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Sección : Artículos

Carlismo (artículos de Enric Juliana en la Vanguardia

Está surgiendo un nuevo carlismo en Catalunya. Un carlismo que reivindica su legitimidad histórica frente a las decisiones políticas y jurídicas de un régimen que considera falsamente liberal. Es el carlismo de Carles Puigdemont. Un carlismo que impregna y da alma a Junts per Catalunya, el vector con un mayor ritmo ascendente en las encuestas.

Escribo estas líneas con evidentes ganas de provocar, puesto que toda mención al carlismo sigue provocando espasmos nerviosos en este país. El carlismo aún llama la atención.

Hay dos referencias de la historia política española que han sido caricaturizadas hasta la extenuación: el federalismo y el carlismo. El federalismo ha quedado asociado al grotesco grito de “¡Viva Cartagena!” El federalismo, según el viejo canon oficial español, conduce al cantonalismo disgregador. Con el federalismo vuelven los reinos de taifas.

El carlismo también es feo. El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras.

Carles Puigdemont conoce de cerca el carlismo. Su pueblo natal, Amer, fue centro de operaciones del general Ramón Cabrera en 1848 durante la guerra dels matiners(segunda guerra carlista, que tuvo como escenario principal Catalunya). Los matiners(madrugadores) combatieron en ocasiones en compañía de partidas republicanas. Carlistas y republicanos se volvieron a encontrar juntos en la Solidaritat Catalana de 1906-09, amplísima coalición electoral que puso en crisis a los partidos dinásticos y significó el despegue de la Lliga Regionalista. . No es ningún secreto que durante el mandato de Jordi Pujol los mayores porcentajes de voto nacionalista se registraban en las comarcas de vieja tradición carlista. Aquellas comarcas son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI.

La tozudez del carlismo. Esta curva, si no la cogemos bien, nos lleva de nuevo al tópico y a la caricatura: una Catalunya rural, egoísta y cerrada sobre sí misma, versus una Barcelona cosmopolita.

Algunos defensores del carlismo acuden a Carlos Marx en busca de auxilio: “El carlismo no es un mero movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales; es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares…”, habría escrito en 1854.

Hay otros estudiosos que ponen en duda la veracidad de esta elogiosa cita.

Evocar el carlismo en el actual momento de Catalunya es como pulsar las teclas más graves de un viejo órgano en una iglesia vacía y dormida. Las notas, probablemente desafinadas, despiertan fantasmas del pasado. Al fondo de la nave, una silueta femenina. Alzada, orgullosa y severa. Es Cayetana Álvarez de Toledo, liberal combatiente, que musita: “Boinas, boinas, boinas. Todos los enemigos de España llevan boina”.

El carlismo aún levanta muchas pasiones. Lo he podido comprobar esta semana a raíz de un artículo breve sobre el carlismo de Carles Puigdemont, publicado el pasado lunes. Comentarios encendidos en las redes sociales, artículos de réplica, más de una sonrisa cómplice, algunas miradas ceñudas y las palabras de un viandante anónimo, ayer por la mañana: “Con lo del carlismo se ha quedado usted corto”. Hay una tecla grave que resuena, sí.A los carlistas resistentes no les gusta mucho que se escriba con ironía sobre su fe. Ni que sea una ironía suave. El orgullo carlista es una delicada taza de porcelana. “El carlismo es hermoso–escribe Jesús María Aragón en la página web del Partido Carlista–; el carlismo es hermoso para quien va más allá de la imagen deformada que de él promueve su más acérrimo enemigo, el liberalismo. El carlismo es hermoso porque promueve la autogestión en todos los órdenes de la vida (…)”.E

Uno de los hombres de Puigdemont, el historiador Agustí Colomines Companys, persona siempre cordial, ha dedicado al asunto un largo artículo en la publicación soberanista El Nacional. Introduce un concepto ingenioso para referirse a la lista Junts per Catalunya: “carlismo juntista”. Carlismo, de Carles. Juntista, en referencia al nombre de la candidatura y a la tradición de las juntas liberales. Dice Colomines: “El carlismo juntista pretende abrir una nueva etapa en Catalunya y quiere aprovechar la invasión españolista para crear una nueva realidad política sin las rémoras maliciosas del pasado que destruyeron CDC, por ejemplo”. Interesante observación. El “carlismo juntista” serviría, entre otros objetivos, para lavar los pecados de la corrupción. La segunda refundación de CDC. Adiós, PDECat. Ahí está la clave. El gen convergente, verdaderamente, es indestructible. Puede llegar a superar a la Democracia Cristiana italiana.

Jorge Dioni López, periodista zamorano, agudo observador de la política española y entrañable amigo, me hace llegar el siguiente comentario: “Me interesa la analogía con los tiempos actuales. El carlismo adquirió popularidad en la medida que era una reacción contra un liberalismo que imponía cambios económicos drásticos y nuevas miserias. El vapor y la industria frente al antiguo orden agrario. Ahora también estamos ante la irrupción de una nueva economía que destruye viejas seguridades y genera nuevos proletarios a jornal: conductores, repartidores y precarios de la más distinta especie. Mucha gente vuelve a tener ganas de ir a la contra”.

El escritor Josep Navarro Santaeulàlia lo ve de otra manera: “¿Carlismo? No analice desde tópicos decimonónicos. Hay un porcentaje más alto de licenciados y de gente que habla inglés y viaja por el mundo, usuarios de nuevas tecnologías y empresarios modernos, en ciudades como Olot, Figueres y Banyoles, que no en l’Hospitalet o Santa Coloma de Gramenet”. El intelectual noucentitsta Gabriel Alomar abogó por una Catalunya-ciudad igualitaria. En la Catalunya-ciudad del siglo XXI parece que aún hay clases.

El carlismo provoca. Efectivamente, los dos millones de votantes soberanistas no llevan boina, trabuco y una cantimplora de ratafía atada al cinto. El carlismo es una nota grave que despierta la memoria de viejas rebeliones. “El recuerdo de las generaciones muertas puede llegar a oprimir como una pesadilla la conciencia de los vivos”, escribió Carlos Marx.

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Negrín: elogio de un hombre odiado

Conocer la vida del último presidente del Gobierno republicano es conocer la historia de España. Murió solo, enfermo, traicionado y derrotado después de una vida de entrega en una época de deslealtad de nacionalistas y anarquistas

Negrín: elogio de un hombre odiado
ENRIQUE FLORES

Corría mayo de 1937 y Azaña acabó de decidir el nombre de quien sería el último presidente del Gobierno republicano. Largo Caballero había dimitido tras los “sucesos de Barcelona”, que habían dejado 400 muertos y mil heridos. Eran tiempos difíciles para la República y Juan Negrín habría de lidiar con ellos.

El hasta entonces ministro de Hacienda se había formado principalmente en medicina, aunque posteriormente había estudiado química y economía. Negrín tenía claro que las opciones de victoria republicana pasaban por la maximización de los recursos del Estado, que habrían de garantizar la provisión de armas y municiones al ejército, pero también los suministros necesarios para el mantenimiento de la población civil en las zonas leales, menos productivas y más pobladas que las áreas bajo influencia sublevada. A las dificultades militares se añadían el oportunismo desleal de nacionalistas, anarquistas y colectivistas.

