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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

Por Antonio Chazarra Montiel  

 

La sociedad no debe tratar de destruir, sino de edificar
Gaspar Melchor de Jovellanos

 En los siguientes parágrafos iremos pasando revista a lo que unía a estos destacados y heterodoxos pensadores. Mi padre me hablaba de Américo Castro y, me decía que era imprescindible conocerlo, porque interpretaba la historia de España de forma certera y profunda, distanciándose críticamente de las versiones manipuladas y maniqueas oficialistas. Aprendí pronto que este intelectual atrevido y sagaz era ‘clave’ para, alejándose de las visiones unilaterales y cerradas   al   uso, valorar   la   importancia de la  convivencia de las tres culturas y, sobre todo, abrirse a la interpretación de   lo  que   el  erasmismo supuso y de lo mucho que influyó en Cervantes.

Jovellanos es la Ilustración española y, también uno de esos personajes históricos, vitalista, entusiasta, reformista y que constituye un referente inequívoco de esa España que pudo ser y no fue. De esa España que pretendía no encerrarse en sí misma y quiso compartir inquietudes y pasión por el conocimiento con los países europeos.

Hace ya bastantes años, llegó a mis manos un artículo del periódico El Sol del 21 de julio de 1933, en el que Américo Castro describe, con entusiasmo, algunas de las características esenciales de Jovellanos, más tarde, al leer De la España que aún no conocía publicado por la Editorial Finisterre de Méjico en 1972, volví a tropezarme con el artículo de El Sol que reproduce íntegro. Américo Castro se muestra en esta obra, en tres volúmenes, que recoge publicaciones anteriores, como un hombre de la generación del 14, regeneracionista y nítidamente contrario al pesimismo paralizante. Jovellanos analizado por Américo Castro es, desde mi punto de vista, una combinación explosiva y brillante.

 Para valorar las ideas humanistas, avanzadas y reformistas de Jovellanos baste señalar que se mostró partidario de abolir la tortura y que se atrevió a criticar abiertamente la labor obscurantista de la Inquisición. Tengo la imagen de Jovellanos del cuadro de Goya. Creo que la serenidad, la capacidad reflexiva y la energía que desprende su mirada y su actitud corporal son significativas. Más que reflexionar parece que lo que quiere es vivir un sueño.

Existen varias biografías y estudios de interés sobre Jovellanos. Hoy quiero referirme a su Diario, fue publicado en 1815, cuatro años después de que muriera y   donde, a solas, consigo  mismo se muestra más explicito de lo habitual y menos precavido con lo que quiere y anhela y con lo que detesta.

Regresemos, no obstante, a cómo analiza Américo Castro a Jovellanos. Lo considera un ciudadano preparado e inteligente, capaz de levantar una nación… si hubiera podido, si lo hubieran dejado. Realiza un esfuerzo titánico para prescindir de la España hueca y vacua y para sentar unos cimientos sólidos sobre los que se pueda levantar otro país. Es elegante y quizás por eso, señala que hay que suprimir toda forma de plebeyismo. No se limita a enunciar los cambios y novedades que es preciso introducir sino que desciende al detalle y se detiene en el cómo. Mostrándose el menos abstracto de los reformadores dieciochescos. Obras son amores y lo que se diseña en teoría debe encarnarse en la práctica. Así funda el Instituto Asturiano como un intento de que los jóvenes pudieran tener acceso y formarse en las artes y en las ciencias útiles, dejando a un lado la educación que se impartía en las universidades bajo el control de la iglesia, en lengua latina, (más o menos macarrónica) y sin ningún contacto ni con los avances de la ciencia, ni con ninguna aplicación práctica.

Su andadura vital estuvo llena de persecuciones, zancadillas, envidias y ese rencor atávico consistente en perseguir con saña a la inteligencia, a quien destaca, a quien cuestiona tradiciones arraigadas y a quien pretende implantar novedades foráneas. No es de extrañar, por tanto, que estuviera a punto de ser envenenado varias veces, que sufriera la enemistad de Godoy, de María Luisa de Parma y de los sectores más atrabiliarios de la iglesia y que pasara largas etapas en prisión en la Cartuja de Valldemossa o en el Castillo de Bellver.

No me resisto a comentar que es el autor de una Memoria sobre Educación Pública que es ni más ni menos, que el Primer tratado sistemático sobre Enseñanza en lengua castellana. Se propuso que las ciencias físico-matemáticas y naturales formaran parte de los planes de estudio para que pudiéramos   homologarnos    con  los países de nuestro entorno. Fue pionero en llevar a cabo una crítica con respecto al pasado que tanta falta hacía emprender, en un país en el que se desconfiaba de toda novedad y de toda reforma. También, quisiera referirme a sus ideas protofeministas donde se pone en valor el papel que la mujer juega en la sociedad.

