(Este artículo es una consecuencia de las dos horas que el pleno municipal de San Lorenzo le dedicó a la corrida de toros del día del patrón, por eso se lo dedico a Esteban Tetamantti, la presidenta de la plaza y a sus alguacilillos)
La muerte en el breve espacio de año y medio de los toreros españoles Víctor Barrios e Iván Fandiño, de los mejicanos Rafael Rodríguez “El Pana”, Ramiro Celis, y del novillero peruano Renatto Motta, ha venido a recordar que la gran verdad distintiva del toreo es la presencia de la muerte en el ruedo, la de un toro que lleva en sus astas un peligro mortal.
El escritor colombiano Antonio Caballero afirmaba, en un bello libro titulado precisamente “A la sombra de la muerte”, que el toreo es el arte que se hace delante de la muerte, profundizando en la tesis de Henry Montherlant de que “la tauromaquia es el único arte que juega con la muerte” pues su presencia es real mientras en las demás es mera representación.
Orson Welles, buen aficionado y extraordinario actor y director de cine, decía que “un torero es un actor al que le suceden cosas reales”.
Sobre esto es ilustrativa la anécdota de Luis Mazzantini, torero de finales del siglo XIX, en una corrida a la que asistía desde una barrera el gran actor de la época Julián Romea. Como éste reprochase en alto las excesivas precauciones que el diestro tomaba durante la faena, el torero se contuvo, pero después aprovechó la ocasión de brindarle su segundo toro para darle cumplida respuesta: “Le brindo este toro para que vea que aquí en el ruedo uno puede morirse y no de mentirijillas como hace usted cada noche en el escenario”.

Victoriano de la Serna, refiriéndose al toreo de los años veinte del pasado siglo, decía que en esa época, con el menor castigo desde el caballo, con reses más cuajadas, sin antibióticos, grupos sanguíneos ni RH, y sin los avances quirúrgicos, se sentía que “la muerte hacía el paseíllo todas las tardes entre las cuadrillas”.
La historia del toreo está jalonada por el sacrificio de la vida de sus protagonistas. Algunas de sus cumbres como Pepe-Hillo, Joselito el Gallo y Manolete se cuentan entre los 60 toreros y más de 350 novilleros y banderilleros que murieron por asta de toro. Entre estos últimos, en el pueblo cercano de El Hoyo de Pinares se recuerda especialmente a Serafín Uría “Barbero”, banderillero muerto el 29 de septiembre de 1916, cuyo centenario se conmemoró en la plaza y al que Carlos Galán dedicó un sentido artículo.
Hay actividades arriesgadas en las que la muerte está también presente, pero no es su protagonista, su agente directo, como el toro en la tauromaquia. En el ruedo el toro mata, en el alpinismo el montañero se mata. La montaña es la circunstancia aciaga, en el toreo es el toro el causante fatal.
El torero arriesga su vida para crear belleza superando el miedo en una situación límite de peligro. Lo logra transformando la fiereza de la embestida del animal en la belleza de unos movimientos de gran plasticidad hasta llegar con la muerte de toro a librar al espectador del temor por la vida del torero.
El gran poeta Pere Gimferrer, refiriéndose a José Tomás, escribía en La Vanguardia de Barcelona (17 de junio de 2007) que “el toreo es una forma de poesía. Sobre todo poesía del gesto, visual y plástica, pero también del intelecto” y que el torero “es un poeta que como todo gran poeta o artista tiene una voz única, distintiva, sin equivalente”
Pero como todo arte, la tauromaquia va más allá de las formas para ahondar en la realidad del ser humano y en su destino. La Fiesta de los toros nos coloca ante la realidad y el misterio de la muerte. Y lo hace de una manera real y simbólica al mismo tiempo. El toro personifica en su figura a la Muerte y el Hombre, al darle muerte, una muerte que tiene el aire de un sacrificio litúrgico, consigue alejar esa amenaza para su existencia.