Negrín, perteneciente a una familia de comerciantes de Las Palmas, era un hombre ilustrado que hablaba seis idiomas. Se había formado en Alemania y era catedrático desde los 30 años. Aunque era un socialista moderado, un simpatizante del SPD alemán favorable al mercado (fue el primer suscriptor en España de TheEconomist), a las libertades individuales y contrario al comunismo, su relación con el PCE no era hostil. De él se ha dicho que quiso entregar España a Stalin y, sin embargo, no guardaba simpatía a la URSS. De hecho, la familia de su primera mujer, que era rusa, había perdido sus propiedades y se fue al exilio tras la revolución de 1917.

Digo su primera mujer porque Negrín acabaría separándose. Nunca dejó de atender las necesidades y el bienestar de su exesposa, incluso cuando ella se esmeró en propagar falsas acusaciones de infidelidad. Uno de sus hijos, también médico, confirmaría años más tarde que su madre tenía “una personalidad esquizoide con tendencias paranoicas”. Poco después de su ruptura matrimonial, Negrín conocería a su gran amor, Feliciana López, que lo acompañaría el resto de su vida.

El peso creciente de sus competencias políticas obligó al doctor a abandonar su carrera científica, decisión que lamentarían sus alumnos, pues Negrín, además de científico, fue un profesor muy querido por sus estudiantes, entre ellos el futuro Nobel Severo Ochoa. Ochoa alcanzó la gloria científica lejos de nuestro país, después de que Negrín hubiera facilitado su salida de España durante la contienda civil en una maniobra diplomática arriesgada: su pupilo solicitó que lo enviaran a Alemania, una potencia enemiga.

Intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas y después logró clausurarlas

No fue el primero ni el último que obtendría un salvoconducto de Negrín para salir de España. El doctor se implicó para que decenas de personas pudieran partir al exilio, entre ellas intelectuales, científicos, sacerdotes o profesionales a los que su ideología conservadora o su fe católica habían puesto en peligro. También ordenó la excarcelación de Serrano Súñer, cuando se encontraba preso y enfermo en la cárcel Modelo de Barcelona.

Asimismo, Negrín intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas controladas por elementos sindicales y partidistas, en ocasiones arriesgando la vida. Después conseguiría clausurarlas y restaurar el orden en la retaguardia. Los que lo conocieron coincidieron en señalar el arrojo del doctor, que no dudaba en visitar las zonas más expuestas del frente de batalla para insuflar ánimo a los soldados republicanos, conocidos como los “cien mil hijos de Negrín”. Dos de ellos eran, además, hijos suyos en sentido literal: Juan y Rómulo Negrín servirían en el cuerpo de carabineros y en la aviación de combate, respectivamente.

Pero quizá sea el “oro de Moscú” la razón por la que más se conoce a Negrín. Aunque circulan leyendas que involucran al último presidente de la República en su desaparición, la realidad es prosaica. Al comienzo de la guerra Negrín ordenó sacar todo el oro del Banco de España para evitar que cayera en manos de los sublevados en caso de que tomaran la capital. Los registros de depósitos y movimientos de ese oro, perfectamente documentados, fueron devueltos al Estado español por uno de sus hijos. Hasta la última peseta se había invertido en conseguir suministros que permitieran sostener civil y militarmente a la República, casi siempre a los precios abusivos que establecía Stalin, debido a la falta de otros apoyos internacionales.

Estaba convencido de que podía ganar la guerra, pero con una intervención aliada

Durante mucho tiempo Negrín estuvo convencido de que la República podía ganar la guerra, pero sabía que esa opción dependía de una intervención aliada en España. Incluso cuando su optimismo y su salud se fueron apagando, el doctor se esforzó por aparentar fortaleza moral ante los suyos. Cuando Prieto andaba derrumbándose por las embajadas internacionales y Azaña ya había perdido la fe, Negrín insistía en que una nueva guerra mundial estaba a punto de estallar en Europa, y que este conflicto obligaría a una intervención aliada en España.

También se ha acusado al doctor de prolongar innecesariamente la guerra para sufrimiento de los españoles. De poner en marcha, junto al general Rojo, uno de sus más leales y brillantes colaboradores, campañas militares que no suponían ningún avance republicano. Eran batallas que pretendían distraer y ralentizar el avance enemigo sobre Madrid, pues, a partir de 1938, la estrategia republicana habría de centrarse en ganar tiempo. Negrín no tenía duda de que no cabía pactar una paz sin represalias con Franco, aunque buscó sin descanso una salida internacional negociada que reflejó en sus famosos “13 puntos”.

La historia se encargó de vaciar de sentido la acusación del sufrimiento innecesario. Cuando se consumó la traición de Casado que entregó la República a los sublevados, tuvo lugar la temida represión franquista, que historiadores como Antony Beevor han cifrado en 350.000 muertos. La última obsesión de Negrín antes de que la República colapsara había sido la organización de las evacuaciones masivas, así como la provisión de barcos que trasladaran a México los fondos necesarios para financiar el exilio. A finales de ese mismo verano de 1939 se desataría el conflicto en Europa que Negrín había vaticinado. Para entonces, el doctor ya se encontraba lejos de España, con la salud muy frágil. Difamado por todos y expulsado de su partido, moriría en París en 1956.

El PSOE rehabilitaría su figura en 2009, a la luz del trabajo historiográfico de investigadores como Santos Juliá, Ángel Viñas o Enrique Moradiellos. Este último nos ha legado una descomunal obra biográfica del doctor, un retrato mortificante de un hombre de talento desmedido, comprometido, hiperactivo, esperanzado. Y, finalmente, solo, enfermo, traicionado, derrotado. Conocer su vida es conocer un poco mejor la historia de España.

Aurora Nacarino-Brabo es politóloga.

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ciclo Nietzsche

La tragedia griega: Apolo y Dionisio.

30 noviembre | 19:00

Curso-conferencias Nietzsche
Ponente: Sergio Antoranz López (UCM).
Curso dirigido por Eugenio García, del Colectivo Rousseau.
Entrada libre a todas las conferencias del curso.

Una nueva sesión del Curso-conferencia sobre Nietzsche, uno de los proyectos más votados en los Presupuestos Participativos. Se trata de un ciclo de 10 ponencias de unos 45 minutos, seguidas de un tiempo de debate entre los asistentes.


La tragedia griega: Apolo y Dionisio. El arte como superación trágica.

A lo largo de esta sesión abordaremos un estudio de la primera obra de Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música. En primer lugar, analizaremos el contexto histórico-social y académico donde se gestó la obra, atendiendo especialmente a la influencia de Wagner y las lecturas de Schopenhauer. En segundo lugar, analizaremos la cuestión del estilo y cómo Nietzsche se opone a la escritura de la tradición filosófica y del contexto universitario, dicho rasgo estilístico es una de claves de su pensamiento. En tercer lugar, abordaremos algunos de los puntos clave de lectura y las tesis más importantes que se mantienen en dicha obra: el nacimiento de la tragedia asociado a la complementariedad de dos divinidades antagónicas y complementarias, Apolo y Dionisio, el análisis de las trágicos más importantes, Sófocles, Esquilo y Eurípides, y cuáles son la variaciones entre ambos, muy especialmente, el tratamiento del diálogo, o lo que Nietzsche denominará el socratismo como fenómeno que matará lo trágico, también atenderemos a la cuestión sobre por qué Nietzsche decide ofrecer un análisis del fenómeno de la tragedia griega como crítica del presente, etc. Y, en cuarto lugar, analizaremos el ensayo de Autocrítica que el propio Nietzsche realiza sobre su primera obra más de diez años después, atendiendo con especial interés aquella sentencia que escribe: ver la ciencia con la óptica del arte, y el arte con la óptica de la vida.

