El quinto, no matarás
Alfonso Peláez
Dice Kieslowsky que dice Dios que no matarás. Quinto Mandamiento de su Decálogo. Lo sabemos todos porque no hay, ni ha habido, código ético para el que tal máxima no sea un imperativo categórico. También conocemos la infinidad de excepciones que el género humano se ha otorgado a sí mismo para justificar o legitimar la liquidación de sus semejantes.
Por otro lado, son múltiples y variados los alegatos cinematográficos conta la pena de muerte. Castigo que, durante la mayor parte de la historia, ha sido considerado por los más variados regímenes políticos como una de las excepciones plenamente justificada para suspender el mandato divino.
El argumento del director oponiéndose a la pena capital no es novedoso en absoluto. ¿Dónde reside pues la relevancia de este episodio quinto de la serie producida para la televisión polaca? Ni más ni menos que en la poderosa escalada comparativa y en las escalofriantes imágenes de los preparativos para la ejecución del reo como estímulo para el horror del espectador.
El relato se inicia con tres acciones simultaneas entremezcladas mediante montaje. A saber: un abogado joven que se enfrenta al examen oral que lo capacitará para ejercer la profesión; un taxista que prepara su coche antes de iniciar su jornada laboral, y una especie de lobezno solitario de rostro maléfico que deambula por la ciudad en busca de algo, aunque de momento no sabemos qué es.
El abogado es pulcro y brillante. El taxista en un sujeto mezquino que practica esa crueldad de perfil bajo, propia de los inútiles hasta para causar grandes daños. El joven confunde al espectador. O mejor, lo mantiene en una expectativa tensa a base un callejeo confuso, sin aparente dirección, manejando objetos banales y siniestros: fotos cuarteadas, rollos de cuerda, etc…
Avanzado el día, el taxista indeseable fenece en una agonía larga y truculenta a manos del joven. Aparentemente, la acción, aunque premeditada, carece de motivo. ¿El comportamiento deleznable del hombre le ha hecho merecedor de una muerte tan brutal? Evidentemente, no. Para acentuar la desazón moral, Kieslowky se regodea en la secuencia del asesinato con una minuciosidad que raya lo enfermizo. Desde luego, parece un abuso narrativo morboso. Pero no. Está preparando el terreno para lo que vendrá más tarde.
Tiempo después, el abogado fracasa en la defensa del joven asesino. Este es condenado a muerte. El relato pasa de un lobezno solitario que mata a un mal ciudadano por una oscura motivación a un aparato de justicia que va a ejecutar a un convicto según una lógica legal correctamente articulada. Parce lógico. El procedimiento ha sido impecable. El juez confiesa al abogado defensor que ha hecho el mejor alegato a favor del reo que ha visto en su vida, pero que, como juez, debe condenar y condena. ¿Quién puede objetar su veredicto, ante delito tan palmario y tanta rigurosidad procesal?
A partir de ahí es cuando el director, en lugar la jugar la baza del razonamiento para demostrar la aberración de la pena capital como castigo, recurre a un mecanismo mucho más elemental y eficaz: nos hiela la sangre mostrándonos los preparativos del patíbulo. No es frecuente ver un plano más conmovedor que el del funcionario engrasando y probando el husillo que tirará de la cuerda que va a izar al reo por el cuello. Viendo eso la conclusión es incontrovertible. Uno no puede menos de pensar que no hay delito en el mundo que legitime a ningún Estado para contravenir el sagrado mandamiento de “no matarás”.
Kieslowsky, en este capítulo de su Decálogo, nos da una lección de cine y, de paso, otra de humanidad.
Alfonso Peláez
El realizador John Sturges destacó sobretodo gracias a excelentes westerns que dejó para el recuerdo y enriquecimiento del género. En esta ocasión el film nos cuenta una tensa y trepidante historia en la que el Sheriff Matt Morgan (Kirk Douglas) busca a los asesinos de su mujer, uno de los cuales es el hijo de un antiguo amigo suyo, craig Banden (Anthony Quinn), quien además es un poderoso ganadero de un pueblo vecino.
El film islandés Rams (El Valle de los Carneros) consiguió alzarse con la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid de este año, (2015) habiendo también obtenido con anterioridad, el premio a la Mejor Película en el último Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, además de estar seleccionada para representar a su país en los próximos Oscar, en la categoría de Mejor Película de habla no inglesa. Con su segundo largometraje de ficción, tras Summerland (2010), Grímur Hákonarson indaga en una historia intimista, que refleja la Islandia rural, a través de la vida de dos hermanos, Gummi y Kiddi, que viven en un aislado valle y se ocupan de la crianza de una raza de ovinos, de pedigrí muy antiguo, que es considerada una de las mejores del país. Los carneros, en Islandia, se distinguen por sus cuernos y por la calidad de su lana, y parece que superan con creces en cuantía a la población humana (unos 800.000 frente a 320.000).
Los personajes poseen personalidades sobrias y, acorde con ello, se muestra la austeridad de las casas en las que viven. Pasan sus días en soledad, y destaca enormemente la ausencia de presencia femenina, en algunos casos porque nunca existió y, en otros, porque desapareció. No hay más entretenimiento que cuidar de los adorados ovinos, esas preciosas criaturas amenazadas por un cataclismo, desgracia que “curiosamente” tiene origen británico. Seguro que nadie se ha olvidado del crack islandés del año 2008, con el colapso de su sistema bancario y las intensas presiones del Reino Unido, uno de sus principales acreedores, para que el país cumpliera con sus compromisos económicos.
El filme se centra básicamente en dos personajes, los hermanos Gummi y Kiddi, Sigurốur Sigurjónsson y Theodór Júlíusson, dos actores de gran reputación en Islandia, y ambos están impecables en su interpretación de granjeros de ovejas enfrentados por envidias y discriminaciones ancestrales, son trabajadores, reservados, uno más reflexivo y el otro más impulsivo, los dos tenaces en sus objetivos. No debemos olvidar citar en las interpretaciones a los carneros que intervienen en la película. Se llegó incluso a hacer un casting para las reses, que hasta aparecen en los títulos de crédito. Los dos hermanos consiguen una conexión muy intensa con sus ovejas, cada una tiene un nombre y una identidad propia. En cuanto al resto del reparto, los actores desprenden veracidad y naturalidad, encontrándose entre los papeles secundarios el actor Gunnar Jónsson, a quien precisamente se le acaba de entregar el premio al Mejor Actor en el Festival de Valladolid, por su intervención como protagonista en el film Fúsi , del director Dagur Kári, también de nacionalidad islandesa, con una caracterización del lento despertar de un hombre inadaptado socialmente. Da la impresión que el cine islandés esté despuntando últimamente, más allá del prestigio del realizador Baltasar Kormákur. Recordemos que la reciente vencedora de la Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián, fue una película de esa nacionalidad, Sparrows, de Rúnar Rúnarsson.