06 PM | 05 Sep

BLOW UP

 

     Este año el pregón de las fiestas ha nucleado en torno a un libro que ha editado el Ayuntamiento con «estampas»del pueblo. Me parece una iniciativa interesante, pero yo propondría el juego que hace Antonioni en la pelícucla Blow Up, inspirada en un cuento de Cortazar. Se trataría de mirar con atención cada foto y observandola atentamente analizar no solo el recuerdo sino la realidad del momento.

  Hay una del año 1945, del Cristo de la Buena Muerte, en el cementerio que os sugiero que la mireis detenidamente, no para identificar a las mujeres con velo, sino para que constateis lo que era el nacional-catolicismo.

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11 PM | 13 Jul

EL SEPTIMO SELLO

  

    

Esta mañana estuve en la conferencia que ha dado Fernando Vallespín, en los cursos de verano, con la muerte como telón de fondo, por la noche el laboratorio escénico de Univalle-Colombia, en un estupendo castellano, daban muerte a Plácida y Victoriano en la égloga de Juan de la Encina. La literatura, desde Gigamesh, hasta Tristán e Isolda, recoge una plétora de muertos con el amor como trasfondo. Las sensaciones sobre dicho tema en el día de hoy me hacen recordar algunas  ausencias  para mi significativas y que me gustaría destacar. En primer lugar la de Jaume Curbet, uno de los fundadores del PSC-reagrupament, estudioso de la seguridad  y gran defensor de una ética policial basada en los derechos humanos, coincidimos en aquella Barcelona que me hizo descubrir tantas cosas, luego le he seguido en sus libros, y las veces que venía a Madrid me habría nuevos caminos intelectuales en un campo tan arduo como es el de la seguridad. Me hubiera gustado  comentar con el libro de Foessel  “Estado de Vigilancia”.

   A Carles Novales, dirigente de la izquierda en Cataluña, también fallecido, le recuerdo cuando celebramos un congreso con el lema “En otra dirección”. Unos pocos supimos ver que las políticas de Interior de aquella época no darían resultados positivos a la larga. No nos equivocamos.

  Recuerdo  el fallecimiento a los 100 años de Gunnar Fischer, primer director de fotografí­a de Ingmar Bergman. Fue considerado a todos los efectos el creador del look expresionista que distinguirí­a al director, y el responsable de la foto en una docena de colaboraciones que culminarían en El Séptimo Sello, en cuyo rodaje Fischer protagonizó una anécdota muy curiosa: según parece, en el transcurso de la partida de ajedrez entre el Caballero y la Muerte (con las facciones de Bengt Ekerot), Fischer empleó dos poderosas luces para contrastar los cuerpos de los actores, tan potentes que daba la sensación de que el cielo tení­a dos soles. Otros creí­an que la escena era muy artificial. A lo que Fischer contestaba: «Si es posible aceptar que un caballero está sentado en una playa jugando al ajedrez con la Muerte, serás capaz de aceptar que hay dos soles en el cielo”.

  Leo en el libro  de Gomá sobre la ejemplaridad que hoy la política es menos cuestión de cosas-planes,programas,proyectos-y más de personas en acción, menos res publica y mas dratis personae.

 

 

 

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04 PM | 13 Jul

¿ por qué se murió europa ?

 

    Cuando se escriba la historia del siglo XXI, los lectores preguntarán, con razón, por qué Europa no supo estar a la altura de las circunstancias durante su crisis económica más difícil. La gente preguntará por qué Europa se durmió mientras un sistema bancario subcapitalizado luchaba para mantenerse a flote, el desempleo seguía en unos niveles inaceptables y el crecimiento y la competitividad del continente se derrumbaban. Peor aún: si no surge pronto un plan de reconstrucción, se responsabilizará a los dirigentes europeos del «declive de Occidente» y de ser, como dijo Churchill a propósito de los años treinta del siglo pasado, «decididos a ser indecisos, inflexibles en su deriva, sólidos en su fluidez y omnipotentes en su impotencia».

No es por falta de reuniones europeas, desde luego. No hay día en el que no se celebre una cumbre de líderes europeos para discutir la última crisis de un Estado miembro. Pero hablan siempre como si se tratase de una calamidad que solo afecta al país que ocupa ese día los titulares -el problema griego, o el problema irlandés, a veces el problema portugués o el español-, sin ponerse de acuerdo sobre el hecho de que se trata, en realidad, de una emergencia paneuropea. Al hacer un análisis equivocado de los males de Europa, acaban aplicando remedios también equivocados. Porque la crisis del déficit europeo es una preocupación importante, pero no la única.

 

De hecho, Europa se enfrenta a tres problemas esenciales, entrelazados entre sí y que afectan estructuralmente a todos los rincones del continente. Junto al problema del déficit existen asimismo un problema bancario -que no se limita a un puñado de bancos ni de países- y un problema crónico de crecimiento.