 

 

SERGIO ANTORANZ LÓPEZ (UCM). Doctor en filosofía con una tesis titulada “Descubrir e inventar. Sintonías y discordias entre ciencia y arte en la obra de Friedrich Nietzsche”. Es Profesor Asociado del Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Teoría del Conocimiento de la Facultad de Filosofía de la UCM, y miembro del Seminario Nietzsche Complutense.

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Ciclo Nietzsche

Introducción al pensamiento de Nietzsche II: principales nociones de su pensamiento.

29 noviembre | 19:00

Curso-conferencias Nietzsche
Ponente: Oscar Quejido Alonso (UCM).
Curso dirigido por Eugenio García, del Colectivo Rousseau.
Entrada libre a todas las conferencias del curso.

Introducción al pensamiento de Nietzsche II: principales nociones de su pensamiento.

Una nueva sesión del Curso-conferencia sobre Nietzsche, uno de los proyectos más votados en los Presupuestos Participativos. Se trata de un ciclo de 10 ponencias de unos 45 minutos, seguidas de un tiempo de debate entre los asistentes.


En esta segunda sesión abordaremos el pensamiento filosófico de Nietzsche en relación al desarrollo de su obra. Tomaremos, en este sentido, como punto de partida, los años de juventud, en los que Nietzsche se encontraba fuertemente influido por el pensamiento de Schopenhauer y por la figura y la obra de R. Wagner. Nociones como apolíneo y dionisiaco o lo que es lo mismo, el pensamiento trágico caracterizarán este periodo.

Humano, demasiado humano supondría la ruptura de Nietzsche con sus “maestros”, y traería consigo la que es posiblemente la más solida crítica al pensamiento metafísico que se ha realizado en la historia de la filosofía. La crítica al cristianismo, o la particular noción de “cuerpo” manejada por Nietzsche, dependerán en buena medida de ésta, durante el periodo intermedio de su obra.

El desarrollo de esta crítica a la metafísica consolidarían el esfuerzo nietzscheano por pensar el poder. Nociones como la voluntad de poder o la misma noción de genalogía, nos permitirán dibujar al Nietzsche más maduro, en este recorrido por su biografía intelectual.

 

OSCAR QUEJIDO ALONSO (UCM). Doctor en filosofía con una tesis titulada “La construcción relacional de la subjetividad en Nietzsche: hacia nuevas perspectivas políticas”. Es Profesor Asociado del Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Teoría del Conocimiento de la Facultad de Filosofía UCM, y co-director y coordinador del Seminario Nietzsche Complutense.

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Rafael Méndez (1906 – 1991)

Rafael Méndez (1906 – 1991)

Insigne investigador, republicano y lorquino

(Antonio Chazarra)

El aire juega a los recuerdos:/ se lleva todos los ruidos
y deja espejos de silencio /para mirar a los años vividos
Xavier Villaurrutia

 

Quiero rendir un homenaje de sincera admiración a Rafael Méndez y con él a toda una generación que se formó en los valores republicanos, estudió con ahínco, destacó en diversas disciplinas científicas y humanísticas y tuvo un firme compromiso político sin olvidar nunca sus deberes éticos.

Mi padre me hablaba con cierta frecuencia de Rafael Méndez. Se conocieron en Lorca y Águilas y cultivaron después una buena amistad en Madrid. Tenían muchas afinidades: sus simpatías republicanas, su pertenencia al Partido Socialista, su amor a la tierra que los había visto nacer…

Rafael Méndez fue tenaz, intuitivo, disciplinado y brillante. Desde muy joven volcó sus mejores cualidades en la investigación. No hemos tenido suerte en España. Por unas causas o por otras, la investigación científica –salvo breves periodos- se ha visto postergada y abandonada. Hoy, seguimos pagando esa inercia cuando nuestros mejores cerebros, frecuentemente tienen que emigrar a otras latitudes, víctimas de los recortes y de la falta de previsión de unos dirigentes que por no pensar… no piensan ni en el presente ni en el futuro.

Rafael Méndez llevó a cabo importantes investigaciones y aportaciones en el terreno de la cardiología y en el de la farmacología.

Remontémonos al barrio de San Cristóbal, en Lorca y, a una familia numerosa que vivía, con cierta holgura, y que supo inculcar a sus hijos la pasión por el trabajo. Desde allí iremos ofreciendo retazos significativos, de su itinerario vital y de su carácter.

Podría decirse que Rafael Méndez fue un hombre hecho a sí mismo, aunque una afirmación como esta ha de ser matizada. Hay un ambiente, una atmósfera que se respira, una convivencia con personas de valía, que influyen en la formación del carácter. Unas instituciones que aspiran a que España salga de su atraso y que se incorporé, sin complejos, a las coordenadas europeas. Tuvo la fortuna de disfrutar de ese ambiente y de conocer y tratar a personas de singular relieve durante su estancia en Madrid para realizar sus estudios de medicina.

Convivió con Severo Ochoa, con Federico García Lorca, con Luis Buñuel y otros. Pudo disfrutar del clima de exigencia intelectual y camaradería que se respiraba en la Residencia de Estudiantes. La Junta de Ampliación de Estudios, por otra parte, supo dar la oportunidad a algunos jóvenes inquietos, ambiciosos y preparados de ponerse en contacto con las universidades más prestigiosas.

Fue decisivo su encuentro con Juan Negrín, que supo inculcarle la pasión por los hallazgos científicos y reconducir su vocación por los caminos duros y gratificantes de la investigación.

Estos hombres no tenían vocación política pero supieron estar a la altura del momento histórico que les tocó vivir. No vacilaron cuando llegaron las ocasiones decisivas y difíciles en aceptar cargos en defensa de la II República y durante la Guerra Civil. Ninguno rehuyó el compromiso que se le exigía comenzando por Juan Negrín cuya firmeza de carácter y bondad eran proverbiales y que hoy es conocido, casi únicamente, por los cargos públicos que desempeñó, con clamoroso olvido de su ingente labor investigadora llevada a cabo en Alemania y después en el Laboratorio de Investigación en Fisiología, estrechamente vinculado con la Residencia de Estudiantes y que puso en marcha Santiago Ramón i Cajal.

de los aspectos que más llama la atención del itinerario vital de Rafael Méndez es su reciedumbre moral, su lealtad y los afectos que supo cultivar y mantener durante toda su vida.

En un texto de las dimensiones de este, no es posible extenderse mucho, pero no me resisto a citar unas palabras del cineasta Luis Buñuel, que de paso, ponen de relieve su vida austera y la reciedumbre de sus principios morales. ‘Rafa –como le llaman sus colegas- posee dos cualidades preciosas para mí, la sencillez de su trato y su inquebrantable honradez. Si Rafael hubiera tenido la manga ancha y los dedos ligeramente voraces durante nuestra Guerra Civil, podría ser millonario, pero en dólares. Desde que emigró a USA y luego a México, ha vivido siempre de su sueldo de investigador y profesor, que no es gran prebenda’.

Hemos indicado con anterioridad sus compromisos con la II República y con los valores democráticos, que le llevaron a abandonar temporalmente el estudio, la enseñanza y la investigación para ocupar cargos de relieve y de responsabilidad que requerían que los mejores dieran un paso al frente. La lealtad a unas ideas y a unos principios no le apartaron nunca de su vocación, que reemprendió en el exilio, finalizada la contienda.

Hagamos hincapié, no obstante, que cuando Juan Negrín o Julián Zugazagoitia, contaron con él para desempeñar tareas como Secretario de Hacienda, Director General de Carabineros o Subsecretario de Gobernación, no dudó en prestar su inteligencia y su capacidad para hacer frente a estas responsabilidades.

