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ROMA

UNA RUTA BIOGRÁFICA: ROMA (FEDERICO FELLINI, 1972)

Hermosísimas estampas romanas de palacios, fuentes, callejuelas y plazas, mientras suenan las campanas a la intensa luz del mediodía, o en silencio y en penumbra, en la plena soledad y quietud de la noche. Turistas que desembarcan de sus coloridos autocares y se apelotonan en los principales parques y monumentos romanos. Interminables fiestas y verbenas por las que desfila lo más elegante y lo más grotesco de la sociedad romana. Hippies que salpican las escalinatas de la Plaza de España o que se arremolinan alrededor de las fuentes para llenar las noches de música y calor humano. Conversaciones sobre el paso del tiempo, la vejez, el sentido de la vida… ¿Paolo Sorrentino y La gran belleza (La grande bellezza, 2013)? No: Federico Fellini. El maestro de Rímini inspiró a Sorrentino por partida triple –La gran belleza = La dolce vita (1961) + Satyricon (1969) + Roma (1972)-, en particular a través de este paseo personal y biográfico por la Ciudad Eterna a caballo entre la memoria, el documental, la nostalgia y el recuerdo, entre los sueños, la magia y la realidad desnuda, con un tema musical (excepcional, obra de Nino Rota) repetido con distintos arreglos como hilo conductor, y con la mirada tras la lente del director de fotografía Giuseppe Rotunno.

Fellini recorre para ello la historia de la ciudad desde una perspectiva personal. La Roma de los Césares, la de los Papas y la proclamada por Mussolini como Tercera Roma se dan la mano con la Roma de Fellini (que bautiza así la película), la que él conoció y en la que vivió desde su llegada para trabajar como viñetista, dibujante e ilustrador en plena Segunda Guerra Mundial. Desde la distancia de provincias (sus primeros recuerdos de la ciudad se remontan a una piedra de la carretera que marcaba la distancia hasta la capital y a las enseñanzas escolares, exaltadas por la propaganda fascista, sobre las glorias de la Roma imperial, en especial, el paso del Rubicón por César y su muerte a traición) al momento del rodaje, comienzos de los años setenta, Fellini presenta su particular guía de viajes romana, envuelta en la belleza de su condición de museo vivo al aire libre y en la espontaneidad anárquica e irritante de su diario caos vital. Un paseo personal en el que no faltan las cenas al aire libre, las visitas a los burdeles (la abundancia de soldados de permiso, el trabajo en cadena, las redadas y los locales reservados a las máximas autoridades civiles, militares y quién sabe qué más…), las verbenas populares y la observación subrepticia de las costumbres del pueblo llano y de la aristocracia arruinada. Construida sobre fragmentos que recrean escenas concretas, la mirada de Fellini se extiende sobre las autopistas que dan acceso a la ciudad, con esos flancos en los que se amontonan las áreas de servicio abandonadas o las fábricas desmanteladas, convertidas en amasijo de cemento y hierro, o por el interior de los ricos y decadentes palacios de las familias venidas a menos, de una opulencia ajada y trasnochada, en una síntesis de caricia amable y retrato crítico aunque sardónicamente benevolente.

La película atesora un puñado de momentos inolvidables y de imágenes cautivadoras: en lo más alto del podio, el episodio en el que, durante las obras de construcción de una nueva línea de metro, los obreros localizan una antigua casa romana decorada con hermosísimas pinturas perfectamente conservadas. El deambular de los periodistas y de los obreros por los anegados túneles subterráneos, observados por rostros y miradas de miles de años de edad y su súbita degradación al entrar en contacto con el oxígeno del exterior se cuentan entre los momentos más hermosos y sublimes del cine de los setenta, una manera eficaz y líricamente evocadora de sugerir la fugacidad de la vida y del peso de la huella de la historia. Otros frescos son más vitalistas y humanos, están dedicados a la observación de la fauna romana: así, las comidas populares, las verbenas y los festejos callejeros, con sus tipos humanos y el mosaico de sus relaciones, siempre con el amor y el sexo como protagonistas. Fellini, sin embargo, no los retrata siempre en su ecosistema propio, sino que recrea en estudio una barriada popular de Roma para situar en ella una representación de la vida colectiva tal cual él la recuerda o concibe, y combina estos montajes con otros en que sí utiliza escenarios reales, callejas, terrazas y plazas en cuyos escenarios y mesas suena la música, corre el vino y humean los colmados platos de pasta. La mujer romana es la presencia más habitual y agradecida en las distintas fases de metraje, así como la técnica, la tecnología, en particular, la de los medios de locomoción (desde el tren y el tranvía a los vehículos a motor de distintas épocas), que actúan de contraste entre el mundo viejo y el nuevo, de abrazo del tiempo en torno a la ciudad.Fellini retrata incluso a su propio equipo filmando las autopistas que dan acceso al casco urbano, los embotellamientos en hora punta, la acumulación nocturna de vehículos rodeando el Coliseo. O, en su magistral final, la pandilla de moteros que recorre los principales monumentos del centro de la ciudad, que rompe con sus motores el silencio de la noche como en una advertencia del paso del tiempo, como llevándose todo lo temporal y lo efímero, como abandonando a sus espeldas un inmutable cementerio viviente, congelado en el tiempo.

