Alfonso Peláez
John Ford, a través de la piel de John Wayne, convirtió a un ingeniero de ferrocarriles en el coronel de caballería Marlowe en Misión de audaces. Howard Hawks hizo lo propio con el joven borrachín y pacifista Alvin York, galones de suboficial, interpretado por Gary Cooper, en el film El sargento York. Por último, Steven Spielberg, transformó a Tom Hanks, un honesto profesor de Pennsylvania, en el capitán Miller; hablamos, en este caso, de Salvar al soldado Ryan.
Cada una de estas películas está ambientada en una guerra diferente: de Secesión, la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial; se trata de tres rangos muy distintos y de personajes con perfiles muy alejados; pero en esencia, en los tres casos, se habla de la misma guerra y del mismo personaje. Porque las tres nos presentan a tres ciudadanos satisfechos con sus vidas de civiles, a priori nada inclinados a las armas, que se ven confrontados por la amenaza que se cierne sobre su modo de vida, un modo de organizarse políticamente presidido por la libertad y la democracia. El Norte del coronel Marlowe peleando contra los Confederados que se oponen a la abolición de la esclavitud; los Estados Unidos del sargento York ayudando a las democracias occidentales agredidas por los imperios centrales y, finamente, otra vez los americanos del capitán Miller desembarcando en Normandía para acabar con el nazismo alemán. Los tres personajes, sin renunciar a su identidad previa, renegando de la guerra (“Cuanto más mato, más lejos me siento de casa” dice el capitán Miller), asumen una nueva personalidad, la militar, hasta las últimas consecuencias, poniendo su nueva condición y el deber que le corresponde por encima de cualquiera otra circunstancia.
Hay que reconocer que, como piezas de propaganda, las tres películas son de una categoría suprema. Porque, con una factura magistral propia de quien las firma, nos ponen ante una cuestión decisiva: ¿quién no estaría dispuesto a defender a como dé lugar nuestro modo de vida? No se refieren a la defensa de la nación, esa palabra altisonante y viciada, se refieren a si estamos o no estamos dispuestos a defender el modo de vida decente y legítimo, con el que nos sentimos políticamente conformes.
Esta semana han puesto dos veces Salvar al soldado Ryan, en dos cadenas de televisión distintas. Espero que alguien, que sabe lo que se cuece mucho más que usted y que yo, no haya decidido que ha llegado el momento de preparar a los Marlowe, York y Miller del mundo para su transformación en soldados imbuidos de arrojo y deber.

DON GIOVANNI (1979)
Dirección: Joseph Losey.
Intérpretes: Ruggero Raimondi, John Marcudy, Edda Moser.

La venganza y la rabia rebosan en el corazón de Doña Ana (Edda Moser) por la muerte de su padre, el Comendador (John Macurdy), a manos de Don Giovanni (Ruggero Raimondi).
Ajeno a esos sentimientos, Don Giovanni continuará, sin escrúpulos, acosando a damas de cualquier clase y condición.
29 de octubre de 1787. Teatro de los Estados de Praga. Wolfgang Amadeus Mozart se pone al frente de la orquesta para dirigir la primera representación de “Don Giovanni”, una de las cumbres de la ópera y de la que más se enorgullecía el excelso músico.
Casi dos siglos después, Joseph Losey se coloca detrás de la cámara para adaptar al celuloide, con la ayuda en el guión de su mujer, Patricia Losey, y Frantz Salieri, este drama jocoso en dos actos.
El reparto artístico elegido para ejecutar tamaña empresa, no hubiera defraudado al autor de la obra de haber levantado la cabeza desde la fosa común en la que fue enterrado: Ruggero Raimondi en el papel principal (después vendría “Carmen de Bizet” (1983) y “Boris Godunov” (1990)), Kiri Te Kanawa interpretando a Doña Elvira, Jose Van Dam como Leporello, la citada Edda Moser como Doña Ana y Teresa Berganza dando vida a Zerlina, entre otros.
Para respaldar acústicamente la propuesta: la Orquesta y Coro de la Ópera de París con Lorin Maazel cogiendo la batuta. Casi nada.
Pero es que además hay que añadir la escenografía de Alexandre Trauner (“El apartamento” (1960), “El hombre que pudo reinar” (1975)) y, cómo no, los exteriores de la mágica y luminosa Venecia, cuya presencia desde la espectacular obertura es todo un lujo.
La puesta en escena, muy fiel al libreto que desarrollara Lorenzo Da Ponte, incluye el moralizante epílogo que fuera desechado en su día por el mismísimo Gustav Mahler; y refleja, también, el ambivalente comportamiento de Doña Ana, reseñado en la más recomendada biografía de Mozart, escrita por Wolfgang Hildesheimer.
“Le digo ante Dios y con toda sinceridad que su hijo es el compositor más grande que yo conozca, personalmente o de nombre: tiene gusto, y además posee la más grande ciencia de composición.” (Joseph Haydn a Leopold Mozart).
Alberto Alcázar
Alfonso Peláez
Hace un par de días escuchaba en un mismo informativo de la televisión dos noticias, que aisladas podrían parecer anecdóticas, pero al juntarlas me dieron bastante que pensar. Eran como esos botones que dejan perfectamente a las claras todo el surtido ellos solitos.
Noticia uno: el madrileño medio cede a otras comunidades 600 euros de sus impuestos. El tono del locutor era condescendiente con un hecho que, sin duda, le parecía escandalosamente injusto.
Noticia dos: La industria del cuidado canino va en España viento en popa. Genera miles de puestos de trabajo y cientos de millones de facturación. Tal progreso se asienta, entre otros, en dos factores. Por un lado, en la innovación de empresas como XXX y, por otro, en el gasto de los poseedores de mascotas, que llega por término medio a los 1250 euros al año en cada animal. El locutor, ahí, se salía de tanto entusiasmo y regocijo.
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La Casa de Cultura de
San Lorenzo de El Escorial alberga este sábado, 19 de marzo (12:00h), la presentación del libro «Santiago Ramón y Cajal: maestro, científico y humanista», de Francisco Cánovas Sánchez. Además del autor, intervendrán Soledad Pardo, gestora cultural; José Rayos, historiador del arte; y Félix Alonso, presidente d

