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Sección : Artículos

MORAL DEL PEDO

La formulación de la moral del pedo la debemos a Rafael Sánchez Ferlosio, químico de la realidad doctorado por la Universidad de Coria. En su día Sánchez Ferlosio explicó que, en un espacio cerrado, el nacionalismo opera siguiendo una dialéctica similar a la de la socialización

 de los gases intestinales. Provoca un efecto inverso en función de si eres sujeto activo de la acción o si por el contrario eres receptor. Mientras que la fragancia que desprenden los evacuados por uno mismo más bien nos pasa desapercibida, en cambio las ventosidades que han sido expulsadas por los demás nos incomodan como una nube tóxica.

Lo experimenté al revisar la presentación de la Plataforma Ciudadana de Albert Rivera. Poco a poco notaba que en mi despacho el tufo se iba haciendo insoportable y al fin, hacia el minuto 47, después que el presentador de la gala anunciase que “ahora viene la sorpresa”, temí perder la conciencia durante la intervención de Marta Sánchez. En el escenario había tres pantallas. En las laterales ondeaba una bandera española. En la pantalla superior, que presidía el escenario, se pasó el fragmento de su actuación del mes de febrero cuando estrenó la letra para su versión del himno nacional. “Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón / y no pido perdón”. En su día incluso la felicitó el presidente Rajoy.

El pasado domingo, al terminar el clip, Sánchez salió al escenario, se puso incluso en pie el ilustrado Francesc de Carreras, y ella pronunció un discurso breve y sentido. “Nunca antes, en mis 37 años de carrera, tanta gente me había dado las gracias”, confesó. La gente aplaudió, ella se emocionó y la gente que ondeaba banderas se levantó para aplaudirla todavía más. ¿La aplaudían por su trayectoria? Diría más bien que ese reconocimiento no era por su prestigiosa carrera sino por haberse atrevido a lanzar ese monumental pedorro kitsch que, inmediatamente después, ella entonó a cappella. “Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, / honrarte hasta el fin”. A nadie de los presentes les molestó, pero casi todos estarían dispuestos a aceptar que el nacionalismo es la peste. Eso sí, nunca la suya.

ARTÍCULO DE JORDI AMAT EN LA VANGUARDIA

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EL REGRESO DE LA FILOSOFÍA-SONAJERO

Ignoro dónde encontró Félix Ovejero la fuente de inspiración para emparejar en uno solo los términos “concepto” y “sonajero” y hablar de “conceptos sonajero”, tal y como gusta de hacer. Por mi parte, el estímulo para asociar el segundo término al de filosofía, según aparece en el título del presente artículo, lo encontré en unas lejanas declaraciones de Juan Marsé en las que el emparejamiento lo llevaba él a cabo para calificar la prosa de Francisco Umbral.

Las razones de su rechazo a este tipo de prosa tienen que ver con los gustos literarios del autor catalán, ciertamente, pero la conclusión que acababa presentando resulta también de aplicación al pensamiento. Por lo que respecta a sus gustos, lo cierto es que nunca los ocultó: “Me gusta en las novelas que leo no darme cuenta de que estoy leyendo”. Su opción literaria estaba clara: “A mí me interesa la imaginación creadora al servicio de la ficción literaria, no los fuegos artificiales de la lengua”. Era pues una cuestión de gustos, aunque también de principios, porque su rechazo a que un lenguaje con pretensiones de brillantez se impusiera por encima de cualquier otra cosa se basaba en su convencimiento de que ello equivalía a hacer trampas con las palabras.

Como decíamos, sin esfuerzo se podrían aplicar tales consideraciones a algunas producciones filosóficas recientes, en las que volvemos a encontrar un gusto por el mero tintineo verbal y por los juegos de artificio (en forma de adjetivos inesperados, aliteración de palabras u otros efectismos parecidos), que ocultan la completa ausencia de ideas en sentido mínimamente propio y fuerte. De quienes presentan tales producciones se podría predicar la misma afirmación que aquel veterano dirigente conservador le dedicaba durante la Transición a un joven político entonces emergente: “X comunica bien: lo que pasa es que no comunica nada”.

La referencia al pasado no es casual, y enlaza con una palabra que también viene incluida en el título de la presente pieza: regreso. Porque no son pocas en materia de ideas las cosas que parecen estar regresando. Regresan las reflexiones sobre la sociedad del espectáculo, el debate sobre el humanismo, la polémica sobre si hacer política o no desde dentro de las instituciones… incluso regresa el mismísimo materialismo histórico. Aunque, eso sí, casi siempre lo que regresa lo hace con el leve añadido actualizador de algún prefijo (vgr., transhumanismo) o de algún oportuno adjetivo (por ejemplo, nueva institucionalidad) para señalar que no se trata exactamente de un revivalmimético de lo que ya hubo.

En realidad, no podría ser un mero revival porque, desde luego, las circunstancias son en muchos aspectos sensiblemente diferentes. En el caso de la filosofía, se diría que lo que regresa es el viejo debate entre filosofía académica y filosofía mundana, tan setentero él. Aunque asimismo es un hecho fácil de constar que ambas instancias parecen haberse visto últimamente muy fortalecidas. Hasta el punto de que podríamos sospechar que han sido las nuevas circunstancias las que más han contribuido a potenciar las viejas lógicas. Tal vez sea porque, en el fondo, si algo regresa es en parte porque nunca se fue del todo, pero también en buena medida porque es convocado desde el presente para que lo haga. Pero no nos perdamos en digresiones y vayamos a lo nuestro.

Por lo que respecta a la filosofía académica y a los requisitos que antaño ella parecía imponer sobre los discursos de sus miembros (sistematicidad, conocimiento riguroso de las fuentes, competencia historiográfica, etcétera), ya no se puede considerar que deriven de las exigencias, manías o costumbres de un sector de viejos catedráticos empeñados en la persistencia de los hábitos y modos de hacer más tradicionales, sino que se han materializado en el propio sistema universitario, dando lugar a procedimientos administrativamente reglados (vgr., controles para las evaluaciones periódicas del profesorado funcionario o para el acceso del interino a la función pública) y a instituciones dedicadas a su control (por ejemplo, agencias de evaluación como la ANECA).

En cuanto a la filosofía mundana, los nuevos escenarios de comunicación que han significado las redes sociales han reforzado notablemente su presencia en el espacio público. Ya no cabe hablar, como sí podían hacerlo antaño algunos filósofos atacados por frívolos, de que esta filosofía esté padeciendo forma alguna de marginación o de exclusión. Al contrario, las redes constituyen un enorme amplificador no solo de las tesis, por endebles que sean, de los profesionales del sonajero sino también de sus variadas andanzas de todo tipo, lo que sin duda les permite una proyección pública incomparable con la de los académicos.

Pero la rotundidad en las afirmaciones no debería impedirnos introducir algún matiz importante. Por lo que respecta a la filosofía mundana, objetivar los méritos de sus diferentes productos no es, desde luego, tarea fácil. En muchas ocasiones puede ocurrir que la búsqueda de criterios máximamente fiables y compartibles derive en una mecánica traslación de aquello que parece ofrecer la garantía de funcionar en otros ámbitos, como el científico, al de las humanidades, que sin duda poseen su propia especificidad. Pero la crítica a los errores en las maneras de objetivar la valoración no debería desembocar en la renuncia a llevarla a cabo, sino que, si acaso, debería empujarnos hacia una adecuada adaptación de los criterios a la concreta producción intelectual que en cada caso se trate de valorar.

