06 PM | 29 Mar

Ha muerto Dios?

Los dioses del Mercado, del Patriarcado y del Fundamentalismo son las nuevas metamorfosis de la creencia en el Ser Superior. Este cambio explica las

tres violencias ejercidas en su nombre: la estructural, la machista y la religiosa

¿Ha muerto Dios?
ENRIQUE FLORES

Nietzsche no fue el primero en utilizar la expresión “Dios ha muerto”. Su origen se encuentra en un texto de Lutero: “Cristo ha muerto / Cristo es Dios / Por eso Dios ha muerto”. En él se inspira Hegel en la Fenomenología del espíritu, donde afirma que Dios mismo ha muerto como manifestación del sentimiento doloroso de la conciencia infeliz. En Lecciones sobre filosofía de la religión se refiere a una canción religiosa luterana del siglo XVII en un contexto similar: “Dios mismo yace muerto / Él ha muerto en la cruz”.

Es probable que Nietzsche, hijo y nieto de pastores protestantes, la conociera e incluso la hubiera cantado en el Gottesdienst. Pero ha sido su propia formulación la que ha adquirido relevancia filosófica y ha ejercido mayor influencia en el clima sociorreligioso moderno.

Dos son los textos más significativos en los que Nietzsche hace el anuncio de la muerte de Dios. En Así hablabaZaratustra, cuando el reformador de la antigua religión irania baja de la montaña, se encuentra con un anciano eremita que se había retirado del mundanal ruido para dedicarse exclusivamente a amar y alabar a Dios, actitud que contrasta con la de Zaratustra, que dice amar solo a los hombres. Tras alejarse de él, comenta para sus adentros: “¡Será posible! Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto”. Al llegar a la primera ciudad, encontró una muchedumbre de personas reunida en el mercado, a quienes habló de esta guisa: “En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también sus delincuentes. Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra”.

En La gaya ciencia Nietzsche relata la muerte de Dios a través de una parábola cargada de patetismo. Un hombre loco va corriendo a la plaza del mercado en pleno día con una linterna gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. El hombre se convierte en el hazmerreír de la gente allí reunida, que no se toma en serio la búsqueda angustiosa del loco y se mofa de él haciéndole preguntas en tono burlón: “¿Es que se ha perdido? […]¿Es que se ha extraviado como un niño? […]¿O se está escondiendo? ¿Es que nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Emigrado?”. A lo que el loco responde: “¡Lo hemos matado nosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!”.

El loco, fuera de sí, entró en varias iglesias donde entonó su requiem aeternamdeo. Cada vez que le expulsaban y le pedían explicación de su conducta, respondía: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios?”. Nietzsche califica el anuncio de la muerte de Dios como “el más grande de los acontecimientos recientes”, pero el loco reconoce que llega “demasiado pronto”.

¿Se ha hecho realidad el anuncio de Nietzsche? Yo creo que solo en parte. Ciertamente, se está produciendo un avance de la increencia religiosa en nuestras sociedades secularizadas y se cierne por doquier la ausencia de Dios. Pero, al mismo tiempo, asistimos a otro fenómeno: el de las diferentes metamorfosis de Dios. A modo de ejemplo voy a referirme a tres: el Dios del Mercado, el Dios del Patriarcado y el Dios del Fundamentalismo.

El Dios del Mercado. El Mercado se ha convertido en una religión “monoteísta”, que ha dado lugar al Dios-Mercado. Ya lo advirtió Walter Benjamin con gran lucidez en un artículo titulado El capitalismo como religión, donde afirma que el cristianismo, en tiempos de la Reforma, se convirtió en capitalismo y “este es un fenómeno esencialmente religioso”.

Tocar el capitalismo o simplemente mencionarlo es como tocar o cuestionar los valores más sagrados. Lo que dice Benjamin del capitalismo es aplicable hoy al neoliberalismo, que se configura como un sistema rígido de creencias y funciona como religión del Dios-Mercado, que suplanta al Dios de las religiones monoteístas. Es un Dios celoso que no admite rival, proclama que fuera del Mercado no hay salvación y se apropia de los atributos del Dios de la teodicea: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y providencia. El Dios-Mercado exige el sacrificio de seres humanos y de la naturaleza y ordena matar a cuantos se resistan a darle culto.

