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09 AM | 01 Sep

SANCHEZ FERLOSIO

Sánchez Ferlosio, pensar hasta la raíz
ENRIQUE FLORES

Pocos pensadores han llegado tan lejos como Rafael Sánchez Ferlosio en el análisis y denuncia de la psicopatía política contemporánea. El reconocimiento unánime de las excelencias de El Jarama o Alfanhuíestá menos extendido a su obra ensayística y se corre el riesgo cierto de desaprovechar su maestría en el pensar a contracorriente, su erudición abrumadora y el examen metódico de los modos de dominación, muchos de ellos ocultos tras los pliegues del lenguaje o de los discursos complacientes de la clerigalla política, sea laica o sacerdotalmente ordenada. Nadie podrá decir que Rafael prefería equivocarse con la mayoría antes que acertar en solitario, como decía Keynes que actuaban los economistas para no ganarse la animadversión de sus colegas. Armado de una insaciable curiosidad, de una erudición abrumadora, de una paciencia reflexiva proverbial y de una curiosidad inagotable, Ferlosio desmenuzó la realidad hasta sus últimas consecuencias. Esa realidad, política y antropológica casi, estaba contenida unas veces en el lenguaje mismo (ejemplo: cuando la flecha está en el arco tiene que partir, donde examina la tendencia de los medios a prevalecer sobre los fines); otras, en el análisis erudito del pasado, como sus comentarios sobre el conde de Niebla y su frase capital “No los agüeros, los hechos sigamos”, y con mucha frecuencia en las noticias de los periódicos que escudriñaba infatigable cada jornada; en todo caso, le permitieron construir, con el instrumento de un estilo esforzado y casi poético, un pensamiento a contracorriente poco común entre los intelectuales de los últimos 50 años

Como maestro del pensar hasta la raíz, es posible relacionar a Ferlosio con la tarea crítica de Francis Bacon y su denuncia de los ídolos, fetiches o barreras que, según el pensador británico, impiden llegar al conocimiento. El título ferlosiano por excelencia, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, revela su convicción de que las formas de dominación ideológicas se enquistaban en estructuras de pensamiento teológico, y viceversa. Véase, por ejemplo, su opinión sobre los imperativos que se imponen en nombre de la historia: “Historia universal’ no es más que el nombre, presuntamente laico, con que la modernidad pretende camuflar su religioso acatamiento de la Suma Omnipotencia y Prepotencia del viejo e iracundo señor del Sinaí, renacido con nuevo vigor y como el Ave Fénix, en la universalización actual del principio de dominación”. En su opinión, el primer encuentro con el fetiche de la Historia Universal tiene lugar cuando el Imperio español se encuentra con la tarea de justificar su papel en la historia. Y ese germen de totalización histórica explica su aversión por “esas Yndias equivocadas y malditas”.

Siempre sugirió Ferlosio una tensión irresuelta entre la existencia singular y un bien común, entendido como una coartada para limitar la individualidad. Entiéndase que su radical individualismo nada tiene que ver con el liberalismo de quincalla que la derecha, en España o en la potencia imperial, utiliza hoy como coartada ideológica, ni tampoco con el resentimiento popperiano hacia los mecanismos de regulación social; procede del respeto por la capacidad crítica y del rechazo de todos los fetiches intelectuales sociohistóricos que imponen condiciones castradoras a la existencia intelectual. La libertad en boca de las Esperanzas Aguirre, Margarets Thatcher o Alberts Rivera habidos o por haber es un fraude. La libertad, como bien sabían los inventores de la democracia, se manifiesta en el derecho a participar en los negocios públicos, mientras que en la praxis de la llamada democracia representativa está confinada en un reducto estrecho, en cuyo espacio se le reconoce al individuo el derecho a disfrutar de su independencia privada. El militarismo rampante motivó páginas de análisis donde aparecía con frecuencia la indignación. “Siniestra e irracional es ciertamente la racionalidad económica —precisó— pero podría pasar por sensatez frente a la delirante racionalidad militarista”.