De la misma forma, y para terminar con el capítulo de los matices, tampoco debería confundirse la resonancia pública, o la notoriedad mediática, que puedan alcanzar en un momento dado las filosofías más sonajeriles (si se me permite el neologismo) con la divulgación, que es algo rigurosamente necesario pero que muy pocos están en condiciones de realizar. Y es que por definición no puede divulgar bien quien no posee la imprescindible solvencia. Sin ella, lo que se pretenda presentar como una divulgativa “filosofía al alcance de todos” solo será mera pirotécnica y charlatanería insustancial revestida de ropajes filosóficos y de citas de tercera mano, una falsa divulgación que se limitará a hacerse eco, sin reconocerlo, de lo divulgado de forma adecuada previamente por otros.

Espero que se me entienda. No discuto que los haya que puedan quedar deslumbrados por una paradoja chocante, un rótulo llamativo o cualquier otro efectismo análogo. Pero deslumbrar no es iluminar. Y no deberíamos olvidar una de las enseñanzas más valiosas heredadas de nuestra propia tradición, la de que lo único que de verdad arroja luz sobre el mundo es una idea potente. A ser posible, dentro de una argumentación articulada. Así de simple.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados.

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SOBRE DERECHO PENAL

“Las salvaguardias de la libertad
se han forjado frecuentemente en
controversias que afectaban
a gente no muy agradable”
Juez Felix Frankfurter disintiendo
en el caso U. S. vs Rabinowitch ( 1950)

El valor Justicia, expresado en el artículo 1.1 de la Constitución, inspira los cimientos sobre los que se construye el Estado de Derecho. En esa arquitectura de normas que es el Estado de Derecho el Código Penal ocupa un lugar destacado. Se trata de un instrumento extraordinariamente poderoso para intervenir en las patologías más importantes y peligrosas que puedan suscitarse en el seno de la sociedad. Cómo se estructure la respuesta a esas, cómo se aquilate la proporcionalidad entre conductas punibles, naturaleza y lesión de bienes jurídicos y las sanciones anejas a todo ello, revelará si el legislador se inclina por una respuesta autoritaria o liberal a la hora de configurar el contenido del Código Penal.

Un Código Penal moderno debe olvidar las concepciones clásicas de carácter retributivo e inquisitorial en defensa de una moral social. El pluralismo democrático exige el debate entre ciudadanos, la tolerancia de las discrepancias y la aceptación de comportamientos minoritarios que solo puedan ser perseguidos si socavan gravemente los cimientos del pacto social. De ahí que los Códigos penales más modernos se orienten en relación a dos principios esenciales, el de ultima ratio y el de intervención mínima.

El principio de ultima ratio supone que el Código Penal es el instrumento de corrección de conflictos sociales al que hay que acudir en último extremo. El Código Penal no es sino una pieza más en el universo del ordenamiento jurídico. Cualquier conflicto social, por importante que sea, puede y debe tener acomodo en normas de tipo civil, mercantil, administrativo o laboral. Solo en supuestos de insuficiencia regulatoria, o cuando el conflicto socavara los principios y bienes jurídicos esenciales a esa convivencia, debería recurrirse a la norma penal. De no hacerse así, amén de que se produce el desapoderamiento de esas otras normas, que quedan vacías de sentido, esa decisión lleva a la colonización de esa norma penal por normas de naturaleza civil, administrativa, mercantil o laboral.

Por su parte, el principio de intervención mínima nos indica la necesidad de que se regulen exclusivamente aquellas conductas que revelen un grave atentado a bienes jurídicos cuya naturaleza sea esencial a la convivencia y cuya lesión la ponga en serio peligro de quiebra. De ello se desprende que no todos los bienes jurídicos debieran merecer, si son atacados, su instauración en tipos penales, salvo el caso de ataque directo, por cuanto el ordenamiento jurídico debe ofrecer una tutela normativa que permita la consideración penal como residual.

El Código Penal de 1995 supuso un cambio muy notable respecto al modelo anterior de 1963, con origen en el de 1944. Aunque advertía en su Exposición de Motivos de su adhesión a esos principios, solo lo cumplimentaba a medias. En todo caso, desde su promulgación, ha sido modificado en casi treinta ocasiones, algo sin parangón en nuestro entorno europeo. Esa voracidad de los Gobiernos para modificar la norma penal ya revela la leve consideración que les merece una norma tan esencial.

Las causas de ese desenfreno legislativo no hay que buscarlas en supuestos cambios sociales de calado o convulsiones que nos hayan asolado sino en el empeño en desconocer el principio de intervención mínima. El Código Penal se ha modificado bien a golpe de crónica de sucesos con impacto mediático emocional y perspectivas electoralistas, por la presión de diversos lobbyssociales, por trasponer normativas europeas con desmaño y precipitación, o como reacción a decisiones jurisprudenciales e impulsos de indicación puramente académica. El recurso a la exacerbación de penas como elemento de cruzada ante graves males sociales (valga la cita para los casos de violencia de género o los horribles supuestos que puedan suponer la aplicación de la prisión permanente revisable) pueden tranquilizar conciencias o incluso calmar la agitación ciudadana pero no sirven ni para impedir la comisión de tales crímenes ni como mecanismos de disuasión, como lo revelan las frías estadísticas. Si hay que legislar penalmente ante hechos socialmente muy graves debe hacerse pero entendiendo la respuesta penal no como algo coyuntural, puramente represivo, sino incardinando en una respuesta global extensible a todo el ordenamiento jurídico y tras un examen cuidadoso del origen de esa brecha grave de la convivencia.

La consecuencia de todo ello es que tenemos un Código Penal proteico, híper intervencionista, de naturaleza reactiva y por tanto autoritaria para combatir males sociales evidentes (terrorismo, narcotráfico, delitos sexuales, violencia de género, corrupción política y económica, medio ambiente). Se utiliza como arma de reacción primaria y única sin engarce en la detección y prevención de los problemas y su posible resolución en otras instancias normativas. Esa tendencia se me antoja tan imparable como expansiva. En cuanto se irrita el tejido social, el cirujano penal entra sin contemplaciones en la represión de las conductas entre el temor y el convencimiento de que de esa manera combate el mal social y además recibirá el aplauso de la sociedad. El legislador penal renuncia así a analizar las raíces y causas del conflicto, ponderar los elementos en juego, prever las consecuencias a medio y largo plazo, y trazar un plan que ayude a prevenir y resolver tal conflicto.

Pero además lo hace técnicamente mal, con textos de interpretación inextricable, de extensión desmesurada, reglamentarista hasta el extremo (como sucede con la previsión de la suspensión de condena o la libertad condicional). Esa grave quiebra de la legalidad penal se hace aún más ostensible en la proliferación de tipos penales en blanco que obligan a indagar fuera del proceso penal las normas con las que rellenar el tipo penal, un proceso que se revela en muchos casos intrincado pues las normas tributarias, de siniestralidad laboral o administrativas suelen ser laberínticas.

Otra consecuencia es que el Código Penal acaba acogiendo tipos delictivos fabricados con normas laborales, administrativas o mercantiles extrapenales. Buena parte de la politización de los procesos o la judicialización de la política se apoya en situaciones como las reseñadas, siendo uno de esos tipos, de indudable tradición penal, el de prevaricación administrativa, en el que cada vez es más complicado distinguir hasta dónde estamos considerando un ilícito penal o meramente administrativo. Ese itinerario legislativo ha convertido el texto del Código Penal en un kafkiano sudoku para conocer la norma aplicable más favorable, a la vez que ha generado un caos sistemático en lo relativo a la proporcionalidad de las penas asignadas a unas conductas u otras.

Ha llegado la hora de acometer una labor de saneamiento integral del Código Penal para que éste obedezca a principios de última ratio e intervención mínima. Habida cuenta de su importancia, se le debe sustraer de la mera lucha partidaria, procurando que cada modificación se haga con la debida reflexión y mesura, con el objetivo alcanzar el mayor consenso posible.

Eduardo Torres-Dulce Lifante, profesor de Derecho Penal, fue Fiscal General del Estado entre 2011 y 2014.

