Crítica Cinematográfica

01 AM | 28 Nov

TIERRAS DE PENUMBRA

 DEL FORO piedrasdelguisante

El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato»

 

Algunas veces pienso que intentar expresar lo que para ti significa el amor a primera vista con una película o más exactamente el “coup de coeur” (“golpe de corazón” literalmente), como lo llaman los franceses, es lo más complicado que existe, porque entre la obra y el espectador se produce una conexión tan profunda que es casi imposible observarla fuera de ti mismo, como mero crítico objetivo. Esta película dirigida en 1993 por Richard Attenborough, me ha acompañado desde mi adolescencia como un tesoro, hasta tal punto que las frases del guión han llenado mis agendas y carpetas desde hace mucho tiempo. Y no importa las veces que la haya visto, siempre me aprieta el corazón de la misma manera, me deja sin respiración, como pensando, “esto es, esta es la vida, este es el amor, esta es la muerte”.

Sobra decir que esta es la mejor obra de Attenborough (“Un puente demasiado lejano”, 1977, “Gandhi”, 1982), no sólo objetivamente, sino que es la única película en la que trasciende la pantalla para reflejar algo de sí mismo, que va más allá. Lamentablemente, ha sido ignorada por muchos críticos y no resulta tampoco especialmente conocida por el gran público. Pero, ¿sabéis una cosa? Es un secreto a voces, algo místico que debe descubrirse en el momento adecuado, sea en la adolescencia (como me pasó a mí) o sea en el estadio adulto (como le ha pasado a otros).

“Tierras de penumbra” cuenta una historia simple, pero repleta de mensajes tanto religiosos, como filosóficos, como espirituales. Es una película pseudo biográfica basada en el libro corto de C.S. Lewis, “La pena en observación”, aunque sin ser propiamente una adaptación del libro. El conocido académico de Oxford y escritor británico, C.S. Lewis (Anthony Hopkins), autor entre otras novela de “Las Crónicas de Narnia”, lleva una vida austera, rutinaria, erudita y ordenada, dando clases y conferencias e intercambiando saberes con otros eminentes académicos, hasta que su vida queda trastocada por completo con la llegada de Joy Gresham (Debra Winger), poetisa americana impulsiva, espontánea, judía y comunista, y su hijo Douglas (Joseph Mazzello). Lo que en un principio es mera amistad, surgida sobre todo por discusiones y argumentaciones literarias, se irá transformando en un sentimiento amoroso, que, sin embargo, pasa desapercibido para el rígido escritor. Hasta que la realidad le da un golpe tan duro que comprende perfectamente que tiene el amor de su vida delante de las narices y que no quiere perderlo por nada del mundo.

Rodada en buena parte en espacios naturales, con una fotografía inmensa, cuenta con una puesta en escena magistral, que acompaña perfectamente la evolución de los personajes, dentro de unos espacios recurrentes (la universidad, la casa del escritor, la estación de tren), que dotan de gran coherencia y densidad a la historia, pues dentro de esos reiterados espacios se obra el milagro de la transformación de un ser racionalista e intelectual, que no conoce del amor y de la vida más que por los libros que lee y escribe, a un ser lleno de magia, que vuelve a mirar el mundo con la curiosidad de un niño. Como los niños a los que se dirigen sus novelas de fantasía, como los niños que atraviesan el armario en sus Crónicas de Narnia, como el niño que él mismo fue alguna lejana vez.

El magnífico personaje interpretado por un Hopkins en estado de gracia (vamos, como nos tiene acostumbrados, destilando una emocionante verdad y contención hasta la explosión del drama), sufre una agonía constante por sus pensamientos sobre la vida y sobre todo por sus disertaciones unamunianas sobre Dios (“el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos”, “El sufrimiento es el cincel que Dios emplea para perfeccionar al hombre”), hasta que se da cuenta que ese sufrimiento sobre el que tanto discute es un sentimiento nimio comparado con el sufrimiento que puede depararle la vida, al saber que lo que más ama es efímero. Las miradas de Hopkins (en la estación de tren cuando recibe por segunda vez a Joy y a su hijo, o cuando se da cuenta de lo que de verdad siente por ella en su conversación con el cura) son de esas que difícilmente pueden olvidarse. Debra Winger no le va a la zaga, pues interpreta los momentos más trágicos como pocas actrices consiguen (recordemos “La fuerza del cariño”, por ejemplo).

Debo advertir que es una película de profundo estilo europeo, es decir, de ritmo pausado, aunque no lento, pues, sobre todo al principio, se suceden escenas cortas que acaban en punta, con frases agudas, hasta que el drama va cambiando la forma de dirigir y nos encontramos secuencias más largas y melodramáticas.

La banda sonora de George Fenton es un lazo de oro para el drama y los temas universales que se tratan en el filme.

A destacar la escena que se desarrolla en la habitación del profesor hacia la última parte de la película, no sólo por lo que significa, su sencillez y profundidad, sino por la forma en la que está rodada, con 8 posiciones de cámara en un espacio reducido; así como la conmovedora escena del escritor y el niño en el desván, en la que no vemos a un adulto y a un niño, sino a dos niños desamparados.

En resumen, una película sensible (pero sabiamente contenida), que trata de forma inteligente temas como la vida, la muerte, las dudas (es tierra de penumbras), el amor, la infancia, el dolor, la felicidad, la religión.

