Críticas

11 AM | 27 Oct

FUERZAS DE FLAQUEZA

fuerzas de flaqueza
Tal vez sea cierto, utilizando una terminología de Martha Nussbaum de inspiración difusamente nietzscheana, que la lucidez es una virtud fría (“la más fría de las virtudes frías” habría escrito el autor de Zaratustra…), pero ni estamos precisamente sobrados de lucidez en estos tiempos ni está descartado que, como ocurre con el propio hielo, pueda terminar por quemarnos. En todo caso, y más allá de la tonalidad con la que queramos definir a este Fuerzas de flaqueza, nos encontramos ante un libro llamado a cumplir una función tan sencilla como necesaria, tan clara como ineludible, que no es otra que la de ayudarnos a pensar bajo una específica luz lo que nos está pasando.
Su título, lejos de distraer o llamar a equívoco alguno, coloca al lector sobre la pista, no ya solo del sentido de las páginas que siguen, sino también de la naturaleza de la reflexión que el autor considera ineludible en estos momentos e incluso, más allá, de las herramientas con las que cabe abordar dicha tarea. La cauta prudencia de estas formulaciones se pretende a la altura del propio texto. Fuerzas de flaqueza no aspira a brindar una cartografía completa de nuestra situación, sino tan solo a iluminar filosóficamente una frágil y aún indeterminada gramática política. La que se abre cuando los endurecidos presupuestos ontológicos y epistemológicos (el esquema rígido de las clases o las concepciones economicistas de la historia, pongamos por caso) sobre los que se basaba la visión del mundo heredada comienzan a agrietarse tanto teórica como prácticamente.

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02 AM | 24 Oct

INFIEL

Infiel es uno de los escasos filmes dirigidos por la cineasta noruega Liv Ullmann, quien fuera una de las actrices favoritas del director sueco Ingmar Bergman, con quien tuvo una relación que dio como fruto una hija, la única descendiente de Ullmann. En este film,Bergman es el escritor del guión. Habiendo sido Ullmaninfieln tan íntima del maestro nórdico, no es de extrañar que esta película tenga marcadas influencias de Ingmar Bergman; a tal punto que podría pasar por ser un film de él. Las atmósferas, la profundidad intelectual, los diálogos —obviamente—, incluso la cadencia lenta de la acción, la música, las tomas y escenas, son bergmanianas. La película tiene un cierto tinte autobiográfico (respecto a Bergman), pero no se podría excluir que estuviesen retratadas las experiencias de ambos, de Bergman y Ullmann.
El «fantasma» de Marianne (personaje muy bien interpretado por la hermosa Lena Endre), le cuenta a Bergman (interpretado por otro allegado a Ingmar Bergman, Erland Josephson), los intríngulis de su vida marital, en la que un episodio de infidelidad por parte de ella dio al traste con el matrimonio. Marianne está casada con Markus (Thomas Hanzon) y tienen una hija, Isabelle (Michelle Gylemo). El affaire de Marianne se consuma con David (Krister Henriksson), el mejor amigo de Markus. En la narración del fantasma de Marianne, sea ficción o realidad, se describen detalles del adulterio, y emergen las mentiras, las omisiones, el sufrimiento, los celos, la angustia intelectual por conocer los motivos que subyacieron a la traición, la angustia existencial y el desplome del mundo de los involucrados, particularmente de Markus y de Isabelle. Al final, Marianne descubre que Markus también le había sido infiel, tal como ocurrió en la vida real de Liv Ullmann: infidelidad de ambos cónyuges. ¿Es este argumento una imagen de un hipotético evento en el que Liv Ullmann le cuenta a Ingmar Bergman sus experiencias, mientras él toma notas que serán, a la postre, el argumento del filme?

