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Sección : Artículos

SE BUSCA HETERODOXO (ISAAC ROSA)

Deja la muerte de Juan Goytisolo, entre otros huecos, una plaza vacante en la heterodoxia española, y habrá que sacarla pronto a concurso para encontrar otro autor que…

Pero un momento, ¿qué son esas risitas, esos codazos ahí al fondo? Ya veo, lo mismo que ha ocurrido estos días entre quienes recordaban al escritor, en público o en privado (o en el público/privado de las redes sociales): cierto retintín (guiño-guiño-codazo) a la hora de referirse a su condición heterodoxa.

En necrológicas y artículos de homenaje se menciona esa parte de su vida y obra como un dato más de su DNI: español, nacido en Barcelona, heterodoxo. A partir de ahí, unos cuantos lugares comunes sobre disidencia y exilio, citas del propio autor y un invariable name-dropping con la alineación titular del contracanon goytisoliano: Blanco White, Genet, Américo Castro, Cernuda, Rojas, Delicado…

Y como remate, en no pocos artículos y en tantas conversaciones, la pulla, la caricatura de un Goytisolo soberbio en su vejez, envarado, rencoroso, admonitor (el Wojtysolo que decía Benet con su genial mala leche), más preocupado por afirmar públicamente su marginalidad, reclamarse persona non grata universal y quejarse desde un victimismo convertido en chiste literario. El Goytisolo del ya legendario “Vamos a menos”, el que recoge el Cervantes intentando incomodar a los gobernantes presentes en la ceremonia, el que en sus textos insiste en definirse como “aguafiestas” y “pájaro que ensucia su propio nido”, y que cuando escribe de un autor heterodoxo parece hablar de sí mismo (como en efecto reconoce al final de la introducción a la Obra inglesa de Blanco White).

A la plaza vacante absténganse de presentarse heterodoxos de pacotilla, porque la de Juan ­Goytisolo ha sido una heterodoxia radical

Si hubiese un más allá, Goytisoloestaría estos días riendo a carcajadas de quienes hoy guiñan y dan codazos a su costa. Es más, él mismo escribiría su obituario en términos dolorosamente cáusticos, pues si algo demostró fue su capacidad de autocrítica y de reírse de sí mismo. Pocos autores han sido tan severos con parte de su obra (sus primeras novelas, que consideraba fracasadas), tan implacables con su vida (en sus memorias, salvajemente sinceras) y tan burlones con su propia condición intelectual, satirizada en las páginas más divertidas (y hay muchas, cervantinas) de sus novelas.

Así que a la plaza vacante absténganse de presentarse heterodoxos de pacotilla, porque la de Juan Goytisolo, pese a la caricatura que circula graciosamente, ha sido durante más de medio siglo una heterodoxia radical, con pocos antecesores, escasos contemporáneos y menos sucesores.

Para reemplazar su capacidad saboteadora y su desarraigo, los interesados deben estar dispuestos a disentir de todo, no solo de la patria y la cultura oficial: romper con uno mismo, con su origen, su educación, su sexualidad, su cuerpo, sus lecturas, su escritura y por supuesto con su lengua materna (reventada por Goytisolo en un ejercicio destructivo-reconstructivo que no tiene equivalente en el último siglo en castellano). Tampoco se aceptarán solicitudes de autores que rechacen el canon pero se limiten a afiliarse a algún canon alternativo ya disponible: se necesita la solidez intelectual, la capacidad de estudio y la curiosidad lectora con que Goytisolo levantó su propia genealogía literaria, y que es una de las mayores deudas que los lectores tenemos con él: habernos puesto en la pista de obras fundamentales que en algún momento hasta podíamos dudar si no serían apócrifas —yo sigo pensando que Blanco White es un heterónimo creado por Goytisolo—.

Si hay algún novelista interesado por el puesto, sepa que deberá estar capacitado para hacer con España y lo español el mismo ejercicio que medio siglo atrás hicieron Señas de identidad, Don Julián o Juan sin Tierra: aplicar, según sus palabras, “la dinamita o el purgante” a la tradición y al lenguaje, “definirse negativamente, en contraposición a las esencias y mitos de su propio país”. Pero ojo, hacerlo con el lenguaje, las esencias y los mitos de la España actual; aplicar aquí y ahora la misma ruptura y abrir un nuevo camino con la misma capacidad erosiva que Goytisolo aplicó al tardofranquismo. ¿Algún voluntario en la sala? Vaya, los de los guiños y codazos miran para otro lado.

Por último, requisito fundamental: el aspirante a heterodoxo español tiene que ser muy español. Mucho. No creo exagerar si digo que Juan Goytisolo es el más español de los escritores del último siglo. Su desarraigo voluntario, su despojamiento de hasta la última huella de castellanidad, su agresividad hacia la patria y sus patriotas, su exilio voluntario, su cosmopolitismo, multiculturalismo y orientalismo, su filiación con tantos “malos españoles”, su aspiración, en fin, a ser un apéndice de la fantástica historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo, no deja de ser uno de los vínculos más indestructibles que un escritor puede tener con un país que le repudió con tanta fuerza que acabó haciéndole lo peor que se puede hacer a un disidente: premiarlo, darle el abrazo del oso institucional (guiños, guiños, codazos), pero hacerlo al final de sus días, como tardío consuelo o represalia que anulase su heterodoxia.

No andamos sobrados de escritores libres, lúcidos y furiosos como Juan Goytisolo.

LA MILITANCIA HA GANADO, AHORA A TRABAJAR

 

Los resultados definitivos de las Primarias del PSOE cierran una larga etapa de enfrentamientos dialécticos y abren un nuevo y esperanzador escenario que culminará con la celebración del 39º Congreso los próximos días 17 y 18 de junio. El Congreso deberá aprobar las resoluciones políticas que marcarán el trabajo partidario de los próximos cuatro años, además de ratificar a Pedro Sánchez como nuevo secretario general y elegir a la comisión ejecutiva federal que tendrá la misión de aplicar las resoluciones congresuales. En un primer análisis de urgencia, lo más destacable de estas Primarias han sido, sobre todo, la espectacular movilización (sin precedentes) de la militancia; el triunfo rotundo e incontestable de Pedro Sánchez (ha superado el 50% de los votos); el esperado y fuerte rechazo al PP (el “No es No”); el fracaso de la apuesta de Susana Díaz (sólo gana en Andalucía) y de muchos Barones y ex responsables partidarios e institucionales; así como de la Gestora, descaradamente partidaria de la candidatura de Susana Díaz. Fuera del PSOE, ha sido muy significativa la participación activa (y verdaderamente intolerable) de algunos medios de comunicación -particularmente de El País-, que ha sido motivo de comentarios extremadamente desfavorables para este diario, en otros momentos referencia para los ciudadanos más progresistas de nuestro país.