Tuvo que soportar un largo y duro exilio. Estaba preparado para afrontar dificultades y salió adelante con tesón, con dedicación y prestando grandes servicios a la investigación y a la docencia en Estados Unidos y México.

No se arredró nunca y tuvo siempre una buena salud y, sobre todo, una ambición enorme por investigar y por llevar lo más lejos posible sus proyectos. Dejó un excelente recuerdo en Universidades como Chicago y Harvard y, también, en el Departamento de Farmacología del Instituto Nacional de México.

No permitió que la nostalgia le impidiera proseguir su camino, ni que las dificultades hicieran mella en su ánimo… sin embargo, se advierte en su ánimo un poso de amargura. Cuando regresa a España después de muchos años, le impidieron, los de siempre, que realizara lo que hubiera sido su gran sueño: proseguir sus investigaciones en nuestro país.

Regresó a México y fue nombrado Director de los Institutos Nacionales de Salud, hasta su fallecimiento. Se sentía muy orgulloso del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el Área Físico-Matemática que le otorgó el Gobierno Mexicano y que es una distinción señera que muy pocos poseen.

Por lo que respecta a España, los reconocimientos una vez más, fueron tardíos y, me atrevería a decir, que formales y protocolarios. La Universidad de Murcia le nombro Doctor Honoris Causa y Lorca, Hijo Predilecto. Quizás la mayor gratificación la obtuvo, cuando se le dio su nombre al Hospital Comarcal de Lorca, a cuya inauguración pudo asistir emocionado unos pocos meses antes de su muerte.

Muchas de las cosas que se sobre él me las refirió mi padre, como su seriedad y su culto a la amistad con personas, que en muchos casos, estaban muy alejadas de sus convicciones. Hizo de la tolerancia uno de los principios rectores de su vida.

Rafael Méndez merece y, se ha ganado, una mayor atención y reconocimiento. Creo que está por hacer una biografía, sólida y completa de su trayectoria como investigador, de su paso por diversos cargos políticos en la II República y Guerra Civil y de los valores y principios que practicó con gran entereza.

En el libro Gente de Lorca, Eulalia Martínez y Maruja Sastre, le dedican unas páginas entrañables y bien documentadas… pero hay que ir más allá. Hoy día, lamentablemente, muchos compatriotas, incluidos los murcianos, ignoran casi todo de su labor científica y de su figura humana.

Deberíamos hacer un esfuerzo por darlo a conocer, porque el ejemplo de hombres como él solo puede redundar en hacernos mejores.

Hay que mirarse en el espejo de estos ciudadanos demócratas, de espíritu combativo, reciedumbre moral e investigadores brillantes y tenaces… desgraciadamente, algunos durante demasiado tiempo, se han encargado de hacer añicos el espejo… urge disponer de otro para que nos devuelva una imagen limpia y podamos, por fin, encontrarnos a nosotros mismos y reconciliarnos con nuestro pasado.

ANTONIO CHAZARRA

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¿SUICIDIO? NO, GRACIAS

   LAURA FREIXAS

Supongamos que queremos una República catalana. Es un deseo legítimo. Pero que plantea la pregunta propia de todos los deseos: ¿qué ­precio estamos dispuestas a pagar para conseguirlo?

¿Estamos dispuestas a incumplir leyes? ¿Estamos dispuestas a asumir las consecuencias del incumplimiento? ¿A soportar cargas policiales? ¿A que el Estado aplique el artículo 155? ¿A ver cómo aumenta la catalanofobia, cómo hay quien grita “a por ellos” a los policías, cómo se crece la extrema derecha? Podemos pensar que las leyes son injustas; la policía, una fuerza de ocupación; el Estado, franquista; la catalanofobia, un viejo vicio español, pero pensar eso no los borrará. A mí me indigna que existan violadores, y lucharé contra ellos por todos los medios legales, pero entre tanto, no se me ocurre pasear sola por ciertos sitios a ciertas hora

Supongamos que queremos una república catalana porque estamos convencidas de que sería una sociedad próspera, unida, democrática, transparente. ¿Estamos dispuestas, para alcanzarla, a apoyar a un Govern que atropella a quienes representan en el Parlament al 52% de la población? ¿A que la sociedad catalana se divida en dos bloques enfrentados? ¿A que se fuguen los principales bancos y cientos de empresas grandes, pequeñas y medianas? ¿A ver los vídeos de Artur Mas burlándose, en el 2015, de quienes predecían semejante fuga, y asegurando, en el 2016, que los bancos “se iban a pe­lear” por estar en Catalunya? ¿Oiremos sin pestañear a un exconseller de Empresa ­pronosticando “un desastre económico sin paliativos”?

¿De verdad el sueño de una república catalana merece el precio que, sea injusto o no, la realidad nos exige para conseguirla (o para ni siquiera conseguirla)? ¿Tan mal vivimos en España que cualquier sacrificio, cualquier riesgo, nos parece que vale la pena para abandonarla? ¿También el de una guerra civil?

Yo no creo en esa república catalana que nos pintan, donde las fieras serán mansas, los cuerpos de seguridad no cargarán contra ciudadanas pacíficas acampadas en la plaza Catalunya el 15-M, y tendremos ochenta huríes y 16.000 millones. Pero aunque creyera, a estas alturas me estaría preguntando si merece el peaje que la realidad exige. Por más convencida que estuviera de que me ­espera la vida eterna, por más estúpida que me pareciese la ley de la gravedad, no intentaría alcanzar el Paraíso tirándome de un campanario.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

Por Antonio Chazarra Montiel  

 

La sociedad no debe tratar de destruir, sino de edificar
Gaspar Melchor de Jovellanos

 En los siguientes parágrafos iremos pasando revista a lo que unía a estos destacados y heterodoxos pensadores. Mi padre me hablaba de Américo Castro y, me decía que era imprescindible conocerlo, porque interpretaba la historia de España de forma certera y profunda, distanciándose críticamente de las versiones manipuladas y maniqueas oficialistas. Aprendí pronto que este intelectual atrevido y sagaz era ‘clave’ para, alejándose de las visiones unilaterales y cerradas   al   uso, valorar   la   importancia de la  convivencia de las tres culturas y, sobre todo, abrirse a la interpretación de   lo  que   el  erasmismo supuso y de lo mucho que influyó en Cervantes.

Jovellanos es la Ilustración española y, también uno de esos personajes históricos, vitalista, entusiasta, reformista y que constituye un referente inequívoco de esa España que pudo ser y no fue. De esa España que pretendía no encerrarse en sí misma y quiso compartir inquietudes y pasión por el conocimiento con los países europeos.

Hace ya bastantes años, llegó a mis manos un artículo del periódico El Sol del 21 de julio de 1933, en el que Américo Castro describe, con entusiasmo, algunas de las características esenciales de Jovellanos, más tarde, al leer De la España que aún no conocía publicado por la Editorial Finisterre de Méjico en 1972, volví a tropezarme con el artículo de El Sol que reproduce íntegro. Américo Castro se muestra en esta obra, en tres volúmenes, que recoge publicaciones anteriores, como un hombre de la generación del 14, regeneracionista y nítidamente contrario al pesimismo paralizante. Jovellanos analizado por Américo Castro es, desde mi punto de vista, una combinación explosiva y brillante.

