Necesito un descanso, y estos días luminosos de primeros de noviembre, otros años ya con fríos, permiten disfrutar de los colores fantásticos de nuestro pueblo. ¿Porqué un descanso? Me vais a comprender. Por lo visto en el Valle Inclán estas semanas, y por como va la política.Me explico. Una obra titulada Vanzare/for sale, y que está basada en el proyecto europeo “hambre de mercado”, formulaba preguntas en un espacio escénico donde te convertías en campesino rumano, poniéndote delante de tus ojos la crudeza de la ocupación de tierras por “invasores” extranjeros (por supuesto europeos). Ha tenido que ser el teatro, una vez más, y a pesar de ser lector de “internacional” el que nos ha puesto la denuncia social tan cerca. ¿Alguien sabia como están los pueblos de Cluj, Lalomita o Calarasi? La obra nos llevó poco a poco a ser de esos pueblos y entender a ese campesinado rumano y su sufrimiento de explotación.
Otra cosa curiosa ha sido ver “contra la democracia” que tiene la particularidad de ser escrito por un español (catalán para más señas) Esteve Soler y representada por el Teatrul Odeón en rumano. Contra la democracia es un conjunto de siete pequeñas obras que mezclan la sátira y el esperpento, lo extraño y lo próximo, para poner en tensión la idea de gobernabilidad del ciudadano. ¿Quién decide cómo es nuestro día a día? ¿Hemos delegado nuestras responsabilidades o las hemos abandonado? (Albert Lladó)
La primera pieza es una conversación entre dos insectos, humanizados, que están atrapados por las redes de una araña. «El futuro será mejor», aseguran. En cuestión de minutos tienen un hijo que, a pesar de los esfuerzos de sus progenitores, acabará comiéndoselos. La parte que más potencia tiene es la quinta, cuando un matrimonio delirante levanta de la cama a su hijo de 18 años para explicarle que es producto de un coitus interruptus y que, ahora que han podido comprobar que no ha resultado rentable («saca malas notas», incluso), le comunican que han decidido «reducir personal» en la familia. Hay espejos, en obras de teatro como ésta, que nos muestran en vivo y en directo cómo estamos siendo devorados. Mientras callamos.
Y por último una obra de Wadjdi Mouwad, al que llevo siguiendo desde que me impresionó Incendis. Aquí, en un espacio de sombras y sonidos, Edipo es guiado por su hija Antígona, para pasar el último día de su vida, pero un corifeo (en éste caso un cantante) trae noticias de la moderna Atenas, cuando la ciudad llora por el asesinato de un adolescente en manos de la policía, mientras se manifestaba por los recortes….
¿Cansado pues? Mejor un poco harto de algunos comportamientos .¿De Rufián? No, de un tal Hernando
El tiempo libre que carece de horas
arreciará en las páginas en blanco
abiertas ante el miedo y contra el cálculo
de prodigar las noches asediadas
por la arena que sangra en el oído
ante un par de pupilas desveladas.
Es la norma y el rito y es el grito
y damocles sin riesgo y sin espada
y es una travesía monocorde
que petrifica en vilo al argonauta
de ningún viaje y aventura nula
y a solas delirando entre murallas.
Ni lleno ni vacío. Pasa el mundo
y avisos como esquelas. Nadie aguarda
que ocurra lo de siempre, como nunca
algún fragor, un tono, la fulmínea
divagación de un sueño o forma humana.
Las páginas en blanco no son libres
ni siquiera en las noches inundadas
por la vigilia sorda de las horas
que caen en la arena, desangradas.
De «El ausente» 1979
«Travesías del ausente» Editorial Lumen 2006
Gilles Deleuze Curso sobre Rousseau
La moral sensitiva o el materialismo del sabio
ISBN: 978-987-3831-14-0
1ª edición, octubre 2016
80.; 13×18 cm.
Traducción y notas: Pablo Ires
Prólogo: Diego Sztulwark
Aunque casi siempre de un modo latente, la figura de Rousseau fue unapresencia constante en la obra de Deleuze. No habiéndole dedicado un gran libro, como a otros filósofos de su talla, este curso de 1960, cuyo resumen mecanografiado publicamos por primera vez en castellano, se convierte en un documento de inmenso valor. Constituye, junto con un brillante fragmento de veinte años después, que lo acompaña en esta edición, la lectura que este nos dejó del pensador del Contrato social.
