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01 AM | 10 Feb

“Fachos” pobres

La derecha chilena ha sabido atraer al electorado

ubicado en el centro social y político.

Carlos Franz, EL PAÍS, viernes 9/2 2018

 

El candidato de la derecha y expresidente, Sebastián Piñera, ganó las recientes elecciones presidenciales chilenas. Esa misma noche Piñera habló ante una multitud congregada en el centro de Santiago. La televisión mostró a miles de personas convergiendo hacia ese punto desde los confines de esta extensa ciudad. Decenas de periodistas cubrieron esas manifestaciones variopintas realizando las usuales entrevistas callejeras.

Un reportero interrogó fugazmente a un matrimonio con dos hijos pequeños. Estos llegaron en metro desde la populosa comuna de La Florida para celebrar al candidato ganador. Cuando el periodista les preguntó si militaban en algún partido, ella respondió con sencillez: “Somos de clase media”.

Esa inesperada y eficaz respuesta podría explicar, en parte, la derrota de la izquierda y este triunfo de la derecha chilena.

Los sectores menos renovados de la vieja izquierda coinciden con la nueva ultraizquierda del Frente Amplio (equivalente al Podemos de España) en una visión simplista de la derecha. Este simplismo los lleva a una estrategia política errónea. Para ellos el derechismo solo podría explicarse como una defensa egoísta de grandes intereses económicos. Los derechistas serían “los poderosos de siempre”, como los llamó el Gobierno saliente en un vídeo publicitario.

Sin embargo, es obvio que esos “poderosos” solo suman una fracción ínfima de aquel 54% del electorado que eligió a Piñera. Entonces, ¿de dónde salió esa mayoría que votó por la derecha?

En Chile, la izquierda más exaltada responde esa pregunta repitiendo una ofensa que ella misma puso de moda: aquellos que sin ser ricos votan por la derecha serían “fachos pobres” (fachos=fascistas). Un marxista clásico los habría definido como “proletarios alienados y desclasados”. Pero más gráfico fue el contramanifestante de izquierda que los llamó “cuidadores de la mansión de los ricos”.

Durante un debate poselectoral, un alcalde comunista mencionó otro aspecto de aquella creencia. Cuando una senadora derechista argumentó que su ideal era aumentar la libertad de las personas el alcalde le respondió que los pobres no son libres, por ejemplo, para elegir que sus hijos estudien en los carísimos colegios de la élite santiaguina. La senadora derechista fue incapaz de refutar ese argumento demagógico.

Posiblemente, esa joven familia de reciente clase media que celebraba a Piñera sí habría sabido qué responder. Ellos no son arribistas. Seguramente, no ambicionan que sus hijos asistan a ese par de colegios elitistas y clasistas que mencionó el alcalde. Lo que ellos desearían es una buena reforma educacional, centrada en la calidad, que les permita escoger colegios en un sistema público tan excelente que hasta los ricos deseen asistir a él.

Esa familia no es de proletarios alienados sino de pequeños propietarios. La “mansión” que cuidan no es ajena sino que es su propia modesta vivienda que pagan mensualmente con dificultad y orgullo. Sin duda, ellos desean una buena red de seguridad social, pero no les gustaría perder la propiedad de su cuenta de ahorros previsionales. Quieren una mejor distribución de la riqueza, pero entienden que para distribuirla antes hay que crearla. Esa familia prefiere reformas graduales antes que súbitas refundaciones.

Esa prudencia es típica de una pequeña burguesía naciente. Así como es típico y anticuado el desprecio con el que la izquierda extremada mira a ese sector social.

La coalición de centro-izquierda chilena perdió esta elección porque antes había perdido a muchas de esas familias de la vasta clase media emergida en los últimos 30 años de prosperidad. Tironeados por el extremismo juvenil y podemita del Frente Amplio, numerosos socialdemócratas se avergonzaron de sus renovaciones ideológicas y se radicalizaron. Incluso los comunistas olvidaron la vieja lección de Lenin: el izquierdismo es “la enfermedad infantil” del comunismo.

Entonces el centro social y político quedó huérfano y esta vez la derecha supo acogerlo.

