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10 PM | 26 Dic

EN MITAD DE NINGUNA PARTE

Sobre Cataluña, el problema no es de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Incluso cuando las ‘terceras vías’ son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna

Que yo recuerde, Juan de Mairena en sus clases de retórica no se ocupa de los artículos intercambiables. Me refiero a esos textos que avanzan sin otro sostén que un andamio de lugares comunes que, de tan repetidos, nos parecen indisputables. Nunca se llega a decir nada, aunque todo suena muy convincente. Permítanme recrear el género: “Hay que evitar cualquier extremismo. Lo que tienen que hacer los que están a favor y en contra de X es buscar consensos, dialogar, ceder en sus radicalismos. Los que no estamos ni con unos ni con otros nos vemos tironeados por quienes vuelven la espalda a soluciones democráticas y pactadas. La única propuesta realista y responsable pasa por establecer puentes y ceder cada uno un poco, hasta llegar a acuerdos en donde nos encontremos todos. La intransigencia no conduce más que al enfrentamiento y a extremar posturas. La moderación y la prudencia han de regir cambios que opten por soluciones imaginativas”.

Basta un examen superficial para reparar en que la naturalidad del chisporroteo anterior escamotea supuestos que están lejos de resultar obvios. Sin ir más lejos, el de que siempre hay soluciones intermedias. Algo discutible. Si sustituyen X por pena de muerte lo comprobarán. El problema no es de discrepancias o actitudes políticas, de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Se puede estar más o menos cansado o gordo, pero no se puede estar un poco embarazada o muerto. La distinción entre la calidad de las cosas y la calidad de nuestras ideas sobre ellas no es una tontería. La próxima vez que alguien le diga “piensa y aclárate, ¿me quieres o no?” recuerde que, con toda la razón del mundo, le puede contestar: “tengo muy claro que mi sentimiento es confuso”. Tener claro que una realidad es confusa no es lo mismo que tener una idea confusa sobre la realidad.

La secesión es uno de esos asuntos que no toleran el equilibrismo. Una frontera se levanta o no. La ciudadanía, a diferencia de la estupidez, no admite grados. A partir de determinado momento dejamos de compartir derechos y libertades con millones de conciudadanos. Por voluntad de una parte, ya no integramos la misma comunidad de decisión y de justicia. La voluntad y el oficio de los nacionalistas nos ha situado en ese terreno y, a estas alturas, entregarse al consolador conjuro de los buenos deseos comienza a ser algo peor que deshonestidad intelectual. La disposición a ignorar las malas noticias, a creer que lo que se quiere llegará a ser y que podemos jugar con situaciones dramáticas sin instalarnos en el drama, es un ejercicio de adolescencia política que no nos podemos permitir. La falta de limpieza mental, a fuerza de hurtar o edulcorar los problemas, los ahonda.

Ejemplos de esa inmadurez no faltan. El más evidente está en la trastienda de la esperada pregunta, que han resultado ser dos y malas: ni claras ni distintas no descartan resultados inconsistentes. En el trasfondo del despropósito no hay más que el intento de satisfacer la imposible exigencia de ICV de “una pregunta que permita contestar afirmativamente tanto a los independentistas como a los federalistas”. En realidad, solo había una pregunta, condición de posibilidad de cualquier otra, que permitiera salir de ese atolladero y que yo hubiera ofrecido gratis si me hubieran consultado: “¿Debemos abolir el principio de contradicción?”. Solo bajo el supuesto de que cabe apuntarse a una cosa y la contraria, tenía sentido la reclamación de ICV.

Algunos podrían creer que estas ocurrencias son herencias de los tratos de ICV con la dialéctica hegeliana o —esto quizá sea mucho suponer— con las lógicas paraconsistentes. Pudiera ser, aunque hay razones para pensar que la causa última se encuentra en una atmósfera juvenilmente atolondrada común en la política catalana, tan gestera y ampulosa. Al cabo, no es menor el desatino de ciertos socialistas cuando defienden que en el PSC caben independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas, esto es, unos que quieren discutir cómo vivir juntos y otros que quieren convertir en extranjeros a sus conciudadanos.

