Crítica Cinematográfica

03 PM | 30 Oct

No envejeceremos juntos

Pialat por Marlène Jobert (No envejeceremos juntos)

 

Conocía a Pialat porque, por aquel entonces, él todavía era muy amigo de Claude Berri y yo vivía con Claude. Cenábamos juntos a menudo. Acepté rodar No envejeceremos juntos primero porque me habían gustado mucho La infancia desnuda y La maison des bois, pero sobre todo porque adoré el guión. Los diálogos eran justos, precisos. Me parecían de una gran autenticidad y con razón: habiendo conocido a Colette, la inspiradora de Catherine, mi personaje en la película, sabía hasta qué punto esta historia era autobiográfica. Contrariamente a lo que se piensa a menudo, prácticamente no había improvisación. El texto estaba escrito y muy bien escrito. En plató, entre Pialat y yo, después de algunos días de ajuste, fue bastante bien. A mí mi personaje me parecía demasiado blando, pero eso era lo que él quería. Así que se lo di. Confié en él. Para mí cuando a un actor le gusta el cine de un director, tiene que tener en él una confianza ciega. Aquel año rodé cinco películas en catorce meses: estaba especialmente feliz de hacer esta porque para mí era algo diferente. Me gustaba, así que no quería pelear. 

Para Jean Yanne fue más difícil. No le gustaba interpretar a ese personaje excesivo. Es más, estaba en total desacuerdo con lo que Pialat le hacía decir. Había muchas fricciones. Al cabo de tres semanas de rodaje todo el mundo quería parar. 

Sí, Pialat tenía carácter, pero había que aceptarlo. Yo pensaba en el resultado, me parecía que merecía la pena. Había que comprender cómo funcionaba: le horrorizaban los cumplidos. No le gustaba hacerlos ni que se los hiciesen. Por pudor, sin duda. Si los hacía tenía miedo de no parecer sincero. Después de una escena no manifestaba su satisfacción con palabras, pero llegué a descubrir en sus ojos una especie de sonrisa oculta. Había que detectar. Como estaba muy concentrado en su desacuerdo con Jean a mí me dejaba en paz. Sólo tuvimos un problema, ridículo, sobre la elección de un bañador. El quería que llevase un bañador a cuadros vichy rosas y blancos. A mí me parecía que estaba pasado de moda. Estaba tan pasado de moda que la estilista no consiguió encontrar uno. Finalmente él renunció. La principal crisis del rodaje tuvo lugar un fin de semana. Como rodábamos en Camargue había previsto pasar el fin de semana en en casa de mis padres, cerca de Toulon. El viernes los productores, Jean-Pierre Rassam y Jacques Dorfmann vieron los brutos y no les gustó nada. Furioso, Pialat me dijo que no volviese el lunes. Durante el fin de semana reflexioné  y me dije que tenía que volver. Me presenté allí y el rodaje continuó. La película fue presentada en Cannes. Las críticas fueron estupendas. Sigue siendo una de mis mejores películas. ¿Lo que aprendí de él como actriz? A no actuar, sino a ser. Luego Maurice y yo no guardamos el contacto. Como ya no vivía con Claude Berri no tenía ocasión de verle. Y además era tan taciturno en la vida, con una insatisfacción desgarradora, eternamente enfadado. Y en primer lugar consigo sí mismo. 

 

 

Testimonio recogido por Olivier Nicklaus, para Les Inrockuptibles Hors Série, Maurice Pialat. Traducción Pablo García Canga

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08 PM | 20 Oct

Don camilo

En 1948 Giovanni Guareschi escribía un libro maravilloso, grande en calidad aunque su estilo tuviera una sencillez acorde con su temática, y que hoy en día no es debidamente valorado. DON CAMILO, que de él hablamos, ilustraba con gran humor y humanidad la vida en los pueblitos campesinos de las orillas del Po, donde ni siquiera las querellas entre vecinos eran para tomarse muy a la tremenda. Cuatro años más tarde, el director Julien Duvivier llevaría al celuloide las historias incluidas en dicho libro, al que seguirían otros, igualmente trasladados a la pantalla grande.

