La izquierda keynesiana interpreta de forma más o menos convergente la nueva crisis económica mundial que comenzó en el mercado inmobiliario norteamericano y se desparramó por las venas abiertas de la globalización financiera. Siguiendo el argumento clásico de Hyman Minsky (1) sobre la tendencia endógena de las economías monetarias a la «inestabilidad financiera», las burbujas especulativas y los períodos de desorganización y caos provocados por la expansión desregulada del crédito y del endeudamiento, momento en el que se hace inevitable la intervención pública y el rediseño de las instituciones financieras (2), sin que esto amenace la sobrevivencia del propio capitalismo. Por eso, a pesar de sus divergencias con respecto a valores, procedimientos y velocidades, todos los keynesianos piensan en la eficacia, y proponen, en este momento, una intervención masiva del Estado, para salvar el sistema financiero y reactivar el crédito, la producción y la demanda efectiva de las principales economías capitalistas del mundo (3). En el caso de la izquierda marxista, entretanto, no existe una interpretación de la crisis que goce de consenso, ni existe acuerdo sobre los caminos del futuro. Algunos siguen una línea próxima a la de la escuela keynesiana y privilegian la financiarización capitalista como causa de la crisis actual, en tanto otros siguen la línea clásica de la teoría de la «sobreproducción», del «subconsumo» (4), y de «la tendencia a la caída de la tasa de beneficio» (5). Y todavía existe una izquierda postmoderna que interpreta la crisis actual como resultado combinado de todo esto, y además, de una serie de determinaciones ecológicas, demográficas, alimentarias y energéticas.(6) Desde el punto de vista propositivo, algunos marxistas piensan en la eficacia de una solución «keynesiana radicalizada», otros encuentran que llegó la hora del socialismo (7), y muchos consideran que se acabaron el capitalismo y la modernidad, y sólo cabe luchar por una nueva forma de globalización solidaria, en donde las relaciones sociales sean desmercantilizadas y el producto social sea devuelto a sus productores directos (8). En una línea diferente se ubican los autores neomarxistas que asocian las crisis económicas capitalistas a lo que ellos llaman ciclos y crisis hegemónicos mundiales, que incluyen – además de la economía – las relaciones globales de poder.(9) Estas teorías leen la historia del sistema mundial como una sucesión de ciclos hegemónicos, una especie de ciclos biológicos de los Estados y de las economías nacionales, que nacen, crecen, dominan el mundo y después decaen y son sustituidos por un nuevo Estado y una nueva economía nacional que recorrerá el mismo ciclo anterior hasta llegar a su propia hora de decadencia. En este momento, la mayoría de esos autores consideran que la crisis económica actual es una parte decisiva de la «crisis de hegemonía» de los Estados Unidos, que deberán ser sustituidos por un nuevo centro de poder y acumulación mundial de capital, que probablemente está situado en China. Por nuestra parte, creemos que la mejor manera comprender el «sistema inter-estatal capitalista» que se formó a partir de la expansión europea del siglo XVI no es a través de una metáfora biológica, sino cosmológica, mirando al sistema como si de un «universo en expansión» continua se tratara. Con un núcleo central, formado por los Estados y las economías nacionales que luchan por el poder global, que son inseparables, complementarias y competitivas, y que están en permanente preparación para la guerra, una guerra futura y eventual, que tal vez nunca ocurra, y que no es necesario que tenga que ocurrir. (10) Por eso los Estados y las economías que componen el sistema interestatal capitalista están siempre creando, al mismo tiempo, orden y desorden, expansión y crisis, paz y guerra. Y las potencias que una vez ocupan una posición de liderazgo, no desaparecen, ni son derrotadas por su «sucesor». Permanecen y tienden a fusionarse con las fuerzas ascendentes, creando bloques político-económicos cada vez más poderosos, como ocurrió, por ejemplo, en el caso de la «sucesión» de Holanda por Gran Bretaña, y de ésta, por los Estados