No era inevitable que ocurriera así. Esa familia que ahora votó por Piñera no le pertenece a la derecha ni a la izquierda. Ellos se pertenecen a sí mismos y a sus sueños. Lo más respetuoso sería aceptar que su auténtica militancia es la que exhibieron con orgullo cuando los entrevistaron: son de clase media.

Cuando la izquierda chilena deje de considerarlos “fachos pobres” y vuelva a respetarlos, quizás esas familias volverán a votar por ella.

 

Carlos Franz es escritor.

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02 PM | 15 Ene

CIEN AÑOS DESPUÉS

JOSE LUIS PARDO

En el año recién terminado han pasado casi inadvertidos los centenarios de la toma del Palacio de Invierno y la presentación del urinario ‘Fuente’. Dos tentativas de subversión en una misma atmósfera: el fin del mundo moderno

Cien años después
RAQUEL MARÍN

Ay, qué pesado, qué pesado

Siempre pensando en el pasado

Se nos ha ido un año tan lleno de convulsiones, contusiones y sainetes que la palpitante y siempre tiránica actualidad ha hecho que nos pasaran casi inadvertidos, entre muchos otros, dos centenarios que en otras circunstancias habrían dado bastante que hablar. Uno, el que a primera vista parece más serio, es el de la toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo por el Ejército Rojo, que dio pie al establecimiento de la URSS. Este hecho extrae ante todo su seriedad, como todas las revoluciones políticas, del elevado número de cadáveres con los que abona el campo de batalla (y que a medida que crece hace más difícil admitir que los que murieron lo hicieron “para nada”), pero le añade a esta gravedad histórica una seriedad moral: la de haber supuesto, para muchísimas personas y durante muchísimo tiempo, un foco de esperanza política que señalaba a la humanidad el camino de su futuro.

¿El que hayamos pasado como de puntillas sobre este centenario se debe solamente a que ya no existe la Unión Soviética y, por lo tanto, el foco ha desaparecido, llevándose con él el prometido final feliz de la historia universal? No creo que este sea el principal motivo, sobre todo porque el final del “socialismo real” ha coincidido con una cierta revitalización del comunismo, al menos como vocablo, que intenta por todos los medios desprenderse de su funesto pasado histórico y engancharse a las nuevas circunstancias. Pienso más bien que la causa fundamental de la ausencia de conmemoración de la revolución de octubre es la infinita vergüenza que produce, sobre todo en el ámbito intelectual y de la opinión en general, el haber permanecido ciegos durante décadas y décadas ante la evidencia hoy irrefutable de lo que fue aquel “socialismo real”, que hoy aún reconocemos en los Estados comunistas residuales como China, Cuba o Corea del Norte y sus adláteres, en los que lejos de ver un estadio “degradado” del proyecto comunista podemos experimentar en vivo la cruda realidad de lo que fue desde el principio aquel “socialismo” en el que ya en 1920, en su visita a Lenin, Fernando de los Ríos vio “las tenebrosidades de un mundo policíaco”. Incluso podría suceder que el alboroto con el que hoy nos escandalizamos ante las “posverdades” que fabrican los gabinetes de prensa especializados en producir “hechos alternativos” para justificar ciertas políticas nos oculte, más o menos interesadamente, la facilidad con la cual durante tanto tiempo las élites culturales y los líderes de opinión occidentales contribuyeron, amparados en una racionalidad moral superior, a negar una siniestra realidad que conocían bien, convirtiéndose en aliados objetivos de los aparatos de propaganda de esos regímenes policíacos.

El otro centenario ha sido el de la presentación, por parte de Marcel Duchamp, de un urinario firmado con el seudónimo de Richard Mutt y bautizado como Fuente a una exposición de artistas independientes en una galería de arte de Nueva York. Comparado con la revolución de octubre, este “atentado simbólico” puede parecer solamente una broma (aunque una broma pesada), como sin duda se lo pareció a muchos de sus contemporáneos, quién sabe si también a su propio autor. Pero el caso es que, andando el tiempo, y mucho después de su desaparición material, ha llegado a ser considerado como la obra de arte más influyente del siglo XX, según dictamen de 500 expertos internacionales en el año 2004. Y ello no sólo porque representa el gesto fundador del arte conceptual, sino porque acaso resume mejor que otras piezas la intención profunda de las vanguardias históricas, convertidas hoy en una suerte de clasicismo del arte contemporáneo. Se diría que no existe entre estos dos hechos revolucionarios más relación que la de que el azar los ha reunido en el mismo año.

