El actor sueco Max von Sydow ha fallecido a los 90 años, según ha informado su mujer a Paris Match.»Con el corazón roto y una tristeza infinita, tenemos el dolor extremo de anunciar la partida de Max von Sydow el 8 de marzo de 2020″, ha comunicado su mujer, la productora Catherine Brelet.
En los créditos iniciales de Lola (1961), su director Jacques Demy añade una dedicatoria a Max Ophüls que es una clara declaración de intenciones cinéfilas de su parte. No solo la protagonista se llama Lola, como el personaje central de Lola Montès (1955), el último largometraje de Ophüls, sino que además ambas mujeres están involucradas, cada una a su manera, en el mundo del espectáculo. Además, la estructura circular de la cinta de Demy evoca a otro filme de Ophüls, La ronda (La ronde, 1950). Hay otro personaje homónimo del cine en el que Demy pensó a la hora de bautizar a su heroína, la Lola Lola que interpretó Marlene Dietrich para Josef von Sternberg en El ángel azul (Der blaue Engel, 1930), que, como esta Lola suya, también trabaja en un cabaret. Demy la viste de manera similar, con unos corsés que también recuerdan los que usa Marilyn Monroe en Río sin retorno (River of No Return, 1954), de Otto Preminger. Y a Marilyn esta Lola hace referencia explícita en un momento dado de la película.
Jacques Demy hizo películas donde la tristeza y la felicidad son dos caras de la misma moneda.
Anna Biller, realizadora conocida por su exquisito diseño de producción y por ser una alquimista del cine de género, dijo lo siguiente sobre Jacques Demy: “Ver las películas de Jacques Demy me permitió hacer las películas que yo hago hoy”. La influencia se refleja en que los largometrajes de ambos tienen una preocupación por la iluminación de estudio profesional y exagerada, por explotar la saturación de los colores que filmar en película permite, así como aventurarse a proyectar una sensibilidad femenina; alejada del mundo viril y agresivo que se antepone a la visión y las fantasías de una mujer.
Cuando Agamenón desafió a Artemisa
En las tragedias de Eurípides un solo hombre osa enojar a la Diosa Artemisa, el guerrero Agamenón. Ella, arraigada en los bosques, protege las criaturas que los pueblan; él, héroe de la Ilíada y líder del ataque a Troya, sacrifica por error a un ciervo sagrado destinado a la diosa. Artemisa, en su ira, paraliza las tropas de Agamenón en mitad del mar y ordena la crucifixión de su hija, Ifigenia, como ofrenda. Agamenón envía resignado a su sucesora, Artemisa se conmueve y, para salvarla, intercambia su corazón por el de un ciervo sagrado. Ifigenia se convierte en sacerdotisa de la Diosa, le consagra su vida.
Todo el mundo sabe que para ser un buen cinéfilo (de mierda) es importante entender el cine como una disciplina artística, y no únicamente como una industria. Y para entender el cine como un arte, hay que conocer a los artistas y disfrutar de sus obras. Todo esto que digo es clasista y fácilmente rebatible; pero hay algo de cierto en que, para conseguir nuestro ansiado carnet de cinéfilo, debes tragarte algunos tostones. No estoy hablando de verte “El caballo de Turin” una vez por semana ni de conocer toda la filmografía de Bergman, aunque sí que es conveniente que sepas recurrir a autores que no sean Nolan o Fincher.
Si pretendes, por tanto, introducirte un pelín más en este apasionante mundo del séptimo arte y atravesar la férrea barrera de lo comprensible, “El sacrificio de un ciervo sagrado” de Yorgos Lanthimos es tu película.