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Sección : Artículos

¿SUICIDIO? NO, GRACIAS

   LAURA FREIXAS

Supongamos que queremos una República catalana. Es un deseo legítimo. Pero que plantea la pregunta propia de todos los deseos: ¿qué ­precio estamos dispuestas a pagar para conseguirlo?

¿Estamos dispuestas a incumplir leyes? ¿Estamos dispuestas a asumir las consecuencias del incumplimiento? ¿A soportar cargas policiales? ¿A que el Estado aplique el artículo 155? ¿A ver cómo aumenta la catalanofobia, cómo hay quien grita “a por ellos” a los policías, cómo se crece la extrema derecha? Podemos pensar que las leyes son injustas; la policía, una fuerza de ocupación; el Estado, franquista; la catalanofobia, un viejo vicio español, pero pensar eso no los borrará. A mí me indigna que existan violadores, y lucharé contra ellos por todos los medios legales, pero entre tanto, no se me ocurre pasear sola por ciertos sitios a ciertas hora

Supongamos que queremos una república catalana porque estamos convencidas de que sería una sociedad próspera, unida, democrática, transparente. ¿Estamos dispuestas, para alcanzarla, a apoyar a un Govern que atropella a quienes representan en el Parlament al 52% de la población? ¿A que la sociedad catalana se divida en dos bloques enfrentados? ¿A que se fuguen los principales bancos y cientos de empresas grandes, pequeñas y medianas? ¿A ver los vídeos de Artur Mas burlándose, en el 2015, de quienes predecían semejante fuga, y asegurando, en el 2016, que los bancos “se iban a pe­lear” por estar en Catalunya? ¿Oiremos sin pestañear a un exconseller de Empresa ­pronosticando “un desastre económico sin paliativos”?

¿De verdad el sueño de una república catalana merece el precio que, sea injusto o no, la realidad nos exige para conseguirla (o para ni siquiera conseguirla)? ¿Tan mal vivimos en España que cualquier sacrificio, cualquier riesgo, nos parece que vale la pena para abandonarla? ¿También el de una guerra civil?

Yo no creo en esa república catalana que nos pintan, donde las fieras serán mansas, los cuerpos de seguridad no cargarán contra ciudadanas pacíficas acampadas en la plaza Catalunya el 15-M, y tendremos ochenta huríes y 16.000 millones. Pero aunque creyera, a estas alturas me estaría preguntando si merece el peaje que la realidad exige. Por más convencida que estuviera de que me ­espera la vida eterna, por más estúpida que me pareciese la ley de la gravedad, no intentaría alcanzar el Paraíso tirándome de un campanario.

Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

Por Antonio Chazarra Montiel  

 

La sociedad no debe tratar de destruir, sino de edificar
Gaspar Melchor de Jovellanos

 En los siguientes parágrafos iremos pasando revista a lo que unía a estos destacados y heterodoxos pensadores. Mi padre me hablaba de Américo Castro y, me decía que era imprescindible conocerlo, porque interpretaba la historia de España de forma certera y profunda, distanciándose críticamente de las versiones manipuladas y maniqueas oficialistas. Aprendí pronto que este intelectual atrevido y sagaz era ‘clave’ para, alejándose de las visiones unilaterales y cerradas   al   uso, valorar   la   importancia de la  convivencia de las tres culturas y, sobre todo, abrirse a la interpretación de   lo  que   el  erasmismo supuso y de lo mucho que influyó en Cervantes.

Jovellanos es la Ilustración española y, también uno de esos personajes históricos, vitalista, entusiasta, reformista y que constituye un referente inequívoco de esa España que pudo ser y no fue. De esa España que pretendía no encerrarse en sí misma y quiso compartir inquietudes y pasión por el conocimiento con los países europeos.

Hace ya bastantes años, llegó a mis manos un artículo del periódico El Sol del 21 de julio de 1933, en el que Américo Castro describe, con entusiasmo, algunas de las características esenciales de Jovellanos, más tarde, al leer De la España que aún no conocía publicado por la Editorial Finisterre de Méjico en 1972, volví a tropezarme con el artículo de El Sol que reproduce íntegro. Américo Castro se muestra en esta obra, en tres volúmenes, que recoge publicaciones anteriores, como un hombre de la generación del 14, regeneracionista y nítidamente contrario al pesimismo paralizante. Jovellanos analizado por Américo Castro es, desde mi punto de vista, una combinación explosiva y brillante.

 Para valorar las ideas humanistas, avanzadas y reformistas de Jovellanos baste señalar que se mostró partidario de abolir la tortura y que se atrevió a criticar abiertamente la labor obscurantista de la Inquisición. Tengo la imagen de Jovellanos del cuadro de Goya. Creo que la serenidad, la capacidad reflexiva y la energía que desprende su mirada y su actitud corporal son significativas. Más que reflexionar parece que lo que quiere es vivir un sueño.

Existen varias biografías y estudios de interés sobre Jovellanos. Hoy quiero referirme a su Diario, fue publicado en 1815, cuatro años después de que muriera y   donde, a solas, consigo  mismo se muestra más explicito de lo habitual y menos precavido con lo que quiere y anhela y con lo que detesta.

Regresemos, no obstante, a cómo analiza Américo Castro a Jovellanos. Lo considera un ciudadano preparado e inteligente, capaz de levantar una nación… si hubiera podido, si lo hubieran dejado. Realiza un esfuerzo titánico para prescindir de la España hueca y vacua y para sentar unos cimientos sólidos sobre los que se pueda levantar otro país. Es elegante y quizás por eso, señala que hay que suprimir toda forma de plebeyismo. No se limita a enunciar los cambios y novedades que es preciso introducir sino que desciende al detalle y se detiene en el cómo. Mostrándose el menos abstracto de los reformadores dieciochescos. Obras son amores y lo que se diseña en teoría debe encarnarse en la práctica. Así funda el Instituto Asturiano como un intento de que los jóvenes pudieran tener acceso y formarse en las artes y en las ciencias útiles, dejando a un lado la educación que se impartía en las universidades bajo el control de la iglesia, en lengua latina, (más o menos macarrónica) y sin ningún contacto ni con los avances de la ciencia, ni con ninguna aplicación práctica.

Su andadura vital estuvo llena de persecuciones, zancadillas, envidias y ese rencor atávico consistente en perseguir con saña a la inteligencia, a quien destaca, a quien cuestiona tradiciones arraigadas y a quien pretende implantar novedades foráneas. No es de extrañar, por tanto, que estuviera a punto de ser envenenado varias veces, que sufriera la enemistad de Godoy, de María Luisa de Parma y de los sectores más atrabiliarios de la iglesia y que pasara largas etapas en prisión en la Cartuja de Valldemossa o en el Castillo de Bellver.

No me resisto a comentar que es el autor de una Memoria sobre Educación Pública que es ni más ni menos, que el Primer tratado sistemático sobre Enseñanza en lengua castellana. Se propuso que las ciencias físico-matemáticas y naturales formaran parte de los planes de estudio para que pudiéramos   homologarnos    con  los países de nuestro entorno. Fue pionero en llevar a cabo una crítica con respecto al pasado que tanta falta hacía emprender, en un país en el que se desconfiaba de toda novedad y de toda reforma. También, quisiera referirme a sus ideas protofeministas donde se pone en valor el papel que la mujer juega en la sociedad.

La labor cultural y reformista, a la que estuvo ligado fue impresionante. Participó activamente en la Academia de la Historia, en la Española de la Lengua y en la de San Fernando, así como desplegó su actividad en varias Sociedades de Amigos del País. Su labor política puede considerarse prudente y encomiable. El reinado de Carlos III fue una época que permitió desplegar algunas de sus ideas y proyectos, antes de que fueran truncados, por la soberbia presuntuosa e ignorante, por el arribismo… y por ese conformismo venenoso, tan instalado entre nosotros.

A través de los distintos cargos públicos que ocupó, dejó una huella marcando el camino a seguir. Fueron muy pocos los que se propusieron empresas de envergadura, reformistas y de calado que limitaran el omnímodo poder asfixiante de la iglesia; no obstante, hombres como el criollo ilustrado, Pablo de Olavide, que también fue víctima del absolutismo, le acompañaron en esta tarea.

Después de trazar este esbozo de Jovellanos, regresemos a Américo Castro que formó parte de esa pléyade de intelectuales de la ILE (Institución Libre de Enseñanza), que se forjó y practicó los valores republicanos. Fue discípulo y amigo de Menéndez Pidal y cuando se proclamó la II República fue embajador de España en Berlín, por un breve espacio de tiempo.

Del buen hacer de este ensayista y filólogo queda una memoria indeleble en el Centro de Estudios Históricos que, bajo su influencia y la de Menéndez Pidal alcanzó un gran prestigio. Entre sus amigos se encuentran el pintor Joaquín Sorolla y el excelente novelista, aunque apenas hoy se le recuerde, Benjamín Jarnes.

Como tantos otros, al finalizar la Guerra Civil tuvo que emprender el camino amargo del exilio. Lo demás es fácil de imaginar… la dictadura franquista prohibió toda referencia a su figura y a su pensamiento. Sus obras fueron censuradas pasando a figurar en el vergonzoso índice.

Así varias generaciones españolas pasaron por la universidad ignorando obras como: El pensamiento de Cervantes y la influencia del humanismo erasmista en el renacimiento español. Algunas de estas ideas volvió a plasmarlas  en   Lo hispánico y el erasmismo. Si en España su labor era silenciada por decreto, en  universidades  latinoamericanas  y estadounidenses    el interés   por   su   obra    era  creciente. Estuvo vinculado a la universidad de Santiago en Chile y a la de México así como a la de Columbia, Wisconsin, Princeton o San Diego. Ayudo a formar, con su ejemplo y sabiduría a una generación de hispanistas de gran talla, entre los que destaca Stephen Gilman. Sólo al final de su vida, ya en los años 70, regreso a España.