El Dios del Patriarcado. Los atributos aplicados a Dios son en su mayoría varoniles, están vinculados a la masculinidad hegemónica y se relacionan con el poder. La masculinidad de Dios lleva derechamente a la divinización del varón. Así, el patriarcado religioso legitima el patriarcado político y social. La teóloga feminista alemana Dorothee Sölle critica las fantasías falocráticas proyectadas por los varones sobre Dios, cuestiona la adoración al poder convertido en Dios y se pregunta: “¿Por qué los seres humanos adoran a un Dios cuya cualidad más importante es el poder, cuyo interés es la sumisión, cuyo miedo es la igualdad de derechos? ¡Un Ser a quien se dirige la palabra llamándole ‘Señor’, más aún, para quien el poder no es suficiente, y los teólogos tienen que asignarle la omnipotencia! ¿Por qué vamos a adorar y amar a un ser que no sobrepasa el nivel moral de la cultura actual determinada, sino que además la estabiliza?”. En nombre del Dios del patriarcado se practica la violencia de género, que el año pasado causó más de 60.000 feminicidios.

El Dios de los Fundamentalismos. Los fundamentalismos religiosos desembocan con frecuencia en terrorismo, fenómeno que recorre la historia de la humanidad en la modalidad de guerras de religiones que se justifican apelando a un mandato divino. Tiene razón el filósofo judío Martin Buber cuando afirma que Dios es “la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mutilada, tan mancillada. Las generaciones humanas han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre. Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros y dicen: ‘Lo hacemos en nombre de Dios”. Matar en nombre de Dios es convertir a Dios en un asesino, en certera observación de José Saramago, quien lo demuestra en la novela Caín a través de un recorrido por los textos de la Biblia hebrea.

Dios bajo el asedio del Mercado, bajo el poder del Patriarcado y bajo el fuego cruzado de los Fundamentalismos. El resultado es la violencia estructural del sistema, la violencia machista y la violencia religiosa, las tres ejercidas en nombre de Dios.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Su última obra es Teologías del Sur. El giro descolonizador(Trotta, 2017). Publicado en el diario EL PAIS

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10 AM | 18 Mar

El árbol de los zuecos

El-arbol-de-los-zuecos-12461-CFicha técnica.- Título original: “L`albero degli zoccoli”. Año. 1972. Duración: 175 minutos. Guión: Ermanno Olmi. Fotografía: Ermanno Olmi. Música: J. S. Bach. Dirección: Ermanno Olmi. Intérpretes: Luigi Ornaghi (Batisti), Francesca Moriggi (Batistina), Omar Brignoli (Minec), Antonio Ferrari (Tuni), Teresa Brescian (viuda Runk), Carlo Rota (Peppino), Giuseppe Brignoli (Anselmo).

Argumento.- Historia sobre los campesinos de Lombardía (Italia) que llevan una vida sacrificada y dura.

Comentario.- Aunque estrenada en 1975, puede considerarse una muestra del neorrealismo italiano, en ese año ya desaparecido y es un magnifico retrato de las vidas de los sectores más pobres y humildes de la Lombardía italiana, con utilización como actores de campesinos locales. Una obra maestra que obtuvo 14 premios internacionales entre ellos la Palma de Oro en el festival de Cine de Cannes y el Premio Cesar a la mejor película extranjera. Ermando Olmi consigue un gran realismo utilizando escenas de distintas costumbres de los campesinos, entre ellas: la matanza real de animales, la evisceración de un cerdo vivo, fiestas, bodas, nacimientos y la siembra y recogida de las cosechas, con la limpieza y separación del grano de la paja, según la época del año, aprovechando una maravillosa fotografía del propio Olmi en la que destaca el cambio de las distintas estaciones del año y en la que nos ofrece secuencias de una oscuridad casi total en contraste con los paisajes nevados. Con una gran economía de medios vemos la vida de unos campesinos pobres que viven en las tierras de un potentado al que deben entregar los dos tercios de su cosecha y nos regala secuencias emocionantes: El descubrimiento de una moneda de oro, los aldeanos mirando como desaparece el vagón solitario en la oscuridad, la fabricación de unos zuecos durante la noche, la alegría por el nacimiento de un niño, la oración por una vaca enferma, las dudas de entregar dos niñas a un orfanato para que la familia pueda salir de la miseria, el abuelo que enseña a su nieta como cultivar tomates tempraneros para mejorar la economía familiar, la viuda que lava de sol a sol para sacar adelante a su familia, y un amo que permanece impasible ante los problemas de los campesinos. Todo se completa con una insólita banda sonora con varias composiciones de Juan Sebastián Bach y la sonata para piano núm. 11 de Wólfram Amadeus Mozart, en la que además escuchamos canciones a coro de los campesinos, con mención especial para el silencio lleno de sonidos que acompañan a los trabajadores cuando caminan solos por los descampados. Inolvidable la secuencia en la que la comunidad abandona durante la noche sus viviendas para acudir al patio, donde extasiados, escuchan el sonido de las gaitas que el viento trae desde la casa del amo. Magníficos los intérpretes no profesionales, la emoción está siempre presente en esta obra de arte que puede considerarse como un cine en estado puro, dirigido al alma del ser humano.

