Robert Guédiguian se podría definir artísticamente hablando como un director bipolar. Tan pronto rueda explosiones de optimismo (Marius y Jeanette, su film más conocido) como descarnados relatos repletos de pesimismo (La ciudad está tranquila). Entra en la primera categoría esta cinta cuyo título curiosamente no proviene del relato corto de Ernest Hemingway, que dio lugar a la popular cinta de Henry King con Gregory Peck. Las nieves del Kilimanjaro, de Guediguián en realidad alude a una canción de Pascal Danel, muy popular en Francia, y que cantan los personajes en un momento determinado.
Guédiguian acierta al retratar las consecuencias de la crisis económica, que obliga al sindicato de trabajadores de astilleros a sortear públicamente el nombre de los veinte empleados que la empresa tiene que despedir para evitar el cierre. Uno de los escogidos, Michel, representante de los trabajadores, trata de hacer frente a su cese laboral, al tiempo que celebra su aniversario con Marie-Claire, en compañía de hijos, nietos y amigos que les hacen un regalo muy especial: un viaje al Kilimanjaro.
Como es habitual, Guédiguian filma en su Marsella natal, y le da los dos personajes principales, Michel y Marie-Claire, a sus dos actores habituales, Jean-Pierre Darroussin y Ariane Ascaride, esposa del realizador. Sin embargo, la película –que según los títulos de crédito se inspira en el poema de Victor Hugo ‘Les pauvres gens’, reivindicación de la solidaridad– no suena a ya vista, sino que tiene cierta frescura, y mezcla muy bien comedia y drama. Aunque Las nieves del Kilimanjaro, de Guediguián tiene tono de fábula, resulta lo suficientemente realista, y confronta diferentes actitudes ante los problemas, la del personaje central y la de su antagonista. Además, todas las piezas confluyen en un desenlace emotivo, que apuesta por la reconciliación, la comprensión del prójimo y la confianza en el futuro.
Decía Godard que: “En el templo del cine hay imágenes, luz y realidad. Paradjanov es el principal guardián de éste templo”.La película sobre el bardo Kerib es un deleite para los sentidos, un encuentro con el pasado y la memoria. Busca los ritos con un desfile de objetos sacros y profanos, ambientados en la cultura zaherí, con un acompañamiento prodigioso del saz o kopuz instrumento musical cordófono.
Kerib, pobre pero de buen corazón, está enamorado de Magul-Megeri, la hermosa hija de un hombre rico local. El sentimiento es mutuo (El TE QUIERO,ME QUIERE, debajo de un paraguas con unas palomas blancas detrás nos pone en la pista sobre el conjunto de alegorías que veremos después), pero el padre de Magul-Megeri preferiría que se casara con Kurshudbek, un hombre grosero pero rico. Ashik Kerib hace un trato: él va a viajar por el mundo durante siete años y ganar suficiente riqueza como para ser digno de la mano de Magul-Megeri. Todo termina con un final feliz como no podía ser de otra manera en un cuento de hadas .Cuento adaptado por Lermotov antes de publicar “Un héroe de nuestro tiempo”.
La película está concebida casi toda ella con una disposición frontal, borrando la profundidad, buscando el efecto de la pintura iconológica de las miniaturas islámicas, y mostrando los personajes como si fueran máscaras de un teatro de marionetas, muchas de las cuales se pueden ver en el museo dedicado a Parajanov en Yerevan, República de Armenia, donde también tienen todas sus películas, y se le conoce como «La sombra de los antepasados olvidados».

Esta reseña es la crónica de un fracaso anunciado. Porqué, ¿cómo decir justamente aquello que no puede decirse? He visto miles de películas, pero solo un puñado las he sentido, las he experimentado, las he vivido como «Melancolía».
Sobre lo visto, podría apelar a las casi sobrenaturales imágenes que impregnan el film, a las soberbias interpretaciones de Gainsbourg y Dunst, a la desconcertante sencillez de planteamiento y desarrollo que alberga un sinfín de complejidades. Podría incluso afirmar que cada vez está más claro que Strauss compuso el Zarathustra para que Kubrick lo usara en «2001», Mahler el Adagietto para «Muerte en Venecia», y Wagner el preludio de Tristán e Isolda primero para inspirar a Bernard Herrmann los motivos de «Vértigo» y, más tarde, para que Trier lo utilizara en «Melancolía».