Nadie que piense limpio puede decir estas cosas. Un socialista, menos aún. El independentismo busca reducir el perímetro de la ciudadanía. Los derechos y las redistribuciones solo se contemplan para unos cuantos, los nuestros. Por decisión de unos, otros no cuentan. De hecho, de estar justificado el derecho de secesión (de la rica Cataluña respecto de España), la posibilidad de levantar unilateralmente una frontera, habría que contemplar un equivalente derecho de expulsión (de la pobre Extremadura de España).

Las cosas son exactamente al revés. El acuerdo importante se sitúa al otro lado de la pregunta de ICV o del fantasioso partido “oh, benvinguts, passeu passeu, ara ja no falta ningú”. Federalistas y jacobinos, socialistas y conservadores, no ponen en duda quiénes son sus conciudadanos. Quienes se toman en serio la democracia comparten un compromiso con una comunidad de ciudadanos iguales en derechos y libertades, donde la procedencia territorial es una simple circunstancia geográfica y parcialmente cultural que jamás puede ser fuente de privilegios ni fundamento de exigencias políticas. Sobre esa convicción compartida, los ciudadanos levantan sus discrepancias razonables, la posibilidad misma del debate democrático, de abordar los problemas —entre ellos, una financiación más justa y más eficaz— sin otros avales que la apelación a lo justo y debido.

Formar parte de la misma comunidad política implica que unos a otros nos otorgamos la elemental dignidad de debernos razones. Tenemos la obligación de explicar nuestras propuestas y el derecho a esperar explicaciones de los demás. Con los extranjeros eso no sucede. El que quiere levantar una frontera excluye a sus conciudadanos de su comunidad de justicia y de decisión, no los considera dignos de recibir razones. Por eso, la discrepancia política fundamental se establece entre quienes quieren la ruptura de la comunidad civil y quienes no, entre quienes defienden la secesión y quienes nos reconocemos conciudadanos. Una vez trazada esa línea, comienza la pasión de la democracia, entre gentes que aspiran a entenderse y a resolver sus discrepancias.

Pero hay otro problema en la retórica de las “soluciones intermedias”. Y es que, incluso cuando son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna. Algunos defensores de la tercera vía no tienen más argumentos que la vacua cháchara con la que comenzaba este artículo, ese “ni unos ni otros”. Tampoco ahora hay que confundir el sesgo cognitivo en favor del “camino de en medio”, la fascinación de la equidistancia, del que tanto provecho obtienen encuestadores y defensores de la superstición del “centro político”, con las buenas razones. El único atractivo de la tercera vía es su indeterminación. El alivio de la vaguedad ante los malos diagnósticos. Para confirmar la eficacia balsámica de los buenos deseos basta con ver la alegría con la que desde el PSOE se defienden dos propuestas incompatibles, el federalismo y el trato diferencial para “las comunidades históricas”. Todos están de acuerdo aunque no se sabe en qué y mejor no entrar en detalle, no sea qué. El problema de las soluciones intermedias es su inexorable imprecisión, su contenido mudadizo, subordinado a unos extremos que perfilan otros. Si mañana se interviniera la autonomía catalana, como hicieron Eisenhower, Kennedy o Johnson en diversos Estados de la Unión o Blair en el Ulster, el camino de en medio sería otro bien distinto.

La tercera vía no es nueva. Llevamos la vida entera en ella. La situación actual es la tercera vía respecto a otra previa que era la tercera vía de otra que también se presentaba como solución. En ese guion falaz ha instalado el nacionalismo su identidad y su estrategia: crear problemas para los que se presentan como solución y vuelta a empezar. Un somero paseo por Google confirma que, ya en los días en que se gestaba el Estatut, quienes ahora reescriben la historia y presentan los “recortes” del Constitucional como el origen de su independentismo, nos anticipaban que, fuera cual fuera el resultado, no bastaría para satisfacerlos, que el Estatut era solo estación de paso. La vida entera en la tercera vía y estamos peor que nunca. La política como promedio es, casi siempre, la política mediocre.

Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.