En la plaza “muere la muerte”, de ahí que se celebre con júbilo de Fiesta el triunfo deseable, previsible, pero nunca asegurado, del torero. La entereza de éste para afrontar y superar máximos peligros, la capacidad de sacrificio y resistencia ante el dolor, la fuerza mental para recuperarse de percances graves en tiempos mínimos, la voluntad de superación para alcanzar el reconocimiento de su obra. Nos dan la gran lección de que no debemos tener miedo a la muerte porque con miedo no se puede vivir una vida plena en la que, sin embargo, aquella siempre acecha.
Vida y muerte son inseparables porque solo puede morir lo que está vivo y solo puede vivir lo que aún no le ha llegado su hora final. Y es precisamente la conciencia de nuestra vulnerabilidad, no su ignorancia irresponsable, la que enseña a no desaprovechar nuestra limitada vida, a vivirla con intensidad y a superar con ánimo los retos que se vayan presentando en el ruedo de la vida como el torero lo hace en la plaza.

También fuera de la tauromaquia, la cercanía de la muerte se puede transformar en ocasiones en fuente de inspiración artística. El compositor ruso Dimitri Shostakovitch , cuya cuarta sinfonía “Leningrado” llegó a ser ejecutada en esa ciudad báltica durante el cerco alemán en agosto de 1942 por los pocos músicos que aún no habían muerto de hambre, afirmaba que “El miedo a la muerte puede ser la más intensa de las emociones. Algunas veces pienso que no hay sentimiento más profundo. La ironía yace en el hecho de que bajo la influencia de ese miedo las personas creamos poesía, prosa y música, esto es, tratamos de fortalecer nuestras ataduras a lo vivo”. (Hemos tenido ocasión de oírla este año en el Auditorio, espero alguna moción o gestión municipal para que sigan los conciertos)
Para el ser humano la muerte está presente siempre durante su vida como certeza de que llegará en algún momento. Ha incorporado la muerte a la vida, a diferencia de los animales que no saben que van a morir, que no tienen conciencia de la muerte.
El filósofo griego Epicuro sostenía que la muerte no existe para los muertos, porque ya lo están, ni para los vivos porque todavía no les ha llegado, olvidando que la muerte sí forma parte del proyecto y del horizonte vital de todos los seres humanos. Por el contrario, los animales, al carecer de esa premonición, pueden experimentar su último destino sin esa dolorosa y dramática carga, pero también sin la esperanza, o el miedo, en el más allá o la tristeza de dejar el más acá. “La especie humana es la única que sabe que debe morir”, sentenciaba Voltaire.
La muerte del ser humano y del animal no son pues equivalentes ni por el valor y la dignidad superior de la vida del hombre ni por el sentido que tiene aquella para cada uno. De ahí la legitimidad y la grandeza de un espectáculo artístico como la tauromaquia en la que toro y torero, personificaciones simbólicas de la vida y de la muerte, confrontan sus dotes potenciales de fuerza, agresividad y peligro del uno contra la inteligencia, habilidad, creatividad y gracia estética del otro.
Pero como la victoria sobre la muerte no puede estar asegurada cuando el riesgo es real no una representación, a veces la Fiesta se convierte en Tragedia. Y esta eventualidad está presente con mayor o menor intensidad, según su personalidad, en cualquier torero.
El llorado Iván Fandiño lo expresaba con toda claridad en una declaraciones a la revista “Aplausos” en marzo de 2012: “La soledad, decía, es la primera aliada que debe tener el que quiere pisar el ruedo con verdad. En ella es donde se asimila que hay que afrontar lo que puede ocurrir ante el toro como algo natural: el dolor, la tragedia, el triunfo. No es fácil… Para la muerte nadie nos prepara y para enfrentarte a ella necesitas un grado de mentalización excepcional”.

Con una disposición anímica menos apesadumbrada contestaba el joven Andrés Roca Rey a una pregunta de Juan Lamet sobre si pensaba mucho en la muerte: “Aunque prefiera no hacerlo, sí. Intento no pensar en ella, pero lo hago. Intento asumirla con naturalidad. Uno se muere cuando el día está escrito”. (Expansión, 19 de agosto de 2017).