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David Harvey: La acumulación por desposesión

David Harvey: La acumulación por desposesión

Por Felipe Aguado Hernández*.- | Abril 2018

davidharvey2En el proceso de recuperación y actualización de Marx que vivimos en los últimos años, una de las aportaciones más importantes y lúcidas es la de David Harvey. Su planteamiento de la ‘acumulación por desposesión’ es una muy buena actualización precisamente de una de las teorías centrales del marxismo: la teoría de la explotación.

El núcleo del análisis marxista de la sociedad está en la teoría de la explotación. Marx entendió que la historia de la humanidad es la sucesión de modos de producción basados en la explotación de unos seres humanos sobre otros, cuyo culmen es el capitalismo. El trabajo produce los bienes que la sociedad necesita, pero en el proceso de producción capitalista, los trabajadores que generan esos bienes sólo reciben parte de su valor, en forma de salario, viendo cómo la mayor parte de él (la plusvalía) se le sustrae. Éste es el núcleo de la explotación. El capitalismo ha desarrollado diversas formas de explotación, unas en el propio proceso de producción en la fábrica o el campo y otras en procesos complementarios de distribución o administración de bienes económicos o sociales. D. Harvey nos explica cómo en las últimas décadas el capitalismo ha generado nuevas formas de explotación, fuera de los entornos estrictamente productivos, que constituyen una de las características centrales del capitalismo globalizado: la acumulación por desposesión.

Una de las cuestiones más importantes sobre la evolución del capitalismo es la de la generación de sus crisis cíclicas y cómo las supera. La teoría marxista de la acumulación de capital nos explica las dos vías fundamentales de acumulación de capital: la acumulación primitiva y la acumulación por reproducción ampliada. En el origen del capitalismo están presentes formas de apropiación de bienes comunes y personales, como la tierra, los bosques, el agua o la propia persona (esclavitud o servidumbre), en buena medida realizadas en formas precapitalistas, que se proyectan a través de la acumulación comercial o bancaria hacia formas propiamente capitalistas. En esto consiste la llamada ‘acumulación originaria’, que el capitalismo prolonga en las formas esenciales de explotación: la acumulación por reproducción ampliada. La explotación de la plusvalía en el proceso de trabajo provoca la acumulación de capital, que sus poseedores vuelven a invertir, con el mismo mecanismo de generación de productos y acumulación ampliada de plusvalía. Esto conduce al sistema a una fuerte contradicción. Los capitalistas deben vender los productos de sus empresas para realizar sus beneficios y recuperar la inversión inicial. Pero han de hacerlo, en buena media, y de forma general globalizada, a los propios trabajadores. Sin embargo, la capacidad de compra de éstos es menor que el precio de los productos, pues éste lleva incorporada la plusvalía expropiada. Así, con el tiempo, el sistema globalmente considerado produce más bienes de los que la sociedad puede adquirir, generando una crisis de superproducción o sobreacumulación. Ésta es una tendencia permanente en el capitalismo que lo conduce hacia la generación de excedentes de capital y de fuerza de trabajo.

harvey3El sistema capitalista más primitivo supera estas crisis mediante la destrucción de empresas y el consiguiente paro generalizado. La crisis de superproducción provoca el hundimiento de las empresas más débiles que arrastran a sus asalariados al paro y a condiciones terribles en lo económico y social. Cuando esta fase autodestructiva toca fondo, se provoca una nueva fase de concentración y expansión del capital, iniciando un nuevo ciclo que tendrá un final similar.

A mediados y finales del S. XIX el capitalismo pone en marcha nuevas estrategias para superar o paliar esas crisis cíclicas de excedentes. D. Harvey (2004: 100-101) las ha llamado ‘ajuste espacio-temporales’: ‘Estos excedentes pueden ser absorbidos por: a) el desplazamiento temporal a través de inversiones de capital en proyectos de largo plazo o gastos sociales (tales como educación o investigación), los cuales difieren hacia el futuro la entrada en circulación de los excedentes de capital actuales; b) desplazamientos espaciales a través de la apertura de nuevos mercados, nuevas capacidades productivas y nuevas posibilidades de recursos y de trabajo en otros lugares; o c) alguna combinación de a) y b)’. De una parte, pues, Harvey nos habla de la estrategia de ‘la expansión geográfica’: El capitalismo traslada parte de sus excedentes a nuevas áreas geográficas mediante la expansión colonial. Es la estrategia imperialista que analizaron fecundamente, entre otros, Lenin, Rosa Luxemburgo o Hilferding. De otra parte, los ‘ajustes temporales’: inversiones en infraestructuras que no suponen para el capital una realización inmediata, aunque sí a largo plazo.

En este proceso podemos distinguir varias fases: 1) Desde finales del S. XIX a la Guerra Mundial del 14-18, uno de cuyos componentes esenciales fue precisamente la lucha entre los capitalismos nacionales por generar un marco imperial- colonial propio lo más extenso posible, negando a otros esa misma posibilidad. 2) De la Primera a la Segunda guerra Mundial, que también tuvo un fuerte componente de lucha imperialista. 3) Desde el 45 hasta el 73, periodo en el que el capitalismo se hace consciente de cómo las guerras mundiales habían puesto de manifiesto la posibilidad de autodestrucción del propio sistema. Se genera entonces una nueva estrategia que minimizara los riesgos de nuevas guerras imperialistas: Se crea la ONU para resolver pacíficamente los contenciosos internacionales, la Unión Europea para integrar y hacer cooperativos los viejos capitalismos nacionales, se descoloniza el llamado Tercer Mundo para superar el control unilateral de las metrópolis sobre las colonias, abriendo éstas a nuevas formas de explotación universal, bajo lo que se llamó el neocolonialismo.

A partir del 73 se produce una reestructuración radical del capital internacional, lo que Harvey ha denominado ‘nuevo imperialismo’ y que es una tercera fase del dominio global burgués, tras la primera de dominio simple primitivo de mera reproducción ampliada y la segunda de dominio imperialista por ajustes espacio-temporales. Siguiendo a Harvey, en esta nueva época podemos distinguir dos elementos fundamentales: La creación de un nuevo régimen financiero (‘la nueva arquitectura financiera internacional’) y ‘la acumulación por desposesión’.

La crisis del petróleo de 1973 permite la creación de ‘la nueva arquitectura financiera internacional’. La crisis del petróleo permitió, por una parte, que el capital recuperara parte de las plusvalías perdidas con los movimientos mundiales en torno al Mayo del 68, que había supuesto unas grandes subidas salariales y mejoras en las condiciones de trabajo, amortizadas por la subida generalizada de los precios de los bienes de consumo y servicios, provocada a su vez por la subida artificial de los precios del petróleo. Pero, por otra parte, el capital financiero, fundamentalmente de EE.UU., se centra en el control del petróleo, acumulando con ello enormes plusvalías. Este inmenso engorde del capital financiero estadounidense va a permitir que, sobre la base de Wall Street, la Reserva Federal y el control de las instituciones mundiales a través del F.M.I. se construya la hegemonía económica de EE.UU. La manipulación del crédito, el control y administración de la deuda pública y privada, la ‘liberalización’ de mercados, la libertad de movimientos del capital financiero sin control público o los ‘futuros’ van a permitir hacer y deshacer economías locales. Los casos más flagrantes ha sido el expolio de América Latina mediante el control de la deuda o la destrucción y apropiación de la floreciente industria del Sureste Asiático mediante el control del crédito. Ahora ha tocado el turno al Sur de Europa.

harvey4El otro vector central del nuevo imperialismo es la ‘acumulación por desposesión’, término, preciso y clarificador, que debemos a Harvey, y que nos va permitir comprender en qué consisten realmente los fenómenos que estamos viviendo de ‘recortes’ o ‘privatizaciones’, entre otros muchos hechos de la actual economía depredadora del neoliberalismo.

