09 PM | 28 Nov

Ciclo Nietzsche

Introducción al pensamiento de Nietzsche II: principales nociones de su pensamiento.

29 noviembre | 19:00

Curso-conferencias Nietzsche
Ponente: Oscar Quejido Alonso (UCM).
Curso dirigido por Eugenio García, del Colectivo Rousseau.
Entrada libre a todas las conferencias del curso.

Introducción al pensamiento de Nietzsche II: principales nociones de su pensamiento.

Una nueva sesión del Curso-conferencia sobre Nietzsche, uno de los proyectos más votados en los Presupuestos Participativos. Se trata de un ciclo de 10 ponencias de unos 45 minutos, seguidas de un tiempo de debate entre los asistentes.


En esta segunda sesión abordaremos el pensamiento filosófico de Nietzsche en relación al desarrollo de su obra. Tomaremos, en este sentido, como punto de partida, los años de juventud, en los que Nietzsche se encontraba fuertemente influido por el pensamiento de Schopenhauer y por la figura y la obra de R. Wagner. Nociones como apolíneo y dionisiaco o lo que es lo mismo, el pensamiento trágico caracterizarán este periodo.

Humano, demasiado humano supondría la ruptura de Nietzsche con sus “maestros”, y traería consigo la que es posiblemente la más solida crítica al pensamiento metafísico que se ha realizado en la historia de la filosofía. La crítica al cristianismo, o la particular noción de “cuerpo” manejada por Nietzsche, dependerán en buena medida de ésta, durante el periodo intermedio de su obra.

El desarrollo de esta crítica a la metafísica consolidarían el esfuerzo nietzscheano por pensar el poder. Nociones como la voluntad de poder o la misma noción de genalogía, nos permitirán dibujar al Nietzsche más maduro, en este recorrido por su biografía intelectual.

 

OSCAR QUEJIDO ALONSO (UCM). Doctor en filosofía con una tesis titulada “La construcción relacional de la subjetividad en Nietzsche: hacia nuevas perspectivas políticas”. Es Profesor Asociado del Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Teoría del Conocimiento de la Facultad de Filosofía UCM, y co-director y coordinador del Seminario Nietzsche Complutense.

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05 PM | 26 Nov

las diabólicas

(Les diaboliques, 1955) de Henri-Georges Clouzot.

“Una pintura siempre es lo suficientemente moral, cuando es trágica y muestra el horror de lo que retrata”.

 (Barbey D´Aurevilly)

Christina Delassalle (Véra Clouzot) y Nicole Horner (Simone Signoret), son la esposa y la amante, respectivamente, de Michel Delassalle (Paul Meurisse), el autoritario director de un internado. Hartas de sufr

ir su tiranía y sus malos tratos, deciden asesinarlo.

Si en 1960, con Psicosis, Alfred Hitchcock provocó que muchos espectadores sintiesen pánico ante el simple hecho de tomar una ducha, unos años antes, el director francés Henri-Georges Clouzot, al que muchos ha

n comparado con el maestro británico por su sentido del suspense, hizo que otro elemento cotidiano del cuarto de baño se convirtiera en objeto de nuestras pesadillas: la bañera. Les diaboliques, incontestable clásico del cine francés, adapta la novela Celle qui n’était plus, de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, también autores de D´entre les morts, que fue llevada a la gran pantalla por el citado Hitchcock en su mítica Vértigo.

La película, pese a no inquietar como probablemente lo hiciese en la época de su estreno, sigue manteniéndose como un notable thriller psicológico donde el naturalismo, el suspense y el terror (porque contiene momentos en verdad escalofriantes), van de la mano durante sus casi dos horas de metraje. Quizá su punto más fuerte sea la contraposición psicológica entre los personajes de Christina y Nic

ole, ambas magníficamente interpretadas por Véra Clouzot (mujer del director) y Simone Signoret de manera respectiva. La primera de ellas posee un carácter débil, pusilánime, enfermizo, atormentado. Además, sufre una dolencia cardíaca que subraya desde un punto de vista físico su fragilidad interior. La segunda, en cambio, es segura y decidida, con nervios de acero. Nada que ver con su compañera de fatigas homicidas. Sólo las une el profundo odio que profesan hacia Michel: marido de una, amante de la otra y un cabrón con las dos. Nicole es la que planifica su asesinato; sin em

bargo, algo parece no salir bien… Clouzot apoya su minucioso guión sobre una puesta en escena en la que destaca la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Armand Thirard. Esa escenografía expresionista alcanza cotas sobresalientes en su inolvidable y terrorífico tramo decisivo, del que, haciendo caso al consejo que aparece en los títulos de crédito finales, no diré nada para no fastidiar la sorpresa al lector que aún no haya disfrutado la cinta.