Como se pudo comprobar en el reciente debate entre los tres candidatos, la principal crítica que se ha venido haciendo a Pedro Sánchez es que perdió las dos últimas elecciones generales celebradas, siendo secretario general del partido, a pesar de que fue elegido a través de Primarias. Esta crítica (interesada) ha sido rechazada sin paliativos por los militantes, carece de un mínimo rigor, parte de un diagnóstico simplista y equivocado y significa, sobre todo, un insulto a la inteligencia; simplemente, porque todo el mundo sabe que el problema del PSOE viene de muchos años atrás e involucra a muchas personas. La pérdida de Pedro fue la pérdida de todo el PSOE y, por lo tanto, de todos los responsables de las agrupaciones de CCAA y provincias y demostró que lo ocurrido en el PSOE no ha sido diferente de lo acontecido en los partidos socialdemócratas de Grecia, Italia, Reino Unido, España, Holanda y, más recientemente, de Francia y Alemania. La pérdida de votos en estos países tiene relación directa con las políticas socio liberales llevadas a cabo por los partidos o gobiernos socialistas y, particularmente, por la negativa y controvertida gestión de la pasada crisis económica (en mayo de 2010, Zapatero abrazó y aplicó -sin ningún tipo de consulta- las políticas impuestas por Bruselas). La socialdemocracia no ha sido capaz de presentar una alternativa rigurosa y creíble a las políticas de austeridad y, en la práctica, ha convivido con ellas, sin diferenciarse de las políticas de la derecha y de las alternativas que han propuesto los sectores económicos y financieros, que han sido, precisamente, los causantes de la crisis.

En definitiva, el sentir de mucha gente es que los partidos socialdemócratas no han encabezado con eficacia la lucha contra las desigualdades y eso puede explicar que hayan sido abandonados, en buena medida, por el subproletariado. También se han visto abandonados por una clase media asustada y temerosa, ante la posibilidad de que se incrementen los ingresos fiscales para financiar el aumento del gasto social, al margen de que la clase media ha sufrido el rigor y los efectos de la crisis y el desempleo. Por si esto fuera poco, los partidos socialdemócratas han carecido de referencias y de liderazgos creíbles en la UE, han sufrido la desconexión de los sindicatos y el desapego de las fuerzas emergentes, especialmente críticas ante la timorata y ambigua contestación hacia las políticas neoliberales.

En España, el problema resulta más complejo por la aparición de otros partidos políticos, tanto a la derecha del PP (Ciudadanos), como a la izquierda del PSOE (Podemos), lo que ha terminado por consolidar un mapa político a cuatro que, previsiblemente, relegará definitivamente a un lugar secundario al “bipartidismo” (PP-PSOE) que ha gobernado en España en los últimos 37 años. En este marco, no es nada previsible que el PSOE se pueda situar, en unas futuras elecciones, en el entorno del 40% de los votos (mayoría absoluta), lo que le permitiría gobernar en solitario, al margen de quien fuera el secretario general. De confirmarse este supuesto, el PSOE no tiene más que dos alternativas para gobernar o, simplemente, para hacer una oposición real: la primera sería pactar con la derecha (con Ciudadanos y eventualmente con el PP) y la segunda con Podemos y, si es necesario, con Ciudadanos y con los partidos nacionalistas, a pesar de que Podemos y algunas formaciones nacionalistas cada día lo están poniendo más difícil en su carrera hacia la hegemonía dentro de la izquierda y sus actitudes independentistas. Todo lo demás resulta un brindis al sol y nos conduce inexorablemente a la melancolía, cuando no a la mentira, la frustración y al alejamiento de la realidad social y, lo que es peor, de los electores.

En todo caso, el próximo Congreso del PSOE cerrará definitivamente el debate sobre el liderazgo y, por lo tanto, deberá emprender el camino marcado por nuestra memoria histórica y por los principios éticos de nuestros fundadores (resumidos en un concepto muy querido por todos los afiliados: “el pablismo”). Esta descomunal tarea no se hace en dos días, porque la recuperación de la credibilidad y de la confianza perdida requiere tiempo, trabajo, tomar decisiones arriesgadas y mucha paciencia. El futuro está en los jóvenes (actualmente con un futuro incierto y un lastimoso presente), las mujeres, los colectivos marginados y excluidos de la sociedad, los ciudadanos de las grandes ciudades, las gentes de la cultura y de la universidad, así como en las fuerzas emergentes. Paralelamente a todo ello, es el momento de defender las ideas socialdemócratas sin complejos, con entusiasmo e ilusión. Con estas ideas se pueden ganar unas elecciones generales -movilizando a la izquierda sociológica y a los diversos colectivos sociales- sin recurrir a las políticas de centro o terceras vías siempre acomodaticias y nada ilusionantes. Sólo falta un partido fuerte y representativo que las defienda y las explique a todos los niveles de nuestro tejido social. Estamos convencidos de que estas ideas son las más apropiadas para combatir la desigualdad, la pobreza y la exclusión social y, desde luego, para oponerse a la fuerte ofensiva neoliberal que se está produciendo en la actualidad. También son las políticas más eficaces para defender los intereses de los que más han sufrido las consecuencias de la crisis, que son, precisamente, a los que se debe dirigir una política de izquierdas claramente diferenciada de las rancias recetas ya fracasadas que nos ofrece la derecha neoliberal, con el agravante de que en nuestro país estas recetas se han visto muy beneficiadas en su aplicación por la tremenda y escandalosa corrupción montada en torno a la financiación del PP.