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09 PM | 16 Dic

LOS SEÑORES GAZEN SE DESPIDEN

El hotel Lutetia es uno de esos lugares con historia, lo cual se traduce en que fue importante y ahora lo es menos. Cuatro estrellas en París, Boulevard Raspail, rive gauche. Un clásico de las clases acomodadas que tuvo su época dorada entre las dos Grandes Guerras y que llegó con dignidad, estilo y probidad hasta hoy día. Hasta nuestra propia historia española, tan ayuna de hoteles en sus encuentros y desencuentros, tuvo en el Lutetia un momento de entusiasmo ya olvidado. Allí celebraron la primera rueda de prensa tres tipos inconfundibles en su estilo; el catedrático, Rafael Calvo Serer –incoloro, inodoro e insípido, como sus libros y su nada ascética soltería de miembro egregio del Opus Dei–; Santiago Carrillo, que probablemente no había pisado el hotel en su vida, y Antonio García Trevijano, insumergible superviviente cuya biografía convertiría las de Aznar o Zapatero o González en cuentos para niños con dificultades para la lectura. Se trataba entonces de la puesta en escena de la Junta Democrática y si se hizo en el Lutetia, probablemente fue a sugerencia de José Luis de Vilallonga, que sabía de eso de hoteles y de París, y por entonces ejercía ¡asómbrense! de portavoz de la institución recién nacida para derribar a Franco e instaurar una democracia coronada –si se avenía a ello– por Don Juan de Borbón, padre del actual Rey. (Más de uno pensará que estoy vacilando, pero fue cierto y sucedió allá por 1974).

Nada que ver con nuestra protagonista, Georgette Cazes. Ella se había reencontrado con su padre en 1945 recién salido de un campo de concentración nazi, y cabe pensar que era un lugar de referencia; entrañable y familiar ahora que ya tenía 86 años y había decidido abandonarlo todo. Ella y su marido, Bernard, reservaron habitación por internet una semana antes de su estancia. Los hoteles son reacios a contar nada y menos el número de la habitación. Quizá es lo menos importante. Lo cierto es que Bernard y Georgette Cazes habían decidido suicidarse y creyeron que nada mejor que el Lutetia. Eran gente de gusto.

Bernard Cazes, hasta jubilarse, ejerció de alto cargo de la Administración francesa. Ahora ocupaba sus horas en el paseo, la lectura y alguna colaboración esporádica en La Quinzaine Littérarie, una de esas revistas de la cultura francesa gracias a la cual entiendes porque ellos las tienen y nosotros no; algo ligado al humus de una sociedad civil culta. La verdad es que el Times Literary Supplement se ajustaba más a sus criterios. Su esposa, Georgette, profesora de latín, griego y literatura, jubilada, se enfrentaba a la mayor desgracia que le puede ocurrir a una lectora empedernida: quedarse ciega. Ya era inminente; se notaba en las cartas, breves, que enviaba a sus amigos: cada vez la letra era más grande, como si escribiera palotes.

Debieron pensárselo mucho. No querían ser una carga, ni para su hijo Patrick, ni para ellos mismos. ¿Cómo se cuidan dos octogenarios cuando entran en ese periodo imprevisible de enfermedades y decadencia humana que exige alguien más joven que les atienda? ¿Cuándo se pierde ese grado de lucidez que es el que decide “hasta aquí hemos llegado?”. La inteligencia se apaga y el valor se achica hasta convertirse en puro y elemental asentimiento: vivir aunque sea como las tortugas. Una ciega y un anciano que amenaza ruina. Ese dilema humano estremecedor que exige una envergadura excepcional para poder diseccionar las situaciones y decidir. Sobre todo decidir. Un viejo incapacitado no decide nada; todos lo hacen por él y no siempre en su beneficio. Porque, ¿cuál es su beneficio? Que se muera de una puta vez y deje de dar la lata a todos los que le rodean, porque ni oye, ni siente, ni habla. Sólo padece. O suponemos que padece, o quizá no; sobrevive.

