08 PM | 01 Sep

Marcel Proust sin las muchachas en flor

Mi destino era el Gran Hotel de Cabourg, en Normandía. Después de atravesar colinas de jugosos pastos pobladas de vacas húmedas hice un alto en Rouen para rendir homenaje a Gustave Flaubert y en su honor en una terraza frente a la catedral, que un día pintó Monet, me tomé un calvados fabricado con manzanas benedictinas. Cualquiera de aquellas señoras provincianas que cruzaban la plaza podía haber sido Madame Bovary. Luego en la larga bajamar de la playa de Deauville galopaban jinetes contra la puesta de sol y bajo las sombrillas de color naranja había bañistas rodeadas de niños rubios y perros hermosos. Al pasar por Honfleur recordé al músico Erik Satie. Finalmente, a orillas de un mar brumoso estaba el establecimiento de baños, el Gran Hotel de Cabourg, el Balbec de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Era un niño asmático con sombrerito blanco de paja dura cuando Marcel Proust llegó por primera vez aquí en 1881 llevado de la mano de su abuela y la criada Françoise. Durante su adolescencia y madurez, hasta 1914, nunca dejó de pasar temporadas de verano en este hotel de Cabourg. Tendido en una cama con dosel, muerto de melancolía, desde su habitación oía al atardecer una orquestina de pistones que tocaba valses en el templete de la música. Por el paseo de la playa discurrían las muchachas en flor, Albertina, Andrée, Gisèle, Rosemunde, de trenzas y mejillas doradas.

A la hora de la cena bajaba al comedor convertido en un maravilloso acuario, y allí aristócratas y burgueses anillados, damas con pamelas de frutas y niñas con muchos lazos, se mecían como extraños peces y crustáceos con una fosforescencia submarina. Amparados en la oscuridad de la noche, los pescadores y los obreros del pueblo pegaban la nariz a las vidrieras para contemplar la vida lujosa de esta fauna acuática y tal vez algunos ya dudaban si la pared de cristal protegería por siempre aquel festín. No fue la ira social de la pobre gente la que invadiría aquella pecera sino la oleada de sangre de la Gran Guerra del 14 y después la lluvia de acero del desembarco de Normandía de las tropas aliadas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando llegué el asalto corría a cargo de un centenar de ejecutivos de una multinacional de informática que había invadido la pecera, cada uno detrás de un ordenador en mesas formando una herradura, llenas de carpetas, atentos a una gran pantalla que manipulaba un monitor.

Pero el ectoplasma de Proust parecía vagar todavía por las estancias y aposentos, por las salas de juego, los espacios de baile, el antiguo teatro del casino, las casetas de baño azules y blancas de la playa. En el mostrador de recepción había un busto del escritor. Un ejecutivo rezagado, mientras la recepcionista le abría la ficha, se entretenía acariciando con la yema de los dedos el bigote y la orquídea de bronce oscuro de ese busto cuyo nombre ignoraba.

—Es Marcel Proust. Lo pone ahí, en el pedestal— le sacó de dudas la recepcionista.

—El fundador de este establecimiento. ¿Me equivoco?

—Perdón. Marcel Proust fue un escritor muy famoso.

—Discúlpeme, señorita. Yo soy técnico en ordenadores. Uno se pasa el día vendiendo máquinas. Veo que he metido la pata.

—No, por Dios.

—¿Escribió algo importante este señor?

—Confieso que tampoco le he leído nada— respondió la recepcionista— Lo tenemos aquí porque fue un buen cliente del hotel. Creo que escribió la historia de una magdalena.

—¿Ah, sí? Precisamente, señorita, yo acabo de informatizar una vieja fábrica de galletas, magdalenas y bizcochos para ponerla al día.

—¡Qué casualidad! Tome la llave, señor. Habitación 216. Tiene una magnífica vista al mar. Bienvenido.

