09 PM | 15 Abr

el aroma de los tilos

últimamente paseo de noche por Vilafranca: sí, soy aquella sombra nada amenazante que, a primera hora de la madrugada, recorre las calles de la ciudad con un libro de poesía en la mano. Hará tres semanas, durante mi trayecto, percibí una fragancia dulzona al pasar bajo unos árboles que parecen montar guardia ante el viejo instituto. La relacioné con el aroma empalagoso del jazmín, que, como es sabido, uno distingue más nítidamente cuando se pone el sol.

Ya en casa, aún con el recuerdo de ese aroma en mi memoria, busqué en mi biblioteca el libro de los poetas de Al-Ándalus, traducidos por Josep Piera, hace un porrón de años. Creía recordar que en uno de esos versos tan hermosos aparecía el jazmín, implicándonos en la sensualidad de su llamamiento. Pero nada encontré. ¿Acaso había confundido esa referencia con la del toronjil? Entonces se me ocurrió que Marià Manent debió de decir algo sobre el jazmín. Fue en vano. ¿Había cambiado su fragancia con la de los tilos?

Yo suponía que lo que había percibido era aroma de jazmín. Sin embargo, al cabo de unos días pregunté a mi amiga Isabel qué árboles eran aquellos que olían tan bien, los de delante del viejo instituto. “Son tilos –me respondió–. De flores amarillas. Su fragancia no es tan untuosa como la del jazmín”. Me vino a las mientes el poema de Manent que había releído recientemente, Sentint per primera vegada l’aroma dels til·lers florits, que empieza así (traduzco): “¡Aroma de tilos floridos, tan nueva y dulce / para mí! No despiertas ni un ápice de recuerdo. / El pasado no se filtra en esta sombra de oro: / solo vive tu sueño, dulce arboleda”.

Había confundido el perfume de los tilos con el del jazmín. Pero la poesía, astutamente, me había mandado una señal inequívoca. Como Manent, yo tampoco disponía de ningún recuerdo del perfume de los tilos, aunque una vez tuve una ramita en la mano. Hace diez años. Doña Paquita, que para entonces ya había perdido la memoria, dejó encima del parabrisas de cada uno de los coches de los que celebrábamos la verbena de San Juan, cerca de su casa, en plena naturaleza, una ramita de ese árbol, sombra de oro, cual firma de un fantasma. Cortada, no olía, a diferencia de las ramas floridas que penden sobre las calles de mi ciudad, tan odorantes, este año de abundante agua, que hacen llover miles de florecillas amarillas sobre el asfalto.

JORDI LLAVINA

Me recuerda la plaza de los tilos a la que voy habitualmente

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07 PM | 14 Abr

a nuestros amores

¿No cree que se pueda morir de amor? El otro día me dijo que había amado. ¿Pero qué es el mundo? Debe despreciar a las mujeres que le aceptan tal como es y despiden al último amante para atraerle a sus brazos con los besos de otro en los labios”.

La primera imagen de A nos amours nos muestra a Suzanne (deslumbrante debut cinematográfico de una Sandrine Bonnaire con exactamente la misma edad que el personaje que interpreta), leyendo un fragmento de la obra teatral que está ensayando durante las colonias de verano (Con el amor no se juega, tragicomedia romántica escrita en 1834 por Alfred de Musset). Un texto que vaticina el errático deambular de la adolescente protagonista en su precoz incursión en el siempre complejo mundo de las relaciones sentimentales y sexuales, agravado en este caso por el sentimiento de insatisfacción que le provoca su consciente incapacidad de amar (“¡Eres una orgullosa! ¡Ten cuidado! Tienes dieciseis años y no crees en el amor”, se diría que le recrimina en un momento su hermano Robert – Dominique Besnehard – recitando un párrafo del texto de Musset).

De pie, en la proa del barco de su hermano Robert, Suzanne parece buscar en el horizonte el verdadero sentido de aquello que es llamado ‘amor’ ( “la felicidad es una perla escasa en el océano de este mundo”, escribe Musset) pero muy pronto desiste de su empeño para girarse con una sonrisa hacia sus compañeros de travesía. Y así, después de distanciarse de su novio Luc (Cyr Boitard), la protagonista transitará de amante en amante, en una actitud entre fatalista y resignada que acabará convirtiéndose en una dramática huida hacia adelante (“No es muy agradable vivir sin querer a nadie”, le confiesa en un momento a uno de sus amantes; y más tarde, después del enésimo y violento enfrentamiento con su hermano Robert: “A veces estoy harta de vivir. Solo soy feliz cuando estoy con un tío”).

Hay, en la conducta de Suzanne, una reacción de respuesta al asfixiante ambiente familiar: madre frustrada (Evelyne Ker), víctima de cada vez más recurrentes ataques histéricos, hermano reprimido (en su evidente e inconfesada atracción por Suzanne) y padre exhausto (el propio Pialat) después de años de monótona convivencia, tal como le confesará a Suzanne en una de las mejores secuencias de la película (“Llega un día en que ya no puedes más. Creo que a mí me ha llegado”, se sincera el padre ante su hija poco antes de abandonar el hogar familiar ).