Pensar a contracorriente conduce a la incomodidad de decir en voz alta lo que se esconde por comodidad o resentimiento. Resulta coherente pues, que algunos de sus ídolos o racionalidades enquistadas, que con más saña combatió, fueron el religioso y el de la identidad. Lector enviciado del suplemento Alfa y Omega, eran muy divertidos sus comentarios sobre la disparatada lógica de los editoriales católicos a machamartillo, sobre la taimada conducta pública de Juan Pablo II y sobre la fe como perversión de la razón. Las trampas de la identidad nacional (esa “jerga de borrachos”, sea española o independentista) están desmontadas sin misericordia en el Discurso de Gerona,que debería ser lectura obligada para todos los estudiantes de secundaria e incluso adoptarse como un texto básico en las facultades humanísticas. “La identidad es justamente algo que hay que tratar de no tener, como un tumor maligno”. La España zarzuelera está construida sobre el fetichismo de la identidad, la falacia de la autenticidad, la exaltación retórica y la “autoconvalidación apologética por identificación con una historia y unos antepasados”. La moral del pedo, según su propia expresión, que se complace en la fetidez propia mientras que hace aspavientos ante la ajena.

Quizá uno de sus análisis más esclarecidos y esclarecedores es la denuncia del fariseísmo como basamento del comportamiento político. Hipocresía, entiéndase bien, orientada a la obtención de beneficios reales y ventajas de dominación. El fariseísmo, en la reflexión de Ferlosio, consiste en construir la bondad propia única y exclusivamente sobre la maldad ajena. La conciencia virtuosa se declara “legítima acreedora que el pecado contrae por su pecado”. Para el fariseo, la virtud es un capital acumulado, una especie de crédito fiscal, que puede hacer efectivo frente a otros a voluntad. Esta conducta bellaca (un adjetivo que solía usar con propiedad), ampliamente extendida, explica muchos de los comportamientos políticos y debería ser tenido muy en cuenta por quien tenga la caridad y el buen sentido de explicar un día la incapacidad de los políticos españoles para cumplir con sus funciones de diagnosis, pacto y resolución de problemas cívicos. El fariseísmo explica, entre otras cosas, el estomagante recurso a “la dignidad de las víctimas” como granero de votos de la derecha española y como elemento castrador de la convivencia.

La destrucción de los ídolos y de los grumos del pensar no hubiera sido posible sin un estilo de periodos largos, pensado para “no dejar cabos sueltos”, apoyado en un conocimiento abrumador de cada asunto desmenuzado, que acaba por constituirse en objeto mismo de la reflexión. Recorría cada meandro del río conceptual, remontaba cada afluente argumental y exploraba metódicamente cada anfractuosidad idiomática. Después, saltaba a otro curso fluvial inexplorado y agotaba de nuevo la investigación centímetro a centímetro. Bien podría decirse que su rechazo a Ortega y Gasset (a los ortegajos) procedía de la tendencia orteguiana a resumir en el oropel lingüístico (he aquí un ejemplo: poesía es el álgebra superior de las metáforas) lo que debería ser analizado con esfuerzo y dedicación.

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05 PM | 16 Jul

ENTREVISTA DONATELLA DI CESARE

DONATELLA DI CESARE / FILÓSOFA

“La filosofía se ha conformado con ser la sirvienta de la política”

MIQUEL SEGURÓ

<p>Donatella Di Cesare.</p>

Donatella Di Cesare.

CHRISTIAN MANTUANO

3 DE JULIO DE 2019

Donatella Di Cesare (Roma, 1956) es, sin lugar a dudas, una de las voces filosóficas más importantes de Europa en estos momentos. En 2014 publicó su libro Heidegger e gli ebrei (traducida al castellano en 2016), obra de referencia para comprender la discusión en torno a los Cuadernos Negros de Heidegger y su relación con el nacionalsocialismo. Tras ello ha recuperado lo que ya antes había comenzado a dibujar: una filosofía que incide, como ella misma apunta, en los abusos de las estructuras de poder, los excesos discriminatorias de las dinámicas sociales y la importancia de volver a poner a la materia como forma de vida política en el mundo del siglo XXI. Su última obra traducida al castellano es Marranos (Gedisa, 2019). Di Cesare responde a las preguntas por correo electrónico.

¿Por qué los “marranos”? ¿No es algo que queda lejos en el tiempo?

