
Bernardo Bertolucci, hijo del poeta Attilio, al principio se sintió también atraído por la poesía, pero en 1961 abandonó sus estudios de literatura moderna en la Universidad de Roma para trabajar como asistente de dirección de Pier Paolo Pasolini, Acatone. Al año siguiente, gracias al interés del productor Tonino Cervi, debutó con el largometraje «La commare secca», con argumento y guión de su maestro, que también hubiera tenido que dirigir la película. En 1964 dirigió «,Antes de la Revolución, una de las obras juveniles más intensas de esos años; en 1968 colaboró en el guión de «Hasta que llegó su hora» de Sergio Leone y dirigió «Partner», inspirado libremente en «El doble (Il sosia) » de Dostoievski.
En 1970 dirigió «La estrategia de la araña» (Strategia del ragno) y «El conformista», la primera inspirada en Borges y la segunda en una novela de Moravia: se trata de dos títulos fundamentales – según algunos incluso los más inspirados – de su filmografía, que anuncian la conocidísima «Último tango en París (Ultimo tango a Parigi)» (1972), una de las películas de mayor éxito en la historia del cine, que en Italia sufrió un sinfín de problemas con la censura. En 1976 dirigió «Novecento», una película épica que narra las luchas de los campesinos en Emilia y que pretende crear un gran fresco histórico. «La luna» (1979) es un melodrama atípico en el que se mezclan la droga y el incesto con el fondo de la música de Verdi. «Historia de un hombre ridículo (La tragedia di un uomo ridicolo)» (1981) es un retrato agudo y penetrante de la contemporaneidad italiana , con tonos que van de lo grotesco a lo desconsolado. Con «El último emperador (L’ultimo imperatore)» (1987), ganadora de nueve premios Oscar entre los cuales el Oscar a la mejor dirección, inició una trilogía de peculiares superproducciones de autor que siguió, con resultados alternos con «El cielo protector (Il tè nel deserto)» (1990) y «El pequeño Buda (Piccolo Buddha)» (1993). En 1996 este director volvió a rodar en Italia «Belleza robada (Io ballo da sola)», la delicada historia de una iniciación sexual ambientada en una magnífica villa de la zona del Chianti, en Toscana. En cambio “L’assedio” (1999) – rodada con un presupuesto limitado y muy lograda precisamente por ello – relata la historia de un pianista enamorado de su asistenta extranjera, que consigue conquistar el cariño de la mujer vendiendo todos sus bienes para salvar al marido de ella, prisionero político en su país de origen. En 2003 rodó en París “The Dreamers”, una relectura muy personal de los temas relacionados con la rebelión juvenil de 1968.

En 1938 en París Marcello Clerici está inmerso en sus recuerdos. Es un joven profesor de filosofía, cuya existencia ha sido marcada por un acontecimiento dramático: en efecto, cree que de pequeño mató a Lino Seminara, un chofer que intentó mantener relaciones homosexuales con él. A partir de entonces ha estado constantemente buscando algo que le rescate del remordimiento que le atormenta. Cuando el fascismo llega al poder, persiguiendo su propio deseo de normalidad, Clerici comulga con el régimen: esta elección le permite introducirse en una sociedad cuyos emblemas son el orden y la disciplina y en la que el mal y la violencia se han convertido en modelos de comportamiento muy extendidos. También su vida privada revela una evidente vocación de conformismo: atormentado por una madre morfinómana y un padre violento, Clerici está comprometido con Giulia, una chica burguesa, fácil y ambiciosa. Sin embargo, él cree que al casarse ella también se convertirá en una señora “normal”. La oportunidad de superar su sentido de culpabilidad se la ofrece la propuesta que le hace la Ovra, la policía secreta fascista: debe entregar a los sicarios del régimen al profesor Quadri, su antiguo profesor de la Universidad y actualmente exiliado político en Francia.
