Coup de torchon: Limpieza rápida, enérgica y sin mucho detalle con un trapo.
En sentido figurado, gresca, altercado serio, etc.
En esta película las singularidades empiezan desde el título. Tavernier desechó el de la novela que adaptaba. En España, por ejemplo, no se atrevieron a darle uno en castellano para comercializarla. Lo cierto es que Coup de torchon es una adaptación francesa de la celebérrima novela negra, 1280 almas, de Jim Thompson. Hablemos un poco de ella.
1280 almas supuso la consagración inesperada de un autor casi maldito. Thompson venía arrastrando una vida cargada de inestabilidades que pasaban por el alcohol, las disputas conyugales, los guiones de cine exitosos junto a directores como Kubrick (Atraco perfecto, Senderos de Gloria), los cambios de residencia frecuentes y las novelas y relatos de una calidad suprema que jamás alcanzaban el éxito. Entonces, llegó Marcel Duhamel, creador e impulsor de la prestigiosa Serie Noir de Gallimard, asignó el simbólico número 1000 de la colección a 1280 almas y, de golpe, convirtió a Thompson en un escritor de culto… En Francia.
COMENTARIO AL FILM “EL JUEZ Y EL ASESINO” DE TAVERNIER (POR EUGENIO)
Es evidente que esta película de Tavernier quiere colocarnos ante la diferencia de clases, utilizando el marco de un magistrado y un vagabundo, en el juego de la tensión entre representante de la ley del estado y asesino, con un espacio, también, para un debate sobre la locura del siglo XIX y su tratamiento, y la justicia penal de la época. Remata al final, este marco de clases, un tanto forzadamente, con la “conversión” repentina de la amante del magistrado a la tarea de líder agitadora de las clases subalternas, quizás, por rechazo al trato personal de un representante de la clase dominante judicial con ella, o, por convicción, ya digo súbita, de que esa es la clase con la que debe buscar su emancipación, y en su entrevista final con la victima del disparo del loco vagabundo.
Estupenda muestra del realismo poético de Marcel Carné, que sirve también para retratar los bajos fondos parisinos, algo que aprendió de la manó de René Clair, de quien fue ayudante de dirección en Le jour se lève, rodada seis años antes. El film adapta una novela de Eugène Dabit, cuya trama discurre alrededor de un modesto hotel en un barrio popular de París. Allí toma habitación para una noche una joven pareja con intención de suicidarse: Pierre matará a Renée de un tiro, y luego disparará contra sí mismo. Llegada la hora de verdad, Pierre sólo hiere a su amada, no se atreve a disparar contra sí mismo y huye. Renée salva la vida y Pierre se entrega a la policía; el joven será incapaz de aceptar las muestras de amor de su novia, avergonzado de su falta de determinación. Mientras Pierre está en prisión, Renée consigue empleo como camarera en el hotel; la joven fascinará a Edmond, un gángster que vive con una prostituta, hasta el punto de provocarle un cambio en su visión de la vida.
Como desde hace más de un año fotografío un banco, busqué en Google para ver si ya se le había ocurrido a alguien esa idea: la respuesta es que sí. La idea la tuvo un fotógrafo ucraniano que dedicó diez años de su vida a fotografiar el banco que está frente a la ventana de la cocina del piso de sus padres en Kiev. Se llama Yevgeniy Kotenko: simplemente, hago fotos de lo que veo desde la ventana. Y lo que ve desde la ventana es ese banco situado entre un parque infantil y un sendero donde va la gente a caminar. Un lugar bastante concurrido que le llevó a recoger unas 700 fotografías, unas 700 mini historias reunidas bajo el título On the bench. En ellas nos encontramos a personas de todas las edades, solitarias, en grupo, bebiendo, fumando, charlando, amando, riñendo… Un hermoso registro de la historia de un banco al que Kotenko presta sus ojos para que pueda ver cómo a su alrededor gira una multitud de personas. Unas se van, otras llegan y entre tantos vaivenes el banco sigue ahí, mientras los padres de Kotenko le recuerdan que no deje olvidada su cámara de fotos en la cocina.
Todavía falta una, pero ya hemos visto lo suficiente como para desgranar unas cuantas anotaciones sobre René Clair. La primera es genérica: ¡qué conveniente es ver el cine por ciclos! Uno, que ya sufre problemas de memoria, y que además lleva a cuestas miles de películas, el único modo que tiene de evitar la confusión y el caos mental es ver a un autor, todo de seguido. Hablo por mí, naturalmente.