He querido volver sobre la historia enigmática y fascinante de los marranos, que no han encontrado lugar en la historia institucional. Los marranos son aquellos judíos obligados a convertirse al cristianismo en la Península Ibérica y en los dominios españoles, y por lo tanto también en el sur de Italia. A mi modo de ver con ellos se desmorona el mito del martirio. Prefieren el perjurio, la mentira externa. Es decir, que para disipar las sospechas guardan en secreto su realidad. Este movimiento, a menudo mal entendido moralmente, inaugura la modernidad. Aquí está la clave: en el marrano veo un paradigma ejemplar, una figura que inicia la modernidad. Pero no una modernidad armoniosa, sino atravesada por una disonancia irremediable. Lejos de los judíos, con quienes las relaciones son menos frecuentes, los marranos no son reconocidos, tampoco, como cristianos. Aparecen como extraños y no asimilables. Ni cristianos ni judíos, los marranos están prohibidos en una tierra de nadie, entregados a una doble no pertenencia, a una duplicidad existencial sin precedentes.

¿Y por qué cree que es importante tener en cuenta este fenómeno hoy?

También comparado con el judío, que tradicionalmente es el otro, externo e identificable, el marrano es el otro del otro. Alude a una nueva alteridad, vaga y esquiva. El marrano es el otro por dentro. Solo la disimulación, la duplicidad existencial a la que está obligado, empuja al marrano a la introspección, al descubrimiento del yo. Pero su yo está irremediablemente dividido, escindido. Insisto, con los marranos se desmorona el mito de la identidad. E incluso cuando regresan a lo abierto, el yo dividido, la extrañeza constitutiva, es su legado. Los disidentes por necesidad llevan la semilla de la duda, de la oposición. E inauguran un pensamiento radical. Los caminos que atraviesan esta nueva tierra de intimidad son múltiples. Van desde Teresa de Ávila, quien en su misticismo defiende un interior inaccesible incluso para sí misma y, por lo tanto, sagrado, a Baruch Spinoza, que ve en el secreto el “ethos” que funda una democracia radical.

DEBEMOS BUSCAR PROTECCIÓN EN EL OTRO Y ACEPTAR EL DESAFÍO DE LA CONVIVENCIA

El secreto ha protegido a los marranos. Y el marranismo no ha terminado, sino que ha mostrado una persistencia innegable. De hecho, en los lugares más escondidos de su clandestinidad, desde Estados Unidos a Brasil, desde Portugal a Italia, los marranos vuelven a la luz. Y piden no ser archivados. Lo que requiere ir más allá del marco historiográfico para observar el fenómeno en su actualidad. ¿Cuántos marranos todavía existen, aquellos que saben que lo son, que siempre lo han sabido, y aquellos que están tan bien escondidos, que no lo saben, que nunca lo han sospechado?

La alteridad y los miedos: ¿por qué nos cuesta tanto convivir con lo diferente?

En el panorama de la globalización, la proximidad con lo de “otro” es un fenómeno cotidiano. Hasta hace poco, la vida social reservaba algunas reuniones solo circunscritas a personas familiares o conocidas. No hace tanto que la llegada de un foráneo era tenida como un acontecimiento. Hoy, por el contrario, es suficiente caminar por cualquier ciudad, no necesariamente en una metrópolis global, para cruzarse con un gran número de desconocidos, que quizás permanezcan como tales incluso después de ese encuentro fortuito. La red de información, que va desde el uso del móvil a la web, ha mitigado mucho este efecto. Dado que todas las comunidades humanas han ingresado en la red global, todos pueden imaginar ponerse en contacto con cualquiera de los seis mil millones de habitantes del planeta. En la tribu global, la movilidad y la densidad han cambiado la convivencia humana. Y, por supuesto, todo esto despierta miedo. El otro sigue siendo lo otro, y en su desconcierto también revela que nosotros estamos expuestos sin protección. Pero esta es la condición existencial de hoy. No podemos cambiarla. Por eso debemos buscar protección en el otro y aceptar el desafío de la convivencia.

Siempre se ha declarado europeísta y al mismo tiempo ha sido muy crítica con esta Unión. ¿Cómo interpreta los resultados de las elecciones en Europa?

Son menos negativos de lo que se podría temer. Al final, el frente soberanista ha ganado, pero no ha triunfado. Por supuesto, en algunos casos, los resultados obtenidos por la ultraderecha son impactantes. Y creo que esto se debe en parte a la gran desilusión existente con la Unión Europea, que ha apostado todo a la economía, se ha inclinado por la austeridad y se ha mantenido como un revoltijo de estados nacionales sin realmente convertirse en una unión política y sin procurar una forma política postnacional. Hay muchas fallas recientes en Europa, desde la forma en que se gestionó la crisis de Grecia a los acuerdos para mantener a los refugiados fuera de sus fronteras, que han pisoteado el derecho de asilo y los valores humanitarios. Europa responderá ante la historia. Por no mencionar, también, el poder de las oficinas, de esa burocracia asfixiante ejercida en detrimento de los ciudadanos.

