03 PM | 30 Ago

Con el viento solano

En los años ochenta del siglo pasado Mario Camus se convierte en el rey del guión adaptado del cine español; esos años escribe y dirige versiones, para televisión o para cine, de genios como GaldósCelaDelibesLorcaBarea y, horror, Cebrián. Veinte años antes, durante su aprendizaje, dirige algunas películas de Raphael, colabora con Saura, hace espaguetis con Terence Hill y escribe y dirige dos adaptaciones de Ignacio Aldecoa (la tercera la haría ya avanzados los setenta). Con los cuentos de Aldecoa aprende su trabajo, y lo hace cuando las obras del cuentista vitoriano todavía están frescas (Young Sánchez, la primera, la dirige Camus a los cinco años de editarse el cuento, y el propio Aldecoa colabora en el guión). Al contrario que los autores de las adaptaciones de los años ochenta, Aldecoa todavía no era un clásico. Ahora ya lo es.

Partiendo de que todas las películas de boxeo, como las de submarinos, son buenas, Young Sánchezbrilla de un modo especial en la historia del cine español por las magníficas escenas en los gimnasios (que tanto gustarían al capitán Oveur) y por los alucinantes escenarios barceloneses que muestra y que en su mayoría, madrileño yo, lamentablemente no reconozco —mi Barcelona son algunas canciones de Loquillo y unos cuantos libros de Marsé—. Aunque el cuento se desarrolla en Madrid, Camus lo pasa a Barcelona, imagino que por imposición de la productora, y la película gana gracias a la estética portuaria (esa pelea al borde del mar que seguro que hace llorar a Sabino) que luego solamente se vería en alguna peli de Bruno Lomas y antes en el cine negro de A tiro limpio y otras extrañas joyas negras que hace poco emitió 8madrid TV (¡larga vida a Enrique Cerezo!). Las escenas lo-fi a la salida de la fábrica de Olivetti, rodadas desde lejos de forma documental, el aperitivo con el capitalista con la Monumental como telón de fondo o la pelea final dentro del bellísimo edificio Gran Price ya no las voy a olvidar.

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12 PM | 19 Ago

La culpa ahogada de una pinta de guinness

La culpa ahogada en una pinta de Guinness

La accidentada lectura del ‘Ulises’, de Joyce, me llevó a recorrer algunos lugares del circuito del protagonista

Retrato fotográfico del escritor James Joyce.
Retrato fotográfico del escritor James Joyce.GETTY IMAGES

Cuando en 1967 realicé mi primer viaje a Dublín, acababa de leer Retrato del artista adolescente, de James Joyce, e imaginaba a aquel alumno del colegio Belvedere en la penumbra de la capilla durante los ejercicios espirituales, oyendo la voz cavernosa del padre jesuita que describía minuciosamente los estertores de la agonía, la putrefacción del cuerpo pasto de los gusanos y el merecido castigo del fuego eterno. Esas pláticas habían dejado el terror consolidado en su alma, solo atemperado por el sabor dulzón del confesonario, donde el adolescente era acariciado por un confesor meloso con suaves pescozones en las mejillas con los que le ayudaba a liberar sus pecados de la carne.

Ese légamo cenagoso del que el escritor extrajo las mejores páginas de su literatura se lo aplicó al alma de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises, una novela contra la que yo libraba una batalla siempre perdida en una infame edición argentina de tapas amarillas. Algún día conseguiré terminar este maldito libro –me decía– como quien logra superar una grave enfermedad, hasta el punto que yo entonces no lograba distinguir a Leopold Bloom del propio Joyce porque los sentía unidos bebiendo la misma pinta de cerveza Guinness en el pub Davy Byrnes, en Duke Street, cuya espuma les tostaba a ambos el bigote. Desde entonces llevo asociada la culpa y el remordimiento a la cerveza negra. Cuando entré por primera vez en el pub Davy Byrnes, también pedí, como Leopold Bloom, un sándwich de queso gorgonzola y una pinta de Guinness y la bebí junto a unos parroquianos que abrevaban con furia católica acodados en una barra rematada con una curva femenina de art déco.

Para llegar a esta primera parada tuve que atravesar el bullicio de Grafton Street, llena de mujeres pelirrojas como las que había visto en las películas del Oeste disparando desde las carretas contra los indios o haciendo tartas de calabaza y de hombres semejantes a aquellos granjeros con calzones de felpa y tirantes, a quienes los cuatreros sorprendían siempre arreglando el tejado de casa. Estos tipos en los pubs de Dublín cantaban y empuñaban con el mismo ardor una pinta de cerveza Guinness que al día siguiente en la iglesia de santa Teresa de Ávila abrían el misal de cantos dorados con las manos rudas llenas de pecas.

En los salones del hotel Shelbourne, frente al parque de Saint Stephen’s Green, donde a la hora del té se extasiaba lo más elegante de Dublín, una camarera me dijo que había estado en España.