Quizás La realidad histórica de España y Cervantes y los casticismos españoles son los ensayos señeros publicados en su exilio. En su polémica con el historiador Sánchez Albornoz, defiende la tesis de que en nuestro país la convivencia de judíos, moros y cristianos, bastante silenciada, ha sido fecunda y está estrechamente unida a la tolerancia y al deseo de comprender al otro. Sánchez Albornoz, por su parte, insiste en la supremacía de la herencia romano-cristiana para entender la evolución histórica de nuestro país.

Otro dato significativo es que frente al concepto de aislacionismo estudia, con rigor e instala el pensamiento y la literatura española en el contexto del humanismo europeo, relacionándolo con las corrientes que se desenvolvieron por diversos países.

Sería injusto silenciar los esfuerzos que se han realizado por dar a conocer su pensamiento entre nosotros. Laín Entralgo, en 1971 publicó Estudios sobre la obra de Américo Castro en Taurus, que para mí sigue siendo de inexcusable consulta y de notable valor.

Tropezarme, hace años, con el artículo antes mencionado y disfrutar de los comentarios y de la sagacidad con que don Américo se enfrenta a la figura de Jovellanos fue, por encima de todo un acicate y un estímulo tanto para hacerme con otros textos del autor de El pensamiento de Cervantes como de mirar con ojos nuevos, la denodada lucha de ese gijonés, universal que es Jovellanos y las múltiples empresas culturales, políticas y sociales que emprendió.

Una lección amarga es que en España existe, desde tiempos inmemoriales, la insana y perniciosa costumbre de silenciar, perseguir, encarcelar u obligar a emprender el camino del exilio a sus hijos más preclaros.

 

 

 

MARX HOY, RELACIÓN DE CONFERENCIANTES

SÁBADO 30 DE SEPTIEMBRE 2017

LA HUELLA DE KARL MARX, DE TROTSKY A KOLAKOWSKI Conferenciantes: ANTONIO DEL MAZO UNAMUNO Licenciado en Filosofía ANTONIO CHAZARRA Profesor de Historia de la Filosofía Moderna Modera: Félix Alonso. COLECTIVO ROUSSEAU

SÁBADO 28 DE OCTUBRE

MARX Y EL PSICOANÁLISIS Conferenciante VLADIMIR CARRILLO Licenciado en Sociología y Psicoanalista Modera: Eugenio García Colectivo Rousseau

Sábado 18 de noviembre EL MARXISMO EN EL SIGLO XXI: DAVID HARVEY Conferenciante FELIPE AGUADO Catedrático de Filosofía Modera Alfonso Peláez Colectivo Rousseau

Sábado 25 de noviembre

EL MARXISMO EN ESPAÑA, SU PASADO Y SU FUTURO Conferenciante RAFAEL FRAGUAS Sociólogo y escritor Moderador Eugenio García. Colectivo Rousseau

¿DEMOCRACIA CONTRA DEMOCRACIA?

Los tiempos interesantes están convirtiéndose a ojos vista en aquello que suelen ser: tiempos peligrosos. Desde el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001, se diría que nos hemos adentrado a ciegas en una época convulsa con rasgos propios de la ficción y asistimos extrañados a una sucesión de acontecimientos dignos de una ucronía política: de la crisis económica al Brexit, pasando por Trump y los ensayos nucleares norcoreanos. De hecho, es como si, tras abandonar el curso ordinario de la historia, la ucronía misma se hubiera convertido en nuestra realidad: un teatro del absurdo que tiene por banda sonora la cacofonía diaria de los comentaristas digitales. No es un símil desencaminado, pues hay días en que la política contemporánea parece materializar las fantasías de un troll.

Tiempos peligrosos, por tanto: para la convivencia pacífica, para la legalidad constitucional, para la democracia representativa. Podríamos decir que para la democracia sin adjetivos, pero la democracia es un concepto polisémico cuyo empleo suele requerir adjetivación. Otra cosa es que denominemos «democracia», a secas, al tipo de democracia que se ha convertido en dominante en la modernidad tardía: la representativa o constitucional o liberal. No está claro, sin embargo, que esta democracia equivalga a la democracia, por muy acostumbrados que estemos a ella. Es lo que Carlos Fernández Barbudo, joven investigador español, planteaba recientemente en uno de los famosos «hilos» de Twitter:

Democracia es un concepto político fundamental cuyo significado ha ido variando a lo largo de la historia. Muy mucho. Ante este tipo de conceptos no cabe buscar una definición exacta o auténtica. Cada vez que un actor político intenta definir «democracia», lo que está haciendo es actuar políticamente. ¿Qué significa esto? Pues que está intentando que su definición (aka su cosmovisión ideológica) prevalezca. Definir democracia es intentar mover a la sociedad a los postulados implícitos en esa definición.

Es lo que nos enseña la historia conceptual desarrollada por el historiador alemán Reinhart Koselleck, quien en la obra fundamental dedicada al asunto ‒los varios volúmenes de los Geschichtliche Grundbegriffe‒ rastrea junto a sus colaboradores el registro semántico de los grandes conceptos políticos para identificar sus distintos usos. En el caso de la democracia, evidentemente, la ambigüedad viene de serie: fuera cual fuera la práctica originaria en las sociedades premodernas, incluida la sofisticada Atenas, un régimen político que consiste en «el gobierno del pueblo» deja un margen considerable para la variación organizativa. Y lo que apunta oblicuamente Fernández Barbudo es que esa disputa semántica es la que estamos presenciando en España estos días a cuenta del enfrentamiento entre los partidarios del referéndum que habría de decidir sobre la secesión de Cataluña y quienes defienden una democracia constitucional de corte kelseniano en la que ese referéndum es ilegal. O, si se quiere, entre una democracia representativa y una democracia plebiscitaria.

Distintas declaraciones del presidente de la Generalitat catalana han dejado meridianamente clara su posición en esta disputa. El señor Puigdemont ha dicho, por ejemplo, que la democracia nada tiene que ver con los procedimientos, o que «los catalanes» no viven en una democracia «tal como la entendemos nosotros». Algo que, por lo demás, se puso de manifiesto con la dudosa aprobación en el Parlamento autonómico de una Ley de Transitoriedad que vulnera el orden legal vigente ‒tratando, de hecho, de suplantarlo‒ y se encuentra recurrido ante el Tribunal Constitucional. Frente a los detalles procedimentales se plantaría nada menos que un pueblo, el pueblo catalán, cuya voluntad colectiva valdría más que todas las leyes del mundo. Otras pruebas de esta concepción «alternativa» de la democracia pueden hallarse en el dibujo de la hipotética república catalana que contiene la citada Ley de Transitoriedad, más cercana al llamado «iliberalismo» que al liberalismo en su debilitamiento de la separación de poderes.

Sucede que la contraposición de dos modelos de democracia ‒uno representativo y otro plebiscitario‒ antecede a la crisis catalana. Su origen se encuentra en la irrupción del populismo de derecha e izquierda que trae causa de la crisis y la consiguiente deslegitimación de las democracias liberales. Ante el fracaso de las «elites», se propone el gobierno directo del «pueblo»; como el gobierno directo del pueblo es imposible, su voluntad está mediada por la acción de un líder que la «interpreta» y traduce a políticas concretas. Y que, llegado el caso, realizará en la arquitectura institucional las modificaciones que sean necesarias para facilitar la relación directa entre el líder y el pueblo: eliminación o sometimiento de los órganos contramayoritarios (como el Banco Central), supresión o debilitamiento de la independencia de los tribunales, anulación de la división de poderes, limitaciones a la libertad de expresión, recuperación de la soberanía cedida a tratados internacionales (el Acuerdo de París en el caso norteamericano) u organismos multinacionales (como la Unión Europea), desarrollo de políticas destinadas a reforzar la cultura «propia» frente a contaminaciones exteriores. No todos los populismos son iguales y, por tanto, no todos estos rasgos iliberales habrán de estar presentes en la misma medida. Iliberal es aquí la palabra correcta, pues el populista alega que la democracia representativa es demasiado liberal y demasiado poco popular; razón por la cual procede a restarle liberalismo y a añadirle populismo.

Esta contraposición ha protagonizado el reciente intercambio de textos entre Iñigo Errejón y José María Lassalle en las páginas de El País, a cuenta del reciente libro que el segundo ha dedicado al populismo que el primero, lector atento de Ernesto Laclau, ha admitido en más de una ocasión practicar como actor político (Contra el populismo, Barcelona, Debate, 2017). Este tipo de conversación debería ser más frecuente en España, donde la tradición de las controversias públicas ha ido perdiéndose irremediablemente. En un país tan desapasionado como Alemania son, en cambio, frecuentes y, cosa impensable entre nosotros, a menudo con la participación cruzada de varios medios o alusiones positivas de Der Spiegel a algo que ha dicho el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

En su breve pero enjundiosa monografía, Lassalle se refiere al populismo como a un «totalitarismo posmoderno»; uno de baja intensidad que se mantiene dentro de los confines de lo aceptable para la opinión pública. A su juicio, es claro que el populismo actual plantea un modelo de democracia alternativa: negando los patrones institucionales, representativos y legales del modelo vigente mientras ofrece otro que sobredimensiona la faceta popular (el demos de la demokratia) de la democracia. Es aquí donde entran en juego la gente, el pueblo o ‒en el caso catalán‒ la nación. Es un pueblo movilizado permanentemente contra un enemigo; justamente, contra los enemigos del pueblo: ya sean los banqueros, España o, al decir del Daily Mail, los jueces que reconocieron la competencia de la Cámara de los Comunes para votar el futuro acuerdo de salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. El decisionismo soberano de Carl Schmitt tiene aquí más peso que la legalidad que culmina en la Constitución descrita por Hans Kelsen: la movilización popular no puede entretenerse con la letra pequeña de los reglamentos. Pero, como sugiere Lassalle, el pueblo del populismo es representado de una forma particular: no como sujeto, sino como víctima. En buena medida, el discurso del populismo consiste en el señalamiento de los culpables, en la delimitación de un círculo de causantes de la desgracia ajena. Hay donde elegir; quien busca un enemigo a quien culpar de sus males siempre acabará por encontrarlo. En unos casos son las elites y, en otros, el sistema en abstracto; en el caso catalán, la malvada España. Los acentos sentimentales son obvios: basta sentirse víctima para ganarse el derecho a conducirse como una.