¿Se configura un escenario europeo en el que el populismo de derechas va estabilizándose y expandiéndose?

En cierto modo sí, y hay que estar atentos. Ahora estamos como si hubiéramos entrado, casi sin darnos cuenta, en una nueva era, dominada por la soberanía de derecha y de extrema derecha. Por eso soy en este sentido pesimista. Es decir, que no creo que esta era termine en un plazo corto, si bien ahora vivimos en los tiempos de la velocidad y la aceleración. Lo que está sucediendo en Italia debería ser una advertencia para todos los europeístas y para todos los europeos.

ESPAÑA PUEDE QUE SEA REALMENTE LA ÚNICA LUZ, RELATIVA, EN EUROPA

 ¿Y de España, qué puede decir?

Me parece que España puede que sea realmente la única luz, relativa, en Europa. Por una sencilla razón: el socialismo resiste de algún modo. ¿Pero hasta cuándo lo hará? Y, en todo caso, me temo que este sea, desafortunadamente, un caso aislado. Espero estar equivocada. En todas partes la izquierda está en crisis. Y no hablamos de una crisis cuantitativa, es decir, de falta de votos, sino cualitativa, que es la falta de programas e ideas que respondan a los tiempos. Te voy a un ejemplo que me parece muy ilustrativo. Estar continuamente hablando de progreso no tiene sentido. Todos ya ven lo que también ha traído. El apocalipsis ambiental está sobre nosotros. La izquierda deja cada iniciativa en manos de unos pocos, quienes a su vez parece que se enfrentan al problema asépticamente, como si el capitalismo no fuera la causa de esta catástrofe. Asimismo, y este también es otro elemento crítico de lo que te comento, la izquierda parece ir tras la derecha continuamente. Pensemos en Dinamarca, donde la izquierda ganó con programas anti-inmigración.

En ocasiones ha mostrado su simpatía hacia el independentismo catalán, en el sentido de ver en él una posibilidad de transformación política. ¿Cómo ve la situación?

No me gustan los presos políticos. No veo democrático que antes o durante un juicio la gente sea encarcelada. Y esto es lo que lamentablemente está sucediendo. También, sí, no me gustan los nacionalismos, en los que veo el verdadero espectro terrible que vaga por Europa. Pero, sobre todo, no me gusta el obstinado repliegue soberanista del estado nacional. Es como si todos fuésemos conducidos a tener una perspectiva estatocéntrica de las cosas y a juzgar los acontecimientos políticos a través de esas lentes. Y, sin embargo, el Estado-nación es una forma política relativamente reciente de la modernidad cada vez más en crisis. El Estado-nación es en sí mismo defensivo: discrimina y exige fronteras; se exige pertenecer a la nación. Y hay casos, además, en los que las complejidades son mayores, como sucede en España. Hay quienes hablan, por ejemplo, otros idiomas (vascos, catalanes, gallegos), lo que es sin duda una gran riqueza cultural. Por todo esto entiendo que otorgar una relativa autonomía es una respuesta a las necesidades existentes que pertenece al pasado. Me parece que en una Europa posnacional, y por lo tanto también supranacional, la cohabitación de pueblos diferentes y autónomos más allá de la clásica estructura estatal debe ser posible.

EN UNA EUROPA POSNACIONAL, Y POR LO TANTO TAMBIÉN SUPRANACIONAL, LA COHABITACIÓN DE PUEBLOS DIFERENTES Y AUTÓNOMOS MÁS ALLÁ DE LA CLÁSICA ESTRUCTURA ESTATAL DEBE SER POSIBLE

Su última obra publicada lleva por título Sobre la vocación política de la filosofía y en ella apuesta por que la filosofía baje a la calle y se moje. La obra ha tenido una recepción espectacular en Italia y será traducida en breve al castellano. La pregunta va a la inversa: ¿Debería haber vocación filosófica en la política? ¿y en ese caso, de qué modo?