el Colectivo Rousseau
El libro de Francisco Cánovas tiene el propósito de dar a conocer los aspectos esenciales de la personalidad, la obra y el compromiso del científico español más importante de todos los tiempos, insertando su trayectoria biográfica en las coordenadas históricas, políticas y culturales de su época.
Nacido en el seno de una familia humilde del Alto Aragón, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) manifestó pronto una personalidad, una voluntad y una resolución que le convirtieron en un maestro, un científico y un humanista extraordinario. Padre de la neurociencia moderna, a la que consagró cincuenta años de investigación, sus descubrimientos fueron reconocidos por la comunidad científica internacional con la concesión de prestigiosas distinciones, como el Premio Moscú (1900), la Medalla Helmholtz (1905) y, el más importante, el Premio Nobel de Medicina (1906).
Alfonso Peláez
Hoy no voy a escribir de cine. Sería casi indecente hablar de lo que nos complace, mientras las bombas rusas revientan maternidades en Ucrania. Voy a recordar una página de Historia, que no se repite, igual que las demás, pero que, como todas, enseña.
El 19 de julio de 1936, José Giral, nombrado ese mismo día presidente del Consejo de ministros de la II República Española, envió un telegrama desesperado a Léon Blum, su homólogo de la República Francesa. El texto decía: “Sorprendido por un peligroso golpe militar. Le ruego nos ayude inmediatamente con armas y aviones. Fraternalmente. Giral”.
Blum, un jurista brillante, judío apasionado de la literatura, lo que podríamos llamar un intelectual comprometido, encabezaba un gobierno de coalición entre socialistas y radicales desde el 5 de junio anterior. Había recibido el encargo de formar gobierno del presidente de la República, después de ganar las elecciones liderando un Frente Popular, parecido al que en España había ganado en febrero de ese mismo año.
El francés recibió el telegrama el día 20 por la mañana. Entendió cabalmente la legitimidad y la necesidad de la llamada de auxilio de Giral. Una parte de su gobierno adoptó la misma postura. Comenzaron los preparativos para el envío de aviones, armas ligeras y munición. Sí, armas. Material bélico para que un gobierno legitimado por los votos de la ciudadanía tuviera medios de defensa frente a un grupo de civiles y militares perjuros y golpistas.
Otra parte del gobierno francés, cuyo representante más significativo era Daladier, ministro de defensa, pusieron algunas dificultades, pero no impidieron totalmente el primer envío. Al tiempo, Blum preparó una entrevista para conocer la postura al respecto de Gran Bretaña, su principal aliado. El día 23, antes de comenzar la reunión formal, Anthony Eden le preguntó: “¿Enviar armas a la República española?” Blum fue rotundo: “Sí”. “Eso es cosa suya, pero he de pedirle una cosa: sea prudente”. Fue la réplica del diplomático inglés. Días más tarde el gobierno británico le comunicó formalmente que, si Francia se inmiscuía en el conflicto español, Inglaterra no se vería obligada a intervenir es su defensa frente a una eventual agresión de Alemania o Italia.
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