Sin embargo, justamente estalectura excede con mucho al Rousseau que habitualmente se nos presenta, el de una filosofía política desnuda, en su aspecto formal y comparativo con el resto de las teorías jurídico-políticas. Más bien se alumbra -y es siempre un alumbramiento cuando Deleuze lee- una ética rousseauniana, donde se descubre tal vez a espaldas del pensador un tono spinozista, algo así como un sonido que hay que saber oír o tocar.
Y entonces el Rousseau que emerge se completa con lecturas muy precisas de fragmentos del Emilio, las Confesiones y La nueva Eloísa, también de cartas y pequeños manifiestos. Y lo que emerge de esta lectura es un pensamiento de la situación concreta, allí donde la moral da paso a una ética. Contra el dualismo del interés y la virtud, su confluencia materialista: instaurar situaciones donde ya no tengamos interés en ser malvados (lo contrario de una sociedad). Así el paseante solitario que es Rousseau, entre la bondad original del estado de naturaleza y la ensoñación del puro pasaje del tiempo, nos presenta lo que quizás sea su aporte más radical, el materialismo del sabio, que da título al libro que siempre quiso escribir. Cuando no se puede estar solo, porque ya no somos ingenuos o todavía no lo suficientemente inocentes, una acción selectiva sobre las situaciones concretas vinculada a los modos de existencia que habilita.
Ahora que acaba de morir a los 90 años el cineasta polaco por excelencia, Andrzej Wajda, no puedo resistirme a la memoria.
Cenizas y diamantes, recuerdo hasta el cine madrileño donde la vi, el Rosales, y aunque creo que repetí otra hará treinta años o más, tengo el recuerdo vívido de la primera vez. Sería hacia 1966. Fraga y las gentes de su equipo se inventaron unos procedimientos harto singulares para que “las minorías de las minorías” madrileñas –en Barcelona debía ocurrir otro tanto– pudiésemos acceder a un cine que estaba prohibido para el público común. Eran sesiones extrañas y proyectaban, por ejemplo, todo lo mejor del cine soviético en unas versiones espantosas; pero es lo que había.
Nos convocaban tarde-noche en el entonces teatro Beatriz –luego restaurante de moda, que no pisé jamás– y allí proyectaban a Eisenstein, Pudovkin, Dovzenko… Creo que en un filme de Pudovkin, si la memoria no me traiciona, contemplé la escena del único desnudo en décadas. La tierra (1930), se titulaba, y era de ver la conmoción que sentí cuando una campesina, al enterarse de la muerte de su hijo, se abría la ropa de un golpe quedando en carne viva. Eran sesiones que también tenían su gracia, porque siempre solíamos ser los mismos, no más de veinte, y la proporción entre policías de paisano y espectadores debía de estar a la par. ¡Y pensar que ninguno de aquellos maderos cinéfilos hizo carrera que no fuera en el campo de la tortura y la extorsión!
Recuerdo Cenizas y diamantes, un filme de Wajda de 1958, al que concedieron el premio de la Crítica en el Festival de Venecia. El guión está basado en una novela escrita por Jerzy Andrzejewski, que recomiendo vivamente. Un joven de la resistencia antinazi se desliza en antisoviético, tras la ocupación que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Todo su mundo está trastocado y sabe que no tendrá otro final que la muerte.
Aquí aparecen las cenizas y los diamantes. Como si fuera un elaborado juego cultural, tanto Andrzejewski, como posteriormente Andrzej Wajda, aprovechan unos versos tan hermosos, que quien los compuso hubiera podido retirarse habiendo dejado a la humanidad un poso de sentimiento y cultura que ya vale por una vida. En una secuencia del filme, el joven emboscado que se ha propuesto matar al dirigente comunista que recorre los pueblos enseña a su novia, una camarera circunstancial que se ha encontrado en el hotel, una lápida que él barre con su mano, retirando barro, moho, musgo, y lee estos versos impresionantes, que dan sentido a todo el filme.
Al arder no sabes si serás libre,
Si sólo quedarán cenizas y confusión
O se hallará en las profundidades
Un diamante que brille entre la ceniza.