En 1996 Hollywood perpetró un pobre remake, Diabólicas (Diabolique), dirigido por Jeremiah Chechik e interpretado por Sharon Stone, Isabelle Adjani y Chazz Palminteri que es mejor olvidar.

DEL BLOG ESCULPIR EL TIEMPO

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12 PM | 24 Nov

PRINCESA

Lee Su-jin debuta en la dirección con Princesa (Han Gong-ju), película coreana que narra el intento de una joven, la Han Gong-ju que da nombre a la película, interpretada por una magnífica Woo-hee Chun, de comenzar una nueva vida tras ser alejada del lugar en el que vive y estudia debido a unos sucesos traumáticos que desconocemos en un principio y que no sabemos si han sido ocasionados por ella o es víctima de ellos. Pero a lo largo de la película, mediante flashbacks cuya duración van creciendo paulatinamente, iremos descubriendo que Han Gong-ju fue víctima de unos acontecimientos aberrantes que no solo la han conducido hacia una nueva casa y un nuevo instituto, sino que también la han convertido en una persona arisca y retraída que evita todo contacto, o lo intenta, con otras personas, obsesionada por no ser reconocida.

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Lee Su-jin sorprende con su habilidad en la puesta en escena, combinando pasado y presente en la narración de tal manera que crea una relación directa entre ambos momentos que ayuda a mostrar los intentos de la joven por seguir hacia delante, por rehacer su vida, a la par que no consigue alejarse del todo de ese trauma, como demuestra el final. Así, Princesa juega con el esquema de las películas de segunda oportunidades y de cine de instituto (aunque bien medido esto último) para crear una película contundente y dura sobre una joven que, de repente, ve cómo su vida ha quedado suspendida pero aun así intenta encontrar su lugar.

Lee Su-jin, como director coreano, absorbe a la perfección la herencia reciente del cine de su país, pero modulando ésta a partir de una soberbia, y sobria, puesta en escena muy personal, con un tratamiento visual elegante y poético que atiende tanto a los primeros planos como a los generales, buscando unos registros de encuadres variados mediante una perfecta utilización de todos ellos. El tremendismo de la situación es rebajado a partir de una cierta distancia sobre los sucesos, no así sobre el personaje de la joven, a quien acompaña con la cámara en todo momento en busca tanto de aislarla del entorno como de introducirla de lleno en él. El cineasta juega con la información que poco a poco va desvelando sobre ella, dado que nadie más, incluido el espectador, conoce, creando un personaje tan misterioso como cercano, con el que es fácil conectar pero al debemos ir conociendo. Lee Su-jin nos ayuda a ello, tomándose su tiempo, dejando que la narración fluya y con ella el perrsonaje.

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Lee Su-jin ha realizado una película de imágenes de gran potencia, sugerente y poética, pero realista y dura. Una obra que presenta a un cineasta a quien seguir de cerca, algo que Scorsese tuvo que percibir para encontrar Princesa tan importante. Porque en muchos aspectos, lo

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05 PM | 16 Nov

Cataluña: paz por territorios

Para salir del bucle nihilista en el que estamos hace falta restablecer toda la presencia del Estado que sea compatible con una autonomía y una Constitución reformadas. No hay que dar otro paso atrás y ceder a la presión independentista

Cataluña: paz por territorios
EULOGIA MERLE

Paz por territorios fue la fórmula acuñada por la Conferencia de Paz celebrada en Madrid en octubre de 1991 para encauzar el problema palestino mediante una transacción que parecía razonable: los palestinos renunciaban a la destrucción del Estado de Israel y este cedía una parte de su territorio para que sus adversarios pudieran disponer de una administración propia. A simple vista, la aplicación del caso palestino al problema catalán no hace más que confundir las cosas, más aún que otras analogías al uso, como el paralelismo con Quebec o con Escocia. Ni hay un problema de ocupación por la fuerza, ni —de momento— un conflicto entre comunidades enfrentadas, ni es fácil identificar al soberanismo catalán con uno de los bandos en litigio en el problema de Oriente Próximo. Al contrario, en ese magma heterogéneo que es el independentismo se puede reconocer un sector prosionista, vinculado al catalanismo histórico, y otro propalestino en la CUP. El símil, sin embargo, tiene alguna utilidad para intentar dar una respuesta a las dos grandes preguntas que plantea la crisis institucional en Cataluña: cómo hemos llegado a esto y cómo podríamos salir de aquí.