En primer lugar, los bancos: yo estuve presente en París, en octubre de 2008, durante la primera reunión de los jefes de Gobierno de la Eurozona. El diagnóstico que presenté sobre los bancos fue que tenían problemas de liquidez pero también de estructura. Sin embargo, la mayoría de los europeos pensaban por aquel entonces que la situación no era más que la consecuencia indirecta de una crisis financiera anglosajona y, por supuesto, que un Reino Unido díscolo se había dejado atrapar en el boom financiero de Estados Unidos. No sabían que la mitad de los activos basura la habían comprado bancos de toda Europa. Nadie era aún plenamente consciente de la profunda relación que había entre los bancos europeos y otras instituciones financieras mundiales, ni de lo expuestos que estaban los bancos a los mercados inmobiliarios que estaban cayendo. Recuerdo las miradas de asombro en la mesa cuando sostuve que los bancos europeos eran incluso más vulnerables que los estadounidenses porque estaban mucho más apalancados, y siguen estándolo.

Todavía hoy, se calla una verdad fundamental sobre el estado actual de los bancos europeos: que los bancos alemanes, franceses, italianos y británicos que han prestado de forma temeraria a la periferia se encuentran ahora con que no solo Grecia, sino también Irlanda, Portugal y España les deben miles de millones, mientras siguen sufriendo pérdidas por los activos tóxicos y la caída del mercado inmobiliario.

Y cuando, dentro de muchos años, los expertos expliquen por qué se durmió Europa, también explicarán que, por puro egoísmo y cortedad de miras, abordamos los problemas de los griegos como si fueran problemas de liquidez (concediendo préstamos), no de solvencia, y que, mediante una serie de maniobras a corto plazo para retrasar el inevitable desenlace, aumentamos el peligro de un final caótico. De hecho, con la subida de los tipos de interés, las salidas de capital de todos los países de la periferia hacia el centro están haciendo ya que sea más difícil la financiación en cada uno de los países con problemas, una circunstancia que nos arrastra a unos tipos de interés todavía más altos, recesiones más largas y, seguramente, déficits más elevados.

El tercer lado del triángulo es, por supuesto, el bajo crecimiento, que amenaza con condenar a todo el continente a 10 años de un desempleo muy elevado. La reducción del déficit y la estabilización bancaria que necesitamos no pueden afianzarse sin unas economías que generen comercio, empleo y crecimiento. Pero Europa, que padece unos niveles de crecimiento anémicos, se desliza cada vez más cuesta abajo en la clasificación mundial, y no es un descenso agudo sino crónico, que es más grave y al que es mucho más difícil dar la vuelta. Hoy, el desempleo en Europa está alrededor del 10%, con un paro juvenil superior al 20% y hasta del 40% en España. Y es imposible que disminuya pronto. Europa posee una tasa de crecimiento tendencial que es casi la mitad de la de Estados Unidos y un cuarto de las de China e India. Antiguamente, Europa representaba la mitad de la producción mundial. En 1980, había pasado a ser la cuarta parte. En la actualidad es menos de una quinta parte: el 19%. Pronto será poco más de la décima parte -el 11% en 2030- y luego caerá al 7%. En 2050 -dentro de menos de 40 años-, es posible que la economía europea sea menor que la de Latinoamérica. Si el crecimiento europeo sigue así de retrasado respecto al de sus competidores, a mitad de siglo su economía podría tener la misma dimensión que la de África.

Lo malo es que Europa está la mitad de preparada que Estados Unidos para impulsar el crecimiento a base de exportaciones. A pesar del éxito de Alemania en China, solo el 8% de nuestras exportaciones (frente al 15% estadounidense) va destinado a las economías de mercado que más están creciendo, lo que ahora se denomina generadores de crecimiento, que serán responsables de la mayor parte del crecimiento futuro.

Es evidente que cada una de estas tres preocupaciones -déficits, inestabilidad bancaria y bajo crecimiento- está entrelazada con las otras dos de tal manera que las políticas que se centran en una sola de ellas son mucho menos eficaces que una estrategia global que intente resolver las tres de forma simultánea. Y la estrategia paneuropea es aún más necesaria porque el euro se creó sin ningún mecanismo para evitar ni resolver crisis y sin ningún acuerdo sobre quién tiene la resposabilidad suprema de financiar los costes de las crisis.

Aunque soy un firme y apasionado pro-europeo, me aparté de la opinión económica general al poner en duda que a Reino Unido le interesara unirse al euro. El actual portavoz de economía de la oposición al Gobierno británico, Ed Balls, llevó a cabo 19 evaluaciones independientes del euro. Nuestra principal conclusión fue que dentro del euro no existía la flexibilidad suficiente para lograr una convergencia sostenible y duradera entre países. Pero también demostramos que el euro no tenía ningún plan de prevención ni resolución de crisis en caso de que no se alcanzase una convergencia. Porque, con una moneda única, ningún país -ni siquiera uno que no compita en absoluto con el resto de la Eurozona- puede ajustar su tipo de cambio ni beneficiarse de un tipo de interés a la medida de sus necesidades concretas. Y Europa tampoco había adoptado el modelo de prevención de Estados Unidos para mitigar las disparidades dentro del área de la moneda única, mediante la movilidad laboral y los ajustes salariales o mediante transferencias a las áreas que lo necesitaran.