En realidad la acumulación por desposesión es una fórmula moderna y actualizada de la llamada acumulación originaria, por la que se arrebataron las propiedades y bienes comunes de los campesinos y de las aldeas, permitiendo el desarrollo del primer capitalismo. Hoy se privatizan los nuevos bienes comunes generados por el estado del bienestar, por el desarrollo cultural o las nuevas oportunidades que ofrece la naturaleza. Es una característica cada vez más central en el capitalismo global. Su objetivo es compensar la incapacidad crónica del capitalismo para sostenerse a través de la mera reproducción ampliada, utilizando nuevos campos de ampliación del capital excedente.

¿Cómo opera?:

-Mediante el control de la propiedad intelectual (patentes y licencias), del material genético y de las semillas.

-Mediante el control de los bienes medioambientales globales: suelo agrícola, bosques, minas, agua,…, generando una gran degradación ambiental y la transformación de la naturaleza en mercancía.

-Provocando la mercantilización de formas culturales y creativas intelectuales y populares: música, folklore, arte, museos,…

-Privatizando los activos previamente públicos como las universidades, el agua, infraestructuras y otros bienes comunes.

-Privatizando los bienes obtenidos tras las luchas de clases del pasado (estado de bienestar), como las pensiones, la educación, la sanidad, el ocio, y la desposesión o minorización de elementos de bienestar como el descanso, o la seguridad en el empleo.

Estas nuevas formas de explotación han generado a su vez nuevas formas de resistencia, en buena parte al margen de las clásicas organizaciones reivindicativas obreras. Se canalizan a través de movimientos sociales como ‘la antiglobalización’, u otros del tipo ‘primavera árabe’, ’15M’ u ‘ocupación de Wall Street’, ‘los movimientos indígenas’ de defensa de sus tierras y culturas, los ‘movimientos feministas’ o de ‘pensionistas’….

Sus formas de organización y acción difieren bastante de las luchas de clases imbricadas en la acción en el marco de la pura reproducción ampliada. Se construyen en buena medida sobre formas de democracia directa participativa, asamblearia y no partidista.

davidharvey1La respuesta del sistema capitalista a estas nuevas formas de lucha no se ha hecho esperar, generando a su vez nuevos mecanismos de defensa y control: ampliación del poder y la intervención militar de EE.UU., estrategias de control de la población y de reducción de derechos políticos, como las leyes mordaza en España o el estrado de excepción cronificado en Francia. Todo ello en un contexto en el que se está fomentando el resurgir de la extrema derecha.

Todo esto nos abre muchos interrogantes sobre las opciones de futuro del capitalismo y de los movimientos sociales alternativos. ¿Ha llegado el capitalismo al límite de sus posibilidades de acumulación, tanto por la vía de reproducción ampliada, como de los ajustes espacio-temporales o de acumulación ‘por desposesión? ¿Caben todavía nuevas formas de apropiación y explotación?. Sin duda que el sistema tiene riesgos poderosos como nos señala Harvey: el déficit de EE.UU., su enormemente deficitaria balanza de pagos, el posible hundimiento de su economía por una depresión deflacionaria. ¿Ha querido el gran capital buscar una salida a todo ello con Trump? ¿Cuál será el papel de la que se está convirtiendo en la primera economía del mundo, China?. Estamos ante una gran crisis del capitalismo o, como figuraba en una pintada en la Argentina del ‘corralito’, ‘el capitalismo tiene los milenios contados’.

Es importante recordar cómo el marxismo permite una comprensión integrada de los fenómenos sociales que a primera vista nos aparecen dispersos. Las aportaciones de Harvey nos permiten comprender de forma integrada desde los ‘recortes’ a las ‘privatizaciones’, desde la globalización del capitalismo financiero a las nuevas formas de luchas sociales, desde la militarización del mundo a las resistencias de campesinos y pueblos indígenas. Todo ello está en el marco de una misma lógica, que el marxismo es capaz de descubrir y explicar en su integridad y su complejidad. Ésta es una de las grandes aportaciones del marxismo a la comprensión de nuestro mundo: el sentido de totalidad.

Felipe Aguado Hernández es Catedrático de Filosofía
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Ha muerto Dios?

Los dioses del Mercado, del Patriarcado y del Fundamentalismo son las nuevas metamorfosis de la creencia en el Ser Superior. Este cambio explica las

tres violencias ejercidas en su nombre: la estructural, la machista y la religiosa

¿Ha muerto Dios?
ENRIQUE FLORES

Nietzsche no fue el primero en utilizar la expresión “Dios ha muerto”. Su origen se encuentra en un texto de Lutero: “Cristo ha muerto / Cristo es Dios / Por eso Dios ha muerto”. En él se inspira Hegel en la Fenomenología del espíritu, donde afirma que Dios mismo ha muerto como manifestación del sentimiento doloroso de la conciencia infeliz. En Lecciones sobre filosofía de la religión se refiere a una canción religiosa luterana del siglo XVII en un contexto similar: “Dios mismo yace muerto / Él ha muerto en la cruz”.

Es probable que Nietzsche, hijo y nieto de pastores protestantes, la conociera e incluso la hubiera cantado en el Gottesdienst. Pero ha sido su propia formulación la que ha adquirido relevancia filosófica y ha ejercido mayor influencia en el clima sociorreligioso moderno.

Dos son los textos más significativos en los que Nietzsche hace el anuncio de la muerte de Dios. En Así hablabaZaratustra, cuando el reformador de la antigua religión irania baja de la montaña, se encuentra con un anciano eremita que se había retirado del mundanal ruido para dedicarse exclusivamente a amar y alabar a Dios, actitud que contrasta con la de Zaratustra, que dice amar solo a los hombres. Tras alejarse de él, comenta para sus adentros: “¡Será posible! Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto”. Al llegar a la primera ciudad, encontró una muchedumbre de personas reunida en el mercado, a quienes habló de esta guisa: “En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también sus delincuentes. Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra”.

En La gaya ciencia Nietzsche relata la muerte de Dios a través de una parábola cargada de patetismo. Un hombre loco va corriendo a la plaza del mercado en pleno día con una linterna gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. El hombre se convierte en el hazmerreír de la gente allí reunida, que no se toma en serio la búsqueda angustiosa del loco y se mofa de él haciéndole preguntas en tono burlón: “¿Es que se ha perdido? […]¿Es que se ha extraviado como un niño? […]¿O se está escondiendo? ¿Es que nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Emigrado?”. A lo que el loco responde: “¡Lo hemos matado nosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!”.

El loco, fuera de sí, entró en varias iglesias donde entonó su requiem aeternamdeo. Cada vez que le expulsaban y le pedían explicación de su conducta, respondía: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios?”. Nietzsche califica el anuncio de la muerte de Dios como “el más grande de los acontecimientos recientes”, pero el loco reconoce que llega “demasiado pronto”.

¿Se ha hecho realidad el anuncio de Nietzsche? Yo creo que solo en parte. Ciertamente, se está produciendo un avance de la increencia religiosa en nuestras sociedades secularizadas y se cierne por doquier la ausencia de Dios. Pero, al mismo tiempo, asistimos a otro fenómeno: el de las diferentes metamorfosis de Dios. A modo de ejemplo voy a referirme a tres: el Dios del Mercado, el Dios del Patriarcado y el Dios del Fundamentalismo.

El Dios del Mercado. El Mercado se ha convertido en una religión “monoteísta”, que ha dado lugar al Dios-Mercado. Ya lo advirtió Walter Benjamin con gran lucidez en un artículo titulado El capitalismo como religión, donde afirma que el cristianismo, en tiempos de la Reforma, se convirtió en capitalismo y “este es un fenómeno esencialmente religioso”.

