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12 AM | 24 Ago

ANIVERSARIO DE UN ENVILECIMIENTO

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03 PM | 07 Ago

ANDREA CAMILLERI, 100 LIBROS

El novelista italianOAndrea Camilleri ha publicado hasta hoy 100 libros y, a sus 90 años, posee una media de 4,17 libros por año. Su personaje insignia, Salvo Montalbano, es conocido por todo el mundo.

El también escritor Antonio Manzini y discípulo de Camilleri escribe para EL MUNDO sobre la personalidad de su maestro.

  • ANTONIO MANZINI

Andrea Camilleri ha llegado al libro número 100. Parecería un resultado excelente si estuviésemos calculando los libros leídos por una persona de edad madura. Pero no, él los ha escrito. Y cada uno de estos 100 libros se ha sedimentado en el corazón de sus miles de lectores esparcidos por todo el mundo. Hasta ahora, nada que no se haya dicho. ¿Podríamos tan sólo añadir que Andrea Camilleri no empezó a escribir de manera continuada hasta 1992, y que, por tanto, esos 100 libros los ha escrito en 24 años? Son cifras que le darían dolor de cabeza a cualquier escritor vivo, y no digamos ya a uno como yo, que tengo la desdicha de haber sido alumno suyo y de haber acabado luego en su misma editorial. Es como si, de adolescente, uno se mudase de bloque y se esforzase todo lo posible por ir bien en los estudios, para, más tarde, descubrir que el muchacho que vive enfrente se llama Albert Einstein.

¿Comprenden mi frustración? Tú luchando por el aprobado, partiéndote los cuernos con la tercera declinación o con El infinito de Leopardi, mientras él hace una valoración cuantitativa del movimiento brown-iano formulando al mismo tiempo la hipótesis de su aleatoriedad. En la naturaleza, la justicia no existe, eso ya se sabe. Dios reparte cerebro y belleza al azar. Y así acaba uno encontrándose con Camilleri. Primero es tu profesor en la Academia Nacional de Arte Dramático y resulta que ha publicado cuatro libros, pero nunca habla de ellos. Con él trabajas en el teatro y participas en montajes fabulosos; eres un joven actor y tienes la sensación de estar en un teleférico que te lleva hacia arriba, hacia arriba, sin saber por qué estás subiendo por encima de los picos nevados. ¿Adónde vas? El teleférico se detiene entonces y se abren las puertas: ¡tienes ante ti el espectáculo de las cumbres de los Alpes! Y quien te ha llevado hasta ahí arriba ha sido ese hombre que habla poco, fuma mucho y con el que básicamente uno se ríe.

Llega después el día en que estás intentando tener la oportunidad de hacer un texto para que lo dirija Andrea. Y él te suelta un montón de folios en la mano y te dice: «¿Te importaría leer esto que he escrito?». Eres joven, inculto, y le preguntas: «No sé, Andrea, ¿no sería mejor que lo leyera alguien con más…?» «Mis amigos están todos muertos», te interrumpe. Total: que te sientas y te pones a leer. Es un libro sobre un policía que se llama como un gran escritor de Barcelona. «Se lo he puesto en su honor -te explica Andrea-. Siempre me ha gustado Montalbán«. Lees como loco, el manuscrito es maravilloso, se llama La forma del agua, el título ya de por sí es un viaje lisérgico, y el protagonista, un irónico comisario siciliano, es espléndido. Tras dos horas que se han pasado volando, le devuelves los folios y le dices: «¡Es buenísimo, Andrea! Pero eso ya lo sabías, ¿no? ¡Ni una sola corrección en todo el manuscrito! ¡Es la copia buena!» «¡No! -te responde, sencillo como él sólo-. Es la primera versión».

Entonces se te plantea la duda: o Andrea Camilleri es un genio puro y duro, o ese hombre que tienes ante ti con un cigarro en la boca y la cerveza en la mesita de noche está poseído por el espíritu de Balzac o algo parecido.

Ahora ha llegado al libro 100 y no piensa parar. He investigado largo y tendido sobre el tema y me he dado cuenta de que Andrea Camilleri no está poseído por ningún escritor de una época anterior. Tampoco practica misas negras en la Piazza Mazzini. No es miembro de ninguna logia perversa, no tiene un ejército de escritores trabajando para él (en su época sólo contaba con una Olivetti Lettera 22), ni tampoco pertenece al Mossad o a la Stasi ni está imbuido de santidad. Conclusión: es un genio. Y punto. ¡Honremos a este talento puro de la narrativa con un aplauso de 100 libros de largo!

