Crítica Cinematográfica

12 PM | 20 Sep

LA MUJER DEL CHATARRERO

Un episodio en la vida de un chatarrero

Danis Tanovic se dio a conocer con En tierra de nadie (No Man’s Land, 2001), película por la que logró el Oscar a mejor cinta de habla no inglesa. Tras su prometedor inicio, se embarco en un periplo europeo sin demasiada fortuna (Triangle, El infierno…), hasta que hace poco retornó a su patria con la muy interesante Cirkus Columbia. Tres años más tarde nos trae La mujer del chatarrero, la reconstrucción de la angustia de una familia gitana que no tiene el dinero para pagar una operación y que se ven excluidos de la seguridad social.

El estilo documental, con cámara al hombro y rehusando la luz artificial, nos remite a los primeros trabajos de su director, curtido como cámara en la sangrienta guerra civil que asoló Bosnia a inicios de la década de los 90. De igual modo el cineasta huye de la dramatización de la historia ciñéndose a los hechos tal como sucedieron, o lo que es lo mismo, manda a paseo la construcción dramática del guión sin importarle el peaje que sufre el espectador medio al enfrentarse con una cinta como la presente.

Para entendernos, lo que intenta es manipular lo menos posible la historia, evitando los adornos narrativos y procurando mirar la historia desechando los prejuicios y formas que puedan identificarse con el cine social más tramposo, más llamativo o fácil de empatizar. Al cineasta le basta saber que hay un componente de injusticia en la ya de por si patética administración bosnia (podría pasarme horas insultando a los gobernantes del país, en serio) y tratar lo acontecido con la mayor sensación de realidad posible, usando como actores a todas las personas reales que participaron en los acontecimientos que se cuentan.

Un episodio en la vida de un chatarrero

Así pues, con largos planos sostenidos seguimos a nuestro protagonista, un gitano que recoge chatarra de donde sea en pleno invierno balcánico para reunir la suma de 1.000 KM (500 euros) con los que pagar la sencilla operación que salvaría la vida a su mujer. Las acciones no son nada del otro mundo, y en todo momento parece huirse del suspense.

Cine de denuncia social sin artificios ni mensajes bien intencionados de pacotilla, aunque para ello renuncie en parte al lado emocional de la historia, que habría que mencionarse, alcanza sus mejores momentos cuando captura el espíritu de un hogar pobre y sencillo, pero lleno de amor.

Sin embargo, aunque de ideas claras y con ganas de destruir ciertos esquemas repetidos del llamado cine de denuncia (realmente, el tono huye precisamente de dicho “género” en buena parte del metraje), el relato no consigue alzar el vuelo, cosa que en ocasiones está a punto de lograr al mostrar la solidaridad entre vecinos o el amor que desprenden los personajes entre ellos. Las formas de su cineasta están ahí y se entiende su huida del tratamiento más amarillista y su búsqueda por capturar la sensación de realidad, y aunque no se hace pesada, pues apenas dura una hora y cuarto, sí que queda la sensación que podrían explotarse más los conflictos.

Se queda en un retrato intimista de una familia gitana, idea central de la cinta y su director por encima de la denuncia, que parece que es lo único que han visto algunos. No es una mala peli, ni mucho menos, pero un servidor esperaba más de alguien que ha demostrado tener una mirada privilegiada y crítica sobre su país y sus ciudadanos.

DE LA CRÍTICA APARECIDA EN EL BLOG «cine maldito»

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09 PM | 13 Sep

MI TÍO JACINTO (1956, Ladislao Vajda)

