Debates Filosóficos y Políticos

12 PM | 09 Jul

LA POLÍTICA DE LAS ALMAS BELLAS

GOETHEUna de las consecuencias más interesantes de las últimas elecciones autonómicas y municipales es que, por fin, las almas bellas van a verse obligadas a enfangarse en el noble cenagal de la política. Le debemos a Goethe, en sus Confesiones de una alma bella,la reintroducción del término en la historia moderna, si bien es Hegel quien nos entrega, desde una perspectiva radicalmente crítica, los caracteres esenciales de esa figura romántica de la conciencia: “Es conciencia que, con el fin de mantener la pureza de los principios en su máxima universalidad […]o en su pura intencionalidad, termina renunciando a la acción, o mostrando un desapego y desinterés por los modos en que la universalidad se puede materializar o encarnar”. El alma bella, para Hegel, se niega a alienarse en el mundo para no perder su íntima pureza, pero eso implica que su existencia se resuelve en un estado de eterna melancolía. Nietzsche, siempre más malévolo, no dejaría de olfatear una inequívoca voluntad de poder, eso sí, reactiva, detrás de esa pretendida inocencia.

Hasta estas últimas elecciones Podemos y Ciudadanos han podido representar el papel de almas bellas. Ambos han estado revoloteando en el éter, siempre cómodo, de la pura teoría. Desde ahora, ambos habrán de enfrentarse a las inevitables contradicciones que conlleva la inscripción en la política efectiva. El grado de intensidad de esas contradicciones será directamente proporcional a la dimensión de negatividad que contengan sus premisas. En Podemos un partido que lleva en su ADN ideológico la negación de los fundamentos de la democracia representativa, la mera participación en un juego que han estado denunciando como una innoble pantomima no solo significa una flagrante contradicción con sus propios principios, sino que, paradójicamente, viene a reforzar el carácter democrático del sistema objeto de sus críticas.

Su segunda contradicción comienza justo en el momento en el que sus representantes, democráticamente elegidos, se vean obligados a abandonar el limbo de maximalismo moral en el que hasta ahora han residido para llegar a acuerdos concretos con otros partidos. Quienes han vendido el cielo como paradigma, tendrán que explicar a sus adeptos el carácter estrictamente terrenal de la política. Aquellos que le negaba el pan y la sal de la legitimidad democrática a los otros partidos, a los bancos, a los representantes del pueblo (“No, nos representan”), instalados en la red de interconexiones e intereses que constituye la condición de posibilidad del poder político tendrán que abjurar de una parte, más o menos grande, de sus principios, con el riesgo inevitable de decepcionar a la parte más fervorosa y virginal de su feligresía. Si se aplica el término “casta” indiscriminadamente, cualquier contacto con otra realidad termina pareciendo una transacción poco digna.

Muy distinto es el caso de Ciudadanos, cuyo punto de partida no desmiente un compromiso inequívoco con la democracia representativa. Sus potenciales contradicciones se circunscriben a la coherencia o no de los acuerdos de gobierno que suscriban. No hay que olvidar que un número bastante significativo de los votos que han ido a este partido proceden de votantes del PP desengañados de su actitud laxa frente a la corrupción interna, su concepción tecnocrática de la política y la arrogancia, en ocasiones soez, que exhiben algunos de sus dirigentes. Por eso, muchos de esos votos flotantes podrían regresar al PP si se convirtieran en instrumentos para la formación de gobiernos de signo ideológico opuesto. Todo ello se complica, por la estructura interna poco consolidada de este partido y por una avalancha de afiliaciones que podría facilitar la irrupción de sorpresas poco gratas en términos de moralidad política.

Sea como fuere, es una buena noticia para la democracia española la alienación de las almas bellas en la arena política. Hegel afirma que el alma bella se proyecta siempre en una comunidad ideal. Inevitablemente, para muchos de los que hasta ahora han estado viviendo en ella van a resultar muy decepcionantes las componendas que exige el juego político. Por eso me atrevo aventurar algo que va contra la inercia de los análisis que dan prematuramente por muerto al bipartidismo. A medida que se acerquen las elecciones generales, la polaridad ideológica y el baño de realidad de los nuevos partidos van a conjugarse en favor de los antiguos.

Manuel Ruiz Zamora es filósofo e historiador del arte.

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04 PM | 24 Jun

COMPASIÓN POR LOS POLÍTICOS

COMPASION POR LOS POLÍTICOS        COMPASIÓN POR LOS POLITICOS

                 Hans Magnus Enzensberger
Quizá haya llegado la hora de decir definitivamente adiós a la costumbre de denostar a los políticos. Cuando pasa siempre cuando ya no queda más que desenmascarar, el destape se convierte en una rutina industrial. La única utilidad que tiene es aumentar las tiradas y los índices de audiencia. Pero incluso esa utilidad marginal decrece rápidamente.Esa expresión que se denomina la clase política no proporciona una visión precisamente agradable. Se le atribuye incapacidad de juicio, de pensar a corto plazo, ignorancia de concepción, aferramiento al poder, avidez, mentalidad; de autoabastecimiento, corrupción y arrogancia.

