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EL CONFORMISTA

Marcello Clerici cena en la casa de Giulia, su novia. Pero en la velada hay tensión. La madre de la joven recibe un mensaje anónimo que la preocupa: le dicen que no permita que su hija se case con él, que el padre de Clerici sufre una complicación neurosiquiátrica de origen sifilítico y que es posible que el hijo la haya adquirido de manera congénita. El hombre calma a ambas mujeres, les asegura que la enfermedad de su padre tiene otro origen, y para que estén aún más tranquilas afirma que se someterá a exámenes. La madre de Giulia respira aliviada y le cuenta a manera de confidencia ingenua que en la infancia su hija sufrió de paperas, escarlatina… “enfermedades profundamente morales”, como anota él, para dar por terminada la perorata de su futura suegra.

Puede que este filósofo de 34 años no tenga una sífilis, pero tiene una enfermedad que lo corroe a él y a una parte de la sociedad italiana de esos tiempos fascistas en los que se sitúa este filme. Una enfermedad del espíritu que lo hace obsecuente con el poder, para así salvar su pellejo a cualquier costo. Una enfermedad que convirtió a muchos italianos en ciegos, sordos, mudos y sobre todo en indiferentes. Una dolencia que Bernardo Bertolucci describe magistralmente –y no exento de dolor- en El conformista (Il Conformista, 1970), según la novela homónima de Alberto Moravia publicada en 1951 y que el director italiano transforma en una obra de grandes pretensiones estéticas y narrativas, las que a cabalidad satisface.

El conformista (Il Conformista, 1970)

Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

El filme es la historia de un hombre pusilánime, hijo de una madre morfinómana y un padre con enfermedad mental y por ello criado en un ambiente donde -según él- no era posible ser normal. Además en su adolescencia tuvo un encuentro ambiguo y violento con un hombre, lo que le dejó un complejo de culpa que lo hace sentir distinto. Y ser distinto en esos tiempos no era bueno. Para remediarlo, Clerici (un magnífico Jean-Louis Trintignant) quiere casarse con una mujer del común y quiere ser fascista; es más, quiere ser de la policía secreta y perseguir a los antifascistas. ¿Una súbita convicción? Esa palabra no cabe en su vocabulario. Es sólo miedo a ser señalado o juzgado como diferente. Quiere perderse en la masa anónima, quiere encajar. Ese es su sueño.

Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Para contarnos sus avatares, Bertolucci recurre a una estructura narrativa de continuos y a veces inesperados flashbacks que se desprenden a lo largo de una larga ruta terrestre que Clerici hace una mañana de invierno en un auto. Su desplazamiento lineal lo lleva, sin embargo, hacia atrás en el tiempo, cuando mueve sus contactos para ser aceptado en el Partido, cuando ultimando los detalles de su boda con Giulia ha de confesarse ante un sacerdote y allí describe lo que le pasó con Lino, un chofer pedófilo que quiso seducirlo. Seguimos junto a él en el momento que viaja a París de luna de miel, pero encubierto lleva una misión: liquidar a un exiliado antifascista, antiguo profesor universitario suyo. A medida que el viaje avanza -y sus planes pasan de presunto rescatador heroico a testigo impotente- vamos atando todos los cabos de una historia que se torna repentinamente compleja por la aparición de un personaje tan enigmático y resuelto, que para el reprimido Clerici –anhelante de tener una personalidad tan contundente- resulta irresistible: se trata de Anna, la joven esposa francesa de Quadri, el catedrático que nuestro dubitativo protagonista debe asesinar.

Jean-Louis Trintignant en El conformista (Il Conformista, 1970)

Jean-Louis Trintignant en El conformista (Il Conformista, 1970)