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Aunque un título como EL CEBO (1958) haya adquirido ya la condición de clásico de nuestro cine –pese a resultar una coproducción- o el descomunal éxito de MARCELINO PAN Y VINO (1955) supusiera uno de los más grandes de la historia del cine español, lo cierto es la obra del húngaro Ladislao Vajda (1906 – 1965) sigue manteniéndose en la sombra del semi olvido, aspecto en el que todos hemos contribuido por activa o por pasiva, y en el que tampoco hemos de olvidar la decadencia con la que cerró su filmografía. Una obra que se extiende en más de cuarenta títulos, de los cuales puede decirse que prácticamente la mitad de ellos fueron rodados en la España franquista en la que refugió, a partir de 1943. Entre ellos, no me gustaría dejar de destacar el brío aventurero mostrado en CARNE DE HORCA (1953), o la destreza con la que se elevaba de los convencionalismos de guión que planteaba TARDE DE TOROS (1956), que se erige como una de las crónicas más valiosas de cuantas se han rodado de temática taurina. Pero junto a la mencionada EL CEBO, si hubiera que destacar un título entre el conjunto de su obra –aunque de ella posea muchas lagunas-, no dudaría en destacar MI TÍO JACINTO (1956); segundo de los tres títulos que filmó con el protagonismo del mejor –quizá el único realmente genuino- niño prodigio que brindó el cine español; Pablito Calvo. Este protagonizó el ya señalado MARCELINO, PAN Y VINO y en 1957 cerraría su trilogía con la también estimulante fábula UN ANGEL PASÓ POR BROOKLYN. De ellas, es probablemente en el título que comentamos, donde se aúna con mayor perfección su condición de producto al servicio de un pequeño que contempla con ojos despreocupados el entorno que le rodea. Al mismo tiempo, se erige como una demoledora crónica sobre las miserias vividas en ese Madrid de los años cincuenta, en donde junto a su aspecto casticista parecen no haberse dejado detrás las consecuencias de una posguerra que aparece vigente en todos y cada uno de sus fotogramas.

La película se inicia con presteza, mediante la inútil búsqueda que un cartero realiza para un novillero que atiende al nombre de Jacinto. La carta circula por diversas direcciones –lo que nos indicará la decadencia vital que ha ido sufriendo el personaje-, hasta que en el estafeta de correos se logre detectar su dirección; una chabola situada en los suburbios de Madrid. Pese a la ligereza que pueda suponer conocer dicho emplazamiento, no dejará de ser un interesante punto de partida para conocer a los dos seres que protagonizarán la acción. De un lado Jacinto (Antonio Vico), un hombre al que se le supone un pasado en la fiesta taurina, pero al que el alcohol ha sumido en un estado de lamentable decadencia, al que acompaña su sobrino Pepote (Pablito Calvo), que con su ingenuidad y encanto se encarga de cuidar a su único familiar. Muy pronto Vajda nos mostrará el carácter fantasioso del pequeño, cuando con la llegada de una inesperada lluvia utilice un juego que tiene para formar una especie de balsa… que inundará la chabola en la que ambos viven. De inmediato atisbaremos la vida cotidiana de estos dos seres perdidos y marginales de la sociedad, que pasan sus días en el entorno del rastro madrileño. A partir de ese encuentro, Vajda desplegará con su deslumbrante técnica –que apenas se aprecia, ya que se encuentra al servicio de la historia narrada-, el hecho de que la carta a Jacinto obedece al error de un empresario taurino que lo había incluido en una charlotada. La realidad es que la ausencia del hombre que tenía previsto, en realidad proporcionará al decadente protagonista la posibilidad de retornar a los ruedos… pero para ello tendrá que alcanzar las trescientas pesetas con las que pueda alquilar el traje de luces que le brinda el dueño de la tienda de ropa vieja (Juan Calvo). En realidad, el nudo central de MI TÍO JACINTO, se centra en la búsqueda de esa ingente cantidad de dinero para poder cumplir con el encargo y, con ello, obtener un pago de mil quinientas pesetas. Y es desde ese punto de partida, desde donde comprobaremos toda una amplia galería de seres destinados al timo, al engaño del respetable, y por otra parte honrados ciudadanos que no dudan en picar en estas pequeñas estafas, convencidos con ello de haber logrado algún beneficio económico. Lo cierto es que la visión que se nos ofrece de ese Madrid castizo es demoledora, acentuando dicha visión la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Enrique Guerner, y la agudeza de un guión en el que no se desaprovecha la oportunidad de las situaciones situadas en un primer plano, para introducir aspectos secundarios que subrayan ese estado de miseria vivido en aquel entorno, de lo cual será un ejemplo palmario el dictado a sus superiores que ofrece el inspector (José Marco Davó), de las lamentables condiciones que sufren sus dependencias –se llegan a citar hasta sus aseos-, mientras atiende la detención de Jacinto y la decisión del pequeño de llevarlo al tribunal de menores.