Y sin embargo se trata de dos tentativas de subversión inmersas en una misma atmósfera: la que anunciaba, con el telón de fondo de la guerra mundial, el final del mundo moderno (de lo que entonces se llamaba “la sociedad burguesa”) y su sustitución por otro diferente y mejor. En segundo lugar, así como la revolución de octubre no pretendía ser una revolución política entre otras, sino la que pondría fin a la política en cuanto tal (ya que culminaría con la desaparición del Estado, que es el marco que en la modernidad confiere sentido al término “política”), tampoco la revolución vanguardista quería ser una revolución artística más (como lo habrían sido el barroco o el neoclasicismo), sino que aspiraba a terminar con el arte como institución y como esfera diferenciada para diluirlo en la vida común, del mismo modo que el comunismo prometía, en palabras de Lenin, abolir la diferencia entre una cocinera y un jefe de Estado. Por último, el estadio histórico-cultural que ambas revoluciones querían superar es en los dos casos lo que hemos dado en llamar la representación; y aunque no se puedan identificar de forma simple la representación estética y la representación política, ambas aluden a todo un entramado de mediaciones (el parlamento y la separación de poderes en un caso, la autonomía de los valores estéticos y la crítica de arte en el otro) que ese nuevo mundo post-burgués vendría a invalidar mediante el paradigma de la inmediatez. Y a todo ello ha de añadirse que, durante la primera mitad del siglo pasado, las complicidades, connivencias, alianzas y dobles militancias entre los miembros de los ismos políticos y los de los artísticos fueron moneda corriente y hasta casi obligatoria en algunos períodos concretos.

Pero, ¿no se podría objetar que, pese a todo, la revolución de octubre fracasó, mientras que la revolución de Duchamp ha tenido éxito? No es tan seguro. Las dos revoluciones fracasaron en la medida en que el mundo post-moderno del que se consideraban la avanzadilla no llegó a existir o, lo que es peor, sólo pudo hacerlo con los tintes infernales del totalitarismo. Pero ambas nos han dejado como herencia el síndrome de “despreciar al burgués” (hoy convertido en “despreciar al ciudadano”, que después de todo es lo que significaba “burgués”), junto con una desconfianza frente a la representación pública y artística y una nostalgia de la inmediatez estética y política que ha dado lugar a un linaje de artistas incómodos en su propia condición, de la que les gustaría liberarse, y a otro de políticos que habitan las instituciones representativas al mismo tiempo que las ponen en entredicho. Y a lo mejor la discreción con la que hemos atravesado estos dos centenarios tiene que ver con un cierto y comprensible afán de cubrir nuestras vergüenzas que, sin embargo, podría conllevar una desagradable falta de reflexión sobre nuestro pasado y, en definitiva, un déficit de explicación con nosotros mismos y con el porvenir de las sociedades de nuestro tiempo.

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03 PM | 17 Dic

Carlismo (artículos de Enric Juliana en la Vanguardia

Está surgiendo un nuevo carlismo en Catalunya. Un carlismo que reivindica su legitimidad histórica frente a las decisiones políticas y jurídicas de un régimen que considera falsamente liberal. Es el carlismo de Carles Puigdemont. Un carlismo que impregna y da alma a Junts per Catalunya, el vector con un mayor ritmo ascendente en las encuestas.

Escribo estas líneas con evidentes ganas de provocar, puesto que toda mención al carlismo sigue provocando espasmos nerviosos en este país. El carlismo aún llama la atención.

Hay dos referencias de la historia política española que han sido caricaturizadas hasta la extenuación: el federalismo y el carlismo. El federalismo ha quedado asociado al grotesco grito de “¡Viva Cartagena!” El federalismo, según el viejo canon oficial español, conduce al cantonalismo disgregador. Con el federalismo vuelven los reinos de taifas.