Si son conmovedores hasta el llanto en traducción castellana, ¡qué no serán en polaco! Los escribió Cyprian Kamil Norwid, que nació en Polonia y murió en París (1821-1883), contar su desgraciada y errante vida me llevaría el artículo entero y me faltarían páginas. Pero ese poema dio vida a una novela y un filme, como mínimo, que yo conozca.
La belleza de Cenizas y diamantes, el filme, su tristeza agobiante, heredera del romanticismo, tiene secuencias inolvidables, algunas de las cuales serían luego repetidas por otros directores de fuste. Las manchas de sangre que tiznan las sábanas puestas a secar en una casa de pobres. Bastaría con esa, que, pasados más de 50 años, aún me persigue.
Antes Wadja había rodado Kanal. Un filme sórdido como la propia historia que cuenta. El levantamiento de Varsovia frente a los nazis en 1944, donde todo transcurre en los alcantarillados; nada que ver con El tercer hombre. Aquí todo es pura bestialidad, convivencia entre héroes y ratas. No la recomiendo a gente sensible.
Salto sobre la rica filmografía de Wajda para llegar a El hombre de mármol (1977). Nadie entiende cómo pudo rodarse bajo el régimen comunista, por muy descompuesto que estuviera. Les costó el cargo a un puñado de funcionarios. La historia de un obrero “estajanovista”, el albañil que más ladrillos ponía en una hora, y en dos, y en las que fueran…, modelo del socialismo hasta llegar a su final, despreciado y odiado por su propia clase, y por sus dirigentes que le habían ensalzado, su familia, su propia conciencia de clase por los suelos.
Hay muchos filmes de Wajda que merecerían un comentario. Danton, por ejemplo, con un Gérard Depardieu desmelenado, pero confieso que me dejó frío; no logré entrar en la película. Más que la Revolución Francesa aquello parecía un debate en la Sorbona en las vísperas del 68. No era su mundo. Las grandes películas de Wajda, lo dijo él, siempre estuvieron vinculadas a Polonia y se hicieron universales.
Y así llegamos al drama vital y cinematográfico de Katyn. Un filme difícil, casi póstumo y sobre todo biográfico. En 1940 los soviéticos cometen uno de los crímenes más siniestros del periodo estalinista. La liquidación rigurosa de la oficialidad polaca, en la que veían un enemigo inmediato y, sobre todo, un ejército formado en la tradición de que Rusia siempre había sido su adversario, probado durante muchos años, casi siglos.
Wajda va a abordar un doble trabajo. Reconstruir su infancia, su familia, sus seres queridos, sus costumbres, sobre un fondo criminal que va llegando hasta su liquidación. No creo que sea un filme definitivo, ni siquiera brillante, pero es una página imprescindible en su cinematografía. Emociona, conmueve, no hay trampa ni cartón, es un relato, casi un documental del crimen. Durante muchos años los soviéticos, tras el descubrimiento de las inmensas fosas de oficiales polacos, echaron la culpa a los nazis, que las habían descubierto. Pero no hay duda de que fue una masacre que dejó al Estado polaco sin ejército y al pairo de lo que pudieran hacer nazis primero y soviéticos después.
El ritmo del relato conmueve, como si fuera una historia ajena al cronista. Pero el padre de Andrzej Wajda estaba allí, fue uno de los oficiales asesinados, impunemente, con todos aquellos engaños y falacias a las que era tan dado el estalinismo. Beria dirigía. Fueron miles. 23.000, cien por arriba o cien por abajo. Es algo que cuesta imaginar porque exige un operativo militar y represor que sólo los nazis habrán de conseguir años más tarde.
Y lo cuenta Andrzej Wajda, en la vejez, cuando ya está despidiéndose de ese mundo espectacular del cine y lo refleja con una dignidad y una sobriedad que sería difícil conseguir en una víctima a quien mataron a su padre,
en la flor de la edad, y que dejaba una familia desvencijada y a la espera de acontecimientos que no podían controlar. La matanza de la oficialidad polaca en Katyn por el ejército soviético constituye una de las miserias y vergüenzas de una guerra mundial donde los vencedores siempre saben cómo cubrir sus víctimas con una sábana, como si fueran muertos sin nombre y verdugos que se amparan en el anonimato. De poco sirve decir que hay historias de los aliados, no soviéticos, que llegaron tan lejos o más. Un muerto es un muerto, y un crimen es un crimen. No creo que haya un elemento tan vivo para conocer lo que fue el estalinismo de masas, la criminalización del sospechoso, como lo que fue Katyn en 1940. Y Andrzej Wajda llegó a tiempo antes de morirse para dejar señal inequívoca del crimen.
