No es casualidad que Francesc-Marc Álvaro dedique Ensayo general de una revuelta a Jaume Lorés. A los jóvenes dudo que el nombre les suene, pero los veteranos lo recordarán. Durante años, Lorés fue un sospechoso habitual de estas páginas, destacando por dos virtudes envidiables: la lucidez irónica –la estrategia para discrepar de los propios– y la inteligencia analítica –el talento necesario para sistematizar aquello que se quiere comprender–. Este hijo de la ilustración católica de la posguerra –de la progresista y la nacionalista– fue uno de los mejores ensayistas sobre la cultura del catalanismo contemporáneo ( La transició a Catalunya es memorable) y uno de los mejores intérpretes en directo de su presente político.
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Alfonso Peláez (Colectivo Rousseau)
21 de noviembre de 2018
El ciclo de Humphrey Bogart consiguió una notable audiencia. Fue una demostración de que el cine más clásico sigue suscitando interés. Aquel resultado nos está animando, ahora, a revisitar otro clásico indiscutible: el director y productor Howard Hawsks.
Hawks fue un chaval de espíritu inquieto que a principios del siglo XX, con veintipocos años montaba en moto, amaba los coches de carrera, construyó su propio avión y había heredado de su abuelo varios cientos de miles de dólares, además de una habilidad portentosa para narrar historias. Este muchacho tan vitalista llegó a Hollywood en sus primeros albores. Traía dinero y unos conocimientos teóricos (académicos y escasos) de arquitectura, que, sin embargo, le facilitaros el comienzo. Así empezó a trabajar en los decorados de las películas. Era la época de la indefinición profesional. Cuando cualquiera podía ser decorador, productor, actuar, y al tiempo redactar guiones. Hawks debió hacer de todo eso. Lo cual tampoco era mala cosa para aprender el oficio desde abajo.
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