En el rol protagónico tenemos al genial comediante Fernandel en el que se convertiría sin duda en su papel más recordado, el Don Camilo del título, un cura de enorme fe y espíritu cristiano, pero de métodos poco ortodoxos e involucrado en política pueblerina. La misma lo enfrenta a un alcalde comunista, Pepón (Gino Cervi), buen hombre a su manera, pero rudo y obstinado (entre otros defectillos). Y mediando entre otros está el Cristo crucificado del altar mayor de la iglesia (voz en off de Ruggero Ruggeri), quien no deja pasar la menor falta a Don Camilo, quien después de todo es su siervo y debe hacerlo quedar bien, aunque el partido rojo, por ateo, parezca oler un tanto a azufre. En torno a ellos giran las vicisitudes de los demás habitantes del pueblo, enrolados en el bando del cura o en el del alcalde y por lo tanto tan ferozmente enfrentados como ellos, pero aliados cuando la situación lo requiere.

La película no respeta el orden de los episodios tal como aparecen en el libro, pero a nadie le importa y quizás muy pocos lo hayamos advertido, porque lo que realmente importa es que se ha captado el espíritu de la obra, cosa que no puede decirse del filme que sobre el mismo personaje se hizo en 1983 con Terence Hill como Don Camilo. Quien por momentos se sature del efectismo aturdidor de Hollywood y busque algo diferente, encontrará en DON CAMILO un retrato de tiempos mucho más tranquilos que éstos que corren y, por consiguiente, será como un remanso de paz.

Durante la posguerra (año 1946), en un pueblecito italiano llamado Brescello, las elecciones de alcalde las gana, Giuseppe Bottazzi, mejor conocido como Peppone, un comunista tosco y casi iletrado, al que la gente quiere porque tiene un corazón tan grande como un planeta. Como es de esperarse, y aunque es su amigo de vieja data y de muchas aventuras, el cura del pueblo, Don Camilo -un hombre que habla con Cristo crucificado como cualquier Marcelino ¡y es capaz de tomarla a puños con el más pintado como cualquier Bambino-, no verá con buenos ojos esta situación, pues, cura y reaccionario son casi siempre lo mismo, pero, éste tiene también un corazón blandito… y las relaciones que van a darse entre ellos son para hacer historia.

¡Se pasa de maravilla, con risas aseguradas, diálogos deliciosos y con un par de personajes que, por más que los resistas, se te meterán en las entrañas y anhelarás volver a verlos! De paso, quedará sembrada otra linda semilla que promueve el respeto por la diferencia y que demuestra que, a cada ser humano hay que juzgarlo ¡exclusivamente por sus acciones! y no por su sotana o su bandera.

Este delicioso cuento, comenzó con un sacerdote de la vida real llamado, Don Camillo Valota, el cual se unió a los partisanos de Italia durante la II Guerra Mundial, tras presenciar las atrocidades que cometían los fascistas con la gente del pueblo y estimulado al ver como la gente del sur comenzaba a desertar para unirse a Los Aliados. Este valeroso sacerdote, inspiraría a Giovannino (Giovanni) Guareschi, para escribir su novela, “Don Camilo” (Don Camillo, 1948), la cual tendría dos atractivas secuelas: El Retorno de Don Camilo (1953) y El camarada Don Camilo (1963).

Adaptada al cine, con las debidas licencias argumentales, por Julien Duvivier y René Barjavel, el resultado es una de esas comedias con aroma a pueblo que, en ciertas ocasiones, han resultado maravillosas. Las actuaciones de Fernandel (Don Camilo) y Gino Cervi (Peppone) son para la eternidad y, Duvivier, quien también hizo de director, demuestra un acierto total al recrear situaciones que exaltan muy gratamente la amistad y el compromiso social… hasta la presencia de Jesús en la cruz y su socarrona voz en off, lo convierten en todo un personaje.

Preciosa la manera como las pequeñas frases claman lo que esconden los corazones. La religiosidad de Peppone salta en: “No le pegué como ministro de Dios sino como rival político”, “No me he apartado por usted sino por Él (señalando el crucifijo)”. Y de seguro, ustedes descubrirán cuando se evidencia el alto aprecio del cura por Peppone y de Cristo por ambos.