El carlismo también es feo. El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras.

Carles Puigdemont conoce de cerca el carlismo. Su pueblo natal, Amer, fue centro de operaciones del general Ramón Cabrera en 1848 durante la guerra dels matiners(segunda guerra carlista, que tuvo como escenario principal Catalunya). Los matiners(madrugadores) combatieron en ocasiones en compañía de partidas republicanas. Carlistas y republicanos se volvieron a encontrar juntos en la Solidaritat Catalana de 1906-09, amplísima coalición electoral que puso en crisis a los partidos dinásticos y significó el despegue de la Lliga Regionalista. . No es ningún secreto que durante el mandato de Jordi Pujol los mayores porcentajes de voto nacionalista se registraban en las comarcas de vieja tradición carlista. Aquellas comarcas son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI.

La tozudez del carlismo. Esta curva, si no la cogemos bien, nos lleva de nuevo al tópico y a la caricatura: una Catalunya rural, egoísta y cerrada sobre sí misma, versus una Barcelona cosmopolita.

Algunos defensores del carlismo acuden a Carlos Marx en busca de auxilio: “El carlismo no es un mero movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales; es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares…”, habría escrito en 1854.

Hay otros estudiosos que ponen en duda la veracidad de esta elogiosa cita.

Evocar el carlismo en el actual momento de Catalunya es como pulsar las teclas más graves de un viejo órgano en una iglesia vacía y dormida. Las notas, probablemente desafinadas, despiertan fantasmas del pasado. Al fondo de la nave, una silueta femenina. Alzada, orgullosa y severa. Es Cayetana Álvarez de Toledo, liberal combatiente, que musita: “Boinas, boinas, boinas. Todos los enemigos de España llevan boina”.

El carlismo aún levanta muchas pasiones. Lo he podido comprobar esta semana a raíz de un artículo breve sobre el carlismo de Carles Puigdemont, publicado el pasado lunes. Comentarios encendidos en las redes sociales, artículos de réplica, más de una sonrisa cómplice, algunas miradas ceñudas y las palabras de un viandante anónimo, ayer por la mañana: “Con lo del carlismo se ha quedado usted corto”. Hay una tecla grave que resuena, sí.A los carlistas resistentes no les gusta mucho que se escriba con ironía sobre su fe. Ni que sea una ironía suave. El orgullo carlista es una delicada taza de porcelana. “El carlismo es hermoso–escribe Jesús María Aragón en la página web del Partido Carlista–; el carlismo es hermoso para quien va más allá de la imagen deformada que de él promueve su más acérrimo enemigo, el liberalismo. El carlismo es hermoso porque promueve la autogestión en todos los órdenes de la vida (…)”.E

Uno de los hombres de Puigdemont, el historiador Agustí Colomines Companys, persona siempre cordial, ha dedicado al asunto un largo artículo en la publicación soberanista El Nacional. Introduce un concepto ingenioso para referirse a la lista Junts per Catalunya: “carlismo juntista”. Carlismo, de Carles. Juntista, en referencia al nombre de la candidatura y a la tradición de las juntas liberales. Dice Colomines: “El carlismo juntista pretende abrir una nueva etapa en Catalunya y quiere aprovechar la invasión españolista para crear una nueva realidad política sin las rémoras maliciosas del pasado que destruyeron CDC, por ejemplo”. Interesante observación. El “carlismo juntista” serviría, entre otros objetivos, para lavar los pecados de la corrupción. La segunda refundación de CDC. Adiós, PDECat. Ahí está la clave. El gen convergente, verdaderamente, es indestructible. Puede llegar a superar a la Democracia Cristiana italiana.

Jorge Dioni López, periodista zamorano, agudo observador de la política española y entrañable amigo, me hace llegar el siguiente comentario: “Me interesa la analogía con los tiempos actuales. El carlismo adquirió popularidad en la medida que era una reacción contra un liberalismo que imponía cambios económicos drásticos y nuevas miserias. El vapor y la industria frente al antiguo orden agrario. Ahora también estamos ante la irrupción de una nueva economía que destruye viejas seguridades y genera nuevos proletarios a jornal: conductores, repartidores y precarios de la más distinta especie. Mucha gente vuelve a tener ganas de ir a la contra”.