Por eso, y después del congreso, las primeras medidas a llevar a cabo deben estar encaminadas a superar los grandes destrozos causados por las políticas de austeridad y, en particular, a derogar la reforma laboral: recuperar la negociación colectiva, los derechos perdidos y aumentar los salarios para que el crecimiento económico llegue a todos los ciudadanos. En todo caso, debemos constatar que no estamos ante una crisis coyuntural. Se trata de una crisis de valores, de una crisis medioambiental y política que nos está conduciendo a un auténtico desmantelamiento de la democracia. Por lo tanto, su solución requiere un cambio radical en los modos de producir, de consumir y de asumir los costes que implica nuestra vida personal, familiar y de relación con los demás seres humanos y con la naturaleza. Esto requiere debatir a fondo, de una vez por todas, sobre “el empleo y el futuro del trabajo” en un mundo globalizado, digital y súper comunicado; también sobre “el reparto del trabajo existente”; la protección social que queremos (pensiones, desempleo, dependencia y renta mínima garantizada); la calidad de nuestros servicios públicos (sanidad educación y servicios sociales); el imponente “desarme y fraude fiscal” que ha beneficiado a unos pocos: grandes empresas, sector financiero (rescatado con dinero público) y escandalosas fortunas. Finalmente, se debe abrir un debate, incluso, sobre la llamada (sin fortuna) “teoría del decrecimiento”, lo que puede ayudarnos a romper el hábito de vivir sólo para trabajar y consumir mucho y mal, lo que representa la principal causa de nuestra descomunal huella ecológica.

En estos grandes debates públicos las ideas socialdemócratas están muy poco representadas, a pesar de que todo el mundo se pregunta: ¿Qué hacer para recuperar la vigencia de dichas ideas? No es fácil responder a esta pregunta; sin embargo, las palabras “trabajo y compromiso” deben formar parte de la respuesta, lo que facilitaría la necesaria convergencia estratégica entre los partidos socialdemócratas, el conjunto del movimiento sindical y las fuerzas emergentes. Esto será mucho más fácil si el PSOE asume liderar este proyecto ilusionante. Dando por hecho que esto sólo será posible si se abren las puertas de las Casas del Pueblo para que entre aire fresco y se potencie la participación y la democracia interna.

Por último, los resultados de las Primarias han demostrado que existen dos sensibilidades o corrientes de opinión en el seno del PSOE que han aflorado con mucha fuerza en la campaña. Por lo tanto, consumada la práctica desaparición de Izquierda Socialista (IS), hay que reflexionar sobre la conveniencia de que se vuelvan a constituir Corrientes de opinión que representen a las sensibilidades del partido. En todo caso, esto requiere que se acepten previamente, sin ninguna reticencia, los resultados de las Primarias y las resoluciones del Congreso, lo que ayudará a consolidar la maltrecha Unidad del partido; esto será mucho más fácil si se cuenta para este propósito con las personas más capaces, inteligentes y honradas. La búsqueda de la Unidad no sólo debe pretender garantizar la lealtad a los órganos de dirección partidarios; se trata también de unir al PSOE respetando la democracia interna con todas las consecuencias y, por lo tanto, defendiendo los valores y las normas éticas de siempre, además de las resoluciones aprobadas mayoritariamente en los congresos. No debemos olvidar que están en juego muchas cosas, entre ellas que los partidos socialdemócratas de los países más avanzados de la UE recuperen la credibilidad y la confianza de los ciudadanos… y eso también afecta, y de manera destacada, al PSOE.

POPULISMOS BUENOS Y MALOS

En tiempos de incertidumbre, establecer alguna distinción nítida ofrece más ventajas psicológicas que políticas. Reconforta saberse en el lado bueno de la historia y, sobre todo, tener alguien sobre el que desplegar toda la ira (aunque la designación del destinatario no sea del todo acertada y nosotros mismos tengamos algunos reproches que hacernos a nosotros mismos). Esta función de antagonismo consolador la ejercen contraposiciones del estilo de la casta y la gente, el pueblo y el sistema, la trama y los inocentes, el establishment y la periferia, perdedores y ganadores de la crisis, aparatos y bases. Cada una de ellas aporta un matiz a la descripción del combate, todas tienen sus buenas razones, pero también un elemento de debilidad y paradoja, e incluso pueden representar algún peligro amenazante para esa democracia en la que dicen querer profundizar.

Para apaciguar ese temor hay quien ha recurrido a introducir otra entre buenos y malos populismos (lo cual plantea la paradoja de que ya no estaríamos ante una distinción tan rotunda sino un curioso menage à trois que debería obligarnos a disquisiciones más sutiles, que una campaña electoral por supuesto no permite). Además de los malos per se, habría populismos buenos y populismos malos. No han faltado analistas o miembros de la nueva izquierda populista que han reintroducido de este modo la categoría supuestamente periclitada de derecha e izquierda. ¿En qué quedamos? ¿Se había superado la distinción entre izquierda y derecha o la mantenemos a nuestra disposición para usar de ella cuando nos convenga, como hacían otros con el “uso alternativo del derecho”?

En ciertos países, como Portugal, España o Italia, hay un populismo democratizador y progresista, mientras que en otros, como Francia, Alemania u Holanda, el populismo se ha traducido en un movimiento reaccionario. Si alguien recuerda las coincidencias entre unos y otros, provocaría que los aludidos sacaran a pasear todas sus buenas intenciones, pero el problema persiste una vez terminada la jauría digital. Pensemos en el caso de las actuales elecciones presidenciales francesas. No solo se trata de que entre los votantes de cada candidato quienes más tienen a Le Pen como su segunda mejor opción son aquellos que presuntamente menos se le parecen, los de Mélenchon; tampoco me refiero a las evidentes coincidencias programáticas (salida de la UE, posicionamiento geoestratégico, políticas sociales, soberanía nacional), sino a las similitudes de lógica política: ambos comparten una descripción antagonista del espacio político; para ambos está muy claro quién es el pueblo y quién no lo es. Y esto a mí me preocuparía incluso aunque estuviera inequívocamente del lado de los buenos.