Colaborando en este delito, Marcello cree que podrá redimirse del asesinato que cometió en su juventud: en efecto, esta vez la muerte se justifica por los principios en los que cree. Con el pretexto del clásico viaje de novios a París, Marcello se reúne con Quadri y su mujer Anna, una francesa muy guapa y emancipada que entabla una amistad morbosa con Giulia, su mujer. Marcello, que se enamora de Anna, intenta evitar que se vea envuelta en el delito que está a punto de cometerse, pero ya no puede aplazar su misión: durante un viaje encoche, asiste impasible al asesinato de Quadri y Anna. Pasan los años y precisamente el 25 de julio de 1943, cuando en Roma se celebra la caída del fascismo, Marcello encuentra por casualidad al hombre al que creía haber matado de pequeño. A pesar de darse cuenta de las aberraciones a las que le ha llevado un remordimiento infundado, una vez más su comportamiento se adecúa a los nuevos acontecimientos: acusa a Seminara del delito que él mismo ha cometido, denuncia a un amigo fascista y se une a los que festejan la caída del régimen.

FELAS
La película de Elem Klimov, el autor de Masacre, sobrecogedor viaje al horror nazi, nos muestra en «Agonía» el personaje de Rasputín sobre el telón de fondo de los últimos años del zarismo, interpretado por Aleksei Petrenko, el general en “El Barbero de Siberia”. El monje loco, que creció de manera salvaje cerca del rio Tura en Siberia, pasó de ladrón de ganado a confidente de la zarina después de pasar por la secta de los Khlysty,a la fe por el dolor y si es a base de orgias mejor. Rasputín llega a la corte, por mediación de un Santón, para salvar la vida del heredero del Zar que es enfermo de hemofilia, si no es salvado el hijo, la especulación sobre el heredero se ponía en marcha, el éxito del “flagelante” por mediación de la hipnosis es palmario para todos y a partir de ese momento la corrupción se instala en la corte de los Romanov. Klimov nos muestra a un personaje tosco, grosero, con una mirada penetrante, en una clara desmitificación del personaje creado a partir de la biografía interesada de su hija María. El Zar es presentado por Klimov como una persona tímida y de carácter poco propicio que esta al albur de las manipulaciones de su mujer. La película que podemos definir de carácter histórico nos muestra a un Zar recuperado del pánico de 1.905 que pretendió perfilarse como autócrata de todas las Rusias. La destrucción de estereotipos es siempre un proceso dramático. Hubo gente que se opuso a la película y otra que la defendió. Inicialmente, vencieron los primeros. Luego la situación ha cambiado», añadía Klimov en una reciente entrevista.
La historia de la caída de los Romanov está superpuesta con imágenes reales de la pobreza del campesinado, de la desigual distribución de la tierra, con escenas vibrantes de una marcha de campesinos, obreros y en general gentes del pueblo, descontentos por sus condiciones de vida. Exigiendo mejoras y el establecimiento de un programa de reformas políticas que al menos suavizara el régimen autocrático.se les ve llegar al Palacio, la familia imperial ausente, permaneciendo en el mando el príncipe Sviatpolsk Mirski, que recibe instrucciones por teléfono con un regimiento de infantería de la guardia y un escuadrón de cosacos de la guardia. Ordena abrir fuego y cargar contra la muchedumbre. Con el triste final de más de un centenar de muertos.
Sorprendentes escenas de los lesionados en la guerra que son repuestos como muñecos con nuevas piernas ortopédicas. Una buena lección de historia con elementos surrealistas, y un misticismo que hace estragos al lado del poder.
De todas formas, qué sería Gran Bretaña sin sus fantasmas, Italia sin sus adoradores del diablo, Alemania sin sus duendes, Estados Unidos sin sus conspiraciones OVNI sus predicadores, España sin sus apariciones marianas, sin sus masones…

Ayer (primeros de diciembre) comemos unos amigos para concretar la forma en que vamos a llevar a cabo las Tertulias Republicanas. Surge, como es lógico, el tema de los mercados, las nuevas medidas que aprueba el Gobierno…, nos parece que la cuestión social volverá a aparecer en la agenda. Uno de los contertulios manifiesta que nos hace falta una nueva narración moral, una descripción coherente que atribuya una finalidad a nuestros actos de forma que los trascienda, otro pide más idealismo, y por último se habla de una mayor participación por mediación de los partidos políticos. Vayamos por partes, por un lado el impulso moral es irreprochable, pero las repúblicas y las democracias sólo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos, si renunciamos a la política y abandonamos a la sociedad se aprovecharán los más mediocres, por otro lado ¿Quién cree ahora en ideales colectivos?