Por tanto, si tengo razón, ahora debemos dejar las reacciones motivadas por el pánico y emprender una labor de reconstrucción a largo plazo, o nos enfrentaremos a una década perdida de altísimo desempleo con malestar social, sentimiento anti-inmigrantes y movimientos secesionistas.

Debemos conseguir para Europa el mismo «momento de la verdad» que el mundo halló con la cumbre del G-20 en 2009. Igual que sucedió en el G-20, los políticos europeos deben guiar el sentimiento de mercado atreviéndose a aprobar una solución al estilo de los bonos Brady para Grecia y, al mismo tiempo, una recapitalización de los bancos europeos; una nueva línea de deuda de la Eurozona (responsable, por ejemplo, del primer 60% de la deuda de cada país) como parte de una política fiscal y monetaria coordinada que permita, como en Estados Unidos, las transferencias fiscales; y, sobre todo, una estrategia que favorezca el crecimiento, proempresa, que yo llamo Europa Global: las energías de Europa dirigidas hacia afuera, hacia la exportación a las economías emergentes, y a reequiparnos para poder hacerlo con un calendario claro y unos incentivos y penalizaciones que garanticen la flexibilidad laboral, de capital y de los mercados financieros.

¿Por qué va a apoyar Alemania todo esto? Porque no solo no va en contra de sus intereses, sino que ahora tiene una razón europea para reestructurar sus bancos, puede fijar condiciones estrictas para la reforma económica y, si actúa ya, se evitará costes más altos después. Me atrevo a decir que, sin mi plan simultáneo para reestructurar los bancos y las compañías de seguros y buscar el crecimiento, ni la situación actual ni un posible plan Brady para Grecia conseguirán evitar el peligro del contagio financiero a toda Europa.

Los libros de historia sobre el «declive de Occidente» no son inevitables. Pero una reconstrucción que ataque el déficit, los pasivos bancarios y el escaso crecimiento al mismo tiempo es lo único que permitirá eludir la garra de un proteccionismo que nos aislaría y nos adormecería, con los consiguientes años baldíos pero evitables de desempleo y vidas desperdiciadas.

Gordon Brown fue primer ministro de Reino Unido. © 2011 Global Viewpoint Network; distributed by Tribune Media Services. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

 

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11 AM | 14 Jun

UNA SEGUNDA TRANSICION

 

 IGNACIO CASTRO

    Es de agradecer la intención, pero los periodistas del Washington post se confunden, como es habitual en su gremio. Esta no ha sido la “primavera de la frustración” en España, sino la de la decisión resuelta y contagiosa, aunque después acabe -no lo esperamos- como el rosario de la aurora. La frustración fue todo lo anterior que, aunque duró años, les pasó desapercibido. Qué vamos a reprocharles, pobres, si sus colegas de aquí tampoco se enteran. El 15M es desde hace días la potencia inaudita de construir la propia vida sin miedo a la libertad, al margen de todos los que quieren hacerse cargo de nuestro bien a cualquier precio. Ya ocurría soterradamente en millones de personas, pero no lo percibíamos. Como en el caso de ese pequeño desliz neoyorquino de un dirigente del FMI, los que mandan han tomado nuestra muda depresión por “sexo consentido”. Le puede ocurrir a cualquiera. Pero ahora damos por supuesto el fin del equívoco sexual y el consiguiente proceso de denuncia por violación. Que la presidenta de la Comunidad de Madrid le suene mal el adjetivo real para el sustantivo democracia sólo se debe a su animadversión a los sinónimos de común y su preferencia por otros adjetivos. Por lo demás, si la Puerta del Sol ha perdido su aire radiante y tiene un aspecto un poco tunecino… Qué se le va a hacer, son nuestros vecinos. Lo que siguen son reflexiones filosóficas marginales que, naturalmente, pueden ahorrarse, tanto si son militantes de un lado como del otro.