Chantal Mouffe vino en apoyo de Jean-Luc Mélenchon durante la campaña electoral al introducir esa distinción entre el populismo de radicalización democrática y el populismo autoritario en un artículo en Le Monde. He tenido diversas ocasiones la posibilidad de discutir con Mouffe esta distinción porque me parece que no es sensible a su potencial antipluralista, como han señalado, entre otros, Pierre Rosanvallon en su magnífico libro Le peuple intruovable, Gérard Grunberg o, más extensamente, Bernard Manin en sus estudios sobre la democracia representativa. Esta estrategia es un instrumento potencial de exclusión. Quienes la utilizan están continuamente tentados de confundir al adversario político con un enemigo del pueblo. Quien dispone del arma privilegiada que identifica con precisión lo “popular”, administra al mismo tiempo la legitimidad. En la medida en que declara como adversarios del pueblo a quienes no comparten una determinada posición política es muy fácil que acaben pensando que los discrepantes no pertenecen a la comunidad política.

En cambio, el pluralismo (que podríamos adjetivar como liberal, republicano o socialdemócrata) insiste en mantener la distinción categórica entre el desacuerdo político y la no pertenencia a la comunidad. Es un principio democrático fundamental que quien discrepa sigue perteneciendo a los nuestros y tiene los mismos derechos a hacer oír su voz que si formara parte de la mayoría. Hay momentos de decisión en los que se reconfiguran minorías y mayorías, mandatos que no proceden del pueblo soberano sino del modesto recuento de votos que determina quién manda y quién debe obedecer por un tiempo, no quien forma parte o no del pueblo. Lo importante es que esta minoría es excluida de las funciones de gobierno pero no de la pertenencia a la colectividad, al pueblo. Esa posición (haber perdido pero no abandonar la comunidad) se traduce en la posibilidad siempre abierta de, bajo determinadas condiciones, revisar e incluso revocar las decisiones adoptadas, lo que viene acompañado por el derecho de la minoría a dejar de serlo en algún momento y convertirse en mayoría. Para que eso sea una posibilidad real, las minorías actuales deben disponer de los medios de supervisión, control y crítica pero, sobre todo, del derecho de no ser considerados como enemigos exteriores o adversarios del pueblo.

Este es el núcleo del debate que me interesa, de lo que resulta verdaderamente preocupante, más allá de las escaramuzas electorales del momento. Los populistas de izquierdas reiteran sus convicciones pluralistas y debemos aceptar la sinceridad de sus convicciones, lo cual es perfectamente compatible con unos conceptos y unas prácticas que las contradicen. El pluralismo es muy exigente y a ninguna mayoría triunfante le gusta que le pongan dificultades. Conocedores de esa tendencia, deberíamos abstenernos de ciertos modos de argumentar y movilizar que pueden afectar a los derechos de quienes no piensan como nosotros.

Del mismo modo que ciertos elitismos expulsan sistemáticamente del “nosotros” que manda a los que cons¡deran ignorantes o el populismo de derechas tiene un concepto del nosotros nacional que excluye a casi todos los de fuera (y a buena parte de los de dentro), el populismo de izquierdas tiene a su disposición, con los términos que pone en circulación (casta, sistema, trama, élites…), de poderosos instrumentos de exclusión masiva.

Íntimamente unido al problema de excusión que lleva implícito un antagonismo así entendido, están los derivados de su simplicidad: su tendencia a ritualizar y gesticular la oposición; su preferencia por los temas de agenda política en los que las diferencias son más llamativas frente a otros con menores desacuerdos; su propensión a quedar embelesados por una cierta magia de las palabras que suele ir unida a una excesiva confianza en el poder de la escenificación; su preferencia por la rotundidad frente a los matices.

Teniendo en cuenta esta simplicidad conceptual y, sobre todo, la desconfianza que producen hacia dentro y hacia fuera, no es extraño que tengan también enormes dificultades para ponerse pactar con otros. ¿Cómo explicas a los tuyos que has acordado algo con quienes no pertenecen al pueblo y que, sin embargo, necesitas para cambiar las cosas, aunque no en la medida en que desearías? Es la paradoja de quienes desean hacerse cargo de la totalidad: que o la consiguen por procedimientos violentos (lo que no parece ser el caso) o se retiran al rincón de la minoría escogida pero improductiva, que mantiene íntegras las esencias pero no ha cambiado nada de esa realidad que tanto les indignaba.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Su último libro es La democracia en Europa (Galaxia-Gutenberg).

Debates municipales en LA CHISTERA

Caciques y gurriatos…, o gurriantes (gurriatos veraneantes).
Cuándo mancomunamos?

El objetivo de estos encuentros abiertos es hablar sobre cómo se insertan los municipios y los territorios de su influencia en la globalización. Y en particular cómo pueden hacerlo San Lorenzo de El Escorial y El Escorial como parte de un territorio dominado por una ciudad, Madrid, con vocación de ciudad global.

Partiendo de una análisis histórico de cuándo se disgregan administrativamente los dos pueblos, aproximadamente unos doscientos años, y a la luz de cómo se conforma una nueva realidad de pueblo  falsamente separado en muchas cosas, la cuestión es saber si podemos avanzar hacia una reunificación, qué ventajas supone eso, por qué sería lógico y cómo hacerlo sin herir, sino más bien cuidando, muchas sensibilidades de arraigo e identidad local.

Empezaremos describiendo la nueva sociología de ambos pueblos, no solo la instalada de unos veinte años a esta parte, sino señalando también que parte de esa nueva población es descendiente de veraneantes de toda la vida (gurriantes) y su identificación con el o los pueblos, y con el territorio y su historia.
Valorar la estabilidad de esta población. Por cierto, que tanto desde el punto de vista de la estabilidad propietaria, como si se trata de personas que viven de alquiler, la permeabilidad entre un pueblo y otro es permanente.

Ayuda a ello, además, el compartir muchos servicios: transporte, comercio (y no solo grandes superficies, sino también comercio minorista), educación, deporte, sanidad.

El mundo del trabajo es una nueva realidad, pues el transporte actual facilita que un porcentaje muy alto de los activos trabaje fuera, sin convertirnos por ello en una ciudad dormitorio, sino en algo más complejo.

Hay retos y sinergias que se pueden producir, ayudando a crear economías de escala, o, lo que sería mucho mejor, servicios más amplios.

Por último, se puede organizar  un futuro con un desarrollo urbanístico más racional, rico y cuidadoso con el entorno.