 Para valorar las ideas humanistas, avanzadas y reformistas de Jovellanos baste señalar que se mostró partidario de abolir la tortura y que se atrevió a criticar abiertamente la labor obscurantista de la Inquisición. Tengo la imagen de Jovellanos del cuadro de Goya. Creo que la serenidad, la capacidad reflexiva y la energía que desprende su mirada y su actitud corporal son significativas. Más que reflexionar parece que lo que quiere es vivir un sueño.

Existen varias biografías y estudios de interés sobre Jovellanos. Hoy quiero referirme a su Diario, fue publicado en 1815, cuatro años después de que muriera y   donde, a solas, consigo  mismo se muestra más explicito de lo habitual y menos precavido con lo que quiere y anhela y con lo que detesta.

Regresemos, no obstante, a cómo analiza Américo Castro a Jovellanos. Lo considera un ciudadano preparado e inteligente, capaz de levantar una nación… si hubiera podido, si lo hubieran dejado. Realiza un esfuerzo titánico para prescindir de la España hueca y vacua y para sentar unos cimientos sólidos sobre los que se pueda levantar otro país. Es elegante y quizás por eso, señala que hay que suprimir toda forma de plebeyismo. No se limita a enunciar los cambios y novedades que es preciso introducir sino que desciende al detalle y se detiene en el cómo. Mostrándose el menos abstracto de los reformadores dieciochescos. Obras son amores y lo que se diseña en teoría debe encarnarse en la práctica. Así funda el Instituto Asturiano como un intento de que los jóvenes pudieran tener acceso y formarse en las artes y en las ciencias útiles, dejando a un lado la educación que se impartía en las universidades bajo el control de la iglesia, en lengua latina, (más o menos macarrónica) y sin ningún contacto ni con los avances de la ciencia, ni con ninguna aplicación práctica.

Su andadura vital estuvo llena de persecuciones, zancadillas, envidias y ese rencor atávico consistente en perseguir con saña a la inteligencia, a quien destaca, a quien cuestiona tradiciones arraigadas y a quien pretende implantar novedades foráneas. No es de extrañar, por tanto, que estuviera a punto de ser envenenado varias veces, que sufriera la enemistad de Godoy, de María Luisa de Parma y de los sectores más atrabiliarios de la iglesia y que pasara largas etapas en prisión en la Cartuja de Valldemossa o en el Castillo de Bellver.

No me resisto a comentar que es el autor de una Memoria sobre Educación Pública que es ni más ni menos, que el Primer tratado sistemático sobre Enseñanza en lengua castellana. Se propuso que las ciencias físico-matemáticas y naturales formaran parte de los planes de estudio para que pudiéramos   homologarnos    con  los países de nuestro entorno. Fue pionero en llevar a cabo una crítica con respecto al pasado que tanta falta hacía emprender, en un país en el que se desconfiaba de toda novedad y de toda reforma. También, quisiera referirme a sus ideas protofeministas donde se pone en valor el papel que la mujer juega en la sociedad.

La labor cultural y reformista, a la que estuvo ligado fue impresionante. Participó activamente en la Academia de la Historia, en la Española de la Lengua y en la de San Fernando, así como desplegó su actividad en varias Sociedades de Amigos del País. Su labor política puede considerarse prudente y encomiable. El reinado de Carlos III fue una época que permitió desplegar algunas de sus ideas y proyectos, antes de que fueran truncados, por la soberbia presuntuosa e ignorante, por el arribismo… y por ese conformismo venenoso, tan instalado entre nosotros.

A través de los distintos cargos públicos que ocupó, dejó una huella marcando el camino a seguir. Fueron muy pocos los que se propusieron empresas de envergadura, reformistas y de calado que limitaran el omnímodo poder asfixiante de la iglesia; no obstante, hombres como el criollo ilustrado, Pablo de Olavide, que también fue víctima del absolutismo, le acompañaron en esta tarea.

Después de trazar este esbozo de Jovellanos, regresemos a Américo Castro que formó parte de esa pléyade de intelectuales de la ILE (Institución Libre de Enseñanza), que se forjó y practicó los valores republicanos. Fue discípulo y amigo de Menéndez Pidal y cuando se proclamó la II República fue embajador de España en Berlín, por un breve espacio de tiempo.

Del buen hacer de este ensayista y filólogo queda una memoria indeleble en el Centro de Estudios Históricos que, bajo su influencia y la de Menéndez Pidal alcanzó un gran prestigio. Entre sus amigos se encuentran el pintor Joaquín Sorolla y el excelente novelista, aunque apenas hoy se le recuerde, Benjamín Jarnes.

Como tantos otros, al finalizar la Guerra Civil tuvo que emprender el camino amargo del exilio. Lo demás es fácil de imaginar… la dictadura franquista prohibió toda referencia a su figura y a su pensamiento. Sus obras fueron censuradas pasando a figurar en el vergonzoso índice.

Así varias generaciones españolas pasaron por la universidad ignorando obras como: El pensamiento de Cervantes y la influencia del humanismo erasmista en el renacimiento español. Algunas de estas ideas volvió a plasmarlas  en   Lo hispánico y el erasmismo. Si en España su labor era silenciada por decreto, en  universidades  latinoamericanas  y estadounidenses    el interés   por   su   obra    era  creciente. Estuvo vinculado a la universidad de Santiago en Chile y a la de México así como a la de Columbia, Wisconsin, Princeton o San Diego. Ayudo a formar, con su ejemplo y sabiduría a una generación de hispanistas de gran talla, entre los que destaca Stephen Gilman. Sólo al final de su vida, ya en los años 70, regreso a España.

Quizás La realidad histórica de España y Cervantes y los casticismos españoles son los ensayos señeros publicados en su exilio. En su polémica con el historiador Sánchez Albornoz, defiende la tesis de que en nuestro país la convivencia de judíos, moros y cristianos, bastante silenciada, ha sido fecunda y está estrechamente unida a la tolerancia y al deseo de comprender al otro. Sánchez Albornoz, por su parte, insiste en la supremacía de la herencia romano-cristiana para entender la evolución histórica de nuestro país.

Otro dato significativo es que frente al concepto de aislacionismo estudia, con rigor e instala el pensamiento y la literatura española en el contexto del humanismo europeo, relacionándolo con las corrientes que se desenvolvieron por diversos países.

Sería injusto silenciar los esfuerzos que se han realizado por dar a conocer su pensamiento entre nosotros. Laín Entralgo, en 1971 publicó Estudios sobre la obra de Américo Castro en Taurus, que para mí sigue siendo de inexcusable consulta y de notable valor.

Tropezarme, hace años, con el artículo antes mencionado y disfrutar de los comentarios y de la sagacidad con que don Américo se enfrenta a la figura de Jovellanos fue, por encima de todo un acicate y un estímulo tanto para hacerme con otros textos del autor de El pensamiento de Cervantes como de mirar con ojos nuevos, la denodada lucha de ese gijonés, universal que es Jovellanos y las múltiples empresas culturales, políticas y sociales que emprendió.

Una lección amarga es que en España existe, desde tiempos inmemoriales, la insana y perniciosa costumbre de silenciar, perseguir, encarcelar u obligar a emprender el camino del exilio a sus hijos más preclaros.

