Opinión

04 PM | 11 Dic

MEMORIA DE TONY JUDT

 

               ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Tony Judt era apasionado y a la vez escéptico y no se callaba nunca. Creía apasionadamente y al mismo tiempo en el albedrío y la responsabilidad individual y en la solidez de un Estado democrático capaz de proveer servicios fundamentales y garantizar el imperio de la ley. Dedicó páginas y páginas a denunciar el sectarismo y la ceguera de esa parte de la izquierda europea que se negaba a despertar de su romance con las dictaduras comunistas, pero se opuso con igual contundencia a los nuevos fundamentalistas del mercado y a los entusiastas de las nuevas guerras imperiales emprendidas por George W. Bush, su aliado Tony Blair y otros comparsas de menor cuantía, aunque de idéntica soberbia.

Hay personas que pasan sin dificultad del dogmatismo de izquierda al de derecha, de creer que la Historia tiene una dirección indudable que lleva a la sociedad comunista perfecta a creer que a donde lleva esa dirección es a una sociedad capitalista perfecta. Tony Judt, que pudo llegar a la universidad de Cambridge gracias a los avances igualitarios traídos por el laborismo de posguerra, fue toda su vida un defensor de la socialdemocracia europea. Se definía a sí mismo como un «socialdemócrata universalista». Pero era muy consciente de la singularidad de su propio origen, y de la mezcla de sus identidades parciales: era inglés, hijo de padres emigrantes judíos, cada uno de una esquina de Europa; era judío pero carecía de convicciones religiosas; muy joven abrazó el sionismo de izquierdas y se fue a Israel a trabajar en un kibutz, pero salió de allí vacunado contra las obsesiones ideológicas e identitarias. Entre sus compañeros estudiantes en Cambridge, muchos de ellos hijos de la clase dirigente británica, era un advenedizo. En Inglaterra, el origen de sus padres, las comidas que se cocinaban y las lenguas que se hablaban en las reuniones familiares le daban de antemano un matiz europeo; viajó a París para estudiar en la reverenciada École Normale Superieure, y los intelectuales franceses a los que vio de cerca -Sartre, Althusser, Foucault, Kristeva, Lacan, Beauvoir- le inspiraron mucha menos admiración que escepticismo, cuando no un abierto sarcasmo.

 

Nadie menos pomposo o palabrero, menos gurú a la manera francesa que Tony Judt. Y esa misma ironía, esa desconfianza hacia las grandes nebulosidades teóricas que iban a cubrir durante décadas el estudio universitario de las humanidades, también le confirmaron en su posición de rareza cuando se marchó a dar clases a Estados Unidos.

Como historiador, pertenecía a esa magnífica escuela inglesa que combina el rigor de los hechos, la claridad de exposición y el impulso narrativo. Pero esos valores se volvían cada vez más sospechosos, según arreciaba en las universidades la moda de la Teoría, del Discurso, de la jerga intraspasable convertida en lenguaje canónico. Como no se callaba nunca, no dejó nunca de ganarse enemigos. Era un radical de los años sesenta al que en los noventa sus colegas universitarios miraban de soslayo como a un conservador. Era un judío que por criticar la política israelí y proponer que Israel se convirtiera en un estado binacional no basado en pertenencias étnicas o religiosas fue acusado de antisemitismo y de traición, expulsado de revistas en las que colaboraba, sometido a boicot cuando daba conferencias. Desconfiaba del excesivo poder de seducción de las ideas, y le gustaba repetir una cita de Camus: «Cada idea equivocada termina en un baño de sangre, pero siempre es la sangre de otros». A principios de los años ochenta, con el mismo entusiasmo vital con que lo emprendía todo, se puso a estudiar checo y empezó a interesarse por esa parte de Europa que los progresistas del oeste habían ignorado, incluso desdeñado, la Europa central alejada en nuestras imaginaciones hacia los confines de lo inexistente, territorio nebuloso de novelas de espías y de disidentes que no nos inspiraban ninguna confianza y a los que no dábamos ningún crédito, si es que nos enterábamos de sus nombres. Sobre su conocimiento de ese corazón de Europa segregado por la guerra fría Tony Judt levantó el mayor de sus libros, el de más amplitud y riqueza, Postwar, la narración formidable de la historia del continente que resurgió de sus ruinas a partir de 1945: el despegue económico y el ajuste de cuentas o la acomodación con el pasado innombrable; la voluntad gradual de ir estableciendo una unión europea; la desgracia de los países que nada más librarse del nazismo cayeron en manos de los ocupantes soviéticos; la irrupción de lo imposible en 1989, la caída del muro de Berlín y de un orden internacional que parecía establecido para siempre.