Unidos, sucesión, esta última, que trajo consigo en la práctica un ensanchamiento de las fronteras del poder anglosajón. No existe todavía ninguna teoría que dé cuenta de las relaciones entre las crisis económicas y las transformaciones geopolíticas del sistema mundial. Pero lo que ya está claro hace mucho tiempo es que dentro del sistema interestatal capitalista, las crisis económicas y las guerras no son, necesariamente, un anuncio del «fin» o del «colapso» de los Estados y de las economías involucradas. Al contrario, las más de las veces, forman parte de un mecanismo esencial de la acumulación del poder y de la riqueza de los Estados más fuertes envueltos en el origen y en la dinámica de estas grandes turbulencias. Ahora bien, desde nuestro punto de vista, las crisis y guerras que están en curso, en este inicio del siglo XXI, todavía forman parte de una transformación estructural, de largo plazo, que comenzó en la década de 1970 y provocó una «explosión expansiva» y un gran aumento de la «presión competitiva» interna, dentro del sistema mundial. Esta transformación estructural en curso comenzó en la década de los 70, exactamente en el momento en que comenzó a hablarse de «crisis de la hegemonía norteamericana», y del inicio de la «crisis terminal» del poder norteamericano. Y en realidad, fue la respuesta que los Estados Unidos dieron a su propia crisis lo que terminó provocando esta transformación de largo plazo de la economía y de la política mundial que está en pleno desarrollo. Basta decir que fueron esos cambios liderados por Estados Unidos los que trajeron de vuelta al sistema mundial, después de 1991, a dos viejas potencias del siglo XIX, Alemania y Rusia, además de la inclusión en el sistema de la China y la India, y de casi todos los principales competidores de Estados Unidos en este inicio de siglo. En este sentido, además, la «crisis de liderazgo» de los Estados Unidos, después de 2003, sirvió solamente para dar una mayor visibilidad a este proceso que se aceleró después del fin de la Guerra Fría, ahora con nuevas y viejas potencias regionales actuando con cada vez mayor desparpajo en la defensa de sus intereses nacionales y en la reivindicación de sus «zonas de influencia». Desde el punto de vista del sistema interestatal capitalista, esta dinámica contradictoria significa que los EE.UU. todavía están liderando las transformaciones estructurales del propio sistema. La política expansiva de los EE.UU. desde 1970 activó y profundizó las contradicciones del sistema, derrumbó instituciones y reglas, hizo guerras, y acabó fortaleciendo a los Estados y a las economías que hoy les disputan la supremacía regional en los distintos rincones del planeta. Lo que pasa es que, simultáneamente, esas mismas concurrencias y guerras cumplieron y siguen cumpliendo un papel decisivo en la reproducción y en la acumulación del poder y del capital norteamericano, que también necesita mantenerse en estado de tensión permanente para reproducir su posición en la cima de la jerarquía mundial. Lo fundamental, al final de cada una de estas grandes tormentas, es saber quién quedó con el control de la moneda internacional, de los mercados financieros y de la innovación tecnológico-militar de punta. En este momento, no hay perspectiva de superación del poder militar de los EE.UU. en lo tocante a sus dimensiones actuales, a su velocidad de expansión y a su capacidad de innovación, pese a su fracaso en Oriente Medio. Y tampoco existe en el horizonte posibilidad ninguna de substituir a los Estados Unidos como «mercado financiero del mundo», debido a la profundidad y extensión de sus propios mercados y de su capital financiero, determinados por la centralidad internacional de la moneda norteamericana. Basta mirar la reacción de los gobiernos y de los inversores del mundo, que se están defendiendo de la crisis del dólar huyendo hacia el mismo dólar y hacia los títulos del Tesoro norteamericano, a pesar de su bajísima rentabilidad y a pesar de que el epicentro de la crisis esté en los EE.UU. Y lo que más llama la atención es que son exactamente los gobiernos y los Estados que estarían amenazando la supremacía norteamericana los primeros