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01 AM | 30 May

Para el debate

EL COMUNISMO “AUTÉNTICO” DE JULIO ANGUITA Y SUS DISCÍPULOS Y LA “AMBIGÜEDAD” CALCULADA DE LOS TRANSVERSALES

tezanos250516

En mi artículo de la penúltima semana en Sistema Digital subrayaba que, según los datos de la última encuesta del CIS (abril), de todos los que votaron por Podemos el 20 de diciembre, el 9,5% se consideran socialdemócratas, un 12,1% socialistas, un 13,8% liberales, un 2,6% conservadores o demócrata-cristianos, etc., mientras solamente un 6,6% se consideran comunistas. Es decir, se trata de un electorado sumamente heterogéneo y no muy radical, hasta el punto de que la mayor parte se autoidentifican personalmente en espacios de izquierda moderada e incluso de centro y centro-derecha, mientras sitúan al partido por el que votaron en diciembre (Podemos) en una izquierda muy radical. ¿Cómo se explican tantas inconsistencias?

Los expertos en Sociología electoral nos dicen que estamos ante el típico electorado de aluvión, cuyas motivaciones de voto son (fueron) eminentemente coyunturales y no ideológicas. Es decir, han votado por Podemos porque están indignados, o porque quieren dar un escarmiento a otros partidos, o porque desean manifestar su protesta ante la mala situación laboral o social en la que se encuentran, y no porque sean comunistas, o extremistas, o populistas, o porque quieran que en España se apliquen políticas similares a las que han llevado a Grecia al desastre. De ahí la alta volatilidad de este tipo de electorado, que ha dado lugar a que en pocos meses Podemos haya caído espectacularmente en los índices de lealtad de voto, perdiendo el apoyo explícito (según las encuestas) de más de un tercio de los que les apoyaron el 20 de diciembre pasado.

¿En qué medida los nuevos pasos, comportamientos y alianzas establecidas por Podemos podrían salvar a esta fuerza política –ya claramente frentista- del descalabro que les auguran las encuestas más rigurosas?

Teniendo en cuenta el alto grado de volatilidad del electorado español, es difícil saber por anticipado qué va a pasar realmente el 26 de junio, por lo que hoy por hoy solo es posible realizar conjeturas.

De momento, parece que la línea predominante en Podemos (que ya ha cambiado no se sabe cuántas veces en su corta historia) consiste en reafirmar su definición comunista. No se trata solo de su alianza con la facción de IU más afecta al Partido Comunista Español, encabezada actualmente por Alberto Garzón, sino del rescate de figuras históricas del comunismo español, como Julio Anguita, del que los dirigentes del núcleo duro de Podemos se declaran discípulos y fieles seguidores, empezando por Iglesias Turrión, y del que los “enterados” siempre habían sospechado que era el inspirador principal de Podemos.

Ahora las dudas se han despejado, y todos hemos visto a Julio Anguita volviendo a primer plano, enardeciendo a las gentes de Podemos y hasta haciendo llorar de emoción al propio Iglesias Turrión. El problema es que con Julio Anguita retorna a primer plano el comunismo más rancio y más hostil a la socialdemocracia, en una forma que recuerda tiempos que no condujeron a nada positivo.

Antes de reaparecer públicamente, incluso considerando la posibilidad de incorporarse a las listas electorales de Podemos, Julio Anguita había hecho unas declaraciones –por cierto, al diario El Mundo, en recuerdo sin duda a los años de la estrategia de las dos orillas y de la famosa pinza al PSOE-, en la que sostenía que “Pablo Iglesias había conseguido lo que él quería, crecer a costa del PSOE”. Y ya en febrero de 2016 afirmaba contundentemente que Podemos jamás gobernaría con los social-traidores del PSOE. “Olvídese –le decía al periodista-. Jamás van a gobernar juntos”. Y añadía que Pablo Iglesias era un “auténtico rojo”, un “verdadero leninista”, como él mismo, apuntando una próxima convergencia con su otro discípulo predilecto, Alberto Garzón (Vid. El Mundo, 21 de febrero de 2016).

Y en eso, precisamente, es en lo que estamos en estos momentos. Ante una explicitación de intenciones e identificaciones que no se había producido en los comicios de diciembre. Lo que permite que el 26 de junio los electores puedan decidir su voto con mayor conocimiento de causa, y con una visión más realista, que permitirá saber de antemano a qué atenerse después.