Bernard y Georgette Cazes reservaron su habitación en el Lutetia, rigurosamente, y llegaron el jueves a media tarde. Desconozco qué hicieron. Si cenaron en alguno de los dos restaurantes del hotel, si sencillamente se limitaron a que les subieran algo a la habitación, lo cierto es que llamaron a la recepción para garantizar que les llevaran el desayuno a las 8,30 de la mañana; una forma obvia para que el camarero, que encontró la puerta cerrada, se esforzara por abrirla y descubriera lo que ellos habían decidido, sin necesidad de esperas y llamadas a la dirección. Ocurrió el viernes 22 de noviembre.

Estaban echados en la cama, cogidos de la mano y cubiertas sus cabezas de una bolsa de plástico. Las cartas a los amigos se habían mandado ese mismo día, por la mañana, para que cuando les llegaran la decisión estuviera consumada. Como era viernes y conociendo los hábitos del servicio postal no las recibirían hasta el lunes. Se despedían amablemente de sus íntimos, al parecer sin ninguna nota llamativa fuera de un sentimiento común de haber vivido una vida intensa y de que había llegado el momento de despedirse. Eso sí, Georgette, que debía ser más audaz que su marido, incluía una carta terrible, de esas que sólo una sociedad civil que sabe lo que es eso fuera de la fantasmagoría de la publicidad y la política; iba dirigida al Estado. Una burguesa consciente de sus responsabilidades y sus derechos.

“La ley prohíbe el acceso a toda pastilla letal que permita una muerte suave. ¿Quién tiene derecho a impedir a una persona sin responsabilidades, en regla con el Fisco, habiendo trabajado todos los años que le correspondían y después de ejercer actividades de voluntariado, qué derecho la obliga a prácticas crueles cuando se quiere quitar la vida?”. Y no sólo eso, sino que exige a su hijo Patrick que esta requisitoria contra el Estado se lleve adelante. ¿Acaso no tiene razón? Al fin y al cabo, como ella misma encabeza su misiva, se trata “de una falta de respeto del Estado francés a la libertad de los ciudadanos”.

Tengo entendido que en el estado norteamericano de Oregón, en la costa del Pacífico (4 millones de habitantes) se permite esta práctica por cuenta de la Administración, una de esas singularidades del mundo gringo que te deja perplejo al tiempo que te admira; en los estados vecinos te condenarían a la perpetua por tamaña pretensión. Un ciudadano tiene derecho a morir como le da la gana, con mayor razón aún a que te maten y que el Estado justifique tu muerte con razones mucho más insensatas y crueles que la decisión humana de desaparecer.

En una medida equivalente a la del derecho a vivir en condiciones normales debe existir el derecho a morir sin sufrimiento. No es el Estado el que decide cómo debes morir, ni cuándo, ni las Iglesias, ni los apóstoles, sino aquel que considera que su ciclo ha terminado, que ha vivido con una mujer encantadora, hermosa e inteligente –Georgette lo era– y que ya no merece la pena seguir haciendo sufrir a una ciega octogenaria que lo había visto todo y que ya no podía volver a ver nada que no fuera su interior. Como si fuera una sociedad de verdugos que te condenan a vivir como una forma de ganarte, no el cielo que pregonan sino su buena conciencia. Se amaron durante sesenta años, nada ya podrá ser igual, sino un deterioro, una decadencia que acabará haciéndoles ácidos y odiosos a sí mismos, porque el dolor saca lo peor de nosotros y revuelve lo que debería quedar como un pasado inolvidable. Se lo llevaron dentro.

 

 

Hay un tango de Astor Piazzolla construido sobre unos versos de Horacio Ferrer. Se llama Balada para mi muerte. Conozco una versión conmovedora hasta las lágrimas de la italiana Mina, en directo, con Piazzolla al bandoneón. Ahí está una declaración brutal y nada estilo Lutetia, pero que a buen seguro le gustaría a Georgette, a la que imagino adorable, entre sus versos clásicos y la gran literatura. Es sencilla y trágica como los tangos: “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada… Mi penúltimo whisky quedará sin beber”. Un homenaje al matrimonio Cazes, por su dignidad. A vivir, nos obligan; morir, en ocasiones, es escoger.

