado muy positivamente por todos aquellos que tuvieron ocasión de asistir a nuestro programa.

Como experiencia acumulada para años venideros apunté la posibilidad de que  el reglamento de participación ciudadana (gracias nuevamente a Concha) no se incluyera todo lo relativo a los presupuestos participativos, y que quedara claramente definido  si en el ámbito de los mismos se pueden introducir proyectos de cultura. Al término de la reunión y en la distensión de las fiestas, invité a los asistentes a la proyección de Sacrificio, en la sala Juan Negrín, al tiempo que les pedía una calle para tan insigne político que lleva el nombre de nuestra Sala, y donde ponemos un cine que para nuestra satisfacción se reseñaba en la revista Ajoblanco. Esperamos que el Belén sea desmontado rápidamente para el disfrute de la plaza por los niños. Feliz año para todos.

 

Diciembre 20017

Compártelo:
02 PM | 29 Dic

Lenin, la Revolución como Ciencia

Por Rafael Fraguas.- | Diciembre 2017

lenin2Vladimir Illich Ulianov, Lenin (1870-1924) ha sido, sin duda, una de las personalidades más influyentes de la Historia contemporánea. Y ello gracias al descomunal esfuerzo desplegado por este joven revolucionario y futuro abogado nacido en Simbrisk, para descifrar y recodificar el intrincado álgebra de la Política. Transformada ésta en Ciencia revolucionaria, supo ponerla al servicio no solo de las clases dominadas, señaladamente la clase obrera y campesina, sino también de tod@s cuant@s quisieran formar parte, con aquellas, de lo mejor del género humano.

Sus lecturas y estudios incesantes acompañan su combativa vida desde los albores adolescentes de la racionalidad, cuando descubre en su inquietud moral la necesidad de una militancia organizada –sancionada con tres años de destierro siberiano y un exilio de lustros- en lucha contra la opresión zarista, para ver cristalizada poco después su conciencia en una teoría entrañada permanente en la praxis, siguiendo la pauta de sus tan conocidos como queridos maestros, Karl Marx y Friedrich Engels, a los que solo conoció a través de sus obras. Tal conexión, de teoría y práctica –fusión en él irrompible, sintetizada en la organización política- sería el axioma inscrito en el arquitrabe de su vida, asociada inextricablemente a la actividad política.

Lenin convierte la Política, más precisamente, la política orientada hacia la Revolución, en una Ciencia que puede ser aprendida y explicada gracias a la aplicación de la metodología marxista al estudio de la Historia y a su praxis social. Este fue su principal hallazgo y su principal contribución ideopolítica, ya que su método cabía aplicarlo en cualquier latitud a cualquier situación política que cumpliera determinadas condiciones. Estas condiciones se referían, en lo táctico, a la correlación de fuerzas existente en el momento histórico concreto y, en lo estratégico, hacían referencia a los cambios que el modo de producción, permanentemente cambiante, determinara en el ámbito de los valores, las instituciones, la ideología en suma.

lenin7Quizás la singularidad más específica del quehacer político-ideológico de Lenin consistió en percibir que la revolución era posible en un país como Rusia, donde el desarrollo capitalista era meramente incipiente y no se trataba de un sistema plenamente desarrollado, requisito éste que Marx -y sobre todo Engels- consideraban el pórtico necesario e ineludible para que el despliegue del socialismo y del comunismo fuera viable. Con una intuición política fuera de serie, basada en una codificación precisa de sus profundos estudios sobre el marxismo, la Ciencia y la Historia, Lenin supo hallar en el precapitalismo ruso la brecha por la cual introducir el puño de la revolución hasta horadarlo profundamente. Este atajo descubierto por Lenin le dotaría de la estela de genialidad política que le fuera atribuido incluso por sus más encarnizados enemigos. Sin embargo el genio real de Lenin, siendo una persona de evidente inteligencia, no procedía de ninguna sobredotación personal en clave individualista, tan del gusto de los pensadores burgueses; más bien derivaba su capacidad para dar forma a los intereses mayoritarios de las clases desposeídas de todo el mundo, con las cuales su praxis y su teoría se mantuvieron en permanente conexión comprometidas.

Observador incesante del curso de los acontecimientos, Lenin aplicó a sus conocimientos una epistemología basada en los principios de la dialéctica hegeliana actualizada filosóficamente por Marx en una clave social hondamente progresista. Batalló paladinamente por desmontar el corpus teórico, filosófico y científico construido durante siglos por las élites dominantes y reaccionarias para justificar cualquier forma, toda forma, de explotación de la clase obrera y campesina. Y lo hizo así puesto que, para él, la lucha política se hallaba indisociablemente unida al combate ideológico.