La infidelidad

Tema difícil, que ha sido objeto de estudio por el cine en un sinnúmero de filmes. Sobre él escribí en el comentario de Los puentes de Madison, incluyendo enlaces a sitios donde se analiza sociológica y biológicamente el asunto, estadísticas incluidas. Todo parece resumirse a lo siguiente: los hombres hemos creado ideas, instancias, creencias, conceptos, que nos rebasan. Somos capaces de diseñar el gobierno «perfecto», el código moral «perfecto», pero no somos capaces de llevarlos a la realidad. La fidelidad, como valor moral, es ampliamente aceptada; sin embargo, es un precepto teórico que difícilmente es acatado siempre por todos. Biología y entorno social atentan contra ello. Surgen el perdón y la separación como los dos remedios más utilizados. En esta película, el segundo fue el seleccionado. Es el más destructivo de los dos, especialmente para los niños, como es el caso de Isabelle en esta cinta. El primero, el perdón, es más difícil, pero suele tener secuelas menos dolorosas, al menos para las cri
aturas. Tanto en Los puentes de Madison como enInfiel, el adulterio surge sin que se le busque, sin que haya motivos en el matrimonio: son matrimonios sólidos, sin conflictos. Aparece como por generación espontánea, es gratuito. Es producto de la preponderancia biológica sobre la moral.

El divorcio
Muchos de los que han vivido la experiencia del divorcio intentan suavizar la interpretación de ese hecho asegurando que no es un fracaso, sino una «experiencia». Es una forma de no atentar contra el amor propio y mantener el optimismo y una buena cara ante la vida; pero el divorcio es el fracaso del matrimonio, es la rescisión de un proyecto que fuera la gran ilusión de la pareja y que no pudo cristalizarse a plenitud. La frase que es el preámbulo del filme, y que encabeza este comentario, no solamente es elocuente, sino que es una certeza. Quienes hemos vivido eso sabemos que es así, por muchas máscaras que le pongamos para suavizar las consecuencias de un divorcio y el estigma de un fracaso, o de un fracasado. Y la angustia, esa angustia heideggeriana de enfrentarse a la nada…
América versus Europa
Quien no haya percibido la diferencia —a veces abismal— entre el cine europeo y el norteamericano, puede aproximarse a ella contrastando este filme, o uno muy similar a este dirigido por Ingmar Bergman: Secretos de un matrimonio (también llamado Escenas de un matrimonio; en el que, por cierto, la protagonista, interpretada por Liv Ullmann, también se llama Marianne, y del cual este filme toma mucho), con uno norteamericano que trate del mismo tema, por ejemplo Los puentes de Madison (infidelidad) o Kramer vs Kramer(divorcio). La principal diferencia estriba en el tratamiento del tema; mientras el cine norteamericano apela al pathos, a las emociones del espectador (comercialmente más rentable), cayendo en ocasiones en la sensiblería, el europeo es más cerebral y lo reta intelectualmente a interpretar el porqué sucedieron los acontecimientos que narra la historia; tiene más que ver con el logos. Y esto pese a la conocida frase de Bergman, con la que se riñe lo que acabo de acotar: El cine es ensue
ño, es música. No hay forma de arte que vaya más allá de la conciencia ordinaria como lo hace el cine, directamente a nuestras emociones, al penumbroso recinto del alma
. No significa esto que el cine europeo carezca de emotividad y el norteamericano de intelectualidad, pero las dosis de ellas son inversas en ambas cinematografías, en la mayoría de sus filmes.

Masculino-femenino

Marianne hace un intento loable para entender porqué la relación con su esposo tuvo un giro letal; más desconcertante aún cuando el matrimonio era estable y no pasaba por un mal momento. ¿Por qué esa infidelidad sin motivos? Y he aquí la incógnita clave, pues el porqué del divorcio es evidente: fue producto de la infidelidad. Fue una solución aceptada unívocamente por ambos (más bien por los tres). No deja de ser interesante que el peso intelectual de la trama recae en el personaje femenino, muchas veces discriminado en el cine, aunque no en el de Bergman y, por lo visto, tampoco en el de Ullmann.
Símbolos de origen bergmaniano

 