Iñigo Errejón afea a Lassalle que nada se diga en el libro sobre las causas que han provocado la ira popular. Más que un fenómeno emocional, viene a decirnos, estamos ante una respuesta racional al fracaso de las elites; elites que han operado en el interior del sistema para servir a sus propios intereses en detrimento de los derechos ciudadanos. En otras palabras, Lassalle «naturalizaría» un fenómeno que Errejón querría politizar, poniendo nombres y apellidos a las decisiones concretas que han conducido al estado de ánimo que canaliza el populismo. Para Errejón, eso es hacer política. El reproche es parcialmente justo: Lassalle dedica poca atención a la concatenación de errores ‒dolosos o no‒ que condujeron al crash de 2008. Pero no es menos cierto que semejante ejercicio de indagación corresponde a disciplinas distintas de la teoría política y que la propia literatura populista ‒a menudo lacaniana‒ se entrega al hermetismo teórico con más entusiasmo que a los datos socioeconómicos. Se advierte aquí un problema intrínseco al populismo, que al victimizar al pueblo niega que el pueblo tenga nada que ver con las políticas públicas desarrolladas por los gobiernos a los que ese mismo pueblo vota, pasando por alto de paso que la conversación pública ‒cada vez más democrática‒ condiciona la acción de los gobiernos y penaliza a aquellos que adoptan medidas impopulares. Dicho esto, es conveniente saber qué demandas ciudadanas responden a injusticias o daños objetivables y cuáles, en cambio, expresan frustración o cólera debido a sucesos impredecibles o que constituyen el efecto colateral de procesos sociales más amplios: desde el cambio en los patrones demográficos a las transformaciones tecnológicas. No porque de esa manera estos cambios queden al margen de la acción política, sino porque la acción política no siempre puede anticiparlos o revertirlos sin producir daños distintos. El populismo suele trazar líneas causales simples allí donde sería más adecuado hablar de una causalidad compleja y actores que gozan de una información limitada sobre el efecto de sus acciones.

Asimismo, Errejón retoma una de las ideas más queridas al populismo, aun no siendo exclusiva del mismo: la de que existen épocas frías y calientes en la historia de las comunidades políticas. En las primeras, reina una aparente normalidad y las instituciones existentes gozan de legitimidad; en las segundas, surgen demandas populares ‒normalmente articuladas por un líder o partido‒ que no encuentran acomodo en esas instituciones y demandan su sustitución o ampliación. Errejón toma la idea de Bonnie Honig de que no hay consenso sin «excedente», o desacuerdo dejado al margen: las épocas fundacionales son aquellas en que retorna lo reprimido en forma de descontento popular. Son los tiempos «redentores» de la democracia, como los denomina Margaret Canovan. En ellos, sostiene Errejón, aparecen el pueblo o la gente que encarnan una «nueva voluntad colectiva». También la inquietud:

Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente.

En eso no le falta razón: las disrupciones del orden lucen mejor en los libros de historia y eso hace que el juicio político (o moral) sea más difícil para el observador contemporáneo, pues no acaba de saber qué tiene delante. Bien pueden ser reclamaciones legítimas que delatan fallas en el sistema representativo, bien una deficiente provisión de derechos. Pero también perturbaciones de otro tipo: la frustración derivada de unas expectativas infundadas (a menudo alimentadas por la competición electoral, que, por ejemplo, promete lo que no puede cumplir) o la agitación que produce la acción del líder populista. Ya que éste, mediante su performance, no se dirige un pueblo preexistente, sino que lo crea en el momento de nombrarlo. En cualquier caso, eso que llamamos «pueblo» parece ser

un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades ‒afortunadamente‒ nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas.

En este mismo blog hemos descrito el pueblo como una metáfora triunfante pero imposible: una noción que sirve para adscribir la soberanía de que antaño gozaban los reyes al conjunto de los ciudadanos y recabar con ello legitimidad para el orden democrático, pero que no puede jamás actualizarse sino simbólicamente. El pueblo no existe, salvo porque creemos en él. La sociedad es demasiado plural y contiene intereses demasiado diversos para que algo parecido a un pueblo o a una voluntad popular pueda identificarse sin esfuerzo. Si todos los ciudadanos del mundo pudieran justificar racionalmente la existencia del Estado, no nos haría falta el pueblo; pero no es el caso y, por tanto, las alusiones al pueblo ‒o la nación‒ siguen presentes en el discurso político y los textos constitucionales. Qué tipo de orden político se funde sobre qué concepción del pueblo, en cambio, es asunto distinto. ¿No hablaba Hitler del Volk alemán para justificar su expansionismo militar? Más ambiguamente: ¿no ha servido la idea del «pueblo americano» para justificar hechos políticos tan diferentes como el genocidio de los indios, la guerra contra los nazis, el fin de la discriminación racial o el proteccionismo comercial? ¡Que pregunten a Bruce Springsteen, a quien todavía le dura el enfado por la apropiación reaganiana de Born in the USA!

Un problema de los «momentos calientes» es que no todos ellos son democráticos o progresistas: la lucha de Solidaridad contra el comunismo tiene su espejo invertido en el nacionalpopulismo del actual gobierno ultraconservador polaco. Y, sin necesidad de irnos muy lejos, nada más caliente ahora mismo que Cataluña, donde la institucionalidad existente (instaurada por la Constitución) está siendo dinamitada por un movimiento nacionalista que invoca la democracia con objeto de vulnerar la democracia. En la actual fase revolucionaria, el separatismo no duda en hostigar a los alcaldes que no se prestan a ceder dependencias municipales para celebrar el referéndum ilegal; y eso por mencionar apenas una de muchas lindezas que explican el silencio ‒más que espiral, embudo‒ de quienes son contrarios a la secesión.

En su breve réplica, precisamente, Lassalle defiende una legitimación fría de la democracia liberal que haga posible la construcción de un «nosotros» asentado en la diferencia. El populismo haría exactamente lo contrario y Laclau así lo señala: identifica a una parte del pueblo como el único pueblo legítimo. De nuevo, es lo que sucede con claridad de manual en el caso catalán: están los catalanes y están los enemigos de Cataluña, sean malos catalanes o, incluso ‒como leíamos en un tuit este pasado lunes‒, «españoles nacidos en Cataluña».. Aquí el nacionalismo demuestra haber sabido aprovechar las lecciones del populismo, inventándose un pueblo ‒«un solo poble»‒ allí donde hay una pluralidad de ciudadanos con preferencias e intereses diversos. O, si se quiere, inventándose una voluntad popular única allí donde ésta no existe. Su invocación, de hecho, trata de ocultar escandalosas diferencias entre distintos segmentos socioeconómicos: según datos de la propia Generalitat, solo el 41% de los catalanes son separatistas, y en las clases más bajas ese porcentaje baja al 27,6%, elevándose al 38,4% en la media-baja y al 45,6% en la clase media. Todos los pueblos el pueblo.

Seguramente Lassalle sea demasiado optimista y una legitimación puramente racional de las democracias liberales no sea todavía posible. No se equivoca, en cambio, cuando apunta hacia ese ideal y la necesidad de perseguirlo: evitando reforzar una nostalgia por el absoluto que rebrota con inquietante facilidad en el interior de las comunidades humanas. Y quizá, de hecho, podamos responder ahora de otro modo a la cuestión inicial: a la tesis conforme a la cual cuando distintos actores ponen sobre la mesa entendimientos distintos de lo que sea la democracia no hacen sino política o ideología, pues promuevem un modo de hacer democracia sobre los demás. No habría, entonces, democracia «auténtica».

Así es. Pero el atractivo teórico de la proposición parece desvanecerse cuando nos asomamos a la praxis política y vemos en qué consiste la democracia plebiscitaria del populismo que se presenta como una de las alternativas a la democracia liberal-representativa. Es entonces ‒a la vista de lo que sucede en Venezuela, o Polonia, o Cataluña‒, cuando recordamos que estas últimas no han sobrevivido históricamente por casualidad y que la existencia de contrapesos liberales destinados a limitar el alcance del gobierno popular tiene mucho sentido. Sobre todo: preservar el pluralismo social y garantizar los derechos individuales ante cualquier mitomanía colectivista, así como vincular el proceso político a procedimientos inclusivos que otorgan legitimidad a las leyes democráticas. No es poco, y cuando lo perdemos, nos parece mucho.

La democracia, en suma, tiene muchos significados potenciales. Pero renunciar a lo que nos enseña la experiencia histórica sobre el desenvolvimiento de sus distintos modelos es imprudente. Y si nos ha enseñado algo sobre la democracia plebiscitaria (¡no digamos sobre el nacionalismo!), es que resulta preferible leer sobre ella a sufrir las consecuencias de su puesta en práctica. Salvo que uno se aburra y desee vivir en tiempos interesantes, aunque sean ‒también‒ peligrosos.

20/09/2017

manuel arias maldonado

EL YELMO DE LA INDEPENDENCIA

Cuando vienen mal dadas hay que buscar refugio.

En estos últimos días para muchos caribeños y norteamericanos, desgraciadamente desplazados por el Irma, ese refugio ha sido un estadio, una escuela, un pabellón deportivo, lugares incómodos pero más seguros que sus viviendas, a la espera de poder regresar a casa.

Para otros, alejados del terrible huracán, pero azotados por los últimos vendavales políticos, el refugio se hace igualmente necesario aunque sea muy distinto y por supuesto infinitamente más confortable que el de los obligados a ponerse a salvo con peligro de sus vidas. Algunos, en tiempos de inclemencia y de perplejidad, buscamos cobijo en la música, en el cine o en la literatura.