que se refugiaron en la moneda y en los títulos del su Tesoro. Para explicar este comportamiento aparentemente paradójico, es preciso dejar de lado las teorías económicas convencionales, no menos que las teorías de las crisis y «sucesiones hegemónicas», y mirar hacia la especificidad de este nuevo sistema monetario internacional que nació a la sombra de la expansión del poder norteamericano, después de la crisis de la década de los setenta. Desde entonces, los EE.UU. se transformaron en el «mercado financiero del mundo», y su Banco Central (FED) pasó a emitir una moneda nacional de circulación internacional, sin base metálica, administrada a través de las tasas de interés de la propia FED y de los títulos emitidos por el Tesoro norteamericano, que actúan en todo el mundo como base del sistema «dólar flexible». Por eso «la práctica totalidad de los pasivos externos norteamericanos es denominada en dólares y prácticamente todas las importaciones de bienes y servicios de los EE.UU. son pagadas exclusivamente en dólares. Una situación única, que genera enorme asimetría entre el ajuste externo de los EE.UU. y los demás países […] Por ello, también, la remuneración en dólares de los pasivos externos financieros norteamericanos, todos denominados en dólares, sigue de cerca la trayectoria de los tipos de interés determinados por la propia política monetaria norteamericana, configurando un caso sin ejemplo, por el que un país deudor determina la tasa de interés de su propia «deuda externa» (11). Una magia poderosa y una circularidad imbatible, porque se sustenta de manera exclusiva en el poder político y económico norteamericano. Ahora mismo, por ejemplo, para hacer frente a la crisis, el Tesoro norteamericano emitirá nuevos títulos que serán comprados por los gobiernos y los inversores de todo el mundo, según justifica el influyente economista chino, Yuan Gangming, al garantizar que «es bueno para China invertir mucho en los Estados Unidos; porque no hay muchas otras opciones para sus reservas internacionales de casi 2 billones de dólares, y las economías de China y los EE.UU. son interdependientes» (12). Por eso, desde mi punto de vista, y a pesar de la virulencia de esta crisis financiera y de los efectos en cadena de la misma sobre la economía mundial, tampoco habrá una «sucesión china» en el liderazgo político y militar del sistema mundial. Más bien lo contrario es lo cierto: desde un punto de vista estrictamente económico, lo más probable es que ocurra una profundización de la fusión financiera, en curso desde la década de los 90, entre China y los Estados Unidos, y esa integración resultará decisiva para la superación futura de la crisis económica. La crisis actual comenzó con forma de tifón, pero se prolongará en forma de «epidemia darwinista», capaz de ir liquidando a los más débiles, uno tras otro, a escala nacional e internacional, y profundizará la rivalidad imperialista que comenzó en los años 90. En la hora del regreso del sol, pocos estarán en la playa, pero con seguridad los EE.UU. todavía estarán al frente de ese grupo selecto. Y casi todos los países que estaban ascendiendo en las dos últimas décadas y desafiando el orden internacional establecido serán «reubicados en su lugar». En ese período habrá resistencias, y habrá conflictos sociales agudos; y si la crisis se prolonga, podrán multiplicarse las rebeliones sociales y las guerras civiles en las zonas de fractura del sistema mundial. Y no es improbable que alguna de esas rebeliones vuelva a plantearse objetivos socialistas. Pero desde nuestro punto de vista, no habrá un cambio en el «modo de producción», a escala mundial. Ni se asistiremos tampoco a una «superación hegeliana» del sistema interestatal capitalista. NOTAS: (1) Minsky, P.H.