06 PM | 16 Jun

EL MONOPOLIO DE LAS MENTIRAS

El diputado conservador Boris Johnson recorrió Gran Bretaña con un autobús donde se podía leer algo así como: “Cada día damos a la Unión Europea 350 millones de libras”. Dado que se trataba de una información rotundamente falsa fue denunciado y llevado a los tribunales. La magistrada Anne Rafferty, con ese desparpajo que suelen usar los jueces para conciliar sus ideas con las leyes, rechazó seguir adelante con el procedimiento y exclamó admirada de sí misma, y quizá también de su acendrado sentido del humor ‘british’: “Nos ha convencido, lo ha logrado y desestimamos la petición de comparecencia”. La mentira acababa de ser legalizada entre los monopolistas de la verdad.

El candidato con más posibilidades de ser el próximo dirigente del Partido Conservador había conseguido, gracias a la complacencia de los tribunales de Justicia, la hazaña que llevó a Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos: hacer de las mentiras una política de Estado. Risible si no fuera por las consecuencias. La frase tantas veces repetida de que cualquier ciudadano puede llegar a presidente, es tan ambigua que admite todos los matices, incluso el de que por más idiota, deslenguado, tramposo y corrupto que seas podrás aspirar a alcanzar la máxima categoría del primer imperio del mundo.

El Washington Post tiene abierta una sección dedicada a las mentiras del presidente Trump. En 828 días de mandato ha acumulado 10.111 falsedades de bulto, lo que hace una media diaria de 12 falacias. Ni los clásicos de la manipulación, desde Goebbels y Stalin, hasta nuestros convecinos Franco y Robles Piquer -cuñado de Fraga y encargado del principal gabinete de falsedades durante el viejo régimen- alcanzaron nunca tal nivel de saturación.

Entre los silencios pactados de manera consensuada en la Transición siempre tuve la tentación de saber qué se había hecho de los fabricantes de mentiras. Porque ese es un oficio perenne y quien entra en él y crece a partir de él no puede luego reciclarse en vendedor de pisos o zapatero. De entre ellos sólo me viene a la memoria Joaquín Bardavío, empleado a tiempo completo en los servicios de Carrero Blanco, que luego pasó a escribir manipuladores libritos de historia y al que nadie nunca preguntó qué mentiras se debían a su avezado talento de trolero. ¡Y pensar que Richard Nixon tuvo como apodos los de mentiroso y sucio! Eran otros tiempos y, aunque no le faltó voluntad, quizá necesitaba una sociedad más complaciente. La decencia era una categoría y si uno carecía de ella hacía todo por disimularlo. Exactamente lo contrario que les ocurre a Boris Johnson y a Donald Trump, emparentados algo más que con las mentiras. En el currículo que solemos manejar del hooligan Boris se ha caído el pequeño detalle de su condición de ciudadano de los Estados Unidos hasta hace año y medio, que renunció a ella.

De tanto repetirlo al final ya lo damos por caducado. Las fake news de un presidente descerebrado, pero con clara conciencia de sus intereses, o la campaña emprendida por Boris Johnson que sigue sus pasos, oculta toda una red de fábricas de alta tecnología dedicadas a la producción y divulgación de mentiras. Cualquiera que siga con alguna atención la nueva guerra fría declarada por EEUU frente a China no acaba de entender los términos de esta batalla. Menudo dilema para los orgullosos defensores del liberalismo: el paraíso del libre comercio, según aseguraban los manuales, pone aranceles a los productos de su competidor. Primero se dijo que robaban la tecnología y ahora, más humildes, pero no menos agresivos, que no pueden competir con una economía impregnada de socialismo estatalista.

Daños colaterales

En esta nueva guerra fría, que cabría denominar con mayor precisión como nueva guerra sucia, puesto que sucia y mucho fue la otra, se ha llegado a argüir que el principal accionista de Huawei lleva una vida oculta de antiguo militar del Ejército Rojo, como si hubiera algún gran emporio norteamericano que no tuviera en su Consejo de Administración a reputados militares. Trump, del que imagino no conoce más historias que las de sus hoteles, ignorará que él y sus alabarderos están repitiendo la agresividad de los caballeros imperiales del siglo XIX en lo que se llamó guerra del opio. Sólo que esta vez es al revés. Son los chinos los que aspiran a su hegemonía comercial. Ya nadie en España recordaría esta vieja historia si no fuera por una antigualla que llevó por título ’55 días en Pekín’ y que ha quedado como pasto de cinéfilo con gusto estragado. Se rodó en las afueras de Madrid y hasta hace muy poco se podían ver los decorados de la Ciudad Imperial a la vera de una de las salidas de la capital.

Lo peor de esta pelea entre magnates por hacerse con el mercado, que es lo único que importa y por lo que se inventaron las guerras desde hace tantos siglos que se nos pierden en la memoria adulterada con benignidad gracias a las Helenas de Troya, la nariz de Cleopatra y las amantes de Luis IV. Lo que importa, digo, y nos condiciona más, es que repetir obviedades sobre la política de Trump te coloca, para quien contempla la política en actitud de hooligan, en la fila de los simpatizantes de China, siguiendo aquel principio hoy tan vigente de que la primera víctima de una guerra es la verdad.

Me importa una higa el lugar donde me coloquen los hooligans: llevo demasiado tiempo viajando solo para inquietarme por las descalificaciones. Nuestra única conciencia válida en estos tiempos revueltos -los chinos suelen llamarlos “interesantes”- es que la libertad está amenazada no por las fake news sino por el esfuerzo de quienes quieren tener el monopolio de las mentiras. Que un puñado de majaderos asentados se crean que Obama nació en África -gran operación de Trump para alcanzar la Presidencia- o que los británicos pagan 350 millones de libras cada día a la Unión Europea, es grave pero no dramático.

Lo grave y dramático es que la gente no tenga la posibilidad de expresarse por temor a las consecuencias. Que te ahoguen el medio de comunicación por el boicot de recursos, que los hooligans pinten tu casa de amarillo, que te cierren la boca a costa de amenazas, que los violentos te aplasten la cara porque tú no perteneces a la parroquia de “agresores pacíficos”. En fin, que las palabras acaben en una parrafada de mentiras. Nos han metido en una guerra en la que somos daños colaterales. Ni siquiera víctimas, sólo afectados.

GREGORIO MORAN

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