Sí, el libro ha tenido un éxito que también me ha sorprendido. Y sé que saldrá en muchos idiomas. Mi tesis es que la filosofía debe reingresar en la ciudad. Con esto, obviamente, rompo un tabú secular, por el cual se cree que los filósofos y filósofas no deben meterse en asuntos políticos. Pero ya vemos los resultados: hoy la política se reduce a la mera administración, si no a la gobernanza del control. Asistimos a una política que sigue la agenda dictada por el capital, que ejecuta los deseos del mercado. Está completamente desprovista de horizonte. A su vez, la filosofía de las últimas décadas se ha conformado con convertirse en la sirvienta de este tipo de “política”, limitándose a decir, de manera normativa, lo que debería haber sido modificado o mejorado. En suma, se ha convertido en la criada de la criada. Por eso a día de hoy me siento muy lejos de una filosofía socialdemócrata. Me reconozco, más bien, en la línea del pensamiento crítico radical. Y eso es lo que he tratado de mostrar en el libro.

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11 PM | 13 Jun

¿Por qué William Faulkner se ha metido en el juicio al ‘procés’?

¿Por qué William Faulkner se ha metido en el juicio al ‘procés’?


 

Partidarios y detractores del Nobel estadounidense hablan de la vigencia del autor de ‘Luz de agosto’


BARCELONA

El martes, en el juicio del procés, el abogado de Joaquim Forn, Javier Melero, cerró su alegato recordando una escena de la películaAmanece que no es poco (1989) donde “el guardia civil, el catalán Sazatornil, decía que el mayor problema de orden público que podía producirse era criticar a William Faulkner porque allá eran todos fanáticos de Luz de agosto. Pues eso espero, que reconstruyamos una España en la que solamente nos discutamos por William Faulkner”. En la película dirigida por José Luis Cuerda, en efecto, un escritor argentino afincado en el pueblo escucha la severa reprimenda de la autoridad encarnada por José Sazatornil, quien, tras recriminarle su matrimonio heterodoxo y el sombrero que lleva, exclama: “Y ahora, para rematar, me dicen estos amigos que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Fulkner (sic), ¡de William Fulkner! ¿No podía usted haber plagiado a otro? ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Fulkner?”. Antes de llevárselo detenido, lo conduce ante el cura, interpretado por Cassen, para que le confiese de tamaño pecado.

Cuenta el escritor Enrique Vila-Matas que “a finales de los sesenta, leyendo Una meditación de Juan Benet –admirador evidente de su obra– llegué a Faulkner, del que siendo yo muy extremadamente joven había oído hablar a Gabriel Ferrater, que solía decir que le había leído mucho, pero no se acordaba de nada, salvo que era ‘una bestia racista’. Me impresionó Santuario, aunque lo leí en una traducción parece que pésima de la colección Austral. Pero aunque estuviera mal traducido uno se hacía una idea de la complejidad e inteligencia de lo narrado. Bolaño sí que era un buen conocedor de la obra de Faulkner. Descubrí hace poco que la bella y misteriosa cita de Faulkner que encabezaba Estrella distante (“¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?”) no era apócrifa como tantos de sus lectores creían sino que pertenecía a The Marble Faun and A Green Bough: ‘what star is there that falls, with none to watch it?’”

Vila-Matas: “Gabriel Ferrater decía que lo leyó mucho pero no recordaba nada, sólo que era ‘una bestia racista’”

Cada año se publican nuevas ediciones de los libros de Faulkner, en editoriales como Alfaguara, Edicions de 1984, DeBolsillo, Navona, Alianza, Cátedra, Anagrama… Josep Cots, editor de 1984, acaba de publicar Mentre em moria y, para 2020, anuncia Palmeres salvatges.Destaca “su extraordinaria capacidad descriptiva y profundidad psicológica. Yoknapatawpha, su condado imaginario, concentra todos los elementos de la sociedad contemporánea, la América profunda. Tiene una capacidad de lenguaje brutal, con una construcción totalmente experimental, siempre en diversos planos, nunca lineal. Y todo, con referencias a los clásicos y la mitología”.

 

La traductora al catalán Esther Tallada confiesa que “la primera vez que me lo propusieron lo rechacé pensando que era mucho trabajo. Ha sido de lo más difícil –y estimulante– que he hecho, con esas frases tan largas que avanzan y retroceden, dando rodeos y al final te das cuenta de que son circulares, porque acaban como comienzan”. Otro aspecto complejo es “el lenguaje coloquial, y sus palabras inventadas, entre 80 y 100 solamente en Luz de agosto”.