Y es que en realidad, MI TÍO JACINTO es una película de aparente “guante blanco”, pero que contiene una “bola de acero” dentro. Desde ese presunto prisma de crónica de un neorrealismo tardío a la española, sus fotogramas en ningún momento abandonan esa sórdida crónica de una España en donde la miseria, el trapicheo, el estraperlismo y la carencia de medios, son moneda corriente en su vida diaria. Cierto es que en ella no se ausentarán aspectos divertidos –como el momento en el que el estafador José Isbert es pillado por un agente cargado con los relojes falsos que porta en su pechera, o el previo en el que Pepote discurre corriendo a poner en hora los relojes de un viejo dueño de tienda que se encuentra durmiendo, cuando dan las campanadas de las doce del mediodía-. Pero incluso en instantes en los que puede aparecer el apunte amable y divertido, en ellos aflora el tinte dramático –la secuencia en que Pepote tiene que hacer de toro ante una pandilla de chavales para sacarse unas perras y ayudar con ello a su tío a obtener esas trescientas pesetas que aparecen como inaccesibles-. En otras comprobaremos la clásica picaresca española –los timos con los falsos relojes de marca que efectúa Gila, o esas guías falsificadas que permitirán que incautos acaudalados compren presuntas y fraudulentas obras de arte-. Todo ello queda desplegado con inusual acierto por un Vajda en estado de especial inspiración, dentro de un espacio temporal que abarca unas pocas horas, para lograr ese objetivo cada vez más inalcanzable; el alquiler del traje de luces que permita a Jacinto cumplir el compromiso que le otorgue una nada desdeñable cantidad de dinero y, sobre todo, el retorno de su dignidad como persona –algo que expresará muy bien el actor de forma interiorizada en los instantes en que va a desarrollar su faena-. Una corrida en la que el director húngaro incidirá de nuevo y de manera muy especial en su vertiente sórdida y decadente, llegando a contagiar al espectador de los esfuerzos sobrehumanos realizados por este, que fructificarán en una serie de pases jaleados por el público. De nada valdrán ante las cogidas que recibirá, la ayuda de esos tristes payasos contra los que pretenderá luchar Jacinto y, finalmente, la presencia de esa cruel e inoportuna lluvia que anulará la posibilidad de regeneración de un hombre acabado, al que solo esperará el ayudante de la tienda del ropavejero –encarnado por el popular “Tip”-, quien se situará al lado del protagonista con la única intención de recuperar el traje prestado.

Demoledora visión de una sociedad que no sabe emerger de una miseria y unos comportamientos sociales ligados a la picaresca, MI TÍO JACINTO no deja de auspiciar aspectos amables, pero en última instancia se erige como una película de enorme crueldad, de la que solo con la fantasía de su protagonista ante su sobrino –relatándole una faena que en realidad no se ha producido-, intentará sublimar un estado de decadencia moral de casi imposible evasión. Ni que decir tiene, que unido a la pericia narrativa y técnica desplegada por un Vajda que parece transmitirnos casi los aromas de ese rastro en donde se traduce un trasunto de la picaresca española, en la que tampoco se ausenta su vitalismo y también la presencia de ciertos personajes positivos –la amable vendedora de sellos- una vez más cabe destacar un impresionante reparto de característicos, entre los que no me gustaría dejar de resaltar a un extraordinario José Marco Davó, Juan Calvo o Mariano Azaña, encarnando a ese cerillero comprador de las sobras de tabaco que tanto Jacinto, Pepote como muchos otros, van recogiendo por las calles para obtener unas míseras perras. En definitiva, nos encontramos con un exponente que se erige por derecho propio, como un pequeño clásico del cine español de los cincuenta

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11 PM | 06 Sep

SALVADOR ALLENDE, PATRICIO GUZMAN

“Salvador Allende”
100salvador allende minutos (2004)

SINOPSIS

Este homenaje que rinde Guzmán al ex presidente de Chile nos recuerda el sueño radiante que vivió su generación (donde política y utopía eran sinónimos). La obra es directa. No tiene informaciones explicativas ni demostrativas sino que ofrece un espacio de reflexión humana y personal a la vez que histórica. El resultado es un película generosa. «Salvador Allende» hizo 120.000 entradas en Francia con 34 copias durante 5 meses (de septiembre a enero de 2005). Fue estrenada en salas de: Bélgica, España, Suiza, Grecia, México, Austria, Italia, Canadá, Argentina, Uruguay y Chile (50.000 espectadores).