Los retos que se plantean son los siguientes. Un pacto social entre los nuevos y los antiguos vecinos que impulsaría el desarrollo económico. Otro para el desarrollo urbanístico, entre San Lorenzo y El Escorial. Un tercero entre los vecinos “de toda la vida” de ambos pueblos, para conservar sus identidades, tradiciones y valores. Y un último de los partidos políticos, que en una corporación más menguada tendrían menos puestos, sueldos y prevendas a repartir.

 

La humillación del derecho y la usurpación del dolor,

 

La condena a la tuitera Cassandra, por unos antiguos y desconocidos comentarios sobre el asesinato de Carrero Blanco, nos sitúa de nuevo ante un preocupante incremento de la persecución y castigo penal de opiniones, comentarios o ideas, expresadas a través de los medios de comunicación tradicionales o en las llamadas redes sociales. En este caso, los mensajes, hubieran permanecido prácticamente en el anonimato, si no hubiera sido, según se puede leer en la Sentencia, porque un Servicio de la Guardia Civil, perteneciente a la Jefatura de Información, con la misión de salvaguardar el contenido público de las páginas web, detectaron unos mensajes en los que se hacían comentarios irónicos, sarcásticos e incluso desafortunados o carentes de sentido del humor, en relación con el atentado que sufrió el entonces Presidente del Gobierno de Franco que murió víctima de un atentado de ETA.

El legislador penal, en el año 2000, cuando todavía no se habían producido los atentados del 11-S y del 11-M, se lanzó por una vertiente peligrosa, penalizando la humillación a las víctimas del terrorismo o a sus familiares. Cualquier estudiante de Derecho, aprende en la Facultad que los instrumento sancionadores, deben utilizarse con carácter restrictivo, cuando se decide castigar aquellas conductas que resultan merecedoras de un reproche penal por haber lesionado bienes jurídicos, comúnmente asumidos por el cuerpo social, como sustanciales para la convivencia. Recientemente en el año 2015 ha incrementado las penas, agravándolas cuando la humillación se produce por Internet o servicios de comunicación electrónica.

Nunca se ha discutido la justificación de las sanciones penales para defender bienes jurídicos individuales, como la vida, la libertad, la propiedad e incluso bienes e intereses colectivos, imprescindibles para el funcionamiento armónico de una sociedad, como son las Instituciones del Estado, la Administración de Justicia, o delitos económicos tributarios y medioambientales. La técnica legislativa debe ser rigurosa y proporcionar una cierta seguridad, claridad y certeza, sobre lo que se quiere castigar y sobre la necesidad de su castigo.

El derecho penal de una sociedad democrática debe evitar las conminaciones penales frente a posiciones ideológicas, sentimentales o las meras inmoralidades que, en ningún caso, pueden ser objeto de sanción penal, sin el peligro de caer en la arbitrariedad y la inseguridad, lesionando libertades individuales imprescindibles para el desarrollo del la persona, en el marco de una sociedad democrática.

Nuestro texto constitucional establece que la certeza y legalidad, la jerarquía, la publicidad y la interdicción de la arbitrariedad, son la base de la seguridad jurídica que permiten promover el orden jurídico, la justicia y la igualdad en libertad.

En una de las muchas modificaciones de nuestro código Penal de 1995, conocido como código Penal de la democracia, se introducen nuevos tipos penales, entre ellos el que se ha aplicado a Cassandra, dentro del epígrafe dedicado a los delitos de terrorismo, en los que se castiga, la justificación, por cualquier medio de expresión pública o difusión, de los delitos de terrorismo o de quienes hayan participado en su ejecución o la realización de actos entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas de los delitos terroristas y de sus familiares.

El legislador parece que se encuentra incómodo ante este nuevo delito y tiene que curarse en salud, advirtiendo que no se trata, con toda evidencia, de prohibir el elogio o la defensa de ideas o doctrinas, por más que éstas se alejen o incluso pongan en cuestión el marco constitucional, y, menos aún de prohibir la expresión de opiniones subjetivas sobre acontecimientos históricos o de actualidad. Por el contrario se trata de algo tan sencillo como perseguir la exaltación de los métodos terroristas, radicalmente ilegítimos desde cualquier perspectiva constitucional o de los autores de estos delitos, así como las conductas especialmente perversas de quienes calumnian o humillan a las víctimas al tiempo que incrementa el horror de sus familiares. Actos todos ellos que producen perplejidad e indignación en la sociedad y que merecen un claro reproche penal.

La Sentencia de la Audiencia Nacional es consciente del conflicto que puede suscitar la punición de estos delitos con la libertad de expresión y apoyándose en sentencias genéricas del Tribunal Supremo, sostiene que la libertad ideológica o de expresión no pueden ofrecer cobijo a la exteriorización de expresiones que encierran un injustificable desprecio hacia las víctimas del terrorismo hasta conllevar su humillación

Sin embargo, admite dialécticamente que la humillación o menosprecio de las víctimas podría quedar amparada por la figura de las injurias,, pero se adhiere a la tesis del legislador que, sin sólidos argumentos, da un salto en el vacío, e incluye determinadas opiniones como constitutivas de un delito de terrorismo.

Las anomalías interpretativas y la confusión de bienes jurídicos en litigio es evidente si se leen los argumentos de la sentencia. Da por sentado, por pura declaración de voluntad que la persona que enviaba estos comentarios conocía perfectamente que eran delictivos, lo cual no deja de sorprender, porque la intencionalidad o el ánimo delictivo, cuando se trata de delitos de expresión, debe ser tratada e interpretada muy restrictivamente y que, cuando entra en colisión con derechos tan fundamentales y esenciales para una democracia como es la libertad de palabra y de expresión, deben ponderarse los bienes en conflicto y decantarse preferentemente hacia la protección de los valores constitucionales.

Este permanente conflicto entre la libertad de expresión y los delitos de opinión no es exclusivo de nuestro sistema jurídico y ha sido tratado en la mayoría de los sistemas jurídicos de los países democráticos. Como seguidor de la jurisprudencia del Tribunal Supremo norteamericano, he seguido muy atentamente las sentencias del juez Oliver W Holmes. En una ocasión dijo que con respecto al derecho a la libre expresión es preciso decantarse radicalmente en favor de la libertad, pues a su juicio en democracia el mejor criterio para comprobar la veracidad o falsedad de las ideas y opiniones es su competencia con otras ideas u opiniones en lo que el juez Holmes llamó “el mercado de las ideas”. Sostenía también que estaba firmemente convencido de que el acuerdo o desacuerdo, en relación con el derecho de la mayoría de los ciudadanos a ver sus opiniones liberales amparadas por las leyes, no debía verse afectada por leyes inoportunas o tiránicas.