(1975); The Modeling of Financial Instability: An introduction; 1974, Modelling and Simulation. John Maynard Keynes, (1975, e): «The Financial Instability Hypothesis: A restatement», 1978, Thames Papers on Political Economy. (2) Wade, R. (2008) , «A new global financial architeture», in New Left, nº 53. (3) Ferrari, F. e Paula, L.F. (2008), Dossiê da Crise, Associação Keynesiana Brasileira, UFRGS. (4) Oliveira, F. (2009), «Vargas redefiniu o país na crise de 30», in www. cartamaior.com.br, 6/01/2009. (5) Brenner, R. (2008): «Una crisis devastadora en ciernes», en SinPermiso. (6) Tavares, M.C. (2008), «Entupiu o sistema circulatório do sistema do capitalismo», in www.cartamaior.com.br13/11/2008 e Belluzzo,L.G. (2008) «Cortar gasto publico?», www.cartamaior.com.br. 13/11/2008. (7) Amin, S. (2008). «There is no alternative to socialism», in Indian’s National Magazine, vol 25, Nº 26, de 20/12/2008, y Meszaros, I.(2009) «Una crisis estructural del sistema. Entrevista», en SinPermiso. (8) Wallerstein, I. (2008) «Depressão, uma visão de longa duração», in www.cartamaior.com.br, 13/11/2008. (9) Arrighi, G. (2008) «A hegemonia em cheque», in www.cartamaior.com.br, 19/06/2008. 10) Este argumento está desarrollado en J.L.Fiori : O Poder Global e a Nova Geopolítica das Nações , Editora Boitempo, São Paulo, 2007, y en el artículo «O sistema inter-estatal capitalista, no início do Século XXI», en J.L.Fiori, C.Medeiros e F.Serrano, O Mito do Colapso do Poder Americano, Editora Record, Rio de Janeiro 2008. (11) Serrano, F. (2008) «A economia Americana, o padrão «dólar-flexível» e a expansão mundial nos anos 2000″, en J.L Fiori, F. Serrano e C. Medeiros, O Mito do Colapso do Poder Americano, Editora Record, Rio de Janeiro, 2008. (12) Folha de Sao Paulo, 24-11-2008.
José Luis Fiori, profesor de economía y ciencia política en la Universidad pública de Río de Janeiro, es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
Uno de los deberes presente en todas las culturas, y en algunas, seña de su identidad, es el de la “hospitalidad”. Este deber ético, traducido incluso en forma de sanción cuando su omisión provoca riesgos para la integridad física del otro, está gravemente amenazado en España si prospera la anunciada reforma de la legislación de extranjería.
A la tendencia criminalizadora de la inmigración ilegal (considerar a la persona que quiere sobrevivir desplazándose por el planeta como un peligroso delincuente), se une ahora la de aplicar un marco sancionador a las personas que de manera solidaria ejercen el deber de la hospitalidad, colocando su comportamiento altruista como forma proscrita de”promoción de la permanencia ilegal en España”. Ello pone en automática situación de ilicitud a miles de personas que acompañan, hospedan en sus casas y apoyan a personas sin papeles. De este modo, onG, Congregaciones religiosas y ciudadanos, que vienen ejerciendo el deber de acogida y la solidaridad para con las personas inmigrantes en situación de irregularidad administrativa, verían perseguida su actuación. Más aún: la reforma pretende ampararse en el silencio cómplice de los ciudadanos ante estos atropellos contra la dignidad humana y los derechos fundamentales.
En concreto, el art. 53 c) del Anteproyecto de modificación de la Ley de Extranjería sanciona como falta muy grave con la multa de 501 a 30.000 euros “ a quien promueva la permanencia irregular en España de un extranjero. Se considera que se promueve la permanencia irregular cuando el extranjero dependa económicamente del infractor y se prolongue la estancia autorizada más allá del plazo legalmente previsto”.
Con el pretexto de proteger a los extranjeros sin papeles frente al abuso y las mafias, se incrementa exponencialmente su vulnerabilidad y se les priva de toda suerte de apoyo social solidario. Esta reforma legal tiene una enorme trascendencia ético-política: crea una norma que convierte en ilegal un principio-valor tan estructuralmente necesario en un Estado como es la solidaridad.
El objetivo de esta norma es intimidar a los ciudadanos españoles o extranjeros con papeles para que nieguen toda forma de apoyo a la persona en situación irregular y ésta se quede sin ningún tipo de ayuda, es decir, en la calle, sin comida, ni vestido, ni dinero, para que mediante la presión de esta situación de precariedad absoluta, vuelva a su país. Se olvida que “toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio” (art. 13 Declaración Universal del Derechos Humanos) y que “en caso de persecución toda persona tiene derecho a buscar asilo y disfrutar de él, en cualquier país” (art. 14 DUDH).
