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ANTONIO GAMONEDA

La yerba que crece en nuestra juventud

/ por Jorge Praga /

DOCU_NORTECASTILLA
Fotografía: © Ricardo Otazo

No sé si la obra de Antonio Gamoneda es, en el decir de sus versos, “la pasión de la inutilidad”. Inútil es desde luego preguntarse por ese adjetivo cuando se encara la literatura; la gran literatura que alberga Descripción de la mentira. Lo que sí me alcanza es el enredo pasional, y biográfico, que me trae y renueva esta obra en la que una de sus puertas se abre sobre la vida pasada, eje de muchos de los versos, o versículos, de este poema torrencial. Sus fechas y lugares de composición están incorporados en la rúbrica final: “León y La Vega de Boñar: diciembre de 1975 -diciembre de 1976”. León, las praderías de Boñar al lado del Porma, el tiempo profundo de un individuo que resiste su singularidad en mi memoria, que cruza sus días con los míos. Potestad de lector. Antonio Gamoneda vive en León en la calle Particular, a poco más de cien metros de mi casa de la calle Padre Isla. La calle Particular se acaba pronto, está cortada por una tapia que impide su salida natural a las fincas que se prolongan hasta San Marcos. La cercanía cotidiana deja a su mujer albergada en mi censo vecinal, visual. La reconoceré muchos años después, prendida del reclamo de él, en presentaciones de sus obras. Entre su casa y la mía hay un elegante chalet rodeado de jardines, abandonado desde que una bomba de la guerra civil, enterrada durante veinte años, explotó en las manos de los hijos del dueño, matando a varios de ellos. Mi padre camina por la calle Padre Isla, deja atrás ese chalet, luego la calle Particular, llega hasta el Banco que gestiona el dinero de sus negocios y se cruza cotidianamente con las atenciones de un empleado al que luego redescubrirá en el predicamento de la fama posterior. Un amigo del bachillerato alberga en su casa una hilera creciente de libros de poesía que trae su padre, empleado de la Diputación leonesa. Nombres nuevos en los lomos: Julio Llamazares, Agustín Delgado, Luis Mateo, Luis Antonio de Villena, Antonio Colinas, José María Merino. La colección Provincia la dirige un pariente de la familia que, como ellos, llegó desde Oviedo en los años cercanos a la guerra. Un pariente que ha hecho sitio en la colección para un libro suyo, extraño, difícil: Descripción de la mentira.

Antonio Gamoneda ha sido, es, “una amistad dentro de mí mismo”. Las raíces de León me han empujado a una lectura de conocimiento que es en parte de reconocimiento, de vuelta a los sotos y las praderas en las que pronto desembocaban los confines de la ciudad que mira al norte: “voy a extender mis brazos y penetrar la hierba, / voy a deslizarme en la espesura del acebo para que tú me adviertas”. Una ciudad coronada por la catedral de vidrieras famosas: “Lee en las láminas de vidrio: los argumentos del placer y los capítulos de la destrucción atravesados por una sola mirada”. Una ciudad en la que ese tiempo especial de la alargadísima posguerra es evocado y analizado en los versículos, rastreado en sus barrios obreros, anotado en los gritos que no acaban de apagarse. Un tiempo de origen inalcanzable, llegado de la memoria remota de la infancia: “Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer”. Un tiempo de muerte y tragedia, ni mitigado ni restañado, sellado en el dolor de las madres supervivientes, que unos versos comprimen en lo que Miguel Casado señala como la esencia de lo que ha venido a ser la Memoria Histórica: “Tierra desposeída de sus tumbas, madres encanecidas en el vértigo. / Es lo que queda de mi patria.”

Sobre ese suelo común se encabalga la biografía reconstruida del poeta: “mi fortaleza está en recordar; en recordar y despreciar la luz que hubo y descendía y mi amistad con los suicidas”. Vienen a mi cabeza ciertos cruces callejeros de aroma prohibido, aquella taberna de una calle estrecha en la que se nos prevenía de no estar en sus cercanías, el peligro de compañías o el compromiso de lecturas. Es el aire que vuelvo a respirar para hundirme definitivamente en el recuerdo tortuoso del poeta, en la destrucción que le atravesó y alcanzó a personas cercanas. En los matices de la cobardía, en los bordes de la traición, en la enajenación que alimenta los versos con una fuerza sobrecogedora. En la retirada despavorida que le privó de la escritura y casi de la vida: “Permanecí, permanecí, pero mi obra es la retracción, la retirada hacia una especie maternal / y la virtud de mis oídos se adelgazaba dentro del silencio.” El poema queda como testimonio personal de una vivencia y a la vez de un tiempo y un paisaje común, enhebrado en su propia furia, en su verdadera desgracia, en la falta de un asidero fiel, de un consuelo: “Mi boca es fría en las plegarias. Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros”.

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