400 golpes, o el fastidioso trámite de la adolescencia
Estaba recordando la película de Truffaut, los 400 golpes que gracias a vosotros, Colectivo Rousseau, pude ver el otro jueves, pues reconozco que no la conocía y, como iba diciendo al reflexionar sobre la historia que nos cuenta a través de Antoine Doinel, su conocido alter ego, lo que nos cuenta Truffaut es el molesto y fastidioso trámite de pasar de la infancia a la adolescencia en una sociedad que considera una carga y un fastidio tener que ocuparse de unos mocosos y mocosas que no tienen oficio ni beneficio.
es decir, son menores para votar, conducir, producir, procrear, pagar impuestos, consumir, pero sí pueden “echar una mano”, trabajar bajo manga, sin derechos ni papeles, ser detenidos y pasar una noche en comisaría, ingresar en un reformatorio, o sea una cárcel para menores.
Un mundo que no está hecho para ellos y que se convierte en una prisión de la que intentan escapar un día si y otro también.
El pequeño Antoine ni siquiera cuenta con el cariño y el amor de su familia, ni por supuesto de su madre que lo considera una carga de la que intenta deshacerse.
Truffaut nos presenta aquí el fin de la inocencia, el abrupto final de una infancia desgraciada que no tiene futuro y cuya única salida es huir hacia donde sea.
Los años en los que rodó esta película, son los de un París que todavía no se ha recuperado del todo de las heridas de la Segunda Guerra Mundial y en el que la clase media apenas está levantando cabeza y nos lo muestra sin dramatismo pero con verosimilitud, lo vemos en el piso donde vive Antoine, en su cama donde duerme sin sábanas porque “le gusta dormir en el saco”, dice su madre. Y lo vemos en la escuela, tan precaria en sus medios como en sus maestros, y en las calles y en la oficina de su padrastro, y en el cine donde se refugian o en el parque de juegos recreativos (una escena mítica la del carrusel!!!).
Esta película yo la conecto con la obra cinematográfica de Carla Simón y sus dos películas “verano de 1993” y “Romería”, donde nos cuenta también su infancia en un tiempo y lugar muy lejano al de Doinel pero igual de intenso y evocador.
CARMEN