Con la ausencia del padre, único referente sentimental de la protagonista (“Cuando conozco a un tío pienso en mi padre. Me pregunto si le gustaría”), indefensa ante la actitud hostil de Robert y la madre, el desamparo de Suzanne es ya absoluto, y el personaje se verá abocado a un exilio (plasmado en la bella y tristísima imagen de la protagonista vagando sin rumbo bajo la lluvia) que únicamente podrá evitar en el último momento cediendo ante lo comúnmente establecido como correcto y aceptando un matrimonio que le ofrezca, sino amor ni felicidad, un estado de aparente y (únicamente transitorio) sosiego.

Según parece, el personaje del padre moría en el guion original. Sin embargo, durante el rodaje, Pialat cambio de opinión e hizo irrumpir a su personaje en la penúltima secuencia de la película (sin previo aviso y obligando a los actores a improvisar sus reacciones) para dinamitar la aparente normalidad familiar imperante ocho meses después de la boda de Suzanne. Un acto de rebelión con el que Pialat (padre y director) parece querer proporcionar a su protagonista una última y definitiva vía de escapatoria para proseguir su errática búsqueda de la felicidad.

David Vericat
© cinema esencial (enero 2016)

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09 PM | 08 Abr

AMANECE QUE NO ES POCO

Parece lo de siempre y es lo nunca visto: un joven ingeniero español, profesor de la Universidad de Oklahoma, vuelve a España para disfrutar de su año sabático. Su padre le ha comprado una moto con sidecar para realizar viajes de placer los dos juntos. Padre e hijo llegan a un pueblo de montaña, muy escondido. El pueblo parece vacío, pero no lo está. Lo que ocurre es que todos sus vecinos, menos el negro Ngé Ndomo, han ido a misa. Que todos los habitantes del pueblo vayan a misa todos los días del año es lo habitual. El cura se da tal maña con la liturgia que no hay fiel que quiera perderse el espectáculo.Pero no es esta la única peculiaridad del pueblo. La Guardia Civil, sin ir más lejos, vela por el orden con admirable meticulosidad: los borrachos han de beber su alcohol favorito, de uno en uno y hasta la ebriedad absoluta, los amantes han de gozar en los coitos por igual, los delincuentes deberán confesarse y poner en paz su alma antes de entregarse a las autoridades terrenas…En el pueblo se celebran elecciones generales cada año, y en ellas se eligen, por rigurosa votación, los cargos de alcalde, cura, maestro, puta, marimacho en período de prueba y seis adúlteras.Reunimos, para uso y disfrute de fieles y neófitos, las piezas clave —inéditas— de una de las películas más celebradas del cine español: Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda.

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02 AM | 08 Abr

AGNÉS VARDA

Agnés Varda, entre el documental y la ficción

Por Félix Alonso*.- / Abril 2019

agnesvardaEl pasado viernes día 29 a las 12 de la mañana la agencia Lexprex.fr daba la noticia del fallecimiento de la cineasta de la Nouvell Vague Agnès Varda. El cine-club del Colectivo-Rousseau, con sede en la Sala Juan Negrín, en la Casa del Pueblo de San Lorenzo de El Escorial, tenía programada La Cicatriz de Kieslowski, pero nada más conocer la noticia pusimos un comunicado urgente cambiando la programación para hacer un homenaje a la directora. Nos decidimos, entre sus películas, por Sans toit ni loi (Sin techo ni ley), ganadora del León de Oro del año 85. El argumento narrado entre la ficción y el cine documental, nos incomoda, nos sobrecoge, por dos motivos fundamentales, en primer lugar por la vigencia de la problemática que plantea y en segundo lugar porque su protagonista es una mujer joven.

La actriz que hace de la vagabunda Mona es Sandrine Bonnnaire, recordada por su participación en la película A nuestros Amores de Maurice Pialat. ¿Por qué es una vagabunda? No lo sabemos. Algunos ciudadanos que han coincidido con ella hablan con cierta admiración o incluso con algo de envidia, seguramente porque simboliza a la mujer valiente que opta por la libertad total, con todas las consecuencias. Libertad que es seguramente un mito, un espejismo, como muy bien se lo hace ver el filósofo, en su juventud bohemio, que ahora se dedica a hacer quesos. Le advierte que su forma de vida la irá llevando a la soledad y a la autodestrucción. Película muy recomendable para analizar la situación de los sin techo y los sin ley, que vemos en muchas de las esquinas de nuestras ciudades.

De lo que he podido ver, que no es todo ni mucho menos, recomendaría Cleo de 5 a 7 del año 61, rodada casi en tiempo real, paseos por las calles de París mientras se esperan los resultados de un análisis clínico. Estuvo casada con Jacques Demy, otro importantísimo cineasta de esta ola y autor de títulos como Los paraguas de Cherburgo (1964) y Las señoritas de Rocherfort (1967), tras su muerte en 1990 le dedicaría la película Jacquot de Nantes (1991) y basada en sus diarios y los documentales Les demoiselles ont eu 25 ans (1993) sobre Las señoritas de Rochefort y L’univers de Jacques Demy (1995) acerca de la vida y obra de su marido.

sin techo ni leyDe Todas las notas que he visto ayer, me quedo con la de Iciar Bollaín: ‘Nada me gustaría más que empezar esta breve nota diciendo que Agnès Varda ha sido un referente para mí, pero lamentablemente no puedo, porque la he conocido ‘tarde’. Y digo lamentablemente porque lo tiene todo para ser una figura inspiradora: Varda era directora, productora, guionista (cinescritora, como se llamaba a sí misma) fotógrafa, videoartista’.

Hacía cine mezclando la narrativa de ficción con la realidad. Los directores que tratan de hacer eso citan a menudo a Godard o a Loach entre otros muchos, como maestros y referentes, casi todos se olvidan de Varda de la misma manera que se produce olvido en las poetas el 27. Ahora mismo sería imperdonable que no fuera citada en el documental antibelicista titulado Loin du Viet-Nam. Varda participó en él, pero los críticos rara vez la mencionaban. Jill Forbes, colaborador de la prestigiosa Sight and Sound, comentaba, como nos recuerda Iciar: ‘El silencio es tan sistemático que la exclusión de Varda solo puede estar relacionada con el hecho de que es una mujer’.

Una de las películas que podemos ver, se encuentra fácil en la sección de documentales, es la conocida Los espigadores y la espigadora. Magnífico, Agnès Varda participa en su propio universo fílmico, y espiga todo lo que se mueve en una realidad que muchas veces no somos capaces de percibir. Buscar y rebuscar los pedacitos que están por ahí y no le damos importancia

No puedo terminar mejor que lo hace Bollain: ‘Ojalá todos los recientes homenajes y los que vengan sirvan para que las cineastas que estén tratando de encontrar su propia voz descubran fácilmente a esta mujer única, y que su cine, su libertad, su curiosidad, su radicalidad y su alegría de vivir y de crear les sirva de referente y de inspiración para ser, como Varda, ellas mismas.’

PUBLICADO EN LA REVISTA ENTRELETRAS

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02 AM | 08 Abr

bergman, su gran año

En el año 1957, el cineasta sueco Ingmar Bergman estrena El séptimo sello, dirige cuatro obras de teatro, entre ellas la superproducción con fama de irrepresentable Peer Gynt, rueda su primer telefilme, Llega el señor Sleeman,mantiene cuatro relaciones sentimentales al alimón, con dos amantes, una esposa y una cuarta mujer, con la que acabará casándose años después, tiene una úlcera que le causa terribles dolores, se encierra en un sanatorio pero allí saca tiempo para escribir Fresas salvajes, que acaba rodando a su salida, y pergeña En el umbral de la vida, que estrenará a principios del año siguiente. En esos días, a los 38 años de edad, escribe en su diario: “…Pero, claro, tengo cinco hijos y…”. A pesar de relatar el presente, se equivoca. No tiene cinco hijos: tiene seis, con tres mujeres diferentes.

BERGMAN, SU GRAN AÑO

Dirección: Jane Magnusson.

Intervienen: Liv Ullmann, Lena Endre, Roy Andersson, Thornsten Flinck.

Género: documental. Suecia, 2018.

Duración: 116 minutos.

No es extraño que la documentalista Jane Magnusson haya elegido 1957 para ambientar Bergman, su gran año,película centrada en la vorágine creativa y humana de un tiempo esencial, pero que además se despliega con criterio hacia el pasado y el futuro de aquellos volcánicos 365 días, para así aclarar lo seguramente inexplicable. El genio de un artista soberbio, en la doble extensión de la palabra, capaz de enamorar y de humillar, de estar rodeado y de sentirse aislado.

Magnusson entra a todas: política, sociedad, religión, familia, psicología, arte, salud, alimentación, amor, sexo y, sobre todo, cine. E incluso aporta exclusivas, como una antigua entrevista de los años ochenta con el hermano de Ingmar, nunca emitida por el veto del ser todopoderoso que todo lo dominaba, que abre posibles nuevas interpretaciones sobre sus infancias y, claro, sobre Fanny y Alexander. Y lo hace con un gran sentido de la didáctica en lo cinematográfico y una formidable capacidad para el retrato humano complejo del ser más contradictorio. A veces, incluso parece una tesis ilustrada (con convicción y estilo), conformada a partir de material de archivo y de entrevistas actuales, en la que Magnusson va virando por cada uno de los temas sin que se noten los volantazos y sin resultar esquemática.

Hablan sus amigos, pero también, si no sus enemigos, sí sus críticos y detractores, a los que destrozó o intentó destrozar, que destapan el lado oscuro del genio. Y, por encima de todo, en el documental, respetuoso pero fiscalizador, está presente su cine, apoyado, cómo no, en su vida: un brillante legado de sensibilidad, pureza, trascendencia y estética, que se entiende mucho mejor a partir del complejo retrato del hombre.

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