Ante esta situación, exponemos:
1.- Que hemos constatado, después de tantos años acogiendo y acompañando itinerarios vitales de personas en situación de extrema vulnerabilidad personal y social, el valor de la solidaridad y la convivencia en nuestros domicilios como forma concreta de expresión de corresponsabilidad humana y social con aquellos que no tienen los mínimos de supervivencia –casa, pan y trabajo-.
2.- Que una parte significativa de la responsabilidad de la miseria en que se hallan los pueblos de origen de quienes tiene que migrar a España está provocada por procesos históricos y políticas económicas y colonizadoras (y descolonizadoras) de los Estados del denominado Primer Mundo, que mantiene intereses en el sostenimiento de regímenes no transparentes ni democráticos en el Tercero (incluida, por cierto, la venta de armas y el tráfico de personas).
3.- Que el principio de solidaridad para con los más desheredados del mundo es un elemento ético de legitimación en una sociedad que se denomina democrática, que considera que los bienes de la tierra tienen un destino universal y que ni la propiedad ni las fronteras pueden tener un valor absoluto ante la miseria del prójimo y su derecho a sobrevivir.
4.- Que el Estado español pierde toda legitimidad ético-jurídica cuando legisla contra el contenido esencial de los Derechos Humanos, despoja de todo tipo de ayuda material a las personas en situación irregular y pretende intimidar con graves sanciones a quienes ejerzan la hospitalidad y el cuidado del otro.
Ante ello, con independencia de otras numerosas discrepancias, proponemos al Gobierno, en este punto concreto, como auténtico mínimo ético, que modifique el Anteproyecto en el sentido de incorporar al texto normativo la necesidad de “ánimo de lucro”en el infractor para que pueda ser sancionable.

Hay aniversarios que no tienen quien les escriba. Darwin, el sabio que facilitó la base teórica para romper amarras con el creacionismo, está siendo justamente celebrado en su doscientos cumpleaños. También Lincoln, el presidente norteamericano que desde la política acabó con la segregación racial, tiene su merecida cuota de reconocimiento. Pero apenas ha tenido eco el bicentenario de otro coloso de la emancipación, Pierre Josep Proudhon (1809-1865), el tipógrafo francés que acuñara el término anarquía como sinónimo de no-autoridad para identificar una escuela de pensamiento que pretendía pasar por la izquierda al liberalismo y al socialismo mediante la acción directa y el autogobierno de la sociedad civil. A los liberales, por su solipsismo de mercado, y a los socialistas, por su enrocamiento estatista. Y sin embargo, a pesar de ese desdén, la historia le reivindica. El suicidio del socialismo de Estado, tras su holocausto económico y vital; el no menos trágico derrumbe del neoliberalismo de mercado; y la búsqueda de una salida de urgencia refundando un poscapitalismo subvencionado deberían suscitar una renovada atención intelectual sobre el hombre que desbrozó caminos para que la sociedad industrial cambiara de base sin sacrificar la libertad ni renunciar a la conquista de la felicidad. Una utopía está para cuantos, desde Thomas Hobbes a Carl Schmitt, creyeron imposible un imaginario colectivo sin representación política exclusiva, que empezó a dejar de ser ucrónica cuando, primero en el mayo del 68, y ahora en la Grecia del siglo XXI, los movimientos populares irrumpieron enarbolando proclamas demoacráticas.