Al igual que sus maestros, Lenin atribuyó a la clase obrera un poder emancipatorio no solo para la propia clase trabajadora sino también capaz de lograr la liberación de toda la sociedad en su conjunto, en su lucha contra la desigualdad y su reproducción por el capitalismo; capitalismo que él concebía como sistema supremo y refinado de desigualdad y esclavitud social, ideado y esgrimida por y para la burguesía, clase que él entendía como categoría asocial parásita, detentadora de un poder político y económico hasta entonces omnímodos.

lenin5En la lógica dialéctica ínsita en su discurso marxista, en su impronta profundamente internacionalista, la teorización realizada por Lenin sobre el Imperialismo cobra un vigor inigualado dentro de la Ciencia Política tanto, que llegó a convertirse en guía emancipadora y posible para los pueblos del mundo sometidos al yugo colonial que de él quisieron desprenderse.

Su teoría del Estado partía de considerarlo como cristalización política de los intereses de la burguesía, que concebía la esfera de lo estatal como la de su propio Consejo de Administración. Hay en el primer Lenin, en sintonía con el primer Marx, un sentir antiestatal profundamente libertario, que sitúa en la destrucción del Estado la meta postrera de la revolución socialista. En esa dirección avanza el incipiente Estado de los Soviets, con un horizonte dibujado alrededor de la disolución del Estado burgués mediante la fórmula de la democracia directa, de obreros, soldados y campesinos. Tal anhelo se revela pronto como una -en verdad deslumbrante- quimera. Súbitamente sobreviene la certeza de la imposibilidad de perpetuarla, pese a su extraordinario empuje sociopolítico inicial y a la soberbia energía creadora surgida der aquel ideal en las Artes, la Ciencia, el Pensamiento, la Poesía…de los primeros años de la Revolución: la reacción antirrevolucionaria, fuertemente asentada intramuros de las élites del país y en algunas capas del campesinado esclavizadas durante siglos, lleva a 21 países a adentrar otros tantos ejércitos extranjeros en el territorio ruso para yugular la que consideran terrible afrente infligida por l@s revolucionari@s no solo contra el decadente zarismo sino, sobre todo, contra el sistema capitalista en su conjunto. El saldo de aquella agresión organizada se mide en siete millones de muertos.

Hostigada permanentemente desde el minuto cero de su existencia, rodeada, boicoteada, agredida y asaltada, la Revolución soviética debe blindarse frente a las asechanzas de sus poderosos enemigos internos y externos. Unos y otros adversarios son derrotados en una gesta colectiva, militar-popular y obrera, sin precedentes; pero dejan en la piel de la Revolución heridas muy profundas, algunas de las cuales no cicatrizarán nunca. Y ello habida cuenta de que la defensa de la Revolución exigió a sus representantes políticos vivir como si lo hicieran en un estado de excepción permanente, que generó, ciertamente, terribles exacciones.

La propaganda capitalista ha cebado su crítica inacabada contra la revolución socialista en esta tremenda secuencia de fases críticas políticas y económicas vividas por el pueblo soviético, como si se tratara de algo propio e implícito en los procesos revolucionarios. Sin embargo, se ha cuidado muy mucho de admitir que aquella excepcionalidad, en ocasiones tan criminal y desquiciante, obedeció, en su mayor parte, al enloquecedor hostigamiento cruelmente inducido por los Estados capitalistas contra el Estado soviético desde su mismo origen: no hubo hacia él ni una sola hora de tregua.

lenin-posterLa veloz industrialización del país; la salida de los ciclos del hambre; la supresión de la usura y del crédito bancario privado; la igualdad entre mujeres y hombres; la legalización del aborto; la carrera espacial; las llegada de la URSS al rango de superpotencia, fruto de la victoria de la Revolución orientada por Lenin, fueron observadas por los intelectuales progresistas de Occidente y del mundo como avances de la Humanidad –miles de ellos abrazaron el socialismo y el comunismo-, mientras las élites reaccionarias del Occidente capitalista las percibía como gravísimas afrentas contra sus intereses, que demandaban una respuesta militar: la Guerra Fría.