GREGORIO MORAN- LA VANGUARDIA

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12 PM | 01 Dic

¿no hay alternativa para la socialdemocracia?

PACTO CDU-SPD EN ALEMANIA

¿No hay alternativa para la socialdemocracia?

MARTINE ORANGE

Sábado 30 de noviembre de 2013

Angela Merkel y Sigmar Gabriel, dirigente del SPD, han llegado a un acuerdo para un programa de gobierno. Salvo en el tema del salario mínimo, la continuidad con la política realizada por la CDU en solitario estos últimos años es patente, en particular en el tema de Europa. Los miembros del SPD, que deben aprobar mediante votación este acuerdo, tienen en sus manos algo más que la suerte de su partido.

El pasado miércoles 27 de noviembre de 2013, han firmado un acuerdo de gobierno. Pero, ¿qué han firmado exactamente? Al día siguiente del anuncio del acuerdo gubernamental concluido entre la CDU de Angela Merkel y el SPD dirigido por Sigmar Gabriel, los miembros del SPD comienzan a hacerse preguntas. ¿Este proyecto de coalición gubernamental es el bueno? ¿No puede ser mortífero para su partido, como lo fue la gran coalición de 2005? El examen de las propuestas planteadas en el proyecto de gobierno puede resultar muy duro los días que vienen. Pues son los 470.000 militantes del SPD quienes tienen la llave de la coalición gubernamental. El acuerdo está sometido a su voto. El resultado del escrutinio interno será conocido el 14 de diciembre.

Este acuerdo es para la gente de a pie”, ha explicado el jefe del SPD para intentar ganar inmediatamente votos. Pero numerosos militantes del partido comienzan a mostrar sus dudas, incluso su negativa a aprobar el texto. Vacilaciones muy comprensibles.

Pues a la primera lectura, este acuerdo está lejos de retomar las ideas defendidas durante la campaña (que eran más que moderadas). La gran tendencia del proyecto es más bien la continuidad de la política en marcha desde 2005, no habiendo logrado el SPD más que influir de forma marginal sobre las futuras orientaciones del gobierno. Según resulta previsible, el gobierno Merkel 3 va a parecerse rabiosamente al Merkel 2.

Había un asunto al que se daba el carácter de test: el salario mínimo. Durante la campaña, Angela Merkel había expresado todo lo mal que veía esta propuesta defendida por el SPD. Para la canciller, no podía más que resultar nocivo para la competitividad de las empresas alemanas y la buena salud de la economía y el empleo. Anunciando en el acuerdo de que será instaurado un salario mínimo de 8,5 euros la hora en Alemania, Angela Merkel parece pues hacer una concesión inmensa.

Pero hay un subtexto. Si hay verdaderamente salario mínimo, éste no será instaurado definitivamente más que el 1 de enero de 2017. Mientras tanto, la nueva coalición pretende favorecer el diálogo entre patronal y sindicatos a fin de llegar a acuerdos sobre el salario mínimo por rama. Está ya previsto también que ciertos empleos, como los de temporada o en el sector agroalimentario por ejemplo, permanezcan de todas formas inferiores al salario mínimo.

Se comprende la prudencia de ciertos electos del SPD que demandan ya aclaraciones en particular sobre los nombramientos. “No tiene la misma significación si es la CDU o somos nosotros quienes tenemos el ministerio de trabajo”, señala Michael Roth, secretario general del SPD del Land de Hesse. Teniendo en cuenta los términos del acuerdo sobre el salario mínimo, la propuesta puede ser enteramente desviada, vaciada de su contenido o al contrario reforzada, en función de la personalidad que ocupe el puesto.

Por el momento, los dos partidos se han negado a dar las menores indicaciones sobre la distribución de los puestos. Parece algo ya decidido que la CDU y el SPD tendrán cada uno siete ministerios y la CSU (derecha bávara) tres. Angela Merkel será canciller. Sigmar Gabriel debería tener la vicepresidencia. Y Wolfgang Schauble, hombre insoslayable para la canciller, está considerado como inamovible: debería volver a sus funciones en el ministerio de finanzas.