El hotel conservaba el esplendor decadente adherido a los espejos biselados, a los frescos con ninfas danzantes, a las cortinas de terciopelo verde manzana. En la pecera del comedor los antiguos crustáceos, que eran aristócratas y burgueses de entreguerras, habían sido suplantados por ejecutivos, programadores y vendedores informáticos, quienes después de cada sesión de trabajo invadían los salones y no paraban de soltar carcajadas sobre las floridas alfombras; repantingados en los canapés con un licor en la mano seguían con ojos golosos a las chicas de carnes mesocráticas que cruzaban en bikini por el salón, aunque ninguna era ya Albertina, ni Andrée, ni Gisèle ni Rosemunde, aquellas muchachas en flor desaparecidas junto con el fantasma de Proust.

MANUEL VICENT

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09 AM | 01 Sep

SANCHEZ FERLOSIO

Sánchez Ferlosio, pensar hasta la raíz
ENRIQUE FLORES

Pocos pensadores han llegado tan lejos como Rafael Sánchez Ferlosio en el análisis y denuncia de la psicopatía política contemporánea. El reconocimiento unánime de las excelencias de El Jarama o Alfanhuíestá menos extendido a su obra ensayística y se corre el riesgo cierto de desaprovechar su maestría en el pensar a contracorriente, su erudición abrumadora y el examen metódico de los modos de dominación, muchos de ellos ocultos tras los pliegues del lenguaje o de los discursos complacientes de la clerigalla política, sea laica o sacerdotalmente ordenada. Nadie podrá decir que Rafael prefería equivocarse con la mayoría antes que acertar en solitario, como decía Keynes que actuaban los economistas para no ganarse la animadversión de sus colegas. Armado de una insaciable curiosidad, de una erudición abrumadora, de una paciencia reflexiva proverbial y de una curiosidad inagotable, Ferlosio desmenuzó la realidad hasta sus últimas consecuencias. Esa realidad, política y antropológica casi, estaba contenida unas veces en el lenguaje mismo (ejemplo: cuando la flecha está en el arco tiene que partir, donde examina la tendencia de los medios a prevalecer sobre los fines); otras, en el análisis erudito del pasado, como sus comentarios sobre el conde de Niebla y su frase capital “No los agüeros, los hechos sigamos”, y con mucha frecuencia en las noticias de los periódicos que escudriñaba infatigable cada jornada; en todo caso, le permitieron construir, con el instrumento de un estilo esforzado y casi poético, un pensamiento a contracorriente poco común entre los intelectuales de los últimos 50 años

Como maestro del pensar hasta la raíz, es posible relacionar a Ferlosio con la tarea crítica de Francis Bacon y su denuncia de los ídolos, fetiches o barreras que, según el pensador británico, impiden llegar al conocimiento. El título ferlosiano por excelencia, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, revela su convicción de que las formas de dominación ideológicas se enquistaban en estructuras de pensamiento teológico, y viceversa. Véase, por ejemplo, su opinión sobre los imperativos que se imponen en nombre de la historia: “Historia universal’ no es más que el nombre, presuntamente laico, con que la modernidad pretende camuflar su religioso acatamiento de la Suma Omnipotencia y Prepotencia del viejo e iracundo señor del Sinaí, renacido con nuevo vigor y como el Ave Fénix, en la universalización actual del principio de dominación”. En su opinión, el primer encuentro con el fetiche de la Historia Universal tiene lugar cuando el Imperio español se encuentra con la tarea de justificar su papel en la historia. Y ese germen de totalización histórica explica su aversión por “esas Yndias equivocadas y malditas”.

Siempre sugirió Ferlosio una tensión irresuelta entre la existencia singular y un bien común, entendido como una coartada para limitar la individualidad. Entiéndase que su radical individualismo nada tiene que ver con el liberalismo de quincalla que la derecha, en España o en la potencia imperial, utiliza hoy como coartada ideológica, ni tampoco con el resentimiento popperiano hacia los mecanismos de regulación social; procede del respeto por la capacidad crítica y del rechazo de todos los fetiches intelectuales sociohistóricos que imponen condiciones castradoras a la existencia intelectual. La libertad en boca de las Esperanzas Aguirre, Margarets Thatcher o Alberts Rivera habidos o por haber es un fraude. La libertad, como bien sabían los inventores de la democracia, se manifiesta en el derecho a participar en los negocios públicos, mientras que en la praxis de la llamada democracia representativa está confinada en un reducto estrecho, en cuyo espacio se le reconoce al individuo el derecho a disfrutar de su independencia privada. El militarismo rampante motivó páginas de análisis donde aparecía con frecuencia la indignación. “Siniestra e irracional es ciertamente la racionalidad económica —precisó— pero podría pasar por sensatez frente a la delirante racionalidad militarista”.

