02 PM | 03 Mar

LA HORA DEL LOBO

Artista, a falta de un nombre mejor

Si sólo pudiésemos citar una obra del magnífico cineasta sueco Er

nst Ingmar Bergman, es probable, seguro que jamás elegiríamos L

a hora del lobo (Vargtimenn, 1968) por encima de cintas como la atrevida Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1953), su clásico El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956), l

a madura Fresas salvajes (Smultronstället, 1957), la fascinante Como en un espejo (Sasom i en spegel, 1961) o, desde luego, la espectacular e innovadora Persona (ídem, 1966).

Sin embargo, mucho, demasiado, casi todo se ha dicho de estas indiscutibles grandes obras del cine de todos los tiempos e injustamente poco, o quizá no tanto como mereciera, de esta película impecable, en cuanto a factura se refiere, y sobrecogedora, desde el punto de vista argumental y estético; con ella Bergman explora el arte y ensayo después de haber cultivado todas las formas

de clasicismo (dirección lógica y necesaria, por más que muchos, en variados terrenos del arte, se empeñen en recorrer el camino en sentido inverso).

Desde el mismo instante que asistimos a la silenciosa (por otra parte la cinta entera se haya atravesada por un silencio que es elemento crucial del sonido y la narración) y espectral llegada en barca a la pequeña isla que sirve de escenario natural a la película del pintor Borg y su mujer Alma, sabemos que algo terrible sucederá, debe suceder necesariamente, como un macabro juego del destino del artista; y no sólo por las palabras iniciales a modo de introducción y confesión de Liv Ullmann, que con su rostro y su media sonrisa indescifrable es capaz de helar cualquier sangre (prueba de esto es su perfecta interpretación en la ya citada Persona).

La inocent

e intención del personaje interpretado por Max von Sydow de buscar retiro e inspiración para su pintura en esta extraña isla se verá truncada por sucesivas y misteriosas apariciones de personajes rayanos en la excentricidad y la locura, el canibalismo y la dipsomanía, el sadomasoquismo y una crueldad psicológica ex

asperante. Dentro de este amplio abanico de espectros, pues aunque su presencia física puede dejar cierto lugar a dudas lo cierto es que todos y cada uno de esos terroríficos personajes no dejan de ser recuerdos del pasado y sus morbosas proyecciones en el presente de la mente trastornada del pintor, las dos escenas más inquietantes son la lucha a muerte con el niño del acantilado

, en la que Bergman pone lo mejor de sí, que en este caso es lo peor, lo más dañino; y la representación en el enigmático castillo de un fragmento musical de La flauta mágica (obra de referencia para el director sueco y que posteriormente versionaría) a cargo de unos títeres monstruosos por reales.

El paroxismo final se alcanza con el frustrado encuentro sexual entre el pintor Borg y su anterior esposa, que tiene tintes, para echar aún más leña al fuego, de necrofilia; pues las últimas escenas de La hora del lobo no dejan de ser un resumen que cierra y cuadra el círculo vicioso de paranoia, obsesión enfermiza, incomunicación, homosexualidad reprimida, tragedia, fracaso, angustia, crisis a todos los niveles y muerte que transita por toda la película. A fin de cuentas, en palabras del propio Bergman, la hora del lobo es “el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos.”

Que este texto conmemorativo de una década de andadura sirva también de homenaje póstumo al recientemente fallecido (en concreto el día 25 de febrero de este año 2012) Erland Josephson, junto con el siempre sobresaliente Max von Sydow, uno de los actores fetiche de Bergman, reconocido director fetichista de actrices.

FERNANDO GARCIA MAROTO

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09 PM | 28 Feb

SENDEROS DE GLORIA

Enérgicos métodos para elevar la moral de la tropa                                                                                                                              

Senderos de Gloria(1957) de Stanley Kubrick,es, quizá la película que define el canon cuando se habla del cine antibelicista de la Primera Guerra Mundial.

El guion está basado en la novela del mismo título, escrita por Humphrey Cobb en 1935. Kubrick la había leído en su adolescencia.

Rodada de modo magistral, tal vez sea menos pacifista de lo que aparenta. Lo que sí es, desde luego, es implacable con la ineptitud y el cinismo del alto mando militar asentado en los suntuosos palacios donde instalan los Estados Mayores de sus Divisiones. En el caso del que se ocupa la película, el mando francés.