El otro gran tema social eran las jubilaciones. La CSU defendía con fuerza un aumento de las jubilaciones para las mujeres que hubieran abandonado su empleo para educar a sus hijos, o que habían estado más expuestas a un trabajo precario. Por su parte, el SPD quería obtener que los asalariados que hubieran cotizado 45 años pudieran jubilarse a los 63 en lugar de los 67 años, sin ser sancionados con un descuento. Se ha satisfecho a los dos partidos. En fin, cuando las grandes ciudades alemanas descubren la especulación inmobiliaria, la coalición se ha comprometido a proseguir su política de control del precio de los alquileres y a poner un techo a los aumentos del 15% en cuatro años.

Poner el acento en las jubilaciones más que en la educación, apoyar a las madres jubiladas más que ayudar a las madres jóvenes, controlar los alquileres más que desarrollar la vivienda social -en una palabrahacer una política directamente dirigida a la mayoría de personas de edad- es significativo. Alemania puede parecer el hombre fuerte de Europa pero sus debilidades son evidentes. Alemania envejece y se encoje ”, comenta Alan Posener del diario inglés The Guardian (25/11/2013).

La única innovación política es el compromiso de la coalición de autorizar a los hijos de padres inmigrantes, nacidos en Alemania pero que no tienen la nacionalidad de un país de la Unión, a tener una doble nacionalidad. Hoy, son obligados a elegir entre las dos nacionalidades a los 23 años. Pero es cierto que ciertos medios patronales apoyaban esta medida propuesta por el SPD.

Europa, la gran ausente

Los medios patronales igual que numerosos “expertos” se inquietan ya por estos “locos gastos” y el futuro derrapaje de las finanzas públicas. “ Alemania no va a ser ya un modelo para Europa”, advierten. “ El mayor problema es la asociación de reglas más estrictas en el mercado de trabajo, el despilfarro en la edad de la jubilación y la instauración de nuevas ventajas para los jubilados ”, sostiene Clemens Fuest, director del Centro Europeo para la Investigación Económica. “ Esto va a conducir a una subida de las cargas de la seguridad social y a reducir el empleo en un momento en que tenemos necesidad de más empleo” dice tajantemente.

Los gritos de alarma sobre el desmantelamiento del modelo alemán son, sin embargo, algo que hay que relativizar vistas las cifras planteadas. Los dos partidos han cifrado los nuevos gastos públicos referidos a la vez a lo social, las infraestructuras y la energía, y el relanzamiento de la inversión y de la investigación, en 23 millardos de euros suplementarios. Esto representa el 0,6% del PIB alemán.

Los esfuerzos por un relanzamiento de Alemania que el FMI y los Estados Unidos defendían para arrastrar a toda la zona euro corren el riesgo de no aparecer. Tanto más en la medida en que Angela Merkel y Sigmar Gabriel han confirmado su intención de defender absolutamente la “virtud” presupuestaria alemana. Los dos partidos se han comprometido a no hacer ningún aumento de impuestos, a realizar un equilibrio presupuestario desde 2014 y un excedente posteriormente, y finalmente, a no recurrir a ningún endeudamiento suplementario, e incluso a disminuirlo en cuanto sea posible.

Pero la continuidad más llamativa corresponde a Europa. ¿La prueba? Casi no se trata en el acuerdo CDU-SPD. Numerosos periodistas se han inquietado por la ausencia de referencia a Europa, como si la crisis europea no existiera, como si nuevos peligros no emergieran. Esto no es por casualidad, los dos partidos están poco más o menos de acuerdo en todo: la regla alemana debe imponerse a todos.

A pesar de las declaraciones públicas de varios dirigentes del SPD, los que han negociado con Angela Merkel comparten su análisis sobre la organización de Europa. Ni hablar de compartir las deudas de los países o de crear eurobonos, sino que cada país debe seguir siendo responsable de sus compromisos pasados. Para armonizar la zona euro, cada país debe proseguir sus reformas estructurales. Ni hablar tampoco de ayudar a un país sin un plan de austeridad y medidas cifradas. Incluso si el FMI se retira del proceso de los rescates europeos, los métodos de la Troika deben continuar aplicándose.