 

 

 

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MARX HOY, RELACIÓN DE CONFERENCIANTES

SÁBADO 30 DE SEPTIEMBRE 2017

LA HUELLA DE KARL MARX, DE TROTSKY A KOLAKOWSKI Conferenciantes: ANTONIO DEL MAZO UNAMUNO Licenciado en Filosofía ANTONIO CHAZARRA Profesor de Historia de la Filosofía Moderna Modera: Félix Alonso. COLECTIVO ROUSSEAU

SÁBADO 28 DE OCTUBRE

MARX Y EL PSICOANÁLISIS Conferenciante VLADIMIR CARRILLO Licenciado en Sociología y Psicoanalista Modera: Eugenio García Colectivo Rousseau

Sábado 18 de noviembre EL MARXISMO EN EL SIGLO XXI: DAVID HARVEY Conferenciante FELIPE AGUADO Catedrático de Filosofía Modera Alfonso Peláez Colectivo Rousseau

Sábado 25 de noviembre

EL MARXISMO EN ESPAÑA, SU PASADO Y SU FUTURO Conferenciante RAFAEL FRAGUAS Sociólogo y escritor Moderador Eugenio García. Colectivo Rousseau

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¿DEMOCRACIA CONTRA DEMOCRACIA?

Los tiempos interesantes están convirtiéndose a ojos vista en aquello que suelen ser: tiempos peligrosos. Desde el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001, se diría que nos hemos adentrado a ciegas en una época convulsa con rasgos propios de la ficción y asistimos extrañados a una sucesión de acontecimientos dignos de una ucronía política: de la crisis económica al Brexit, pasando por Trump y los ensayos nucleares norcoreanos. De hecho, es como si, tras abandonar el curso ordinario de la historia, la ucronía misma se hubiera convertido en nuestra realidad: un teatro del absurdo que tiene por banda sonora la cacofonía diaria de los comentaristas digitales. No es un símil desencaminado, pues hay días en que la política contemporánea parece materializar las fantasías de un troll.

Tiempos peligrosos, por tanto: para la convivencia pacífica, para la legalidad constitucional, para la democracia representativa. Podríamos decir que para la democracia sin adjetivos, pero la democracia es un concepto polisémico cuyo empleo suele requerir adjetivación. Otra cosa es que denominemos «democracia», a secas, al tipo de democracia que se ha convertido en dominante en la modernidad tardía: la representativa o constitucional o liberal. No está claro, sin embargo, que esta democracia equivalga a la democracia, por muy acostumbrados que estemos a ella. Es lo que Carlos Fernández Barbudo, joven investigador español, planteaba recientemente en uno de los famosos «hilos» de Twitter:

Democracia es un concepto político fundamental cuyo significado ha ido variando a lo largo de la historia. Muy mucho. Ante este tipo de conceptos no cabe buscar una definición exacta o auténtica. Cada vez que un actor político intenta definir «democracia», lo que está haciendo es actuar políticamente. ¿Qué significa esto? Pues que está intentando que su definición (aka su cosmovisión ideológica) prevalezca. Definir democracia es intentar mover a la sociedad a los postulados implícitos en esa definición.

Es lo que nos enseña la historia conceptual desarrollada por el historiador alemán Reinhart Koselleck, quien en la obra fundamental dedicada al asunto ‒los varios volúmenes de los Geschichtliche Grundbegriffe‒ rastrea junto a sus colaboradores el registro semántico de los grandes conceptos políticos para identificar sus distintos usos. En el caso de la democracia, evidentemente, la ambigüedad viene de serie: fuera cual fuera la práctica originaria en las sociedades premodernas, incluida la sofisticada Atenas, un régimen político que consiste en «el gobierno del pueblo» deja un margen considerable para la variación organizativa. Y lo que apunta oblicuamente Fernández Barbudo es que esa disputa semántica es la que estamos presenciando en España estos días a cuenta del enfrentamiento entre los partidarios del referéndum que habría de decidir sobre la secesión de Cataluña y quienes defienden una democracia constitucional de corte kelseniano en la que ese referéndum es ilegal. O, si se quiere, entre una democracia representativa y una democracia plebiscitaria.

Distintas declaraciones del presidente de la Generalitat catalana han dejado meridianamente clara su posición en esta disputa. El señor Puigdemont ha dicho, por ejemplo, que la democracia nada tiene que ver con los procedimientos, o que «los catalanes» no viven en una democracia «tal como la entendemos nosotros». Algo que, por lo demás, se puso de manifiesto con la dudosa aprobación en el Parlamento autonómico de una Ley de Transitoriedad que vulnera el orden legal vigente ‒tratando, de hecho, de suplantarlo‒ y se encuentra recurrido ante el Tribunal Constitucional. Frente a los detalles procedimentales se plantaría nada menos que un pueblo, el pueblo catalán, cuya voluntad colectiva valdría más que todas las leyes del mundo. Otras pruebas de esta concepción «alternativa» de la democracia pueden hallarse en el dibujo de la hipotética república catalana que contiene la citada Ley de Transitoriedad, más cercana al llamado «iliberalismo» que al liberalismo en su debilitamiento de la separación de poderes.

Sucede que la contraposición de dos modelos de democracia ‒uno representativo y otro plebiscitario‒ antecede a la crisis catalana. Su origen se encuentra en la irrupción del populismo de derecha e izquierda que trae causa de la crisis y la consiguiente deslegitimación de las democracias liberales. Ante el fracaso de las «elites», se propone el gobierno directo del «pueblo»; como el gobierno directo del pueblo es imposible, su voluntad está mediada por la acción de un líder que la «interpreta» y traduce a políticas concretas. Y que, llegado el caso, realizará en la arquitectura institucional las modificaciones que sean necesarias para facilitar la relación directa entre el líder y el pueblo: eliminación o sometimiento de los órganos contramayoritarios (como el Banco Central), supresión o debilitamiento de la independencia de los tribunales, anulación de la división de poderes, limitaciones a la libertad de expresión, recuperación de la soberanía cedida a tratados internacionales (el Acuerdo de París en el caso norteamericano) u organismos multinacionales (como la Unión Europea), desarrollo de políticas destinadas a reforzar la cultura «propia» frente a contaminaciones exteriores. No todos los populismos son iguales y, por tanto, no todos estos rasgos iliberales habrán de estar presentes en la misma medida. Iliberal es aquí la palabra correcta, pues el populista alega que la democracia representativa es demasiado liberal y demasiado poco popular; razón por la cual procede a restarle liberalismo y a añadirle populismo.

Esta contraposición ha protagonizado el reciente intercambio de textos entre Iñigo Errejón y José María Lassalle en las páginas de El País, a cuenta del reciente libro que el segundo ha dedicado al populismo que el primero, lector atento de Ernesto Laclau, ha admitido en más de una ocasión practicar como actor político (Contra el populismo, Barcelona, Debate, 2017). Este tipo de conversación debería ser más frecuente en España, donde la tradición de las controversias públicas ha ido perdiéndose irremediablemente. En un país tan desapasionado como Alemania son, en cambio, frecuentes y, cosa impensable entre nosotros, a menudo con la participación cruzada de varios medios o alusiones positivas de Der Spiegel a algo que ha dicho el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

En su breve pero enjundiosa monografía, Lassalle se refiere al populismo como a un «totalitarismo posmoderno»; uno de baja intensidad que se mantiene dentro de los confines de lo aceptable para la opinión pública. A su juicio, es claro que el populismo actual plantea un modelo de democracia alternativa: negando los patrones institucionales, representativos y legales del modelo vigente mientras ofrece otro que sobredimensiona la faceta popular (el demos de la demokratia) de la democracia. Es aquí donde entran en juego la gente, el pueblo o ‒en el caso catalán‒ la nación. Es un pueblo movilizado permanentemente contra un enemigo; justamente, contra los enemigos del pueblo: ya sean los banqueros, España o, al decir del Daily Mail, los jueces que reconocieron la competencia de la Cámara de los Comunes para votar el futuro acuerdo de salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. El decisionismo soberano de Carl Schmitt tiene aquí más peso que la legalidad que culmina en la Constitución descrita por Hans Kelsen: la movilización popular no puede entretenerse con la letra pequeña de los reglamentos. Pero, como sugiere Lassalle, el pueblo del populismo es representado de una forma particular: no como sujeto, sino como víctima. En buena medida, el discurso del populismo consiste en el señalamiento de los culpables, en la delimitación de un círculo de causantes de la desgracia ajena. Hay donde elegir; quien busca un enemigo a quien culpar de sus males siempre acabará por encontrarlo. En unos casos son las elites y, en otros, el sistema en abstracto; en el caso catalán, la malvada España. Los acentos sentimentales son obvios: basta sentirse víctima para ganarse el derecho a conducirse como una.