No se calló ni cuando la enfermedad se iba apoderando de su cuerpo, paralizándolo poco a poco, músculo a músculo, miembro a miembro. Decía que era como vivir en una celda que se iba achicando cada día unos pocos centímetros. Prisionero en su cuerpo inerte, condenado a noches enteras de insomnio inmóvil, descubrió que su único consuelo era reconstruir meticulosamente sus recuerdos. Cuando estaba sano había investigado en archivos y hemerotecas, entrevistado a testigos, elaborado detalle a detalle el relato del siglo XX en Europa, con ese talento peculiar que necesita un historiador para imaginar las cosas exactamente como fueron. Ahora el objetivo único de su investigación era él mismo, y el único archivo que estaba a su alcance era el de su propia memoria. Sabía que no le quedaba mucho tiempo; también que antes de que se le acabara la lucidez habría perdido el uso del habla, y se vería reducido a un monólogo silencioso con sus propios fantasmas. Administró sus fuerzas: recordaba vívidamente un episodio, una época, un lugar, a lo largo de la noche, y al día siguiente dictaba cada vez con más dificultad lo que había imaginado.

No podían ser textos muy largos: la intensidad, la precisión, la inevitable fatiga, imponían el límite de unas pocas páginas. Le gustaba concentrarse en una sola experiencia y revivirla en cada uno de sus pormenores. Atado a la cama, con una sensación permanente de frío, con un tubo de plástico en la nariz que le permitía respirar, volvía a un pequeño hotel de Suiza al que había ido de vacaciones con sus padres en algún invierno de la infancia: de nuevo subía los peldaños de la entrada; recorría el pasillo; imaginaba el sonido de los pasos sobre la madera y el olor a sábanas limpias de las habitaciones; por una ventana abierta veía un paisaje de laderas nevadas y respiraba el aire helado y limpio. De ese recuerdo viene el título del libro póstumo que acaba de publicarse, The Memory Chalet.

Ideando el libro, dictándolo en los meses últimos de su vida, Tony Judt logró una escapatoria conjetural de aquella celda cada vez más estrecha en que se convertía su cuerpo. Viajó de nuevo con dieciséis años en un carguero por el mar del Norte. Otra vez caminó por las calles de Londres en las que había sido niño. Atravesó en coche por primera vez toda la amplitud desconocida y prometedora de Estados Unidos. Al final quiso estar en una pequeña estación ferroviaria, en Suiza, esperando en paz la llegada de un tren.

Tony Judt. Algo va mal. Traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2010. 256 páginas. 19 EUROS. TENEMOS ESTE LIBRO EN CRITICAS LITERARIAS

 

 

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02 PM | 28 Nov

FELIZ CUMPLEAÑOS A TODOS

 

