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MAGNOLIA

 Magnolia es una película que se sale fuera de lo común. Cada “pétalo” impregna un olor que será difícil de olvidar. Las nueve historias que llenan el metraje están perfectamente entrelazadas, dando la sensación de que, en realidad, vemos una sola película. Además, Paul Thomas Anderson juega limpio desde el principio, ya que, desde la gran puesta en escena inicial, nos da dos pistas. En la primera nos advierte de que no sólo en las películas se dan los encuentros casuales o las raras coincidencias, sino de que en la realidad todo puede ocurrir. Y la segunda, más que una pista, es una sinopsis global o presentación de lo que será el resto del metraje. Anderson hace un gran trabajo, tanto con el guión como con la dirección. En el primero primero de los casos hay que decir que hila de manera muy fina los nueve textos, dándoles sentido y uniéndolos de una manera sólida, coherente. Y, lo mejor de todo, le da múltiples puntos de vista a cada historia que cuenta, ofreciendo la posibilidad de hacer diferentes lecturas. En cuanto a dirección se refiere, hace gala de una buena diversidad de planos, lleva un buen ritmo y nos transporta de historia en historia sin que nos demos cuenta. Hace que cada diálogo y cada escena sean necesarios y tengan bastante peso en el metraje. La fotografía también desempeña un papel de peso, nunca varía de tono y ayuda a conectar las diferentes situaciones, además de ser bastante elegante, sobria y atrayente. Otra variable que se puede destacar es la difícil labor que ejerció haciendo el montaje de tantos kilómetros de celuloide, ya que cada historia fue rodada casi independientemente de las demás, y el resultado final mezcla perfectamente toda esta amalgama de escenas paralelas. Y como gran película que es, obra maestra para más de uno, viene aderezada con una excelente banda sonora que nos guarda una grata sorpresa casi al final del metraje. En definitiva, Anderson sigue manteniendo el gran nivel que demostró con su anterior film, Boogie Nights. Resulta realmente difícil destacar alguna interpretación del excelente elenco de actores que componen Magnolia. A primera vista llama mucho la atención el cambio de registro que experimenta Tom Cruise con su papel. Lo borda, saca a la palestra sus cualidades interpretativas y demuestra a más de uno que no sólo está ahí por su cara bonita. Su rol es realmente complicado, sobre todo teniendo en cuenta el cambio dramático que experimenta. Otro papel destacable es el de Julianne Moore, que repite nuevamente con Anderson y, esta vez, con matrícula de honor, llevando al límite cada momento que aparece en pantalla. A la misma altura quedan los demás actores, cada uno con su porción de protagonismo. Philip Seymour hace de carne y hueso a un simple enfermero, Philip Baker Hall emula a la perfección a un presentador de televisión que ya está de vuelta, Jeremy Blackman realiza un “prodigio” de actuación, William H. Macy da credibilidad a su extravagante papel, John C. Reilly se transforma en un convincente policía, Jason Robards (recién salido de un coma) nos sigue dando buen cine con su brillante interpretación de un enfermo decrépito, Melora Walters logra con buena nota un papel complicado. Y complicado es buscar alguna fisura o laguna en cualquiera de las interpretaciones, porque en esta película no hay un actor principal o alguien que destaque por encima del resto. Resulta extraño pero se podría decir que todos los papeles son secundarios y principales a la vez, otro logro más de Anderson, que además corrobora con las siguientes palabras: “no hay ningún papel estelar. Todos los personajes son iguales, simples porciones de las vidas que vivimos actualmente”. Y es que Magnolia es vida, amor, lazos familiares, perdón, segundas oportunidades, casualidades, encuentros y el lado oscuro de la sociedad. La sensibilidad de Anderson hace que pasemos del patetismo a la compasión, sin buscar la lágrima fácil pero encontrando un gran dramatismo y emotividad en cada diálogo y en cada plano. Siempre es fiel a su eslogan, que repite varias veces durante el metraje: “podemos dejar el pasado, pero el pasado no nos deja”. Esta frase la deja clara en cada personaje que nos presenta y además, no le falta razón. Y es que cada uno tiene su tormento interior y de alguna manera necesita ser perdonado o perdonar. Lástima que a Anderson sólo le hayan premiado con un Oso de oro (que ya es bastante) y la academia se limitase a nominarla para tres categorías. Sí, la película puede resultar excesiva, tanto en el fondo como en la realización, y esto a algunos les podrá molestar. A mí no, cuando se está ante una obra de esta magnitud los defectos dejan de tener importancia. Con una película que llega a lo más hondo de una forma tan sincera no creo que tenga importancia si Anderson ha querido abarcar demasiado, si el exceso raya en lo soportable, si el final seudo-positivo es lo que tocaba o si es un film desparejo.

Blog El lado oscuro. Aula de Cine

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