En mi caso, es en los libros donde encuentro seguridad y resguardo. No sólo por aquello de que las historias que nos suelen contar nos proporcionan la posibilidad de una vida vicaria y, en consecuencia, permiten hacernos la ilusión de convertirnos en otros y ser protagonistas de aventuras extraordinarias como ocurre también en las películas, sino porque los libros nos dan la oportunidad de comprobar que entre sus páginas se hallan la mayoría de respuestas a nuestras preguntas.

Los manuales de autoayuda se quedan cortos ante textos tan fundamentales como El Quijote, una novela llena de sentido crítico y humorístico a la que siempre vuelvo.

(Raúl)

En El Quijote aprendemos que el deseo, muy a menudo, nada tiene que ver con la realidad: los molinos seguirán siendo molinos, no gigantes y los rebaños no se convertirán en ejércitos, por más que la calenturienta mente del manchego universal así lo perciba. La realidad acaba siempre por imponerse para mostrarnos que las quimeras que nos retrotraen al pasado, como las de Don Quijote, que pretendía en los inicios del siglo XVII resucitar nada menos que a los caballeros andantes medievales, terminan desgraciadamente mal, muy mal.

También acaba mal burlar las leyes o lo que es lo mismo, saltarse la legalidad, como hace Don Quijote al liberar a los galeotes, que, arremeterán a pedradas contra su libertador, demostrándonos hasta qué punto el caballero es, en el fondo, un ingenuo pese a los ideales justicieros que le guían. No se da cuenta de que lo previsible es que los delincuentes condenados a galeras se comporten de manera canalla.

Mucho más aún que estos ejemplos, que permiten entender mejor aspectos de cuanto nos rodea y entendernos mejor a nosotros mismos como presumen los manuales de autoayuda, el pasaje quijotesco que, a mi juicio, más y mejor nos sirve de pauta para encararnos con el momento actual es aquel en que Don Quijote ve venir por la llanura manchega a un barbero que, para resguardarse de la lluvia, lleva sobre su cabeza una bacía (vasija cóncava por lo común con escotadura semicircular en el borde, usada por los barberos para remojar la barba, según el Diccionario de la RAE). Pero él no ve ese cacharro. No ve esa humilde, cotidiana y doméstica bacía, que sí percibe Sancho.

Los ojos de Don Quijote observan maravillados nada menos que un yelmo, una pieza de la armadura antigua que cubría la cabeza y el rostro y que, por si fuera poco, no es un yelmo cualquiera. Para el loco ­visionario es nada menos que el yelmo de oro del rey moro Mambrino, que tiene la virtud de hacer invulnerable a quien lo ­lleve.

Escuchando con la mayor atención el pasado domingo la entrevista de Ana Pastor a Oriol Junqueras y después las preguntas que le hicieron una serie de personas que participaron en el programa El objetivo, emitido por La Sexta, constaté hasta qué punto el señor Junqueras trataba por todos los medios que le contempláramos tocado con el yelmo de Mambrino.

Dicen que el vicepresidente de la Generalitat, además de buenísima persona, es hombre culto y en consecuencia no dudo que haya leído El Quijote y quizá, como alumno del Liceo Italiano, a Mambrino Roseo da Fabriano, un autor de novelas de caballerías al que Cervantes parece aludir al referirse al famoso yelmo. Aunque tal vez el yelmo mágico, con el que Junqueras creía haberse convertido en invulnerable, debería llamarse yelmo de la Independencia. Una palabra taumatúrgica, pues tiene la fuerza quijotesca de poder cambiarlo todo al antojo de quien la pronuncia con fe y realizar así extraordinarios prodigios. Independencia significa que la realidad roma, gris, mostrenca, átona, insípida, vulgar –la bacía– ya no existirá cuando Catalunya sea un Estado. Sólo habrá yelmos de metales preciosos y eso lo convertirá todo en riqueza, color, entusiasmo, alegría y felicidad.

Junqueras se salió por la tangente sin contestar a lo que se le preguntaba. Tan sólo reiteró en todas y cada una de sus respuestas el paradisiaco país que nos espera a partir del minuto en que Puigdemont proclame la República Catalana. La sanidad mejorará, la escuela funcionará a las mil maravillas, se crearán nuevas plazas para profesores, el paro se reducirá, tendremos dos pasaportes, Europa no podrá prescindir de Catalunya y las relaciones con la vecina España serán estupendas. Sólo le faltó añadir la frase de Francesc Pujols i Morgades: “Llegará un día en que los catalanes yendo por el mundo lo tendremos todo pagado”. Amén.

carmen riera. La Vanguardia del día 17 de septiembre

Esto, ¿de que va?

Lo hemos oído muchas veces. “Això va de democràcia”. Es uno de los últimos eslóganes magnéticos del proceso . Quizás fue en diciembre cuando por vez primera se utilizó de manera planificada. Fue durante el acto que las entidades soberanizadoras organizaron en apoyo de la presidenta del Parlament. Carme Forcadell acudía al Tribunal Superior de Justícia para declarar como investigada. Mucha gente llevaba carteles con el fondo rojo donde estaba impresa la afirmación “Això va de democràcia” sobre los logotipos de los convocantes. También aquel día, antes de que la presidenta subiera la escalinata del Palacio de Justicia, miembros de la ANC alinearon 10 letras en la calle y frente a la cabecera de la concentración. Democracia. La escenografía, otra vez, potentísima. La capitalización del concepto no podía ser más efectiva.

Ahora bien, más allá de la imagen, ¿ha ido esto de democracia? En parte sí, pero diría que accidentalmente o, en todo caso, habría que aclararlo más allá del eslogan para evitar más ambigüedades tácticas. Quitémonos la careta de las sonrisas. Ya no hace falta. Ante todo, si esto ha ido sobre algo, ha sido sobre si los catalanes podemos ejercer (o no) el derecho a la autode­terminación.

Antes que sobre el funcionamiento de la democracia, esto va sobre soberanía. Concretemos. Va sobre el ejercicio del derecho a la autodeterminación para romper con el Estado español refundado a raíz de la revolución liberal y ­crear uno nuevo en la era de globalización que se amolde a los límites de lo que hemos consensuado que es la nación catalana. En esta última fase de conflicto institucional va sobre si una mayoría minoritaria de los ciudadanos hoy puede legitimar una mayoría parlamentaria (no cualificada) para aprobar una legislación alternativa a la establecida con el objetivo de constituir un nuevo poder. Y paralelamente, esto va también sobre la capacidad del Gobierno español para imponer y hasta dónde la defensa de la soberanía española. Este es el nudo planteado. Es el nudo que el referéndum pretende resolver por vía unilateral, que no es precisamente la más democrática de las vías. Pero que es una vía.

El relato del independentismo moderado fija el inicio del proceso de soberanización de la sociedad del catalanismo en la sentencia del Tribunal Constitucional. Diría que es una explicación algo simplificada porque peca por causal y sólo es unidireccional. Más ajustado a la complejidad de la realidad sería convenir que la sentencia, decantando la interpretación de la ambigua Constitución en dirección uniformizadora, propulsionó una dinámica soberanista que desde hacía exactamente un lustro se estaba estructurando (ideológicamente, políticamente y socialmente). Sería difícil de explicar, si no fuera así, la naturaleza de la manifestación del 10 de julio del 2010 contra la sentencia y en la cual el presidente de la Generalitat José Montilla fue abucheado. Aquella convocatoria masiva, organizada por Òmnium Cultural, era ya descaradamente soberanista, como proclamaba el lema “Som una nació. Nosaltres decidim”.

Lo que cambió con la sentencia, resquebrajada la mecánica institucional, era que el soberanismo había identificado el instrumento que debería desbaratar: el intérprete del manual de instrucciones del Estado de 1978. Desde aquel momento un argumento central y necesario ha sido presentar al TC como el organismo del Estado deslegitimado por antonomasia. Para conseguirlo hacía falta que el PP no se moviera de su posición. Que persistiera. En la medida en que los populares no han afrontado políticamente el problema y han seguido usando el TC como su delegado en el conflicto impidiendo que actuara como árbitro, mes tras mes, año tras año, la estrategia soberanista de deslegitimación del Alto Tribunal no ha hecho más que reforzarse.

Con mayoría en la ponencia que redactaba el Estatut en el Parlament, tensaron lo bastante el redactado para que la filosofía predominante del texto fuera la de una bilateralidad que superaba los márgenes de la Carta Magna. No era la idea federalista de Maragall sino que sonaba a la confederación del plan Ibarretxe. No hubo capacidad de los socialistas para desacelerar aunque lideraban el Gobierno. No se produjo la rectificación. Dicho con otras palabras: se planteó un pulso soberanista en el plano jurídico que en paralelo buscó un apoyo social masivo. El Estatut se convirtió, también, en agente de movilización. Lo alimentaba el PP trotando sobre el carro del ­populismo de las consultas demagógicas y flirteando con sus terminales mediáticas que consolidaban “una suerte de estrategia dogmática rayana en el fascismo” (cito al popular J.M.ª Lassalle). El ambiguo derecho a decidir maquillaría la recuperación del derecho a la autodeterminación, que parecía arrinconado en la buhardilla de la ruptura de la transición. Actores y herederos de la ruptura se reencontraron con los hijos del pujolismo más activos. El catalanismo había empezado a mutar. Pasó de regionalista a soberanista. Y, ocupando el carril central de la sociedad, ahí sigue.

JORDI AMAT, LA VANGUARDIA 10 DE SEPTIEMBRE 2017

¿HACIA UN CONFLICTO NUCLEAR?

Corea del Norte-Estados Unidos, hacia un conflicto nuclear

 

Rafael Fraguas ||

Periodista y sociólogo ||

La guerra ideológica y psicológica que antecede a todo conflicto bélico ha estallado ya entre Corea del Norte y Estados Unidos. De su evolución o freno va a depender la viabilidad -o no- de una temible confrontación militar abierta, ya que se libraría, muy probablemente, esgrimiendo el empleo de armas nucleares. El actual conflicto entre Pyongyang y Washington exige hoy, por ello, analizar detenidamente la información que llega de la zona, para poder descubrir qué aspectos son mera propaganda unilateral de cada contendiente y cuáles pertenecen a la realidad objetiva.

