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 El laicismo y la ética cívica

                            
                   Luis María Cifuentes
    Prólogo de Victorino Mayoral
             Apeiron Ediciones, 2019

Por Antonio Chazarra Montiel

Cuando aparece un libro es frecuente que se hagan reseñas y comentarios. Hace ya varias semanas que tuve ocasión de leer Laicismo y ética cívica de Luis María Cifuentes. No pretendo otra cosa, en esta aproximación, que compartir con los lectores mi satisfacción. Al cerrarlo queda una sensación placentera de obra bien concebida y desarrollada, repleta de pensamiento crítico y sabiduría.

Es un ensayo ágil, ameno, manejable… y, al mismo tiempo, profundo y destinado a ser, sin duda, una aportación de referencia en el debate sobre laicidad y laicismo, ya que incorpora las visiones más destacadas que se han producido, desde el siglo XIX y, las completa con puntos de vista críticos de ‘rabiosa’ actualidad.

¿Por qué es necesario hablar de laicismo, laicidad y ética cívica aquí y ahora? Sintetizando, porque el debate sobre estos temas es una de las deudas pendientes de la Transición ya que todavía existe desinformación, fake news y tergiversaciones dogmáticas que se vienen repitiendo machaconamente… y, sobre todo, porque la iglesia católica y los sectores más reaccionarios temen que unos valores cívicos y laicos sean el elemento unificador de la juventud en lugar de unos principios religiosos que, obviamente, son parciales.

Estas fuerzas reaccionarias siguen vigentes y operativas. Benedicto XVI, lo demuestra con estas palabras que ponen de manifiesto no sólo su inquina sino un perceptible temor a perder la hegemonía ‘el laicismo no puede ser una religión universal, porque es parcial y no responde a las preguntas del ser humano’. Lo que naturalmente, no dice es que el laicismo no ha pretendido nunca ser una religión sino que es una filosofía y unos principios humanistas que aspiran a separar, nítidamente, el Estado de las confesiones religiosas.

Algo parecido puede extraerse de las palabra de Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno, hasta hace un año, ‘Tanto el laicismo como los fundamentalismos religiosos son enemigos de la libertad y, si logran imponerse, conducen inexorablemente al totalitarismo’. Del laicismo se han dicho muchas cosas pero presentarlo como un pensamiento que conduce al totalitarismo es, cuando menos, original.

Luis María Cifuentes es catedrático de filosofía pero, sobre todo, un hombre fiel a sus convicciones democráticas, un luchador y un intelectual que ha estado y está presente en cuantas jornadas, debates y simposios tienen lugar sobre Laicismo y Educación, Laicismo y Estado o Laicismo y Multiculturalidad. Hace ya muchos años que lo conozco. Es infatigable exponiendo socráticamente sus ideas, haciendo pedagogía social y compartiendo mesa con el maestro Luis Gómez Llorente, cuya pérdida seguimos lamentando, con Victorino Mayoral, con Antonio G. Santesmases…

Colabora en medios como El País, Paideía, El rapto de Europa o Cuadernos de pedagogía. Entre su abundante producción está ¿Qué es el laicismo? (2005), para mí un ensayo de referencia y La ética en 100 preguntas (2018)

En sus obras hay algunas constantes: defender la igualdad, entendida como un valor cívico, apostar por una convivencia democrática en sociedades progresivamente complejas y levantar con fuerza el estandarte de la libertad de conciencia contra todo intento de imponer un dogma a niños y adolescentes.

Es partidario de una ética que vertebre la convivencia en las sociedades democráticas. Y se opone, con todas sus fuerzas, a la intolerancia y a la discriminación.

El ensayo sigue una línea decidida y coherente. Comienza por describir el laicismo en el siglo XIX, donde analiza las aportaciones de Antonio Gil y Zárate, cuya monumental obra, Historia de la Educación en España sigue siendo un texto ineludible para historiar la educación en nuestro país. Se propuso, además, que la educación formara hombres para la sociedad y no para el clero y fue el antecedente nítido de Francisco Giner de los Ríos que creó y levantó como su gran obra la Institución Libre de Enseñanza.