La discusión entre partidarios y detractores no es ficticia. La némesis de Faulkner es Hemingway, el hombre de las frases cortas, y ambos intercambiaron en vida puyazos considerables. Faulkner opinaba que la prosa de Hemingway era simple y sin audacia, dijo de él que nunca se subía a una rama y que “para leerle no es ni siquiera preciso el diccionario”. La réplica del autor de El viejo y el mar, de Nobel a Nobel, fue: “Pobre Faulkner. ¿Cree realmente que las grandes emociones provienen de las grandes palabras? Él cree que yo no conozco palabras enrevesadas. Las conozco todas. Pero existen otras palabras, más antiguas, más simples y mejores, y esas son las que yo utilizo”.

Hemingway: “Pobre Faulkner. ¿Cree realmente que las grandes emociones provienen de las grandes palabras?”

En webs como Goodreads, también se encuentran opiniones negativas de lectores actuales, que ven a Faulkner “demasiado complejo” o que sencillamente confiesan no haber entendido nada de partes de las novelas. “Encontré un día una página con Consejos para leer a Faulkner –cuenta Tallada– y ahí decían que no había que acongojarse si no se entendía todo, que se trata de captar la sensación, dejarse llevar”.

Miriam Paulo, su editora en DeBolsillo, explica que “no es un autor de grandes ventas pero sí de un fondo que se va vendiendo con constancia cada año, tiene lectores fieles. En una encuesta que hicimos en Penguin, aparecía entre los clásicos que más marcaban a los lectores, sobre todo con El ruido y la furia”.

Un faulkneriano confeso, el bloguero literario Jan Arimany, destaca “la libertad que su estilo desprende y cómo entra en la mentalidad de sus personajes, aunque se trate de un autista, no solo te lo hace comprender sino vivirlo en primera persona”. Arimany cree que el problema de los que lo rechazan “se debe a que empiezan con El ruido y la furia, de los más complicados, y es mejor entrar, por ejemplo, con Luz de agosto. No conozco a nadie que haga ese recorrido y lo rechace”.

 

Como ven, hay tema de debate para ese futuro muy lejano en que, en las tabernas y el transporte público, nos preguntemos: “¿Y tú, eres de Hemingway o de Faulkner?”.

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09 PM | 09 Jun

EL CIELO DE FLORENCIA

Hay revoluciones secretas. Hacia 1425, en el taller de un convento de Florencia, un pintor que era fraile dominico hizo algo que no había hecho nunca nadie hasta entonces: en vez de cubrir con una lámina de oro el fondo de una escena sagrada, pintó en él un trozo de cielo azul muy profundo, el que vería uno sobre los tejados y las colinas de la ciudad, por la ventana a la que se asomara el fraile pintor, a quien nadie llamaba todavía Fra Angelico. Ese cielo de azul ultramar es más luminoso ahora porque acaban de restaurarlo en el Prado. Es el azul del cielo por encima de los árboles del Jardín del Edén y el del manto de la Virgen, y el de las bóvedas salpicadas de estrellas del edificio donde sucede la escena de La Anunciación.

También el edificio es una novedad de ruptura, y hasta el formato mismo de la tabla, un rectángulo perfecto, sin arcos ni cresterías góticas, como era la moda de la época. Nuestra mirada aturdida ve una Anunciación pintada en el siglo XV y la califica de inmediato de respetable antigualla. Pero resulta que el piadoso dominico al que imaginamos pintando como si rezara, sumido en contemplaciones místicas, era un hombre de su ciudad y de su tiempo; de la ciudad tecnológica, económicamente, culturalmente, más avanzada de Europa, y estaba conectado con los más innovadores de sus contemporáneos. El uso de la perspectiva en esta Anunciación se parece mucho al que estaban introduciendo Donatello y Ghiberti en sus bajorrelieves. El edificio con sus columnas y sus arcos de limpia arquitectura clasicista se parece a la Loggia del Hospital de los Inocentes que acababa de diseñar Filippo Brunelleschi. Y fue probablemente el mismo Brunelleschi, con su desdén de arquitecto innovador por las formas del pasado inmediato, quien inspiró en Fra Angelico ese rectángulo despejado que facilita la percepción unitaria de la obra.