Iñigo Errejón afea a Lassalle que nada se diga en el libro sobre las causas que han provocado la ira popular. Más que un fenómeno emocional, viene a decirnos, estamos ante una respuesta racional al fracaso de las elites; elites que han operado en el interior del sistema para servir a sus propios intereses en detrimento de los derechos ciudadanos. En otras palabras, Lassalle «naturalizaría» un fenómeno que Errejón querría politizar, poniendo nombres y apellidos a las decisiones concretas que han conducido al estado de ánimo que canaliza el populismo. Para Errejón, eso es hacer política. El reproche es parcialmente justo: Lassalle dedica poca atención a la concatenación de errores ‒dolosos o no‒ que condujeron al crash de 2008. Pero no es menos cierto que semejante ejercicio de indagación corresponde a disciplinas distintas de la teoría política y que la propia literatura populista ‒a menudo lacaniana‒ se entrega al hermetismo teórico con más entusiasmo que a los datos socioeconómicos. Se advierte aquí un problema intrínseco al populismo, que al victimizar al pueblo niega que el pueblo tenga nada que ver con las políticas públicas desarrolladas por los gobiernos a los que ese mismo pueblo vota, pasando por alto de paso que la conversación pública ‒cada vez más democrática‒ condiciona la acción de los gobiernos y penaliza a aquellos que adoptan medidas impopulares. Dicho esto, es conveniente saber qué demandas ciudadanas responden a injusticias o daños objetivables y cuáles, en cambio, expresan frustración o cólera debido a sucesos impredecibles o que constituyen el efecto colateral de procesos sociales más amplios: desde el cambio en los patrones demográficos a las transformaciones tecnológicas. No porque de esa manera estos cambios queden al margen de la acción política, sino porque la acción política no siempre puede anticiparlos o revertirlos sin producir daños distintos. El populismo suele trazar líneas causales simples allí donde sería más adecuado hablar de una causalidad compleja y actores que gozan de una información limitada sobre el efecto de sus acciones.

Asimismo, Errejón retoma una de las ideas más queridas al populismo, aun no siendo exclusiva del mismo: la de que existen épocas frías y calientes en la historia de las comunidades políticas. En las primeras, reina una aparente normalidad y las instituciones existentes gozan de legitimidad; en las segundas, surgen demandas populares ‒normalmente articuladas por un líder o partido‒ que no encuentran acomodo en esas instituciones y demandan su sustitución o ampliación. Errejón toma la idea de Bonnie Honig de que no hay consenso sin «excedente», o desacuerdo dejado al margen: las épocas fundacionales son aquellas en que retorna lo reprimido en forma de descontento popular. Son los tiempos «redentores» de la democracia, como los denomina Margaret Canovan. En ellos, sostiene Errejón, aparecen el pueblo o la gente que encarnan una «nueva voluntad colectiva». También la inquietud:

Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente.

En eso no le falta razón: las disrupciones del orden lucen mejor en los libros de historia y eso hace que el juicio político (o moral) sea más difícil para el observador contemporáneo, pues no acaba de saber qué tiene delante. Bien pueden ser reclamaciones legítimas que delatan fallas en el sistema representativo, bien una deficiente provisión de derechos. Pero también perturbaciones de otro tipo: la frustración derivada de unas expectativas infundadas (a menudo alimentadas por la competición electoral, que, por ejemplo, promete lo que no puede cumplir) o la agitación que produce la acción del líder populista. Ya que éste, mediante su performance, no se dirige un pueblo preexistente, sino que lo crea en el momento de nombrarlo. En cualquier caso, eso que llamamos «pueblo» parece ser

un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades ‒afortunadamente‒ nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas.

En este mismo blog hemos descrito el pueblo como una metáfora triunfante pero imposible: una noción que sirve para adscribir la soberanía de que antaño gozaban los reyes al conjunto de los ciudadanos y recabar con ello legitimidad para el orden democrático, pero que no puede jamás actualizarse sino simbólicamente. El pueblo no existe, salvo porque creemos en él. La sociedad es demasiado plural y contiene intereses demasiado diversos para que algo parecido a un pueblo o a una voluntad popular pueda identificarse sin esfuerzo. Si todos los ciudadanos del mundo pudieran justificar racionalmente la existencia del Estado, no nos haría falta el pueblo; pero no es el caso y, por tanto, las alusiones al pueblo ‒o la nación‒ siguen presentes en el discurso político y los textos constitucionales. Qué tipo de orden político se funde sobre qué concepción del pueblo, en cambio, es asunto distinto. ¿No hablaba Hitler del Volk alemán para justificar su expansionismo militar? Más ambiguamente: ¿no ha servido la idea del «pueblo americano» para justificar hechos políticos tan diferentes como el genocidio de los indios, la guerra contra los nazis, el fin de la discriminación racial o el proteccionismo comercial? ¡Que pregunten a Bruce Springsteen, a quien todavía le dura el enfado por la apropiación reaganiana de Born in the USA!

Un problema de los «momentos calientes» es que no todos ellos son democráticos o progresistas: la lucha de Solidaridad contra el comunismo tiene su espejo invertido en el nacionalpopulismo del actual gobierno ultraconservador polaco. Y, sin necesidad de irnos muy lejos, nada más caliente ahora mismo que Cataluña, donde la institucionalidad existente (instaurada por la Constitución) está siendo dinamitada por un movimiento nacionalista que invoca la democracia con objeto de vulnerar la democracia. En la actual fase revolucionaria, el separatismo no duda en hostigar a los alcaldes que no se prestan a ceder dependencias municipales para celebrar el referéndum ilegal; y eso por mencionar apenas una de muchas lindezas que explican el silencio ‒más que espiral, embudo‒ de quienes son contrarios a la secesión.

En su breve réplica, precisamente, Lassalle defiende una legitimación fría de la democracia liberal que haga posible la construcción de un «nosotros» asentado en la diferencia. El populismo haría exactamente lo contrario y Laclau así lo señala: identifica a una parte del pueblo como el único pueblo legítimo. De nuevo, es lo que sucede con claridad de manual en el caso catalán: están los catalanes y están los enemigos de Cataluña, sean malos catalanes o, incluso ‒como leíamos en un tuit este pasado lunes‒, «españoles nacidos en Cataluña».. Aquí el nacionalismo demuestra haber sabido aprovechar las lecciones del populismo, inventándose un pueblo ‒«un solo poble»‒ allí donde hay una pluralidad de ciudadanos con preferencias e intereses diversos. O, si se quiere, inventándose una voluntad popular única allí donde ésta no existe. Su invocación, de hecho, trata de ocultar escandalosas diferencias entre distintos segmentos socioeconómicos: según datos de la propia Generalitat, solo el 41% de los catalanes son separatistas, y en las clases más bajas ese porcentaje baja al 27,6%, elevándose al 38,4% en la media-baja y al 45,6% en la clase media. Todos los pueblos el pueblo.