En fin, la unión bancaria, para los dos partidos, no puede hacerse más que según el esquema ya acordado por Alemania: cada país debe supervisar sus bancos y asumir su rescate eventual. En caso de quiebra bancarias, el proceso experimentado en Chipre debe aplicarse: los accionistas, los poseedores de obligaciones y también los depositarios deben hacerse cargo de las pérdidas antes de toda ayuda pública.

El enfado creado por este programa puede llegar mucho más allá de la base del SPD. Todo lo que queda de la socialdemocracia europea ve hundirse sus esperanzas. Si se forma la gran coalición deseada por Angela Merkel, los proyectos de reunir las fuerzas socialdemócratas para proponer una política diferente en las elecciones europeas se verán arruinados. ¿Cómo decían? There is no alternative. ¿No es la demostración que quiere hacer Angela Merkel?

28/11/2013

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07 PM | 24 Nov

LAS TENTACIONES

He recorrido las salas casi desiertas del Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa buscando un solo cuadro, Las tentaciones de san Antonio,de El Bosco. He venido a verlo con treinta y tantos años de retraso. Cuando estaba en la universidad y me gustaba imaginarme una carrera profesional como estudioso de alguna rama a ser posible recóndita de la historia del arte le dediqué mucho tiempo a un proyecto de monografía o de tesina sobre los cuadros de El Bosco, y este tríptico de Lisboa era uno de mis preferidos. Cualquier tema en el que se ahonde un poco se revela inagotable. A mí me gustaba indagar en los significados posibles de esos hormigueros de criaturas, plantas, frutos, objetos, en los que se va perdiendo la mirada, pero también fijarme en la destreza meticulosa con la que estaba ejecutada la pintura, la solvencia con que un artista flamenco extiende diminutas pinceladas de óleo sobre una tabla, con una técnica tan distinta de la de los italianos.

Examinaba lo más de cerca que podía las láminas en color en la biblioteca de la Facultad, en Granada, mirando con envidia los nombres de los museos y de las ciudades en las que se encontraban los cuadros. Para quien no puede viajar por falta de dinero el nombre de una ciudad tiene la belleza de lo casi imaginado. La ciudad más tentadora, también imposible a pesar de su cercanía, era Madrid, donde una sala entera del Prado estaba dedicada a El Bosco.

El Bosco no era un genio solitario y marginal, sobre todo porque los genios solitarios son un invento posterior a él

Cuando al fin pude hacer ese viaje y ver los boscos del Prado todavía me acordaba de muchas de las cosas que había aprendido mientras hacía aquel trabajo, pero de mis expectativas sobre una carrera en la historia del arte no quedaba nada. Entonces sí que pude apreciar de cerca lo que antes sólo había intuido, esa calidad vibrante de la pintura, la fuerza de los colores no ensombrecidos por el paso de siglos, el contraste entre la modernidad del medio —el óleo— y la macabra imaginería medieval que representaba. Cuesta hacerse a la idea de que El Bosco es una generación más joven que Piero della Francesca y coetáneo casi exacto de Leonardo da Vinci. Comparado con ellos, parece muy anterior, menos cercano al Renacimiento que a los bestiarios fantásticos y a los capitales abigarrados de siglos anteriores. Y también pareció, en una época tan dada a la vanidad estética como el siglo XX, que era un predecesor de las alucinaciones y las irracionalidades del surrealismo, ese movimiento en el que abundaron tanto los expertos en autopromoción. El mérito de El Bosco, como el de los profetas del Antiguo Testamento, habría sido anunciar con quinientos años de anticipación a André Breton y sus amigos, y de paso el psicoanálisis y hasta la psicodelia.

