Críticas

11 AM | 14 Nov

“Timbuktu”(microcrítica)

“Timbuktu”(microcrítica)

[8/10]   Datos de interés: “Timbuktu”, Abderrahmane Sissako, 2014, Francia, Mauritania; drama; 97 min. Intérpretes: Ibrahim Ahmed, Toulou Kiki, Abel Jafri, Fatoumata Diawara, Hichem Yacoubi, Kettly Noël.

De qué trata: En los alrededores de Tombuctú (Mali), los musulmanes nativos sufren la invasión y acoso de los yihadistas, con unos prohibiciones y atropellos que imponen de manera arbitraria. Kidane y su familia serán víctimas de ese fundamentalismo que ha terminado atacando su dignidad y perturbado su paz.

Lo que la película esconde: La religiosidad y la racionalidad van de la mano cuando la persona se mueve con buen corazón y siguiendo su conciencia.

Timbuktu 1

Lo mejor: Las poéticas y sencillas imágenes que transmiten humanidad y verdad, extraídas sin artificio de la misma vida; y la valentía -de los protagonistas y del director musulmán- para hacer frente a la violencia y a la intolerancia. La escena del partido de fútbol.

Lo peor: Que lo mostrado suceda en nuestros días.

Público: Interesados en el cine que refleja la realidad y en el actual fenómeno yihadista.

DEL BLOG LA MIRADA DE ULISES

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02 PM | 09 Nov

LA CASA EN LA SOMBRA

La casa en la sombra_39

Jim Wilson (el gran Robert Ryan) es un policía solitario y violento, repetidamente apercibido por sus superiores dada su querencia por el empleo de métodos expeditivos para la captura de delincuentes y la obtención de información durante los interrogatorios. Adscrito al turno de noche, sus compañeros de ronda (un detalle curioso, al menos para el cine: las patrullas están formadas por tres detectives de paisano, y no dos como se tiene por costumbre, o cuatro, como se ha visto también en algún que otro filme), sus compañeros presentan temperamentos opuestos al suyo: el hombre familiar, que vive su trabajo como un mal menor con el que ganarse la vida, y el tipo resignado, que acepta lo que es sin hacerse preguntas. A Jim, sin embargo, su soledad y la brutalidad de su oficio, abierto a los más profundos y dramáticos abismos de la sociedad, le generan un terrible tormento, y esa frustración le provoca ocasionales estallidos de violencia que se dirigen contra el objeto común de su trabajo: los sospechosos, los detenidos, los interrogados. No tarda en llegar la gota que colma el vaso, y el capitán de su unidad (Ed Begley) le busca un exilio temporal que le ayude a serenarse y aclarar las ideas, y de paso deje enfriar el escándalo que la denuncia por maltrato de un sospechoso ha montado en la comisaría: Jim es comisionado para ayudar a un sheriff de un pueblo de las montañas en la captura del asesino de una niña. En el lugar conoce a Mary (Ida Lupino), una mujer muy especial que, no obstante padecer una ceguera, es capaz de poner ante él un espejo por el que asomarse a su auténtica naturaleza.

Esta película de Nicholas Ray, tremendamente negra, pertenece a su gloriosa primera época como cineasta, y compone junto a la célebre y contemporánea En un lugar solitario (In a lonely place, 1950) una dupla temática centrada en la violencia como expresión de la impotencia que genera en los protagonistas su incapacidad para adaptarse al mundo en que viven, para desarrollar sentimientos, pasiones y emociones humanas, para integrarse en una vida convencional. Una asfixia mental y moral propia del cine negro que sirve de extrapolación a las dificultades en el reingreso a la vida pacífica que sufrieron la sociedad americana, en general y los veteranos de guerra, en particular, tras la explosión bélica de la guerra mundial. Partiendo de una novela de Gerald Butler, Ray construye magníficamente su historia, de una progresión en la psicología de los personajes perfectamente sincronizada con la evolución de la trama, a través de un brillante juego de espejos que abarca a Jim, Mary y a Walter Brent (Ward Bond), el padre de la niña asesinada, que dirige una partida de furibundos ciudadanos armados que, al margen de la autoridad del sheriff, realiza batidas por la montaña y los bosques en busca del asesino, pero no para entregarlo a la justicia, sino para acabar con él directamente, sin juicio ni jurado. De este modo, Jim se enfrenta a la imagen de su propio comportamiento al mismo tiempo que encuentra un balsámico elixir en Mary, una mujer sencilla y buena que sin conocerle, sin ser capaz siquiera de distinguir sus rasgos, solo como producto de sus conversaciones, afirma ver en él una buena persona, un ser humano ecuánime y de buen corazón, saber más de él que él mismo. De este modo, a Jim se le ofrece en la captura del asesino (Summer Williams) una oportunidad de redención, un punto de inflexión a partir del cual resconstruirse. Pero esto es cine negro, y eso signfica que la fatalidad anda al acecho en la forma más inoportuna y cruel posible. Sin embargo, del colofón sangriento surge a su vez un renacimiento, y la personalidad de Jim (pero no solo la suya; también, y sobre todo, la del perro rabioso Walter Brent) dará un giro radical como resultado de una indeseada catarsis violenta.

