Desde el momento en que fue estrenada en el festival de Cannes, donde ganó el premio a la mejor dirección, Un domingo en el campo ( Un dimanche a la campagne, 1984), de Bertrand Tavernier, fue inmediatamente asociada con Una partida en el campo (Une partie a la campagne, 1934), la obra maestra de Jean Renoir.
Cierto, coinciden, primero, en la época en la que están situadas, los años de la Belle Epoque. Segundo, en cierta semejanza de la situación de base argumental. Transcurren durante un día, festivo para más señas, lejos de las obligaciones y rutinas ordinarias, en el ámbito de la naturaleza. Renoir nos relata la excursión de una familia, padres e hija, incluido un pretendiente de ésta, durante la que conocerán a dos hedonistas lugareños que, entre digresiones sobre la importancia de vivir el momento y las responsabilidades de los actos, se plantean el desafío de seducir a la hija. Tavernier relata la visita dominical que recibe en su casa en el campo el septuagenario Ladmiral (Louis Ducreux) por parte de su hijo Gonzague (Michel Aumont), junto a su esposa y sus tres hijos, y de su hija Irene (Sabine Azéma). En ambas subyacen parecidas cuestiones. Aquellas referidas a las decisiones tomadas en la vida. En qué medida se hacen concesiones y se opta por la opción más cómoda, en vez de haber tomado una más arriesgada, de acuerdo a lo que de verdad se quería. En la obra de Renoir se planteaba de modo preciso en la secuencia final, años después de la excursión narrada, cuando se nos muestra cómo la hija optó por el insípido pretendiente en vez de por uno de los dos lugareños hacia el que había sentido una fuerte atracción. La obra de Tavernier es como una extensión de esa secuencia final. El pasado, o el peso de lo que se pudiera o debería haber hecho, está presente de modo latente, en ocasiones expuesto de modo directo, en otras insinuado, como si sólo se percibiera la punta del iceberg en forma de inquietud o malestar.
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La Casa de Cultura de
San Lorenzo de El Escorial alberga este sábado, 19 de marzo (12:00h), la presentación del libro «Santiago Ramón y Cajal: maestro, científico y humanista», de Francisco Cánovas Sánchez. Además del autor, intervendrán Soledad Pardo, gestora cultural; José Rayos, historiador del arte; y Félix Alonso, presidente d

el Colectivo Rousseau
El libro de Francisco Cánovas tiene el propósito de dar a conocer los aspectos esenciales de la personalidad, la obra y el compromiso del científico español más importante de todos los tiempos, insertando su trayectoria biográfica en las coordenadas históricas, políticas y culturales de su época.
Nacido en el seno de una familia humilde del Alto Aragón, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) manifestó pronto una personalidad, una voluntad y una resolución que le convirtieron en un maestro, un científico y un humanista extraordinario. Padre de la neurociencia moderna, a la que consagró cincuenta años de investigación, sus descubrimientos fueron reconocidos por la comunidad científica internacional con la concesión de prestigiosas distinciones, como el Premio Moscú (1900), la Medalla Helmholtz (1905) y, el más importante, el Premio Nobel de Medicina (1906).

LA GUERRA DE UCRANIA: UNA PERSPECTIVA ANTIIMPERIALISTA
Más allá o a pesar de la propaganda agobiante a favor de la escalada militar enviando armas ofensivas, no defensivas, aunque se sigue hablando de defensivas, para despistar, en los medios de comunicación, quién los lea, vea y oiga ( Sánchez dudó y luego se alineó con la segunda opción, claramente), que roza la no libertad de expresión, o la marginación, aislamiento o campaña de acoso a la que someten los medios a aquellas voces que dudan ( como la del exjefe del Estado mayor europeo, General Ayala) o, como Ione Belarra, por un partido político, digo, más allá de eso, hay que denunciar la tergiversación del discurso sobre los hechos:
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Alfonso Peláez
Hoy no voy a escribir de cine. Sería casi indecente hablar de lo que nos complace, mientras las bombas rusas revientan maternidades en Ucrania. Voy a recordar una página de Historia, que no se repite, igual que las demás, pero que, como todas, enseña.
El 19 de julio de 1936, José Giral, nombrado ese mismo día presidente del Consejo de ministros de la II República Española, envió un telegrama desesperado a Léon Blum, su homólogo de la República Francesa. El texto decía: “Sorprendido por un peligroso golpe militar. Le ruego nos ayude inmediatamente con armas y aviones. Fraternalmente. Giral”.
Blum, un jurista brillante, judío apasionado de la literatura, lo que podríamos llamar un intelectual comprometido, encabezaba un gobierno de coalición entre socialistas y radicales desde el 5 de junio anterior. Había recibido el encargo de formar gobierno del presidente de la República, después de ganar las elecciones liderando un Frente Popular, parecido al que en España había ganado en febrero de ese mismo año.
El francés recibió el telegrama el día 20 por la mañana. Entendió cabalmente la legitimidad y la necesidad de la llamada de auxilio de Giral. Una parte de su gobierno adoptó la misma postura. Comenzaron los preparativos para el envío de aviones, armas ligeras y munición. Sí, armas. Material bélico para que un gobierno legitimado por los votos de la ciudadanía tuviera medios de defensa frente a un grupo de civiles y militares perjuros y golpistas.
Otra parte del gobierno francés, cuyo representante más significativo era Daladier, ministro de defensa, pusieron algunas dificultades, pero no impidieron totalmente el primer envío. Al tiempo, Blum preparó una entrevista para conocer la postura al respecto de Gran Bretaña, su principal aliado. El día 23, antes de comenzar la reunión formal, Anthony Eden le preguntó: “¿Enviar armas a la República española?” Blum fue rotundo: “Sí”. “Eso es cosa suya, pero he de pedirle una cosa: sea prudente”. Fue la réplica del diplomático inglés. Días más tarde el gobierno británico le comunicó formalmente que, si Francia se inmiscuía en el conflicto español, Inglaterra no se vería obligada a intervenir es su defensa frente a una eventual agresión de Alemania o Italia.
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