El tiempo pasa, día a día, mes a mes, año a año, incluso segundo a segundo. Y de golpe ya llevamos en el mismo trabajo, en la misma casa, con la misma pareja cinco, diez años. Y nuestros hijos, nuestros perros, cumplen años y parece que fue ayer cuando te conocí, pero no, ya hace tantos años que murió aquel amigo… Y el tiempo, que no lo borra todo aunque todo lo desfigura, pasa y no cura las heridas: sólo nos hace más viejos y en algunos casos más sabios, en otros no. Y en estas nos paramos un momento y los e-mails empiezan a informarnos: el Reina Sofía cumple 20 años (¿desde cuando cuentan exactamente?) y Elba Benítez  (la galería) ha cumplido 20 años (parece que fue ayer cuando se presentaba en la feria de Colonia, «Hola soy Elba Benítez y voy a abrir una galería en Madrid»). Y ya hace 20 años ¿los mismos que el Reina Sofía? ¡qué jaleo de cumpleaños! No sé por qué parece que lo que en una son 20 años en otro son 120 años, pero eso es como todo, unos llevan mejor los años que otros. Y la galería Juana de Aizpuru llega a los 40, todo un récord para cualquier memoria. Claro que ARCO llega en febrero a los 30 años y empieza de nuevo, no sabemos si con tanta energía, pero está en una edad de inicios. Y las galerías cada año cumplen un año más, aunque cumplir 11 parece que no es lo mismo que cumplir diez: T20 diez años, Ad Hoc diez años, Bacelos 20 años… Todos cumplimos años (EXIT cumple diez años también en noviembre), cada día hace un año de algo. Lo importante sería saber qué ha pasado en todos estos años, en todos estos días, si hemos aprovechado el tiempo, si hemos aprendido con la experiencia, si hemos vivido o sólo hemos durado.
Los años certifican que estamos vivos, que seguimos, todos en la brecha, en la vida. A pesar de los malos augurios, a pesar de las crisis repetitivas, a pesar de todo.
Pero no a todos les gusta cumplir años. Para Sophie Calle, como para muchos otros, los cumpleaños son un ritual de desafecto, de olvido y de futilidad. La constatación de que todo llega, sí, pero también de que todo pasa y con ese pasar nos vamos nosotros y sólo queda el recuerdo de lo que nos hizo daño, de todos los regalos que nunca nos hicieron, de todos aquellos que no nos quisieron, que se olvidaron de nuestros cumpleaños. Por eso ahora se envían notas de prensa, e-mails, anuncios, para que no nos olvidemos de quienes cumplen años. Lo mejor sería seguir el consejo del Sombrerero Loco y felicitar el «no cumpleaños». Así se acabaron los traumas y los malos rollos. Y cada día Juana de Aizpuru cumpliría un día más y cuarenta años, es decir, un «no cumpleaños». Y recibiríamos esas preciosas rosas rojas cualquier no cumpleaños, y no solamente un día al año. Queremos más, queremos cumplir años todos los días y celebrar que estamos vivos, porque, finalmente, es la única razón para alegrarse. Y recordar en esos miles de no cumpleaños a todos los que ya no están con nosotros, a todos los que echamos de menos y cuya ausencia, cuya muerte, cumplirá años en cualquier momento. Cualquier día de cualquier año. Como decía Sisa, «Cualquier día puede salir el sol». Feliz no cumpleaños a todos.
por Rosa Olivares
Exit Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 55,
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06 PM | 14 Nov

LA VIDA DE LA IGLESIA

 

La Iglesia parece olvidar el mensaje que es su razón de ser. ¿Cómo no extrae consecuencias del pasaje evangélico que denuncia el ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio? ¿No es esto -con todos los respetos- lo que le ha ocurrido a Benedicto XVI en su reciente viaje a España? Así lo han percibido amplios sectores de la ciudadanía. Un abordaje crítico de lo oído en discursos y en declaraciones a periodistas no tiene por qué renunciar a confrontar a la Iglesia con sus contradicciones desde una lectura laica de textos bíblicos.

El teólogo Ratzinger ve la paja en el ojo ajeno al abordar el secularismo de nuestra sociedad prescindiendo de la mirada del Vaticano II hacia la secularización como emancipación de la tutela de instituciones religiosas; no ve la viga propia al pasar por alto el conformismo de la Iglesia cuando peligran sus intereses.

El Papa anda tras la brizna en ojo ajeno cuando se lanza contra logros en derechos, sin reparar en esa viga en el ojo propio que impide la autocrítica por el déficit de derechos en la Iglesia. Se fija en la paja de una mal apreciada situación de la mujer en España, sin ver la viga de la misoginia eclesiástica.

Benedicto XVI ataca el fantasma de un laicismo que compara injustamente con el anticlericalismo de la II República, mientras que la viga en su retina no le deja ver el clericalismo que alimenta el confesionalismo con que la Iglesia defiende privilegios.

Una sociedad democrática no debe dejarse atrapar por lastres que impiden aplicar la Constitución, ni por el relumbrón del poder que solo la debilidad propia otorga a quien no lo tiene. Recordemos, frente a tanta viga, el aforismo de Adorno: «La paja en tu ojo es la mejor lente de aumento». Esa lente que supone la paja sobre la que se concentra una mirada poco evangélica hace ver la conveniencia de una nueva ley de libertad religiosa, clave para articular desde un Estado laico la convivencia en una sociedad pluralista.