EKELEDUDU  y Luis Guillermo  de filmaffinity 
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01 PM | 14 Oct

EL ELEMENTO DEL CRIMEN

El elemento del crimen


Dinamarca, 1984. 104m. C.
D.: Lars von Trier P.: Per Holst G.: Niels Vørsel & Lars von Trier I.: Michael Elphick, Esmond Knight, Me Me Lai, Jerold Wells

La ópera prima de Lars von Trier comienza con una serie de imágenes que nos sitúan en El Cairo. Tras éstas, un plano fijo nos muestra a un terapeuta que habla directamente a cámara, dirigiéndose al protagonista del film, el detective Fisher. La voz de éste se escucha en off con un profundo tono grave, como un sonido escuchado en el interior de nuestra cabeza. confirmándonos que estamos viendo a través de sus ojos. Cuando el terapeuta decide hipnotizar a Fisher para descubrir qué es lo que pasó en su último caso, la búsqueda de un asesino que descuartiza a niños que trabajan vendiendo lotería en una anónima localidad europea, comenzando una cuenta atrás, sumerge a Fisher en su propia consciencia, a la búsqueda de esos recuerdos alterados, y a nosotros con él. Por tanto, a partir de ese punto, el relato que se nos contará no tiene que ser necesariamente la verdad de lo que ocurrió, sino la interpretación que el protagonista hace de esos hechos, los cuales pueden ser facilmente manipulados. De hecho, a lo largo del metraje escuchamos varias veces la voz en off del terapeuta dudando de lo que está escuchando: a veces, le dice a Fisher que está divagando y otras le pregunta si realmente tal personaje dijo tal frase.

Este punto de vista subjetivo está directamente relacionado con las pesquisas detectivescas de Fisher, quien hace uso del método llamado «el elemento del crimen» para encontrar al asesino. Dicho método, elaborado por Osborne, el antiguo mentor de Fisher, consiste en reconstruir los últimos pasos y acciones del criminal para lograr comprender su manera de pensar: un periplo físico en busca de un objetivo psicológico. El elemento del crimen se convierte así en una espiral introspectiva en la que vamos descendiendo hasta quedar encerrados en un callejón sin salida (primero, nos metemos en la mente de Fisher; a continuación, éste se mete en la mente del asesino; después…), contrastando esa perspectiva mental con la fisididad de los entornos que se nos muestran a través de ella.

Es de esta manera por la cual El elemento del crimen adquiere un tono onírico, casi surrealista, potenciado por la intensamente formalista puesta en escena de Von Trier, quien retrata las acciones de sus personajes y su colocación en los espacios como si formaran parte de una pesadillesca ensoñación: los travellings que recogen a los personajes estáticos, casi fusionados con el entorno como si fueran tableaux vivantes; la obsesiva utilización de las cámaras lentas; los saltos entre secuencias, dando a éstas una forma independiente, autoconclusiva; los extraños diálogos, como si el mensaje nos llegara sólo parcialmente y parte de la información se hubiera perdido en los recovecos de la memoria. Los ballardianos escenarios redondean la adscripción fantástica del film, catalogable en los parámetros de la ciencia-ficción, mostrándonos un mundo apocalíptico, en el que el hombre se mueve entre las ruinas y los desechos de una civilización anterior, ahora permanentemente castigado por una lluvia de tintes ácidos. La penetrante iluminación amarilla de la fotografía cubre de óxido las imágenes, dándoles una herrumbrosa tonalidad industrial, propia de un mundo muerto y en descomposición.