 

Corea del Norte es uno de los países más desconocidos de la Tierra. Cuenta con más de 24 millones de habitantes. Ocupa un territorio de 120.000 kilómetros cuadrados, menos de la mitad de la extensión de la península asiática septentrional coreana, situada entre los mares Amarillo y del Japón, con límites terrestres con Rusia y China. Una quinta parte del país, de textura agroindustrial, incluye tierra cultivable. De consistente homogeneidad étnica, el país ha sufrido graves desastres naturales que han refrenado su desarrollo, semejante al de otros países asiáticos evolucionados, hasta mediados los años 70 del siglo anterior.

Su sistema político se define como una República Popular Democrática; cuenta formalmente con varios partidos políticos, siendo el hegemónico el Partido de los Trabajadores, nacional-comunista. Su economía está estatalizada casi al completo, con servicios sanitarios y educativos gratuitos. Su población está alfabetizada al 100%. Su líder es Kim Jong un -hijo menor de Kim Jon il, muerto en 2011-, y nieto de Kim Il Sung, líder histórico carismático, mentor de la idea Zuche. Se trata de una teoría-práctica ideo-política, con elementos del antiimperialismo, el comunismo, el nacionalismo y las religiones ancestrales, con el acento en el carácter de masas del régimen. Posee un ejército considerado entre los más numerosos del mundo: en torno a 1.100.000 efectivos más varios cuerpos paramilitares y voluntarios que multiplican varias veces este contingente.

La información sobre Corea del Norte, siempre excesivamente sesgada y criminalizada por medios occidentales, tropieza de entrada con dos importantes obstáculos políticos, a saber: la impenetrabilidad informativa del régimen de Pyongyang, capital norcoreana; y una actitud estadounidense de apagón informativo o de extremada descalificación al respecto, según los casos, cimentados ambos en el designio hegemónico de Estados Unidos hacia Asia, iniciado en Corea con su presencia militar directa en la península asiática desde 1950, coincidente con el estallido de la llamada Guerra de Corea. Cinco años antes, en agosto de 1945, Estados Unidos había lanzado dos bombas atómicas sobre las populosas ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, bombardeo que causó más de 150.000 muertes instantáneas en dos días consecutivos, hechos que acrecentaron la hostilidad continental, señaladamente la coreana, hacia Washington, que demostró de tal manera su poderío como superpotencia inaugurando la llamada Guerra Fría.

Hasta 1953 y durante tres años, la península septentrional asiática de Corea fue escenario de una cruenta guerra civil con la presencia directa de tropas norteamericanas e internacionales, bajo mandato de la ONU, sobre el territorio coreano, así como por contingentes militares chinos y armamento soviético que apoyaban al  dirigente comunista, Kim Il Sung; este líder guerrillero nacionalista dirigió la lucha popular contra la ocupación japonesa de Corea durante la Segunda Guerra Mundial y fue el  mentor de un rotundo mensaje ideo-político antiestadounidense.

El ascendiente ruso y chino sobre Corea del Norte concede a China y Rusia un evidente margen negociador para disuadir a los Estados Unidos y también a Corea del Norte de una intervención militar-nuclear en la conflictiva península asiática.

La Guerra de Corea (1950-1953) quedó en tablas. La Casa Blanca destituyó en 1951 al general Douglas Mc Arthur, destacado anticomunista y comandante en jefe de las fuerzas allí destacadas, que había pedido al Presidente Harry Salomón Truman, al que profesaba abierta enemistad, arrasar Corea del Norte con armas nucleares. La guerra culminó con la partición del país en dos a lo largo del paralelo 38 y con el establecimiento de un régimen capitalista y pro-estadounidense al Sur, con capital en Seúl, y un régimen comunista al Norte, con capital en Pyongyang, apoyado por Pekín y Moscú. Tras la descomposición de la URSS, China y Rusia han tomado cierta distancia respecto de Pyongyang, pero conservan allí notable ascendiente. Aquella enemistad norcoreana-estadounidense prosigue con intensidad intermitente hasta nuestros días.

 

Escalada

En líneas generales el esquema del conflicto se expresa así: Corea del Norte, a través de su líder desde 2011, Kim Jong Un, despliega una política con la que va escalando los peldaños de una carrera para acrecentar su dotación de armamento nuclear; con plutonio obtenido en su central nuclear de Yongbyon, podría disponer, al menos, de una quincena de armas nucleares; mientras tanto, realiza pruebas con misiles de alcance medio, Nodong, y largo, Tepodong-2; con uno y otros, amaga amenazar enclaves estadounidenses, en principio en el océano Pacífico, como la base militar isleña de Guam, otrora posesión oceánica española; a finales de agosto de este año, Corea del Norte atemorizó a Japón con el lanzamiento y sobrevuelo de un proyectil balístico provisto de una ojiva, presumiblemente del tipo Taepodong-2, por encima del principal aliado de Washington en Asia, el país nipón; el misil cayó sobre el mar a unos 1.080 kilómetros de la costa oriental japonesa.

Y, más recientemente, el 3 de septiembre de 2017, dos movimientos sísmicos consecutivos, de al menos 5,7 y 4,6 grados de intensidad en la escala de Richter, registrados a nivel de la cota del suelo en las inmediaciones del polígono de experimentación nuclear de Punggye-ri, a 350 kilómetros al noreste de la capital norcoreana, permitieron asegurar que Corea del Norte había detonado una bomba de Hidrógeno, en la que sería su sexta prueba con armas nucleares reales. Pyongiang confirmó horas después el experimento, en el que podría haber deflagrado una potencia explosiva de decenas de megatones, según algunos expertos. Empero, tal proximidad de explosiones podría significar o bien un accidente consecutivo a la primera deflagración, o bien un sabotaje para impedir la prosecución de más pruebas de este tipo.

Kim Jong Un inspecciona lo que Pyongyang cataloga como su última bomba de hidrógeno.

 

Precedentes

Estados Unidos había determinado a partir de 2008 un riguroso bloqueo económico y tecnológico sobre Pyongyang, secundado por Corea del Sur, más Japón, Suiza, México y Australia. No obstante, los embargos aceleraron la carrera nuclear norcoreana a la que actualmente asistimos. Washington ha desplegado asimismo consecutivas maniobras militares conjuntas con su aliado surcoreano en las inmediaciones de la frontera con Corea del Norte, mientras se apoya en Japón y moviliza alianzas internacionales para truncar los aparentemente indescifrables planes norcoreanos.

El precedente de la actual escalada nuclear se inició el 9 de octubre de 2006 con la primera prueba nuclear norcoreana, con una potencia estimada entre 0,5 y 0,8 kilotones, aunque se proponía alcanzar otra, de hasta 4 kilotones; de ella dio cuenta al Gobierno de su vecina China con 20 minutos de antelación. Así lo ha escrito Wade L. Huntley, del Simons Centre de Disarmament and Non-Proliferation del Instituto Liu de la Universidad canadiense de Columbia británica.

Ya en 1985, el régimen norcoreano se había adherido al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TPN). Desde el siguiente año, se cree que acumulaba plutonio procedente de la central de Yongbyon, en una cantidad estimada entre 27 y 29 kilos para el año 1994; empero, en el mismo año se firmó un acuerdo-marco entre Estados Unidos y Corea del Norte, que determinó el cierre de la central de Yongbyon y el precinto de las 8.000 barras de combustible allí irradiado. En 1992, Pyongyang y Seúl habían firmado otro acuerdo para mantener la península coreana libre de armas nucleares. El programa nuclear norcoreano quedó así detenido entre los años 1997 y 2002.

En 2002, tras ser acusado el régimen norcoreano de reiniciar un ulterior programa nuclear a base de uranio, el acuerdo con Estados Unidos quedó roto y Corea del Norte abandonó el Tratado de No Proliferación, en el primer caso oficial de salida del TNP por parte de un país miembro. Tras recibir sanciones de la ONU, un año después, Pyongyang decidió poner en marcha de nuevo el reactor de Yungbyon, que iba a ser ampliado hasta una capacidad de 50 megavatios de los 5 iniciales, y comenzó el reprocesamiento del plutonio almacenado hasta entonces.

La posible anteposición de los intereses propiamente japoneses por una paz con Corea del Norte respecto de los intereses estadounidenses en Asia causa dolores de cabeza a la diplomacia norteamericana.

Bloqueo-escalada

El contexto geopolítico en el que se desarrolló esta escalada hasta nuestros días tuvo su origen en distintos hechos. Uno de los principales se atribuía a los efectos internos de los bloqueos económicos y tecnológicos externos impuestos a Corea del Norte por su conducta nuclear, que causaron el agravamiento de una crisis humanitaria sin precedentes tras la pérdida de, al menos, 200.000 de sus habitantes durante una hambruna desencadenada por desastres naturales, cuyos efectos devastadores el boicoteo impuesto desde el exterior impidió paliar.

Tiempo después, los cambios operados por el presidente George Bush en 2008 respecto a Corea del Norte, a la que unilateralmente exigió zanjar su política nuclear y amenazó con nuevos bloqueos financieros y de importaciones, intensificaron sobremanera las tensiones. En 2010, con la llegada al Gobierno de Corea del Sur del ex empresario Lee Myung bak, alcalde de Seúl, este puso fin a diez años de parcial distensión con Corea del Norte mediante una política de colaboración exigua, reducida a contrapartidas muy estrictamente delimitadas.

Desde esas fechas, la acentuación  acelerada de la confrontación con Estados Unidos y Corea del Sur, así como con Japón en menor escala, se ha intensificado. Analistas y observadores se preguntan qué propósito hay, en verdad, detrás de la carrera nuclear norcoreana. Todo el mundo sabe que el empleo de las armas nucleares acarrearía respuestas consecutivas, con desenlaces devastadores e inciertos sobre quienes se decidan a emplearlas. Por ello, todo apunta a que el régimen norcoreano no solo persigue hacerse un lugar -que ya casi ha logrado-, en el club nuclear mundial, junto a las cinco grandes potencias, Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña, más la India, Pakistán e Israel; el régimen de Kim-Jong-un se propone establecer una confrontación asimétrica con el gigante geopolítico estadounidense, lid que permite a quien la despliega mantener en jaque a su superior rival sobre la base de la amenaza de una destrucción mutua, total o parcial, asegurada por el eventual empleo de armas nucleares, todas ellas devastadoras.