Autodidacta, hombre de acción, obrero orgulloso, político desengañado, agitador de muchedumbres, periodista, escritor, revolucionario romántico y misógino confeso, todo eso fue Proudhon. Pero, igual que Carlos Marx decía respecto a sus seguidores, el padre del anarquismo nunca fue anarquista, sino simplemente proudhoniano. En esta lábil distinción se esconde en buena medida la aún insuficientemente reconocida actualidad de su pensamiento. Porque Proudhon, precursor de la dialéctica y del socialismo científico, no edificó su proyecto transformador desde la «nada teórica». Inmerso en la realidad de su tiempo, soportando por experiencia propia las contingencias de la clase trabajadora, jamás dejó que sus convicciones, incluso las más arraigadas sobre la negatividad del autoritarismo y el decisionismo, le llevaran a erigirse en un doctrinario ni en un líder. Proudhon era «revolucionario, pero no atropellador».
Universalmente reconocido en la frase «la propiedad es un robo», que tantas lecturas merecería hoy ante vorágine depredadora de banca y gobiernos, Proudhon sigue siendo un gran desconocido. Aunque, por su trayectoria personal y por su obra, se trata de uno de los más importantes renovadores de la democracia que ha existido y quizás el primero que supo ver que la emancipación política y la lucha contra la explotación económica eran inseparables. El propio Marx, amistoso rival primero y luego su principal increpador, le dedicó 60 elogiosas páginas en su Sagrada Familia y saludó la edición de Qué es la propiedad afirmando que «la obra de Proudhon tiene para la economía social moderna la misma importancia que la obra de Sieyés Qué es el tercer estado tiene para la política moderna», y que «su libro es el manifiesto científico del proletariado francés».
El desprestigio de la política profesional y el déficit de legitimidad que su sistemática corrupción acarrea fue anticipado en su día por el autor del Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria, quien entendía que la única respuesta sostenible ante la barbarie capitalista radicaba en la democracia económica, una iniciativa transformadora que sólo podía promover un proletariado «fuera de toda legalidad, actuando por sí mismo, sin intermediarios». Lejos del pretendido ingenuismo con el que se le ha querido fosilizar, en Proudhon hay un pensador honesto, vigoroso y comprometido que vio en la humanidad de los productores, el federalismo y el mutualismo los factores para el auténtico progreso social. Un librepensador radical que diferenció entre la injusta y usurpadora propiedad de los medios de producción y la necesidad de la posesión como atributo de la dignidad individual; que criticó la mitificación de las huelgas en situación de desigualdad de fuerzas respecto al capital porque podían debilitar al proletariado al aumentar su miseria, y que, consecuente con su activismo, creó un banco del pueblo para facilitar el crédito gratuito. Todo para desarrollar el proyecto de su vida, «la idea de la nueva democracia», como dejó dicho en el prólogo de La capacidad política de la clase obrera, libro escrito un año antes de su muerte y editado póstumamente.
Por ello no se entiende su solapamiento a nivel académico e histórico y la obstinación por desmerecerlo. La pretendida caducidad del legado de Proudhon queda desmentida por la frecuencia de las expresiones de acción directa en calles y pueblos, hoy Lebrija, ayer Atenas. Porque el mapa no es el territorio. La insistencia en calificar de desregulación a la causa del crac en ciernes, juzgando anomía lo que en realidad ha sido una acción Estatal unilateral en toda regla, y la contumacia en explorar alternativas en una vuelta al Estado-patrón (regulación), podrían estar en la raíz de ese prejuicio hacia Proudhon y lo que significa. Se olvida que la crisis sistémica actual no es una perturbación económica más, sino una crisis civilizatoria, y que cualquier remedio que no implique salirse del sistema puede resultar baldío. Proudhon lo previó. Por eso la centralidad de la ética anarquista como compromiso de responsabilidad y su llamamiento a la acción directa solidaria para organizar la convivencia de abajo arriba en base al trabajo productivo. Esa es la vigencia de Proudhon y su demoacracia. Porque cuando todos gobiernan (democracia) nadie manda (anarquía).
Rafael Cid Estarellas es Jefe de la unidad de comunicación de ANECA
EL ARTICULO QUE PODEIS LEER SOBRE EL CINE VARIEDADES LO HA ESCRITO NUESTRO AMIGO ANTONIO HERRANZ.