Se me antoja pensar que hay algunos símbolos en el filme. Al igual que en Persona, donde en una toma aparece el equipo de filmación grabando la película, en esta aparece un proyector cinematográfico en la habitación contigua a la que sirve de confesionario, donde Marianne le cuenta a Bergman sobre su infidelidad. ¿Qué pretende Ullmann con ese proyector ahí? ¿Acaso nos dice que eso es tan solo una película, o que I. Bergman está interpretando pasajes de su propia vida, o que eso puede ser o puede no ser realidad? ¿Y qué podemos decir de la reiterativa y pegajosa melodía de La flauta mágica que suena la caja de música? ¿Está Marianne atrapada cual Pamina esperando por su Tamino? ¿Por qué estaría «atrapada» en un matrimonio que no muestra desavenencias de ninguna especie? ¿Justamente por eso, por no tener desavenencias, es que está falto de vida? Aquí caben muchas interpretaciones, pues son varias las que puede tener la magna e inmortal obra deMozart, y también varias podrían ser sus conexiones con la historia de Marianne[1]. En este contexto, posiblemente tendría que ver con la búsqueda de la luz, del amor, con estar atrapado en algo (el matrimonio) y buscar la liberación. O quizás no significa nada en absoluto esa melodía.

 

Infiel es una excelente película, que toda persona intrigada por los temas de la infidelidad y del divorcio debe ver. También quien esté pasando por ese penoso momento. Una advertencia: dura dos horas y media, es de desarrollo lento y contenido denso. Pienso que es una película hermana de Secretos de un matrimonio.

del blog de SOFIA

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11 PM | 19 Oct

Wong Kar-wai

Icono de la posmodernidad

Films de Wong Kar-wai
Imagen de Wong Kar Wai con los carteles de sus películasAunque nacido en Shangai, Wong Kar-wai (1958) emigró con su familia a Hong-Kong cuando él tenía cinco años y se dice que pasó tantas horas como pudo en los cines, con su madre, para aprender el cantonés que se habla en la entonces colonia británica. Se graduó como diseñador gráfico y se formó en la televisión como guionista, trabajo que ejerció hasta mediados de los 80.

Pese a formarse en un cine tan comercial como el hongkonés, Wong Kar-wai ha conseguido consolidarse como un verdadero poeta de la imagen y, junto con su inseparable director de fotografía, el australianoChristopher Doyle, en una excepción en el panorama cinematográfico actual, logrando una revisión postmoderna y oriental de movimientos como la Nouvelle Vague, lo que le ha llevado a ser reconocido por críticos y festivales de todo el mundo. Su estilo, muy visual y con bastante margen a la improvisación -pese a su pasado de guionista- nos acerca a personajes llenos de contradicciones, siempre solos aunque estén rodeados de gente. Sus historias, llenas de melancolía, muy deudoras de Antonioni o Godard, han cosechado un éxito rotundo de crítica (otra cosa es el público) casi desde su primera película.

Su primer largo As Tears Go By (Wong gok ka moon, 1988) es un thriller al estilo de los de John Woo, pero más estilizado. Su segunda película Días salvajes (A Fei zheng chuan, 1990), un drama sobre un joven sin rumbo en la década de los 60, le permitió fijar su estilo con escenas elípticas sobre la memoria y la melancolía de personajes marginales. La película fue un fracaso comercial, pero es considerada por la crítica como una de las mejores de Hong Kong, un equivalente cantonés de Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, Nicholas Ray, 1955). También fracasó en la taquilla su primer acercamiento a las artes marciales, Cenizas del tiempo(Dung che sai duk, 1994) (1), con pocas escenas de acción para el gusto del público.

Días salvajes - Cenizas tiempo - Chunking Express - Ángeles caídos
Fotogramas de Días salvajes, Cenizas del tiempo, Chunking Express y Ángeles caídos

Pero fue Chungking Express (Chong qing sen lin, 1994), una película rodada en dos semanas, la que lanzó a Wong en Occidente y le valió encendidos elogios de Cahiers du Cinema o de directores como Tarantino. Bajo la apariencia de un triángulo amoroso, esta historia de soledades y búsquedas, marca una definición en el estilo del director, un estilo que se volverá más contemplativo en sus siguientes películas, Ángeles caídos (Duòluò Tiānshǐ, 1995), Happy Together (Chun gwong cha sit, 1997) y Deseando amar (Fa yeung nin wa, 2000) (2). Esta línea culmina con 2046 (2004) (3), en cierto modo una secuela futurista de las peripecias amorosas de los protagonistas de Días salvajes y Deseando amar, en la que destacan el uso de movimientos de cámara muy lentos, la iluminación de interiores y, como en todas las películas de su autor, el uso original de la música.