Tal asimetría resulta, al cabo, mucho más gravosa para la superpotencia que la afronta, por cuanto que la extensión de los intereses que defiende, en población y recursos, es muy superior a la del adversario, de proporción mucho menor. Por ello, mantener ese desnivel asimétrico proporciona al inductor de este tipo de estratagema un poder creciente respecto de una negociación, poder que solo puede ser conjurado, en este caso, mediante la eliminación de Kim Jong un y la de su régimen, en el cual, aparentemente, no se observan fisuras.

Otro factor a tener en cuenta es la histórica vinculación de Pyongyang con Pekín, que en ocasiones empleó su ascendiente sobre Corea del Norte para amagar, a través suyo, a terceros países, incluido Estados Unidos. China, sin duda, como primera potencia asiática y país fronterizo con  Corea del Norte, se vería involucrada en la contienda, extremo que Washington no parece por el momento desear. Sin embargo, desde la guerra de Vietnam, es constante su política de tensión y rivalidad en torno al bajo vientre marítimo de China, a la cual disputa allí la hegemonía naval en torno a las islas Paracelso y Spratley, de alto valor estratégico para el control del área y del Pacífico central. Taiwan, la antigua isla de Formosa, situada en el Mar de China, aliado de Estados Unidos en la zona, es el reducto del nacionalismo anticomunista chino de Chiang Kai chek, expulsado militarmente del continente por las tropas de Mao Tse tung antes de la proclamación de la República Popular comunista, en 1949.

Por otra parte, la pequeña franja fronteriza de Corea del Norte con la Siberia rusa involucra igualmente en el conflicto a Moscú que, históricamente, mantuvo lazos muy estrechos con Pyongyang. Con todo, el ascendiente ruso y chino sobre Corea del Norte concede a China y Rusia un evidente margen negociador para disuadir a los Estados Unidos y también a Corea del Norte de una intervención militar-nuclear en la conflictiva península asiática. Toda solución al conflicto, pasa asimismo por Pekín y Moscú, ambas potencias nucleares.

A su vez, la posible anteposición de los intereses propiamente japoneses por una paz con Corea del Norte respecto de los intereses estadounidenses en Asia, ahora que Tokio ansía más autonomía respecto de Washington, causa dolores de cabeza a la diplomacia norteamericana: se halla confrontada por un potente impulso aislacionista a la retirada de algunos escenarios internacionales, conforme a los deseos del actual inquilino de la Casa Blanca. Donald Trump afronta en esta crisis una prueba decisiva para su mandato ya que, o bien le puede permitir concentrar energías en un enemigo exterior que mitigue los graves conflictos interiores que encara, o bien le puede arrastrar, si no sortea el trance adecuadamente, hasta una escalada nuclear capaz de acabar no solo con él, su presidencia y su gente, sino también con casi tod@s nosotros.

SALVAR LA VIDA TAMBIÉN A LOS ASESINOS

 

SANTIAGO ALBA RICO| Publicado:  – En CUARTO PODER

Un delincuente muerto es un delincuente que ha escapado al sistema de justicia, un sistema que, en nuestras tradiciones democráticas, se propone la rehabilitación..

Un delincuente muerto es un delincuente que ha escapado al sistema de justicia, un sistema que, en nuestras tradiciones democráticas, se propone la rehabilitación. / Pixabay

Me han impresionado mucho algunas de las fotos de las víctimas del atentado de Barcelona: las de Julian y Xavi, niños de 7 y 3 años respectivamente; la del joven ingeniero Luca Russo, tan alegre bajo su gorra roja; o la de Pau Pérez, asesinado a cuchilladas tras el atropello y en cuya mirada reconozco tantas afinidades de sensibilidad y compromiso político. A las fotografías, que capturan la vida, parecemos pedirles que impidan la muerte, hasta el punto de que resulta muy duro aceptar –casi imposible– la desaparición física de personas previamente retenidas en imágenes. En realidad, nuestro empeño en registrar fotográficamente cada instante y cada cuerpo traduce una lucha contra la muerte. Es una superstición tecnológica: te fotografío no para recordar este momento particular, sino para que no te mueras en general. Cada vez que miramos la foto de un muerto, aunque no lo conozcamos, nos estremece este fracaso radical.

He visto también otras fotografías de hombres muertos. Eran, sí, asesinos muertos, pero –lo confieso con cierta timidez– también me han impresionado. Los cuatro que tengo delante se llamaban MoussaSaidMohamed y Younes. Eran tan jóvenes que un vecino de la población donde vivían podía decir tras enterarse con horror de lo que habían hecho y de la suerte que habían corrido a manos de la policía: “Nos faltan ocho niños en Ripoll”. Vivo habitualmente en un país donde todos los jóvenes tienen esos nombres y esas caras; y Moussa, Said, Mohamed, Younes, con esos nombres ya casi catalanes y esas caras tan mediterráneas, eran ya jóvenes de nuestro país: estudiaban y trabajaban entre nosotros, eran nuestros “conocidos” y, cada vez que se fotografiaban, también pensaban que no iban a morir. ¿Pensaban que iban a matar?

Es duro ver la fotografía de una víctima inocente, pero es también duro ver la foto de un joven asesino, porque cualquier joven, no importa lo que haya hecho, parece una víctima y hasta parece inocente. ¿Se puede matar de manera “inocente”? En términos jurídicos yo exijo que los autores de los atentados sean sentados en un banquillo, defendidos por un abogado y castigados, si se prueba su culpabilidad, con la más dura de las penas de un código penal sin pena de muerte. Eso es lo que quiero. Eso es lo que ya no podrá ser. Los asesinos están muertos, como sus víctimas, y de forma igualmente irreparable. La muerte de sus víctimas es un triunfo, si se quiere, del mal. Pero la muerte de los asesinos es, si se quiere, un fracaso del bien: de ese bien común que llamamos Estado de Derecho. Un delincuente muerto es un delincuente que ha escapado al sistema de justicia, un sistema que, en nuestras tradiciones democráticas, se propone la rehabilitación de los delincuentes, de todos sin excepción, por muy graves o atroces que sean sus crímenes.

Hay, pues, dos cosas que ya no podemos evitar. La primera, la comisión del bárbaro atentado que asesinó e hirió a decenas de inocentes, algunos niños, que paseaban por Las Ramblas. Como matar es muy fácil y hay cada vez más ganas de matar, nunca se podrá reducir a cero el peligro y eso hay que decirlo sin rodeos electoralistas, pero es obvio que la desactivación del próximo atentado pasa por una combinación de medidas policiales, sociales y educativas que encuentran toda clase de obstáculos, también políticos y propagandísticos, como lo demuestra el intercambio de reproches entre instancias estatales y autonómicas tras el atentado de Barcelona.

«Conociendo los precedentes de París, Bruselas y Londres, uno sospecharía que la muerte del terrorista se asume como parte inseparable de la operación»

La otra cosa que ya no se puede evitar es la fuga de los asesinos. Me refiero a su fuga definitiva del aparato de justicia. Ya no podrán ser juzgados. Y esto es también muy grave. Leyendo el relato de los hechos y viendo algunas imágenes a uno le entran dudas de si, en todos los casos, era imposible detenerlos vivos. Aún más, conociendo los precedentes de París, Bruselas y Londres, uno más bien sospecharía que se ha impuesto como rutina una lógica –casi un protocolo europeo– en virtud del cual la muerte del terrorista se asume como parte inseparable de la operación, y ello en un contexto social, también inducido, en el que se acepta cada vez más que a crímenes excepcionalmente graves deben corresponder también medidas excepcionales. El resultado, justificado o no, de esas operaciones policiales, no menos que ese “estado de opinión” suponen una grave amenaza para lo que realmente nos distingue, como sociedad y como “valores”, de los terroristas: el Derecho que no les permite situarse (a los terroristas) al margen de la Humanidad mediante ningún gesto, por abominable o extremo que sea.

«Los que creemos en la perfectibilidad humana, creemos por eso en un Derecho no estrictamente punitivo y no revanchista, que busque la reintegración social del peor delincuente»

¿Se puede matar de una manera “inocente”? Los que –católicos, progresistas, anarquistas, comunistas– creemos en la perfectibilidad humana, creemos que a todas las edades, pero aún más a los 17 años, nuestros gestos más irreparables dejan una inocencia residual, la virtualidad de otra vida imprevisible. Los que –católicos, progresistas, anarquistas, comunistas– creemos en la perfectibilidad humana, creemos por eso en un Derecho no estrictamente punitivo y no revanchista que se proponga la redención a través de las penas y la reintegración social del peor de los delincuentes. Sólo una penalidad determinista de inspiración protestante puede considerar que cada hombre se resume ontológicamente en su peor gesto, a partir del cual debe ser juzgada su vida entera, y ello de tal modo que es el delito el que constituye para siempre a un delincuente que deberá ser, por eso mismo, definitivamente apartado de la sociedad mediante cadena perpetua u horca. La muerte es irreparable y el Derecho no tiene la misión de combatirla y mucho menos de redistribuirla. La vida es imprevisible y es de ella de la que se ocupa el Derecho. Es eso –y no la religión o la forma de vestir– lo que nos distingue de los terroristas: un Derecho que -dirá el juez italiano Scarpinato– no puede aspirar a la tarea faústica de “repartir justicia” y mucho menos de “introducir equivalencias”. La “equivalencia” es el pivote central de los sistemas de justicia pre-jurídicos: el talión y la venganza, precipitados en la pendiente sin fin de dos irreparabilidades paralelas. El Derecho, mucho más modesto, sólo pretende dos cosas. La primera –como en los cuentos de hadas– separar públicamente la víctima del verdugo: no la satisfacción imposible de recobrar al muerto, sino la muy pequeña de que se me reconozca como víctima y se me distinga del asesino. La segunda, no menos importante, consiste en evitar que el verdugo se escape del recinto de la Humanidad, lo que implica juzgar su acto y no su alma, así como darle una segunda oportunidad. Es esto –insisto– lo que define los “valores de Occidente” y todo lo que los cuestione sólo sirve para dar ventaja a los terroristas.