TENEMOS QUE HACER LO POSIBLE PARA QUE EL EDIFICIO NO SE DECLARE EN RUINAS, y ANTONIO NOS TOCA A TODOS UN POCO EL CORAZON PARA SEGUIR TRABAJANDO.(foto Pedro Rubio)
LA ESQUINA DE LOS SUEÑOS
ANTONIO HERRANZ
Estoy frente al “Variedades”. Hoy no pude asistir a la proyección. No importa, me gusta ver a la gente cuando sale del cine, observar en sus rostros las emociones de las imágenes vistas, escuchar el murmullo de los comentarios en grupo, las luces encendidas del hall de entrada, las puertas abiertas de par en par y la música final que envuelve el lento tránsito hacia la realidad desde este emblemático edificio. Suenan los cierres estrepitosamente, se rompe mi ensoñación; me ha parecido que el ruido hoy era distinto. ¿Una despedida? ¿Un adiós definitivo? Me empeño, no quiero perder tantos buenos recuerdos. Ya sé, es mi propia película. Pero no quiero. Aprieto con fuerza mis párpados, contraigo el rostro. Esto fue real, es real ahora para mí sumergido en la intemporalidad y frente a un lugar donde había vida. Me niego a abrir los ojos. Sigo viendo las imágenes que quiero ver, más fuertes que esta otra realidad de ojos abiertos: los oxidados cierres metálicos que ya no se levantan, las paredes desconchadas, la suciedad del abandono. Veo el nombre: TEATRO VARIEDADES. Letras macizas de un rojo desvaído que aún permanecen sobre el dintel de la puerta de entrada. Los nombres son quizá lo último que se pierde por su capacidad de evocar y acotar territorios imprescindibles. Sí, muy cerca de la esquina está la taquilla donde se vendían las entradas al mundo de los sueños, la ansiedad en la cola de espera y las carreras escaleras arriba para coger sitio. Toda una actitud ante la vida, con olor a ambientador, y la peculiaridad de que con tal comportamiento, aquí siempre encontraríamos recompensa. ¿Desaparecerá esta quimera? ¿Se esfumará este lugar donde tantos se dejaron seducir por imágenes fantásticas de aventuras, de pasiones, de amor, de encuentros…? ¿Dónde se albergarán ahora las ilusiones? Cuando un cine se cierra se rompe un vínculo vital: un primer beso, un sollozo, una risa sincera, el miedo y la ternura, cerrándose además una puerta a lo desconocido. Aprender, soñar, deslumbrarse en una sala oscura; conjurar la realidad y el deseo por un instante que acaba siendo eterno. Tiempo inconmensurable, acumuladamente íntimo y colectivo. La memoria, para muchos, de una educación sentimental. No quiero perderme en la nostalgia, no quiero que mi voz acabe ahogada en su légamo inútil. Quiero que siga en pie ese lugar donde se comparten las emociones. Hay un recorrido desde el esplendor a la decrepitud que va dejando cicatrices, avisos de no proyectar la película si no había más de tres personas. La soledad de las salas sin gente, sin milagro y el vacío que deja lo que no tiene continuidad. Sólo imágenes fantasmales que conviven proyectándose por sí mismas en una pantalla total: paredes, techos, suelos. Imágenes de las miles de películas exhibidas durante tanto tiempo. Un caos de sentimientos, una narración de experiencias que convoca a los vivos y a los muertos. Un mundo de oscuridad más allá de la oscuridad, un foco de espíritus rebeldes que jamás dejarán de existir. Un mundo donde los humanos ya no podrán entrar. En la esquina de dos calles: Pozas y Calvario, está el “Variedades”, ya sólo frecuentado por sus mayores enemigos: el tiempo y la especulación. En diagonal a él, la iglesia del pueblo. Un cruce de caminos donde a un lado espera dios y a otro el diablo. Recuerda, hipócrita cinéfilo, mi semejante, mi hermano, hay un tiempo para la destrucción y otro para la recuperación. Un tiempo donde confluyen lo antiguo y lo nuevo, que está ahí, a la vuelta de la esquina
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