 

 

 

I

Estos días demuestran a gritos lo que ya sabíamos, que la gente se las arregla a solas, sin contar con los líderes audiovisuales. Lo que se junta desde mucho antes del día 15, lo que de hecho da consistencia a este movimiento, es la sabiduría de una soledad compartida. “Abandono vivido en común”, como se dijo en unos tiempos que estos militantes de la democracia real no vivieron, afortunadamente para todos. ¿Qué encontramos al bajar por fin a la calle? La alegre comunidad de las fuerzas anónimas. Ante la huelga de brazos caídos del Estado y sus servicios mínimos, el voluntarismo máximo en el cual se comparte todo, ideas, consignas y bocadillos. Por supuesto, todo el desorden del mundo, a veces sin altavoces y coreando consignas superpuestas, pitidos estridentes y algarabía con delicioso aire árabe. Por supuesto, algunos alborotadores vocacionales en los bordes. Al cabo de unos días, muchos mirones y hasta turistas. Pero en conjunto, extremadamente vital, emocionante, confiado y también divertido. No sólo indignación, sino ante todo jovialidad en estado puro frente a este funeral a plazos que nos ofrece la información diaria y la agonía política parlamentaria mezclada con la mitología de moda, la estadística. Tristeza y hartazgo atravesados hasta la insolencia de decir en alto: miserables gestores, no nos representáis, no os necesitamos, no necesitamos vuestro permiso. En efecto, tan poco pan y tanto chorizo, por repetir una consiga célebre, acaba hartando. Y llega un momento en que, aunque seas moderado en tus ideas, pierdes el miedo a gritar, a bajar a la calle y juntarte con don nadies como tú. De ahí esta adhesión casi jubilosa a un destino de todas formas sometido al sacrificio. ¿No es esta la generación que el admirado Felipe González calificaba de “perdida”? Pues bien, aquí están, haciendo de su perdición un arma.

 

II

¿Y mañana? ¿Y después, en junio? Claramente, uno de los retos es la estabilidad, darle algún tipo de permanencia a la generosa energía de este movimiento sin caer otra vez en el latifundismo partidario. Lo mejor de este movimiento es su ambigüedad no calculada, incluso el hecho de que ni siquiera sea radical o anticapitalista. Gracias a ello, queda ya alguna certeza. Primero, se vote como sea el día 22, será lo mismo. Mejor dicho, nada será igual porque, aparte de los números, habrá cambiado el sentido de cada voto y el sentido de la democracia día a día, entre cada cita electoral. Es probable que Democracia Real siga existiendo. En todo caso, parte de la población y algunos políticos menos corruptos habrán tomado buena nota de los acontecimientos de estos días. Cuando el poder no respeta a las personas, de pronto estas dejan de rivalizar y empiezan a respetarse mutuamente. Si la única circulación en esta sociedad es la de las elites y las redes, la abstracción del dinero y la información en tiempo real, ahora la gente se junta en el tiempo diferido del espacio, en el tiempo físico de la concentración. Se junta contra la circulación virtual de los flujos, intrínsecamente “piramidales”. Concentrada, la comunidad lucha contra la dispersión de este poder que nos quiere aislados, comunicados a distancia. El 15-M también se rebela contra el último refugio de la sociedad de espectáculo, el desfile televisual de las estrellas, de las víctimas y la organización social de la caridad. Lo que los expertos han tardado en perdonarle a los protagonistas de la Puerta del Sol y muchas plazas españolas es que no se conformen con ser víctimas y hayan salido del purgatorio.

 

III

El “blanco y negro” de decisiones ocultas siempre está tras el color. Frente a la pesadez de las instituciones binarias –aunque haya más, siempre son dos las que acaparan la hegemonía- por fin ocurrió la vitalidad, el río de lo popular. Para los políticos profesionales y periodistas la perplejidad consiste sobre todo en el hecho de que la gente no espere al guión informativo y a la agenda política para decidir qué quiere en la vida pública. Con o sin permiso, manifestarse significa desbordar el aislamiento privado a que nos someten los que quien vernos como un público cautivo -eso es para ellos el sistema–  y pasar a la acción, la acción de marchar gritando lo que piensas. Por fin la vida inunda la calle de la historia, compartimentada hasta ahora por esta miseria cotidiana que administran los medios y los partidos. Tanto monta, monta tanto, pues se dan de comer mutuamente.

 

IV

No dejan de tener algo de razón, a su pesar, los políticos conservadores que comparan el movimiento 15-M con la marcha nocturna contra las mentiras del PP en la noche del 13 de marzo de 2004. Sólo que ahora los manifestantes se enfrentan a las mentiras de la clase política en bloque, a todo el espectro ideológico parlamentario. Y esto además en la capital de España, donde precisamente se suman la política estatal del PSOE y la política regional del PP, ambas profundamente inmorales. Los expertos, políticos o periodistas, siempre aludirán a manipulaciones oscuras, pero lo que es sorprendente en este caso, lo que tiene de emocionante para unos y de preocupante para otros, en pleno proceso electoral, es que miles de jóvenes hayan abandonado el victimismo y la manipulación mayoritaria de la que son objeto para salir a la calle denunciando la infamia de esta democracia virtual y sus operaciones teatrales.