“Quien ama la vida a la vida, ama a los toros”, escribía José Ortega Spottorno, porque en esa alegoría de la vida que en el fondo es una corrida nos permite festejar el hecho de que arrostrando con valor e inteligencia el destino se puede vivir un espectáculo hondo y bello pero cuyo final no siempre es feliz y desde luego siempre es efímero.
El comandante Cousteau, uno de los padres del ecologismo moderno, sostenía que “solo cuando el hombre haya superado a la muerte, y lo imprevisible no exista, morirá la fiesta de los toros y se perderá el reino de la utopía, y el Dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará vanamente su sangre en la alcantarilla de un lúgubre matadero de reses”.
Un final por este motivo no es probable por mucho que la medicina prolongue la vida terrena, y en la otra es probable que no se admitan como huéspedes a toros ni a caballos de picar. Allí, liberados de la muerte, la tauromaquia no tendrá sentido. La vida será un regalo permanente y no una vela pendiente de que se consuma. Además, la Fiesta siempre ha tenido un aire pagano más próximo al placer de los humanos que a la pureza de los ángeles y moradores celestiales. La vida ya no será vida como la nuestra, sino otra cosa, divina sí aunque difícil de adivinar.
El gran peligro para la tauromaquia en las sociedades urbanas contemporáneas es su alejamiento de los fenómenos naturales, el escenario donde transcurría la vida rural que estaba más familiarizada con la presencia de la muerte.
En ella se presenciaba el nacimiento y el fin de la vida de los animales y de las personas. A los primeros se le veía nacer, crecer y morir; en el corral donde eran criados; en el hogar dándoles muerte para alimentar a la familia.
Los niños también nacían en casa, quizás en la misma cama donde les engendraron sus padres, donde después les verían morir a éstos, y en casa tenía lugar el duelo, acompañados por la familia extensa y la comunidad local, prolongación de aquella, duelo que se prolongaría en el templo, de corpore in sepulto, y después, en la marcha a pie hasta el enterramiento en el camposanto.
Hoy nos alimentamos con alimentos y piezas de animales previamente limpiadas y empaquetadas, o tratadas industrialmente. Nacemos en clínicas, morimos en hospitales, con el duelo y las exequias a cargo de servicios especializados y el cuerpo del fallecido asépticamente distante.
El hecho cierto es que la sociedad moderna da la espalda a la muerte, la esconde, evita hablar de ella, más aún presenciarla. Queda relegada a la realidad virtual del cine, videojuego, de los medios de comunicación o de las representaciones donde su presencia es tan agobiante como irreal.

“En un mundo que nos obliga a olvidar la muerte, la tauromaquia nos la recuerda. Por ello es una metáfora de la vida heroica, de la vida a muerte que nos proporciona todo tipo de figuras para entender nuestros desafíos y dilemas vitales”, decía bellamente Suso del Toro en un artículo titulado Toreros y Escritores en el diario El País, el 7 de julio de 2007.
Por ello un espectáculo como el toreo, en el que la muerte del toro o del torero está presente, en acto o en potencia, contradice la superficialidad de esta dimensión de la vida moderna. Rubén Amón escribía hace poco en ese mismo periódico que “El problema no son los toros, sino la deriva aséptica de una sociedad que reniega de la muerte”
Pero quizás conviene centrar el mayor peligro para la tauromaquia, tal como la entendemos desde el siglo XVIII, en la desaparición del riesgo mortal en las corridas, bien por prohibiciones legales o por imposiciones o modas light que pueden acabar convirtiéndolas en un espectáculo trivial de mero juego o exhibición estética.
Si eliminamos casi en su totalidad el riesgo para el hombre seleccionando reses de obediencia tontuna, o amputamos su poder ofensivo, entonces el sacrificio de un animal, sin exponer su vida el matador, perdería su hondura artística y su legitimidad. Porque, como recordaba José Carlos Arévalo, “la muerte del toro es el único sacrificio del animal en manos del hombre que exige que este arriesgue su vida”.
La muerte del torero, como los cinco que recordamos al comienzo, son prueba patente de la legitimidad de la tauromaquia, de su verdad. Han truncado su empeño a mitad del camino, porque también la vida se puede acabar antes para los apuestan vivirla con intensidad en pos del arte y de la gloria, como rezaba el poema de Dámaso Alonso:
Bien templado el instrumento,
Y a medio giro el cantar
Llevose la copla el viento
Vida, cantar somnoliento,
Y no lo pude acabar.