En el fondo, reconozcámoslo como seres humanos, qué importa si se trata de un filme, de una obra maestra o de un documental magistral. Ha quedado para la historia y debemos inclinarnos hacia este director polaco que fue fiel a su época y tuvo el valor de reflejarla.
El célebre director de cine polaco Andrzej Wajda, autor de El hombre de hierro (1981) y Oscar honorífico en 2000 por toda su carrera, ha fallecido hoy en Varsovia a la edad de 90 años, informó la televisión polaca.
Los medios de comunicación de Polonia se hicieron eco a última hora del domingo de la muerte del director de cine debido a una insuficiencia pulmonar, después de haber permanecido en coma.
Wajda era un gran apasionado de la historia de Polonia y está considerado uno de los cineastas polacos de mayor influencia. Tres de sus películas fueron nominadas al Oscar a la mejor película en habla no inglesa, en 1976 por la Tierra prometida, en 1981 por El hombre de Hierro y en 2008 porKatyn.
Su primer trabajo fue junto a Aleksander Ford, en la película Los cinco de la calle Barska, donde trabajó como ayudante de dirección. Su primer largometraje Generación, lo rodó en 1954, película que reflejaba la sociedad polaca del momento.
Andrzej Wajda simultaneó la dirección de cine con la de teatro. Dirigió teatro por primera vez en 1959 y desde entonces trabajó en Polonia, la URSS, Suiza, EE.UU., incluso España.
Su película El hombre de mármol (1976), obtuvo el Premio de la Crítica Internacional de Cannes en 1978, lo que supuso su consagración cinematográfica.
De 1981 es El hombre de hierro, película que cuenta la historia del sindicato polaco “Solidaridad”, en el que militó, y de su líder Lech Walesa, y por la que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1981 y fue candidato al Oscar a la mejor película extranjera en 1982.
Se autoexilió durante dos años (1982-1983) a Europa occidental (Czarek Sokolowski / AP)
Su filmografía sigue con títulos como Canal(1957), y Cenizas y Diamantes(1958), que junto a Generación intentan retratar su juventud marcada por la guerra; Lotna (1959,) Ingenuos y perversos y Los brujos inocentes (1960).
En 1973 fue galardonado en el Festival de Cine de San Sebastián y tres años después en el Festival de Valladolid. En 1990 presentó en el Festival de Cine de Barcelona su película Korczak, una producción sobre un médico que trabajó en un orfanato del gueto de Varsovia y que fue galardonado con el I premio de la Muestra de Cinematografía del Atlántico en Cádiz.
Ganó el Arturo 1995, a la figura más destacada del cine polaco, por el Museo Nacional de la Cinematografía, el Oso de Plata honorífico 1996, en el Festival de Berlín, e ingresó en la Academia de Bellas Artes de Francia en 1997.
Se autoexilió durante dos años (1982-1983) a Europa occidental, donde trabajó en obras teatrales. Del Hamlet, de Shakespeare realizó cuatro versiones, con la cuarta la estrenó en el Festival de Teatro de Madrid de 1990.
Andrzej Wajda recibió un Oscar honorífico en el año 2’000 (Reuters File Photo / Reuters)
En 1989 se apartó del cine para dedicarse a la política. Fue elegido senador de “Solidaridad” por su región natal en las primeras elecciones democráticas de Polonia tras la caída del comunismo.
La última película que Andrzej Wajda rodó ha sido Powidoki sobre Wladyslaw Strzeminski, pintor y teórico del constructivismo, que se presentó el pasado mes de septiembre en el Festival de Toronto y que aún no ha llegado a las pantallas.
Descrito con frecuencia como uno de los líderes de la llamada “escuela de cine polaca”, fundada en la década de los 50, Wajda había nacido el 6 de marzo en la ciudad polaca de Suwalki.
Se había casado tres veces. La segunda con la popular actriz Beata Tyszkiewicz con la que tiene una hija, y desde 1975 estaba casado con la actriz y diseñadora de vestuario Krystyna Zachwatowicz.