 

V

Frente a la indiferencia de la gestión, esta grisalla del comentario frívolo ininterrumpido, la información basura, las mentiras a medias y el aplazamiento perpetuo, por fin la decisión popular, la rabia jovial de gritarles treinta verdades como puños al arco entero de la mediocracia. Y esa deliciosa generosidad callejera, donde cada cual intenta escuchar o buscar consignas que tengan resonancia. El eco multiplicado de miles de pequeños descontentos, parecidos en el tono, al fin se unifica en emblemas que extienden la equivalencia como un reguero de pólvora. Por eso dicen: “No estamos aquí para reclamar sencillamente el acceso a hipotecas o para protestar por las insuficiencias del mercado laboral. Esto es un acontecimiento. Y como tal, un suceso capaz de dotar de nuevos sentidos a nuestras acciones y discursos”. Así pues, por una vez, cada voto, cada abstención, representará una vida. No se trata sólo de números, sino de sentido. Y esto a partir del sentido del humor de la gente que por una vez pierde el miedo y quiere que la calle rehaga el pulso de la democracia.

 

VI

No es tanto entonces, o no simplemente, una lucha “antisistema”, como una negativa a que ellos, esa casta que dice representarnos desde sus asientos de primera, detenten la exclusiva de lo que es el sistema con el pensamiento único de la bisagra partidista. Es significativo que, a espaldas de los problemas reales del país, los dos grandes partidos se pase el día insultándose: se odian como colegas, para que no se vea todo lo que les une. Se tiran todo el día los trastos a la cabeza porque mantienen una complicidad profunda en lo fundamental, en entender la política como gestión, marketing de la pasividad de los otros.

 

VII

Pensándolo bien, esto es una lucha por lo que debe ser el sistema. ¿Quiénes son realmente “antisistema”, aunque no precisamente jóvenes? Si entendemos por sistema el régimen real en el que vive la gente de a pie, “antisistema” son ellos, la laya descarada de banqueros y políticos que nos gobiernan, ayudados por sus correveidiles periodísticos. Fíjense además en la gracia de las coincidencias. Los mismos días que comienza el movimiento en Madrid y toda España, la autoridad máxima del celebrado FMI, el sujeto que decide cuándo y cómo se renegocia la deuda de un pueblo griego empujado a la ruina por “nuestro sistema”, es sorprendido en un hotel neoyorquino cuya habitación cuesta por noche cuatro o cinco veces más que el sueldo medio que ganan estos jóvenes que se manifiestan. ¿No hay razones entonces, no para indignarse, sino para decidirse? Aunque después resulte que no violó a la camarera, sino que sólo la sometió a múltiples vejaciones, el precio de la habitación donde este socialista da rienda suelta a sus dotes de mando es un dato en sí mismo obsceno, profundamente insultante. Y la misma vejación es la que él y sus amigos cometen con nosotros, también bajo la apariencia de consentimiento. La diferencia es que esta vez, pensando que el recinto era seguro, a este líder mundial “se le fue la mano”. Bien podíamos elegir a Strauss-Kahn patrón de todo este movimiento que grita basta ya a esta “violencia de género”, global y económicamente calculada, a la que se nos somete. ¿Qué minuta diaria tendrá su prestigioso equipo de abogados –“La batalla no acaba más que comenzar”, dicen- y quién la paga? Seguro que el dato es tan escandaloso o más que lo que ya hemos visto hasta ahora. Esta es la elite que dirige la Europa que admiramos.

 

VIII

Sin saberlo, y esto es lo mejor, los protagonistas de estos días no son ni siquiera “postmarxistas”. Nunca han sido empleados de esa homogeneidad ideológica de clase que no ha generado, desde hace mucho, otra cosa que inercia y connivencia con el automatismo del sistema. Afortunadamente para su salud mental, la mayoría de los miembros activos de Democracia Real nunca han sido “víctimas” ni del franquismo, ni del marxismo… ni siquiera del pensamiento débil propio de los nativos digitales. El maltrato que han sufrido por parte del sistema es para ellos el colmo de lo analógico, pues siempre nos recuerda una escena originaria que querríamos olvidar. Ellos, a través de la precariedad programada, saben algo de eso. Piensan por fin a golpe de sentimiento. De ahí que, al margen de partidos y sindicatos, se hayan adueñado del kilómetro cero de las comunicaciones. Es hora también de recordar que el fenómeno 15-M pone en su justo término a cierta mitología de las redes. Las han utilizado como herramienta, las han forzado como se hace con una llave inglesa, lejos de esa euforia tecnológica que sólo lleva al intercambio de bobadas, esa interactividad idiota del narcisismo tipo Mira mi foto. Por el contrario, esa común presencia del intercambio en espacio real disipa la mitología digital como un juego de niños. También enseña a discutir largamente sin odiarse. Común presencia frente al tiempo real del sistema en red que nos mantenía presos del aislamiento conectado. Sobre todo, la tecnología que se está usando a fondo es la de la vida que no depende de la información, la decisión de llevar el sentimiento a la palabra y a la acción común, que no cede ni ante las prohibiciones de la intocable Junta Electoral.