(De “Morir, palabra dormida / Como te siento latir”)
Texto leído en el Ayuntamiento de Vademorillo, antes de comenzar su feria este año, en presencia de la alcaldesa.
San Lorenzo de El Escorial, junio de 2018
53/05(14/04/14) Hace 60 años, el 26 de abril de 1954 se estrenó en Japón una d

e las Obras Maestras más influyentes de la Historia del Séptimo Arte, la Monumental Épica creada por el genial Akira Kurosawa, film imbuido de un romanticismo exacerbado, una grandiosa aventura, un grupo de perdedores Ronins (samuráis sin señor), defendiendo una mísera aldea labriega de un grupo de bandidos hambrientos, por la patética recompensa de comida y techo, de este simple argumento AK hace brotar una Epopeya cumbre, revestida de melancolía, esperanza, retrato social, lucha de clases, heroísmo, Obra Imperecedera que te calará indeleblemente, si no es así te compadezco.
El escenario es el Japón feudal del SXVI, la era Sengoku Jidai, la cinta está dividida en tres tramos, en el primero se da el reclutamiento de samuráis, esta forma de leva ha sido copiada en muchas cintas, siendo esta la primera y genuina en afrontarlo. En el segundo, una vez en la aldea las dos clases sociales, los agricultores y los samuráis tendrán múltiples choques, los labradores consideran a sus defensores un mal menor y poca simpatía les tienen, llegan a ocultar a sus mujeres por miedo a ellos, esto mientras adiestran los contratados a los labradores para la batalla, además de fortificar la aldea. Esta parte es de gran importancia para ahondar en las personalidades de los protagonistas, trazándose entre ellos fuertes lazos de unión. El tercer tramo, aquí la acción se desencadena en un increscendo apoteósico desbordante de lírica visual, las luchas y las bajas se suceden hasta su desgarradora batalla final, un Hito del Séptimo Arte su Antológica ambientación en medio de la lluvia y del fango, reflejan que las Puertas de la Muerte se han abierto, muchos la cruzaran. Y llegamos a su poético y melancólico epílogo, Sublime y Estremecedor.
Los Míticos 7 Samuráis son:
-Kambei Shimada, carismático líder del grupo, curtido en mil batallas (perdidas), se ríe de haberse escondido en una batalla, gran estratega, de afable sonrisa, y con gesto recurrente de frotarse su escasa cabellera en señal de pensar concienzudamente, es la voz de la cordura.
Takashi Shimura lo interpreta con majestuosidad, su presencia inunda la pantalla, es la sabiduría, la nobleza, EL LÍDER.
-Kikuchiyo, o al menos así lo conoceremos, su verdadero nombre no lo sabremos, es el último en incorporarse, Kambei lo descartó por fanfarrón y mentiroso, los sigue hasta aldea y allí se une a ellos. Un borrachín visceral y bravucón, como símbolo de su alta autoestima lleva una espada enorme. Es un destacable elemento cómico con su fanfarria gesticulante, siendo ídolo para los niños de la aldea que le siguen, buenísimo el gag en que monta a caballo diciendo que es un gran jinete, no es capaz de dominarlo, viéndolo desaparecer tras un seto en el equino y volviendo a salir ya bajado corriendo tras él, hilarante. Evoluciona dejando traslucir su pasado remanente de familia labradora, y pasando del inicio payasil a el final en que es un Samurái, por su sobrecogedora valentía, su zenit en una Gloriosa escena. El gran Toshiro Mifune le dota de una poderosa personalidad, lo impregna de matices, de bordes, de empatía, de energía, de electricidad, de vitalidad, y esto combinado con la melancolía que transparenta en varias impresionantes escenas, como el trémulo soliloquio que espeta a los ronins sobre por qué los campesinos los temen, y acaba achacando a los samuráis que lo han provocado años de padecimiento causado por su violencia, el otro momento es cuando sostiene a un niño malherido y solloza entre gritos que el chico es él, desgarrador. AK utiliza este personaje para reflejar se puede ser Grande en honor y valentía partiendo de humildes entornos.