«Forma parte de “nuestros valores” el que los códigos penales no sean redactados por las víctimas ni desde el punto de vista de las víctimas, que pueden sentir deseo de venganza»

Se comprende, desde luego, que las víctimas o sus parientes, desde su dolor sin consuelo, piensen en los asesinos con rabia homicida y deseos de venganza. Es lógico y es humano. Pero precisamente por eso forma parte de “nuestros valores” el que los códigos penales no sean redactados por las víctimas ni desde el punto de vista de las víctimas. Asimismo forma parte de “nuestros valores” el que, en una situación trágica como la vivida en Barcelona, la sociedad entera haga un esfuerzo para no pensarse como víctima, sino como autora serena del Derecho que marca nuestra diferencia. Hay dos cosas que ya no podemos evitar: la muerte de 16 inocentes y la muerte de 8 presuntos culpables. Pero aún podemos evitar dos peligros. El primero es el de pensarnos como víctimas y buscar, como todas las víctimas, un enemigo infinito, pues infinito es el dolor y no puede ser drenado por un criminal finito. En términos sociales la construcción de ese “enemigo infinito” se llama islamofobia: la extensión epidémica de la responsabilidad individual –la única de la que se debe ocuparse el Derecho– a todo un colectivo o una “comunidad”, definidos de esa manera como “grupo ontológico de riesgo” y “enemigo interno”. Si el yihadismo tiene un proyecto, es precisamente ése: el de convertir a los musulmanes europeos, no importa su secta, culto o cultura, en los nuevos “judíos” de Europa.

«Aún podemos evitar alegrarnos de que a unos chiquillos asesinos no se les apliquen “nuestros valores” (nuestro Derecho) sino que se les “abata” o se les dé “caza” como a perros»

La segunda cosa que aún podemos evitar es la de, pensándonos como víctimas, alegrarnos de que a unos chiquillos asesinos no se les apliquen “nuestros valores” (nuestro Derecho) sino que –expresión de algunos periódicos– se les “abata” o se les dé “caza” como a perros. Esa celebración del no-Derecho –o al menos esa indiferencia– está siendo alimentada también por algunos medios que, cediendo a intereses políticos espurios relacionados con la cuestión española, criminalizan, por ejemplo, el trabajo de los abogados Jaume Asens y Benet Salellas, y ello desde el presupuesto implícito, tan escandaloso como peligroso, de que hay presuntos delincuentes a los que se deberían privar del derecho a la defensa y absoluciones judiciales, dictadas por un juez, que no tienen valor jurídico o son incluso cómplices del terrorismo. Cada vez que Asens y Salellas (y todos los abogados y jueces) hacen su trabajo nos están defendiendo a todos: están defendiendo precisamente esos “valores” que tanto nos gusta oponer, con narcisista superioridad moral, a la barbarie yihadista. Cada vez que un político, un periodista o un gobernante cuestiona ese trabajo está dando la razón a los yihadistas y facilitando, al mismo tiempo, “el triunfo del mal” y el fracaso del bien común.

Ni las 16 víctimas ni los 8 asesinos deberían estar muertos. Lo propio del terrorismo es matar. Lo propio de “nuestros valores” es salvar tanto a las víctimas como a los asesinos. Que “falten ocho niños en Ripoll” es la revelación de un doble fracaso. No pudimos impedir que esos niños se convirtieran en asesinos; no pudimos impedir que se fugaran para siempre de la justicia. Responsabilidad de todos los supervivientes –y sobre todo de los gestores del espacio público– es ahora evitar que la islamofobia y la celebración de la muerte extrajurídica destruyan “nuestros valores”, llenando de satisfacción –y de razones y de reclutas– a todos los fascistas europeos, ya sean musulmanes o no.

EL CUARTO PODER

El columnista de un gran periódico a veces no se diferencia mucho de un gánster. En Sweet Smell of Success (Chantaje en Broadway, 1957), J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) cuenta con el apoyo de sesenta millones de lectores. Su columna en The New York Globe forja o arruina reputaciones. J. J. Hunsecker es narcisista, autoritario y egocéntrico. Se codea con senadores, empresarios, estrellas de cine y teatro. Aficionado a las palabras grandilocuentes, invoca el patriotismo y la ética, pero sus artículos se abastecen de chismes, calumnias y venganzas personales. Sidney Falco (Tony Curtis) es su agente de prensa, un joven sin escrúpulos que sueña con llegar a lo más alto. Su única preocupación es no defraudar a Hunsecker para algún día ocupar su lugar. Cuando Hunsecker le encarga que rompa el idilio entre su hermana Suzie (Susan Harrison) y un guitarrista de jazz, Falco recurre a las artimañas más sucias, desencadenando un drama de consecuencias imprevistas.

J. J. Hunsecker es una parodia de Walter Winchell (1897-1972). Al igual que la temible Louella Parsons, Winchell trabajó para Randolph Hearst. Fue de los primeros en denunciar la agresiva política exterior de Hitler, pero después de la guerra se identificó con las tesis del macartismo. Creador de la «gossip column» (columna de cotilleos), utilizó un lenguaje coloquial y sensacionalista. En su programa de radio, recurrió al sonido de un telégrafo para producir la ilusión de estar siempre al filo de la noticia. J. J. Hunsecker es un villano más refinado. Cuando aparece por primera vez bajo una iluminación cenital, sus ojos son dos huecos negros que adquieren un carácter particularmente inquietante gracias a un suave contrapicado. Alexander Mackendrick caracteriza al personaje con técnicas de cómic, acentuando los rasgos de un rostro endurecido por unas gafas con una montura negra, que se confunde con unas cejas de ogro. J. J. Hunsecker parece un monstruo de novela gótica, pero se expresa como un cínico acostumbrado a los duelos verbales. Está a medio camino entre el condotiero renacentista y el telepredicador familiarizado con los debates televisivos.

Sidney Falco es un superviviente nato, que se mueve como pez en el agua en un Broadway sombrío, que evoca la atmósfera de las películas expresionistas. La fotografía de James Wong Howe (Picnic, 1955) nos muestra un Nueva York nocturno y canalla, donde se trafica con la ambición, el miedo y la esperanza. La música de The Chico Hamilton Quintet, combinada con una excelente banda sonora, donde destaca el tema «The Street», nos acerca al mundo de los locales donde el jazz aún no había sido desplazado por el rock y el pop. En esa época, el baterista Chico Hamilton –que más tarde compondría la banda sonora de Repulsión (Roman Polanski, 1965)– mantiene un estilo clásico, que evoca las big bands de jazz, pero con un tono menos salvaje. Basaba en la novela de Ernest Lehman, Sweet Smell of Success apenas supera los noventa minutos para narrar algo más de cuarenta y ocho horas.

La brevedad del arco narrativo contribuye a producir un clima asfixiante, donde los personajes se enfrentarán con sus propios límites. Nadie quedará indemne, salvo el corrupto policía que trabaja para J. J. Hunsecker, un esbirro que parece extraído de un cuento infantil de terror, pero que introduce uno de los elementos esenciales del cine negro: la connivencia entre la ley y el crimen. Sweet Smell of Success se inscribe en la época del cine negro tardío. Lejos de su ingenuidad inicial, el género ya no maquilla la realidad. Los gánsteres y los policías compiten en degradación moral. Al igual que en The big Heat (Los sobornados, Fritz Lang, 1953), la corrupción se ha extendido por todo el tejido social. El crimen organizado ya no tiene un rostro. John Dillinger, Clyde Barrow y Bonnie Parker pertenecen al pasado. Ahora, los gánsteres son hombres respetables, que controlan la política y los medios de comunicación. J. J. Hunsecker se comporta como un capo mafioso y Sidney Falco es su muñidor. Falco no es un matón, pero su forma de anudarse la corbata y comprobar su aspecto frente a un espejo, recuerda al Pequeño César (Edward G. Robinson) de Hampa Dorada (Little Caesar, Mervin LeRoy, 1931), cuando se prueba por primera vez un esmoquin, ironizando sobre su aspecto para no dejar al descubierto su desmedida ambición.

Falco no carece de sentido del humor, pero sabe que posee un físico agraciado, gracias al cual puede engañar y manipular a las mujeres. Ni siquiera es capaz de enamorarse. Las mujeres sólo son un medio para conseguir sus fines. Como dice J. J. Hunsecker, «Falco tiene cuarenta caras y ninguna es agradable». Hunsecker no necesita adoptar diferentes identidades, pues su megalomanía lo mantiene encadenado a su hiperbólico yo. J. J. no soporta que sus conocidos no lean su columna. Deletrea la palabra «democracia», pero se comporta como un déspota. Adora Broadway, pero contempla la ciudad como un teatro construido para el halago de su vanidad. No pretende ser honesto: «Desde hace treinta años, mi mano derecha ignora lo que hace mi mano izquierda». No oculta su desprecio por la debilidad: «Odio a los perdedores». Mackendrick no excusa al resto de los columnistas. Todos comparten la misma filosofía vital. «No me interesan las emociones humanas», confiesa un compañero de profesión que acepta propagar una calumnia a cambio de una aventura sexual. Falco le prepara un encuentro con una camarera que ha perdido su trabajo. Mackendrick emplea un recurso muy sencillo para mostrar su vulnerabilidad: la chica se ha descalzado un pie y cojea mientras busca un zapato que no aparece.