La indignación moral ordinaria oscurece, más que aclara, los verdaderos problemas. No se entiende por ejemplo, porque los políticos habrían de ser más zotes que el resto de los mortales. Sin embargo se ha puesto una y otra vez, de manifiesto que ni las señales más inequívocas ni las derrotas electorales más graves bastan para aleccionar al personal político.

¿De que manera y con que fin se hace un político? Una ojeada al carrera del personal de Bonn, París o Madrid muestra que los políticos profesionales son por lo regular, personas sin oficio. Ya en la adolescencia pasan sus días en una organización escolar o universitaria. Sólo quien desatiende sus estudios universitarios, por tanto, quien aprende lo menos posible, llega a convertirse en portavoz, en delegado en presidente.

Pues una vez que se ha analizado como se forma un político y las criticas y la visión de la sociedad sobre éstos, va siendo por tanto, la hora de hablar de la miseria de los políticos, en lugar de dedicarse a insultarlos. Esa miseria es de naturaleza existencial. Por expresada con un cierto phatos: la entrada a la política supone el adiós a la vida.

Lo primero que llama la atención en la existencia de estos estigmatizadores es el increíble aburrimiento al que se someten. La política como oficio es el reino del retorno del mismo. Quien haya tenido que participar en una de sus reuniones sabe de la paralización que se apodera. Ahora bien, la actividad primordial de un político consiste, sin duda alguna, en participar en tales sesiones. Un político profesional emplea años, posiblemente decenios de su vida en reuniones.

En el segundo lugar basta echar un vistazo a la oficina o incluso al buzón de un diputado para medir en que emplea la mayor parte del tiempo restante: el la lectura de una riada inacabable de documentos, proyectos de ley, planes presupuestarios, textos, etc.

En tercer lugar, no es ya sólo que se le escape mucho, que tampoco le está permitido decir nada. Como mucho puede decir, en un círculo muy íntimo, lo que piensa; cuando piensa. Pero, por otra parte, tampoco puede callarse, más bien se le exige que hable permanentemente, aunque no es el encargado de formular ese torrente de palabras, hay especialistas para ello. La pérdida del lenguaje es una de las muchas mermas que conlleva el oficio.

Pero las humillaciones continuas no solo le vienen al político profesional del exterior También en sus congéneres se ve sometido a humillaciones que no puede evitar. Uno se pregunta qué es lo que le capacita para soportar los rituales del orden jerárquico del gallinero, el penetrante olor a grupo que lo penetra todo, la tan justamente llamada coerción de fracción; en una palabra los gestos de sumisión que el medio exige.
En quinto lugar, al político profesional se le impone otra penitencia: la pérdida total de la soberanía sobre su tiempo. La única percepción que le sigue estando permitida cuando está despierto es cumplir con sus citas. Su calendario está parcelado, total y minuciosamente, para los meses, si no para los años siguientes.

Cuanto más sube, más radicalmente se interrumpen sus contactos sociales. Lo que ocurre “fuera, en el país” le resulta prácticamente desconocido. No tiene idea alguna de lo que cuesta medio kilo de azúcar o una caña de cerveza, cómo se prorroga un pasaporte o se sella un billete de metro.

Como modelo de esa desnaturalización forzosa puede servir a la vista de Estado. Tras un largo viaje en su avión privado, el jefe, acompañado siempre por la misma cohorte de consejeros, se dirige, atravesando a toda prisa las calles vacías de la ciudad, de la que todo cuanto ve es la escolta policial, hacia el palacio presidencial, que constituye una copia de todos los demás palacios presidenciales. A continuación tienen que oír discursos, hablar, comer, hablar, oír discursos, comer, oír discursos. Al día siguiente lo devuelven al aeropuerto sin que haya adquirido la más mínima impresión de la región que ha visitado. El funcionario de seguridad es, al mismo tiempo su carcelero.

El que recomienda ponerse -aunque sólo sea a modo de prueba- en la situación de un político profesional debe prepararse a recibir dos objeciones, tan evidentes que se aconseja afrontarlas. Por un lado se Objetará que el placer del poder es lo que compensa al político profesional de todas las contrariedades a las que esta expuesto.
Ese juicio que se goza del daño ajeno no tiene en cuenta que la carrera política funciona como una nasa. Tan fácil como resulta entrar en ella, tan escasa es la posibilidad de escaparse de ella. Al que se haya dejado atrapar tiene que parecerle como si sólo tuviera una salida: el camino hacia arriba.

Con seguridad, la mayoría de nosotros cree que seria un lujo exagerado mostrar compasión con personas que se describen, sin ponerse rojos de vergüenza, como lideres políticos. Pero como todos los grupos marginales, como los alcohólicos, los jugadores, los skinheads, también ellos merecen esa compasión analítica que es necesaria para comprender su miseria.

Primeramente, no podemos generalizar la lectura y aplicarla a nuestro país, porque el contexto es muy diferente en Alemania en comparación con México.
Consideramos que no tenemos porque tener compasión por ningún político de cualquier país que sea, porque ellos asumen la responsabilidad de la dirección o el puesto por su propia convicción y decisión. Es como si quisiéramos compadecer a un ingeniero por su trabajo, por ver y estudiar tantas matemáticas. Los trabajos u oficios implican esfuerzo y por lo tanto tienen su remuneración. Creo que el único modo de compadecerlos es que no fueran remunerados por su trabajo, pero la realidad no es así, sino todo lo contrario.

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