Pensar a contracorriente conduce a la incomodidad de decir en voz alta lo que se esconde por comodidad o resentimiento. Resulta coherente pues, que algunos de sus ídolos o racionalidades enquistadas, que con más saña combatió, fueron el religioso y el de la identidad. Lector enviciado del suplemento Alfa y Omega, eran muy divertidos sus comentarios sobre la disparatada lógica de los editoriales católicos a machamartillo, sobre la taimada conducta pública de Juan Pablo II y sobre la fe como perversión de la razón. Las trampas de la identidad nacional (esa “jerga de borrachos”, sea española o independentista) están desmontadas sin misericordia en el Discurso de Gerona,que debería ser lectura obligada para todos los estudiantes de secundaria e incluso adoptarse como un texto básico en las facultades humanísticas. “La identidad es justamente algo que hay que tratar de no tener, como un tumor maligno”. La España zarzuelera está construida sobre el fetichismo de la identidad, la falacia de la autenticidad, la exaltación retórica y la “autoconvalidación apologética por identificación con una historia y unos antepasados”. La moral del pedo, según su propia expresión, que se complace en la fetidez propia mientras que hace aspavientos ante la ajena.

Quizá uno de sus análisis más esclarecidos y esclarecedores es la denuncia del fariseísmo como basamento del comportamiento político. Hipocresía, entiéndase bien, orientada a la obtención de beneficios reales y ventajas de dominación. El fariseísmo, en la reflexión de Ferlosio, consiste en construir la bondad propia única y exclusivamente sobre la maldad ajena. La conciencia virtuosa se declara “legítima acreedora que el pecado contrae por su pecado”. Para el fariseo, la virtud es un capital acumulado, una especie de crédito fiscal, que puede hacer efectivo frente a otros a voluntad. Esta conducta bellaca (un adjetivo que solía usar con propiedad), ampliamente extendida, explica muchos de los comportamientos políticos y debería ser tenido muy en cuenta por quien tenga la caridad y el buen sentido de explicar un día la incapacidad de los políticos españoles para cumplir con sus funciones de diagnosis, pacto y resolución de problemas cívicos. El fariseísmo explica, entre otras cosas, el estomagante recurso a “la dignidad de las víctimas” como granero de votos de la derecha española y como elemento castrador de la convivencia.

La destrucción de los ídolos y de los grumos del pensar no hubiera sido posible sin un estilo de periodos largos, pensado para “no dejar cabos sueltos”, apoyado en un conocimiento abrumador de cada asunto desmenuzado, que acaba por constituirse en objeto mismo de la reflexión. Recorría cada meandro del río conceptual, remontaba cada afluente argumental y exploraba metódicamente cada anfractuosidad idiomática. Después, saltaba a otro curso fluvial inexplorado y agotaba de nuevo la investigación centímetro a centímetro. Bien podría decirse que su rechazo a Ortega y Gasset (a los ortegajos) procedía de la tendencia orteguiana a resumir en el oropel lingüístico (he aquí un ejemplo: poesía es el álgebra superior de las metáforas) lo que debería ser analizado con esfuerzo y dedicación.

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05 PM | 31 Ago

CINCO TUMBAS AL CAIRO

Una de mis películas favoritas entre aquéllas cuya temática gira en torno al desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, es sin duda “Cinco tumbas al Cairo” (Five graves to Cairo), película dirigida por Billy Wilder en el año 1943, con un emocionante argumento basado precisamente en un guión del propio Wilder.