A Julio Anguita se le podrán criticar muchas cosas, pero desde luego no la de no ser claro y decir las cosas como las piensa. Para él ser rojo y un comunista auténtico es una cosa bien concreta que no tiene por qué coincidir con lo que han pensado y hecho otros comunistas oficiales en España en tiempos recientes. Por ejemplo, Santiago Carrillo y muchos otros miembros del PCE, que desde hace años han estado abiertos a grandes pactos (Constitución, Pactos de la Moncloa, pactos municipales, etc.) y cuyo propósito –casi su obsesión- no ha sido, hoy por hoy, intentar acabar con el PSOE y con el sistema establecido, como sea.

Después del colapso absoluto de la URSS –junto a las aberraciones estalinistas- y de otras experiencias afines, a algunos nos cuesta trabajo entender cómo hoy en día personas inteligentes pueden defender todavía determinados modelos y enfoques políticos y económicos. Y me consta que a algunos miembros del viejo PCE también les cuesta entender determinados comportamientos, por parte de quienes están dispuestos a jugárselo todo a una carta –casi a la ruleta rusa- y que no entienden que en los procesos políticos concretos hay que saber aprovechar las circunstancias favorables para intentar añadir al curso social componentes progresistas –es decir, avances- apoyando las propuestas programáticas realmente viables. Algunos lo llaman a esto “posibilismo”, en sentido peyorativo; pero, ¿qué es realmente la política sino el arte de lo posible?

A los que se salen de esa senda y se apartan de la realidad y del sentido común ya se ha visto históricamente lo que les sucedió, y lo que aún les está sucediendo en Grecia, en Venezuela y en otros lugares.

De eso es de lo que habría que debatir con veracidad y transparencia en la próxima campaña electoral, sin asustarse a priori por las etiquetas que cada cual quiera ponerse encima. Por eso, los periodistas y comentaristas que se rasgan las vestiduras cuando algunos líderes se cuestionan –creo yo que con toda legitimidad- la validez y pertinencia actual de determinados enfoques comunistas, solo demuestran que están cayendo en el papanatismo más simplón. Argumentar de tal manera y cuestionar tales posturas supone dar la vuelta a la realidad, pretendiendo tapar la boca a opiniones y argumentos diferentes y, desde luego, que nada tienen que ver con los viejos tics propagandísticos del franquismo. Lo que algunos líderes y candidatos hacen es hablar con claridad de las cuestiones políticas actuales.

En realidad, la etiqueta de comunistas o de “anguitistas” no se la están sacando de la manga los líderes que critican tales posturas, o discrepan de ellas, sino aquellos que últimamente se han empezado a reclamar abiertamente como tales, empezando por el propio Julio Anguita, que nunca pretendió disimular, ni dar gato por liebre.

El problema no está, pues, en las etiquetas –allá cada cual con las que quiera emplear-, sino con el sesgo específico que se da a determinadas estrategias políticas y electorales. Santiago Carrillo, y tantos otros, también eran comunistas, pero rechazaron las prácticas estalinistas y frentistas, dejaron de considerar a los socialdemócratas –al PSOE en este caso- como sus “enemigos principales”, se manifestaron dispuestos a los entendimientos, en aras del bien común y de los intereses de los trabajadores y de otros sectores infraposicionados socialmente, intentando encontrar una nueva orientación o lectura del comunismo adaptada a los tiempos actuales. Lo que algunos calificaron en su día como “eurocomunismo”.

Pero otra cosa muy distinta son las fantasías alejadas de la realidad, las demagogias sin trasfondo programático real y los infantilismos izquierdistas que pueden generar mucho ruido, mucha protesta, mucha emoción y mucha contestación, pero muy pocos avances concretos, evaluables en términos de medidas específicas y buenas políticas aplicables. A no ser, claro está, que se pretenda convencernos de que la política de Txipras en Grecia supone un avance positivo. ¿Como no sea un avance hacia el precipicio? Habrá que ver, pues, si el ínclito Iglesias Turrión en la próxima campaña sigue defendiendo con la misma pasión a sus camaradas griegos, con gritos tales como el famoso “¡Espera, Alexis, que ya llegamos nosotros y vamos a ser más fuertes!” (13 de julio de 2015). ¿Para qué quieren –y prometen- ser más fuertes?

En cualquier caso, ahora con el “anguitismo” explicitado las cosas van a estar mucho más claras.

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