—Fui siguiendo al padre Peyton, que promovía el rosario en familia. Encontré que en Madrid había una gran libertad de costumbres. Me pareció que era Babilonia comparado con Dublín. Aquí los sábados, todavía los hombres siguen emborrachándose solos y las mujeres se quedan en casa limpiándoles los zapatos para ir el domingo a misa.

La accidentada lectura del Ulises me llevó a recorrer algunos lugares del circuito del protagonista, la torre Martelo, la tienda Brown Thomas, la farmacia Sweny’s, donde Leopold Bloom compraba jabones en forma de limón para ir a unos baños públicos, la Biblioteca Nacional, que era Scylla y Charybdis. En el restaurante The Bailey, frente al pub Davy Byrnes, se conservaba la puerta original de Ecles Street 7, la casa de donde el 16 de junio de 1904 Leopold Bloom inició su periplo de 24 horas, durante el cual este hombre vulgar, que se había desayunado con un riñón de cerdo asado y que llevaba una patata en el bolsillo de la chaqueta, iba liberando un fluido de la conciencia como un excipiente de sus sueños inconfesables, ese fondo cenagoso que sustenta la vida de cualquier ciudadano corriente, mientras su mujer, Molly Bloom, le esperaba en la cama hasta altas horas de la madrugada con el deseo palpitando como una babosa.

Molly podía ser Nora Barnacle, la mujer de Joyce, una chica de Galway que trabajaba en el hotel Finn’s junto al Trinity College, a la que encontró mirando un escaparate de la calle Nassau. Sin duda, el Dublín actual ya es otro, pero de aquel primer viaje guardo una sensación de tedio provinciano, ahogado cada sábado en un río de cerveza Guinness que desembocaba en la misa del domingo con la admonición del cura desde el púlpito. Uno podía fácilmente convertirse en un alegre explorador de iglesias y de pubs, McDaids, O’Donoghue’s, Mulligan’s, The Long Hall, Keogh’s y, de nuevo Davy Byrnes. En la discoteca Rumours, tal vez estaría la camarera del hotel Shelbourne besándose en la oscuridad con su novio, sudorosa y reprimida, bajo la voz aterciopelada de Neil Diamond. Dadle duro, muchachos, que mañana domingo os espera el padre Purdon en el confesonario.

MANUEL VICENT

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01 PM | 08 Ago

JUSTIFICACION DEL PROYECTO Galdós

Tiene pleno sentido repensar a Benito Pérez Galdós hoy. Su fuerza creadora y sus valores republicanos están vigentes. Es un creador imprescindible para entender el siglo XIX y, para que entendamos en este siglo XXI, de dónde venimos y que herencia arrastramos. Nadie ha descrito el siglo XIX como él. Atrevámonos a preguntarnos: ¿qué es el siglo XIX para quienes lo han estudiado y analizado con rigor? Por extraño y lamentable que parezca una retahíla de problemas sin resolver o lo que es peor, mal resueltos. Una serie de heridas mal cicatrizadas que a la menor oportunidad siguen supurando. Los Episodios Nacionales son una interpretación viva, audaz, descarnada, inteligente y desesperanzada de la historia de España.

Galdós tiene una conciencia histórica incuestionable al servicio de una visión del hombre que cree firmemente en la dignidad humana. Hoy como ayer, los prejuicios siguen ahí fuertemente arraigados. Todavía se oponen al progreso fuerzas reaccionarias, intransigentes y levantiscas que aspiran a ejercer una presión intelectual y social sobre las minorías que anhelan transformaciones. Aún, por desgracia, la palabra tolerancia sigue despertando resquemores y no digamos ya, el laicismo y el concepto laico del Estado. Por estas razones es acuciante y, casi imprescindible, volver al Galdós que ha dejado una huella tan profunda en María Zambrano, en Amado Alonso, en Francisco Ayala, en Ricardo Buyón, en Bergamín y en tantos otros.

Quizás la mejor novela del siglo XIX sea La Regenta, pero está en condiciones de disputarle el puesto, Fortunata y Jacinta. Galdós sabe levantar, poner en pie personajes femeninos con valor, con carácter, con ternura… habría que mencionar, por citar uno solo, a Benigna la protagonista de Misericordia que es capaz de mendigar para dar de comer a sus arruinados señores y que tan pronto como estos recuperar su estatus es expulsada y recluida en un asilo.

Don Benito, representa lo mejor, lo más auténtico del liberalismo político y de la burguesía revolucionaria. No debemos olvidar su compromiso, su lucha y su protagonismo en la Convención Republicano-Socialista que llevó, por primera vez, al Parlamento a Pablo Iglesias. Son muchos los ángulos y perspectivas desde los que se puede analizar la figura de Benito Pérez Galdós. Por esta razón, proponemos a la Concejalía de Cultura la concesión de la Subvención para realizar el ciclo, que irá seguido de la publicación de un libro con las conferencias que se impartan.

     El ciclo comprenderá las siguientes conferencias:

 

EXPLORANDO A GALDOS

GALDOS EN ZAMBRANO

GALDOS Y EL CINE

GALDOS Y EL PSICOANÁLISIS

DOS EPISODIOS A EXAMEN

EPISODIOS NACIONALES

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