Vengo de este baluarte bizantino que es Trieste, austriaco desde la Edad Media, italiana desde la Primera Guerra Mundial (¿cómo no acordarme del ciclo de cine que hemos hecho este año?) encrucijada de intereses. Allí nacieron escritores como Boris Pahor, Italo Suero, Vladimir Bartos, o Claudio Magris. Allí escribió James Joyce «Retrato de un artista adolescente», y en el castillo del Duino Rilke firmó algunos de los poemas que hemos leído en la Librería el Cisne Negro. Trieste da para mucho, lo mismo que podría dar San Lorenzo, que imprime una personalidad melancólica, con un ambiente literario y cultural por descubrir en muchas de sus facetas. Si paseas por el Jardín de los frailes hay que recordar necesariamente a Azaña, si te metes en la Iglesia Vieja al Padre Soler, si subes a la Cruz Verde a Juan Negrín, si te adentras en Abantos a Luis Ceballos, cuando escuchas el silencio tge llega la música de Rodolfo Halfter, si paseas por Florida te encuentras con José Ortega y Gasset. He ojeado un libro de José María Torrijos, titulado «El Escorial en la literatura» y allí sobresale Unamuno.En fin, un pueblo con muchas posibilidades, las mismas que Trieste, que ahora, durante la campaña electoral, deberían los partidos presentarnos sus propuestas.
Nosotros, me refiero al Colectivo Rousseau, hemos editado este año tres libros: «Marx hoy», «Nietzsche en San Lorenzo de El Escorial», y «Reivindicando a Galdós», y hay que decir con claridad que no podemos salir de casa, nos los quitan de las manos. Todos los partidos hacen propuestas culturales en sus programas, y Esteban nos ha invitado a su presentación cultural. Desconfiamos de todos, nos sentimos solos en muchos momentos. Veremos que nos cuenta.
En Rio de Janeiro, Orfeo se gana la vida como conductor de tranvías y músico, feliz con su novia Mira. Durante la semana de Carnaval, cruza la mirada con Eurídice, una chica que ha llegado a la ciudad huyendo de un acosador, y tiene un flechazo inmediato. Resulta que la prima de Eurídice, Sarafina, es amiga de Orfeo y Mira, por lo que el joven no tarda en volver a encontrarse con su misterioso objeto de deseo, que se le acerca bailando una provocativa samba mientras lleva puesto un vestido de su prima. Mira se pone hecha una furia cuando descubre la identidad de la bailarina, pero esa no es la mayor preocupación de Orfeo, sino que Eurídice está siendo acechada por la Muerte, que la persigue entre la multitud que se agolpa festejando en las calles y la conduce hasta una morgue. ¿Podrá Orfeo salvar a su amada y no echar la vista atrás?
Eric Roberts fue uno de los actores más promisorios de fines de los 70 y primeros años de la década de los ochenta en Estados Unidos. Trabajó con Bob Fosse en Star 80, con Stuart Rosenberg en The Pope of Greenwich Village y con Andréi Konchalovski en Runaway Train, película en donde realizó una de sus mejores actuaciones y que le proporcionó una nominación como Mejor Actor Secundario en los premios Oscar. Sin embargo, y mucho antes de la debacle de Nicolas Cage o de Steve Seagal, el hermano de Julia Roberts se perdió en una serie de películas intrascendentes y de mala calidad hasta el punto de convertirse en una suerte de caricatura de sí mismo en roles de villanos o mafiosos (salvo en algunos papeles dramáticos como en It`s My Party de Randal Kleiser y en filmes de culto como The Ambulance de Larry Cohen).
Uno de las buenas películas de Eric Roberts en los 80 fue The Coca-Cola Kid, filme del cineasta serbio Dusân Makavejev. El recientemente fallecido director, quien fue reconocido por sus obras WR: Mysteries of the Organism y Montenegro, desarrolló uno de sus trabajos más ambiciosos. La historia del filme sigue las aventuras de Becker (Eric Roberts), un brillante ejecutivo de Coca-Cola que viaja a Australia para desarrollar y promover nuevos negocios de la célebre firma estadounidense. Durante su viaje descubre una ciudad en la que aún no se vende la famosa bebida, lo que lo lleva a poner en marcha diversas estrategias de marketing. En el camino conoce algo de las excentricidades de la idiosincrasia australiana, además de T. George McDowell (Bill Kerr), veterano productor de bebidas que no acepta las tretas comerciales de Coca-Cola y que todavía considera que ciertos negocios tienen que ser familiares y lejos de calculados criterios empresariales.
El filme de Makavejev no tuvo el permiso de Coca-Cola Company, si bien los ejecutivos de la multinacional una vez visto el resultado no pusieron objeciones. Al contrario, se sintieron alagados de ver un filme que mostraba su marca, los tradicionales colores rojo y blanco, en un gran número de escenas. Ahora bien, quizá lo que no detectaron o no les importó fue la sátira presente en el filme, el que funciona en ocasiones casi como una comedia negra. Eric Roberts convence en su papel, el que en ocasiones puede ser despiadado y en otras excéntrico o romántico, pero lo más interesante es cómo a través de él se deslizan determinados subtextos en la historia que vemos en pantalla.