PREMIOS

SELECCIÓN OFICIAL FESTIVAL DE CANNES 2004.
MEJOR DOCUMENTAL DE CREACION EUROPEA, Annency 2004.
GRAND PRIX, Lima 2004.
PREMIO DEL PUBLICO, Salzburg 2005.
PREMIO «ALTAZOR», Chile, 2006.

FICHA TECNICA REDUCIDA:

Guión y realización: Patricio Guzmán
Asistido por: Andrea Guzmán
Montaje: Claudio Martínez
Imagen: Julia Muñoz y Patricio Guzmán
Sonido: Alvaro Silva Wuth
Música original: Jorge Arriagada
Consejera artística: Renate Sachse
Productor delegado: Jacques Bidou
Casa de Producción: JBA Productions
Soporte de rodaje: DVCam
Soporte definitivo: 35 MM (1.85), DVD y Beta Pal.

SELECCIÓN DE CRITICAS:

«Salvador Allende» no es una simple biografía. Es sobre todo un poema que sale del alma del cineasta para rendirle homenaje al presidente chileno».

LE MONDE DIPLOMATIQUE, José Maldavsky, París, sept. 2004

«Con Salvador Allende, la materia de Patricio Guzmán es triple. El teje las imágenes de archivo, los encuentros con los personajes y la materia íntima de sus propios recuerdos y de su vida (…) Todo retrato es también un autorretrato (…) Junto con Raymond Depardon, el brasileño Walter Salles o Michael Moore, la apertura al cine documental empezada hace tres años por la Selección Oficial del Festival de Cannes confirma toda la vitalidad de esta forma cinematográfica frente a la ficción».

L’HUMANITE, París, 14 de mayo 2004

«Había la memoria de la pesadilla… ahora existe la memoria del sueño (…) Patricio Guzmán muestra «aquel sueño radiante» del cineasta joven que era entonces y de todo un pueblo que instaló en el poder a Salvador Allende en 1970 (…) Guzmán encuentra la materia principal de su película en planos de archivo de sus propios fondos de cineasta más algunos planos del holandés Joris Ivens (…) El sueño queda intacto».

LIBERATION, París, 13 de mayo 2004

«Documental inspirado y conmovedor sobre el presidente Allende. Una elegía sobre el destino del pueblo chileno que no puede dejar indiferente a nadie».

LES INROCKUPTIBLES, Jean-Baptiste Morain, París, 8 de sept. 2004

«Un documental nítido y riguroso. Una ocasión de instruirse o de acordarse cuando el proceso contra Pinochet se abre de nuevo».

LE CANARD ENCHAINÉ, Jean-Paul Grousset, París, 8 de septiembre 2004

«El último viaje de Patricio Guzmán a través del espacio de la amnesia que es la historia de Chile es sin duda uno de los viajes mas apasionantes de este documentalista, con muchas secuencias rigurosas y emocionantes (…) Un filme cautivante (…). La originalidad del filme reposa en una sensible evolución de Guzmán con su propio arte (…). La película sin ser sensacionalista pone en escena la utopía y privilegia el mito».

CAHIER DU CINEMA, Thierry Méranger, París, septiembre 2004

«¡Qué bueno dejarse llevar por las imágenes de Patricio Guzmán!»

LE COURIER, Emmilie Valentin, París, 2 de octubre 2004

«Con Salvador Allende, Patricio Guzmán exhuma ese sueño radiante de igualdad y justicia que encarna para toda una generación de chilenos, ese sueño revolucionario y pacifista (…). Guzmán sacude nuestra amnesia».

PARIS-OBS-SUPLEMENTO, Richard Cannavo, París, 9-15 sept. 2004

«El filme es conmovedor, elegante, poderoso. Deja ver detrás de su cadencia de montaje la mano de un maestro en esta tarea del cine embarcado en su hermosa batalla contra el olvido (…) Se trata de un documento de extraordinaria fuerza evocadora, un insólito ejercicio de cine documental introspectivo, en el que Guzmán conmemora desde rincones de su memoria íntima los momentos de gloria del presidente Allende y lo que su figura tuvo de punto de encuentro con la soñada esperanza de una fusión entre socialismo pleno y plena democracia».