Tocar el capitalismo o simplemente mencionarlo es como tocar o cuestionar los valores más sagrados. Lo que dice Benjamin del capitalismo es aplicable hoy al neoliberalismo, que se configura como un sistema rígido de creencias y funciona como religión del Dios-Mercado, que suplanta al Dios de las religiones monoteístas. Es un Dios celoso que no admite rival, proclama que fuera del Mercado no hay salvación y se apropia de los atributos del Dios de la teodicea: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y providencia. El Dios-Mercado exige el sacrificio de seres humanos y de la naturaleza y ordena matar a cuantos se resistan a darle culto.

El Dios del Patriarcado. Los atributos aplicados a Dios son en su mayoría varoniles, están vinculados a la masculinidad hegemónica y se relacionan con el poder. La masculinidad de Dios lleva derechamente a la divinización del varón. Así, el patriarcado religioso legitima el patriarcado político y social. La teóloga feminista alemana Dorothee Sölle critica las fantasías falocráticas proyectadas por los varones sobre Dios, cuestiona la adoración al poder convertido en Dios y se pregunta: “¿Por qué los seres humanos adoran a un Dios cuya cualidad más importante es el poder, cuyo interés es la sumisión, cuyo miedo es la igualdad de derechos? ¡Un Ser a quien se dirige la palabra llamándole ‘Señor’, más aún, para quien el poder no es suficiente, y los teólogos tienen que asignarle la omnipotencia! ¿Por qué vamos a adorar y amar a un ser que no sobrepasa el nivel moral de la cultura actual determinada, sino que además la estabiliza?”. En nombre del Dios del patriarcado se practica la violencia de género, que el año pasado causó más de 60.000 feminicidios.

El Dios de los Fundamentalismos. Los fundamentalismos religiosos desembocan con frecuencia en terrorismo, fenómeno que recorre la historia de la humanidad en la modalidad de guerras de religiones que se justifican apelando a un mandato divino. Tiene razón el filósofo judío Martin Buber cuando afirma que Dios es “la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mutilada, tan mancillada. Las generaciones humanas han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre. Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros y dicen: ‘Lo hacemos en nombre de Dios”. Matar en nombre de Dios es convertir a Dios en un asesino, en certera observación de José Saramago, quien lo demuestra en la novela Caín a través de un recorrido por los textos de la Biblia hebrea.

Dios bajo el asedio del Mercado, bajo el poder del Patriarcado y bajo el fuego cruzado de los Fundamentalismos. El resultado es la violencia estructural del sistema, la violencia machista y la violencia religiosa, las tres ejercidas en nombre de Dios.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Su última obra es Teologías del Sur. El giro descolonizador(Trotta, 2017). Publicado en el diario EL PAIS

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“Fachos” pobres

La derecha chilena ha sabido atraer al electorado

ubicado en el centro social y político.

Carlos Franz, EL PAÍS, viernes 9/2 2018

 

El candidato de la derecha y expresidente, Sebastián Piñera, ganó las recientes elecciones presidenciales chilenas. Esa misma noche Piñera habló ante una multitud congregada en el centro de Santiago. La televisión mostró a miles de personas convergiendo hacia ese punto desde los confines de esta extensa ciudad. Decenas de periodistas cubrieron esas manifestaciones variopintas realizando las usuales entrevistas callejeras.

Un reportero interrogó fugazmente a un matrimonio con dos hijos pequeños. Estos llegaron en metro desde la populosa comuna de La Florida para celebrar al candidato ganador. Cuando el periodista les preguntó si militaban en algún partido, ella respondió con sencillez: “Somos de clase media”.

Esa inesperada y eficaz respuesta podría explicar, en parte, la derrota de la izquierda y este triunfo de la derecha chilena.

Los sectores menos renovados de la vieja izquierda coinciden con la nueva ultraizquierda del Frente Amplio (equivalente al Podemos de España) en una visión simplista de la derecha. Este simplismo los lleva a una estrategia política errónea. Para ellos el derechismo solo podría explicarse como una defensa egoísta de grandes intereses económicos. Los derechistas serían “los poderosos de siempre”, como los llamó el Gobierno saliente en un vídeo publicitario.

Sin embargo, es obvio que esos “poderosos” solo suman una fracción ínfima de aquel 54% del electorado que eligió a Piñera. Entonces, ¿de dónde salió esa mayoría que votó por la derecha?

En Chile, la izquierda más exaltada responde esa pregunta repitiendo una ofensa que ella misma puso de moda: aquellos que sin ser ricos votan por la derecha serían “fachos pobres” (fachos=fascistas). Un marxista clásico los habría definido como “proletarios alienados y desclasados”. Pero más gráfico fue el contramanifestante de izquierda que los llamó “cuidadores de la mansión de los ricos”.

Durante un debate poselectoral, un alcalde comunista mencionó otro aspecto de aquella creencia. Cuando una senadora derechista argumentó que su ideal era aumentar la libertad de las personas el alcalde le respondió que los pobres no son libres, por ejemplo, para elegir que sus hijos estudien en los carísimos colegios de la élite santiaguina. La senadora derechista fue incapaz de refutar ese argumento demagógico.

Posiblemente, esa joven familia de reciente clase media que celebraba a Piñera sí habría sabido qué responder. Ellos no son arribistas. Seguramente, no ambicionan que sus hijos asistan a ese par de colegios elitistas y clasistas que mencionó el alcalde. Lo que ellos desearían es una buena reforma educacional, centrada en la calidad, que les permita escoger colegios en un sistema público tan excelente que hasta los ricos deseen asistir a él.

Esa familia no es de proletarios alienados sino de pequeños propietarios. La “mansión” que cuidan no es ajena sino que es su propia modesta vivienda que pagan mensualmente con dificultad y orgullo. Sin duda, ellos desean una buena red de seguridad social, pero no les gustaría perder la propiedad de su cuenta de ahorros previsionales. Quieren una mejor distribución de la riqueza, pero entienden que para distribuirla antes hay que crearla. Esa familia prefiere reformas graduales antes que súbitas refundaciones.

Esa prudencia es típica de una pequeña burguesía naciente. Así como es típico y anticuado el desprecio con el que la izquierda extremada mira a ese sector social.

La coalición de centro-izquierda chilena perdió esta elección porque antes había perdido a muchas de esas familias de la vasta clase media emergida en los últimos 30 años de prosperidad. Tironeados por el extremismo juvenil y podemita del Frente Amplio, numerosos socialdemócratas se avergonzaron de sus renovaciones ideológicas y se radicalizaron. Incluso los comunistas olvidaron la vieja lección de Lenin: el izquierdismo es “la enfermedad infantil” del comunismo.

Entonces el centro social y político quedó huérfano y esta vez la derecha supo acogerlo.

No era inevitable que ocurriera así. Esa familia que ahora votó por Piñera no le pertenece a la derecha ni a la izquierda. Ellos se pertenecen a sí mismos y a sus sueños. Lo más respetuoso sería aceptar que su auténtica militancia es la que exhibieron con orgullo cuando los entrevistaron: son de clase media.

Cuando la izquierda chilena deje de considerarlos “fachos pobres” y vuelva a respetarlos, quizás esas familias volverán a votar por ella.

 

Carlos Franz es escritor.

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CIEN AÑOS DESPUÉS

JOSE LUIS PARDO

En el año recién terminado han pasado casi inadvertidos los centenarios de la toma del Palacio de Invierno y la presentación del urinario ‘Fuente’. Dos tentativas de subversión en una misma atmósfera: el fin del mundo moderno

Cien años después
RAQUEL MARÍN

Ay, qué pesado, qué pesado

Siempre pensando en el pasado

Se nos ha ido un año tan lleno de convulsiones, contusiones y sainetes que la palpitante y siempre tiránica actualidad ha hecho que nos pasaran casi inadvertidos, entre muchos otros, dos centenarios que en otras circunstancias habrían dado bastante que hablar. Uno, el que a primera vista parece más serio, es el de la toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo por el Ejército Rojo, que dio pie al establecimiento de la URSS. Este hecho extrae ante todo su seriedad, como todas las revoluciones políticas, del elevado número de cadáveres con los que abona el campo de batalla (y que a medida que crece hace más difícil admitir que los que murieron lo hicieron “para nada”), pero le añade a esta gravedad histórica una seriedad moral: la de haber supuesto, para muchísimas personas y durante muchísimo tiempo, un foco de esperanza política que señalaba a la humanidad el camino de su futuro.