l'arbre aux sabots l'albero degli zoccoli 1978 rŽal : Ermano Olmi Lucia Pezzoli Franco Pilenga Collection Christophel

Anecdotario.- En 1995 el Vaticano incluyó esta película en una selección de “largometrajes decentes”. Ermanno Olmi comentó sobre ella: “Las historias que forman el film nacen de los recuerdos del mundo campesino que conocí en mi infancia cuando iba de vacaciones a casa de mis abuelos. Son narraciones que escuché a los viejos durante las tardes en el establo o bajo el pórtico, cuando se esperaba que los niños durmiesen y se acababan los últimos trabajos del día”. Olmi nació en el seno de una familia campesina profundamente católica por lo que su cine se caracteriza por una inspiración cristiana y entre sus películas más destacadas están “Il posto”, de 1961, ganadora del Premio de la Critica en el Festival de Cine de Venecia, y “La leyenda del santo bebedor”, de 1988, que ganó el León de Oro del Festival de Venecia y en el año 2008 el mismo Festival le galardonó con el León de Oro de Honor.

Mario Delgado Barrio

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09 PM | 10 Mar

Capitán Conan

No es lo mismo un soldado que un guerrero. Nos lo explicará el Capitán Conan.

 

No debe ser fácil hacer comprender a un señor que antes de la guerra regentaba una mercería, después de que su desempeño bélico lo haya convertido en un guerrero feroz y sanguinario, y por ello el mando lo haya condecorado reconociendo su valor y su entrega a la victoria, hacerle comprender que ahora ya es suficiente, que la guerra terminó, que toca parar. Este será uno de los pilares en el que se asiente el film de Tavernier.

Pero no es el único soporte de un relato bélico rodado con un realismo estremecedor. También aborda un hecho histórico poco conocido de la Gran Guerra: el papel del numerosísimo contingente armado francés que continuó en estado de guerra durante un año más en los Balcanes, una vez firmado el armisticio en 1918, enfrentándose a un enemigo difuso y cambiante.

Con esta extraordinaria película cerraremos el ciclo El Cine de la Gran Guerra. Un siglo reflejando el horror organizado por el Colectivo Rousseau con la colaboración de Casa de Cultura.

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03 PM | 04 Mar

TANGO SATÁNICO

 

En una remota región rural de Hungría azotada por el viento y la incesante lluvia,unos pocos miembros de una fallida cooperativa agrícola llevan una vida anodina en un pueblo ya casi fantasmal mientras aguardan impotentes a que un milagro les devuelva el futuro. Hasta que un día reciben la noticia de que, en la carretera que conduce a la aldea, se ha avistado al astuto y carismático Irimiás, desaparecido años atrás y al que daban por muerto. Su simple reaparición infundirá esperanzas en la pequeña comunidad de vecinos, pero también desencadenará acontecimientos desconcertantes y les revelará aspectos que tal vez habrían preferido ignorar. Paródica y mordaz, esta magnífica novela sobre los avatares de la esperanza y el valor de las promesas inspiró la película de culto de Béla Tarr y ya es hoy un clásico contemporáneo.

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