Los cuadros decisivos uno está mirándolos siempre por primera vez. Al tenerlos de nuevo delante de los ojos se nos vuelven presentes todas las contemplaciones anteriores. El placer de las cosas reconocidas se corresponde con el de las que ahora estamos descubriendo, las que nos parece mentira no haber observado antes. La sensación, desde luego, es más poderosa cuando vemos el cuadro después de una restauración tan admirable como la que han llevado a cabo con La Anunciación en el taller del Prado. También cuando lo encontramos sumergido en esa atmósfera vibrante que irradian las otras obras de la exposición sobre Fra Angelico y el Quattrocento en Florencia: pinturas suyas, de sus maestros y sus contemporáneos, y además muestras de cantería, bajorrelieves en terracota, tejidos suntuosos, esculturas policromadas. El mundo ilusorio de los cuadros se vuelve tangible en esas telas que formaban parte de la riqueza industrial de Florencia y con las que los pintores cubrían a sus personajes sagrados. La antigua rigidez de las representaciones bizantinas se convierte ahora en una vitalidad arrebatada: una Virgen de Donatello es una madre delgada y muy joven que no logra sujetar al Niño Jesús que se le revuelve entre los brazos. En un bajorrelieve, la Eva que acaba de surgir del costado de Adán es una mujer verdadera y carnal que no acierta a dar un primer paso y tiene que sujetarse al manto de Dios Padre. Las escenas de martirios, milagros o episodios evangélicos suceden con una extraña naturalidad en calles comunes de Florencia, y los personajes sagrados con sus togas arcaicas se mezclan con transeúntes de la ciudad, vestidos a la moda de su tiempo. En todo hay un esquematismo de decorados de teatro: casas como maquetas, rocas y montañas de evidente cartón.

No es un efecto casual. Muchas de las escenas de los cuadros reproducen funciones teatrales religiosas. En un ensayo apasionante del catálogo, Ana González Mozo explica que la Anunciación se representaba en las iglesias con gran aparato de escenografía. En un tablado muy alto, Dios Padre entregaba al arcángel Gabriel las tres azucenas que éste debía llevar a la Virgen. Sujeto a cuerdas y poleas, el actor vestido de arcángel descendía desde las alturas sobre las cabezas de los fieles y se arrodillaba delante de María, a quien por cierto interpretaba un hombre, ya que a las mujeres les estaba prohibido participar en tales representaciones. En el momento culminante, el estallido de un cohete indicaba la irrupción del Espíritu Santo. “Estos mecanismos suscitaban un estado de estupefacción y la impresión de estar ante una visión misteriosa y aterradora”, escribe González Mozo.

El pasado es mucho más extraño de lo que podemos imaginar. La luz divina atraviesa el espacio de la intimidad doméstica en rayos paralelos de lámina de oro, pero en esa estancia donde María recibe al arcángel también hay una claridad de mañana terrenal, teñida de verdes de vegetación, que entra por una ventana y se proyecta como un rescoldo suave en una pared, en una habitación modesta en la que hay un banco corrido y un arcón. La paloma del Espíritu tiene una orla de santidad dorada, con incisiones de orfebrería: pero cerca de ella, junto a un capitel, se ha posado una golondrina, tan ajena a la escena sagrada como al valor simbólico que a ella misma se le pueda atribuir.

Pero Fra Angelico no es menos religioso por ir haciéndose más naturalista. El huerto contiguo a la casa de la Virgen resulta ser el paraíso terrenal, un poco a la manera de esos espacios de los sueños que son varios lugares a la vez. Los fondos sumarios de la pintura religiosa se convierten aquí en un prodigio de variedad y precisión botánica: palmeras exóticas, hierbas y flores comunes, manzanas de la tentación y el pecado, granadas de la redención y la pasión futura de Cristo. Deteniéndose a pintar las plantas y los pájaros tal como son, Fra Angelico es tan piadoso como cuando pone un detallismo extremo en el oro de las alas del arcángel. Lo sagrado es visible a los ojos de la fe y lo visible atestigua en su perfección y su singularidad la providencia divina, el gran milagro bíblico de la creación del mundo. El cielo de Florencia que él veía a diario y que pintó con tanto cuidado en La Anunciación era al mismo tiempo para Fra Angelico el cielo abstracto de la teología, y por él volaban con la misma naturalidad las golondrinas y los ángeles.