¿El que hayamos pasado como de puntillas sobre este centenario se debe solamente a que ya no existe la Unión Soviética y, por lo tanto, el foco ha desaparecido, llevándose con él el prometido final feliz de la historia universal? No creo que este sea el principal motivo, sobre todo porque el final del “socialismo real” ha coincidido con una cierta revitalización del comunismo, al menos como vocablo, que intenta por todos los medios desprenderse de su funesto pasado histórico y engancharse a las nuevas circunstancias. Pienso más bien que la causa fundamental de la ausencia de conmemoración de la revolución de octubre es la infinita vergüenza que produce, sobre todo en el ámbito intelectual y de la opinión en general, el haber permanecido ciegos durante décadas y décadas ante la evidencia hoy irrefutable de lo que fue aquel “socialismo real”, que hoy aún reconocemos en los Estados comunistas residuales como China, Cuba o Corea del Norte y sus adláteres, en los que lejos de ver un estadio “degradado” del proyecto comunista podemos experimentar en vivo la cruda realidad de lo que fue desde el principio aquel “socialismo” en el que ya en 1920, en su visita a Lenin, Fernando de los Ríos vio “las tenebrosidades de un mundo policíaco”. Incluso podría suceder que el alboroto con el que hoy nos escandalizamos ante las “posverdades” que fabrican los gabinetes de prensa especializados en producir “hechos alternativos” para justificar ciertas políticas nos oculte, más o menos interesadamente, la facilidad con la cual durante tanto tiempo las élites culturales y los líderes de opinión occidentales contribuyeron, amparados en una racionalidad moral superior, a negar una siniestra realidad que conocían bien, convirtiéndose en aliados objetivos de los aparatos de propaganda de esos regímenes policíacos.

El otro centenario ha sido el de la presentación, por parte de Marcel Duchamp, de un urinario firmado con el seudónimo de Richard Mutt y bautizado como Fuente a una exposición de artistas independientes en una galería de arte de Nueva York. Comparado con la revolución de octubre, este “atentado simbólico” puede parecer solamente una broma (aunque una broma pesada), como sin duda se lo pareció a muchos de sus contemporáneos, quién sabe si también a su propio autor. Pero el caso es que, andando el tiempo, y mucho después de su desaparición material, ha llegado a ser considerado como la obra de arte más influyente del siglo XX, según dictamen de 500 expertos internacionales en el año 2004. Y ello no sólo porque representa el gesto fundador del arte conceptual, sino porque acaso resume mejor que otras piezas la intención profunda de las vanguardias históricas, convertidas hoy en una suerte de clasicismo del arte contemporáneo. Se diría que no existe entre estos dos hechos revolucionarios más relación que la de que el azar los ha reunido en el mismo año.

Y sin embargo se trata de dos tentativas de subversión inmersas en una misma atmósfera: la que anunciaba, con el telón de fondo de la guerra mundial, el final del mundo moderno (de lo que entonces se llamaba “la sociedad burguesa”) y su sustitución por otro diferente y mejor. En segundo lugar, así como la revolución de octubre no pretendía ser una revolución política entre otras, sino la que pondría fin a la política en cuanto tal (ya que culminaría con la desaparición del Estado, que es el marco que en la modernidad confiere sentido al término “política”), tampoco la revolución vanguardista quería ser una revolución artística más (como lo habrían sido el barroco o el neoclasicismo), sino que aspiraba a terminar con el arte como institución y como esfera diferenciada para diluirlo en la vida común, del mismo modo que el comunismo prometía, en palabras de Lenin, abolir la diferencia entre una cocinera y un jefe de Estado. Por último, el estadio histórico-cultural que ambas revoluciones querían superar es en los dos casos lo que hemos dado en llamar la representación; y aunque no se puedan identificar de forma simple la representación estética y la representación política, ambas aluden a todo un entramado de mediaciones (el parlamento y la separación de poderes en un caso, la autonomía de los valores estéticos y la crítica de arte en el otro) que ese nuevo mundo post-burgués vendría a invalidar mediante el paradigma de la inmediatez. Y a todo ello ha de añadirse que, durante la primera mitad del siglo pasado, las complicidades, connivencias, alianzas y dobles militancias entre los miembros de los ismos políticos y los de los artísticos fueron moneda corriente y hasta casi obligatoria en algunos períodos concretos.

Pero, ¿no se podría objetar que, pese a todo, la revolución de octubre fracasó, mientras que la revolución de Duchamp ha tenido éxito? No es tan seguro. Las dos revoluciones fracasaron en la medida en que el mundo post-moderno del que se consideraban la avanzadilla no llegó a existir o, lo que es peor, sólo pudo hacerlo con los tintes infernales del totalitarismo. Pero ambas nos han dejado como herencia el síndrome de “despreciar al burgués” (hoy convertido en “despreciar al ciudadano”, que después de todo es lo que significaba “burgués”), junto con una desconfianza frente a la representación pública y artística y una nostalgia de la inmediatez estética y política que ha dado lugar a un linaje de artistas incómodos en su propia condición, de la que les gustaría liberarse, y a otro de políticos que habitan las instituciones representativas al mismo tiempo que las ponen en entredicho. Y a lo mejor la discreción con la que hemos atravesado estos dos centenarios tiene que ver con un cierto y comprensible afán de cubrir nuestras vergüenzas que, sin embargo, podría conllevar una desagradable falta de reflexión sobre nuestro pasado y, en definitiva, un déficit de explicación con nosotros mismos y con el porvenir de las sociedades de nuestro tiempo.

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TODO CAMBIA PERO TODO SIGUE IGUAL

23.12.2017

Si exceptuamos las mentiras, que siguen siendo el argumento dominante y que demuestran el enraizamiento del discurso pujoliano, ese virus sin vacuna de esta sociedad de mayorías sociales y minorías de edad, salvo eso –que no es poco–, todo lo demás ha sufrido un embate de consecuencias aún imprevisibles.

En primer lugar –y esto no se lo dirá casi nadie por la cuenta que le trae al doble lenguaje– está la victoria arrolladora de la derecha. Mírese donde se mire, en Cataluña no hay más que conservadores o reaccionarios, a escoger, y no se dejen engañar por la disolución práctica del PP de Rajoy, las pintadas de la CUP y la inanidad de los equidistantes. Ha desaparecido la izquierda y eso lo saben muy bien los intelectuales de la lengua. Ahora les queda por hacer los reajustes y recolocarse. Desde Mascarell a Rafael Ribó –¿sabían ustedes que este modelo de adaptación al medio dominante era el supuesto “defensor del pueblo”, al que con muy buen criterio filológico, en catalán se dice “síndic de greuges”, o lo que es lo mismo, “de agravios”? Un oportunista sin oportunidad de alcanzar la golfería; antiguo secretario general de los comunistas catalanes, luego delegado de la Generalitat que toque–.

Pero no quedará ahí porque hay exceso de oferta; sobran. No olviden que en la feria del libro de Frankfurt fueron por miles, como si se tratara de un festival. ¡Gran dilema el de los intelectuales catalanes de la lengua, los que viven del sudor de sus papilas! ¿Adónde se inclinarán los RamonedaBru de SalaEnric Juliana, el clérigo Puigvert, el eminente historiador Fontana, martillo de revisionistas y maestro de estalinianos en búsqueda de destino, y tantos otros? O sea que los Archivos republicanos de Salamanca acabarán en las manos de los activistas del carlismo. Vamos a vivir una pelea aldeana de la inteligencia mediática por los desplazamientos institucionales. La derecha que ellos patrocinaron copará el inminente futuro y, como buitres que son, viven de la carnaza que les deja la historia. ¿Veremos a Màrius Carol y a la colección de siervos de los Señores del Palau reivindicando como antaño que él es hijo de una portera de la calle Princesa, como hacía en tiempos más decentes? El catalanismo tiene pasión por rehacerse las biografías, como el estalinismo.