EL PAIS, Angel Fernández-Santos, Madrid, 14 de mayo 2004

«Como Salvador Allende, Patricio Guzmán ha dedicado su vida a Chile, su país. Parece entonces enteramente normal que consagre un documental a su héroe político, mártir del 11 de septiembre de 1973. Más que un simple retrato, es un filme inspirado en el cual Guzmán logra tomar una distancia considerable en relación al tema. A partir de imágenes de archivo, de testimonios de sobrevivientes y un análisis político inédito, muestra el entusiasmo que ha representado para todo un pueblo la victoria de Allende en 1970, sin eludir los errores de juicio y sobre todo mostrar la tenaza política y económica en la cual Allende se encontraba aprisionado. Un filme muy rico, a veces muy emotivo, que rompe el tabú del silencio sobre una personalidad faro del siglo XX».

ZURBAN, París, 13 de mayo 2004

«Un país sin documental es como una familia sin fotos», dice Patricio Guzmán, cineasta chileno consagrado después de 30 años a contar la historia de su país para completar su memoria. Después de El caso Pinochet (2001) él muestra ahora el retrato antagonista de Salvador Allende. Es oponer la luz a las tinieblas, la civilización y la legalidad a «la brutalidad de la dictadura» en una antítesis al estilo de Víctor Hugo (…) Ofrece una biografía muy hagiográfica desde el punto de vista de los simpatizantes del presidente (los opositores, especialmente los norteamericanos, son claramente los villanos) lo que no le impide ser cautivante y matizado al interior del campo revolucionario.

LE FIGARO, París, 13 de mayo 2004

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08 AM | 02 Jul

CARRETERA PERDIDA

Hay un probcarretara perdidalema con las personas que hacen una mala crítica de esta película, y este problema es que para decir que es mala se justifican en que no tiene sentido o que no se entiende. Pero he aquí la cuestión, estas personas no se preocupan en entender la película, claro que es complicada y díficil pero si hicieran un esfuerzo y debatieran la película con los amigos, se darían cuenta de que tiene todo el sentido del mundo.

Lynch nunca explica sus películas pero no se cansa de repetir que el cine es una conjunción de imágenes y sonido, hay que fijarse en los detalles y no solo en lo que puedan decir los actores sino que tambien guiarse por las imágenes y los sonidos. Lo mismo pasa con «Mulholland Drive», otra obra maestra, si te fijas en los detalles acabas por entender la película y eso al final crea una gran satisfacción, no hayada con otro tipo de película

spoiler:
El protagonista ha matado a su mujer porque le ha sido infiel con otro hombre, por ello él se crea una paranoia mental en la cual vive con su mujer y recibe videos misteriosos a su casa. Dentro de la historia que se ha montado, su mujer aparece muerta y en su imaginación le meten en la cárcel. Hay que fijarse que en la cárcel esta solo, no hay compañeros en el patio por lo que hay que entender que eso no está pasando de verdad. Por tanto en un intento de huir del crimen que cometió, se inventa una nueva personalidad totalmente distinta a él, un chico joven que curiosamente cuando trabaja en un taller y escucha la misma canción que tocaba el protagonista al principio de la película, pide que la quiten porque no le gusta. Pero es incapaz de huir de su pasado porque se sigue encontrando con su mujer y el amante tomando otro papel en la historia. Al final de la película vuelve a su estado original, su conciencia (hombre extraño) le hace ver lo que hizo y se llega a la conclusión de que es un hombre loco que mató a su mujer y está huyendo de la policía
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03 PM | 13 Jun

PRIMERA APROXIMACION A FASSBINDER

                   Lucas Tello

El matrimonio de Maria Braun es la primera película que veo de Rainer W. Fassbinder. Me habían dicho que sus películas resultaban áridas de ver y eso, más de una vez, me había persuadido en favor de algún otro título. Por suerte, anoche me encontraba con el estado de ánimo idóneo para afrontar una película de complicado cariz.