El elemento del crimen utiliza los lugares comunes del cine negro para recrearlos a través de una mirada cerebral, propia del cine de arte y ensayo. Y es de esa mirada intelectual la que ofrece lo peor y lo mejor de la película: por un lado, el resultado es inevitablemente petulante y no poco fastidioso en ocasiones; pero, a la vez, resulta una experiencia fascinante que lega un buen puñado de poderosas imágenes: los caballos sumergidos en un oscuro lago; el plano aéreo que sigue a un helicóptero mientras en tierra se busca un cadáver; las víctimas intentando escapar del asesino rompiendo los cristales de las ventanas, recogido por una grúa en retroceso. El elemento del crimen consigue irritar y ensimismar a partes iguales, suponiendo, por tanto, una perfecta carta de presentación de las constantes que regirán la carrera de un director que siempre se moverá entre las adhesiones más entusiastas y el rechazo más enérgico.

de EL blog DE int

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09 PM | 08 Oct

El extraño amor de Martha Ivers

Tres amigos de la infancia, Martha, Walter y Sam, comparten un terrible secreto. Con el paso del tiempo, la ambiciosa Martha (Stanwyck) y el pusilánime Walter (Douglas) se han casado: ella es una brillante y fría empresaria, y él es el fiscal del distrito; una combinación perfecta para dominar a su antojo la ciudad de Iverstown. Pero el inesperado regreso de Sam (Heflin) a la ciudad, después de muchos años de ausencia, perturba profundamente la vida de la pareja.

Huérfana desde la infancia, Martha es adoptada por su rica tía quien intentará por todos los medios que olvide todos los buenos recuerdos de su padre y su vida anterior. Una noche tormentosa su tía la descubre intentando huir con Sam Masterson quien se marcha de la casa y estalla una terrible discusión entre Martha y su tía. Martha golpea a su tía con un bastón provocando que caiga por las escaleras y muera. Walter O’Neill es testigo y guiado por su ambicioso y oportunista padre decide testificar que un desconocido mató a la mujer.

El extraño amor de Martha Ivers posee un argumento muy compacto; construido sobre las bases del melodrama característico de la serie negra: unos personajes oscuros, un crudo retrato de un peldaño de la sociedad, una mirada pesimista de la vida, un mundo corrupto lleno de sombras y recuerdos que amargan la existencia de las personas… En este sentido la trama se apoya en el factor casual al servicio de las reacciones de los personajes, para esbozar una historia azarosa cubierta de una intriga que se mantiene durante gran parte del desarrollo.

La puesta en escena de este título se muestra efectiva. El ruso Lewis Milestone trabaja con un uso de la cámara enfocado por encima de todo a otorgar mayor importancia al diálogo que a la estética del film. Esta prioridad provocará que la cámara se limite a grabar plácidamente las conversaciones entre los personajes fijando una posición demasiado estática exenta de cualquier creatividad.

 

Respecto a la fotografía de Victor Milner hay que destacar el empleo de la noche y de las malas condiciones climatológicas para crear un ambiente de sordidez. Kirk Douglas sabemos que fue un actor de categoría excepcional, pero aun así sorprende la calidad de este su primer trabajo. Creíble y francamente bien. Lo mismo que Van Heflin y Lizabett Scott (esta última merece ser rescatada de esos olvidos injustos que tanto abundan en el mundo del cine). Y hablando de olvidos, no lo hagan de Judith Anderson, la «odiadísima» ama de llaves de Rebeca, en otro papel cortado por el mismo patrón.

Como detalle cabe mencionar la participación de la poco afortunada Lizabeth Scoot que no gozaría de mucha suerte a lo largo de su trayectoria por el cine. La música de Miklos Rozsa resulta modélica en la utilización de leimotivs para caracterizar a personajes y situaciones, así como en la magnífica labor de combinar animadas partituras de jazz que consiguen enfervorizar el carácter de la historia.

Punto y aparte para Bárbara, actriz que sabe, enamorarnos (La mujer milagro), perdernos (Perdición) o como aquí, sorprendernos con veleidades pasionales y carencia de los más mínimos principios vitales. Al referirnos a ella como “nuestra” Barbara siento que estoy formando parte de un círculo de privilegiados, de un club de fans de una actriz que, a pesar de lo que diga el calendario, sigue existiendo…

En definitiva, este título es un notable largometraje que aúna la virtud de entrelazar una gran historia con un elenco de actores realmente maravilloso.

DEL DIARIO DE UN CINÉFILO CLÁSICO

 

 

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