 

IX

Sin ser llamados, quieren “participar”: hacer algo por el Estado, ya que el Estado no hace nada por ellos. ¿Jóvenes antisistema? No, gracias, el piropo emociona, pero es excesivo. Y en exceso desinteresado. Ni tan jóvenes ni tan “antisistema”. Sin ningún afán visible y necesario de Revolución a la antigua usanza, estos jóvenes de entre 20 y 40 años que comenzaron el movimiento, quieren simplemente una sociedad menos corrupta y cutre, que permita trabajar. Quieren un sueldo digno y respirar sin la pistola de la precariedad en la cabeza. La vida ya es mortal: ¿ha de ser humillante además? ¿Es mucho pedir que tenga esquinas de sosiego? Cansados de unos políticos, unas coartadas ideológicas y unos cómplices comunicadores que se limitan a administrar el oscurantismo –una muestra de ellos es el tratamiento que han dado durante días a esta irrupción- han tomado la calle. Gracias, hay que decirlo, a que no es en absoluto visible una “ideología” común. Más bien la indignación, y la consiguiente burla, frente a las ideologías globales que se limitan a sobrevolar la vida popular, siempre en sillones de primera y con estadísticas amañadas en la mano. De igual modo que Bush durante días y días no pisó el barro del Katrina, así nuestros políticos, amurallados en sus respectivos aparatos partidarios y en sus cálculos electorales. Hay gente clave del PP y el PSOE que ha crecido literalmente dentro del aparato, sin pisar la calle. Algunos hemos pensado que el escándalo gremial de los controladores aéreos, con sus sangrantes privilegios impunes durante años, se debía a que representaban el ideal de una clase político-mediática que sólo sabe sobrevolar, controlar a distancia.

 

X

En cierto modo, la gestión aparentemente neutra de estos expertos que nos manejan y han convertido la democracia en una pantomima, le dice a los manifestantes lo que decía Franco: “Hagan como yo, no se metan en política”. Es decir, déjense gobernar por quienes saben mejor que ustedes cuáles son sus problemas y sus soluciones, qué es lo que realmente necesitan. Y esto tiene el descaro de decirlo la elite de políticos y periodistas que hace veinte años que no bajan a la calle sin una nube de asesores, secretarios, escoltas y un Audi de cristales opacos esperando cerca. Del mismo modo que los expertos que nos gobiernan jamás toman el metro, tampoco se enteran de cuál es el maltrato real que siente la juventud. De tal ninguneo sistemático, del que los culpables -en su distancia mediática- ni se enteran, esta propuesta de democracia real, que les pilla totalmente por sorpresa. “¿Cómo, pero no vivimos ya en democracia?”. Pues no, no lo sienten así millones de personas, en España y en Europa. Las alusiones en la prensa europea a la plaza de Tahrir nos vinculan con cierto nepotismo con el que toman distancias, a la vez que intentan marcar los Pirineos y evitar el efecto contagio. Nos gustaría que la mancha del kilómetro cero se extendiera a Inglaterra, Francia e Italia, pero no es fácil, habida cuenta del control de la información y posiblemente una política social un poco más inteligente.

 

XI

Mientas tanto, estos jóvenes españoles cometen el pecado de los pecados, ignorando la mítica fecha electoral y el sacramento de elegir entre dos versiones simétricas de la misma miseria. Esto ya es intolerable, se dice el tertuliano medio: ¿a quiénes sirven estos jóvenes irresponsables? La comparación con Egipto indigna a nuestros analistas políticos, naturalmente embutidos en el racismo Norte-Sur. Pero es evidente que hay concomitancias y que España se ha hecho eco tardío de los acontecimientos del sur del Mediterráneo. Con el mismo gesto altanero que tuvieron con Túnez y Egipto, la clase política europea no puede imaginar que los pueblos tengan su propia percepción de las cosas, su propio proyecto, su propia concepción de la democracia, al margen de la bazofia que se les sirve desde arriba. Han tomado su silencio, su resistencia sorda durante años, su depresión, por aquiescencia. Por lo tanto, dicen, si de repente alguna gente se levanta, es que alguien está detrás manipulándoles. Ya conocen el refrán: Piensa el ladrón…

 