Desde esos salones, desde esas alturas, es tan fácil montar elegantes bailes con valses y champán, como consejos de guerra sumarísimos, que, en realidad, no son otra cosa sino farsas patéticas en las que las sentencias están prefijadas. Frente a tanta prepotencia de nada pueden servir los inteligentes esfuerzos de un Coronel Dax, jefe del Regimiento, que pide ejercer como abogado defensor de los pobres soldados comparecientes.Esto es lo que nos cuenta Kubrick a base secuencias y planos de un virtuosismo técnico inigualable.

Casi con seguridad Senderos de Gloria será la película más conocida del ciclo. Aun así pocos títulos nos pueden hacer comprender, prescindiendo de rasgos anecdóticos, los niveles de crueldad, sinsentido y barbarie que se llegaron a alcanzar en los campos de batalla de la Gran Guerra. Por esos estoy seguro que valdrá la pena verla una vez más.

 

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12 PM | 24 Feb

¿HACEMOS UN REFERÉMDUM?

Escribo finalizando el mes de febrero y todavía sigue en nuestras calles el ya tradicional Belén ideado por nuestro artista local Pardito. Creo que va siendo hora de que utilicemos el rimbombante Reglamento de Participación Ciudadana y preguntar a los vecinos lo siguiente (ya sabemos que todos los referéndum llevan pregunta trampa): “¿Quiere usted que el Belén monumental ocupe nuestras calles durante cinco meses?”.

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Restos del Belén monumental, acumulados en la plaza de Jacinto Benavente

Habría, como es lógico, la correspondiente campaña y ya me imagino quiénes serían los partidarios del ‘Sí’. Para los del ‘No’, les propongo como alternativas para esas fechas de fiestas algunas propuestas que me salen como si estuviera en una tormenta de ideas: un festival de juguetería tradicional; una instalación sonora por todas las plazas con fragmentos del Mesías de Haendel, con los recitativos y coros más significativos, para terminar luego con un gran concierto en el Auditorio con una orquesta de prestigio; o un concurso de titiriteros, con el idioma cooficial de nuestras nacionalidades, para que cuando los niños sean mayores se les quite la tontería de que el castellano es el único y exclusivo idioma de España. El federalismo no les debería sonar raro.

Todo esto y algunas ocurrencias más que seguro saldrían de cualquier tertulia que se precie; podría estar completado con una exposición dedicada a Juanelo Turriano, el relojero de Carlos V, genio del Renacimiento. Estoy seguro de que los relojes del Monasterio sacados para una iniciativa de este tipo harían las delicias de los niños.

También estoy segurísimo de que traer las pinturas y grabados de Rosario Weiss es algo que llenaría nuestro pueblo de visitantes. Esta pintora estuvo en Burdeos con Goya, y en San Lorenzo de El Escorial en 1841, dedicada al estudio y copia de los mejores cuadros de Rubens y de Velázquez que están colgados en el Monasterio.

En fin, una consulta, y que el equipo de Gobierno tenga la libertad de elegir lo que más le guste. Lo que no me valdría es eso de decir: ¡Cualquiera se atreve a quitar el Belén!

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08 PM | 21 Feb

LA GRAN ILUSIÓN

¿Por qué el internacionalismo obrero no pudo evitar la guerra?

El 31 de julio de 1914 caía asesinado de tres disparos, en un café parisino, Jean Jaurès. Una semana antes había lanzado su célebre discurso de Lyon

, llamando a los socialistas de todos los países para evitar la guerra. La primera declaración de hostilidades se produjo el 28 de julio. ¿Por qué, entonces, el llamamiento de Jaurès cayó en saco roto?

Jean Renoir, con La gran ilusión (1937) parece querer retomar las tesis de internacionalismo pacifista; no para entender el pasado, sino para evitar un futuro que caiga en los mismos horrores. Recurre, en la película, a las odiseas de un grupo de soldados franceses de procedencia diversa, cautivos en manos de un jefe de prisión militar, prusiano y aristócrata (Erich von Stroheim). Este, se identifica y hace amistad con uno de los presos, capitán de aviación francés, prisionero y noble como él.

En realidad, ¿qué es lo que nos plantea Renoir sobre el trasfondo bélico? Que las fronteras nacionales separan a los hombres menos que la división horizontal de clase. Un oficial noble alemán siempre estará más cerca de un oficial noble francés, de lo que ambos están de sus propios soldados.

Para profundizar en los condicionantes históricos del planteamiento de Renoir contaremos con Iñaki Acarregui, gran conocedor de las políticas de alianzas interclasistas de la década de los treinta.

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