La corrupción no afecta sólo a las personas. The New York Globe utiliza como reclamo publicitario unas gigantescas gafas. El periódico es el ojo que escudriña todos los rincones. No se limita a proporcionar información. Si sus intereses lo justifican, inventa la noticia. Nueva York no falsea menos la realidad. Broadway es la avenida de los treinta y nueve teatros. Sus carteles luminosos aparecen continuamente en la pantalla, pero su resplandor sólo agrava la penumbra moral de una ciudad, donde prosperan el arribismo y la hipocresía. Hunsecker explica a Falco que su vida apenas difiere de la de un preso: «Estás en la cárcel de tu avaricia y tus pecados». Falco no es libre, pero Hunsecker también vive encerrado. Su celda es un horrible tabú, disfrazado de amor fraternal. Su amor hacia su hermana es un incesto que se emboza bajo una despótica sobreprotección. El visón de Suzie es el lazo de un cazador que desuella a sus víctimas. Hunsecker no escribe. Hunsecker fija el punto de mira, apunta y dispara. Su éxito se basa en la cantidad de piezas abatidas. Su columna se levanta sobre infinidad de vidas destrozadas.

Alexander Mackendrick (1912-1993) es un director exquisito, extremadamente perfeccionista. En su etapa inglesa hizo comedias admirables (The Man in the White Suit, 1951; The Ladykillers, 1955) y, en su breve carrera en Hollywood, nos dejó una notable y atípica película de aventuras (A High Wind in Jamaica, 1965), pero su forma de trabajar exasperó a los productores, que dejaron de financiar sus proyectos. Sweet Smell of Success fue un éxito, donde se apreciaba su estilo meticuloso, poético, innovador. Apuntaré varios ejemplos. Suzie y su novio Steve se separan en un encuadre en el que la profundidad de campo se concierta con un breve solo de saxofón. El policía corrupto aparece al pie de unas tenebrosas escaleras, un poderoso contrapicado que evoca las piruetas expresionistas, prescindiendo de cualquier pretensión naturalista. La caída de Falco comienza con un plano que lo reduce a un punto insignificante en el apartamento de J. J. y finaliza en un fugaz encuadre, donde sólo parece un pelele, casi un muñeco de trapo o un patético golem. La secuencia de una paliza se elude con dos planos yuxtapuestos: un primer plano de la víctima y un plano detalle de los platillos de la batería de Chico Hamilton. Un pequeño travellingnos muestra toda la degradación moral de Falco cuando acepta el encargo de destrozar la vida del novio de Suzie. Una maldad que no está exenta de culpabilidad y cierta fragilidad. Falco sabe que es un juguete en manos de J. J., pero su futuro depende de él y no puede negarse.

Alexander Mackendrick consigue grandes interpretaciones de Tony Curtis y Burt Lancaster. Tony Curtis gesticula como un gran comediante en los planos medios, explotando todos los matices de su personaje. Burt Lancaster se mueve con rigidez porque toda su vida es una impostura, una mentira sostenida por sesenta millones de lectores hambrientos de inmundicia. Cuando las cosas no resultan como esperaba, ni siquiera logra cerrar la puerta de su apartamento. El final es esperanzador, sin concesiones al sentimentalismo. La hermana de Hunsecker se ha liberado del visón y ha emprendido una vida propia, donde ya no hay espacio para él. En Broadway amanece y la luz ya no procede de los letreros luminosos. Los seres humanos que desfilan por sus calles no interpretan un papel. Sólo intentan vivir, sorteando la angustia, el desamparo y la desnudez.

rafael narbona

Los medios del Movimiento Nacional

No estaba entre mis intenciones escribir sobre la situación en Cataluña. Imaginaba que un lector habitual estaría ya saturado y poco se podía añadir a lo ya dicho. Cambié de opinión a partir de varios artículos que me han conmovido y que parecen exigir cierto grado de compromiso. Basta citar los de Màrius Carol, de Xavier Vidal-Folch y el sensible y rotundo de Isabel Coixet. No podemos callar aunque estemos en pleno agobio veraniego y tengamos la sensación de que vivimos entre camellos pero sin ninguna experiencia de beduinos. Los artículos son un llamamiento a la responsabilidad y dejan una agridulce sensación de que estamos en un callejón de difícil salida a la que nos han llevado los talibanes que nos gobiernan y sus jaleadores, ¡que no supimos desenmascarar a tiempo!
Conozco a Màrius Carol desde hace años; fuimos amigos durante algún tiempo y luego dejamos de serlo. Punto. Me es indiferente que sea el director de este periódico, porque a lo que voy es a que su artículo del sábado –“Turbulencias”- me conmovió y al tiempo me lleno de zozobra. “Cuesta entender lo que está pasando, dice…Quedan días y veremos más cosas que no sorprenderán al mundo, pero sí que nos dejarán sin palabras a los catalanes”. No es una amenaza sino un desconsuelo que pretende aliviar una cita del socorrido Gaziel, que acaba en una frase inexorable: “El separatismo es una ilusión morbosa que encubre una absoluta impotencia”.
Escrito todo esto por quien tiene muchas razones para conocer la situación mejor que yo, no deja de inquietar y de obligarnos a postergar otros textos para asumir lo que se nos viene encima. Cuando el tiempo pase, nadie querrá asumir nada, y repetirán, como en antiguas épocas, “ yo era un disidente al que nadie quería hacer caso”. Los “nadies” en Cataluña se cuentan por miles y kilos de desvergüenza. Como en el resto de España, más o menos. Los muchachos de la CUP, más ignorantes que jóvenes, han cometido una patochada que les define. Un cartel de Franco para desprestigiar a quienes rechazan el referéndum. No hay dictador en la historia de España que haya convocado tantos referéndums como Franco y con un avasallador parecido con este en cuanto a las manipulaciones.
Entre el pasado sábado y éste ha ocurrido algo sumamente grave, dentro de las diversas gravedades de un proceso condenado al fracaso. No como dicen los fantasmas llamándolo “choque de trenes” sino a la ruptura brutal de la sociedad civil ¡No seamos petulantes, aquí no se trata de un choque de trenes, sino del enfrentamiento entre un expreso antiguo y apolillado, frente a un tranvía conducido por reclutas del servicio de transportes! Humildad por favor, abandonemos de una maldita vez el pujolismo de los delincuentes de altura y admitamos que somos un tranvía con aspiraciones de tren bala japonés.
Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los mossos d’Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquin Forn, –podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses
políticos-. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña “Freedom for Catalunya”…Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d’Esquadra es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina.
Estamos en manos de un personal que bordea la ley, y que lo hace con el ánimo de no sólo de incumplirla, sino de imponer la suya, que no es otra que ir a la ruptura y provocar un conflicto no sólo cívico sino violento. Necesitan algún muerto que sirva de símbolo a la asonada. En ocasiones pienso que estamos rememorando las guerras carlistas a los que son tan agradecidos gran parte de estos fanáticos del enfrentamiento. “Un muerto salvaría a Cataluña”, es el lema escondido entre los conspiradores de esta farsa.
Baste decir que Artur Mas confiesa a los suyos que llegará el momento oportuno de ocupar los edificios estratégicos de Barcelona. Seamos serios, con un líder de mando único como Joaquín Forn, eso obligaría a situaciones sin salida y de alto riesgo para vidas y haciendas, no sólo para la ciudadanía pastueña que ve el panorama como si no fuera con ellos.
Nunca se hizo tan evidente, desde los tiempos del franquismo, el dilema de estar con el poder o contra el poder. Y aquí entramos los plumillas. Los fondos destinados a diarios como ‘Ara’, ‘Punt Diari’, TV3, que superan Canal Sur de Andalucía o el canal de Madrid, que ya es decir, cantidades de todos modos exorbitantes que pagamos todos los ciudadanos, desde Cádiz a Girona, y donde sobreviven 7 directivos de TV3 con salarios superiores a los 100.000 euros, podrán parecer una nadería frente a las estafas reiteradas del PP, pero describen un paisaje. Cobrando eso, ¡cómo no voy a ser independentista! ¡Qué simples somos cuando decimos que esos medios no los ve ni los lee nadie! Se equivocan y por eso estamos donde estamos. El columnistatertuliano podrá ser despreciado, y lo merece, pero crea opinión. En muchos casos es su única fuente de información. Son los Jiménez Losantos del Movimiento Nacional catalán. ¿Acaso el viejo “Arriba” del franquismo, o ‘Pueblo’, o las agencias gubernamentales las leía alguien? Pero estaban ahí, presentes, supurando la bilis contra el enemigo. Ayer como hoy. Son una especie de diarios virtuales, anónimos, a los que los idiotas echan una ojeada que les basta para saber por dónde va la cosa. Perdónenme que eche mano de la memoria, mi pariente más querida. ¿Se acuerdan del exilio de Joan Manuel Serrat en México durante el franquismo? ¿Qué cosas venenosas no se dijeron y tanto en los medios de Barcelona como en los de toda España? ¿Quieren que les haga un repaso de las cartas al director en la prensa catalana? Por cierto, que entonces esa bazofia se firmaba; ahora los canallas son anónimos.
Mi viejo amigo el nacionalista vasco Iñaki Anasagasti inventó el feliz término de la “Brunete mediática” para designar ese macizo de la raza castizo de la pluma y la palabra, que embiste contra todo lo que ni le gusta ni entiende. Habría que recuperar ahora los Nuevos Medios del Movimiento Nacional catalán. Te crujen por una disidencia, por una opinión que no sea la de las instituciones corruptas de la Generalitat. ¿Se han fijado en el interés reiterativo en las fotos de Pujol hecho un pimpollo, como si apenas hubiera salido del juzgado o de la Generalitat? Un intocable. Casi siciliano, entre Toto Riina y Berlusconi. Se ha iniciado su recuperación. Los edecanes de antaño
reivindican al Padrino. “¡Hizo tanto por nosotros!” Tanto, tanto que se convirtieron en una familia de comisionistas.
Nos vamos al carajo, señoras y caballeros, pero la diferencia entre Patria y Patrimonio se mantendrá intacta. Es lo que suele ocurrir con este tipo de contrarrevoluciones pletóricas de banderas, que siempre están pensando en el mañana. El presente siempre queda para los sicarios y los tontos inútiles

GREGORIO MORAN