Pero, ¿y la emoción? ¿Cómo transmitirla? Palabras como escalofrío, palpitación o lágrima pueden dar pistas, pero son sólo reflejos incompletos de los efectos, incapaces de explicar las causas. Mi impotencia es que con ellas no puedo reproducir la congoja que me produjo la danza de la muerte entre el planeta Melancolía y la Tierra, ni cómo comprendí perfectamente los sentimientos más recónditos de Justine y de su hermana Claire (los antagonismos en la ficción no son sino diferentes caras de una misma poliédrica moneda humana con la que todos nos podemos identificar).
Mi acompañante en la sesión y yo compartimos a su término que nos sentíamos anímicamente mucho más reconfortados que cuando habíamos entrado. En esta paradoja, dado lo que se narra en la historia, radica su milagro. Y todo gracias a un niño. No puede concebirse «Ordet» sin el personaje de la niña, y no puede concebirse «Melancolía» sin el del niño, gracias al cual las dos hermanas pueden despojarse de su egocéntrico ensimismamiento autocomplaciente y regalarle a la inocencia una ofrenda de inocencia.
De igual manera, «Melancolía» regala, a quién quiera aceptarla, la ofrenda de un abrazo. Yo me dejé abrazar. Pero, de nuevo, ¿cómo se escribe un abrazo? Y, más aún, ¿para qué?
Quizás parte de la respuesta pueda encontrarse en estos breves extractos del poema «ESCRIBIR» de Chantal Maillard:
escribir
para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos
escribir
para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa
(…)
escribir
para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra
(…)
escribir
porqué crujen las rodillas
y hay como un sueño
esperando ser soñado
justo detrás del dolor
(…)
escribir
porqué alguien olvidó gritar
y hay un espacio blanco
ahora, que lo habita
(…)
escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse.
‘Le Havre’ aborda el espinoso tema de la inmigración y, sin embargo, es un cuento de hadas colorido.
Kaurismäki mide sus palabras: no habla de inmigrantes ilegales sino de refugiados. Los actores, hieráticos, pronuncian su literatura inverosímil, tan creíble.
Aquí no hay realismo sucio ni fotografía granulada.
El humor, en clave absurda y visual, es delicioso –la estampa de Monet con la piña resulta inolvidable.
– Siento la muerte de tu marido.
– No te preocupes, era fatalista.
Para expresar la más terrible enfermedad, un gesto leve es suficiente. Sin tremendismo ni retórica –la retórica queda para el parlamento del protagonista: Marcel Marx, un Don Quijote limpiabotas.
El lobo feroz es la maquinaria sin rostro del Sistema –el prefecto de policía es una voz en un despacho.
‘Le Havre’ ilustra dos valores esenciales: uno individual; el otro, colectivo. El primero de ellos es la dignidad. La solidaridad es el segundo.
Kaurismäki desea que la solidaridad obre el milagro. Y convierte en cine su deseo.
En tierra humilde y solidaria, florece un plano Ozu: con un almendro en el jardín concluye la película.
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El mundo estilizado de ‘Le Havre’ está cuajado de momentos especiales: la colección callada de primeros planos de los inmigrantes descubiertos en el contenedor; el primer encuentro (y último) de Idrissa y Arletty; la reconciliación con luces blancas de Mimie y Little Bob…
Parafraseando a André Breton: Un plano y todo está perdido; un plano y todo se ha salvado.
No se si fue una casualidad, pero la película la vi el mismo día que se murió Santiago Carrillo, y las noticias que impregnan su comienzo y que se podrían completar con algunas más como por ejemplo que Hernández Mancha era elegido presidente de la derecha, las hostias que se dieron en Reinosa a los trabajadores de Aceros y Forjas, el cese del líder der SPD Willy Brand por espionaje, el atentado de Hipercor,… el lunes negro, nos llevan a un tiempo lejano, pero al mismo tiempo cercano.
Si hoy te vas por la mañana al Comercial a leer el periódico y haces un plano panorámico por las mesas encontrarás a «mariasvalverdes» conversando con escritores maduritos, no se si dispuestas a coger las llaves de la chaqueta para ir al pisito de un amigo, pero lo no me cabe ninguna duda es que los camareros ya no son comunistas.
Con un guion excelente, del que podemos disfrutar gracias a Anaya, la película transmite la tensión justa para que podamos seguirla con un gran interés. ¿Se volverán a ver?