¿Qu
ién sabe?
A pesar del convencionalismo que desprende un título como El último verano, frente al mucho más sugestivo 36 vues du Pic Saint Loup (36 vistas del pico de Saint Loup), tiene un inconfundible aroma melancólico un tanto naif que sin hacer auténtica justicia al filme en cuestión transmite una serie de sensaciones muy reconocibles que podemos llegar a extrapolar al último trabajo de Jacques Rivette. Las noticias no son demasiado halagüeñas, la salud del mítico superviviente de la Nouvelle Vague, ya el único que queda junto a Godard, está muy deteriorada, por lo que esta realización, que nos llega con dos años de retraso, podría convertirse por desgracia en la última pieza de su fascinante filmografía.
El ultimo verano es ante todo una hermosa lección moral por parte de un artista que sigue respetando y admirando el medio en que se expresa. No hay lugar en esta película para elementos innecesarios o subrayados. Cada plano que sucede al anterior es de una pureza y una sencillez sobrecogedoras dignas del más sabio de los maestros. Como buen ilustrador de fantasías, Rivette sabe colocar la cámara en el lugar certero para crear su inigualable representación cinematográfica. Todos los movimientos de cámara, suaves y precisos, la composición de los encuadres o la delicadeza de la trama que los personajes poco a poco van desdeñando, en este punto de su obra son casi milagrosos, pues han alcanzado tal grado de pureza y espontaneidad que no pueden más que sobrecogernos en la butaca del cine. Rivette lleva, como siempre, sus investigaciones expositivas al terreno de la más significativa y maravillosa ficción. Al director de Paris nous appartient (1961) nunca le ha interesado la realidad como tal, siempre ha sido un investigador de las diversas formas representativas con que dicha realidad podía plasmarse. El cineasta nunca ha sido un cronista de su tiempo sino una suerte de moderno mago Méliès a quien lo último que le preocupa es que el espectador descubra sus trucos.
Estamos frente a una delicada y breve pieza de cámara que parece chocar de inmediato con las grandes obras características del realizador, de inmensas duraciones (con la reveladora Out 1, noli me tangere (1971) y sus más de doce horas a la cabeza), de las que de alguna forma esta película parece una olvidada pieza recortada en la sala de montaje que ha sido recuperada. Nada más lejos de la realidad. El maestro Rivette frente a la forzosa proximidad de la muerte se sitúa con una lucidez admirable, una vez más, frente a un cine que siempre ha preferido ignorarlo para elaborar uno de los títulos más sugestivos de los últimos años sobre su propio oficio como organizador de historias. Los complejos laberintos, que ocultaban herméticas conspiraciones, dan paso a un conmovedor juego de espejos situado en la pista de un circo de provincias. Un escenario lleno de imaginación en el que importan mucho más los gestos que las palabras. Un espacio, en que el que actúa un grupo de humildes artistas, y en el que descubrimos las huellas de una trágica historia del pasado sobre la que se vuelve en diferentes ocasiones pero que acaba convertida en un elemento secundario frente a la serena madurez narrativa del director y los propios intérpretes. Y es que, sin duda, buena parte del corazón de la pieza se encuentra en unos actores en estado de gracia: Jane Birkin, que continúa con su sempiterno aspecto de adolescente desgarbada, pero con el rostro cubierto ya de significativas y atractivas arrugas, y Sergio Castellito, como imprevisto maestro de ceremonias. La recuperación de los dos intérpretes tiene por supuesto mucho de despedida. Rivette regresa a los escenarios donde registró la magistral La bella mentirosa (La belle noiseuse, 1991) y convierte al director de teatro, obsesionado con encontrar una obra perdida de Goldoni, en un errante personaje anónimo con el que intenta trazar el luminoso último verano de sus personajes.
Observados por el imponente, y hermoso, pico de Saint Loup los artistas deben luchar para que el espectáculo no se detenga y que la fantasía se mantenga tan viva como siempre. No es por supuesto tarea sencilla y menos en el año 2011, por eso frente al Vete a saber de hace ya una década, Vittorio, el personaje de Castellito, para cerrar esta pequeña obra maestra, deja escapar un profético «¿Quién sabe?». Lúcidas palabras que tal vez puedan servir de epitafio para una de las más coherentes y valiosas trayectorias del cine moderno.
Ramon Alfonso
Si nos acerca
mos a las críticas que se realizan en filmaffinity, (colaboramos en alguna ocasión con el nombre de felas), veremos que en la mayor parte de ellas tiene puntuaciones muy bajas. A mí me gustó desde el primer momento que la ví, quizás por conocer el canódromo de la Meridiana, sorprenderme el concurso de pájaros, su música, o sencillamente porque me creo la historia y me gusta cómo se cuenta. Lo cierto que es que en el bar todos la puntuamos con un 8, excepto aquellos que pensaban de la misma más o menos lo siguiente:
“Es la primera vez que me asomo al balcón del particular universo del director catalán Marc Recha, el cual se ha labrado una todavía pequeña filmografía lejos de modas y convencionalismos y apostando por la creación de un estilo propio y original. Desconozco pues el carácter la de la totalidad de su obra aunque después de ver su película “Petit indi” puedo hacerme una idea de por dónde van los tiros. Recha compone un relato minimalista con pretensiones de fábula urbana, a las que no son ajenas la presencia de los animales y la naturaleza en general, marco perpetuo en el cual se mueven los personajes. Lo malo es que la idea da como mucho para un cortometraje, y el empeño en alargarla para transformarla en un largo no solo la malogra sino que convierte a “Petit indi” en una sucesión de planos, de escenas incluso, totalmente vacías, huecas, prescindibles en definitiva. Y es que una cosa es apostar por un tipo de cine arriesgado, alejado de los gustos comerciales y otra es despachar productos dignos de llenar el espacio sobrante en el video de una boda familiar.”