Sí, soy poco objetiva, porque cada vez que acabo de verla tengo la cara llena de lágrimas y al recordarla me pasa lo mismo. Es lo que tiene un alma en penumbras como la mía, que siempre persigue con una sonrisa el sol al otro lado del valle, a la vuelta de la esquina y sabe que la felicidad de ahora es parte del dolor de entonces. Espero que el dolor no llegue, pero que cuando llegue lo haga como un vendaval, como un torrente, como un tsunami, porque eso significará que he amado, que he disfrutado, que he bailado bajo la lluvia, que he vivido.

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12 PM | 13 Nov

El ser humano como distancia hecha carne

CRÍTICA DE NUESTRO AMIGO DAVILOCHIdescarga-10

 

 

Esta famosa frasa de Nietzsche resumiría bastante bien el contenido de esta interesante producción croata que tiene por actor principal a un siempre magnífico Miki Manojlovic, que cada cual saque sus propias conclusiones en torno a la sentencia del filósofo alemán y su relación con la película. Para mi gusto creo que esta película viene a mostrar de algún modo la contradicción del ser humano, siempre en una dura pugna entre seguir sus instintos más básicos o rendirse a los convencionalismos sociales. De ahí que el ser humano sea una disonancia – lo cual es reflejado en el film a la perfección – porque tiende a lograr a duras penas la tan ansiada armonía con el medio que le rodea, todo ello a costa de muchos desajustes en la vida de otros seres humanos que conviven con éste. Si algo nos muestra la película es la inserción del ser humano en un complejo juego de redes sociales que se tocan en sus extremos con otras (en este caso pienso en los hermanos Nikola y Braco, que marcados por su pasión hacia las mujeres siguen un destino casi paralelo, tanto que sus vidas se asemejan a un juego de espejos). La estructura del film se articula en torno a Nikola y Braco, que son los que dan al film esa forma simétrica tan características y pocas veces tan bien lograda.

Esto que para mí no deja de ser una hiperbolización de la realidad (aunque quizás haya llegado a preguntarme en algún momento si realmente mi padre es quien me han dicho toda vida que es, ¿por qué no?) viene a mostrarnos lo que no deja de ser un tema recurrente en el mundo del arte: la infidelidad, los celos en el seno de la familia y todo lo que gira en torno a éstos. En la propia Croacia los críticos han alabado la película por ajustarse bastante bien a la realidad cotidiana de muchos miembros de las clases medias-altas de Zagreb.

Valoro de forma excepcional el pequeño papel de Nina Ivanisin (a quien me costó reconocer respecto a su anterior film Slovenka), la escenificación de su papel de joven inocente raya la perfección (fíjense en la expresividad de su rostro) y su belleza delicada y tan particular hará las delicias de los/as más exigentes. Toda su intervención me parece maravillosa de principio a fin, así como la emoción que embarga a Nikola al pasar a palabras mayores con ella en una escena sexual que en sus primeros minutos es casi ritualística (con recitación de poesía incluida).

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01 PM | 05 Nov

Relato de un fracaso discreto

        ALFONSO PELAEZ

Oslo, 31 de agosto. Esa fue la película de ayer. El relato de un fracaso discreto. Tal vez la frase valiese como etiqueta para la película de Joachim Trier. Una adaptación cinematográfica muy libre de la novela Le fedescarga-5u follet de M. Drieu La Rochelle, tal como se remarca en los títulos de crédito.

Después de revisar (gracias Félix, por subirlas a la página del Colectivo) algunas de las críticas que la novela cosechó en la prensa francesa al ser publicada en el año1931, es evidente que el protagonista de Trier se aleja bastante del Alain de La Rochelle, un personaje, este último, lúcido y decadente, cuya inteligencia superior le permite auscultar la verdad más velada de su mundo, al tiempo que su falta de coraje le impide afrontar la realidad de la vida. Hay además un detalle narrativo, para mi gusto particular, bastante diferenciador: el método para la solución final: Alain recurre a un revólver en un recurso que va más allá de la pura funcionalidad. Tirar de él para suicidarse vendría a ser una especie de intento por aferrarse a algo duro y sólido, aunque solo fuere en el último instante de su vida. No en vano el autor nos llega a decir que para Alain “únicamente los objetos sólidos guardan una forma”. Es decir un significado, un valor.

El crítico Edmond Jaloux de L’Esprit des Livres lamenta que el novelista no hable más de la droga. En cambio, Trier basa precisamente en la droga, (las distintas drogas que enumera el protagonista), todo el desarraigo y el hundimiento moral de nuestro hombre, pasando mucho más de puntillas sobre la otra gran faceta del personaje, su fracaso como escritor; lo que únicamente se insinúa a través de la entrevista de trabajo en la editorial donde aspira, (pero poco, sin entusiasmo) a un puesto de asistente de editor.

Es decir, el tortuoso e inevitable recorrido del protagonista durante el 30 de Agosto, por Oslo, hasta desembocar en el fatídico amanecer del 31, cuando un pico desmesurado cerrará el paréntesis abierto veinticuatro horas antes, mediante la patética zambullida, agarrando a un pedrusco que cualquier espectador sabe de antemano que soltará una vez que le apriete la agonía, ese peregrinaje en busca de un último asidero, especialmente el de su sorda esposa/novia, si puede resultar coincidente en lo episódico, creo que las circunstancias meramente ambientales, y la divergente puesta de énfasis en detalles capitales, justifican de sobra la acotación de los títulos de crédito, hasta el punto de que yo pueda decir que frente a la novela,  Oslo, 31 de agosto se trata del relato cinematográfico de un fracaso discreto, pero desde luego contado con una gran y discreta eficacia.

A ver qué nos ponen el próximo viernes.

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