José Antonio Pérez Tapias es diputado del Congreso y portavoz de la corriente Izquierda Socialista del PSOE.
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08 PM | 08 Nov

LA HEGEMONIA REACCIONARIA

 

                        GREGORIO MORAN

Quizá no estábamos preparados para reconocerlo, porque es muy duro, pero las cosas son como son y no tenemos más que dos opciones. O nos engañamos y hacemos como si no pasara nada, porque el futuro es nuestro, como decían todos los que no alcanzaron a verlo. O bien lo asumimos y admitimos que los precedentes históricos no sirven para nada. Estamos metidos de hoz ycoz en un periodo histórico de hegemonía reaccionaria. Podemos hacer todas las masturbaciones mentales que queramos tratando de buscar las causas, pero lo que veo menos claro es cómo demonios salir de esto. Tienen mucha gracia esos que afirman, con la boca grande y la cabeza pequeña, que los problemas están en la falta de alternativas. ¡Como si la victoria de Berlusconi o el voto masivo a las candidaturas corruptas en España hubieran sucedido ante las deslumbrantes perspectivas de sus líderes!

Observen a Obama. Rompió con su programa para sacar a las grandes corporaciones financieras de la bancarrota. Ayudó a la industria automovilística para que evitara la quiebra inminente. Consiguió como pudo una reforma sanitaria de mínimos, que no podrá aplicar. ¿Y cuál fue el resultado? Los banqueros y los empresarios han echado el resto, primero forrándose a costa del contribuyente, sin reducir un mínimo ni sus ingresos ni sus bonus, y luego financiando la campaña contra Obama. Los tigres no se dulcifican porque les echemos palomitas. Al contrario, se enfurecen por tener un cuidador tan cándido. Pero no nos confundamos, de no haber hecho lo que hizo, hubiera sido aún peor, con toda probabilidad. Me recuerda una vieja polémica de la izquierda en los años setenta. Si Salvador Allende y su Unidad Popular debía ir más de prisa o más despacio en sus reformas. Como iba despacio, la derecha se crecía y la izquierda de la izquierda tocaba a rebato, y la cosa acabó como el rosario de la aurora, que es como deseaba la extrema derecha que dio el golpe.

 

Pero ahora no estamos ante un fenómeno de ofensiva general de la extrema derecha. Se trata de otra cosa y debemos adaptar nuestra capacidad analítica a un espécimen diferente, porque decir extrema derecha quiere decir Pinochet, o Franco, o fascismo en general, y lo que aparece ahora no va por ahí. Acostumbrados a la amalgama analítica, nos cuesta pensar que no es lo mismo un reaccionario que un extremista de derecha, pero debemos empezar a reflexionar sobre eso. Lo que vivimos, la marea que nos desborda, no es la extrema derecha, sino un movimiento reaccionario que no trata de hacer una revolución conservadora -valga la contradicción-, ni resucitar el racismo y la xenofobia. Por más que lleve gérmenes de todo eso, lo que quiere sobre todo es volver atrás, recuperar un mundo supuestamente perdido, un mundo que por cierto no existió nunca en la armonía que ellos le atribuyen. Ahí está el meollo del asunto; las clases medias se han vuelto reaccionarias y las izquierdas, conservadoras. Unos anhelando volver al pasado imposible y los otros tratando de no perder lo conseguido.

¿Qué es el Tea Party sino un movimiento reaccionario, en el que también hay muchas otras cosas, extrema derecha incluida? Pero no nos dejemos engañar, porque eso es flor de un día y la hegemonía reaccionaria va bastante más allá. Ya tendremos tiempo de analizar la visita papal a España, y lo que la rodea, que es lo importante. Bastaría detenernos en el fenómeno de Barcelona. El sueño del obispo Torras i Bages hecho realidad. Banderitas del Vaticano y senyeres patrióticas. “Catalunya serà cristiana o no serà”. Impensable hace tan sólo diez años; no digamos ya veinte o treinta, cuando la autonomía catalana daba sus primeras boqueadas, superiores a las de la Segunda República, y los cruzados del Papa de ahora estaban todavía discutiendo sobre la viabilidad de la dictadura del proletariado. Esa dama que encabeza hoy Òmnium Cultural ¿no es la misma que conocí yo en el PSUC? Posiblemente me equivoque, con la edad se me despintan las caras, y además los años nos hacen cambiar mucho. Hemos vuelto a tiempos de conversos. Se acabaron las evoluciones ideológicas, ahora hay descubrimientos. Paulo vuelve, y la principal característica del de Tarso era su capacidad para mandar, de ahí su obsesión de poder.