El escritor Josep Navarro Santaeulàlia lo ve de otra manera: “¿Carlismo? No analice desde tópicos decimonónicos. Hay un porcentaje más alto de licenciados y de gente que habla inglés y viaja por el mundo, usuarios de nuevas tecnologías y empresarios modernos, en ciudades como Olot, Figueres y Banyoles, que no en l’Hospitalet o Santa Coloma de Gramenet”. El intelectual noucentitsta Gabriel Alomar abogó por una Catalunya-ciudad igualitaria. En la Catalunya-ciudad del siglo XXI parece que aún hay clases.

El carlismo provoca. Efectivamente, los dos millones de votantes soberanistas no llevan boina, trabuco y una cantimplora de ratafía atada al cinto. El carlismo es una nota grave que despierta la memoria de viejas rebeliones. “El recuerdo de las generaciones muertas puede llegar a oprimir como una pesadilla la conciencia de los vivos”, escribió Carlos Marx.

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12 PM | 02 Dic

Negrín: elogio de un hombre odiado

Conocer la vida del último presidente del Gobierno republicano es conocer la historia de España. Murió solo, enfermo, traicionado y derrotado después de una vida de entrega en una época de deslealtad de nacionalistas y anarquistas

Negrín: elogio de un hombre odiado
ENRIQUE FLORES

Corría mayo de 1937 y Azaña acabó de decidir el nombre de quien sería el último presidente del Gobierno republicano. Largo Caballero había dimitido tras los “sucesos de Barcelona”, que habían dejado 400 muertos y mil heridos. Eran tiempos difíciles para la República y Juan Negrín habría de lidiar con ellos.

El hasta entonces ministro de Hacienda se había formado principalmente en medicina, aunque posteriormente había estudiado química y economía. Negrín tenía claro que las opciones de victoria republicana pasaban por la maximización de los recursos del Estado, que habrían de garantizar la provisión de armas y municiones al ejército, pero también los suministros necesarios para el mantenimiento de la población civil en las zonas leales, menos productivas y más pobladas que las áreas bajo influencia sublevada. A las dificultades militares se añadían el oportunismo desleal de nacionalistas, anarquistas y colectivistas.

Negrín, perteneciente a una familia de comerciantes de Las Palmas, era un hombre ilustrado que hablaba seis idiomas. Se había formado en Alemania y era catedrático desde los 30 años. Aunque era un socialista moderado, un simpatizante del SPD alemán favorable al mercado (fue el primer suscriptor en España de TheEconomist), a las libertades individuales y contrario al comunismo, su relación con el PCE no era hostil. De él se ha dicho que quiso entregar España a Stalin y, sin embargo, no guardaba simpatía a la URSS. De hecho, la familia de su primera mujer, que era rusa, había perdido sus propiedades y se fue al exilio tras la revolución de 1917.

Digo su primera mujer porque Negrín acabaría separándose. Nunca dejó de atender las necesidades y el bienestar de su exesposa, incluso cuando ella se esmeró en propagar falsas acusaciones de infidelidad. Uno de sus hijos, también médico, confirmaría años más tarde que su madre tenía “una personalidad esquizoide con tendencias paranoicas”. Poco después de su ruptura matrimonial, Negrín conocería a su gran amor, Feliciana López, que lo acompañaría el resto de su vida.

El peso creciente de sus competencias políticas obligó al doctor a abandonar su carrera científica, decisión que lamentarían sus alumnos, pues Negrín, además de científico, fue un profesor muy querido por sus estudiantes, entre ellos el futuro Nobel Severo Ochoa. Ochoa alcanzó la gloria científica lejos de nuestro país, después de que Negrín hubiera facilitado su salida de España durante la contienda civil en una maniobra diplomática arriesgada: su pupilo solicitó que lo enviaran a Alemania, una potencia enemiga.

Intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas y después logró clausurarlas

No fue el primero ni el último que obtendría un salvoconducto de Negrín para salir de España. El doctor se implicó para que decenas de personas pudieran partir al exilio, entre ellas intelectuales, científicos, sacerdotes o profesionales a los que su ideología conservadora o su fe católica habían puesto en peligro. También ordenó la excarcelación de Serrano Súñer, cuando se encontraba preso y enfermo en la cárcel Modelo de Barcelona.

Asimismo, Negrín intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas controladas por elementos sindicales y partidistas, en ocasiones arriesgando la vida. Después conseguiría clausurarlas y restaurar el orden en la retaguardia. Los que lo conocieron coincidieron en señalar el arrojo del doctor, que no dudaba en visitar las zonas más expuestas del frente de batalla para insuflar ánimo a los soldados republicanos, conocidos como los “cien mil hijos de Negrín”. Dos de ellos eran, además, hijos suyos en sentido literal: Juan y Rómulo Negrín servirían en el cuerpo de carabineros y en la aviación de combate, respectivamente.

Pero quizá sea el “oro de Moscú” la razón por la que más se conoce a Negrín. Aunque circulan leyendas que involucran al último presidente de la República en su desaparición, la realidad es prosaica. Al comienzo de la guerra Negrín ordenó sacar todo el oro del Banco de España para evitar que cayera en manos de los sublevados en caso de que tomaran la capital. Los registros de depósitos y movimientos de ese oro, perfectamente documentados, fueron devueltos al Estado español por uno de sus hijos. Hasta la última peseta se había invertido en conseguir suministros que permitieran sostener civil y militarmente a la República, casi siempre a los precios abusivos que establecía Stalin, debido a la falta de otros apoyos internacionales.

Estaba convencido de que podía ganar la guerra, pero con una intervención aliada

Durante mucho tiempo Negrín estuvo convencido de que la República podía ganar la guerra, pero sabía que esa opción dependía de una intervención aliada en España. Incluso cuando su optimismo y su salud se fueron apagando, el doctor se esforzó por aparentar fortaleza moral ante los suyos. Cuando Prieto andaba derrumbándose por las embajadas internacionales y Azaña ya había perdido la fe, Negrín insistía en que una nueva guerra mundial estaba a punto de estallar en Europa, y que este conflicto obligaría a una intervención aliada en España.

También se ha acusado al doctor de prolongar innecesariamente la guerra para sufrimiento de los españoles. De poner en marcha, junto al general Rojo, uno de sus más leales y brillantes colaboradores, campañas militares que no suponían ningún avance republicano. Eran batallas que pretendían distraer y ralentizar el avance enemigo sobre Madrid, pues, a partir de 1938, la estrategia republicana habría de centrarse en ganar tiempo. Negrín no tenía duda de que no cabía pactar una paz sin represalias con Franco, aunque buscó sin descanso una salida internacional negociada que reflejó en sus famosos “13 puntos”.

La historia se encargó de vaciar de sentido la acusación del sufrimiento innecesario. Cuando se consumó la traición de Casado que entregó la República a los sublevados, tuvo lugar la temida represión franquista, que historiadores como Antony Beevor han cifrado en 350.000 muertos. La última obsesión de Negrín antes de que la República colapsara había sido la organización de las evacuaciones masivas, así como la provisión de barcos que trasladaran a México los fondos necesarios para financiar el exilio. A finales de ese mismo verano de 1939 se desataría el conflicto en Europa que Negrín había vaticinado. Para entonces, el doctor ya se encontraba lejos de España, con la salud muy frágil. Difamado por todos y expulsado de su partido, moriría en París en 1956.

El PSOE rehabilitaría su figura en 2009, a la luz del trabajo historiográfico de investigadores como Santos Juliá, Ángel Viñas o Enrique Moradiellos. Este último nos ha legado una descomunal obra biográfica del doctor, un retrato mortificante de un hombre de talento desmedido, comprometido, hiperactivo, esperanzado. Y, finalmente, solo, enfermo, traicionado, derrotado. Conocer su vida es conocer un poco mejor la historia de España.

Aurora Nacarino-Brabo es politóloga.

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