Ray juega magistralmente con la metáfora de la ceguera de Mary. No se trata, por el momento, de una ceguera total, sino de un mal progresivo que todavía le permite distinguir resplandores, manchas y contornos, aunque la amenaza de oscuridad total se cierne sobre ella si no acude pronto a un especialista: he aquí, en este detalle, en la voluntad de Mary de dejar apagarse sus ojos donde descansa el principal valor simbólico del filme, como contraposición al mundo que Jim ve en su trabajo cada día y que le ha hecho aborrecer la existencia. Jim Wilson terminará juzgándose a través de los ojos apagados de Mary, que, sin embargo, ven más allá de los suyos. La efectiva caracterización de Ida Lupino (aunque reincida en los tics recurrentes de Hollywood en la representación de los invidentes) no consigue eclipsar a un Robert Ryan majestuoso en un personaje hecho a la medida, atormentado y brutal, amargado y explosivo, asombrosamente perfecto. Su extremada ambigüedad interna viene plasmada plásticamente en el metraje: de las noches oscuras en callejones y clubes nocturnos, en descampados, sótanos y tiendas y cafeterías abiertas las veinticuatro horas, Jim transita al campo, a la montaña, a parajes de cielos abiertos y cumbres blancas, a prados sembrados de nieve y carreteras cubiertas de hielo (la separación visual de ambos mundos, todo un hallazgo de Nicholas Ray, las obras en la carretera durante su viaje, las excavadoras sacando tierra y colocándola en montones) donde, sin embargo, convive también el asesinato, la muerte, la podredumbre humana. La música del gran Bernard Herrmann puntúa asimismo los altibajos emotivos de Wilson, con especial énfasis en sus brotes violentos y en su patológico tormento, pero también en los plácidos interludios que la compañía de Mary le proporcionan durante su estancia en la casa de las sombras, en la eterna penumbra de los ciegos (la forma de Ray de indicar que Wilson es un ciego para sí mismo).

Injustamente apartada de los títulos más reivindicados y populares de Nicholas Ray, La casa en la sombra es un sobresaliente título negro, de sofisticada puesta en escena y  vibrante tratamiento de la acción, que transita indistintamente por el cine de intriga criminal, el drama social, el thriller y el melodrama romántico, sin resentirse ni perder solidez o trascendencia con el salto entre géneros tan dispares y a pesar de una conclusión marcadamente complaciente con los dictados de la autocensura de Hollywood, un epílogo lleno de esperanza y buenos propósitos un tanto irónico a la vista de lo presenciado en todo el metraje anterior. El plano final de los ojos bañados en lágrimas de Ida Lupino supone uno de los más hermosos instantes de toda la filmografía de Nicholas Ray.

