El Joker: entre la reacción y la vanguardia
Por Vladimir Carrillo Rozo*.- / Febrero 2020
Si los criminales más interesantes pueden ser algo filósofos y todo el que decide pensar a profundidad sobre el dolor del mundo y la pobre condición humana, en algún momento, puede hacerse consciente de las traicioneras trampas de su mente; entonces pensar, sobre todo desde el sufrimiento, debe de ser una de las cosas más peligrosas de cuantas pueden emprenderse. Sin embargo, vivimos en un mundo donde incluso la anarquía y la afección mental están cuantificadas. Como diría el Joker, todo el mundo está tranquilo si las cosas marchan según lo previsto, aunque lo previsto sea una masacre.
Si nadie hubiera aprendido a leer, muy pocos se habrían enamorado.
La Rochefoucauld
Hace unos días, dos señores de mediana edad entraban en la exposición que la Biblioteca Nacional ha dedicado a Benito Pérez Galdós. Uno le decía al otro: “¿Te sabes aquel en que [don Benito] le decía a la gallega esa?”. Seguía uno de los habituales chistes verdes sobre la relación entre Galdós y Pardo Bazán. Es francamente curioso que en este país esa relación amorosa entre estos dos grandes escritores del siglo XIX sea objeto manido de chascarrillos más o menos rijosos. Los amores de Madame de Stäel y Benjamin Constant, los de Elizabeth Barrett Browning y Robert Browning, o los de George Sand con Frédéric Chopin y Alfred de Musset, han recibido desde luego otro tipo de atención y forman parte de la historia literaria o, incluso, de la historia tout court de sus respectivos países.
Nazarín (1959)
21 Enero 2015
La fe de un gran hombre
nazarin-0Don Nazario, el cura retratado por Buñuel es, ante todo, un tipo a carta cabal, un hombre íntegro e incapaz de traicionar sus convicciones. Se vuelca en cuerpo y alma a socorrer a sus semejantes que son pobres de misericordia. Acciones con las que, pese a todo, no logra arreglar el mundo, porque lo estructural resiste a las actuaciones individuales. Late así en el cine de esta época, y en especial en el de Buñuel, una desasosegante ambivalencia entre cultura y naturaleza, ficción y realidad, política y acción.
Antes de que Hollywood diera la bendición al cine coreano, por mediación de Parásitos, me costaba mucho trabajo convencer a mis amigos para que me acompañaran a ver las mejores producciones que se dieron cita el año pasado en el Centro Cultural de Corea del Sur con el apoyo del KOFIC (Korean Film Council). Allí pudimos ver el portentoso retrato femenino de: “En la playa sola de la noche” de Hong Sang-Soo, el objeto sorprendente sobre el rio Han en The Host, o las vicisitudes en medio de la guerra de Corea del soldado rebelde Ro Ki-soo. Hollywood ha conseguido que cuando invite a ver una peli de estas características ya no me puedan decir que no practican esa religión. La sala Juan Negrín y la de la Escuela Medinaceli de San Lorenzo de El Escorial han sido testigos de la proyección de mucho cine asiático, por el Colectivp-Rousseau, pero ambas salas, por diferentes motivos, han dejado de funcionar desgraciadamente.
La noticia cinéfila de la semana es que Parásitos, una película surcoreana, ha obtenido el mayor galardón cinematográfico de Estados Unidos. Hasta la saciedad se ha comentado que es la primera vez que una producción con diálogos en una lengua diferente a la inglesa se ha impuesto a los pesos pesados de la industria más poderosa del mundo. Aún es pronto para saber si esto será un hecho aislado o un síntoma de una tendencia nueva, así como para saber de qué tendencia hablamos, aunque seguramente tendrá algo que ver con la nueva hegemonía propiciada por las plataformas globales de producción y distribución por streaming. El año pasado, otra película “extranjera” (ahora se ha cambiado oficialmente la denominación a película “internacional”), Roma, centrada en una trabajadora doméstica sumisa y sufriente, subyugada por la familia rica a la que sirve, estuvo a punto de ganar ese premio. Es tentador señalar el paralelismo y forzar ligeramente la metáfora, pues los personajes de Parásitos acceden al universo codiciado de la clase alta (¿Hollywood?) por la puerta de servicio, si bien lo hacen con una actitud completamente opuesta.