Lo cierto es que la peli tenía debía cumplir también en el día de ayer algunos objetivos: comprobar que la Barcelona oficial no tiene nada que ver con el barrio de Vallbona, donde se desarrolla la historia, que hoy incluso tiene las señas de pasar las vías del AVE, que allí los partidos clásicos independentistas tienen pocas posibilidades de ser mayoritarios.
Marc Recha ha ido creando para su hijo Roc episodio a episodio, día a día, camino de la escuela, una bella y poética declaración de amor paternal. Un día perfecte per volar (Un día perfecto para volar) El filme nace del empeño del cineasta por realzar la complicidad que se ha creado a lo largo de años entre un niño, su hijo, y su padre. Lo que se gestó como una historia íntima, sin pretensiones industriales, libre y espontánea, rodada en cinco días en un entorno muy familiar, se ha convertido en un filme que es todo un homenaje a la paternidad deseada y constructiva.
Marc Recha, ha ido inventando para su hijo un cuento de un gigante que siempre tiene hambre y que vive en un castillo cerca de un bosque con árboles que hablan, setas mágicas y un conejo blanco de orejas rojas. Los circuitos comerciales no aguantan estas propuestas pero nosotros en cuanto podamos y la encontremos lista para proyectar la pondremos. Afortunadamente estamos fueras de esos perniciosos circuitos.
FELIX
Edward Dmytryk (Grand Forks, Canadá, 4 de septiembre de 1908 – Encino, Estados Unidos, 1 de julio de 1999) fue un director de cine estadounidense de origen ucraniano. Dmytryk fue uno de los componentes de los Diez de Hollywood, la Lista negra de la industria del cine que se creó durante la caza de brujas del maccarthismo.
Aunque nacido en Grand Forks, Canadá, Dmytryk creció en San Francisco cuando sus padres ucranianos se trasladaron a los Estados Unidos. No fue hasta los 31 años cuando se nacionalizó norteamericano.
Compareció ante la Comisión de Actividades Antiamericanas (HUAC), donde rechazó cooperar por lo que fue enviado a la cárcel. Después de permanecer varios meses en prisión, Dmytryk tomó la decisión de testificar nuevamente y dar nombres de miembros del Partido Comunista Americano. El 25 de abril de 1951, Dmytryk aparecería en la HUAC por segunda vez confesando su pertenencia al partido comunista durante un breve periodo de 1945 y donde también confesó el nombre de 26 miembros de grupos de izquierdas como John Howard Lawson, Adrian Scott, Albert Maltz. Respecto a estos últimos, Dmytryk denunció sus presiones para incorporar mensajes propagandísticos de izquierdas en sus películas.
Después de estos hechos, Dmytryk se trasladó a Inglaterra, donde trabajaría junto a Stanley Kramer como productor en la realización de El motín del Caine (The Caine Mutiny, 1954). Protagonizada por Humphrey Bogart, José Ferrer, Van Johnson y Fred MacMurray y cuyo guion está basado en la novela del mismo nombre de Herman Wouk, ganadora del Premio Pulitzer en 1952, y cuya versión teatral había sido un éxito en 1953 con Henry Fonda en el papel del capitán neurótico. Ambientada en la Segunda Guerra Mundial, es un relato ficticio acerca de un motín en una nave de la Armada de los Estados Unidos, el USS Caine, y el consecuente consejo de guerra a dos oficiales de la nave. Obtuvo siete nominaciones al Oscar: Mejor película, guion, actor, actor de reparto, montaje, música y sonido. A pesar del entorno de la guerra, la película que realizó Edward Dmytryk no trata de ninguna batalla y ni siquiera aparecen los enemigos a los que se enfrenta la Marina aliada en ninguna de sus secuencias. Es, más bien, una historia de orden moral y lo que pone en escena es la legitimidad de unos oficiales de amotinarse.
- La gata negra (Walk on the Wild Side, 1962). Dove (Laurence Harvey) emprende un viaje a Nueva Orleans con el fin de encontrar a Hallie (Capucine). Su intención es rescatarla de su dudosa vida en el Dolf House Café, un local regentado por la experimentada Jo Courtney (Barbara Stanwyck). Pero en su camino, Dove conoce a la atractiva Kitty (Jane Fonda), que nada más llegar a Nueva Orleans engrosa las filas del equipo de chicas de Courtney. Dove está empeñado en sacar a Hallie del Dolf House, se ponga quien se ponga por delante. Un arriesgado drama que retrata con crudeza el sórdido mundo de las chicas de alterne. Cuenta con un magnífico equipo de actrices, donde destaca la imponente Barbara Stanwyck y una jovencísima Jane Fonda. La dirección es sobria aunque algo densa, pero hará las delicias de los aficionados al drama romántico. Una de las primeras películas en la que se aludía claramente al lesbianismo.