Dusân Makavejev profundiza en las dinámicas expansionistas de las grandes corporaciones estadounidenses y Coca-Cola es casi un símbolo mundial de aquella masificación comercial. El líquido burbujeante de esta bebida en cualquier cultura transmite felicidad y vida. Esa es su principal oferta, pero en el camino destruye tradiciones. Pareciera ser que detrás del producto hay ejecutivos convencidos de la idea de que todo es negociable, todo tiene su precio y siempre existirán tanto ganadores como perdedores. El ejecutivo Becker es un hombre sensible que prefiere comprometerse con la empresa que representa. Sin embargo, en las tierras australianas y gracias a Terri (Greta Scacchi), una peculiar secretaria, logra humanizarse.
The Coca-Cola Kid es la glorificación de una marca en torno a campañas publicitarias que son alegres, que toman lo autóctono para convertirlo en un producto entretenido, masivo y cercano. Es una ilusión, si bien tiene un reverso menos dulce y más amargo. Cuando Becker comienza a ser consciente de ello es el momento en que pierde el control, a la vez que se da cuenta del daño indirecto que produjo.
Cuando vi The Coca-Cola Kid vi un tipo de comedia más excéntrica que podría ser el antecedente al humor más elaborado de las obras de cineastas como Wes Anderson, de David O. Russell (El Lado Bueno de las Cosas) o de Jason Reitman (Gracias por Fumar). Incluso, creo que fue una película un poco adelantada al año de su estreno y que lamentablemente ha pasado desapercibida para muchos cinéfilos y espectadores. Estamos ante un filme interesante y provocativo que muestra el valor como cineasta de Dusân Makavejev, el talento interpretativo de Eric Roberts y la dualidad de una bebida que para bien o para mal pareciera estar presente en cada uno de los momentos más especiales de nuestras vidas. ¡Gran filme por redescubrir!
Título original: The Coca-Cola Kid (también conocido como Coca-Cola Kid) / Director: Dusân Makavejev / Intérpretes: Eric Roberts, Greta Scacchi, Bill Kerr y Chris Haywood / Año: 1985.
La pregunta que nos hacemos los analistas después de ver los resultados de las elecciones generales en nuestro pueblo son las siguientes: ¿con un 23,89 de porcentaje del PSOE y un 17 de Unidas Podemos podría gobernar la izquierda? ¿Quién podría tener más apoyos CS o PP? ¿va a condicionar VOX el resultado? Una simulación de la Ley D’HONT daría cuatro concejales al PSOE, cuatro a CS, tres al PP, tres a VOX y tres a Podemos, con lo que el trio de Sevilla podría gobernar.
Sucede no obstante, que se van a introducir algunas variables que pueden modificar la proyección y que convendría tener en cuenta: por un lado el partido Vecinos se incorpora al tablero, con la característica que lo lidera la actual alcaldesa, por otro Podemos e Izquierda Unida compiten por separado, (división clave para la configuración del nuevo escenario) y finalmente no sabemos si la crisis del PSOE local puede afectar a los votantes. Hay señales curiosas, como por ejemplo, que un miembro de su ejecutiva aparezca como independiente en el pueblo vecino.
La sociología de nuestro pueblo es compleja, en un artículo reciente yo hacía una propuesta a modo de boutade, pero que tenía una cierta carga de realismo, y era que la actual Alcaldesa liderara un movimiento progresista. Luego vi con buenos ojos la apuesta del concejal socialista Diego Díaz, me parecía que podía sumar votos de ciudadanos y de la parte templada del electorado, aprovechando el flujo de Sánchez en las generales. Si el trio de Sevilla se lo propone, ya que suman el 56,90 por ciento de los apoyos, va a ser muy difícil tener alcalde socialista, por mucho que por disciplina yo vote a su candidato. Si hace cuatro años, se me hubiera tenido en cuenta, ahora estarían los socialistas en mejores condiciones para alcanzar la Alcaldía, está claro que tengo poco predicamento.
Una de las imágenes que me dejó el día de la jornada electoral fue la visualización de un conocido empresario, con muchos millones en su cuenta, y un obrero tieso, que las pasa putas para llegar a fin de mes, envueltos en la misma bandera de VOX. Al llegar a casa he rebuscando entre los libros de mi desordenada estantería y he encontrado uno del profesor Jacques Julliard, El fascismo que viene, publicado por Acento editorial en 1994.
Me he detenido en él para recordar lo que tenía subrayado y, al mismo tiempo comprobar si el paso del tiempo había hecho mella en el mismo. Un recorte de prensa que está entre sus páginas, y teniendo en cuenta que el mismo está escrito en el momento de la descomposición de Yugoslavia, decía lo siguiente: «El resurgimiento del nacionalismo encuentra su fuerza en los países del este en la desaparición del orden antiguo, y, en Occidente en las dificultades crecientes que conoce la economía de mercado para organizar el trabajo en función del progreso técnico. En este punto, es inevitable trazar un paralelo entre la actual situación y la que conoció el mundo en vísperas de la toma del poder por Hitler en la Alemania de 1933«. Necesitamos una derecha civilizada que no abrace los postulados de la extrema derecha, ¿serán capaces en nuestro pueblo de no permitir que entren en el gobierno? Pactos podrían dar para que así sea.