XII

Inanidad de poder, vacío con el que se juega día a día igual que se juega con la inercia, el fatalismo global y la depresión a cámara lenta. Lo mejor del librito de Hessel, en su sencillez, es su llamada a la movilización individual, la fe en que “el mundo” cambia si uno se pone en marcha a partir de su percepción y su sentimiento. Precisamente el gran ardid fatalista del “sistema” son las fuerzas ciegas del mercado, la “mano invisible” y acéfala que gobierna los pueblos desde las alturas de Bruselas, París, Bohn o Wall Street.  Pero de repente a estos jóvenes les importa un comino toda esa letanía a la que nos habíamos adaptado. Sólo saben, y es suficiente para rebelarse, que su presente es miserable y su futuro no promete nada mejor, al contrario. Así pues, ¿qué tienen que perder? Tiene gracia ver a los analistas políticos tartamudear ante un acontecimiento para el que no estaban preparados. De pronto, resulta que la gente no es idiota. Viven aquí, trabajan aquí, aman y sufren aquí. Quieren por tanto empezar a cambiar las cosas, aquí y ahora. También quieren que respondan los políticos a los cuales les pagamos, no ya su tren de vida, sino su “jet de vida”. Por eso nuestros eurodiputados se resisten a viajar todas las semanas en clase turista, pues alegan estar muy estresados. Es de suponer el chiste que Democracia Real haría aquí.

 

XIII

A pesar de todos los escándalos, quizás hoy nuestra primera corrupción es la del particularismo, la endogamia y su inercia. Me refiero al caciquismo institucional que funciona en todos los ámbitos de la vida pública española, desde la Universidad a los organismos oficiales de música contemporánea. La Transición nos liberó pacíficamente de la dictadura. Lo que pide tal vez el movimiento Democracia Real es una segunda transición que nos permita dejar atrás esta democracia osificada, bloqueada por la dictadura financiera europea y nuestra burbuja partidista.

 

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09 AM | 29 May

NO ES LA CRISIS, ES COMO SE GESTIONÓ

 

Se comienza a extender en el entorno del Partido Socialista, en gran parte porque así lo afirman algunos de sus principales dirigentes, que la causa de la estrepitosa y desgraciada derrota del 22-M se debe a “la crisis“ y que lo necesario para superar la situación es que el partido retome de nuevo el ideario y la política socialdemócrata. En mi modesta opinión ni el diagnóstico es certero, ni va a ser fácil que esa pueda ser la medicina adecuada.

La profunda desafección del electorado, e incluso de buena parte de la militancia socialista, hacia el gobierno no la ha provocado la crisis por sí misma sino, por un lado, la forma en que ésta se ha encarado y las respuestas que le ha ido dando y, por otro, la relación que el gobierno y el partido socialista han tenido con los ciudadanos en estos últimos tres años.

A pesar de que muchos altos responsables del partido sabían lo que estaba pasando, el partido socialista se presentó a las elecciones de 2008 como si nada estuviese ocurriendo y el propio presidente se dedicó durante meses a negar la existencia de una crisis que, sin embargo, aparecía como indisimulable para el resto de la ciudadanía, lo que le hizo perder de modo vertiginoso una credibilidad sin la que es muy difícil gobernar con éxito.

Bien por ignorancia o por irresponsabilidad, lo cierto es que se tomaron un buen número de medidas procíclicas, y además muy costosas, que en lugar de tener el efecto con que se justificaban a la población agravaron enseguida el impacto de la crisis y dificultaron la adopción de respuestas acertadas cuando ya se quiso actuar contra ella. A la sensación de continua improvisación se unió así una gran ineficacia que hacía que la gente viera al gobierno como completamente incapaz de resolver lo que se estaba viniendo encima.

Cuando por fin se quiso tomar el toro por los cuernos tampoco se tuvo voluntad ni decisión para actuar contra los factores y los sujetos que habían distorsionado nuestra estructura productiva en los últimos años y por eso, los planes de estímulo y gasto que se pusieron en marcha, aunque evitaron una debacle aún mayor sobre todo en materia de empleo, realmente no hicieron sino fortalecer los rasgos más nefastos del modelo productivo que agudizó la crisis en España: se reforzaron los sectores donde se habían generado los problemas y se renunció de hecho e incluso de derecho a la igualdad como un pilar central de las estrategias socioeconómicas del gobierno.

Sin haber aprovechado el semestre de presidencia europea para guardarse las espaldas, España quedó pronto, en cuanto comenzaron a aparecer los primeros problemas de déficit y emisión de deuda, en manos de los especuladores que no desaprovecharon la ocasión para imponer un cambio radical en la política económica y reformas draconianas que no iban a mejorar la situación sino todo lo contrario, porque debilitarían de nuevo la actividad y la recuperación del empleo que pudiera haber empezado a darse. Sin explicación acertada, la población no pudo sino entender que el gobierno hacía una nueva pirueta de improvisación y que ahora, además, resultaba ya extraordinaria y palpablemente lesiva para sus ingresos y condiciones de vida.

El presidente Zapatero ha pagado muy cara la confianza que depositó desde que llegó al gobierno en sus asesores económicos neoliberales (ver Los economistas de ZP).

Estos, lograron inicialmente que las pretensiones socialdemócratas de algunos de sus ministros (por cierto, excluidos poco a poco del gobierno) cayeron en saco roto: de ser aprobadas, lo fueron siempre con insuficiente presupuesto como consecuencia de los recortes impuestos bien por la Oficina Económica de Presidencia o por Hacienda. Y luego, le proporcionaron escenarios y estrategias frente a la crisis que han resultado ser letales, económica, política y electoralmente hablando.