-Katsuhiro Okamoto, un ingenuo aspirante a samurái, hijo de terrateniente, dejó su plácido hogar en contra de su familia para hacerse samurái. Tras ver en acción a Kambei se hace un fiel y abnegado discípulo de él, más tarde se sentirá magnetizado también por Kyuzo tras una misión, dedicándole una mirada obnubilada. Tendrá un romance con la hija, Shino (buena Keiko Tsushima), de un agricultor. Isai Kimura lo interpreta con dulzura cándida, con amaneramiento cercano a lo afeminado, esto lo remarca AK con planos tan ambiguos como verlo jugar con flores y tumbarse sobre ellas en una bellísima imagen, viéndose casi más enamorado de Kyuzo que de Shino. El resto quedan más en segundo plano, aunque no por ello están desdibujados:
-Kyuzo, un estoico ronin, humilde, sosegado, disciplinado, contemplativo, hierático, introvertido, dedicado en cuerpo y alma al arte de la lucha, el más experto de los samuráis, un Samurái de Leyenda. Seiji Miyaguchi lo encarna con un aura cuasi-divina, su rostro emite hidalguía, confianza, arrojo, estupendo lenguaje gestual, Colosal en la secuencia en que va a robar un mosquete a los malos, se produce una elipsis y tras un tiempo lo vemos aparecer en el bosque entre la bruma con andares tranquilos y con el arma en la mano, lo entrega y como si nada se sienta a dormir, Glorioso.
-Gorobei Katayama, arquero experto, lugarteniente de Kambei, ayuda con sapiencia a la estrategia. Yoshio Inaba le da vida con sobriedad, serenidad, templanza y carisma, gran momento en el que muestra la bandera y la describe.
-Shichiroji, antiguo compañero de Kambei, veterano guerrero, ayudará con su experiencia. Daisuke Kato lo dota de valía.
-Heihachi Hayashida, no destaca en la lucha, su don de gentes y encanto le hacen un lugar en el Olimpo de los Samuráis. Minoru Chiaki lo baña de sutilidad cómica.
A Kurosawa no le interesa retratar a los bandidos, no quiere darles alma, son meros depredadores en busca de débiles, solo sabemos que atacaran por hambre, es la clásica lucha del Bien contra el Mal.
Guión del propio AK, Hideo Oguni (“Vivir”) y Shinobu Hashimoto (“Rashomon”), AK dirige con ritmo fluido y con intensidad soberbia, sabe mezclar épica, intimidad, humor, amor, un Maestro en la Cima.
La Brillantez de AK juega con con la acción, la crítica social, el drama, la risa, la ironía, el cinismo, el patetismo, la tristeza, logrando secuencias conmovedoras. Toca temas Universales como la amistad, la lealtad, el altruismo, el coraje, el sentimiento del deber, el honor, la nobleza de espíritu, el nihilismo, los estratos sociales, el ocaso de un tiempo en que las nobles katanas son superadas por las impersonales armas de fuego (varios de los samuráis caen por el mosquete), profundizando con perspicacia en la Naturaleza Humana. Los personajes están maravillosamente delineados, con aristas, defectos, virtudes, valentía, miedos, anhelos, cada uno tiene su tiempo para lucirse, no solo los samuráis, también los aldeanos secundarios enriquecen en su vasto metraje la Obra con su tremenda humanidad. AK trasluce su visión en contra del Dogmático código samurái, desde el inicio, mostrando a Kambei, el líder, cortando su “sagrada” coleta, símbolo del Honor, ello para salvar a un niño, denota su pragmatismo lejos de ataduras del Bushido, incluso algunos de los ronins reconocen que lo importante es sobrevivir aunque para ello tuvieran en el pasado que huir y esconderse del enemigo.