La dinámica resolución política de Lenin, explícita en sus incesantes y movientes alianzas, no obedeció al tacticismo, al pragmatismo o bien a cualquier otra suerte de deformación política; era más bien consecuencia de su extraordinaria rapidez para descubrir la dialecticidad de lo político, la deslizante naturaleza que va urdiendo la historia a costa de contradicciones. Lenin nunca haría primar la lógica de la política, concebida como mera técnica de poder, sobre la lógica social de las masas; más bien, pese a conocer tal técnica, invertirá su sentido y superará dialécticamente esta contradicción mediante una praxis trenzada a la realidad social de las masas con el sólido aporte de la teorización marxista.

Gravemente herido por los tres disparos en el cuello y el hombro que le hizo la desequilibrada Fanny Kaplan en 1918, Lenin iniciaría un declive físico que le llevaría a la muerte seis años después. Pese a aquellas gravísimas heridas, combatió hasta su último aliento contra el capitalismo. Éste, aún hoy, se muestra asustado por el temor hacia la dignidad de la clase obrera, del campesinado y de las capas medias recobrada por las luchas colectivas como la dirigida por la acción política de Lenin, expresión y anhelo de un pueblo que hace ahora un siglo asumió el protagonismo de la liberación propia y se convirtió, entonces, en ejemplo de emancipación para los demás pueblos.

Artículo publicado en la revista ENTRE LETRAS   http://entreletras.eu/

 

Compártelo:
06 PM | 25 Dic

Melancolía de la Izquierda


Melancolía de izquierda
24/05/2017 | Michael Löwy

Este brillante ensayo* es un intento de recuperar una tradición ocultada y discreta: la de la “melancolía de izquierda”, un estado de ánimo que no forma parte del relato canónico de la izquierda, más propensa a celebrar los triunfos gloriosos que las derrotas trágicas. Sin embargo, el recuerdo de esas derrotas –junio de 1848, mayo de 1871, enero de 1919, septiembre de 1973– y la solidaridad con los vencidos irrigan la historia revolucionaria como un río subterráneo, invisible. En las antípodas de la resignación, esta melancolía de izquierda es un hilo rojo que cruza la cultura revolucionaria desde Auguste Blanqui hasta Walter Benjamin, pasando por Gustave Courbet y Rosa Luxemburgo, como también el cine crítico. Traverso revela con vigor y de modo contraintuitivo toda la carga subversiva y liberadora del duelo revolucionario.

La historia del socialismo a lo largo de dos siglos ha sido una constelación de derrotas, trágicas, a menudo sangrantes; pero esto no induce a la aceptación del orden establecido, sino todo lo contrario. En su último artículo, de enero de 1919, Rosa Luxemburgo escribió: “La vía al socialismo está pavimentada de derrotas… En ellas hemos fundado nuestra experiencia, nuestros conocimientos, la fuerza y el idealismo que nos animan.” El mismo espíritu anima a Che Guevara cuando, en octubre de 1967, dice a sus asesinos: “Hemos fracasado, pero la revolución es inmortal.” Sin embargo, esta dialéctica de la derrota podía conducir, señala Traverso, a una especie de teodicea seglar, con una fe casi religiosa en la victoria final. Es mejor reconocer, como hizo la propia Rosa Luxemburgo en 1915, que el futuro sigue siendo incierto: “socialismo o barbarie”.

Contrariamente a las derrotas gloriosas del pasado –1848, 1871, 1919–, la de 1989 (la caída del Muro de Berlín, seguida de la restauración del capitalismo) es una derrota oscura que genera desencanto. De ahí el desarrollo, a partir de esos años, de un marxismo melancólico, del que Daniel Bensaid es uno de los representantes más eminentes. Su arte reside, según Enzo Traverso, en la organización del pesimismo (fórmula de Walter Benjamin): asumir un fracaso sin capitular ante el enemigo, sabiendo que un nuevo comienzo adoptará formas inéditas.

La melancolía de izquierda se expresa mejor en las creaciones del imaginario revolucionario que en las controversias teóricas. El libro explorará por tanto esta sensibilidad en el cine, a través de las obras de Chris Marker, Gillo Pontecorvo y Ken Loach. Contrariamente a la historiografía, el cine no aspira a la exactitud, pero muestra la dimensión subjetiva de los acontecimientos, lo que lo convierte en un barómetro de la experiencia revolucionaria. Marxista anticolonialista, Pontecorvo es el realizador por excelencia de las derrotas gloriosas que preparan el futuro, como en La batalla de Argel (1966) o en Queimada (1969), que Edward Said consideraba “una obra maestra”. El mismo juicio puede aplicarse, en cierta medida, a Tierra y libertad, de Ken Loach, que proyecta una mirada melancólica, pero “todo menos resignada”, sobre la revolución española de 1936-1937. Su película quiere ser un monumento a las revoluciones del siglo XX, un monumento épico, pero ni dogmático ni lirico, impregnado de duelo.

