El rostro impenetrable. (One-Eyed Jacks. Marlon Brando, 1961) Western. Estados
Unidos. 141 min. color. Doblada en castellano.
Recuperamos el ciclo con una película verdaderamente particular: El rostro
impenetrable; dirigida por Marlon Brando en el año 1961. Esta obra tenía todas las
papeletas para haber concluido en desastre y sin embargo estamos ante uno de los
westerns más originales y atípicos que jamás nadie haya filmado. Pero, empecemos
por el principio.
Un joven Stanley Kubrick, al filo de la treintena, acababa de deslumbrar con
Senderos de Gloria, su estremecedora visión de la Primera Guerra Mundial. Marlon
Brando ya era un actor de reconocimiento indiscutible, tanto en el cine como el teatro,
y quería producir una película. Además de protagonizarla, claro está. Narcisismo
obliga. El primero, contratado para dirigirla por el actor/productor, puso a trabajar a
Calder Willingham, a quien ya conocía de Senderos, en el guion de una novela de
Charles Neider. Un año estuvieron Willingham y el propio Kubrick dándole vueltas al
texto. Parece que en algún momento también intervino Sam Peckinpah, aunque no
consta acreditado.
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DECÁLOGO 8 (K. Kieslowski, 1990): No mentirás. Sobre el concepto de culpa depresiva.
No darás testimonio falso contra tu prójimo (Éxodo 20, 16)
Decálogo 8 nos plantea como decálogo 2 un dilema ético y, por ello, no es de extrañar que en una escena ambos episodios se relacionen. Obviamente también está implícito el sentimiento de culpa y, como ocurre en las reflexiones de Kieslowski, las situaciones que nos plantea siempre nos dejan con la dificultad con la que se tienen que asumir ciertas decisiones del ser humano. La película nos presenta de entrada una imagen en la que la mano de un adulto da la mano a una niña andando por unos solitarios callejones de Varsovia. Inmediatamente pasamos de esta escena a la de una mujer mayor haciendo gimnasia en la Naturaleza y luego haciendo footing. Finalmente la vemos llegar a su casa con unas flores. Allí nos encontramos con uno de los símbolos habituales de Kieslowski en esas series: un cuadro torcido. Como algo que no encaja ese cuadro torcido ya parece advertirnos de algún desencaje en la vida de esta mujer. Sofia (María Koscialkowska), es profesora de ética de la Universidad a quien visita su traductora en los Estados Unidos, Elzbieta Loranz (Teresa Marczewska), quién una vez presentada le pide que la deje asistir a su clase. Curiosamente, y ya en la clase, y tras presentar a los alumnos a Elzbieta, indica que va a continuar con el tema que están tratando: el infierno ético. Y es aquí cuando una alumna plantea una cuestión que hace referencia directa a Decálogo 2:
Tenemos la siguiente situación: un hombre se muere de cáncer. Le está tratando un médico excelente, que, y esto es importante, es cristiano. Este médico vive en el mismo edificio que el paciente y su esposa. La esposa del paciente empieza a acosar al médico. Lo que quiere es saber si su esposo va a vivir o a morir y, en ese caso cuando. Pero él no puedo decírselo. Sería como condenarle a muerte, y como católico, no puede decírselo. Pero ella insiste tanto que el médico sospecha que tenga un motivo especial que la haga insistir. Sus sospechas son correctas: la mujer está embarazada. Pero es de otro hombre y él no lo sabe. Además es su primer embarazo y creía que no podía tener hijos. La mujer ama a este hijo, recién concebido. Pero también a su marido. Si su marido no muere se verá obligada a abortar. Pero si muere tendrá el niño. Le guste o no, el médico sabe que la vida del niño depende de él.
Sofia – que durante la narración de la alumna parece inquieta – indica que conoce el final de esta historia y que el niño está vivo y que eso es quizá lo más importante de la historia. También, visiblemente afectada por esa última afirmación de Sofía acerca de que lo más importante es que el niño esté vivo, Elzbieta le pide a la profesora si puede añadirse a la clase y relatar un incidente.
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| Sofía y Elzbieta. |
Sofia accede y Elzbieta empieza un relato de una historia real en Varsovia situada en 1943, durante la segunda guerra mundial. Se trata de la historia de una niña judía de 6 años que una joven pareja católica tiene que refugiar. Sólo hay una demanda: que la niña tenga extendido un certificado de bautismo:
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DECÁLOGO 7 (Krzysztof Kieslowski, 1990): NO ROBARÁS y el arquetipo del niño.