La aparición de Anna (interpretada con un inocultable y andrógino dejo a Marlene Dietrich por la francesa Dominique Sanda) rompe el esquema mental que nos habíamos trazado con los eventos que el filme relataba hasta entonces y que apuntaban al fracaso de una prueba de fuego que los miembros del Partido le habían dado a nuestro protagonista para probar su valor y compromiso, y que dadas su cobardía y falta de claridad ideológica no era difícil pensar que estaba condenado a fallar para ser, a su vez, liquidado por Manganiello, un agente encubierto que le han asignado para velar por que cumpla su misión (personaje que podría ser una proyección mental de Clerici, pues no lo vemos u oímos en relación con nadie más en el filme). Pero este hombre se siente muy afectado por esta hermosa mujer que de antemano descubre sus planes, trata de convencerlo –entregándosele- de que no le haga daño a su esposo e incluso seduce a Giulia (la bella Stefania Sandrelli), como muestra de su naturaleza inaferrable. ¿Cambiará Anna los planes del asesinato? ¿Lo que siente por ella logrará estremecer a Clerici y –por primera vez- dejará de cumplir las órdenes de los demás? ¿Se sacudirá de años de represión, indecisión y temor? ¿Traicionará su naturaleza cobarde? El filme está ahí, deseoso de resolver cada una de estas preguntas.

Sin embargo no deben esperarse milagros. En un momento dado del filme Clerici y Quadri hablan del mito de la caverna de Platón y entendemos que los personajes de este filme son como los prisioneros de esa caverna, gente que sólo ve sombras y reflejos y no la realidad. Tan confusos como convencidos de estar disfrutando de comodidad, seguridad y ventajas, ven sólo lo que les ponen frente a sus ojos, incapaces de entender que hay otra realidad, más completa, más compleja, donde es posible pensar, opinar, disentir. Donde, a lo mejor, es posible correr el riesgo de ser libres. El componente de inseguridad, temor y pasiva ignorancia que nutrió al fascismo, contado a través de una metáfora milenaria que la película resuelve con unas imágenes que lo dicen todo.

El conformista (Il Conformsita, 1970)

Jean-Louis Trintignant y Dominique Sanda en El conformista (Il Conformista, 1970)

La descripción de todos estos hechos, brillantemente ejecutada por un Bertolucci que aún no cumplía treinta años de edad, dio lugar a un filme asombroso no sólo por su sofisticada estructura narrativa, sino además por su belleza y riesgo estéticos, obra del dotado cinematografista Vittorio Storaro y de la labor de paciente artesano del director de arte Ferdinando Scarfiotti, que juntos logran un largometraje que es cúmulo de sorpresas visuales, donde la cámara –convertida en uno más de los personajes- se toma unas libertades que parecen a veces desafiar los límites espaciales y físicos, mientras llena los espacios de luz, sombra y colores, en un juego que se complace en su propia belleza de ángulos expresionistas, largas sombras y atrevidas composiciones. Una intensa y simbólica descarga cromática de azules, rojos, verdes y amarillos se vive aquí, en medio de impresionantes locaciones romanas de corte fascista que contrastan con ambientaciones parisinas de gran lujo y festiva alegría. Un disfrute formal que a más de cuatro décadas de su estreno todavía luce moderno, desafiando los años gracias al cuidado puesto a sus esmerados valores de producción, alineados todos al servicio de un relato que se funda y se apoya –curiosamente- en un personaje ambiguo, vacío y falso como Clerici.

El conformista (Il Conformista, 1970)

El conformista (Il Conformista, 1970)

Falso, esa es la palabra exacta. Cuando el filme empieza lo vemos acostado en el lado de una cama e iluminado por una luz roja intermitente, cual personaje de film noir esperando una llamada que lo mueva a la acción. A su lado duerme una sensual mujer desnuda a la que ni siquiera mira. Parece uno de esos detectives hard boiled de las novelas de Raymond Chandler, pero en realidad es un cobarde que no provoca sino desprecio. Bertoluccci -que siempre lo ve desde fuera y desde una enorme distancia- no siente cariño por él (cómo realmente no lo siente por ninguno de los personajes: se nota que no quería que viéramos a alguien como víctima en ninguno de los bandos). Este director -en esa época un hombre de ideas marxistas, de radicalismo de izquierda y seguidor del análisis freudiano- quiere a través del personaje mostrarnos lo que el marxismo pensaba de la naturaleza del fascismo.

