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Clara es una mujer mayor que pone un anuncio en un periódico para conocer a un hombre de su misma edad y que sea judío como ella. Saúl responde a su demanda, pero después de una agradable charla le revela que no es judío. Entonces Clara le propone contratarlo para hacerse pasar por su pareja. A partir de sus encuentros nace una historia de amor entre estos dos personajes agobiados por la soledad.
Historia de amor otoñal dirigida por el realizador argentino Eduardo Mignogna. El film recupera el leivmotiv del amor crepuscular, el florecimiento de los sentimientos en la última etapa de la vida. Los protagonistas son dos personas maduras, para las que, según la sociedad, ha pasado la edad de enamorarse. En cambio, para ellos, ese amor les hace sentirse jóvenes y les dará fuerzas para enfrentarse a la moral establecida. La pareja protagonista está interpretada por dos prestigiosos actores argentinos, Federico Luppi y Norma Aleandro, quien ganó por su trabajo el premio de interpretación femenina del Festival de Cine de San Sebastián en 1996. Luppi y Aleandro ya habían trabajado juntos anteriormente en títulos como “Cien años no debo” y “Las tumbas”.
Filmar el amor entre dos cuerpos es un problema tan complejo que la historia del cine proporciona un limitado repertorio de clichés de representación para quien no quiera perder tiempo en resolverlo. Un sol interior, último largometraje de Claire Denis, se abre con dos cuerpos haciendo, supuestamente, el amor, pero lo que acaba registrando la directora es algo más irrepresentable: el abismo, insalvable, que se abre entre esos dos cuerpos en el infructuoso empeño de amarse. En la génesis de este trabajo hay, como en L’intrus (2004), un texto filosófico: si allí el ensayo homónimo de Jean-Luc Nancy prendió la mecha de la inspiración, el encargo de adaptar los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes, texto publicado en 1977, es lo que desencadenó el complejo proceso creativo que desemboca en Un sol interior. Como ya señaló Domènec Font a propósito de L’intrus, aquí no resulta pertinente hablar tanto de adaptación como de infiltración.
Fragmentaria y antijerárquica colección de experiencias, citas y reflexiones orientada a determinar la estructura del discurso amoroso –es decir, lo que enuncia el sujeto que ama-, la obra de Barthes se ordenaba a partir de un listado alfabético de conceptos de los que Denis y su coguionista Christine Angot han decidido privilegiar uno: agony, que la cineasta define como “una forma chic y ligeramente presumida de decir que alguien está sobrepasado por los problemas amorosos: el ideal frustrado, la eterna expectativa” y que Barthes, en la traducción de Eduardo Molina, acercaba al concepto de angustia: “El sujeto amoroso, a merced de tal o cual contingencia, se siente asaltado por el miedo a un peligro, a una herida, a un abandono, a una mudanza”.
Juliette Binoche encarna a ese sujeto amoroso enfrentado al abismo de no encontrar nunca el ideal. Un sol interior somatiza el texto de Barthes a través de su estructura discontinua, puntuada por elipsis y sofisticados ecos entre secuencias y diálogos. Las sutilezas que minan la posibilidad del amor son la materia esencial de una película que aborda cada una de sus secuencias como un problema de lenguaje que Denis y su fiel operadora Agnès Godard resuelven con tanta imaginación como voluntad de juego. El tenso acoso a un camarero en la barra de un bar, un baile como acto comunicativo primario o el monólogo de un gurú proporcionan algunos de los momentos más memorables en una película sabia de pies a cabeza.