¿Hay acaso alguien que tenga la menor duda del significado reaccionario de este fenómeno? Nada que ver con la extrema derecha, no confundamos. Pero es la reacción, de eso no hay duda.

La hegemonía reaccionaria es también una evocación de formas de poder que creíamos conclusas, por superadas para siempre. Otra cosa para la que no estábamos preparados: nada se supera para siempre. La arcaica discusión sobre el poder temporal de la religión, por ejemplo. Este furor de las iglesias, la católica en primer lugar, por considerar el laicismo como el principal enemigo que abatir. Quizá el peligro está ahí. Es más fácil cambiar de religión que dejarlas todas. Al final los creyentes en los dioses omnipotentes tienen unos intereses comunes. Porque una de las cosas más curiosas de esta hegemonía reaccionaria está en su pasión por armarse, y la mejor arma que conoció el siglo XX y que desarrolla el XXI son las masas. Armarse de masas para imponerse. Respetando, si no hay más remedio, a las minorías, pero conscientes de que tienen el derecho al poder, secularmente, y que una minoría debe entender que sus derechos se reducen a sobrevivir. En eso han cambiado los tiempos, antes la hubieran liquidado.

No estamos hablando de cotufas en el golfo, sino de algo que está en nuestro sistema de una manera omnipresente. Fíjense, sin ir más lejos, en lo más obvio de nuestra vida democrática, los partidos políticos. Fíjense en esa pulsión suicida que los domina. Freud explica en numerosos textos las pulsiones y su capacidad autodestructiva. Es un tema fascinante y terrible para el funcionamiento de una sociedad supuestamente abierta. Pero la verdad es que los partidos en España han adquirido una pulsión suicida. Me explico. Un partido político puede optar por un candidato que va a perder, a sabiendas de que rechaza otro que puede ganar. Dos ejemplos de muy distinto signo avalan la teoría. Uno en Asturias y otro en la Comunidad Valenciana.

Asturias es una de las autonomías donde la degradación política alcanza niveles inimaginables. Una corrupción pueblerina, pálida, sin sol, pero eficiente para aguantar en tiempos tan duros. Un tejido mafioso que no necesita matar a nadie, porque sólo se mata cuando surge la competencia y peligra el negocio. En Asturias no peligra nada salvo caer en la ruina de no tener subvención. El Partido Popular se presenta a las elecciones en la conciencia segura de que va a perder y, de pronto, les aparece el candidato Álvarez-Cascos. Un tipo duro, correoso, un profesional. De quién y cómo Cascos llegó a la operación de aspirar a presidente de la comunidad asturiana es otro tema, que bien merecería un análisis, pero ahora estamos en algo obvio. Sin Cascos el PP perderá irremisiblemente en Asturias, y sin embargo es la cúpula del propio partido asturiano la que considera peligroso para el mantenimiento del statu quo la posibilidad de que un candidato de su partido gane las elecciones.

No es único. En Valencia la cúpula del Partido Socialista ha rechazado la posibilidad de que compitieran en elecciones primarias el candidato oficial Jorge Alarte, que no tiene ninguna posibilidad de ganar al PP de Camps en elección alguna, incluidas las de sociedades falleras, y Antoni Asunción, que al menos ofrecía la posibilidad de ponérselo difícil. El aparato del partido decide impedir unas primarias en Valencia, con la connivencia del PSOE central, y asumir que le es menos engorroso dar cumplimiento a la tranquilidad de los dirigentes valencianos enquistados en la derrota que tratar de plantar cara al Partido Popular.

Eso no es otra cosa que una variante más de la hegemonía reaccionaria que nos ha tocado vivir. El más terrible de los refranes castellanos: más vale malo conocido que bueno por conocer.