No robarás (Éxodo 20, 15)
Vamos a comentar el séptimo episodio de la serie de Decálogo dedicado al séptimo mandamiento de «No robarás». Decálogo 7 es un extraño episodio que da mucho en lo que reflexionar. El argumento es el siguiente: Ewa (Anna Polony) y Stefan (Wladislav Kowalsky) tienen dos hijas, Majka (Maja Barelkowska) y Ania (Katarzyna Piwowarczyk), la primera dieciséis años mayor que la segunda que es una niña de seis años. La película pronto nos revelará una realidad sorprendente: Ania es en realidad hija de Majka producto de una relación con Wojtek (su profesor de polaco, Boguslaw Linda) cuando tenía dieciséis años. Ewa lo arregló todo para que, aparentemente, Maika continuara con sus estudios y se silenció a Wojtek con la amenaza de los problemas que podría causarle una denuncia por corrupción de menores. Todo lo organiza Ewa, junto a la madre de Wojtek, para apropiarse de Ania y convertirla en su hija (pues deseaba tener más hijos). La trama sigue con la voluntad de Majka de recuperar a Ania como su hija con la que pretende marchar a Canadá. Indicar que todo transcurre ante la sumisa mirada de Stefan, el padre, un individuo absolutamente aplastado por Ewa.
Múltiples miradas pueden observar este episodio, desde la realización de la maternidad interrumpida a la acción de una madre deseante que «roba» la hija de su hija y que manipula a todos para lograr su objetivo. También al resultado de los celos de Ewa por la relación de Majka con Stefan, que en una escena de la película es puesta de manifiesto:
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Alfonso Peláez
Dice Kieslowsky que dice Dios que no matarás. Quinto Mandamiento de su Decálogo. Lo sabemos todos porque no hay, ni ha habido, código ético para el que tal máxima no sea un imperativo categórico. También conocemos la infinidad de excepciones que el género humano se ha otorgado a sí mismo para justificar o legitimar la liquidación de sus semejantes.
Por otro lado, son múltiples y variados los alegatos cinematográficos conta la pena de muerte. Castigo que, durante la mayor parte de la historia, ha sido considerado por los más variados regímenes políticos como una de las excepciones plenamente justificada para suspender el mandato divino.
El argumento del director oponiéndose a la pena capital no es novedoso en absoluto. ¿Dónde reside pues la relevancia de este episodio quinto de la serie producida para la televisión polaca? Ni más ni menos que en la poderosa escalada comparativa y en las escalofriantes imágenes de los preparativos para la ejecución del reo como estímulo para el horror del espectador.
El relato se inicia con tres acciones simultaneas entremezcladas mediante montaje. A saber: un abogado joven que se enfrenta al examen oral que lo capacitará para ejercer la profesión; un taxista que prepara su coche antes de iniciar su jornada laboral, y una especie de lobezno solitario de rostro maléfico que deambula por la ciudad en busca de algo, aunque de momento no sabemos qué es.
El abogado es pulcro y brillante. El taxista en un sujeto mezquino que practica esa crueldad de perfil bajo, propia de los inútiles hasta para causar grandes daños. El joven confunde al espectador. O mejor, lo mantiene en una expectativa tensa a base un callejeo confuso, sin aparente dirección, manejando objetos banales y siniestros: fotos cuarteadas, rollos de cuerda, etc…
Avanzado el día, el taxista indeseable fenece en una agonía larga y truculenta a manos del joven. Aparentemente, la acción, aunque premeditada, carece de motivo. ¿El comportamiento deleznable del hombre le ha hecho merecedor de una muerte tan brutal? Evidentemente, no. Para acentuar la desazón moral, Kieslowky se regodea en la secuencia del asesinato con una minuciosidad que raya lo enfermizo. Desde luego, parece un abuso narrativo morboso. Pero no. Está preparando el terreno para lo que vendrá más tarde.
Tiempo después, el abogado fracasa en la defensa del joven asesino. Este es condenado a muerte. El relato pasa de un lobezno solitario que mata a un mal ciudadano por una oscura motivación a un aparato de justicia que va a ejecutar a un convicto según una lógica legal correctamente articulada. Parce lógico. El procedimiento ha sido impecable. El juez confiesa al abogado defensor que ha hecho el mejor alegato a favor del reo que ha visto en su vida, pero que, como juez, debe condenar y condena. ¿Quién puede objetar su veredicto, ante delito tan palmario y tanta rigurosidad procesal?
A partir de ahí es cuando el director, en lugar la jugar la baza del razonamiento para demostrar la aberración de la pena capital como castigo, recurre a un mecanismo mucho más elemental y eficaz: nos hiela la sangre mostrándonos los preparativos del patíbulo. No es frecuente ver un plano más conmovedor que el del funcionario engrasando y probando el husillo que tirará de la cuerda que va a izar al reo por el cuello. Viendo eso la conclusión es incontrovertible. Uno no puede menos de pensar que no hay delito en el mundo que legitime a ningún Estado para contravenir el sagrado mandamiento de “no matarás”.
Kieslowsky, en este capítulo de su Decálogo, nos da una lección de cine y, de paso, otra de humanidad.