12 PM | 17 May

Alaa al Aswany (EL EDIFICIO YACOUBIAN)

 

                                     EL EDIFICIO YACOUBIAN, UNA NOVELA DE ALA AL ASWANI

 Este hombre corpulento pero de maneras suaves y carácter extraordinariamente amistoso, que no encuentra la manera de hacer una pausa en la conversación para salir a fumarse el tan deseado cigarrillo, ha provocado un terremoto literario y social en su país. Alaa al Aswany (El Cairo, 1957) es el autor de El edificio Yacobián (editado en castellano por Maeva y en catalán por Edicions de 1984), una contundente novela (y un exitazo editorial) que ha sacudido la sociedad egipcia por su sincero retrato, en el que se rompen tabúes y se detalla sin tapujos la corrupción, el sexo, la represión policial, la miseria, el fanatismo y la hipocresía moral y religiosa. A través de las vidas de una serie de personajes que residen en un inmueble cairota -el edificio del título-, unos en cómodos apartamentos burgueses y otros en viviendas lumpen en el tejado, Al Aswany disecciona el Egipto moderno y pone en evidencia sus males endémicos. Su dibujo de El Cairo es sensacional y todo amante de la ciudad disfrutará con su impagable descripción. «El Cairo es una ciudad muy literaria», dice el escritor. «Además, cuando una sociedad tiene problemas reales y graves y se halla en un momento delicado y convulso, usualmente es un muy buen marco narrativo. Rusia produjo algunas de sus más grandes novelas en el periodo prerrevolucionario. El Cairo actual es tan buen escenario literario como aquél».

 

La novela de Al Aswany, con más de cien mil ejemplares vendidos y traducida a 19 idiomas, ha llegado al cine -en una costosa producción, para los egipcios, de tres millones de dólares- y el año pasado se estrenó en Egipto. «Marco distancias con la película, que es buena y leal a la novela aunque con cierto aspecto de soap opera. Ha tenido gran éxito y también ha provocado controversia, por parte del Gobierno, como siempre. Ha sido censurada en varios países árabes, entre ellos Túnez». Entre los personajes del edificio figuran Zaki Bey, un hedonista alcohólico, cosmopolita y mujeriego que echa pestes de Nasser y la revolución del 52 y suspira por los viejos tiempos del Club Gezira; Busayna Sayed, una joven dependienta desilusionada que se deja manosear por su jefe a cambio de unos billetes; el culto y homosexual Hatem Rachid, periodista que se dedica a depredar en los bares de alterne gay; Hagg Ezzam, corrupto empresario miembro del Parlamento por el partido en el poder involucrado en el tráfico de drogas, y Taha Shazli, el hijo del portero, que tras ver rechazado su ingreso en la policía se hace militante islámico radical, es detenido, torturado y violado y acaba de terrorista.

La mirada de Al Aswany, admirador de Gabriel García Márquez y del Cuarteto de Alejandría, es a la vez implacable y tierna. Esa mirada, y la deslumbrante facilidad, digna de Taha Hussein, que tiene para describir a gente tan variopinta no son ajenos a la profesión de Al Aswany: dentista. «Es cierto», ríe, «ayuda mucho a conocer a las personas, y además me permite ser independiente económicamente, algo vital para un escritor en Egipto; nunca he cobrado del Gobierno».

La visión que ofrece El edificio Yacobián es dura y hasta sórdida. «Así es, pero muy a menudo en mi país la realidad no es agradable». Sorprende la agitada vida sexual de los personajes. «No sólo en Egipto», ríe el novelista, «la gente es así en todas partes, el sexo se usa para muchas cosas aparte del placer, es esencial para la gente y por tanto lo es también para el novelista». Hombre, para serle sincero, creíamos que eran más mojigatos: la religiosidad, el obligado decoro de las mujeres. «Eso es culpa de la mirada turística. Siempre hay una diferencia entre la imagen y la realidad en una dictadura. En una dictadura siempre se ofrece una imagen gris e hipócrita. Sólo en democracia puede mostrar la gente su imagen real. No es un problema del carácter egipcio, sino de las sociedades árabes bajo dictaduras». Al Aswany utiliza con soltura la palabra dictadura. «¿Le sorprende? Democracia no es un adjetivo como belleza para una mujer. La hay o no la hay. Existe un criterio muy determinado para decir si un régimen es democrático o no. Si hay elecciones libres, respeto a los derechos humanos, si no hay detenidos sin juicio… Aplique estas condiciones a Egipto y saque consecuencias». El autor admite que esa sorprendente franqueza le ha causado problemas en su país, «aunque mínimos, nada comparado con los de la gente que han sido detenidos y torturados».