Necesitamos leyes nuevas que reformen en profundidad las instituciones, sistemas electorales distintos, tenemos que hallar la forma en que los elegidos escuchen y respondan a sus bases, a nosotros. Todos deberíamos estar de acuerdo en que un Ayuntamiento (por ejemplo el mío) con 17 concejales y unos sueldos de cerca de 4.000 euros para los que están “liberados”, y unos cuantos asesores que son “amiguetes” podría tener la misma eficacia con menos concejales, menos gastos de personal, y unas migajas de idealismo. A estas alturas ya debería estar claro que la razón por la que no se producen cambios es porque los que podrían hacerlo son parte misma del problema, como señaló Upton Sinclai (autor de la jungla)“es difícil que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda”. Quedamos en empezar las tertulias para profundizar en la democracia después de Reyes en el restaurante El Chamizo(Madrid) con un menú especial, “subiendo” al Escorial cuando empiece el buen tiempo.

El tiempo pasa, día a día, mes a mes, año a año, incluso segundo a segundo. Y de golpe ya llevamos en el mismo trabajo, en la misma casa, con la misma pareja cinco, diez años. Y nuestros hijos, nuestros perros, cumplen años y parece que fue ayer cuando te conocí, pero no, ya hace tantos años que murió aquel amigo… Y el tiempo, que no lo borra todo aunque todo lo desfigura, pasa y no cura las heridas: sólo nos hace más viejos y en algunos casos más sabios, en otros no. Y en estas nos paramos un momento y los e-mails empiezan a informarnos: el Reina Sofía cumple 20 años (¿desde cuando cuentan exactamente?) y Elba Benítez (la galería) ha cumplido 20 años (parece que fue ayer cuando se presentaba en la feria de Colonia, «Hola soy Elba Benítez y voy a abrir una galería en Madrid»). Y ya hace 20 años ¿los mismos que el Reina Sofía? ¡qué jaleo de cumpleaños! No sé por qué parece que lo que en una son 20 años en otro son 120 años, pero eso es como todo, unos llevan mejor los años que otros. Y la galería Juana de Aizpuru llega a los 40, todo un récord para cualquier memoria. Claro que ARCO llega en febrero a los 30 años y empieza de nuevo, no sabemos si con tanta energía, pero está en una edad de inicios. Y las galerías cada año cumplen un año más, aunque cumplir 11 parece que no es lo mismo que cumplir diez: T20 diez años, Ad Hoc diez años, Bacelos 20 años… Todos cumplimos años (EXIT cumple diez años también en noviembre), cada día hace un año de algo. Lo importante sería saber qué ha pasado en todos estos años, en todos estos días, si hemos aprovechado el tiempo, si hemos aprendido con la experiencia, si hemos vivido o sólo hemos durado.
Los años certifican que estamos vivos, que seguimos, todos en la brecha, en la vida. A pesar de los malos augurios, a pesar de las crisis repetitivas, a pesar de todo.
Pero no a todos les gusta cumplir años. Para Sophie Calle, como para muchos otros, los cumpleaños son un ritual de desafecto, de olvido y de futilidad. La constatación de que todo llega, sí, pero también de que todo pasa y con ese pasar nos vamos nosotros y sólo queda el recuerdo de lo que nos hizo daño, de todos los regalos que nunca nos hicieron, de todos aquellos que no nos quisieron, que se olvidaron de nuestros cumpleaños. Por eso ahora se envían notas de prensa, e-mails, anuncios, para que no nos olvidemos de quienes cumplen años. Lo mejor sería seguir el consejo del Sombrerero Loco y felicitar el «no cumpleaños». Así se acabaron los traumas y los malos rollos. Y cada día Juana de Aizpuru cumpliría un día más y cuarenta años, es decir, un «no cumpleaños». Y recibiríamos esas preciosas rosas rojas cualquier no cumpleaños, y no solamente un día al año. Queremos más, queremos cumplir años todos los días y celebrar que estamos vivos, porque, finalmente, es la única razón para alegrarse. Y recordar en esos miles de no cumpleaños a todos los que ya no están con nosotros, a todos los que echamos de menos y cuya ausencia, cuya muerte, cumplirá años en cualquier momento. Cualquier día de cualquier año. Como decía Sisa, «Cualquier día puede salir el sol». Feliz no cumpleaños a todos.
por Rosa Olivares
Exit Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 55,