Otro impagable momento es el desfile de moda eclesiástica, fragmento de gran barroquismo visual en el que Fellini vuelca esa mirada suya tan particular, entre la realidad y la ensoñación, para la que en esta ocasión utiliza como marco un antiguo palacio oculto a las miradas del público y del ciudadano medio. Entre la penumbra de los retratos cubiertos de polvo estalla el esplendor y la pompa formal del catolicismo romano, del lujo y las sedas, del absurdo grotesco de la adaptación a los nuevos tiempos (las casullas y las mitras cubiertas de neones de colorines), la religión como espectáculo, como circo de la fe. Otra imagen igualmente bella y evocadora: entre los cientos, miles de vehículos que sitian Roma en una jornada laborable, intentando alcanzar el núcleo urbano o huir de él, un caballo blanco que avanza entre las lentas hileras de coches que se encaminan hacia un cuello de botella, hacia una trampa del tiempo inmóvil.

El amor de Fellini por el circo también tiene su espacio a través del teatro de variedades, esas interminables funciones en las que los cantantes, bailarines, cómicos y artistas visuales (ahí aparece Alvaro Vitali, por ejemplo, jugando a imitar a Fred Astaire, con un breve y simpático número musical) entretenían el hambre y las decepciones de la guerra y la posguerra. El público, los territorios humanos de una sociedad rota y desesperada, en la que aún queda lugar para el amor y para el humor… Y la radio, los partes de guerra y las voces y las melodías. Y Roma, su arquitectura, sus estatuas, sus olores, sus canciones y sus silencios como escenario, y los platos de pasta, y la ropa tendida de lado a lado de la calle, y el fútbol, y sus voces, y mitos italianos, en versión felliniana, como la Mamma o la Gradisca

Carente de trama y, por tanto, sin protagonistas, la película se erige sobre la acumulación de estas estampas, más o menos dinámicas, más bellas o más grotescas, en algún momento incluso siniestras, en las que el grupo, la masa, es protagonista, y que responden a la reconstrucción que Federico Fellini hace de su memoria de Roma y de su experiencia como habitante de ella. Entre la multitud, repleta de esos rostros característicos y de esas frases sueltas mirando a cámara con que Fellini solía salpicar su cine de esa época, caras extrañas, a veces incluso siniestras, sin embargo, un puñado de nombres conocidos en breves apariciones, en algún caso decorativas y en otros objeto de una atención particular: Marcello Mastroianni, Alberto Sordi, el propio Fellini (retratado como director de su propia película, que se rueda a la vez que se cuenta, o viceversa), Cassandra Peterson, el escritor Gore Vidal (descubridor, junto a Tennessee Williams, de los encantos de la ciudad tras su liberación por las tropas americanas en junio de 1944), el rockero Elliott Murphy (tan relacionado, por cierto, con Aragón, a pesar de llevar afincado en París más de cuarenta años) o, sobre todo, la aparición estelar de la gran Anna Magnani, romana de pura cepa, habitante de su centro neurálgico, aparición que Sorrentino también “fusiló”, en el fondo y en la forma, (con Fanny Ardant como rostro a homenajear), en su película de 2013.

Un tributo apasionado y tierno a Roma, ciudad de adopción de Fellini y uno de los más relevantes pilares de nuestra cultura, nuestra historia y nuestra sociedad, que encierra todo lo que de contradictorio, hermoso, sublime, ordinario y detestable contiene el alma humana, que huye de las referencias al teatro y a la novela para construirse sobre la poesía y la música, con un lenguaje puramente audiovisual, creando frescos en movimiento y delicadas melodías que conforman un universo humano y pétreo, de vida y sueños, que es el nuestro.

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