Al principio de la película, un tanque de las tropas inglesas deriva sin control por las arenas del desierto. En este carro de combate, que escapa autónomamente de las tropas del mariscal Rommel, sólo hay un superviviente, inicialmente inconsciente, que consigue salir del tanque para tratar de encontrar algún refugio. El comienzo del film ya es bueno. Pero lo que sigue es todavía mejor. El cabo Bramble (que así se llama el superviviente) logra encontrar un hotel medio en ruinas en medio del desierto, que resulta ser la antigua base de operaciones de las tropas inglesas, pero donde ahora quedan dos personas sólo, por haber sido bombardeado los días anteriores, el recepcionista y la mujer de la limpieza. Ante el mal estado del cabo, estas dos personas tratan de aliviar la grave insolación, acompañada de delirios, que padece. Pero entonces llegan el mariscal Rommel y todo su séquito a establecerse algunos días en el hotel. El cabo Bramble se ve obligado a hacerse pasar por el antiguo mozo del hotel, el cual murió en el bombardeo, en un principio con el objeto de tratar de matar a Rommel, cosa de la que desistirá cuando advierte que en realidad dicho anterior mozo era un espía al servicio de los nazis. De tal forma que Bramble tratará ahora de congeniar lo suficiente con el mariscal para averiguar en qué ubicación exacta se hallan los cinco “yacimientos arqueológicos” donde el mariscal Rommel tuvo la previsión de guardar años antes de la guerra la suficiente cantidad de combustible, agua, municiones, y en general provisiones, para no tener que depender de las vías normales de suministro, ahora impracticables, y poder llegar así a tomar la ciudad del Cairo.

En líneas generales esta película, cuyo eje principal es el espionaje que desarrolla el cabo inglés para averiguar dónde deberán bombardear los aliados para acabar con los suministros nazis, resulta ser un film de lo más ecléctico, interesante y sobre todo entretenido. En una única película se conjugan elementos como el espionaje, la Segunda Guerra Mundial en África, el amor, la sumisión y hasta la humillación ante el poder del bando alemán –Mouche, la mujer de la limpieza, trata de que saquen de un campo de concentración a sus hermanos, suplicándoselo al mariscal-, la siempre estereotipada mala conducta de los soldados y ciudadanos nazis, que son todos perversos en casi todas las películas del género, sin aparecer como personas con comportamientos éticamente variables como es lo normal -cosa que por ejemplo en “La lista de Schindler” sí se da-. Hasta incluso queda sitio para un humor muy de mi gusto, por la soberbia caracterización del mariscal Rommel por parte de Erich Von Stronheim, que es capaz de imprimir en la misma el genio militar y el carácter cuadriculado del mariscal,  así como el hecho de que en la película aparece un general italiano, aficionado al canto, que es ninguneado por Rommel, y al que prohíben sus ensayos canoros, y que en cierta escena en la que el cabo Bramble ha colgado su chapa identificativa en una botella de whisky para que los oficiales ingleses apresados adviertan que él es inglés, ofrece de beber también al general italiano exclamando éste algo así como : ¿Qué bebida es ésta, mozo?; Bramble, señor; ¿Bramble?, si no supiera que es Bramble, yo juraría que esto es whisky.

Pero bueno, no puedo desvelar más cosas de este film. Yo lo único que debo hacer es recomendaros esta película, porque sé que habrá mucha gente a la que le gustará, y porque resulta muy entretenida y según mi opinión es buena, como casi todo lo que llevó a la gran pantalla el bueno de Wilder, -habida cuenta de mis limitaciones como crítico de cine-.

del blog Eciptomania

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02 PM | 17 Ago

Conversaciones con Billy Wilder

En » Conversaciones con Billy Wilder » el legendario director, ya nonagenario, accedió por primera vez a hablar extensamente sobre su vida y obra. Entrevistado por Cameron Crowe, en sus páginas habla de su experiencia en el mismo corazón de Hollywood, así como sobre guiones, fotografía y escenografía, sus colegas y sus películas, y el cine de hoy. En este largo coloquio de director a director -similar al sostenido por Truffaut y el maestro del suspense en » El cine según Hitchcock » – conocemos cómo fue la colaboración de Wilder con estrellas de la talla de Audrey Hepburn, Jack Lemmon, Marilyn Monroe, Marlene Dietrich o Charles Laughton, entre muchos otros, y nos asomamos a las curiosas y divertidas historias ocurridas entre bastidores durante el rodaje de » Perdición » , » Berlín Occidente » , » El crepúsculo de los dioses » , » El gran carnaval » , » Traidor en el infierno » , » Sabrina » , » La tentación vive arriba » , » Ariane » , » Testigo de cargo » , » Con faldas y a lo loco » o » El apartamento » .

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