Sensacional su naturalista puesta en escena fruto del diseñador de producción Takashi Matsuyama con la hermosa aldea rural enclavada en el frondoso valle, a esto se añade la elegiaca lluvia de la batalla final provocando un escenario fangoso salido del Averno. Uno de los hitos con los que AK asombró fue con su vibrante e innovador estilo visual a lo que ayudó la avezada fotografía de Askazu Nakai, rodando a la vez con 3 cámaras para las fastuosas batallas, una para los planos cortos, otra para los medios y la tercera para los generales, con este método hacia más fluida la acción. Innovó con la cámara lenta en escenas de violencia, remarcando la tensión y la congoja, espectacular cuando Kambei se introduce en el establo para salvar a un niño, hay un fuera de campo asfixiante, irrumpe con brío en el exterior el bandido en slow, el tiempo se detiene, no sabemos que ha sido de Kambei, el bandido cae lentamente de bruces al suelo muerto, levantando una espesa polvareda, esto realza la Épica, Descomunal. Además el cinematógrafo alcanza niveles epicúreos jugando con los claroscuros, la contraluz, ejemplo la primera escena con la aparición espectral de los malhechores sobre una colina, creando momentos de gran belleza, sugestivos planos intimistas y sugerente en las luchas, hay mínimos cortes con admirables planos generales, en los diálogos suprime el plano contraplano, dotando de veracidad las charlas, sabiendo mostrar reverencia el objetivo con los samuráis al tomarlos en multitud de ocasiones en contrapicados para engrandecer su figura, incluso jerarquizando la pantalla con el líder Kambei siempre en primer término, Sublime. Formidable es la coreografía de las mareas humanas, dirigidas por Yoshio Sugino, bebiendo del kabuki y empapando de realismo los cruentos enfrentamientos. Y todo estas excelencias adornadas por la enervante y Épica música de Fumio Hayasaka, ayudando a encauzar sentimientos, y remarcando el tono Homérico del relato, y maximizando la emotividad, Excelente.
Film MÍTICO, con torrente de valores. Fuerza y honor!!!
Spoiler:
El Epílogo es de una honda carga, la aldea ha sido salvada, los labradores felices celebran el trasplante de arroz, con flautines y taiko (tambor nipón), todo es alegría entre los campesinos, y entonces aparecen los ronins supervivientes, Kambei, Shichiroji y Katsuhiro que los observan en un Estremecedor plano, sobre ellos, en una ladera las tumbas de los 4 samuráis muertos en sacrificio por el poblado, Heihachi, Gorobei, Kyuzo y Kikuchiyo, sus tumbas coronadas por sus katanas, y más en alto el sol como un aura Deídica, entonces con amargura Kambei sentencia <Otra vez hemos perdido, los labradores son los vencedores, no nosotros>, es su sino.
TOM REGAN
EN LA PLAYA SOLA DE NOCHE
Que el gran tema de la cinematografía de Hong Sang-soo son las relaciones humanas y el conflicto de sus emociones, a menudo en clave autobiográfica, lo venimos viendo tras ya diecinueve largometrajes. Una mesa, mucho soju, una larga conversación con planos largos y estáticos componen el universo ensayístico de Hong Sang-soo. En ocasiones puede parecer abusivo el uso de los mismos recursos y del mismo esquema narrativo, pero la clave para comprender y admirar el cine de Hong Sang-soo se basa en entender la experimentación o, si se quiere, el ensayo que pone a prueba a través de sus personajes, donde la repetición le va sacando jugo a las diversas interpretaciones y formas de enriquecer la trama. Nada es lo mismo dos veces.
La última película del director coreano, recientemente ganadora a la mejor actriz en Gijón, En la playa sola de noche (tercer largometraje estrenado en España) es, sin duda alguna, la exposición más sincera del director. Y no sólo por el paralelismo que puede coincidir con su biografía real (es cierto que En la playa sola de noche invita a leerse como una templada y clara respuesta a los frenéticos titulares de prensa que hicieron temblar su vida tras darse a conocer su relación con la actriz Kim Min-hee), sino porque ha conseguido hacer más latente que nunca la soledad y el dolor de sus personajes.