Al Aswany considera que los males de Egipto son consecuencia de la falta de democracia. «Tengo una mirada médica sobre eso: la falta de democracia es la enfermedad y lo otro, la corrupción, la pobreza, el fanatismo, son las complicaciones de esa enfermedad, resultado de decisiones equivocadas en el tratamiento. En mi novela, el personaje de Taha muestra cómo alguien llega a terrorista: no nace sino que se crea a base de injusticias y humillaciones». La cruda forma en que describe las torturas y vejaciones del joven en comisaría -sodomizado diez veces- hace raro que las autoridades dejen tranquilo a Al Aswany. Por otro lado, a los fundamentalistas no les debe hacer gracia su mirada escéptica de la población egipcia (por no hablar del corrupto sheikh que trata de justificar un aborto con argumentos religiosos). «Creo que el problema me vendrá al final del Gobierno, no del fanatismo religioso, aunque mi última novela, Chicago, aparecida en Egipto en enero, me ha deparado insultos desde ese sector«.

Sea como fuere, el novelista, que dice que no está preocupado por su seguridad cuando se le recuerda el acuchillamiento de su admirado Naguib Mahfuz, subraya que el pueblo egipcio es más tolerante de lo que parece. «Hemos convivido con todo tipo de gente y la historia nos ha hecho muy flexibles». El edificio Yacobián, esa mezcla de 13 Rue del Percebe y Arriba y abajo en versión literaria y cairota, parece una metáfora de la sociedad egipcia. «Puede verse así, pero no lo escribí pensando en ello. Cuando escribo novelas tengo claro que es eso lo que hago y cuando quiero hablar de política escribo artículos. Mi motivación era diferente en El edificio Yacobián, dar vida a unos personajes y seguirles. Eso, claro, lleva a presentar defectos de la sociedad y la política, pero no es el objetivo». Pese a que algún personaje, especialmente Zaki, expresa ideas muy parecidas a las suyas, Al Aswany subraya que no describe su opinión en la novela. «Me gusta la imagen de que el novelista es como el titiritero de un guiñol, ha de permanecer siempre oculto del público y si lo ves se destruye el espectáculo».

 

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09 AM | 16 May

SONRIAN, LE SONREIRAN

       Ignacio Castro Rey.

Supongo que si La Boétie levantase hoy la cabeza vería confirmada la más divertida de sus previsiones, incluso se sentiría un poco confuso ante esta avalancha de obediencia eufórica. Lo llamativo de esta época no es que la humanidad se sienta segura marcando el paso -fenómeno que más o menos ha ocurrido siempre, pues una sociedad que se precie está para eso-, sino que ahora lo haga con una especie de entrega burbujeante donde cada uno se siente diferente, incluso por fin “él mismo”. Felices de ser un nudo en la red, individuales y al mismo tiempo agregados, cada uno se siente alguien participando con su granito de arena en este consenso multiforme, un poder acéfalo que es de todos y nadie gobierna.

 
Mejor caricatura de la Voluntad General de Rousseau resulta imposible, por eso hasta nuestros sosos líderes se pasan la vida pidiendo disculpas. No sólo la teoría de la conspiración es falsa y posiblemente ingenua, sino que los pocos rebeldes que consiguen entrar en la cabina de mando de nuestra nave social descubren enseguida que está vacía, que acaban de desactivar el dispositivo de vuelo automático y que entonces han de hacerse cargo del rumbo… y también de la política de entretenimiento. Ya ven, los radicales se convierten pronto en animadores culturales. En efecto, no importa quién mande con tal de que haya control, una oferta que permita la socialización interactiva.
 