La historia de Maria Braun está construída en torno a la idea de mostrar metafóricamente el desarrollo económico y social de la Alemania de después de la II Guerra Mundial. Éste punto de partida y, a su vez, objetivo se dilucida gracias a las fotografías de Hitler al principio, y de los dirigentes de la Alemania del oeste al final: Adenauer, Erhart, Kiesinger y Schmidt. Es, sin duda, éste matrimonio de Maria Braun una excelente metáfora del desarrollo alemán; los personajes son, en muchas ocasiones, un modelo de los factores que intervinieron en el cambio social de la época. La madre de Maria es una mujer que se adapta rápidamente al nuevo modelo cultural, se busca un amante y olvida la muerte de su marido en el frente junto al bochornoso pasado reciente. Oswald, el amante de la protagonista en la segunda mitad de la película, es un francés que tiene un negocio textil en Alemania; un empresario al borde de la muerte que le da mayor importancia a los sentimientos que a la economía y que se enamora de la frescura de Maria. Por el otro lado encontramos a Senkenberg, socio de Oswald, que representa con su personalidad a una Alemania que se centra en los negocios para mirar adelante pero que se deja en la derrota bélica los sentimientos y las relaciones afectivas. Y Maria, en medio de todos ellos, se convierte por momentos en el espíritu de la Alemania que se desarrolla a ritmo vertiginoso, que cambia y se vuelve fría como el hielo.

Todo éste aparato metafórico que subyace bajo la historia resulta interesante, sin embargo el máximo interés lo he encontrado en el cómo, no en el qué. Es decir, el desarrollo de Alemania en esa época es un tema que interesa principalmente a los alemanes y a los historiadores. Lo que me ha mantenido pegado al asiento, rozando el éxtasis en algunas ocasiones, es el modo en que está hecha la película.

La dirección de Rainer W. Fassbinder me ha parecido muy estimulante, su trabajo junto a los directores de fotografía Michael Ballhaus y Horst Knecht se me antoja especialmente próximo. La dirección tiene mucho que ver con el diseño de los decorados, el trabajo de iluminación, el uso de unas tonalidades específicas, y, sobre todo, una planificación muy detallada del movimiento de los personajes a través del escenario. La cámara de Fassbinder se sitúa siempre en una zona discreta, en la que parece que estamos espiando a los personajes: a través de rejillas, marcos de puertas o paredes destruidas (especial mención al boquete de la casa de Maria, por el que se ve casi todo). En éste sentido, la dirección de Fassbinder recuerda a la de Murnau cuando éste último usaba trucos para atravesar las paredes. Fassbinder no necesita eso, tiene el pretexto perfecto para poder destruirlas y ver a través de ellas.

Por otro lado, el movimiento de los personajes a través del cuadro es un efecto de carácter teatral que dota de gran riqueza a las escenas y justifica los elegantes movimientos de cámara. Ésto no quiere decir que la película sea teatral, es más, con esa característica tan propia del teatro consigue realzar aún más la narrativa propiamente cinematográfica. Recuerdo especialmente esa escena en la que Maria pasa por los brazos de cada uno de los asistentes al cumpleaños de su madre, y me doy cuenta de que hasta el más insignificante detalle está justificado y tiene un sentido dentro del aparato ideológico de la historia.

Otro tanto en favor, ésta vez de los guionistas Pea Fröhlich y Peter Märthesheimer, está en el fino sentido de la ironía y del humor; los diálogos de Maria juegan en muchas ocasiones con más de una línea de interpretación. Maria es una mujer fuerte, que se adapta a las dificultades y sabe salir a flote, es un personaje caracterizado en cada detalle, en cada gesto y palabra. Hay que reconocer queHanna Schygulla se adapta magníficamente al papel, dotándolo de gracia y sensualidad. Los demás personajes, sin llegar a la definición casi milimétrica de Maria, se detallan en sus gestos, en sus reacciones y palabras también.

En definitiva, El matrimonio de Maria Braun me ha parecido excepcionalmente inteligente en su contenido, construida con una mirada única y un planteamiento teórico muy sólido. Es un primer paso que invita con insistencia a indagar más en la filmografía de Rainer Fassbinder. Su tacto cinematográfico lo aleja de cualquier otro estilo que haya conocido, y su película, lejos de parecerme aburrida, me ha parecido realmente estimulante. En algún que otro momento me he encontrado como la protagonista del cortometraje de Konchalovsky perteneciente a la colección A cada uno su cine:al borde del colapso ante la extrema belleza de las imágenes y sus significados.

 

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