El delito que han atribuido a la persona que redactó los twitters, utiliza como base de la justificación de su castigo dos conceptos abstractos, moldeables y sometidos al debate y a la discusión, como son el enaltecimiento y la humillación. El enaltecimiento, según el diccionario de María Moliner, consiste en glorificar, alabar o ensalzar o bien hablar de algo o atribuyendo a alguien un mérito o valor. Como sinónimos de enaltecer se encuentra expresiones como honrar, ensalzar, bendecir, elogiar, engrandecer, glorificar o bien preconizar conductas semejantes, todo lo cual está muy lejos de poder derivarse o extraerse del contenido de los tweets.

La tendencia a cercenar la expresión de las ideas es una deriva y una constante en todos los regímenes autoritarios y antidemocráticos que sitúan su ideología y sus valores por encima del ejercicio de las libertades. Podemos poner ejemplos de regímenes autoritarios; el régimen nazi castigaba, fiel a su ideología racista, las conductas dirigidas a perturbar o lesionar “el mantenimiento de la pureza de la sangre alemana”, de modo semejante el régimen perfectamente homologable de nuestra dictadura proclamó la inmutabilidad y la verdad absoluta de los Principios Fundamentales del Movimiento, lo que le llevó a castigar no solamente las conductas encaminadas a negar esta afirmación cuasi teológica, sino también y así se recogió en el Código Penal, las ofensas proferidas contra el Movimiento Nacional o contra quien ostente su máxima Jefatura, y los insultos o especies lanzados contra sus héroes, sus caídos, sus banderas o emblemas.

Introducir en el ámbito del derecho penal el castigo de expresiones o sentimientos de odio o de alabanza, de ira o de venganza, de burla o humillación, nos desliza hacia la posibilidad de utilizar torticeramente el derecho penal para hacer frente a ideas que, por muy aberrantes que se consideren, nunca podrían ser catalogadas como delictivas. En todo caso el ánimo o la intención tienen que estar, expresa y nítidamente contenida en el mensaje y no cabe inducirlo o construirlo con interpretaciones meramente subjetivas, ideológicas, inseguras y proclives a caer en la arbitrariedad.

Un aviso a navegantes, puede llegar el momento en que alguno de los exaltados defensores de sentencias como la que estamos comentando, se conviertan en reos de conductas semejantes. Nos adentramos en un terreno pantanoso en el que alguna vez, a lo mejor, se vean atrapados aquellos que con tanta facilidad e irresponsabilidad como oportunismo político, se dedican a legislar con la idea de que determinadas expresiones se conviertan en figuras delictivas.

Algunos políticos ya se han manifestado de forma nítida con expresiones, inequívocamente humillantes para las familias de las víctimas de la guerra civil. Pero que no se preocupen, por qué ningún defensor de la libertad de expresión, con convicciones democráticas, va a poner en marcha los mecanismos sancionadores, es más, humildemente, por si se ve inmerso en una situación semejante, le ofrezco desinteresadamente mi ayuda y defensa jurídica, si es que la considera conveniente.

En mi opinión sólo se despertará del letargo cuando algunos de los panegiristas exaltados se vean atrapados en su sutil tela de araña y se den cuenta que se han dado un disparo en el pie. Afortunadamente, otras sentencias de la Audiencia Nacional, se pronuncian en un sentido radicalmente contrario, lo que nos abre un espacio de debate y nos debe poner en guardia. Los tribunales encargados de velar por la defensa de los valores constitucionales, tienen el deber de colocar la balanza en su punto justo de equilibrio.

Seguir por este camino solo nos llevaría a la humillación, en el sentido sinónimo de degradación, del derecho y a una oportunista e intolerable apropiación del dolor de unas víctimas, generalizándola a todo el conjunto de personas que han sufrido las consecuencias de los actos terroristas. De manera discriminatoria, se banaliza el dolor que puede sufrir, con igual intensidad, la madre que ha visto cómo toda la familia de su hijo ha muerto víctima de un conductor ebrio que invade la calzada contraria o a las víctimas de la violencia de género o doméstica, que quedan fuera de las preocupaciones del legislador penal. Esta discriminación constituye una clara muestra del oportunismo y del aprovechamiento del impacto evidente sobre la sociedad de los actos terroristas para extender, de manera absolutamente intolerable para Derecho Penal, los efectos sancionadores de conductas de opinión o de expresión.

En todo caso, si siguen empecinados en mantener estas figuras delictivas, reprochándonos a los críticos, una cierta condescendencia con el terrorismo, les pido, por pura coherencia, que incluyan también, como delito, el abandono económico y personal de las víctimas del terrorismo, cuya responsabilidad recae exclusivamente, sobre los dirigentes políticos.

José Antonio Martín Pallín en Caffe Reggio

 

Populismo. Esa nueva ola

TARDES PARA EL DIÁLOGO.

5º sesión, 19 de abril, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

En una nota resumen a propósito de la primera sesión de estas “Tardes para el diálogo” escribía yo “El concepto populismo quema y casi cada cual lo soltaba nada más agarrarlo; pero sí que pasó de mano en mano en plan patata caliente. Otro día habrá que abordarlo con más arrojo y decisión.” Disculpad. Sé que es bastante impúdico autocitarse (atribuyes a tus palabras una importancia de la que suelen carecer) pero es que –creo– ha llegado el momento sugerido entonces.

No porque en esos días republicanos y semanasanteros se cumpla el tercer aniversario de la muerte de Ernersto Laclau; no porque Marine Le Pen lo esté petando en Francia (ver reseña del debate televisivo del día 21 de marzo: 10 MM de espectadores, ella en cabeza de las encuestas); no porque Mr Trump continúe con sus insufribles bufonadas apestando el Despacho Oval; no. Secillamente, porque si ya hemos concluido, tras las cuatro sesiones anteriores, que la izquierda tradicional está en crisis; que el proletariado no es más el sujeto histórico del cambio; que a pesar del crecimiento de la riqueza las desigualdades se agrandan; y que los partidos políticos, imprescindibles como maquinaria para alcanzar el poder y ejercerlo en el sistema parlamentario, se han vuelto incontrolables y alejados de bases y simpatizantes; después de todo ello, ya es el momento de abordar esa nueva ola que parece capaz de arrasar con la racionalidad y el formalismo político nacido tras la caída de L’Ancien Régime: el populismo.