Pocas veces, en suma, hemos tenido la oportunidad de contemplar un espectáculo como el de esta servidumbre radiante, tan uniforme en lo esencial como multicolor en los detalles. Cumples con Hacienda, con la Empresa y el Estado; con el Cambio Climático, la Información y las Minorías. Y además, durante el resto del día tienes la posibilidad de elegir cien veces en alternativas tipo: ¿azúcar o sacarina, homosexual o heterosexual, Segunda cadena o Sexta? El menú de materias opcionales es tan amplio que casi tapa el hecho de que lo realmente obligatorio es atender en cada minuto a la carta social. Eres un empleado de la sociedad del conocimiento, de un programa incansable que te obliga a definirte, participar, ser feliz, tener salud y expresar además tu opinión.
 
Nativo digital, demócrata de toda la vida, ilustrado para siempre. Un poco laminado, el esencialismo sigue funcionando. De la “puntuación sin texto” para el régimen de la verdad hemos pasado al texto sin puntuación para el régimen del saber, un texto continuo y podado de puntos y comas para así ser más fluido. Lo importante es que haya cobertura, a ser posible pegada al cuerpo.
 
Es normal que cada cual busque un árbol al que arrimarse. Los amos pueden proteger y amparar; a veces incluso tapan nuestra responsabilidad y cosas peores. Sin embargo, lo característico del poder social hoy triunfante es que es ventrílocuo, pues habla a través de ti. Puede incluso confundirse con tu deseo, ser “fan” de ti. No es casual que la flexibilidad sea el valor más preciado; tampoco lo es que la servidumbre se parezca cada vez más al surf y que los deportes asimismo se hagan más deslizantes, más aéreos. Hasta el fútbol debe fundir la geometría de la estrategia con la velocidad y el estilo personales de cada jugador.
 
En cierto modo, todos somos “estrellas”, aunque a veces en busca de equipo y de firmamento. Y no olvidemos que la popularidad es una de las formas más geniales de escapar del miedo a vivir. Mientras lideras a los otros, su admiración te aparta las sombras de tu existencia. Estamos en realidad protegidos por esta rivalidad interminable que se expresa en los concursos y las series televisivas más idiotas.
 
Si te deprimes en esta servidumbre algodonosa, siempre tienes las imágenes de Japón o Libia para volver a una relativa satisfacción. En el peor de los casos, África es el “anti piso-muestra” que nos permite a todos reconciliarnos otra vez con una crisis perpetua en la que todo puede ir a peor.
 
Así pues, se indigna uno como hay que indignarse, se ríe uno de lo que hay que reírse, se es tolerante y hasta solidario con lo que hay que serlo, toda esa cohorte de víctimas elegidas que están ahí para confirman que, después de todo, no nos va tan mal. El deseo de desaparecer, como atrasada existencia mortal que pesa, es posiblemente lo que está detrás de esta personificación de masa, de este narcisismo de masas.
 
Somos libres, pero todos vamos al mismo sitio y leemos las mismas novelas. Mientras cuatro calles de Toledo están atestadas de americanos y japoneses, basta que des cien pasos a un lado para que te encuentres más solo que la una. Es muy posible que la famosa “rebelión de las masas”, diagnosticada hace casi cien años, siempre haya sido esta protección masiva de la uniformidad, una equivalencia mundial retocada con alternativas en las elecciones secundarias del consumo, política incluida.
 
Se debe insistir en que el beneficio subjetivo, el resorte auténticamente biopolítico de este mecanismo “complejo”, que hace reciclable casi cualquier accidente de la máquina, es muy simple. Con el consenso de este feudalismo disperso la vida de cada uno transita y nadie -al menos teóricamente- se enfrenta en solitario a las sombras. De definición en definición, de marca en marca, de evaluación en evaluación, las luces cegadoras de la ciudad apartan casi todos los espectros. Los pocos momentos de silencio tienen música ambiental, imágenes de entretenimiento o medicación a la carta.
 