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11 PM | 31 Oct

LA ESCUELA DE PARIS

 

       JESUS FERRERO 

Lo que se está expresando en la capital francesa es un malestar difuso, lo suficientemente abstracto y general como para influir en otras partes. Y cuando Francia se altera, el efecto de repetición está casi asegurado

Cuando a los 18 o 20 años llegábamos a París con la intención de trabajar pero también de estudiar y de conocer a sus maîtres à penser, no sabíamos hasta qué punto París era una escuela que te obligaba a cambiar de carácter y a comportarte y vestirte de otra manera. Ya el primer año caías en la cuenta de que en París, como en parte ocurre también en Nueva York, todos eran personajes y de que tenías que cultivar tu propio personaje si querías sobrevivir. Percibías que las reuniones y fiestas eran concilios de personajes más que de personas. Si habías elegido el personaje inadecuado o sencillamente no eras un personaje tus pasos podían estar contados.

 

Puede que el dandismo parisino se deba a esa necesidad imperiosa que siente todo habitante de París de ser algo más que persona, algo más que personne.

También te dabas cuenta de que en París la gente era bastante solitaria buena parte del día, y que por eso necesitaban cenar fuera y con los amigos: eran los únicos momentos en que podían sentirse verdaderamente acompañados. En parte la ciudad te ayudaba a sobrellevar esa soledad con su fisonomía pintoresca y laberíntica, y en parte no. La soledad, mucho más severa que en España, y la necesidad de fabricarte un personaje tendían a acentuar tu narcisismo, otra de las revelaciones fundamentales que llegaba a ti el primer año: el culto al narcisismo tan característico de París y de cuyas dimensiones no se suele ser consciente hasta que uno no lleva algún tiempo allí.

Todo ello te iba configurando una conciencia del equilibrio más que un equilibrio de la conciencia. El culto a las formas y a los límites equilibrados del cuerpo te acercaba, sin que tú lo quisieras, a un cierto idealismo, y todo idealismo es en principio idealismo formal, pura estética. Advierto además que se trataba de un idealismo plegado al cuerpo y a sus circunstancias y muy plegado al personaje que uno estaba interpretando. Puede que en realidad se tratase de escudos necesarios. Ya decía Nietzsche que en torno a nosotros va creciendo una máscara, y que en el fondo esa máscara nos protege, y París tiene los habitantes adecuados como para albergar en su seno todos los abismos.

Pero además de ser una escuela de la vida y para la vida, París era también una gran escuela filosófica y literaria.

Los que han conocido la influencia cultural que tuvo Francia en Europa y en Iberoamérica, sentirán extrañeza de que París haya dejado de ser el faro que fue. Cuando yo cursaba estudios universitarios en la capital francesa, París era La Meca de los estudiantes extranjeros y algunos maîtres à penser habían alcanzado una gran celebridad e influían poderosamente en las cofradías de pedantes de los dos lados del Atlántico. Aquellos intelectuales que fueron clasificados, a menudo erróneamente, de estructuralistas, supieron seguir la estela de los existencialistas, que tan bien habían sabido vender su angustia, y eran adorados por sus seguidores. Podían ser lo que fueran, pero mantenían vivo el mito de París como capital de las ideas, completamente vivo. No era fácil advertir entonces que iban a representar el canto del cisne, que iban a ser la última escuela de pensadores de París verdaderamente influyente y seductora.

Si me fío de los hechos y de las emociones que me azotaron en aquel tiempo, yo diría que el año 1980 fue fundamental para percatarse de que la demolición de un mundo y de una escuela se estaba dando ya, de forma fulminante y casi disparatada, pues ese año Barthes murió por causa de un estúpido accidente de tráfico que casi parecía un suicidio, murió también Sartre (uno de los tres grandes padres de todos ellos, los otros dos eran Lacan y Lévi-Strauss), y finalmente Althusser estranguló a su mujer una noche de angustia extrema, inconsciencia y locura. Sin olvidar que un año antes el filósofo marxista Nicos Poulantzas se había suicidado abrazado a sus libros y arrojándose desde el piso 32 de la megalítica torre de Montparnasse, símbolo total de capitalismo francés. Para volverse locos.