El modelo autonómico establecido por la Transición supuso en parte el regreso a la fórmula ensayada por la Segunda República. El nacionalismo catalán, representado entonces por Esquerra Republicana, abdicaba de la independencia y el Estado aceptaba reducir su presencia en Cataluña al ceder a las instituciones autonómicas buena parte de sus competencias. El nacionalismo ofrecía la paz al Estado, abandonando cualquier pretensión secesionista, y este renunciaba a ejercer como tal en aquella parte del territorio nacional. Paz por territorios. No se puede decir que el experimento de la Segunda República colmara las esperanzas que sus dirigentes depositaron en el Estatuto de Autonomía de 1932. Dos años después de su aprobación, la Generalitat se sublevaba contra un Gobierno republicano que cumplía todas las formalidades constitucionales. Ya en la Guerra Civil, Manuel Azaña señaló la necesidad imperiosa de que la República recuperara las competencias que había perdido en Cataluña por la deslealtad y la política de hechos consumados del Gobierno de Companys. Así lo declaró Azaña ante el presidente Negrín y sus ministros en mayo de 1937: “Les dije que el Gobierno estaba obligado a trazarse con urgencia una política catalana, que no puede ser la de inhibirse y abandonarlo todo. (…) El Gobierno debe restablecer en Cataluña su autoridad en todo lo que le compete”.

El pacto de la Transición se inspiró en gran medida en eso que el propio Azaña llamó “la musa del escarmiento”, la voluntad de no incurrir en viejos errores que podían tener las mismas consecuencias que en los años treinta. Los pocos representantes activos de la generación de la República, como Tarradellas, lo entendieron perfectamente: “Mai mès un trenta-quatre” (“nunca más un 34”). El procedimiento empleado por la Segunda República para resolver el problema catalán tenía esta vez a su favor el efecto pedagógico de la musa del escarmiento y el convencimiento de que las dos partes respetarían un principio no escrito del pacto estatutario, que podría expresarse mediante la fórmula paz por territorios. El nacionalismo catalán renunciaba a su programa máximo —la independencia— y el Estado a estar presente en los ámbitos fundamentales de la vida pública catalana. Ocurrió, sin embargo, que la solución autonómica creaba una dinámica expansiva difícil de contener y que, pasado cierto tiempo, las nuevas generaciones nacionalistas se sintieron desligadas del pacto fundacional de la autonomía catalana. De esta forma, el repliegue del Estado, en vez de servir de garantía a la vigencia del pacto, fue una tentación constante a su incumplimiento. Sólo un impensable alarde de lealtad por parte del nacionalismo y su renuncia voluntaria a más altos empeños podían impedir la ruptura del marco estatutario, porque el Estado carecía de capacidad de coacción o hacía dejación de ella para no irritar al catalanismo, a menudo, necesario para contar con mayoría en las Cortes. No era sólo la ausencia de instituciones que no tenían competencias que ejercer en el territorio catalán, sino su falta de autoridad para hacer cumplir la ley y las sentencias judiciales. Frente a un Estado en retirada emergía una Administración autonómica que se jactaba, con razón, de estar creando unas “estructuras de Estado”. Cuando se elaboró el segundo Estatuto, su principal artífice, Pasqual Maragall, anunció que, tras su aprobación, el Estado tendría una presencia “marginal” en Cataluña. No se podía decir más claro.

Era cuestión de tiempo que el orden constitucional quedara reducido a la impotencia y fuera sustituido por una estructura de poder alternativa desarrollada por las instituciones autonómicas y sustentada en una formidable capacidad de movilización propia de un régimen totalitario, reforzada por un movimiento populista de apariencia asamblearia. Esa multiplicidad de impulsos, desde arriba y desde abajo, explica la sorprendente disfuncionalidad de la declarada y suspendida República catalana, mitad ácrata, mitad totalitaria, business friendly y anticapitalista al mismo tiempo, incapaz en todo caso de crear un marco de convivencia estable y pacífico ni siquiera para la Cataluña independentista. Se entiende que ante la perspectiva de vivir bajo ese proyecto de Estado fallido el mundo empresarial esté buscando amparo en territorios más seguros.

Poco importa a estas alturas si todo respondió a un plan preconcebido o ha sido fruto de una inercia natural del nacionalismo, que se encontró el campo despejado para hacer realidad sus ensoñaciones identitarias. El hecho es que la transacción paz por territorios nos ha traído adonde estamos. El Estado cumplió su parte al abandonar virtualmente el territorio catalán, fiándolo todo a la buena fe del nacionalismo, que aprovechó ese vacío para hacer de la autonomía un Estado embrionario, a punto de ver la luz tras una larga gestación.