Giner pretendía, contra viento y marea que el Estado fuese autónomo e independiente tanto en sus valoraciones morales como en la organización del sistema educativo y que no estuviera sometido al poder clerical. Para él el laicismo cívico debía ser la garantía de la libertad de conciencia para lograr una convivencia pacífica.

Pasa a continuación a analizar el laicismo socialista en la II República. Es de justicia destacar la contribución del propio Azaña, de Fernando de los Ríos, de Lorenzo Luzuriaga o de Rodolfo Llopis para avanzar a través de sus convicciones en garantizar la libertad de conciencia del niño.

Pronto la derecha española comenzará una campaña vitriólica que considerará el laicismo como una agresión desaforada al rancio catolicismo.

Por otra parte, quedan para la historia la dignificación de las condiciones de vida de maestros y maestras, la construcción de Escuelas, la modernización del sistema educativo, etc.

El ensayo continúa con la persecución del laicismo durante la dictadura. El franquismo persiguió con saña, a los maestros y pretendió aniquilar cualquier rastro de los valores cívicos inspirados por el laicismo. El Nacional catolicismo volvió por sus fueros y la iglesia católica recuperó sus privilegios.

Pasemos a considerar laicismo y laicidad en las sociedades multiculturales actuales. Es importante, el valor de la tolerancia positiva y activa, hemos de convivir con quienes son diferentes y aprender que de ese contacto salimos moral y culturalmente fortalecidos. La laicidad es, entre otras cosas, respeto a la diversidad y por otra parte, nunca está de más, recordar que cuando una ética privada de una confesión religiosa pretende convertirse en moral de todos los ciudadanos, socava un principio fundamental de las democracias. Sería, por tanto, conveniente, elaborar leyes que fueran respetuosas con el pluralismo moral de las sociedades.

El objetivo de toda democracia ha de ser convivir en libertad y mejorar la vida de los ciudadanos y ese objetivo es incompatible con imponer una verdad dogmática a todos los niños y adolescentes.

El diálogo intercultural se hace progresivamente inexcusable. Hace tiempo, que deberíamos haber guardado en el baúl de los recuerdos toda forma de etnocentrismo y ser capaces de forjar una ética universalizable que tenga como base los derechos humanos. Lo que puede ejemplificarse en un principio del diálogo intercultural que no es otro que ‘vivir juntos con igual dignidad’. Debemos tener en cuenta el pluralismo cultural y buscar valores morales transculturales, es decir, que puedan ser universalizables y que estén conectados con los principios y valores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La libertad de tener o no tener fe religiosa es la base del pluralismo moral y cultural propio de una democracia moderna, en pleno siglo XXI, y el mejor instrumento para lograr una convivencia democrática y tolerante.

Estas reflexiones han de ir tocando a su fin. El lector que se adentre en esas jugosas ochenta páginas irá encontrando referencia bibliográficas, comentarios inteligentes a las posiciones de diversos pensadores y pedagogos y, sobre todo, una visión objetiva y bien fundamentada de los principios laicistas.

Quisiera no obstante exponer, siguiendo a Jürgen Habermas en su propuesta de una comunicación dialógica, su convencimiento de que ha de generarse un consenso que sea capaz de establecer un método que tenga como objetivo la instauración de una ética universalizable apoyada en los derechos humanos y en la democracia.

He comentado con anterioridad que en la Transición el debate en torno al laicismo y a la laicidad, por diversos motivos, no fue posible realizarlo. Se trata ahora, de utilizar cuantos foros democráticos estén al alcance de la mano para hacer pedagogía social. Sin duda, el libro de Luis María Cifuentes, que estamos reseñando, es un instrumento imprescindible para abrir vías de diálogo y consenso en esa dirección.

 

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