Tres años después, Foucault moría de sida, y 10 años más tarde Deleuze se suicidaba por defenestración. Pero aún quedaban dos miembros notables en relación con esa escuela: el más viejo y el más joven, Lévi-Strauss y Derrida, hace algún tiempo muertos, por lo que se puede decir que se trata de una escuela que ha pasado íntegramente a la historia.

Vista desde cierta distancia, creo que ha sido una gran escuela de pensamiento en la que se han albergado tres generaciones en el más amplio sentido del término: los padres (Lévi-Strauss, Sartre y Lacan), los hijos (Barthes, Deleuze, Foucault, Lyotard…) y los nietos (Baudrillard y Derrida), y en la que el marxismo, el existencialismo y, finalmente, el estructuralismo conformaron sus tres grandes ramas que en ciertos momentos se tocaron, en otros se entrelazaron y en otros se combatieron con furor casi vesánico. A su vez, todos ellos tenían como antepasado fundamental a Freud, con frecuencia en mayor grado que a Kant, Hegel, Marx, Nietzsche y Heidegger.

Concebida la escuela de forma simbólica, podría decirse que levantaron una hermosa torre de Babel, que luego fue destruida por sus últimos miembros y entre cuyos escombros ahora nos movemos. Dos generaciones de constructores, algunos muy ambiciosos y faraónicos, y otra más de demoledores desenfrenados y bastante neuróticos. Suele pasar hasta en las mejores escuelas y las mejores familias. Construir y destruir: pura unidad dialéctica ya proclamada en el Eclesiastés.

En muchos aspectos representaron el fin de un mundo y el comienzo de otro. Unos teorizaron la desarticulación del saber y otros llegaron incluso a encarnarla trágicamente.

Al margen de las irresponsabilidades en las que pudieron caer a veces, para mí representaron la parcela más noble y desinteresada del mundo de París. Eran amables y accesibles, les gustaba vivir, eran generosos con la virtud y el vicio, y les habría escandalizado el moralismo siniestro de nuestros días. He intentado seguir a mi manera esa tradición pero cada vez es más peligroso porque el mundo se ha vuelto muy feroz.

Hace poco anduve deambulando proustianamente por París y la ciudad me transmitió, además de emociones estéticas incomparables, cierta sensación de decadencia, aunque en más de un aspecto vi que seguía siendo la escuela que siempre fue. Un domingo, me senté en una terraza de la rue Saint-Antoine y empecé a ver ante mí un tranquilo carnaval: cada peatón era todo un personaje. Normal. Ciertas tradiciones tardarán en desaparecer de la Escuela de París. Como también va a tardar en desaparecer el espíritu de revuelta con el que periódicamente nos despierta: por ejemplo ahora. Como muy bien dice la prensa francesa, lo que ahora se está expresando en París y en el resto de Francia es un malestar difuso, lo suficientemente abstracto y general para que las cosas vayan a más. Si fuera así, que los otros países pongas sus barbas a remojar. Cuando Francia se duerme, se duerme todo el continente, de la misma manera que cuando Francia se altera el efecto de repetición en otros lugares está casi siempre asegurado.

Pero eso es también la Escuela de París. Acabo de llegar de allí y antes de coger el avión estuve desayunando en un café de la plaza de la Sorbona mientras veía una manifestación de estudiantes de Farmacia y Medicina. Algunos y algunas iban disfrazados de enfermeras porno, y se lo estaban pasando muy bien a pesar del frío. Dos se tiraron a la fuente, otro hacía el gesto de estar sodomizando a un padre de la patria de bronce que se erguía junto a la fuente, otros estaban intimando en medio del jolgorio. Los policías los observaban a distancia con muy mala cara, como si pensaran que aquello podía ser el comienzo de una hermosa amistad con profusión de disciplina inglesa. Los camareros miraban a las chicas con lascivia y reparo. Uno de ellos dijo: “Esas putillas solo entran al café para mear. Prohíbeselo y diles que el lavabo solo está a disposición de los clientes”. “Vale”, dijo el subalterno, el mismo que me susurró mientras me cobraba: “¿Sabe? Las cosas empiezan medio en broma y luego se disparan. Que pase usted una buena jornada”.

Jesús Ferrero es escritor.

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