Happy Together - Deseando amar - 2046
Fotogramas de Happy Together, Deseando amar y 2046

Posteriormente, el director rodó una película en los Estados Unidos My Blueberry Nights (2007), ya sin la fotografía de Doyle, un film en el que destaca una cuidadísima puesta en escena. Tras participar en variosproyectos colectivos (como Eros) (4), volvió a China para un nuevo proyecto sobre artes marciales, The Grand Master (2011), sobre el maestro del mítico Bruce Lee.

Dicen algunos críticos que Wong Kar-wai lleva haciendo la misma película (5) desde 1988, que su cine está formado por bocetos y ensayos de esa película inacabada, y es que lo que es importante en el cine del realizador hongkonés es el camino, al que cuesta poner un final. Romántico y manierista, acostumbrado a mezclar los géneros y a presentarnos historias de alienación y soledad bajo la apariencia de films policiácos o de aventuras, Wong transmite siempre mucha verdad en un producto fílmico que funciona más como espejo o eco que como discurso. Un cine, que ya no se hace hoy.

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06 PM | 12 Oct

LA VIDA DE ADÈLE

adèleIntimidad

Como cada mañana, Adèle sale de casa camino del instituto. Mientras corre hacia el autobús, se ajusta unos vaqueros que le quedan un poco bajos de tiro. En clase, entre el tedio y el tímido interés, leen a Ponge y a Marivaux, hablan del vicio natural y de unas sensaciones —la pérdida, la necesidad, el arrepentimiento— que todavía no han incorporado en sus vidas, que apenas empiezan a intuir. Todo hasta ese momento son miradas furtivas, palabras gruesas, jugar distraídos con algún mechón de pelo o consumir entre amigos el primer cigarrillo del recreo. Un universo de gestos adolescentes que Abdellatif Kechiche filma incansablemente, desde la barbilla de Adèle manchada de salsa de tomate durante una de las cenas familiares hasta su cuerpo, dormido e inocente, acostado de cualquier manera sobre la cama deshecha. La ternura del cineasta, que otorga tanta importancia al análisis de Antígona como a una merienda en un kebab, se corresponde con esa época de inseguridades en la que nos encontramos a medio camino de todo, cuando empezamos a atisbar el significado de algunas palabras.

La adolescencia de Adèle comienza a esfumarse cuando descubre su intimidad, esa que ya no puedes compartir así como así, con la misma franqueza con la que dejas caer lo que piensas alrededor de tu grupo de amigos. Su esporádica relación con Thomas es tan frontal como fugaz, apenas unas líneas de texto o un borrón en su diario personal. Kechiche la observa, atento a ese instante en el que, tarde o temprano, Adèle tiene que empezar a buscar su lugar en el mundo. Un instante, como un parpadeo en la imagen, donde nada vuelve a ser lo mismo. Mientras se dirige a una cita en un parque de Lille, Adèle se cruza con Emma, una muchacha de pelo azul que pasea en dirección contraria con su novia. De repente, algo se rompe por dentro, estalla y arrasa con todo. Muere la adolescencia, nace lo íntimo; la necesidad y el deseo. Todo aquello que Adèle escribía en su diario explota en la imagen, como una búsqueda compartida: el pelo de Emma surca su barbilla mientras las manos acarician su vientre, sus pechos, sus muslos… toda ella.

Del sueño a la realidad median solo unos pasos, los que separan el muro de hormigón del instituto del árbol donde la espera Emma, de ese árbol plantado en mitad del cemento a ese otro que sirve de cobijo en su primer encuentro. En una hermosa escena, Kechiche muestra a través de la comida, un almuerzo frugal sobre la hierba, las emociones de sus criaturas: la glotonería infantil de Adèle, la franca sensibilidad de Emma, las dificultades para emprender ese primer paso, el deseo que empieza a arder en la boca del estómago… esa combinación de sensaciones que disparan la mirada de Adèle hacia la piel de Emma, el fino vello de sus brazos que despunta con los rayos del sol, los ojos entornados por el calor del mediodía. Tantas sensaciones, tan apelotonadas en su interior, que no ve el momento de sacarlas, de compartirlas y encontrar a alguien que las entienda, que conozca su intimidad y sea, también, parte de ella.