Seguramente Lassalle sea demasiado optimista y una legitimación puramente racional de las democracias liberales no sea todavía posible. No se equivoca, en cambio, cuando apunta hacia ese ideal y la necesidad de perseguirlo: evitando reforzar una nostalgia por el absoluto que rebrota con inquietante facilidad en el interior de las comunidades humanas. Y quizá, de hecho, podamos responder ahora de otro modo a la cuestión inicial: a la tesis conforme a la cual cuando distintos actores ponen sobre la mesa entendimientos distintos de lo que sea la democracia no hacen sino política o ideología, pues promuevem un modo de hacer democracia sobre los demás. No habría, entonces, democracia «auténtica».

Así es. Pero el atractivo teórico de la proposición parece desvanecerse cuando nos asomamos a la praxis política y vemos en qué consiste la democracia plebiscitaria del populismo que se presenta como una de las alternativas a la democracia liberal-representativa. Es entonces ‒a la vista de lo que sucede en Venezuela, o Polonia, o Cataluña‒, cuando recordamos que estas últimas no han sobrevivido históricamente por casualidad y que la existencia de contrapesos liberales destinados a limitar el alcance del gobierno popular tiene mucho sentido. Sobre todo: preservar el pluralismo social y garantizar los derechos individuales ante cualquier mitomanía colectivista, así como vincular el proceso político a procedimientos inclusivos que otorgan legitimidad a las leyes democráticas. No es poco, y cuando lo perdemos, nos parece mucho.

La democracia, en suma, tiene muchos significados potenciales. Pero renunciar a lo que nos enseña la experiencia histórica sobre el desenvolvimiento de sus distintos modelos es imprudente. Y si nos ha enseñado algo sobre la democracia plebiscitaria (¡no digamos sobre el nacionalismo!), es que resulta preferible leer sobre ella a sufrir las consecuencias de su puesta en práctica. Salvo que uno se aburra y desee vivir en tiempos interesantes, aunque sean ‒también‒ peligrosos.

20/09/2017

manuel arias maldonado

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EL YELMO DE LA INDEPENDENCIA

Cuando vienen mal dadas hay que buscar refugio.

En estos últimos días para muchos caribeños y norteamericanos, desgraciadamente desplazados por el Irma, ese refugio ha sido un estadio, una escuela, un pabellón deportivo, lugares incómodos pero más seguros que sus viviendas, a la espera de poder regresar a casa.

Para otros, alejados del terrible huracán, pero azotados por los últimos vendavales políticos, el refugio se hace igualmente necesario aunque sea muy distinto y por supuesto infinitamente más confortable que el de los obligados a ponerse a salvo con peligro de sus vidas. Algunos, en tiempos de inclemencia y de perplejidad, buscamos cobijo en la música, en el cine o en la literatura.

En mi caso, es en los libros donde encuentro seguridad y resguardo. No sólo por aquello de que las historias que nos suelen contar nos proporcionan la posibilidad de una vida vicaria y, en consecuencia, permiten hacernos la ilusión de convertirnos en otros y ser protagonistas de aventuras extraordinarias como ocurre también en las películas, sino porque los libros nos dan la oportunidad de comprobar que entre sus páginas se hallan la mayoría de respuestas a nuestras preguntas.

Los manuales de autoayuda se quedan cortos ante textos tan fundamentales como El Quijote, una novela llena de sentido crítico y humorístico a la que siempre vuelvo.

(Raúl)

En El Quijote aprendemos que el deseo, muy a menudo, nada tiene que ver con la realidad: los molinos seguirán siendo molinos, no gigantes y los rebaños no se convertirán en ejércitos, por más que la calenturienta mente del manchego universal así lo perciba. La realidad acaba siempre por imponerse para mostrarnos que las quimeras que nos retrotraen al pasado, como las de Don Quijote, que pretendía en los inicios del siglo XVII resucitar nada menos que a los caballeros andantes medievales, terminan desgraciadamente mal, muy mal.

También acaba mal burlar las leyes o lo que es lo mismo, saltarse la legalidad, como hace Don Quijote al liberar a los galeotes, que, arremeterán a pedradas contra su libertador, demostrándonos hasta qué punto el caballero es, en el fondo, un ingenuo pese a los ideales justicieros que le guían. No se da cuenta de que lo previsible es que los delincuentes condenados a galeras se comporten de manera canalla.

Mucho más aún que estos ejemplos, que permiten entender mejor aspectos de cuanto nos rodea y entendernos mejor a nosotros mismos como presumen los manuales de autoayuda, el pasaje quijotesco que, a mi juicio, más y mejor nos sirve de pauta para encararnos con el momento actual es aquel en que Don Quijote ve venir por la llanura manchega a un barbero que, para resguardarse de la lluvia, lleva sobre su cabeza una bacía (vasija cóncava por lo común con escotadura semicircular en el borde, usada por los barberos para remojar la barba, según el Diccionario de la RAE). Pero él no ve ese cacharro. No ve esa humilde, cotidiana y doméstica bacía, que sí percibe Sancho.

Los ojos de Don Quijote observan maravillados nada menos que un yelmo, una pieza de la armadura antigua que cubría la cabeza y el rostro y que, por si fuera poco, no es un yelmo cualquiera. Para el loco ­visionario es nada menos que el yelmo de oro del rey moro Mambrino, que tiene la virtud de hacer invulnerable a quien lo ­lleve.

Escuchando con la mayor atención el pasado domingo la entrevista de Ana Pastor a Oriol Junqueras y después las preguntas que le hicieron una serie de personas que participaron en el programa El objetivo, emitido por La Sexta, constaté hasta qué punto el señor Junqueras trataba por todos los medios que le contempláramos tocado con el yelmo de Mambrino.

Dicen que el vicepresidente de la Generalitat, además de buenísima persona, es hombre culto y en consecuencia no dudo que haya leído El Quijote y quizá, como alumno del Liceo Italiano, a Mambrino Roseo da Fabriano, un autor de novelas de caballerías al que Cervantes parece aludir al referirse al famoso yelmo. Aunque tal vez el yelmo mágico, con el que Junqueras creía haberse convertido en invulnerable, debería llamarse yelmo de la Independencia. Una palabra taumatúrgica, pues tiene la fuerza quijotesca de poder cambiarlo todo al antojo de quien la pronuncia con fe y realizar así extraordinarios prodigios. Independencia significa que la realidad roma, gris, mostrenca, átona, insípida, vulgar –la bacía– ya no existirá cuando Catalunya sea un Estado. Sólo habrá yelmos de metales preciosos y eso lo convertirá todo en riqueza, color, entusiasmo, alegría y felicidad.

Junqueras se salió por la tangente sin contestar a lo que se le preguntaba. Tan sólo reiteró en todas y cada una de sus respuestas el paradisiaco país que nos espera a partir del minuto en que Puigdemont proclame la República Catalana. La sanidad mejorará, la escuela funcionará a las mil maravillas, se crearán nuevas plazas para profesores, el paro se reducirá, tendremos dos pasaportes, Europa no podrá prescindir de Catalunya y las relaciones con la vecina España serán estupendas. Sólo le faltó añadir la frase de Francesc Pujols i Morgades: “Llegará un día en que los catalanes yendo por el mundo lo tendremos todo pagado”. Amén.

carmen riera. La Vanguardia del día 17 de septiembre

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