Los dogmas tradicionales veían al fascismo como la forma más extrema del capitalismo, donde por medio de un estado totalitario las clases superiores mantenían oprimido al pueblo; las nuevas ideas marxistas, basadas en el pensamiento de Wilhelm Reich, explicaban el fascismo mediante la represión sexual. Como vemos, el filme muestra ambas tendencias: los políticos y dirigentes fascistas italianos son de clase alta y trabajan en edificios de suntuosa y hasta tenebrosa arquitectura; mientras Clerici desea ser fascista para reprimir del todo sus impulsos sexuales latentemente homosexuales y de los cuales parece sentir culpa. Bertolucci, sin embargo, no se queda en esta idea casi cliché, sino que la extiende para cubrir las enormes contradicciones de los seguidores del fascismo: “el caos, las distorsiones grotescas, la histeria de la personalidad y sus confusiones políticas” (1).

El conformista (Il Conformista, 1970)

Jean-Louis Trintignant y Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Las ideas de Bertolucci también van en consonancia con las de uno de sus ídolos y mentores, Jean-Luc Godard, de alguna forma inspirador político y hasta estético del filme, y quien fue extrañamente homenajeado por Bertolucci, tal como él director italiano lo recuerda: “Por encima de todo, El conformista es una historia acerca de Godard y yo. Cuando le di al personaje del profesor [Quadri] el número de teléfono y la dirección de Godard lo hice como una broma, pero después de eso me dije, ‘Bien, quizá todo tenga algún significado… yo soy Marcello [Clerici] y hago películas fascistas y quiero matar a Godard que es un revolucionario, hace películas revolucionarias y fue mi maestro’…” (2). Es probable que la broma haya ido demasiado lejos y que Godard se haya molestado por ello, tal como recuerda anecdóticamente Bertolucci en una entrevista con Stuart Jeffries publicada en el periódico inglés The Guardian (22 de febrero de 2008) y en la que describe como la noche del estreno del filme en París en 1970 esperaba a que Godard saliera de la función y le diera su opinión. La cita era en las afueras de la farmacia Saint Germain y hasta allá llegó Godard a la medianoche: “Él no me dijo nada. Me dio una nota y luego se fue. Veo que era un retrato de Mao con algo escrito con el puño y letra de Godard. La nota decía: ‘Tienes que luchar contra el individualismo y el capitalismo’. Esa fue su reacción a mi película” (3). No era de extrañarse tal respuesta, pues ese momento corresponde a un periodo particularmente radical de Godard en lo político y El conformista con su complejidad formal está lejos del cine que el director francés hacía en ese momento y que era el único que interpretaba como válido. “Yo ya había concluido el período en el que ser capaz de comunicarse sería considerado un pecado mortal. Él no” (4), se lamentaba Bertolucci que sentía una admiración reverencial por el realizador francés.

El conformista (Il Conformista, 1970)

Dominique Sanda y Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Puede estar tranquilo, a diferencia de algunas obras de Godard realizadas en esos años, estrechamente ancladas a un tiempo y a un lugar, y que por ende han envejecido mal, El conformista continúa maravillando. Crónica de un desasosiego espiritual que devino en una tragedia moral que afectó el destino de muchos seres, fue para Bertoluccci constatación de sus enormes capacidades como artista y expresión de un momento particularmente brillante de su incipiente obra, que continuaría manifestándose en filmes posteriores como Último tango en París (Ultimo tango a Parigi, 1972), Novecento(1976), La luna (1979) y El último emperador (The Last Emperor, 1987). Ante semejantes alturas el declive que ha experimentado su filmografía en los últimos años se antoja aún más incomprensible y doloroso. Pase lo que pase y cuando el juicio de la historia llegue, hemos de recordar que Bertolucci nos legó con El conformista una película fundamental, desproporcionada en su exquisita belleza y en su capacidad inaudita de lacerar nuestras conformes y amodorradas conciencias.

Referencias:

1. Robert Philip Kolker, Bernardo Bertolucci, Nueva York, Oxford University Press, 1985, p. 94

2. Marilyn Goldin, “Bertolucci on The Conformist”, en: T. Jefferson Kline, Bruce Sklarew, Fabien S. Gerard, eds., Bernardo Bertolucci: Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2000, p.67

3. Stuart Jeffries, “Films are a way to kill my father”, sitio web: The Guardian, disponible en: http://www.guardian.co.uk/film/2008/feb/22/1, consulta: noviembre 29 de 2012

4. Ibíd.

Publicado originalmente en la revista Kinetoscopio No. 91 (Medellín, vol. 20, 2010). Págs. 116-120
©Centro Colombo Americano de Medellín, 2010

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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