En la playa sola de noche se compone de dos capítulos. Bajo mi punto de vista, y conociendo la forma de hacer del director, la primera parte del film es la propuesta (las pocas páginas que Sang-soo escribió de su guion antes de ponerse a rodar), la segunda, la divagación de la propuesta que la complementa y rompe con el hermetismo interpretativo que a veces subyace a toda actuación, gracias a la improvisación, al dejarse llevar y a la maravillosa profundidad de sus personajes. En la playa sola de noche bien podría ser un cortometraje si nos quedásemos con el preludio del film, pero es en la segunda parte, el metacomentario, donde podemos acceder a la exposición más íntima tanto del director como de sus personajes. A veces nos hace dudar de si es un ensayo sobre el cómo hacer cine, si es ficción o la realidad misma.
En otros films juega con una dinámica parecida como en Ahora sí, antes no (Right Now, Wrong Then, 2015), o Lo tuyo y tú (Yourself and yours, 2016) –por cierto esta última estrenada también en 2017, otra vez más el director en su ritmo frenético nos vuelve a proponer casi dos películas por año, su cine hay que entenderlo también con esta premisa-. Además no es la única vez que Sang-soo nos propone una reflexión autobiográfica. En Ahora sí, antes no (2015), ganadora en festivales como Gijón o Locarno o en Mujer en la playa (Haebyonui yeoin, 2006) también se nos proponía la figura del director de cine. Sang-soo probablemente no sepa hacer cine fuera de su experiencia y de su entorno pero ¿y qué? Domina perfectamente la interpretación y saca de ella lo mejor.

En este punto no me queda más remedio que hablar de Kim Min-hee que interpreta en este film a Young-hee. No sé qué sería de este film sin su interpretación, probablemente no hubiera existido. Todo el filme está articulado y sustentado por su figura. Ya pudimos ver grandes interpretaciones suyas en La doncella (Park Chanwook, 2016), en Ahora sí, antes no y en Helpless (Hoa-cha, Byun Youngjoo, 2012), pero En la playa sola de noche a veces se les escapan dosis de realidad que sacuden al espectador y otras, a medio camino entre la destrucción y la espontaneidad (dos premisas que articulan la interpretación de Young-hee), nos regala mediante la comicidad y la complicidad propias de ciertas situaciones cotidianas momentos lúcidos y divertidos.
En la playa sola de noche, poco tiene más. Su título es una metonimia o desplazamiento del estado emocional de la protagonista. Aunque no la veamos nunca en la playa ni sola, ni de noche, anímicamente ella nos hace sentir así. La atmósfera fría y sosegada de Hamburgo y la playa de Corea ayudan a articular el film. Me llama la atención uno de los planos horizontales que eligió Sang-soo, de Younghee tumbada sobre la arena mirando al mar. Esta postura pone sobre la mesa la languidez y el estado de melancolía en el que está sumergida su protagonista. No es inusual que Sang-soo nos proponga este retrato femenino asociado con la playa, al mar, lo incontenible, la calma y a la vez la destrucción, como ya lo hizo en Mujer en la playa (2006). Sang-soo para quien creía que era un poco misógino y encerrado en la figura del hombre artista y director cargado de lívido y alcohol, viene proponiéndonos varios films donde una lúcida propuesta femenina están posicionándose como lo mejor de su cinematografía. Quizá la enigmática Kim Min-hee le esté sacando de su solipsismo.
Para terminar no puedo dejar de puntualizar un recurso que siempre llama mucho la atención: el peculiar uso del zoom que tiene el director. La cámara casi siempre estática y los planos tremendamente largos a veces se ven interrumpidos por el puntual uso del zoom, un zoom torpe, como si estuviera grabando con un Dcr, pero que trata de enfatizar o darle un tinte de cotidianeidad a sus situaciones. Muchos espectadores y críticos piden a gritos que Sang-soo deje de utilizar este recurso que, bajo su punto de vista, entorpece toda la dinámica del film. Pero creo que este sello, a mi juicio de humildad, es quizá lo más alegórico de su forma de hacer: Sang-soo propone tramas que obedecen a esa torpeza y a ese énfasis emocional, donde fuera de toda premeditación que nos viene impuesta por la cultura occidental y de la que también bebe su cine, la improvisación nos da un toque de atención y nos enseña que también hay otras formas de narrar.
Cine Divergente. publicado originalmente fecha 03/12/2017