Si algo describe la vida de Adèle es el implacable discurrir del tiempo. La incertidumbre de no ser capaz de retener eternamente un momento. Eso es lo que parece animar al primer encuentro sexual entre Adèle y Emma, la entrega completa de cada palmo de sus cuerpos, de ellas mismas, de sus impulsos, como una fuerza centrípeta que las arrastra hasta el centro de su necesidad. Kechiche lo filma todo, desde el puro frenesí hasta la última caricia, como quien recopila fragmentos, imágenes o detalles antes de que acaben siendo pasto del recuerdo. La mirada del cineasta ha cambiado: ahora es menos tierna, más severa y responsable. Empieza a intuir que Adèle crece y ya no la puede acompañar de la misma manera, como cuando la observaba sentada junto al marco de la ventana. Los sentimientos son cada vez más complejos, menos pueriles; no basta con entregar tu cuerpo, también hay que saber cómo entregar tu alma, cómo lidiar con lo que ganas y con lo que pierdes, con las aspiraciones de realización personal y con el apasionamiento de exprimir cada segundo de esa intimidad compartida.

vidadeadele

Uno nunca está preparado para la tristeza o la soledad. Quizá por eso se entiende mejor el hiperdetallismo de las escenas de sexo entre las dos chicas cuando Kechiche las elimina totalmente de la progresión dramática de su filme. Ya no van a volver a repetirse, como todo aquello que ha sucedido hasta el momento, porque lo cierto es que el tiempo ha avanzado silenciosamente y ni siquiera Adèle es la adolescente tímida de hace unas escenas, ahora convertida en maestra de preescolar. Ella se resiste, claro, quién no lo haría ante lo bueno de la vida, pero sabe que solo aumenta una herida interna que no ha detenido su hemorragia. De golpe, Emma es cada vez más un recuerdo del pasado; la cámara incluso tiembla al pensar que tal vez no vuelva a cruzarse en la vida de Adèle. Sin necesidad de cortes bruscos o separaciones cronológicas, Kechiche pone en escena con la misma naturalidad la unión y la ruptura, como sentimientos fugitivos de una vida que nunca se detiene. Más bien, añade matiz tras matiz, gesto tras gesto, en una acumulación condenada a olvidar aquello que la precede.

Cuando todo acaba resulta inevitable magnificar cada momento, por muy minúsculo que sea, de la historia. No te lo explicas, como no se lo explica Adèle, que desesperada concierta un esperpéntico reencuentro con Emma en el que no puede más que aceptar el peso de la realidad. Quizá recuerda ese primer sueño adolescente donde imaginaba su pelo azul recorriendo el cuerpo desnudo, o su entrega absoluta en un ardor amoroso que la propia Emma reconoce que no ha vuelto a sentir en ese grado. En el fondo, lo que Adèle siente es su intimidad vulnerada, perdida en el corazón como en aquella discusión sobre Marivaux en el instituto. ¿Arrepentimiento? No, solo la sensación, algo jodida, de descubrir que la vida la componen muchos más elementos, no solo ese. Quizá el azul del cabello de Emma sea el color más cálido, pero no el único. En eso también consiste la madurez, en percibir el inmenso abanico de aspectos que la componen, donde lo sentimental es uno más de los engranajes, no el único, que le dan cuerda.

Lo que hace de La vida de Adèle un filme hermoso es el trato con que Kechiche observa, mira, acompaña o refleja a sus protagonistas. Más que una historia de amor es una historia de obligaciones y compromisos, los que contraemos con nuestra vida adulta. A ratos apasionada, a ratos irregular, Adèle se balancea entre la adolescente que se sube el pantalón de tiro bajo y la maestra que enseña a sus alumnos la gramática y el dictado. También la película nos enseña otra clase de gramática, tan emocional como urbana, en la que los sentimientos deben aprender a convivir con los deseos. En la que es inevitable sentirnos atrapados en la misma agonía de Adèle, esa que en algún momento de la película solo pide un poco más de Emma, un arañazo al tiempo que impone su separación definitiva. Un poco más, un poco más, un poco más, un poco más, un poco más… y todo termina. La intimidad queda huérfana, sin aquello que compartíamos. ¿Quién, pues, reparará el alma de los amantes tristes?

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