Cada sujeto deja de ser único en la relación con la muerte y se esfuma en la circulación acelerada de la equivalencia. En esta sociedad de servicios, la misma velocidad de la servidumbre impide hacerse preguntas. El movimiento continuo es el de la obediencia y ésta retroalimenta el movimiento, de tal manera que nadie se siente más víctima que otro. Juntos, apretados, no se nota el vacío. Es la ventaja de la moda y sus cien nichos zoológicos. Si no te conformas con Shakira tienes ídolos turbios de culto, de modo que siempre puedes respirar en grupo. Y puesto que entre Almodóvar y los hermanos Cohen median abismos, cada uno se siente protegido en la definición de sus logos.
 
El exceso del otro concentra mientras tanto la irregularidad que debemos eliminar todavía en nosotros mismos. El odio apenas disimulado hacia todo lo que queda fuera del panóptico de las normas -los musulmanes, los hispanos, los eslavos, los chinos- se atenúa en el estatuto hipócrita del mundo exótico que necesitan los derechos humanos, el turismo y el sexo, todos aquellos humanos que hay que tolerar como parte del atraso exterior a la democracia.
 
En esta superficie diáfana del público cautivo, a veces también cautivado, es casi obligado que la verdad advenga como “un ladrón que entra de noche por la ventana”. Pero el género de terror -en primer lugar, los telediarios- se encarga de reciclar el miedo, concentrándolo en los parias de la tierra. La información exorciza a diario el malestar, todo lo que tememos que ha quedado fuera y algún día podría volver.
 

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04 PM | 12 May

AL DESIERTO

 

   En las pasadas vacaciones de Semana Santa, tuve ocasión de escuchar al grupo The Sixten, el Officium Defunctorum de Tomas Luis de Victoria y, cosas de la vida, me puse a cantar interiormente como si estuviera en el coro con el padre Paulino las maravillosas músicas de Tomás. En el Ateneo, invitado por el Presidende de Arco Europeo, tuve el atrevimiento de querer superar la famosa frase de Gramsci defendiendo la necesidad de compaginar:”el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”, proponiendo “optimismo de la inteligencia y de la voluntad”, claro que a las primeras de cambio, y tomando un café con Matias,  me voy al pesimismo, seguramente porque me pilló reciente la lectura de un artículo de Ramonet sobre la derrota de la socialdemocracia, está perdiendo su capacidad de dirigirse a los obreros desechables, a los neopobres de los suburbios, a los mileuristas, a los excluidos, a los jubilados en plena actividad activa, a las capas populares y medias damnificadas por el shok neoliberal.

   Este viernes continuamos con el ciclo de cine árabe, y proyectamos Bab Aziz, el sabio sufí, su director, el tunecino Nacer Khemir, nos dice que según un proverbio Tuareg: “hay tierras que están llenas de agua para el bienestar del cuerpo, y tierras que están llenas de arena para el bienestar del alma”. Nos vamos al desierto y nos olvidamos de la campaña electoral.

 

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11 AM | 28 Abr

LA PROXIMA BATALLA DEL MUNDO ARABE

 

 

Mucho después de que hayan remitido las sublevaciones políticas de Oriente Medio, seguirán dejándose sentir en muchos retos subyacentes que no aparecen hoy en las noticias. Entre ellos sobresalen el rápido aumento de la población, la escasez cada vez más extendida de agua y una creciente inseguridad alimentaria.   

 

En algunos países, la producción de cereal se está reduciendo conforme se vacían los acuíferos, zonas rocosas de agua  subterránea. Después del embargo petrolífero árabe de los años 70, los saudíes se dieron cuenta de que, puesto que eran enormemente dependientes de la importación de cereal, eran vulnerables a un contraembargo cerealero. Utilizando la tecnología de perforación petrolífera, dieron con un acuífero bastante profundo en el desierto con el que producir trigo mediante regadío. En cuestión de pocos años, Arabia Saudí se volvió autosuficiente en lo tocante a su régimen alimenticio básico.

 

Pero tras más de veinte años de autosuficiencia de trigo, los saudíes anunciaron en enero de 2008 que este acuífero se encontraba en buena medida agotado y que se abandonaría gradualmente la producción de trigo. Entre 2007 y 2010, la cosecha de casi 3 millones de toneladas cayó en más de dos tercios. A este ritmo los saudíes podrían recoger su última cosecha de trigo en 2012 y acabar dependiendo del cereal importado para alimentar a su población de casi 30 millones de personas.