El gobierno se ha limitado a aplicar día a día los dictados que le iban marcando los economistas fundamentalistas de La Moncloa y más tarde, cuando éstos habían llevado al buque a hacer aguas y se había perdido la autonomía de la voluntad y de la gestión de la crisis, los que comenzaron a imponer “los mercados”. El resultado está a la vista: los poderes económicos, los propios banqueros y los funcionarios europeos a su servicio alaban su gestión y las reformas realizadas pero eso, en lugar de servir para reforzar políticamente al gobierno, a su presidente y al partido que lo mantiene, lo ha llevado a un descomunal desastre electoral.

No parece extraño que pueda ocurrirle eso a un líder y a un partido cuando de pronto comienzan a hablarle en otra lengua a quienes confiaron en ellos y cuando practican justamente lo contrario de lo que le habían ofrecido y prometido en su contrato electoral. Y, sobre todo, cuando eso lo hacen como si nada, o incluso justificando sus nuevos compromisos diciendo que es lo mejor y que con ellos hacen lo que más les conviene.

La gente ha contemplado una auténtica metamorfosis que se ha querido justificar como una adaptación consciente y deseada a la nueva situación pero que nunca pudo disimular que, en realidad, era impuesta y en el fondo indeseable para todos. Y eso tiene su coste.

El problema al que ha dado lugar todo es que una buena parte del electorado socialista debe haberse preguntado qué sentido tiene apoyar a un partido que en el gobierno no sirve para hacer aquello para lo que afirma que sirve. Y que, además, lo que hace fuera de su guión original lo hace mal.

Un partido de izquierdas haciendo políticas de derechas está a mi juicio condenado a fracasar electoralmente por tres razones. Primero, porque es lógico que una parte de su electorado potencial y la población en general tienda a pensar que esas políticas siempre las hará mejor un partido de derechas. Segundo, porque la traición a sí mismo siempre genera desconfianza y desafección. Y tercero porque la política de derechas en su sentido más amplio (desde la que produce empobrecimiento, endeudamiento, exclusión o simplemente hasta debilitamiento de la democracia o una mayor concentración mediática) crea inevitablemente ciudadanía de derechas que a la postre se identifica electoralmente con su representación política más genuina.

En esta delicada situación se dice que lo que tiene que hacer el partido socialista es retomar los principios socialdemócratas pero decía al principio que no es fácil que eso resuelva la situación porque una cosa es asumir esos principios y otra cosa es poder hacer políticas socialdemócratas.

Para llevar estas últimas a cabo, lo que efectivamente daría un vuelco a la situación permitiendo recuperar derechos e ingresos a las clases trabajadoras, fortaleciendo la democracia y generando un equilibrio político diferente, haría falta disponer de apoyo y de fuerza de presión social que es a la que el partido socialista ha renunciado a lo largo de esta última crisis.

Los partidos socialistas han tirado por la borda en los últimos años una buena parte de sus viejos ideales pero no es esa la renuncia más costosa. La peor ha sido la que lleva a preferir soportarse en el liderazgo personal y en el marketing en lugar de hacerlo sobre la militancia y en la sociedad movilizada.

Las políticas socialdemócratas que proporcionaron indudables avances sociales, quizá los más grandes o al menos más sostenidos de los últimos ciento cincuenta años, se pudieron llevar a cabo solo como resultado del equilibrio de fuerzas entre las clases, gracias a la fortaleza de las clases trabajadoras, y no solo porque los partidos socialdemócratas tuvieran líderes muy atractivos.

Por eso, por mucho que se empeñen nuevos líderes del partido socialista en asumir el ideario socialdemócrata (como creo que sinceramente ha deseado siempre José Luis Rodríguez Zapatero) su empeño será inútil, es decir, no podrán traducirlos en políticas socialdemócratas efectivas (como le ha pasado a nuestro presidente), si siguen renunciando a la movilización social y al apoyo de un partido vivo, para limitarse a basar la acción política (como en mi opinión ha hecho ZP) en el discurso agradable, en la atracción mediática y en el poder personal absoluto sobre un partido desmovilizado y desconectado de su sociedad más próxima.

Lo que ocurrió el 22-M no fue solo un incidente electoral. Y el partido socialista puede volver a sufrir derrotas semejantes, o incluso peores, si no cambia de registro político. Para ser un remedo de la derecha basta ésta última pero si desea ofrecerle a su electorado potencial los frutos de las políticas socialdemócratas que marcaron sus momentos de mayor esplendor no basta ya con que lo diga un líder que dé bien en las pantallas. Tendrá que empezar por el principio y lograr que sea su propio electorado el que le pida que las ponga en marcha.

Juan Torres

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