La labor cultural y reformista, a la que estuvo ligado fue impresionante. Participó activamente en la Academia de la Historia, en la Española de la Lengua y en la de San Fernando, así como desplegó su actividad en varias Sociedades de Amigos del País. Su labor política puede considerarse prudente y encomiable. El reinado de Carlos III fue una época que permitió desplegar algunas de sus ideas y proyectos, antes de que fueran truncados, por la soberbia presuntuosa e ignorante, por el arribismo… y por ese conformismo venenoso, tan instalado entre nosotros.

A través de los distintos cargos públicos que ocupó, dejó una huella marcando el camino a seguir. Fueron muy pocos los que se propusieron empresas de envergadura, reformistas y de calado que limitaran el omnímodo poder asfixiante de la iglesia; no obstante, hombres como el criollo ilustrado, Pablo de Olavide, que también fue víctima del absolutismo, le acompañaron en esta tarea.

Después de trazar este esbozo de Jovellanos, regresemos a Américo Castro que formó parte de esa pléyade de intelectuales de la ILE (Institución Libre de Enseñanza), que se forjó y practicó los valores republicanos. Fue discípulo y amigo de Menéndez Pidal y cuando se proclamó la II República fue embajador de España en Berlín, por un breve espacio de tiempo.

Del buen hacer de este ensayista y filólogo queda una memoria indeleble en el Centro de Estudios Históricos que, bajo su influencia y la de Menéndez Pidal alcanzó un gran prestigio. Entre sus amigos se encuentran el pintor Joaquín Sorolla y el excelente novelista, aunque apenas hoy se le recuerde, Benjamín Jarnes.

Como tantos otros, al finalizar la Guerra Civil tuvo que emprender el camino amargo del exilio. Lo demás es fácil de imaginar… la dictadura franquista prohibió toda referencia a su figura y a su pensamiento. Sus obras fueron censuradas pasando a figurar en el vergonzoso índice.

Así varias generaciones españolas pasaron por la universidad ignorando obras como: El pensamiento de Cervantes y la influencia del humanismo erasmista en el renacimiento español. Algunas de estas ideas volvió a plasmarlas  en   Lo hispánico y el erasmismo. Si en España su labor era silenciada por decreto, en  universidades  latinoamericanas  y estadounidenses    el interés   por   su   obra    era  creciente. Estuvo vinculado a la universidad de Santiago en Chile y a la de México así como a la de Columbia, Wisconsin, Princeton o San Diego. Ayudo a formar, con su ejemplo y sabiduría a una generación de hispanistas de gran talla, entre los que destaca Stephen Gilman. Sólo al final de su vida, ya en los años 70, regreso a España.

Quizás La realidad histórica de España y Cervantes y los casticismos españoles son los ensayos señeros publicados en su exilio. En su polémica con el historiador Sánchez Albornoz, defiende la tesis de que en nuestro país la convivencia de judíos, moros y cristianos, bastante silenciada, ha sido fecunda y está estrechamente unida a la tolerancia y al deseo de comprender al otro. Sánchez Albornoz, por su parte, insiste en la supremacía de la herencia romano-cristiana para entender la evolución histórica de nuestro país.

Otro dato significativo es que frente al concepto de aislacionismo estudia, con rigor e instala el pensamiento y la literatura española en el contexto del humanismo europeo, relacionándolo con las corrientes que se desenvolvieron por diversos países.

Sería injusto silenciar los esfuerzos que se han realizado por dar a conocer su pensamiento entre nosotros. Laín Entralgo, en 1971 publicó Estudios sobre la obra de Américo Castro en Taurus, que para mí sigue siendo de inexcusable consulta y de notable valor.

Tropezarme, hace años, con el artículo antes mencionado y disfrutar de los comentarios y de la sagacidad con que don Américo se enfrenta a la figura de Jovellanos fue, por encima de todo un acicate y un estímulo tanto para hacerme con otros textos del autor de El pensamiento de Cervantes como de mirar con ojos nuevos, la denodada lucha de ese gijonés, universal que es Jovellanos y las múltiples empresas culturales, políticas y sociales que emprendió.

Una lección amarga es que en España existe, desde tiempos inmemoriales, la insana y perniciosa costumbre de silenciar, perseguir, encarcelar u obligar a emprender el camino del exilio a sus hijos más preclaros.

 

 

 

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