 

 

El abandono inusualmente rápido de la agricultura del trigo en Arabia Saudí se debe a dos factores. En primer lugar, en este árido país existe poca agricultura que no sea de regadío. En segundo lugar, el regadío depende casi por competo de un acuífero fósil, que, a diferencia de la mayoría de acuíferos, no se realimenta de forma natural del caudal de lluvia. Y el agua marina desalada que el país utiliza para aprovisionar a las ciudades es demasiado costosa para su uso en regadío, hasta para los saudíes.

 

La reciente inseguridad alimentaria de Arabia Saudí le ha llevado a comprar y arrendar tierras en diversos países, entre los que se encuentran dos de los más hambrientos, Etiopía y Sudán. En efecto, los saudíes están planeando producir alimentos por si mismos con los recursos de la tierra y el agua de otros países para incrementar unas importaciones que crecen cada vez más rápidamente.

 

En el vecino Yemen, los acuíferos que pueden realimentarse se están bombeando por encima de su tasa de reposición y los acuíferos fósiles más profundos se están agotando rápidamente. Los índices hídricos de Yemen están descendiendo en cerca de dos metros por año. En la capital, Sana’a – hogar de dos millones de personas – se dispone de agua corriente sólo una vez cada cuatro días. En Taiz, una ciudad más pequeña situada al sur, es una vez cada 20 días.

 

Yemen, con una de las poblaciones del mundo que crece a mayor velocidad, se está convirtiendo en un caso perdido hidrológicamente hablando. Al caer los índices hídricos, la cosecha cerealera se ha reducido en un tercio en los últimos cuarenta años, mientras que la demanda ha seguido aumentando de manera regular. Como resultado, los yemeníes importan más del 80% de su cereal. Mientras desciende su magra exportación petrolífera, sin ninguna industria que merezca ese nombre y con casi el 60% de su población infantil físicamente atrofiada y crónicamente malnutrida, este país, el más pobre de los árabes se enfrenta a un futuro sombrío y potencialmente turbulento.

 

El resultado probable del agotamiento de los acuíferos de Yemen – que llevará a una mayor contracción de su cosecha y extenderá el hambre y la sed – es el colapso social. Siendo ya un estado fallido, puede volver a convertirse en un grupo de feudos tribales que guerreen por los escasos recursos hídricos que queden. Los conflictos internos de Yemen podrían extenderse por su dilatada frontera sin vigilancia con Arabia Saudí.

 

Siria e Irak – los otros dos países populosos de la región – también tienen problemas con el agua. Algunos provienen del caudal reducido de los ríos Eufrates y Tigris, de los que dependen para el agua de regadío. Turquía, que controla la cabecera de ambo ríos, está inmersa en un programa masivo de construcción de embalses que está reduciendo el caudal río abajo. Aunque los tres países forman parte de un programa para compartir el agua, los planes de Turquía de ampliar la generación de energía hidroeléctrica y sus zonas de regadío se están cumpliendo a expensas en parte de sus dos vecinos corriente abajo.

 

Dado el incierto futuro de los suministros hídricos fluviales, los agricultores de Siria e Irak están perforando más pozos para el regadío, lo cual está llevando a un exceso de bombeo en ambos países. La cosecha cerealera de Siria ha caído una quinta parte desde que alcanzó un máximo aproximado de 7 millones de toneladas en 2001. En Irak, la cosecha cerealera ha bajado una cuarta parte desde que llegó a un máximo de 4,5 millones de toneladas en 2002.

 

Jordania, con seis millones de personas, está al límite agrícolamente hablando. Hace unos cuarenta años, más o menos, producía más de 300.000 toneladas de cereal por año. Hoy produce sólo 60.000 toneladas y debe por tanto importar más del 90% de su cereal. Sólo el Líbano ha logrado evitar el descenso de la produción cerealera.