Antonio Muñoz Molina EN BABELIA

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10 PM | 21 Abr

El nacionalismo y la izquierda

El nacionalismo y la izquierda

De un tiempo a esta parte nos hemos acostumbrado a discutir evidencias. ¿Cómo hemos podido olvidar que la izquierda es internacionalista?

No hay nada peor que olvidar lo evidente, así que de vez en cuando conviene recordarlo. Que lo haga esta vez la filósofa italiana Donatella di Cesare, quien no hace mucho declaró al semanario L’Espresso: “Toda la tradición de la izquierda ha analizado siempre los acontecimientos desde una óptica mundial, muy pocas veces nacional o, peor, nacionalista. La idea de que deba prevalecer el interés de un proletariado nacional, francés o italiano, no ha sido nunca de izquierda. La izquierda es internacionalista o no es”.

¿Cómo es posible que hayamos olvidado esta evidencia? ¿Cómo es posible que la expresión “nacionalismo de izquierdas” no sea considerada entre nosotros una contradicción en términos, un oxímoron, como “matrimonio feliz” o, según el vasco Baroja, “pensamiento navarro”? Es verdad que de un tiempo a esta parte nos hemos aficionado a discutir evidencias; la evidencia, por ejemplo, de que, en democracia, ley y democracia se identifican, porque la ley es la forma jurídica que adopta la democracia. Esto, que lo saben hasta los guardias jurados, porque debe de preguntarse en las oposiciones a guardia jurado, constituye sin embargo el nudo gordiano de la mejor película española filmada desde que Tejero y sus muchachos entraron a tiros en el Parlamento (me refiero, claro está, a la retransmisión del proceso al procés), donde los protagonistas pretenden demostrar que ellos encarnan la democracia y por tanto están por encima de la ley, igual que tratan de demostrarlo a diario en la prensa catalana pensadores corrompidos, con el mismo éxito con que demostrarían que Newton nos la pegó a todos con la ley de la gravedad. ¿De dónde sale en España el engendro del “nacionalismo de izquierdas”? En parte, de donde casi todo lo malo: del franquismo. En esa época siniestra, durante la mayor parte de la cual los antifranquistas de verdad cabían en un autobús (Vázquez Montalbán dixit), cuanto no era franquista era de izquierdas, así que, como los franquistas persiguieron todo nacionalismo que no fuera el español, el nacionalismo catalán o vasco pasó a ser de izquierdas, con lo cual hasta un oligarca como Jordi Pujol pudo ser considerado de izquierdas. Por supuesto, los nacionalistas aseguran que todos somos nacionalistas y que, si no eres nacionalista catalán, eres nacionalista español, como si el nacionalismo fuera una condición inherente al ser humano y no un invento con poco más de 200 años de vida, o como si quien no es del Barça sólo pudiera ser del Real Madridy no del Hércules de Alicante o de la Cultural Leonesa (o no pudiera detestar el fútbol, que es lo que me ocurre cada vez más a mí). Durante años, mientras socavaban en secreto el Estado democrático, preparándose para asaltarlo, los nacionalistas catalanes sostuvieron que Felipe González, digamos, también era un nacionalista, sólo que español. ¿Un nacionalista español? Quiera el cielo que no tengamos que enterarnos todos otra vez de lo que es el nacionalismo español en el poder, ahora que el nacionalismo catalán lo ha resucitado con el nombre de Vox. Por lo demás, hay sedicentes nacionalistas catalanes de izquierdas que dicen que una cosa es el nacionalismo y otra el independentismo, y que ellos son independentistas, no nacionalistas. Esa idea la difundió hace años Rubert de Ventós y, como Rubert era tan listo, algunos niñatos incautos nos la creímos; Dios nos perdone: si algo ha demostrado el procés es que detrás del independentismo está el nacionalismo —su mejor, casi su único carburante— y que detrás del nacionalismo está lo de siempre.

En fin, no hay espacio para más. La próxima vez que recordemos lo evidente hablaremos de los servicios auxiliares del nacionalismo, en Cataluña capitaneados por Ada Colau, que se preocupan mucho porque no toquen una coma de los derechos de los nacionalistas, lo que me parece muy bien, pero miran para otro lado o aplauden cuando los nacionalistas pisotean los derechos de los demás, lo que me parece muy mal. Entre tanto, una última evidencia: en Cataluña como en todas partes urge una izquierda de verdad, inequívocamente antinacionalista e inequívocamente de izquierdas.

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