Los últimos acontecimientos han puesto de manifiesto el agotamiento del pacto autonómico en Cataluña según se concibió en la Transición, como una renuncia al programa máximo de cada parte. La retirada del Estado ha alimentado el irredentismo en vez de apaciguarlo. Si hay una forma de salir del bucle nihilista al que se ha llegado en Cataluña es restableciendo toda la presencia del Estado que sea compatible con una autonomía y una Constitución reformadas. Por el contrario, conviene evitar la tentación de dar un nuevo paso atrás y ceder a la presión independentista, porque ese intento de apaciguamiento, en vez de traernos la paz, aunque fuera una paz deshonrosa, nos situaría ante una nueva exigencia: esta vez, los países catalanes. Y de esta forma, al final, no tendríamos ni paz ni territorio.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid.

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12 PM | 14 Nov

INTRAHISTORIAS

El misvigliettimo día que el Parlament hacía su votación secreta para declarar la DUI, yo me desayuné también con la noticia de que había muerto en el Hospital Juan Negrín la trapecista Pinito del Oro. Dos noticias que me llevan a mis recuerdos: por un lado, el nacimiento de mis hijos en el Vall de Hebrón, sus primeros pasos con la enseñanza “Rosa Sensat”, las “coblas” en la plaza de Sarrià…, y por otro a mi padre llevándome al Circo Price, en donde ahora está el Ministerio de Cultura, a ver precisamente a la trapecista. Y es que la intrahistoria, como señalaba Unamuno, está presente en nuestras vidas, y nuestro subconsciente funciona según las señales que nos han ido llegando, como muy bien explicó Vladimir Carrillo en el ciclo que hemos titulado “Marx Hoy”.

El último sábado de octubre tocó “Marx y el Psicoanálisis”, y por eso me permito mezclar mis recuerdos con Pinito y la Declaración Unilateral de Independencia. En la Agrupación Socialista de San Lorenzo convoqué a los amigos para que con el título genérico de “Parlem” pudiésemos hablar sobre el problema que ocupa y nos preocupa. Allí contrapuse un libro titulado “España es así”, que a lo largo de sus páginas hace una hagiografía de la obra civilizatoria de la Iglesia -sus grandes figuras, la pureza de sus enseñanzas y la fecundidad de sus empresas, llegando a proclamar España como Una, Grande y Libre-, con otro de Juan Perucho, “Teoría de Cataluña”. Allí encontré una interpretación mesiánica de Francesc Pujols, en la que se atribuye a Cataluña la misión de salvar el mundo, inventando la sumpèptica. Pues bien, ni España fue una creación de los Reyes Católicos, ni la sumpèptica es la ciencia general catalana que salvará a la humanidad. El choque de trenes es muy antiguo, no sólo la sentencia sobre el Estatut (que también).

Cuando un amigo próximo a Podemos me ponía como aportación de su partido la “España plurinacional”, no pude por menos que recordarle que en 1957, en el Orfeó Catalá de México, el socialista Anselmo Carretero Jiménez impartió una conferencia titulada “La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispáni- cos”. Decía en es e libro, encontrado en la librería de viejo de Luis Llera, lo siguiente : “Para muchos paisanos vuestros, Castilla es la monarquía extranjera que somete con sus ejércitos a Cataluña, acaba con las libertades catalanas e implanta en vuestra tierra la lengua y las leyes castellanas. Según ese punto de vista Castilla es un pueblo dominante e imperialista que ha sojuzgado a los demás”, para terminar proclamando que España es un país de países.

Ante la postura buenista, que siempre hay en este tipo de tertulias, desarrollé la teoría, ya expuesta es este periódico, de que el famoso derecho a decidir surgió en una conferencia que Artur Mas pronunció el 20 de noviembre de 2007. “Si Cataluña es una nación, y lo será mientras los catalanes quieran, tenemos derecho a deci- dir lo que más nos conviene como pueblo”, decía entonces. ¿Habéis oído hablar éstos días de Antonio Capmany Surís y de Montpalau? Buscad en la Wiki, ya veréis, hay catalanes a los que ahora se les ignora, seguramente porque contribuyeron a la redacción de la Constitución de Cádiz.

El día que murió Daniel Viglietti colgué en Facebook una de sus canciones como homenaje, y me dispuse a escuchar el disco entero: “Canciones para mi América”. Me encontré con la siguiente peculiaridad que os cuento, del álbum editado en 1973: en la carátula se puede leer lo siguiente: ‘Disseny: Jordi Fornas, Gravats originals: Miguel Bresciano. EDIGSA Avenida de José Antonio, 654’. Notaréis que se utiliza el idioma catalán y que la calle lleva el nombre del fundador de la Falange. Curiosidades de la vida que inevitablemente me hacen pensar.
Félix Alonso
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