Otra obra maestra, Rua Santa-Fé (2007), de Carmen Castillo, es un epitafio dedicado a la memoria de su compañero Miguel Enríquez y de las revoluciones latinoamericanas de la década de 1970. Distinta de la película de Ken Loach, esta es ante todo un documento sensible: Carmen Castillo no indaga en las razones de la derrota, sino en las emociones que esta ha generado, así como en las reacciones de la juventud chilena actual, que “se apropia la memoria de los vencidos”. Las páginas que consagra Enzo Traverso a esta película figuran entre las más logradas del libro.

Las películas de estos tres cineastas, como también las de Theo Angelopoulos o Patricio Guzmán, describen el siglo XX como una edad trágica de revoluciones quebradas y utopías derrotadas. Su melancolía de izquierda expresa el duelo colectivo de una generación.

Traverso dedica un capítulo a lo que denomina “melancolía poscolonial”, que adopta dos formas: l) desencanto ante las descolonizaciones fallidas y 2) decepción ante el desencuentro entre marxismo y anticolonialismo. Analiza con mucha finura los escritos de Marx, destacando tanto su visión eurocéntrica inicial como su progresiva superación a partir de la década de 1860. En el transcurso del siglo XX, la historia del marxismo es indisociable de los movimientos de liberación nacional, por mucho que los marxistas occidentales (Lukács, la Escuela de Fráncfort) hayan ignorado la lucha de los pueblos colonizados. A mi juicio, esta limitación es innegable, pero no creo que haya generado una “melancolía de izquierda”, contrariamente a la primera forma de la “melancolía poscolonial” –la de las independencias fallidas–, de la que Enzo Traverso habla muy poco, pero que ha pesado mucho sobre una generación de militantes anticolonialistas.

El último capítulo del libro está dedicado a nuestro amigo Daniel Bensaid. En la nueva coyuntura creada por los años noventa (restauración del capitalismo en la URSS y Europa del Este), Daniel tratará de repensar la historia a partir de Marx y Trotsky, aunque también de la “galaxia melancólica” –Baudelaire-Blanqui-Péguy-Walter Benjamin–, como el terreno de lo incierto y lo posible, de las arborescencias y las bifurcaciones. Se puede criticar la lectura que hace Bensaid de los escritos de Benjamin –en particular de sus Tesis sobre el concepto de la historia–, porque deja de lado la dimensión teológica y la relación con la utopía. Sin embargo, esta lectura atípica, no convencional, fue una de las primeras en destacar la dimensión política de Benjamin. Más que una interpretación erudita del texto, el ensayo de Bensaid, Walter Benjamin, sentinelle messianique(1990), es una reflexión a partir de Benjamin, a quien utiliza como una brújula para los revolucionarios en la tempestad de 1989-1990. La revolución ya no puede plantearse como “inevitable”: hipótesis estratégica y horizonte regulador, solo puede ser objeto de una apuesta melancólica (la apuesta de Pascal revisada y corregida por el marxista Lucien Goldmann).

En conclusión, Enzo Traverso critica el discurso normativo actual, que presenta el régimen liberal y la economía de mercado como el orden natural del mundo, estigmatizando las utopías del siglo XX. Para este discurso dominante, la melancolía de izquierda es culpable debido a sus vínculos con los compromisos subversivos del pasado. Sin embargo, la propia izquierda ha rechazado a menudo la melancolía para “no desesperar a Billancourt” 1/. Es hora de descubrir esta melancolía rebelde que se diferencia tanto de la resignación como de la “compasión” por las víctimas. Es uno de los atributos de la acción revolucionaria y está inscrita en la historia de todos los movimientos que, desde hace dos siglos, han intentado cambiar el mundo. Porque “es con las derrotas como se transmite la experiencia revolucionaria de una generación a otra”. Creo que el autor de Le Pari mélancolique 2/ (1997) estaría de acuerdo con esta conclusión…

* Mélancolie de gauche : La force d’une tradition cachée (XIXe-XXIe siècle). Enzo Traverso. La Découverte, Paris, 2016

11/04/2017

Artículo publicado originalmente en www.contretemps.eu

Traducción: viento sur

Compártelo: