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Fomento de la cultura y profundización de los valores democráticos y del medio ambiente

06 PM | 17 Mar

COLD WAR

COLD WAR, DE PAVEL PAWLIKOWSKI

Cold War, de Pavel Pawlikowski

En la Polonia de 1949, que se encuentra bajo control del régimen soviético, Wiktor e Irena recorren el país escuchando y catalogando las canciones tradicionales que se han conservado en la memoria del pueblo. Su búsqueda les lleva a fundar, después de varias audiciones, un coro de voces capaz de transmitir y actualizar este legado musical, donde laten el dolor y la humillación de un pueblo abandonado.

Entre estas voces se encuentra Zula. La atracción entre Wiktor y la joven es inmediata y pronto asistimos a la eclosión de un amor cáustico y torrencial, que florecerá a largos intervalos en las grandes capitales de una Europa ensombrecida por el espectro de la Guerra Fría. Estos son los cimientos de Cold War (Zimna wojna, 2018), del cineasta polaco Pawel Pawlikowski, que firma una puesta en escena sobria y elegante, heredera estilística de su anterior propuesta, la celebrada Ida (íd., 2013). Así, el formato académico acota de nuevo unas composiciones cuidadísimas, esculpidas por la luz en un precioso blanco y negro.

Hay, ciertamente, un eco de Brassaï en las imágenes de Pawlikowski. “El ojo de París” resuena en las noches vibrantes de la capital francesa, asoma en los espejos, en los bares cargados de humo, en las esquinas neblinosas de la ciudad, en los contrastes sugerentes entre luz y sombra. Sin caer en ejercicios de nostalgia trasnochada, Pawlikowski encapsula el espíritu de otro tiempo a través del ritmo y la composición, adentrándose cómodamente tanto en el bullicio parisino como en la austeridad polaca; y su blanco y negro, a cargo de Lukasz Zal, luce toda la vigencia de un Philippe Garrel.

Llama la atención el contraste entre la contención del aspecto formal, que mantiene su distancia elegante y sensual incluso en la desatada escena de baile en el Éclipse, y lo desbordante que resulta la historia contada. La pasión y los celos se entretejen en una serie de encuentros y desencuentros entre Wiktor y Zula, dispares en el tiempo y la geografía, y la intermitencia de su relación impone una estructura narrativa repleta de elipsis, algo que contribuye a agrandar el distanciamiento emocional respecto a la historia. Se omiten las largas separaciones, el tiempo pasado sin buscarse, buscándose sin encontrarse; parejas y amantes son un pormenor escrito en los márgenes. El suyo es un amor latente, de fondo, condenado a renacer una y otra vez frente a las imposibilidades de su materialización.

La música (diegética) apuntala el transcurso de la narración, resiguiendo el discurso emocional sin subrayarlo, transformándose con los personajes. El tiempo pasa, los cuerpos envejecen y también las canciones se mimetizan con los distintos momentos vitales de Wiktor y Zula, pasando de la aspereza rural a la melancolía jazzística. Al mismo tiempo, la música adquiere también una dimensión política: ante el éxito del coro tradicional, que empieza una larga gira por Europa, el régimen opta por convertirlo en un instrumento propagandístico, mezclando alabanzas estalinistas con las canciones de raíz popular. Frente a esta tergiversación perversa de la herencia cultural, se impone una disyuntiva radical que obliga a elegir entre la conformidad o el exilio.

Estas decisiones dramáticas, fruto de las coordenadas históricas, alimentan la intensidad de una relación que se imbuye de las inconsistencias de su tiempo. El amor de Wiktor y Zula se somete a los vaivenes de la Historia y adquiere así sus proporciones colosales, su resonancia atemporal y su aura fatalista.

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03 PM | 17 Mar

maldades preelectorales

El “pucherazo” de Ciudadanos en Castilla y León ha mostrado de forma desgarradora cómo se pueden llegar a hacer usos deshonrosos para obtener resultados favorables en procesos internos. He compartido en Facebook la página del Colectivo-Rousseau en la que recomendábamos la lectura del libro sobre los partidos de los profesores Joan Navarro y José Antonio Gómez Yáñez, y me produce una pequeña alegría comprobar que algunas de las cuestiones que plantean las he desarrollado aquí en más de una ocasión. Dan soluciones para una mejor profundización de la democracia y una mayor participación de la ciudadanía en la vida cotidiana de los asuntos públicos dentro de los partidos. 

Hace ahora cuatro años, los periódicos de la época daban cuenta de la asamblea local del PSOE de San Lorenzo de El Escorial en la que se eligió al candidato a la Alcaldía de San Lorenzo. Todos recordamos que fue elegido Francisco de Gregorio, si bien luego el cartel electoral lo ocupó Francisco Herráiz. Por aquellos días mi preocupación de filosofía-política consistió en estudiar la dicotomía legalidad-legitimidad, siguiendo las teorías de Elías Díaz, ya que me parecía evidente que el cambio de cartel se debió de explicar no ya a la Asamblea de afiliados, sino a todo el pueblo. Por ahí andará, para los que quieran indagar, un artículo con el título: “Nos merecemos una explicación”.

Como dice Cristina Monge, el momento de elección interna en los partidos para la representación institucional es vital, y tanto si se emplea la vieja táctica de la mesa camilla, como las diferentes versiones de primarias, se utilizan todos los medios para hacerse con el tablero. Los que van de modernos, el pucherazo digital, y los clásicos un buen cocinado de censo, con cartabón y escuadra, para haciendo sumas y restas, de manera que combinadas con los brazos de madera se pueda obtener el resultado anhelado.

Si hace cuatro años mi problema filosófico era legalidad-legitimidad, ahora, a raíz de las informaciones sobre la elección de candidatos al Ayuntamiento por el PSOE local, es si la democracia está por encima de la ética. Me estoy empapando ya de los libros de Santesmases (“Ética, Política y Utopía”), los de Fernández Buey (sobre la ética de la responsabilidad) y asistiré al homenaje de Adela Cortina, para cuando se publique el currículo de la composición íntegra de la lista electoral. ¿Nos seguirán debiendo una explicación?

Félix Alonso

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01 AM | 11 Mar

Sin conciencia


Sin conciencia
The enforcer. Bretaigne Windust, Raoul Walsh. (1951). Cine Negro. Estados Unidos. V.O.S.

Una película tan interesante como desconocida. Además tiene la particularidad de ser una de las cuatro facturadas por Santana, la productora que montó el propio Bogart, y que nombró como a su yate. Aunque no aparezca en los títulos de crédito, ya que figura Warner Bros.

El director original, Windust, hubo de ser sustituido por enfermedad, y las escenas finales de acción llevan la marca indiscutible de Raoul Wlsh. En cualquier caso, resulta una obra muy bien trabajada, desde el guion hasta las interpretaciones.

A pesar de que la trama se desarrolla en una noche, la sucesión de flashback acumulativos permite abarcar un periodo de tiempo de más de una década, lo que e imprime un ritmo apabullante al relato y mantiene magnetizada la atención del espectador. Realmente interesante e imprescindible para explorar todas las facetas de Bogart, persona y actor.

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