¿Seguirán las subvenciones a los medios de comunicación como hasta ahora? ¿Se verán afectadas las radios, diarios y televisiones públicas dependientes de la Generalitat, es decir, casi todos, porque el partido más votado en la comunidad es constitucionalista? ¿O aplicarán el rodillo para satisfacción y gratificación de sus voceros? Esos son los signos del cambio, los de mayor calado, porque saber si los comederos políticos de Puigdemont o de Junqueras acabarán entendiéndose al son de los tambores de la CUP y las caceroladas de los supremacistas tiene muy fácil arreglo.

Porque todo ha cambiado si se sabe administrar la victoria sobre el fanatismo, menos una cosa. Sin dogma de superioridad no son otra cosa que partidos conservadores temerosos de dios y despreciadores de la ciudadanía. Hay que caer muy bajo para primar a un señor que se traga mejillones en Bruselas sobre su competidor que vive en una celda bajo prisión provisional. En el fondo y en la forma son una marca de conservadurismo, o del vivo al bollo. Una constatación de que el pujolismo tenía razón y merece más confianza el chalaneo de un astuto payés que la fe del creyente. ¡Si será cierto el aserto que incluso el huido ha nombrado ya una suplente, Elsa Artadi, que coincide plenamente con lo que él fue: un desconocido con habilidad para los corrimientos del escalafón! La militancia de los partidos cada vez se parece más a la masonería; grandes principios y miserias domésticas.

No hace falta ser profeta para prever que en la vida política y social catalana dominante va a persistir la hegemonía de la mentira. Desde el momento que el fugado de Bruselas se autodesigne único líder, la mezcla de tradicionalismo carlista y peronismo institucional, nos hará a todos permanecer en el agobio, la estupidez y el victimismo. La primera y más efímera república de la historia de España, implantada, subvencionada y defendida por la derecha, seguirá con sus embelecos hasta el vómito.

Hay algo que ha aparecido, que estaba ahí pero que el pensamiento único oficial se negaban a reconocer: que existe otra derecha en Cataluña con más base popular que la subvencionada y que además constituyen la mayoría. Da lo mismo. No aprenderán nada, porque la fe consiste en eso, en sustituir a la razón.

Publicado en Crónica Global

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Carlismo (artículos de Enric Juliana en la Vanguardia

Está surgiendo un nuevo carlismo en Catalunya. Un carlismo que reivindica su legitimidad histórica frente a las decisiones políticas y jurídicas de un régimen que considera falsamente liberal. Es el carlismo de Carles Puigdemont. Un carlismo que impregna y da alma a Junts per Catalunya, el vector con un mayor ritmo ascendente en las encuestas.

Escribo estas líneas con evidentes ganas de provocar, puesto que toda mención al carlismo sigue provocando espasmos nerviosos en este país. El carlismo aún llama la atención.

Hay dos referencias de la historia política española que han sido caricaturizadas hasta la extenuación: el federalismo y el carlismo. El federalismo ha quedado asociado al grotesco grito de “¡Viva Cartagena!” El federalismo, según el viejo canon oficial español, conduce al cantonalismo disgregador. Con el federalismo vuelven los reinos de taifas.

El carlismo también es feo. El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras.

Carles Puigdemont conoce de cerca el carlismo. Su pueblo natal, Amer, fue centro de operaciones del general Ramón Cabrera en 1848 durante la guerra dels matiners(segunda guerra carlista, que tuvo como escenario principal Catalunya). Los matiners(madrugadores) combatieron en ocasiones en compañía de partidas republicanas. Carlistas y republicanos se volvieron a encontrar juntos en la Solidaritat Catalana de 1906-09, amplísima coalición electoral que puso en crisis a los partidos dinásticos y significó el despegue de la Lliga Regionalista. . No es ningún secreto que durante el mandato de Jordi Pujol los mayores porcentajes de voto nacionalista se registraban en las comarcas de vieja tradición carlista. Aquellas comarcas son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI.

La tozudez del carlismo. Esta curva, si no la cogemos bien, nos lleva de nuevo al tópico y a la caricatura: una Catalunya rural, egoísta y cerrada sobre sí misma, versus una Barcelona cosmopolita.

Algunos defensores del carlismo acuden a Carlos Marx en busca de auxilio: “El carlismo no es un mero movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales; es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares…”, habría escrito en 1854.

Hay otros estudiosos que ponen en duda la veracidad de esta elogiosa cita.

Evocar el carlismo en el actual momento de Catalunya es como pulsar las teclas más graves de un viejo órgano en una iglesia vacía y dormida. Las notas, probablemente desafinadas, despiertan fantasmas del pasado. Al fondo de la nave, una silueta femenina. Alzada, orgullosa y severa. Es Cayetana Álvarez de Toledo, liberal combatiente, que musita: “Boinas, boinas, boinas. Todos los enemigos de España llevan boina”.

El carlismo aún levanta muchas pasiones. Lo he podido comprobar esta semana a raíz de un artículo breve sobre el carlismo de Carles Puigdemont, publicado el pasado lunes. Comentarios encendidos en las redes sociales, artículos de réplica, más de una sonrisa cómplice, algunas miradas ceñudas y las palabras de un viandante anónimo, ayer por la mañana: “Con lo del carlismo se ha quedado usted corto”. Hay una tecla grave que resuena, sí.A los carlistas resistentes no les gusta mucho que se escriba con ironía sobre su fe. Ni que sea una ironía suave. El orgullo carlista es una delicada taza de porcelana. “El carlismo es hermoso–escribe Jesús María Aragón en la página web del Partido Carlista–; el carlismo es hermoso para quien va más allá de la imagen deformada que de él promueve su más acérrimo enemigo, el liberalismo. El carlismo es hermoso porque promueve la autogestión en todos los órdenes de la vida (…)”.E

Uno de los hombres de Puigdemont, el historiador Agustí Colomines Companys, persona siempre cordial, ha dedicado al asunto un largo artículo en la publicación soberanista El Nacional. Introduce un concepto ingenioso para referirse a la lista Junts per Catalunya: “carlismo juntista”. Carlismo, de Carles. Juntista, en referencia al nombre de la candidatura y a la tradición de las juntas liberales. Dice Colomines: “El carlismo juntista pretende abrir una nueva etapa en Catalunya y quiere aprovechar la invasión españolista para crear una nueva realidad política sin las rémoras maliciosas del pasado que destruyeron CDC, por ejemplo”. Interesante observación. El “carlismo juntista” serviría, entre otros objetivos, para lavar los pecados de la corrupción. La segunda refundación de CDC. Adiós, PDECat. Ahí está la clave. El gen convergente, verdaderamente, es indestructible. Puede llegar a superar a la Democracia Cristiana italiana.

Jorge Dioni López, periodista zamorano, agudo observador de la política española y entrañable amigo, me hace llegar el siguiente comentario: “Me interesa la analogía con los tiempos actuales. El carlismo adquirió popularidad en la medida que era una reacción contra un liberalismo que imponía cambios económicos drásticos y nuevas miserias. El vapor y la industria frente al antiguo orden agrario. Ahora también estamos ante la irrupción de una nueva economía que destruye viejas seguridades y genera nuevos proletarios a jornal: conductores, repartidores y precarios de la más distinta especie. Mucha gente vuelve a tener ganas de ir a la contra”.