 

Así pues, en el Oriente Medio árabe, donde la población crece rápidamente, el mundo está asistiendo a la primera colisión entre crecimiento demográfico y suministro de agua a escala regional. Por primera vez en la historia, la producción cerealera está disminuyendo en una región en la que no se ve nada en el horizonte que detenga ese descenso. Debido al fracaso de los gobiernos en conjugar las medidas políticas relativas a población y agua, cada día que pasa deja 10.000 personas más que alimentar y menos agua de regadío con la que alimentarlos.

 

Lester R Brown es presidente del Earth Policy Institute y autor de Plan B 3.0: Mobilizing to Save Civilization

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11 AM | 28 Abr

SIN TECHO NI LEY

 

 

“Tu no existes”, le dirá en un momento de esta película un agricultor contracultural a Mona (Sandrine Bonnaire) al ver que no responde a las posibilidades de trabajo y relativa estabilidad que le ha ofrecido. Y es cierto; la protagonista de SANS TOIT NI LOI (1985) -con la que Agnès Varda logró uno de los mayores éxitos de crítica de su trayectoria como realizadora cinematográfica- inicia su presencia en la película apareciendo muerta en una cuneta y totalmente desarrapada.

Es a partir del descubrimiento de su cadáver como una voz en off –presumiblemente la propia realizadora- intenta redescubrir las últimas semanas de existencia de este singular personaje, libre, inconformista y sin ataduras, que en su deambular por un sur de Francia eminentemente rural mostrará su profundo escepticismo ante los personajes que con ella se encuentran, por más que a ellos su presencia si que marque de una u otra forma sus vidas. A partir de esa dicotomía se establece la génesis de una película que deliberadamente carece de conflicto dramático. En todo momento sabemos la conclusión de las andanzas y desde los primeros compases del metraje podemos advertir la verdadera mirada que la veterana realizadora francesa impone a sus fotogramas. Introduciendo actores semiprofesionales, afrontando una impronta visual que capta la sombría tristeza del campo, la psicología de unos personajes que sorprendentemente se entrelazan a partir de su relación con Mona.

Ella es una joven para la que aparentemente no importan los sentimientos, la estabilidad ni vinculo alguno de atadura a lo comúnmente establecido. Vistiendo en todo momento con una ropa gastada, abandonando toda norma de higiene, probando la droga cuando puede o trabajando esporádicamente únicamente para sobrevivir, la joven se pasea con su imperturbable hieratismo –al que la estupenda interpretación de la Bonnaire otorga toda su fuerza y naturalismo-, nuestra protagonista se pasea por antiguas mansiones rurales, contempla árboles enfermos, se hospeda en caravanas u hogares en ruinas, convive con inmigrantes y delincuentes y no deja de impresionar a personas de estabilidad económica y profesional con las que, sin embargo, no querrá transigir.

La cámara de Agnès Varda se ofrece contemplativa, con resonancias bressonianas, utilizando una sencilla planificación con predominio de panorámicas y un cierto regusto al detalle –esa imagen en la que vemos en una cafetería las manos cuidadas de la mujer que la porta en su coche, comparada con las encallecidas y sucias de Mona-. Es evidente que la sobriedad de la configuración de SIN TECHO NI LEY, esa ausencia de toma de postura, esa mirada limpia y sin prejuicios a lugares, personajes y situaciones marginales o poco tratadas en la pantalla, son las que otorgan la fuerza a un film que de una parte ofrece momentos tan sinceros, divertidos y entrañables como la complicidad que –mediante unos coñacs- se ofrece entre Mona y la anciana dueña de la mansión en el campo. Por otra parte, no es menos cierto que aquellos elementos que quizá en su momento pudieron ofrecer más impacto en el momento de estreno de la película –esas intermitentes miradas/confesiones de varios de sus personajes al espectador-, ahora aparezcan un tanto innecesarios.

Película sobria y sin concesiones pero al mismo tiempo concebida como un producto claramente “de prestigio”, es indudable que pese a todo SANS TOIT NI LOI ha logrado sobrellevar con entereza la prueba del paso del tiempo, con una mirada tan triste como verista de un universo rural y frío –en este elemento si que la fisicidad de sus paisajes traspasan la pantalla- y una dirección de actores sincera y creíble en la cual podemos encontrar ecos de ese cinema-verité en el que la realizadora se introdujo como directora muchos años atrás.

 

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