En el prólogo a su excelente biografía de Marx, Jonathan Sperber dice que un historiador es alguien «dedicado a entender el pasado en sus propios términos, y cuidadoso de no jugarlo según las concepciones del presente». En el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa, sentado delante del tríptico de Las Tentaciones de san Antonio, yo sentía la apelación turbadora y burlesca de esas imágenes que estaba mirando de cerca por primera vez, en ese estado creciente de excitación que tiene algo de embriaguez visual. Y también me acordaba de mi antiguo proyecto, de la necesidad de saber lo que el pintor y sus contemporáneos veían en ellas. El Bosco no era un genio solitario y marginal, sobre todo porque los genios, solitarios y marginales o no, son un invento varios siglos posterior a su vida. Vivía y trabajaba en su propio tiempo, no en un anticipo defectuoso del nuestro. Hijo y nieto de pintores, y miembro como ellos de un gremio, ejercía su oficio en un sistema de producción muy reglado, en el que ser pintor no tenía nada de particular. Probablemente esa posición estaba reforzada porque vivió siempre en una ciudad provincial, Hertogenbosch, no en uno de los centros que en Flandes o en Italia marcaban los caminos más renovadores en el arte. Y no hay tampoco indicios de que fuera un heterodoxo o un radical religioso o político. Lujos así no podía permitírselos un artesano de la pintura. Era un miembro respetado de la comunidad, y tenía una clientela variada e influyente. De modo que nada de visiones delirantes que no pudieran ser comprendidas por sus contemporáneos, y que debieran esperar varios siglos hasta merecernos a nosotros: la gran mayoría de esos seres que pueblan sus pinturas pertenecen a repertorios simbólicos que eran de conocimiento común en su tiempo. El Bosco no se dedicaba a escandalizar a los biempensantes, como aseguran que hacen algunos de los artistas más celebrados y mejor pagados de la actualidad, sino a representar el mundo de acuerdo con un idioma visual que nos parece indescifrable no porque lo sea, ni porque hubiera nacido de la fiebre visionaria o trastornada de su imaginación, sino porque se ha perdido una gran parte del conocimiento necesario para comprenderlo. De vez en cuando, sus imágenes son traslaciones literales de proverbios en holandés, o incluso de giros o juegos de palabras. Su mundo es el del milenarismo a la vez religioso y político de la tardía Edad Media, el de las danzas de la muerte, las celebraciones carnavalescas, la sátira de la desvergüenza de los frailes, la exigencia de una piedad interiorizada y contemplativa que poco después daría lugar a la Reforma.

El Bosco no se dedicaba a escandalizar a los biempensantes, como algunos de los artistas más celebrados

Durante meses leí en vano todo lo que pude sobre el mundo y los mundos de los tiempos de El Bosco, sobre símbolos alquímicos y figuras del tarot, sobre la cultura popular que asoma en Erasmo y en Rabelais, con su celebración de lo corporal y lo grotesco, según explicaba con erudición impetuosa el gran Mijaíl Bajtín. Creo que llegué a saberme casi palmo a palmo el tríptico de El carro del Heno, el de El jardín de las delicias, este de Las Tentaciones de san Antonio que no tenía ninguna esperanza de ver porque estaba en la lejanísima Lisboa.

 

No me sirvió de nada. En aquellos la historia del arte era unas veces un catálogo polvoriento de fechas y títulos y descripciones detalladas y superfluas, y otras veces un rumiar monono de palabrería marxista perfectamente intercambiable, fuera cual fuera la obra, la época o el artista del que se tratara. Había un marxismo rústico que veía la lucha de clases hasta en un apio de Sánchez Cotán y un marxismo de más altos vuelos intelectuales con muchas citas de Althusser y de retorcidos teóricos italianos. Daba igual. En los estudios de historia del arte no había casi nadie que se molestara en mirar una obra de arte o que nos alentara a hacerlo, a descubrir su materialidad irreductible, a intentar comprender el proceso por el cual había llegado a existir. Tan ocupados estaban en asignarles significados ideológicos que no tenían ninguna curiosidad por saber qué habían significado para quienes las hacían, las encargaban, las admiraban.

Ha pasado el tiempo y no sé si queda algún rastro de aquella palabrería estéril: en Lisboa, en la última sala del Museo de Arte Antiguo, permanecen inalterables la maravilla y el misterio de Las tentaciones de san Antonio. Ha valido la pena tardar tantos años.

www.antoniomuñozmolina.es

 

 

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