El escritor Josep Navarro Santaeulàlia lo ve de otra manera: “¿Carlismo? No analice desde tópicos decimonónicos. Hay un porcentaje más alto de licenciados y de gente que habla inglés y viaja por el mundo, usuarios de nuevas tecnologías y empresarios modernos, en ciudades como Olot, Figueres y Banyoles, que no en l’Hospitalet o Santa Coloma de Gramenet”. El intelectual noucentitsta Gabriel Alomar abogó por una Catalunya-ciudad igualitaria. En la Catalunya-ciudad del siglo XXI parece que aún hay clases.

El carlismo provoca. Efectivamente, los dos millones de votantes soberanistas no llevan boina, trabuco y una cantimplora de ratafía atada al cinto. El carlismo es una nota grave que despierta la memoria de viejas rebeliones. “El recuerdo de las generaciones muertas puede llegar a oprimir como una pesadilla la conciencia de los vivos”, escribió Carlos Marx.

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Negrín: elogio de un hombre odiado

Conocer la vida del último presidente del Gobierno republicano es conocer la historia de España. Murió solo, enfermo, traicionado y derrotado después de una vida de entrega en una época de deslealtad de nacionalistas y anarquistas

Negrín: elogio de un hombre odiado
ENRIQUE FLORES

Corría mayo de 1937 y Azaña acabó de decidir el nombre de quien sería el último presidente del Gobierno republicano. Largo Caballero había dimitido tras los “sucesos de Barcelona”, que habían dejado 400 muertos y mil heridos. Eran tiempos difíciles para la República y Juan Negrín habría de lidiar con ellos.

El hasta entonces ministro de Hacienda se había formado principalmente en medicina, aunque posteriormente había estudiado química y economía. Negrín tenía claro que las opciones de victoria republicana pasaban por la maximización de los recursos del Estado, que habrían de garantizar la provisión de armas y municiones al ejército, pero también los suministros necesarios para el mantenimiento de la población civil en las zonas leales, menos productivas y más pobladas que las áreas bajo influencia sublevada. A las dificultades militares se añadían el oportunismo desleal de nacionalistas, anarquistas y colectivistas.

Negrín, perteneciente a una familia de comerciantes de Las Palmas, era un hombre ilustrado que hablaba seis idiomas. Se había formado en Alemania y era catedrático desde los 30 años. Aunque era un socialista moderado, un simpatizante del SPD alemán favorable al mercado (fue el primer suscriptor en España de TheEconomist), a las libertades individuales y contrario al comunismo, su relación con el PCE no era hostil. De él se ha dicho que quiso entregar España a Stalin y, sin embargo, no guardaba simpatía a la URSS. De hecho, la familia de su primera mujer, que era rusa, había perdido sus propiedades y se fue al exilio tras la revolución de 1917.

Digo su primera mujer porque Negrín acabaría separándose. Nunca dejó de atender las necesidades y el bienestar de su exesposa, incluso cuando ella se esmeró en propagar falsas acusaciones de infidelidad. Uno de sus hijos, también médico, confirmaría años más tarde que su madre tenía “una personalidad esquizoide con tendencias paranoicas”. Poco después de su ruptura matrimonial, Negrín conocería a su gran amor, Feliciana López, que lo acompañaría el resto de su vida.

El peso creciente de sus competencias políticas obligó al doctor a abandonar su carrera científica, decisión que lamentarían sus alumnos, pues Negrín, además de científico, fue un profesor muy querido por sus estudiantes, entre ellos el futuro Nobel Severo Ochoa. Ochoa alcanzó la gloria científica lejos de nuestro país, después de que Negrín hubiera facilitado su salida de España durante la contienda civil en una maniobra diplomática arriesgada: su pupilo solicitó que lo enviaran a Alemania, una potencia enemiga.

Intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas y después logró clausurarlas

No fue el primero ni el último que obtendría un salvoconducto de Negrín para salir de España. El doctor se implicó para que decenas de personas pudieran partir al exilio, entre ellas intelectuales, científicos, sacerdotes o profesionales a los que su ideología conservadora o su fe católica habían puesto en peligro. También ordenó la excarcelación de Serrano Súñer, cuando se encontraba preso y enfermo en la cárcel Modelo de Barcelona.

Asimismo, Negrín intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas controladas por elementos sindicales y partidistas, en ocasiones arriesgando la vida. Después conseguiría clausurarlas y restaurar el orden en la retaguardia. Los que lo conocieron coincidieron en señalar el arrojo del doctor, que no dudaba en visitar las zonas más expuestas del frente de batalla para insuflar ánimo a los soldados republicanos, conocidos como los “cien mil hijos de Negrín”. Dos de ellos eran, además, hijos suyos en sentido literal: Juan y Rómulo Negrín servirían en el cuerpo de carabineros y en la aviación de combate, respectivamente.

Pero quizá sea el “oro de Moscú” la razón por la que más se conoce a Negrín. Aunque circulan leyendas que involucran al último presidente de la República en su desaparición, la realidad es prosaica. Al comienzo de la guerra Negrín ordenó sacar todo el oro del Banco de España para evitar que cayera en manos de los sublevados en caso de que tomaran la capital. Los registros de depósitos y movimientos de ese oro, perfectamente documentados, fueron devueltos al Estado español por uno de sus hijos. Hasta la última peseta se había invertido en conseguir suministros que permitieran sostener civil y militarmente a la República, casi siempre a los precios abusivos que establecía Stalin, debido a la falta de otros apoyos internacionales.

Estaba convencido de que podía ganar la guerra, pero con una intervención aliada

Durante mucho tiempo Negrín estuvo convencido de que la República podía ganar la guerra, pero sabía que esa opción dependía de una intervención aliada en España. Incluso cuando su optimismo y su salud se fueron apagando, el doctor se esforzó por aparentar fortaleza moral ante los suyos. Cuando Prieto andaba derrumbándose por las embajadas internacionales y Azaña ya había perdido la fe, Negrín insistía en que una nueva guerra mundial estaba a punto de estallar en Europa, y que este conflicto obligaría a una intervención aliada en España.

También se ha acusado al doctor de prolongar innecesariamente la guerra para sufrimiento de los españoles. De poner en marcha, junto al general Rojo, uno de sus más leales y brillantes colaboradores, campañas militares que no suponían ningún avance republicano. Eran batallas que pretendían distraer y ralentizar el avance enemigo sobre Madrid, pues, a partir de 1938, la estrategia republicana habría de centrarse en ganar tiempo. Negrín no tenía duda de que no cabía pactar una paz sin represalias con Franco, aunque buscó sin descanso una salida internacional negociada que reflejó en sus famosos “13 puntos”.

La historia se encargó de vaciar de sentido la acusación del sufrimiento innecesario. Cuando se consumó la traición de Casado que entregó la República a los sublevados, tuvo lugar la temida represión franquista, que historiadores como Antony Beevor han cifrado en 350.000 muertos. La última obsesión de Negrín antes de que la República colapsara había sido la organización de las evacuaciones masivas, así como la provisión de barcos que trasladaran a México los fondos necesarios para financiar el exilio. A finales de ese mismo verano de 1939 se desataría el conflicto en Europa que Negrín había vaticinado. Para entonces, el doctor ya se encontraba lejos de España, con la salud muy frágil. Difamado por todos y expulsado de su partido, moriría en París en 1956.

El PSOE rehabilitaría su figura en 2009, a la luz del trabajo historiográfico de investigadores como Santos Juliá, Ángel Viñas o Enrique Moradiellos. Este último nos ha legado una descomunal obra biográfica del doctor, un retrato mortificante de un hombre de talento desmedido, comprometido, hiperactivo, esperanzado. Y, finalmente, solo, enfermo, traicionado, derrotado. Conocer su vida es conocer un poco mejor la historia de España.

Aurora Nacarino-Brabo es politóloga.

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