La lectura de Marx a la luz del psicoanálisis y del estructuralismo, lingüístico o antropológico, ha alumbrado afirmaciones de esta clase: “Esa serie de demandas insatisfechas se cristaliza alrededor de un símbolo antisistema, de un discurso que trata de dirigirse a estos excluidos por fuera de los canales de institucionalización. Cuando eso ocurre, hay populismo. Ese populismo puede ser de izquierda o de derecha, no tiene un contenido ideológico determinado. El populismo es más bien una forma de la política que un contenido ideológico de la política”.

Citas así contribuirán, sin duda, a que el debate del próximo miércoles (que en este caso no será el segundo de abril, sino el tercero) acabe siendo tan dinámico como los anteriores.

Ya sabéis: el populismo, esa nueva ola que todo lo arrasa. Os espero.

Alfonso Peláez.

 

El odio a la poesía

En Paterson, de Jim Jarmusch, el joven conductor de autobuses del mismo nombre –admirador del magno poema de William Carlos Williams del mismo nombre y residente en la ciudad del mismo nombre– escribe poemas a hurtadillas; por ejemplo, poco antes de empezar su jornada laboral, sentado al volante. Resulta enternecedora esa secuencia en la que, en los minutos previos al primer trayecto, el encargado llama a la puerta del coche del protagonista para indicarle que ya puede arrancar, y entonces intercambian unas palabras: mientras el hombre parece regodearse en el relato de sus pequeñas desgracias familiares, Paterson no dice nada. Solo asiente.

Recuerdo, en mi primera juventud –y casi me largo del cine a media proyección, por la indignación que me produjo–, la famosa El club de los poetas muertos. Me ­pareció que esa, a mi juicio, funesta historia –tramposa, cuando menos– bastar­deaba todo misterio lírico con el pringoso lodo de las palabras mayúsculas: Libertad, Amor, Revolución… El secretísimo poeta Paterson se me antoja la antítesis perfecta del histriónico profesor encarnado por el malogrado Robin Williams, acicate de conciencias juveniles e incipientes ta­lentos… Paterson, además, no tiene ninguna intención de publicar sus versos, pese a la machacona insistencia de su mujer. Es más, cuando el execrable bulldog con el que convive la pareja hace trizas el ­cuaderno en el que está escrita toda la poesía del protagonista, estoy convencido de que este, en su fuero interno, siente ­rabia por haber perdido su obra (convertida en sabrosa merienda para el vengativo chucho, al que, en realidad, Paterson ­detesta), pero, a la vez, una gran liberación por no tener que darla jamás a la luz pú­blica. En esos poemas masticados e inservibles está, en forma de aborto más que en ciernes, el poeta ideal que nunca se sabrá que lo fue.

Alpha Decay acaba de publicar El odio a la poesía, de Ben Lerner. La tesis es que sentimos odio hacia la escritura lírica por la imposibilidad que nos embarga al pergeñar un poema, o incluso al leer uno de autor reconocido. Es la insalvable distancia entre la Poesía –el canto– y sus realizaciones imperfectas: “El poema es siempre el registro de un fracaso”. Por eso, según Lerner, odiamos la poesía, pero insistimos en ella. Paterson, con sus versos convertidos en papel masticado, odia la poesía y la ama más que nunca.

Jordi Llavina, el autor del prólogo de los poemas de Vinyoli que leímos el pasado martes de febrero.

¿Renacerá la socialdemocracia?

La socialdemocracia ha sido el proyecto político más significativo del último medio siglo en Europa. Ha contribuido decisivamente a la mejora del nivel de vida de los trabajadores, a la paz social y al consenso político. Y ha sido central en la difícil construcción de la Unión Eu­ropea. Y en España, los gobiernos del PSOE-PSC entre 1983 y el 2011 fueron los que afianzaron definitivamente la democracia y modernizaron el país. Sin embargo, en las últimas dos décadas se ha producido una erosión del proyecto socialdemócrata, que no necesariamente coincide con gobiernos socialistas, puesto que en algunos casos (Blair, el Pasok, Hollande, entre otros) los so­cialistas hicieron suyas políticas neoliberales que les apartaron de sus bases tradicionales.

Hoy día, sólo Suecia y Portugal resisten mediante alianzas con la izquierda. ¿Es irreversible este declive generalizado de lo que fue un gran proyecto político? Sí y no. Por un lado, hay factores estructurales que estuvieron en la raíz de la socialdemocracia y que han cambiado fundamentalmente. La sociedad industrial que engendró la clase obrera como actor social de referencia ha ido desapareciendo paulatinamente. Los trabajadores industriales representan menos del 25% de los activos en Europa, mientras que los sindicatos son hoy actores políticos más que organizaciones de clase. Aunque los sindicatos han sabido adaptarse mejor a la nueva estructura social que la socialdemocracia. Se han transformado en cooperativas de servicios en Escandinavia y Alemania, y se han refugiado en el sector público y en industrias exportadoras estratégicas como la automoción. Aun con baja tasa de sindicación, son ellos los que se erigen en agentes de negociación de los intereses populares más allá de la clase obrera. Y es que la segunda gran razón del declive socialista tiene que ver con un factor político-ideológico: el triunfo del proyecto neoliberal que puso en cuestión el Estado de bienestar en todos los países. Y fue precisamente el Estado de bienestar (y su corolario, la redistribución de renta por vía impositiva) el núcleo central de la hegemonía socialdemócrata en amplios sectores sociales. La salud, la educación, el derecho a la jubilación, el seguro de desempleo, el derecho a la vida por el hecho de ser humanos, eran valores indiscutibles hace tres décadas y que han sido recortados o negados en la práctica, en nombre del mercado y la competencia en el marco de la globalización.