Publicado por 39escalones

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12 PM | 02 Nov

ROVIRA BELETA

ROVIRA BELETADesde la mirada de un foráneo, el cine de Francesc Rovira-Beleta podría ser un buen compendio de la idiosincracia de la España de posguerra a través de sus distintas expresiones deportivas, musicales y/o culturales, enraizadas en una tradición patria de largo recorrido. Por consiguiente, se trata de una cinematografía edificada en torno a estas propuestas, desde el típico folklore español (Luna de sangre, Expreso de Andalucía,Historias de la feria), por regla general provisto de un trasfondo melodramático, hasta la recreación del mundo del denominado deporte rey (Once pares de botas, un insólito testimonio fílmico de ficción que aglutina a buena parte los mejores futbolistas de la época liderados por Kubala), y del arte del flamenco y del baile (Los tarantos, El amor brujo). Precisamente, la plasmación en la gran pantalla de esta expresión musical, propició a Rovira-Beleta un reconocimiento a escala internacional, primero con la obtención de una nominación al Oscar a la mejor película de habla no inglesa con Los tarantos –a modo de documento de carácter antropológico sobre una comunidad gitana que convive en un barrio marginal del área metropolitana de Barcelona— y más tarde con una de las primeras versiones sonoras de la obra de Prospero Merimée El amor brujo, ambas coprotagonizadas por el excelso bailarín Antonio Gades. Hasta entonces, Rovira-Beleta había cultivado con mayor o menor fortuna el género melodramático en la serie de películas anteriormente citadas o carentes de un corpus folklórico como acontece enDoce horas de vida y 39 cartas de amor –notablemente influenciadas por las películas de Luis Lucía y Antonio Del Amo rodadas durante la primera década del franquismo, para quienes ejerció de auxiliar de realización–, y sobre todo había obtenido un cierto crédito profesional con Los atracadores, en un periodo especialmente prolífico –en especial, en Barcelona—en producciones referidas al género negro. Para Rovira-Beleta este film le permitió familiarizarse con dos aspectos que años más tarde trataría de incidir en producciones como La larga agonía de los peces y No encontré rosas para mi madre: un carácter experimental por lo que concierne a los encuadres y al tratamiento de la luz, y una voluntad de combinar distintos modos de interpretación –en función de sus distintas nacionalidades– en un mismo reparto. Empero, una vez formalizaba su integración en la nómina de directores que habían trabajado a lo largo de los años de posguerra y que lograrían aún mantenerse activos hasta el advenimiento de la Democracia, Rovira-Beleta cayó en el olvido tras el fiasco económico de La espada negra. Parecía, pues, augurar que la coincidencia de este fracaso comercial y su recién estrenada edad de jubilación, significaría el punto final a la larga singladura profesional de Francesc Rovira-Beleta –no excesivamente prolífica en producciones, circunstancia que habla de su cuidado por el detalle, de un perfeccionismo infrecuente entre los directores de su generación–, tan sólo prolongada artificialmente con Crónica sentimiental en rojo –adaptación de la novela de Francisco González Ledesma, Premio Planeta del año 1984–, un pálido reflejo de lo que habían sido sus películas de mayor entidad concebidas en los años cincuenta y sesenta.

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11 AM | 27 Oct

FUERZAS DE FLAQUEZA

fuerzas de flaqueza
Tal vez sea cierto, utilizando una terminología de Martha Nussbaum de inspiración difusamente nietzscheana, que la lucidez es una virtud fría (“la más fría de las virtudes frías” habría escrito el autor de Zaratustra…), pero ni estamos precisamente sobrados de lucidez en estos tiempos ni está descartado que, como ocurre con el propio hielo, pueda terminar por quemarnos. En todo caso, y más allá de la tonalidad con la que queramos definir a este Fuerzas de flaqueza, nos encontramos ante un libro llamado a cumplir una función tan sencilla como necesaria, tan clara como ineludible, que no es otra que la de ayudarnos a pensar bajo una específica luz lo que nos está pasando.
Su título, lejos de distraer o llamar a equívoco alguno, coloca al lector sobre la pista, no ya solo del sentido de las páginas que siguen, sino también de la naturaleza de la reflexión que el autor considera ineludible en estos momentos e incluso, más allá, de las herramientas con las que cabe abordar dicha tarea. La cauta prudencia de estas formulaciones se pretende a la altura del propio texto. Fuerzas de flaqueza no aspira a brindar una cartografía completa de nuestra situación, sino tan solo a iluminar filosóficamente una frágil y aún indeterminada gramática política. La que se abre cuando los endurecidos presupuestos ontológicos y epistemológicos (el esquema rígido de las clases o las concepciones economicistas de la historia, pongamos por caso) sobre los que se basaba la visión del mundo heredada comienzan a agrietarse tanto teórica como prácticamente.

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