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Lola montes

Lola Montes

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Ophuls construye la narración de ‘Lola Montes’ (1955) haciendo visible que estamos en el terreno de la representación, como evidencia de que la vida de Lola (Martine Carol) se ha convertido, para los demás, en un mero escenario, donde sus emociones quedan desdibujadas. Presentada, en la primera secuencia, por el director de pista del circo (Peter Ustinov) como la próxima ‘atracción’, la narración, fragmentada y sin orden temporal, de su pasado (de la selección que se realiza del mismo), se alterna con la progresión del número circense. El relato de su vida, guiado por el director de pista, es parte de esa representación, y pasajes de su vida son visualizados mientras que otros son escenificados en la arena del circo. Una vida que se ha convertido en ficción, en relato, interpuesta y mediatizada por el interés del narrador y las expectativas de los interrogantes espectadores. Y Lola Montes, la mujer que siente, ya no es más que una figura, o personaje, cual mariposa clavada con un alfiler. La vida de Lola es presentada por el director como una ‘serie de escándalos de una femme fatale’. Ese es su estigma, por su condición de ‘diferente’ por que la mujer real, como su exuberante y visceral danza, es alguien que vivía sin cortapisas, de modo espontáneo, sus deseos y emociones, sin, por ejemplo, hacer discriminación de la posición del hombre que deseaba. No buscaba escándalo alguno sino que actuaba de acuerdo a su apetencia ( el escándalo está en la rígida mirada de la sociedad).
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Una mujer indómita, por ello, que se salía del papel adjudicado a la mujer en aquella época (estamos entre 1830 y 1850), ya que daba rienda suelta a su deseo sin rubor y sin plegarlo a las conveniencias de imagen social (y por ello vulnerable a las insidiosas especulaciones, como hacen los periodistas, sobre su número de amantes, de nuevo reflejando que no importa la cualidad o calidad de la vivencia sino su representación o número; o cómo señala uno, cualquier hombre que había estado con ella cinco minutos ya hacía ostentación de haber sido su amante: estigma y ostentación parecen ir unidas como reflejo de una hipocresía). Lola ha sido fiel ante todo a su deseo, sin querer plegarse a voluntades ajenas (como sufrió con su posesivo y agresivo primer marido). Ni impone, ni se deja imponer. Y es capaz de rasgarse el corsé delante de un rey, como desgarra cualquier corsé social que quiera someterla.Lola procuraba vivir sus emociones. Por eso, se la anula, cual ejemplo de elemento perturbador (aun, de nuevo, envidiado) convirtiendo su vida en una escenificación deshabitada cual mero número circense ( y qué más preclaro ejemplo que aquel que, a través de la ascensión en una escala de acróbatas, va narrando la sucesión de amantes según su ascensión en la posición social que detentaba el amante). Lola Montes, la mujer que amaba libremente, se convierte en una mera acróbata del amor en los ojos de los demás.
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En ‘Lola Montes’ (1955), encontramos, como en otras obras de Max Ophuls, superficies, cortinajes, cristales adornados o emborronados por el vaho, u objetos que se interponen en la visión, reveladores ya sea de la ofuscación de la mirada de quien proyecta como del condicionamiento de unas reglas o hábitos sociales de carácter escénico, cuyo cristal ahoga o desvitaliza la emoción (sino la desgarra y la mata). Incluso, como en ‘Lola Montes’ pueden ser cuerdas que penden, y oscilan, entre la cámara y los personajes, como las conversaciones de Lola con el rey Ludwig (en un escenario tras una de sus representaciones de danza española) o el tubo de la estufe que se interpone en el encuadre en la posterior con el estudiante (dentro del carruaje), tras que tenga que abandonar el país por la insurrección. Una cuerda que nos recuerda que estamos en una vida escenificada, y hecha escenario, y que condiciona la vivencia de sus emociones, pues la vida misma es representación. E interposiciones que unen la vivencia con dos personajes tan contrapuestos, ya que había sido fugaz amante del estudiante ( al recogerle en la carretera con su carruaje) antes de serlo del mismo rey. Y los espejos. En especial queda evidenciado ese desdoblamiento o escisión en la secuencia en la que el director de pista la visita para proponerle que se convierta en ‘fenómeno’ de circo. Y, por supuesto, como destacado rasgo de estilo, sus incomparables movimientos de cámara, pura musicalidad.
DEL BLG EL CINE DE  SOLARIS
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