La hegemonía del neoliberalismo vino asociada con la globalización y la supremacía del capital financiero. Los partidos socialdemócratas se adaptaron a la nueva época para conservar cuotas de poder, ya fuese practicando políticas dirigidas al mercado más que a la sociedad y respetuosas de un orden mundial liderado por Estados Unidos (Blair fue el pionero) o mediante coaliciones políticas en posición subordinada a los partidos de centroderecha. La “gran coalición” instaurada en Alemania se convirtió en el modelo que seguir, a pesar de que sus efectos fueron nefastos para el propio SPD alemán, convertido en apéndice del CDU-CSU, como para los países del Sur.

Cuanto más se apartaron los socialistas del Estado de bienestar y más se plegaron a la dominación del capital financiero, más fueron perdiendo su base histórica de legitimidad. La crisis del 2008-2010, con su correlato de la crisis del euro, les dio la puntilla. Porque cuando llegó el momento de decidir, escogieron la defensa de las instituciones financieras en lugar de la preservación del Estado de bienestar y aceptaron la disciplina de la austeridad impuesta por Alemania en función de sus propios intereses nacionales disfrazados de europeísmo.

El Pasok, partido dominante en Grecia durante mucho tiempo, prácticamente desapareció tras su alianza con los conservadores. El progresismo italiano del PD fue dando tumbos hasta ser deslegitimado en el referéndum que perdió Renzi. Los socialistas franceses, tras recuperar brevemente el poder por la corrupción de la derecha, se hundieron bajo una presidencia de Hollande con políticas claramente antisociales. Los portugueses sobrevivieron aliándose con la izquierda. Y en el norte de Europa, sólo Suecia resiste, a duras penas, mientras que el resto de Escandinavia y Holanda han cedido la hegemonía política a la extrema derecha xenófoba.

En España, la desastrosa gestión de Rodríguez Zapatero de la crisis, primero negándola y luego entregándose a Alemania hasta incluso llegando a reformar la sacrosanta Constitución para limitar el gasto público de connivencia con el PP, precipitó la debacle del 2011, perdiendo nuevos votos a cada elección, mientras surgía una potente alternativa política de izquierda engendrada desde los movimientos sociales. Pero en política no hay determinismo, sino efectos de las políticas que se practican. La suerte de los partidos socialistas depende de que reviertan o no la separación entre gobernar y su proyecto histórico. Sólo si proponen y hacen políticas socialdemócratas pueden recuperar su apoyo en sectores sociales que ya no confían en sus declaraciones. Pero al mismo tiempo necesitan ser partido de gobierno, porque a su edad el PSOE ya no está para liderar la rebelión de las masas.

La cuestión es que han supeditado el contenido de sus políticas a la posibilidad de ser gobierno, aunque sea de segundones. La fórmula para su renacimiento es simple: programa auténticamente socialdemócrata y alianza con la izquierda para cumplirlo desde el gobierno. Porque cualquier otra alianza es contradictoria con el proyecto socialdemócrata. Eso es lo que se está debatiendo en el PSOE, más allá de las ambiciones personales. La plataforma Somos Socialistas propuesta por Pedro Sánchez se plantea en estos términos. Pero los poderes fácticos, empezando por la banca y las potencias europeas, intentarán bloquear esa estrategia, como ya lo hicieron en noviembre mediante una conspiración interna de la cúpula del PSOE. Si lo consiguen, el declive socialdemócrata en España será irreversible, como ya lo es en la mayoría de Europa.

MANUEL CASTELL

¿Cuál debería ser el perfil ideal de un partido político en la democracia representativa de hoy?

4º sesión, 8 de marzo, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

Max Weber nos dejó dicho que todo movimiento político organizado moderno, es decir, todo partido político, responde a un modelo burocrático ideal neutro que, en principio y como toda organización racional, cumpliría los siguientes requisitos:

  1. Los asuntos oficiales se trabajan con continuidad.
  2. Los procesos siguen reglas preestablecidas y los funcionarios del aparato tienen zonas perfectamente delimitadas de competencias individuales.
  3. La gestión se desarrolla según principios jerárquicos estrictos.
  4. Los funcionarios no son dueños de los medios empleados.
  5. Sus cargos no son de su propiedad privada.
  6. Los temas se gestionan por escrito, con documentos.

Esto dijo don Max. Evidentemente de un modo más riguroso y extenso, como solía gastárselas él.

Si atendemos a lo visto el pasado fin de semana -11 y 12 de febrero- en los respectivos congresos del primer y tercer partido por representación parlamentaria, podemos llegar a la conclusión de que ese modelo ideal, más allá, o más acá, de ideologías, de logotipos, de redes sociales, votaciones on line, corrientes enfrentadas o candidaturas únicas, una vez terminado el cónclave, todos funcionan conforme a ese esquema burocrático. Ese parece ser el destino ineludible, porque hasta la fecha no habría otra alternativa en cuanto a eficaz adecuación de los medios/recursos disponibles al fin de la consecución y ejercicio del poder en una democracia representativa parlamentaria. Aun tratándose de organizaciones tan dispares como el efervescente Podemos o el balsámico (TARDES PARA EL DIÁLOGO.

aparentemente) PP.

Por todo ello, os invito a que en el próximo encuentro debatamos sobre si:

 

  1. El modelo ideal de organización racional tal como la describió Weber hace un siglo sigue siendo el único válido para conquistar y ejercer el poder político en la democracia parlamentaria actual.

 

  1. Los objetivos particulares del funcionariado, es decir, del aparato del partido, pueden divergir de tal modo y con tanta fuerza que ahoguen aquellos otros más legítimos de la militancia y del electorado de la formación.

 

  1. Las bases cuentan con mecanismos de control suficientes para evitar la burocratización perversa del aparato, o por el contrario este tiende siempre a convertirse en un poder irresistible y fuera de control,

 

  1. Pudiera ser que el modelo de partido mastodóntico y fuertemente burocratizado tenga los días contados gracias al surgimiento de movimientos organizativos más flexibles, de articulación coyuntural, más dinámicos y eficaces para captar y ejercer el nuevo tipo de poder, casi líquido.

 

El miércoles, 8 de marzo, cuento con la concurrencia habitual, más los apreciadísimos esporádicos, para seguir discutiendo sobre ello, en el estilo moderado, pero incisivo, con el que se han desarrollado las tres sesiones anteriores.

Alfonso Peláez

Colectivo Rousseau